¡Buenos días a todos!
Quizá un poco tarde, pero aquí traigo el cuarto capítulo de el que está siendo el más largo de todos mis fics. Decir que tengo previsto al menos unos 8 capítulos si no me vengo arriba y llego a los 10.
Muchas gracias a todos los las reviews, me alegra mucho que os esté gustando. Brain Gamer espero que sigas esperando al HopeLight porque... creo que no te voy a defraudar =^3^= Y Etherias Dragneel, ¡disfrutas tanto de la brotp como yo! Hubiera querido poner a Hope más ebrio, pero quizá hubiera sido un poco OOC... ¡Aún así es divertidísimo!
Nos leemos a la próxima 3
Junio llegó con el incipiente calor de comienzos de verano y los sueños de todos los estudiantes por pasar unos meses alejados de los libros y apuntes.
Tres de esos jóvenes ahora mismo se encontraban en el aeropuerto de Roma tras un viaje en autobús donde Noel cayó rendido debido al gran madrugón y no pudo apenas escuchar la interesante conversación entre Hope y Yeul sobre repostería. Ahí donde los veías, ambos compartían aquella curiosa afición y, entre fondants, bizcochos y cupcakes, se pasaron el trayecto hasta que llegaron finalmente a su destino.
Una vez se hicieron con el equipaje y la facturaron llegó el momento de la despedida. Los tres amigos emprenderían ahí un viaje por caminos distintos, pero sabían mejor que nadie que no iban a separarse para siempre.
Hope estrechó a Yeul entre sus brazos con afecto, seguido de un cariñoso beso en su cabeza.
—Nos veremos pronto, Yeul.
—Seguro, Hope. Y espero que tengas suerte...—A la expresión esperanzada pero tranquilizadora de Yeul el peliblanco respondió con una sonrisa que podía catalogarse de impaciente, tomando aire de entre sus dientes mientras se encogía de hombros.
Noel llegó por detrás, palmeándole el hombro con medida fuerza.
—Ah, no le hagas ni caso, Yeul —alegó, con una enorme y burlona sonrisa—. Es un exagerado—. Carcajeó con alegría, situándose después frente al antiguo Director de la Academia, junto a la chica peliazul.
—Bueno, al menos sé que estoy decidido —comentó Hope, apretando ligeramente los puños de entusiasmo.
—¿Por dónde empezarás a buscar?
—Francia es el primer destino. A partir de ahí, lo que tenga que ser...—Su mirada risueña se perdió por unos instantes. —Quizá pase por España,o vaya directamente a Inglaterra! —La ilusión se hizo presente en el peliblanco al formular aquellos planes, una que Noel no veía desde hacía años.
Este se acercó a Hope y le tomó de uno de los hombros, mirándole directamente a los ojos.
—La encontrarás.
—Eso espero, amigo...—Hope correspondió su mirada. —Eso espero.
Se intercambiaron un asentimiento, más que significativo, antes de que ambos se fundieran en un intenso abrazo, transmitiendo todo el cariño que se tenían y los ánimos y esperanzas que deseaban el uno para el otro.
El vuelo de Hope salía un par de horas antes que el de Noel y Yeul, por lo cual les daría tiempo de sobra a comer y dar un breve paseo por el lugar. O eso pensó Noel, encontrándose de pronto sentado en uno de los bancos de espera del embarque, cabeceando de sueño, mientras Yeul se reclinaba en el asiento hasta acabar dormitando en el regazo del castaño.
Este no pudo contener una tierna sonrisa; con mimo y cuidado, comenzó a acariciar la melena de azul plata que adornaba la cabeza de la chica, mientras pensaba en lo ridículamente afortunado que se sentía.
El primer destino de la pareja sería Grecia. A Yeul le gustaba mucho el arte clásico y las ruinas de las grandes civilizaciones les recordaban en parte a su antiguo hogar.
Después irían a Egipto. En las pirámides, mastabas y templos subterráneos conocerían la majestuosidad de un arte que pertenecía a aquel mundo que ahora habitaban.
Continuarían su viaje por la India, China, Japón... En cada lugar exploraban un poco más del mundo desconocido que les había acogido en su seno. A ellos y a miles de almas más que salvarían del fin de Nova Chrysalia, llevándose las mentiras y falsas promesas de Bhunivelze con su destrucción.
El una vez llamado Cazador Oscuro no creía haber visto tanta belleza junta en su vida. Ni en más de 500 años, dos mundos e incontables viajes temporales había encontrado nada más impresionante que la Muralla China. Ni había experimentado una sensación igual que descender el Nilo en canoa. Pero lo que menos esperaba fue la visita que realizaron al continente más pequeño: Oceanía.
En Australia fueron llevados por uno de los circuitos más vistosos de la naturaleza autóctona, mezclando parajes desérticos con los bosques más frondosos alguna vez existidos. Habían sido advertidos de los peligros de la fauna del país, conformada por algunas de las criaturas más mortíferas del planeta. Sin embargo, aun arriesgándose a los peligros, recorrieron el cauce de aquel río donde uno de los turistas del grupo en el que Yeul y Noel estaban realizando la excursión, fue atacado por un temible tábano.
Cundió el pánico enseguida, colmándose el transporte en el que estaban de gritos, aullidos y quejidos de dolor y miedo. El hombre herido comenzó a palidecer, como un muerto en vida al que no le quedaba mucho tiempo. Noel perdió el control durante un instante, en la división moral por ayudar a ese pobre hombre y proteger a Yeul a toda costa.
Cuál sería su sorpresa al encontrarse a Yeul fuera del alcance de sus brazos para rodearla, librándose de estos para encaminarse hacia el desfallecido individuo, con una seguridad innata. Le tomó de la mano, miró sus ojos, midió su temperatura, examinó la picadura. Un creciente y palpitante avón rojizo ocupaba la piel del costado del turista, que empezaba a segregar un sudor frío por su frente y pecho pálidos, mirando directamente a la joven peliazul con ojos nerviosos.
—Está empezando a paralizarse —observó con su tono de voz siempre suave y calmado. Consiguió aplacar el escándalo y estabilizar el estado del hombre en medio del terror y nerviosismo de las personas que les rodeaban.
Con ojo sorprendentemente experto (debido al aspecto físico de Yeul), tomó una serie de hojas de la orilla del río por el que pasaban. Limpió la herida con los pocos utensilios de su bolso y aplicó aquellas hojas con delicadeza. De algún modo quería hacer algo por el hombre que ahora parecía detener su pérdida de color.
—Esto debería mantener su temperatura y pulso intactos —sentenció una vez hubo terminado con el tratamiento improvisado. —Lo justo para que pueda sobrevivir hasta que lleguen los servicios médicos.
Noel estaba sin habla; detrás del afectado, contemplaba a la antigua Seeress trataral enfermo con profesionalidad y sosiego, como ninguno en aquel lugar había tenido, dominados por el caos ante el que Yeul no se dejó vencer. Los servicios médicos llegaron cuando menos lo esperaban. A punto de morir, había resistido hasta que el hombre, llamado Jacques Lamarque, natural de Francia, fue finalmente transportado en helicóptero al hospital más cercano.
Nadie olvidaría ese día en el que una inocente excursión podría haber acabado en la peor de las tragedias y todo gracias a la rapidez y utilidad de Yeul, viva aún la sabiduría milenaria de sus antecesoras. Noel se aproximó a la peliazul boquiabierto y con los ojos como platos. La tomó por los hombros, bajando las manos por los brazos, incapaz de articular palabra.
Acabó mostrando una sonrisa amplia y luminosa, pero sobre todo llena de orgullo.
—Alguien tenía que hacer algo —confesó la joven, con su delicada voz más sosegada. Baja la mirada para luego buscar la del castaño. —No podía dejarle morir ahí...
—Y ese alguien solo podías ser tú, Yeul —la emoción era palpable en la voz del castaño. —Tienes un don especial para esto, para la gente...
Paddra-nsu Yeul había encontrado su vocación. Tras descubrir que Jacques había salido milagrosamente vivo de a peligrosa picadura y además había tratado de hacer llegar a la antigua Seeress una nota de agradecimiento, Yeul supo dónde estaba su lugar en el mundo: Ayudar a quien lo necesitase con todo lo que tuviera en su mano. Solo que aún no sabía cómo.
El viaje de los dos jóvenes continuó su curso, siendo Brasil su siguiente destino. Los colores del Carnaval en Bahía les despidieron cuando iban a viajar al penúltimo de sus destinos programados: una pequeña isla al oeste de África, cerca del Ecuador. Cuando el barco les dejó en aquel puerto de madera, desde donde se podía ver el agua cristalina y una arena blanca tan pura como si fuera polvo de carey y nácar, los ojos de la pareja brillaron de puro asombro.
La magnificiencia de aquel lugar tan pequeño les cambió desde el primer instante en que descubrieron un paraje vegetal, frondoso, que se intercalaba perfectamente con la imaagen marina de la playa y del océano Atlántico que se abría a ellos como si fuera infinito.
Por supuesto, no era un lugar inhóspito. El pequeño poblado que lo habitaba estaba compuesto por encantadoras familias, ancianos y hasta jóvenes que querían entregar su vida a la isla, por lo que se dedicaban a aprender los oficios autóctonos.
Noel y Yeul se dieron cuenta de que querían pasar allí mucho más tiempo que en el resto de los lugares previamente visitados, sin necesidad de hablar para decidirlo. Y cuando hubieron pasado un par de semanas, la fecha del cumpleaños de la peliazul llegó junto a todos los temores de Noel, que había enterrado inconscientemente. La noche anterior, la pareja se encontraba en la playa. Con una larga manta sobre la arena, Noel sentado sobre ella y Yeul sentada del mismo modo delante de él, arropada por los brazos del castaño.
—La hora está cerca.
Como si de algún modo pudiera leer el interior de Noel, la voz de Yeul sonó con un toque entristecido. Instintivamente, el chico apretó el abrazo en torno al cuerpo de la joven, exhalando de una vez todo el aire contenido por el momento.
—No va a pasar nada. Todo está bien. —Pudo escucchar su propio quiebre en las últimas palabras, lo cual intentó sofocar con un beso en la cabeza de la chica. —Este es un mundo nuevo, con una vida nueva. Incluso tú no eres la misma.
—Tengo miedo.
Yeul interrumpió las razones del castaño con un golpe de sinceridad tan abrupto que encogió su estómago violentamente. Jamás había escuchado a Yeul vacilante en cualquier momento de su vida. No cuestionaba su destino, lo aceptaba sin dudar y cumplía con su deber. Excepto aquella vez en la que, en brazos del antiguo cazador, le confesaba que no quería morir aún.
—Yo también tengo miedo —acabó confesando Noel. —Pero sera lo que sea, lo pasaremos juntos.
Yeul no contestó. En cambió, sacó de su pequeño bolso lo que parecía ser una vela que encendió gracias al paquete de cerillas que le habían dado en el mismo sitio. Alumbró ambas figuras con luz tenue, tilitante por la brisa que llegaba a la joven pareja desde el océano ante ellos. Dejaron que los minutos pasaran en completo silencio, solo acompañados de las respiraciones de ambos, creando un ritmo distinto, pero combinado.
—Te quiero —susurró Noel, con cariño, en el oído de Yeul, correspondido con un gélido apretón en su mano por parte de ella.
Las doce de la noche llegarón, y la luz de la vela se apagó.
¿Qué pasará? ¿Qué misterios habrá? ¿Puede ser mi gran noche?
¡Hasta el próximo cap!
Miss
