"Freak Duo"
Basado en Haikyuu!
By: Keysie Maxwell
Raiting: PG-13.
Pairing: Kageyama x Hinata.
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, así como el anime y manga. Éste fanfic es Omegaverse o A/B/O, por tanto, a continuación explicaré algunas cosas importantes que les ayudarán a comprender mejor el ambiente:
Alfa (α): Son los que están en la cima de los tres géneros. El alfa, sea varón o mujer, tiene la capacidad de fecundar a un omega macho o hembra, igualmente. Al igual que los omega, cuentan con un período de celo, que ocurre cada 6 meses, con una duración de 24 horas aproximadamente. Son territoriales. Tres de sus sentidos (olfato, vista y oído) están muy desarrollados. Cuando utilizan su voz de mando, o de alfa, tienen una reacción de sumisión de parte de los omega, e incluso algunos betas y alfas cuya dominancia es menor.
Beta (β): Básicamente, son iguales a los humanos comunes. A diferencia de las otras razas, sólo las féminas pueden quedar embarazadas. Sus olores son suaves, difíciles de distinguir, por lo que tampoco distan demasiado de un humano corriente en éste aspecto. Tienen la libre elección de formar una relación con cualquiera de los tres géneros, aunque procrear es más fácil si se trata de dos betas. La raza de los padres no determina la del hijo, pudiendo dos betas procrear un alfa o un omega. Se conoce la raza de cada uno al llegar al primer celo.
Omega (Ω): En el caso de los omega, están por debajo de los otros dos géneros, según las culturas más convencionales. Tanto hombres como mujeres son capaces de procrear, ya que poseen órganos internos femeninos, siempre y cuando sean fecundados por un alfa y rara vez por un beta. Sus celos aparecen cada tres meses y duran al menos tres días, durante éste tiempo sus niveles hormonales se disparan y se ven ampliamente necesitados de apareamiento, por lo cual sus feromonas se encargan de alertar a los alfas y betas cercanos con un aroma dulce. A la hora de reproducirse, segregan su propio lubricante. Igual que los alfa, expresan sus emociones con su olor. Los omegas tienen un llamado especial para su alfa, un gemido característico, débil, que lo llama cuando siente miedo o peligro.
Supresores: Se trata de pastillas o inyecciones; en los alfa, los ayuda a suprimir sus deseos por apareamiento. En el caso de los omega, no solamente suprime esos deseos, sino que elimina los olores que liberan y con los que atraen a betas y alfa. De ésta forma, el último sobretodo, puede trabajar con normalidad. Son de un costo bastante considerable.
Los lazos: Son sumamente importantes, y se basan en el alfa mordiendo al omega tras el cuello, en función marcarlo como suyo. Ésta marca, a no ser que el omega rechace al alfa, es imborrable de su cuerpo. Al ser marcado, el celo del omega solamente es perceptible por su alfa. También pueden darse entre dos betas.
Capítulo 2:
De todas las cosas existentes en el universo entero, ¿por qué tenían que arruinar justamente el voleibol?
Los coches tenían millones de partes que se descomponían una vez al mes o algo así, también estaban las frutas y verduras que su madre insistía en que comieran más seguido –según ella para que Natsu y él tuvieran más minerales o vitaminas, cosa que Hinata no terminaba por entender, es decir, ¿de dónde sacaban las frutas el mineral? ¿Y cómo es que ellos acababan comiéndoselo? Porque para empezar, no se supone que te comas las cosas que están en el suelo, ni tampoco uno va por ahí comiéndose las rocas, ¿verdad?
Bueno, da igual. El punto es que el universo tiene muchas de dónde elegir –todo lo que nombró antes, por ejemplo–, cosas que se destruyen, que se descomponen, que se arruinan día con día. Entonces, ¿por qué debía ensañarse el universo con su preciado voleibol?
Esa noche, Hinata se recostó esperando caer dormido tan pronto su cabeza tocara la almohada del futon. Sentía el cuerpo demasiado lánguido, tanto así que comenzaba a sospechar que su estado habría pasado de sólido a líquido y que ahora, probablemente, estaba siendo absorbido por las esponjas del colchón. Luego de que tomara una ducha caliente, la cual tomó con la esperanza de quitarse el aroma a mar que lo venía persiguiendo, lo único que consiguió fue aumentar el dolor de cabeza que lo venía acosando como lo haría un zumbido constante en el oído; sabes que está ahí, pero en realidad no puedes en serio sentirlo.
Hasta que lo hizo, y fue horrible.
Su única esperanza era dormir lo más rápido posible, y así alejar los síntomas a la fuerza, pero para desgracia del pelirrojo, su mente no estaba tan cansada como el resto de su cuerpo– en serio, a estas alturas hasta el cabello le estaba pidiendo un descanso–. De hecho, su mente estaba más despierta que nunca y parecía creer que el dormitorio donde todos los jugadores del Karasuno dormían juntos era el escenario perfecto para escribir una tragedia romana basada en todos los sucesos vergonzosos acontecidos a lo largo de su corta vida.
Si tuviera que elegir un comienzo, lo haría con esa vez en el jardín de infantes cuando cayó sobre una de sus compañeritas de salón justo en medio del receso, frente al resto de la clase, y no sólo acabó con una bofetada en el rostro y el corazón medio roto, sino que además tuvo que sobrevivir semanas enteras a sus compañeros de clases cantándole cancioncitas cursis cada vez que la pobre niñita aparecía frente a ellos –hasta el día de hoy, Hinata ni siquiera sabía el nombre de su supuesta enamorada, pero los dos pasaron tanta vergüenza que no volvieron a cruzar ni miradas.
Y por supuesto, el último capítulo cerraría con broche de oro gracias a los acontecimientos del día de hoy; el presente –y desafortunado– primero de Agosto.
Claro que escribir su triste novela sería mucho más fácil si algo de lo que su cabeza traía a colación tuviera sentido. Pero no era el caso, y lo sabía porque si mantenía la mirada fija en algún punto de la habitación –donde el resto de sus compañeros de equipo dormían sin ningún tipo de problema–, tanto las paredes como el resto del mundo decidían ponerse a girar como un tiovivo. Según le decía el sentido común, eso no podía ser una buena señal, así que su cerebro estaba oficialmente fuera de funcionamiento y Shouyou haría bastante bien si lo ignorara cuando estaba en tal estado.
Para que quede en el registro, Hinata jamás había estado ebrio, pero sí estaba cien por ciento seguro que así debía sentirse beber siete latas de cerveza por ti mismo en media hora o menos.
—Ugh… —Un nuevo mareo y Hinata se acurrucó en posición fetal bajo la manta del futon, acercando a su nariz el jersey negro que le entregaron para cuando su cabeza se sintiera como si fuera a comenzar a doler de nuevo.
Le sorprendió notar que el aroma impregnado en la prenda evaporó la sensación de malestar tan rápido como la lava ardiente derretiría un pedacito de hielo indefenso. No, probablemente él sería ese hielo indefenso y estaría pidiendo ayuda sin cesar porque definitivamente no quería estar rodeado de toda esa lava; el calor sofocante, ese aroma penetrando sus sentidos y abarcándolo todo como si tuviera el derecho desde su nacimiento, como si no necesitara un permiso, tan impertinente y molesto. Hinata jamás le dio permiso para jugar con él, jamás dijo que era bienvenido en su mente o en ese molesto cosquilleo que sentía bajo el estómago cada vez que pensaba de más en el estúpido azul que tenía coloreado en los ojos, tan profundo y tan oscuro que le parecía imposible—
No— ahí estaba de nuevo y no iba a permitirlo.
No iba a permitir que se metiera en su cabeza, por mucho que ese aroma salado a tormenta y mar le devolviera y quitara la noción de sí mismo a partes iguales. Porque no era bueno, no era sano. Hinata sabía que bien podría dejar de empuñar la tela negra del jersey contra su nariz, y en cambio, deslizar dos dedos temblorosos hasta el interior de su boca, degustar en ellos ese salado sabor a marea y turbulencia y caos. Dejarse llevar por la dureza contra su lengua hasta que resultara insuficiente, y tendría que continuar el recorrido descendente. Dígitos húmedos recorriendo el músculo pulsante sobre la yugular antes de asirse por unos segundos sobre la base del cuello, uñas cortadas hasta el límite con sus yemas dejando algunas marcas rojizas a la altura de la clavícula que se hacía notoria con cada pequeño respingo de su espalda, cada espasmo que lo obligaba a arquearse lejos del colchón.
Y entonces, cuando el cuello redondo de la playera de gimnasia que usaba para dormir no le permitiera conectar con más piel, aceleraría el descenso hasta que sus dedos se toparan con el cinto elástico de sus shorts. Se tomaría dos segundos, tres tal vez, en los que su respiración se volvería un hipo incontrolable, desesperado por tener más atención, pero negándosela al mismo tiempo, y sólo cuando construyera suficiente expectativa, cuando su cuerpo gritara por más a través de su piel erizada y el sudor perlando sus sienes, Hinata colaría sus dedos fríos por la saliva al interior de los bóxers y los shorts, todo al mismo tiempo, sin ánimos de más antelaciones. Ah– y sería el puto paraíso tener por fin su mano alrededor de la base dura de su—
¡Agh, parecía un chiste que fuera tan fácil perder el hilo de sus pensamientos! El pelirrojo se apartó la mano del abdomen como si acabara de quemarse contra la piel.
¿En qué momento se levantó la playera? Rayos–
Hinata no iba a hacerlo. Se negaba completamente a la idea de tocarse– tocarse pensando en él, y darle entonces la razón al encargado de la enfermería que lo atendió esa tarde.
Porque no era posible.
No lazos, no alfas. No nada.
Era obvio que su cabeza no estaba en condiciones, que él no estaba en condiciones. Nada estaba en condiciones de suceder, realmente.
En el futon a su lado, Yamaguchi se estremeció murmurando algo que no consiguió entender por la gruesa manta del futon cubriéndolo de pies a cabeza, el sonido demasiado ahogado, pero suficiente para que Shouyou volviera a la realidad; al dormitorio. Entonces cayó en cuenta del frío horrible que estaba haciendo –en parte, razón por la que estaba hecho un ovillo bajo las mantas– e inevitablemente se preguntó qué hora serían.
A pesar de que se dijo a sí mismo que no volvería a ver ese reloj desgraciado y conspirador de nuevo, estiró una de sus manos delgadas por encima de su cabeza, sacándola de la manta en su intento por encontrar su celular entre las cosas que apiló en el suelo, entre su futon y el de Nishinoya. Dos veces se encontró con el suelo y la tercera vez encontró el pie de quién supuso era Noya san –siempre acababa durmiendo sobre las mantras, sin importar la época del año–. Fue al cuarto intento que dio con el aparato.
Luego de que se encandilara por al menos tres segundos enteros por haber abierto la tapa de su celular sin tener consideración de sus pobres ojos ya acostumbrados a la oscuridad, y cuando al fin dejó de ver puntos negros y blancos bailando alrededor de cualquier cosa que intentara enfocar con la mirada, al fin consiguió confirmar que pasaban de las 1 am… y él continuaba despierto.
Perfecto.
Hermoso, maravilloso.
Es decir, no es como si Hinata necesitara dormir para retomar el entrenamiento de mañana. No, no. Para nada.
Porque Hinata obviamente contaba con una fuente inagotable de energía que se mantenía a sí misma desde temprano por la mañana hasta entrada la madrugada, por supuesto que no necesitaba reponerse durmiendo. Seguro si pasaba toda la noche en vela, combatiendo sus bajos instintos y además los síntomas de la abstinencia, todo juntito y al mismo tiempo, mañana de todas formas estaría fresco como una lechuga.
Claro que sí.
Bueno, era cierto que despertaba sin una pizca de sueño la mayor parte del tiempo, y también que podía pasar todo el día haciendo actividades físicas sin sudar una gota de esfuerzo. Sin embargo, también era cierto que apenas tocaba una superficie ligeramente cómoda, él caía rendido a los brazos de Morfeo –y muchas veces esas superficies acababan siendo las mesas del salón de clases y los asientos del bus en el que viajaban con Karasuno–.
Esta situación era en extremo atípica para Shouyou y estaba afectándole los nervios ver que los minutos pasaran, pero que su mente no quería apagarse de una vez por todas –y para colmo, Tanaka había comenzado a roncar, como burlándose de su situación–.
Bien, si lo pensaba con calma –y de esa no tenía mucha–, sería lógico concluir que su escases de sueño debía estar relacionado con el hecho de que pasó gran parte de la tarde durmiendo (o inconsciente, como se lo quiera ver), y que al despertar, tanto el capitán como el médico encargado de la enfermería le prohibieron cualquier tipo de esfuerzo físico.
Es decir, no partidos de entrenamiento para Shouyou por el resto de la tarde.
O sea, nada de entretención.
O para ser más exactos, adiós campamento de concentración.
En estos momentos, describir a Shouyou como una bomba de energía a punto de explotar sería bastante acertado. Y ya que se negaba rotundamente a dejar salir toda esa energía acumulada de la única forma que –irónicamente– no tenía prohibida por el momento, seguro se estaría toda la bendita noche despierto. Hinata no estaba acostumbrado a esto, generalmente estaría en casa, con su madre prohibiéndole con su sola presencia ese tipo de… actividad.
¿Cómo es que acabó en una situación tan embarazosa?
Su única respuesta fue la imagen del rostro preocupado de Sugawara que atacó su memoria del mismo modo que lo haría el flash de alguna cámara en plena oscuridad. De todos los presentes en la habitación esa noche, seguro Suga san fue el que peor se sintió con todo lo sucedido. También lo cuidó más que nadie.
Cuando Hinata despertó sobre una camilla en la enfermería, tenía el cerebro demasiado desorientado como para siquiera reconocer el lugar en el que estaba. Su garganta, curiosamente seca al punto del malestar, le impidió emitir palabra, y en cambio, acabó siendo atacado por una tos imparable. Por supuesto, el primero en aparecer tras las verdes cortinas clínicas fue el sub capitán de cabello platinado; Sugawara lucía agobiado, y tardó menos de un segundo en revisar su estado antes de ofrecerle un vaso con agua.
Hinata no recordaba mucho, la fiebre todavía jugando con su cuerpo como si fuera una banda elástica. Sentía que lo estiraban y encogían a partes iguales, y estaba seguro de que el colchón iba a tragárselo en cualquier momento de lo pesado que se sentía todo su cuerpo. Apenas bebió su primer vaso con agua, Sugawara le acercó a Hinata otro vaso lleno hasta el tope, uno que jamás pidió en voz alta, y por un segundo consideró la teoría de que tal vez Suga tenía poderes psíquicos, como esos que ves en las películas de ficción. Eran los Hombres X o los Z, algo así que ya no recordaba.
Hinata le dio las gracias con su voz todavía sonando algo rasposa, y en su mente extendió ese agradecimiento al fresco, al invierno y todas las deidades del frío porque esos benditos vasos de agua estaban tan helados, Hinata casi sentía que se olvidaba de todos los problemas y la maldad en el mundo. Cuando lo bebió fue la mejor sensación del maldito universo, en serio; ese segundo vaso de agua calmó gran parte del calor sofocando su cuerpo.
Sugawara esperó paciente a que acabara toda el agua de su vaso antes de indicarle que llamaría al encargado de la enfermería, una de sus manos suaves y delicadas acariciándole el cabello ligeramente enredado en la base, húmedo por el sudor de la fiebre.
Recién entonces el pelirrojo cayó en cuenta de las cortinas clínicas que separaban su cama del resto del mundo, de que la cama en la que estaba era de hecho una camilla, y de que la bandeja a su lado, en la mesita de noche, contenía varias cápsulas de supresores además de la jarra de deliciosa agua milagrosa que se estuvo bebiendo.
En el pequeño contenedor de basura entre la cama y el buró yacían tirados los papeles de lo que seguro fue una jeringa desechable, lo cual indicaba que en algún momento del día, mientras estaba inconsciente, debieron suministrarle una inyección supresora también.
Desorientado, el pelirrojo no consiguió encontrar las palabras adecuadas para responder –incluso aunque un 'sí' era más que suficiente. Pero Sugawara no dijo nada al respecto, y sólo le regaló una sonrisa calmada y algunas palmadas en la cabeza antes de desaparecer tras el cortinaje de ese verde hospital, que honestamente, Hinata no recordaba haber visto decorando ninguna otra habitación en el universo; era un verde desagradable, hospital sería la única forma de describirlo apropiadamente. Sería que tenían la exclusividad con ese color o que el dichoso verde ese era tan deprimente que nadie más se atrevería a usarlo ni en un millón de años.
Esto disparó sus alarmas y su cerebro se puso a funcionar entre la adrenalina y la angustia atorándose tras su manzana de Adán. Hinata necesitaba recordar cómo es que terminó en una de las camillas de la enfermería de la escuela, especialmente estando en una condición tan deplorable.
El campamento de concentración fue lo primero que recordó, por supuesto, pues era lo más importante en la vida y en el planeta y en el universo entero. Recordaba haberse inyectado esa mañana con especial precaución, también el regaño de su madre y la preocupación marcada en sus ojos avellana. Pero de todas formas él subió en su bicicleta, ¿verdad? Y llegó al campamento a salvo, sin incidentes.
Estaba seguro porque los recuerdos de haber estado jugando estaban allí, sí, fuertes y claros— los pases de Suga san habían estado increíbles como siempre, y aún escuchaba en los oídos el ritmo de cada latido que dio su corazón, como el bombo de una buena batería, cuando remató con fuerza una levantada especialmente alta y poderosa.
Fue un momento glorioso.
Estando en las alturas, con la red varios centímetros por debajo de sus ojos, consiguió captar el sol de la mañana filtrándose por los ventanales del gimnasio. En el punto más alto, el bloqueo de sus oponentes se convertía en una fila de dedos que luchaban por alcanzarlo, pero jamás lo conseguían. Del otro lado de la cancha, el equipo enemigo corría en cámara lenta, a pasos largos que con desesperación intentaban igualar la velocidad alucinante del balón que Hinata acababa de golpear; la velocidad alucinante del rematador que acababa de atravesar toda la cancha en menos de un parpadeo. Pero no era suficiente, jamás lo era, y Hinata se regocijó de oír el estruendo del balón chocando contra la duela.
Un estremecimiento le recorrió la espalda, la sonrisa formándose en sus labios enrojecidos porque siempre los mordía en medio de alguna jugada que requería toda su concentración. Todo parecía correcto, normal, hasta que lo vio ahí; entre las rendijas de la malla que dividía ambos equipos, el armador del Inarizaki clavaba en él sus ojos zafiro como si fueran dos puñales con los que era experto.
¡Kageyama!
Directo al corazón.
Como si conjurar su nombre fuera suficiente para desatar el caos, a su cuerpo llegaron todos y cada uno de los síntomas que lo forzaron a perder la conciencia en primer lugar. Mierda— no fue consciente de si lo dijo o lo pensó, pero honestamente no tenía tiempo para preocuparse por eso.
Aferró la diestra al colchón con fuerza tal que sus nudillos se volvieran blancos, en un intento por contener el mar (literal) de sensaciones que se le vino encima como si estuviera metido dentro del agua en plena tormenta. El cielo turbulento, las nubes negras, las olas golpeando su cuerpo con vicio. Uno de esos choques empujó su cuerpo hacia adelante, la espalda pequeña arqueándose hasta que la frente del alfa acabara contra sus rodillas igualmente dobladas, cubiertas por la única cobija de la camilla. Hinata jadeó una inspiración que le llenó los pulmones de ese color azul lleno de sal y que delicia–
—¿Hinata Shouyou kun? —La voz del médico encargado de la enfermería funcionó tan efectivamente como lo harían los cascabeles que usaban las sacerdotisas de los templos para espantar a los malos espíritus.
Eso era, Hinata estaba sufriendo una maldición. Ya estaba confirmado.
—S… Soy yo. —Para su sorpresa, a Hinata le costó trabajo encontrar su propia voz.
El hombre, que no debía tener más de unos treinta y cinco años, no dijo mucho más y tomó asiento en la misma banca que Sugawara estuvo ocupando minutos atrás. Una vez cómodo sobre el asiento, el mayor procedió a revisar el contenido de una carpeta con clip que guardaba bajo el brazo. Hinata no estuvo seguro de si debía decirle algo o tal vez hacer alguna pregunta inteligente, por lo que optó guardar silencio si abrir la boca lo arriesgaba a pasar todavía más vergüenzas.
El problema era que estarse callado no era exactamente su fuerte, así que cuando su boca decidía ahorrarse las palabras, el resto de su cuerpo era el que comenzaba a hablar por él.
Y en ese momento, Hinata se sentía nervioso, muy nervioso, por lo que pronto las palmas de sus manos le comenzaron a sudar. En un comienzo trató de disimularlo masajeando la manta como si lo que quisiera en realidad fuese alisar la superficie sedosa. Pero para cuando el médico –suponía que era un médico– zumbó un sonido desaprobatorio en algún punto de su lectura de expediente, el pelirrojo comenzó a juguetear viciosamente con el cartílago suave de su oreja, un intento idiota por relajarse.
Era la muestra máxima de nerviosismo, la definitiva, la que su madre utilizaba para saber si estaba mintiendo o no.
Para su suerte, el hombre no tenía el vasto conocimiento de su madre, pero de todos modos era muy vergonzoso que tuviera que sacar a relucir ese gesto justo ahora.
Rayos—
—Bien, Hinata kun.
Luego de un respingo que bien lo pudo haber estacado al techo, el pelirrojo alzó la cabeza para clavar sus ojos en el hombre mayor.
—Imagino que debes estar un poco desorientado.
—¿Eh? —No te quedes mirándolo como idiota, di algo—: ¡Ah– sí, no!
¿Sí, no?, el Doctor no fue el único que cuestionó a sus adentros tan vaga respuesta.
Ah, mejor se hubiera quedado en silencio.
—Antes de comenzar con las preguntas de rutina, quisiera saber cómo estás sintiéndote ahora. Cuando entré parecías algo afligido. —El hombre habló sin ninguna mala intención, su rostro y voz tranquilos.
Hinata optó por sonrojarse hasta la médula, al parecer.
Es que Shouyou jamás había sido bueno expresándose en el área… médica. En más de una ocasión su madre terminó arrastrándolo fuera de las consultas de los doctores como si fuera un saco de patatas, y entonces terminaba siendo sermoneado por la forma tan sincera en la que se expresaba frente a los médicos que se encargaron de examinarlo durante su niñez y gran parte de la pre adolescencia.
Y en consecuencia, Hinata acabó optando por hablar lo menos posible con esa clase de gente.
No es que Hinata tuviera algún tipo de problema con los doctores, por supuesto que no, él sabía que estaban para ayudar a las personas, e incluso en algunos casos específicos como el suyo, guiarlos en toda la transición que era la adolescencia; el celo y otros derivados para nada menos incómodos que el primero. Pero ciertamente después de haber pasado un largo tiempo visitando distintas consultas, hospitales y clínicas especializadas en el tema, Hinata acabó por cansarse y desarrolló cierto desagrado hacia todas las interrogaciones y el papeleo que significaba enfrentarse a un médico.
Le traía un sabor amargo a la boca, uno que estaba entre la preocupación materna y su propia rabia ondeando en el aire cada vez que los exámenes volvían a mostrar un resultado incierto. Un cero. Un tonto cero.
¿Qué demonios significaba eso, eh?
Cuando se le acabaron las opciones en su ciudad natal, Tokyo llegó a su familia como la única solución viable. Un par de doctores les aseguraron que los hospitales de la capital estaban mejor equipados, y que allí encontrarían métodos más avanzados respecto a la toma de muestras para determinar el género. Pero aunque resultó ser la solución, el daño ya estaba hecho.
Odiaba tener que enfrentarse a los médicos.
Lo único que agradecía en ese momento era que, cuando menos, tuvieron la decencia de dejarlo a solas con el profesor a la hora del interrogatorio (la examinación), pero Shouyou no estaba seguro de que eso aminorara en algo lo que estaba sintiendo. Es decir, ¿de verdad era necesario que ellos supieran con qué frecuencia sentía deseos sexuales? ¿O si se masturbaba con frecuencia? ¡¿Quería que le dejara una rutina semanal o qué rayos?! No hablaba esas cosas ni con su madre y ahora tenía que divulgarlas con un completo desconocido porque…, bueno, probablemente porque podían preguntar y ya, ¿verdad?
—Bueno, yo… —Las orbes castañas viajaron a cualquier zona del suelo, intentando dar con alguna mancha o cerámico suelto que lo entretuviera—. Creo que estoy mejor… Tuve fiebre antes, ¿no es así? Y pues… ya no está.
El hombre mayor no se inmutó por la vaga respuesta del pelirrojo. Es más, ni siquiera pestañeó; su rostro impávido y sin mostrar ni la más mínima muestra de estar sorprendido. Todo parecía indicar que le estaba creyendo.
—Perfecto. Entonces comencemos con tu chequeo, ¿de acuerdo?
Hinata asintió en silencio, sin una pizca de convencimiento.
—¿Cuándo fue la última vez que entraste en celo?
Apenas la primera pregunta y ya estaba haciendo rebotar una de sus piernas.
—Ah, eso– Tiene que haber sido hace seis meses, creo… ¿En febrero? —tartamudeó nervioso.
No lo malinterpreten, no es que fuera un irresponsable al respecto; ¡Siempre estaba al pendiente de las fechas y anotaba religiosamente el primer día de su celo en el calendario del móvil! Sabía que tenía que cuidarse y todo eso –más por sus compañeros, en su caso. Pero es que ahora estaba con la cabeza en todas partes y en ninguna a la vez, ¿de acuerdo?
Pasó horas teniendo fiebre, por todos los Dioses del voleibol, tengan piedad.
—¿Y alguna vez habías presentado fiebre intensa, como ahora? —El hombre debía estar bastante acostumbrado a estas preguntas porque escribía mientras hablaba como si no le significara esfuerzo alguno.
El pelirrojo no consiguió recordar alguna vez como esta, por mucho que su mente divagó de un recuerdo a otro. Si bien su primera vez fue paralizante en más de un sentido, era algo que se esperaba del despertar de la sexualidad, tanto en alfas como en omegas, pues ambos géneros se encontraban de golpe con millones de sensaciones a las que estuvieron cegados toda la vida; era como exponer una polilla a la luz de un bombillo.
Pero también fue algo fugaz, algo que se presentó veloz como un rayo y así mismo se fue. Después de eso, su celo no volvió a parecerle tan intenso, gradualmente se fue familiarizando con las sensaciones nuevas, los colores, los aromas, el cosquilleo intenso por el vientre cuando encontraba algo que llamaba su atención… de esa forma –aunque eran contadas con los dedos de una mano y ni siquiera estaba seguro de poder considerarlas. Es decir, ¿no se supone que debía tener algo como el instinto que lo guiara a hacer locuras? Porque eso jamás lo había experimentado con personas, ni siquiera cuando necesitaba saciar sus ganas y acababa leyendo esas revistas eróticas que poco y nada ayudaban, pero–
—Además de la primera vez, no. —Se interrumpió a sí mismo, antes de que su mente acabara avergonzándolo más de lo estrictamente necesario en un chequeo como este.
Estaba divagando como nunca antes, diablos.
—Bien… —El hombre se tomó un tiempo para tapar su bolígrafo y lo dejó junto a la carpeta sobre la mesa de noche—. Hinata kun, tu ficha muestra claramente que eres un alfa. Sin embargo, también está estipulado que tuviste un diagnóstico errado la primera vez, ¿Qué hay de eso?
Y ahí estaba la parte incómoda.
—No es… Eso fue hace muchísimo tiempo.
El hombre mayor debió leer la incomodidad en el lenguaje corporal de Hinata, quien cada vez se encogía más y más sobre sí mismo, metiendo las manos empuñadas entre sus muslos en lo que doblaba más las piernas hacia sí, casi como si quisiera esconderse con ellas y fundirse en la cama, porque esperó en silencio a que continuara hablando, siendo esta su única forma de instarlo a rellenar el silencio.
—Los primero exámenes fueron tomados aquí, en Sendai… —comenzó lento, le pesaba la lengua y en general todo el cuerpo—. Y todas las veces arrojó un cero como resultado. Mi madre estaba muy asustada, ¿sabe? Porque no había oído de algo como eso. Yo tampoco sabía que podía pasar, pero bueno– Ya sabe, era muy pequeño, así que pensé que era normal que ocurrieran esas cosas.
El pelirrojo se encogió de hombros y sacudió la cabeza para apartar el resto de historias innecesarias que se agolpaban en su mente. Estaba seguro de que no era necesario entrar en detalles, así que decidió saltarse a la parte importante.
—El primer resultado real lo obtuve el Tokyo. Derivaron mi caso para asegurar un resultado correcto, y allá pasé varios tipos de exámenes. El resultado final estipuló que soy un alfa. —Hizo una pequeña pausa, como esperando una reacción sorpresiva incluso a estas alturas—. Tal vez no era difícil de descubrir por sí mismo, considerando que alteraba a mis compañeros con mi voz de mando e incluso más de alguno intentó pelear conmigo saliendo de la escuela– Territorio y eso, ya sabe. Pero el problema es que mi cuerpo no estaba desarrollándose como el de un alfa, y como ve, sigo siendo más pequeño que la media. —Shouyou terminó la frase entre risitas cortas, y de alguna forma, con ello se ganó una sonrisa de parte del mayor.
—¿Segunda generación? —inquirió el experto, volviendo a sostener la carpeta sobre sus piernas para tomar nota.
—¡Así es! Al parecer, mis abuelos maternos eran dos omega, así que… ¡Pues aquí estoy!
El silencio que se extendió entre los dos era apenas cortado por el susurro del lápiz deslizándose sobre la ficha de Hinata. El pelirrojo consiguió divisar una esquina de su fotografía del expediente; fue tomada hace unos años atrás, cuando lo inscribieron en el registro oficial del hospital, y vestía el uniforme negro de la secundaria Yukigaoka. Su madre había insistido en peinarlo ese día, por lo que llevaba el cabello torpemente hacia un costado, y la verdad se veía ridículo.
¿Había una posibilidad de cambiar tu propia foto oficial?
—Bien, Hinata kun. Me parece que con lo que has explicado hasta ahora, puedo hacerme una idea de lo que debe estar sucediendo contigo– O bueno, con ustedes —se corrigió el hombre y Hinata entró en alerta.
—¿Ustedes? —recalcó Hinata.
Algo le decía, muy en el fondo de su cerebro, que no quería saber la respuesta.
—Oh, así es. Tú y Kageyama Tobio, de la preparatoria Inarizaki.
Ah claro– y apenas el nombre volvió a su cerebro, las piernas se le hicieron de gelatina y la sangre se volvió lava ardiente que le calcinaba la piel erizada. El doctor debió ver el escalofrío que le recorrió el cuerpo porque las cobijas saltaron junto a él con el repentino espasmo que prácticamente lo hizo saltar en la camilla.
¿Por qué debían recordarle a ese idiota, molesto, alto y de aroma increíblemente delicioso–? No, qué demonios. Para nada le parecía delicioso o atractivo. Esperen, ¿había dicho atractivo antes?
¡Rayos!
—¿Hinata kun?
—¡Ah, sí! —Al menos esta vez consiguió responder correctamente al llamado.
—¿Estabas diciendo algo sobre un aroma…?
¿Estuvo farfullando en voz alta de nuevo? Agh, en serio tenía que pasar sus divagaciones– como la de ahora.
—¡Ah no– No es nada! —Su voz sonó ridículamente aguda.
Shouyou estaba alcanzando una nueva tonalidad de rojo y el doctor decidió guardar el secreto para evitar que el pequeño terminara explotando de la vergüenza frente a sus propios ojos.
—Yendo directo al grano, en ese caso, me parece que ustedes dos podrían estar reaccionando a un lazo.
—¿Qué…?
Y en ese momento el mundo de Shouyou sencillamente se detuvo. A lo lejos conseguía oír todavía el eco de la voz del hombre explicando cómo es que podría estar sucediendo; le dijo algo como que eran casos inusuales, pero no imposibles, y que tal vez tendría algo que ver con su historial familiar y el hecho de que su sangre tuviera tanta afinidad con los omegas. También dijo algunas cosas de Kageyama, de que estaba todavía durmiendo en otra habitación con síntomas similares y que tan pronto tuviera la oportunidad de charlar con él, les informaría a ambos de la conclusión final. Pero que en cualquier caso, todo parecía indicar que estaba sucediendo.
Según le explicó el médico antes de irse –o algo así recordaba–, lo que estaba sintiendo ahora eran únicamente los síntomas iniciales, los cuales se irían en cuanto sus cuerpos se acostumbraran al cambio hormonal que les provocó tan repentino encuentro. Luego de eso, el único problema que les quedaba era la abstinencia, la cual los forzaba a verse cuando menos una vez cada tres horas para evitar que síntomas similares a los de la primera etapa volvieran a presentarse. Pero ya que el campamento técnicamente los forzaba a estar juntos y convivir en un mismo edificio, no iban a tener problemas más allá de lo que sus hormonas pudieran provocarles cuando se vieran cara a cara.
Fue en algún punto alrededor de tantas hormonas y advertencias que su cerebro sencillamente se desconectó y ya no conseguía recordar ni una palabra más. Aunque, de todas maneras, no tenía ningún caso intentarlo ahora, no cuando la cabeza le bombeaba a tal grado que parecía estar intentando arruinarle la existencia. Hinata volvió a acercar a su nariz el jersey negro del Inarizaki, el que se vieron en la necesidad de prestarle con tal de evitar que la abstinencia se volviera un problema real, y con algo de dificultad dio una bocanada grande directo contra la tela sedosa del interior del cuello. Su cuerpo seguramente estaba cansado por combatir todos esos síntomas horribles que parecían muy similares a estar sumido en una fiebre constante, porque le temblaron los brazos.
Resignándose a la idea de que ya no iba a dormir –y que su mente no pretendía callarse por el resto de noche–, Shouyou se levantó del futon con un suspiro cansado escapando de sus labios resecos, ayudándose de sus brazos para incorporarse; tenía todo el cuerpo débil, pero al menos podía levantar su propio peso, según veía.
Los supresores siempre le provocaban muchísima sed, y ya que ese día bebió los suficientes como para no volver a presentar signos de celo por los próximos tres siglos completos, lo normal era que su cuerpo se estuviera deshidratando por dentro. Quería beberse toda el agua existente en el mundo, pero comenzaría por lo que fuese que pudiera proporcionarle el lavabo.
El fragmento de consciencia que quedaba despierta en algún lugar de su cerebro le recordó llevar consigo el jersey impregnado de agua salada y deliciosa humedad, así que la recogió del suelo y se la subió a los hombros sin realmente llegar a vestirla– tal vez esa misma parte de su cerebro todavía tenía el orgullo encendido y funcionando, así que no le permitía usar una prenda ajena.
No, no ajena. Más bien de él.
Y era una sensación curiosa, un pensamiento más bien, porque no tenía nada en contra suyo– según su cuerpo, era todo lo contrario. Kageyama no había actuado mal en ningún momento, y aunque le pareció algo rudo en un comienzo, con sus preguntas impertinentes y todo el asunto de tratarlo como a un omega sólo por su estatura, sin siquiera entrar a cuestionarse la idea o a disculparse cuando descubrió que estaba equivocado –en retrospectiva, ahora entendía la confusión–, lo cierto es que no le dejó una mala impresión. Cuando mucho sólo consiguió despertar más y más su curiosidad, en especial luego de que viera la forma en que jugaba.
Hinata pudo sentir como su garganta se resecaba ante el recuerdo, y la sola idea de verlo jugar en serio, de sentir las olas expansivas de su aura golpearle el cuerpo desde el otro lado de la cancha, de absorber su aroma a cada exhalada y en este leer sus ansias de victoria, de continuar en la cancha, de pie; peleando, jugando, luchando por alcanzar el balón y conectarlo hasta que termine del lado enemigo. Luchando contra él, jugando por ganarle, por derrotar a alguien que arde con las mismas ansias de mantenerse en medio de la duela.
Porque lo pudo sentir, aunque no fuera más que por un instante, en la forma apabullante que tuvo de clavarle los ojos luego de que rematara su primer balón. La imagen, grabada a fuego en su memoria, trajo consigo un escalofrío que recorrió todo su cuerpo pequeño, desde la punta de los dedos de sus pies hasta el último de sus cabellos anaranjados sobre su revuelta cabeza. Él mismo consiguió oler la necesidad de su propia fragancia inundando el estrecho pasillo que recorría para llegar al baño de hombres–aunque ahora no estaba muy seguro de si alcanzaría a llegar.
Diablos…
Lo cierto es que el muy estúpido sí le atraía, y muchísimo, pero no estaba seguro de si se debía únicamente al estúpido aroma que iba acarreando por ahí, sin miramientos, como si no se tratara de la cosa más deliciosa que hubiera olido en toda su corta vida. Porque es que en serio alguien debería pararlo o cuando menos decirle que ir por la vida oliendo como… como un maldito afrodisiaco estaba terriblemente mal. Hinata lo bañaría cuando menos tres veces al día con algún supresor de aroma porque… porque estaba mal. No era justo para él, ni para nadie que tuviera el satisfactorio gusto de olerlo y–
¡Agh! ¿Ya ven? Es que comienza sin siquiera darse cuenta.
Empieza como una pequeña onda, no más gruesa que un hilo de costura, pero comienza a expandirse tan grande y rápido que no consigue detenerlo a tiempo, y para cuando se da cuenta ya está rodeado, atrapado de manos y piernas por esa estela de azul…
Y luego le cubre los ojos y lo enceguece hasta que todo lo que puede percibir es ese azul; esa tormenta de nubes grises, de cielo ennegrecido, de marejadas profundas.
—Ngh… —Ahogado por su propia mano, escapó lo que parecía ser una fusión entre un gemido y un grito estrangulado.
Salir de la habitación había sido una mala idea, el aire fresco únicamente le estaba ofreciendo al aroma proveniente del jersey del armador una mejor base sobre la cual expandirse, como un goteo constante de azul expandiéndose, una tras otra, sobre el lienzo perfecto que era este blanco tan puro. Agh, no lo había pensado bien.
Tenía que haberse quedado en la habitación, con el aire saturado por los aromas familiares del resto de sus compañeros, y haber pedido ayuda a Sugawara, tal y como se lo había indicado antes de irse a la cama.
Ahora sólo podía pensar en lo mucho que lo quería…
Quería (sus manos), quería (su piel), quería (sus labios), quería–
—Hinata… —No estuvo seguro de si considerarlo un llamado o no; la voz habiéndose oído demasiado rasposa, gastada incluso, y el pelirrojo pudo jurar que detectó cierta pizca de desesperación en las sílabas de su nombre.
Mucho antes de que su cerebro diera la orden, Shouyou se volteó sobre su propio eje, su cabeza asomándose por encima del hombro hasta que consiguió clavar el castaño de sus ojos con ese azul tan profundo, tan pequeño y malditamente caótico.
¿Por qué? ¿Por qué tenía que causarle tantas cosas con sólo una mirada? ¿Por qué tenía que estar justamente allí? ¿Por qué en ese momento? ¿Por qué ahora que las palabras del médico ese rebotaban en las paredes de su mente?
¿Cómo es que lo hace parecer tan fácil?
Hacerle perder la cabeza de esa forma, sin esfuerzo, sólo con aparecer y mirarlo como si acabara de ver el único salvavidas en medio del océano profundo. Pero el problema aquí es que Hinata no estaba seguro de querer salvarlo, porque lo que quería era hundirse…
El pelirrojo se tragó duro el orgullo y lo sintió claro rebotar en lo más profundo de su estómago, donde se le derretían las entrañas y también el sentido común. Atento como estaba, con los ojos clavados en el rostro del armador del Inarizaki, pudo ver perfectamente el momento exacto en que este dio una bocanada larga y tendida por la nariz, sus fosas abriéndose ligeramente y sus pestañas largas cubriendo a medio camino sus ojos. Pero incluso así continuaba mirándolo, todavía cuidadosamente pendientes de su figura, de cualquier movimiento.
Estaba seguro que Kageyama pudo olfatear el momento exacto en que Hinata soltó la última de sus inhibiciones.
Tal vez Kageyama iba a decirle algo cuando abrió la boca a mitad de camino, si lo hubiera pensado un segundo habría llegado a la conclusión de que quizás estuvo intentando detenerlo, pero lo cierto es que no tenía más tiempo para perder– ni paciencia, ni ánimos. Lo único que podía pensar, en lo que se apresuraba hacia el armador, era que tenía los labios más tentadores que jamás hubiera visto, y que si debía dar su primer beso por culpa de esas estúpidas hormonas y los tontos lazos y los tontos instintos, agradecía que fuese a alguien cuyos labios lucieran tan apetitoso…
Porque apenas concretó el beso, lo primero que hizo fue morderlo.
Continuará.
¡Hola, hola! Han pasado 84 años, pero al fin estoy de vuelta con un capítulo de este fanfic.
¡Fue toda una aventura realizarlo! Ningún resultado me parecía apropiado, así que lo escribí ni más ni menos que 3 veces. Borraba cualquier avance y volvía a la carga con una idea completamente diferente a la anterior. Pero al final, puedo decir que estoy conforme con el resultado. Estoy muy agradecida con su paciencia.
¡En fin! Para las personitas que todavía leen este fic, muchas gracias por el interés, y espero saber de alguna forma si les gustó este capítulo. Espero que tenga al menos otros 3 más, así que tendremos Omegaverse por un tiempo.
Para quienes estén interesados en mis planes a futuro, estoy trabajando en algunos proyectos para la semana del KageHina, ya que al igual que el año pasado, pretendo participar. Ya hay 3 listos, así que tengan sus expectativas altas para Septiembre.
¡Y me despido! Gracias de nuevo por leer.
