Advertencia: Ignoro ampliamente todo el epílogo y lo que ocurre después de él. De hecho, ignoro todo el canon que Rowling ha soltado después del último libro que no me funciona para la historia y uso el que sí.


Capítulo II.

«People—communities, castes, races and even countries—carry their tragic histories and their misfortunes around like trophies, or like stock, to be bought and sold on the open market»

Arundhati Roy, The Ministry of Utmost Happines


La Madriguera

4 de enero de 2000

—¿Hermione no viene?

—No, dijo que tenía mucho trabajo.

—¿Y Ginny?

—Tiene entrenamiento. No te preocupes, no está.

Harry no pudo evitar un suspiro aliviado. Había evitado La Madriguera por demasiados días y Molly Weasley empezaba a quejarse con todo aquel que quisiera escucharla —especialmente Ron— sobre que Harry los estaba abandonando. Las cosas eran mucho más complicadas que todo aquello. Lo de Ginny y él no había funcionado, a pesar de que él había creído seriamente que Ginny Weasley era el amor de su vida. Hasta parecía predestinado. La chica que se había enamorado de él cuando tenía once años —aunque después lo hubiera superado— y él, que había pasado sus dieciséis y sus diecisiete años pensando en ella. Parecía que el destino los había juntado, parecían la pareja perfecta. Discutían menos que Ron y Hermione —pero cuando las discusiones habían empezado, Harry había descubierto que eran peores. Que mientras Ron y Hermione proferían unos cuantos gritos y después se ignoraban hasta calmarse, Ginny y Harry se destrozaban completamente —y ni siquiera el sexo de reconciliación mejoraba las cosas, nunca—. La primera vez que le había contado aquello a Hermione ella simplemente había hecho una línea sus labios y le había dicho un simple «Ron y yo tenemos más práctica».

Pronto quedó establecido que ni Harry ni Ginny sabían cómo lidiar con sus problemas de pareja y que la guerra los había dejado más afectados de lo que realmente querían admitir. Harry no podía acostumbrarse a la normalidad, tenía pesadillas muchas noches y no podía evitarlas, no sabía cómo evitarlas. Había descubierto que Ginny tenía cicatrices de la época de los Carrow —una noche, desvistiéndola— y ella se negaba a hablar de aquello. Había dicho «fue horrible» y había mandado el recuerdo a lo más profundo de su ser para no volverlo a sacar. Los dos habían hecho lo mismo. Habían intentado dejar la guerra detrás empujándola lo más posible al olvido, pero eso era algo que no podían olvidar.

Había muerto demasiada gente. Mucha gente había perdido a alguien. Mucha gente había perdido algo. Mucha gente tenía pesadillas. La mayor parte de Hogwarts volvió a clases el 1 de septiembre de 1998 pudiendo ver los thestrals.

Y ellos eran venerados como héroes de guerra.

—Bien —asintió Harry, finalmente, sentándose al lado de Ron con una cerveza de mantequilla en la mano—. Tu madre nos reclamará que no hemos probado su jugo de calabaza y estamos bebiendo cerveza de mantequilla. —Sonrió. Molly Weasley era como una madre para él, aun después de todo lo que había pasado. De repente se fijo en que Ron tenía una muñeca vendada y la señalo con la boca de la botella—. ¿El entrenamiento?

Ron asintió.

—Fue Savage —le dijo—. No se contiene cuando estamos en práctica de duelo.

—Ya —dijo Harry.

La Academia de Aurores era diferente a cómo realmente la habían esperado. Un edificio viejo, anexo a la Universidad de Oxford —muggle— que los magos no podían ver, donde se habían acondicionado salas de entrenamiento y algunos viejos salones de clase que usaban cuando se trataba de aprender sobre venenos y pociones. Aun así, pasaban la mayor parte del tiempo haciendo trabajo para la División de Aurores.

Y era raro.

Porque los veneraban como héroes de guerra —especialmente a Harry—, como si ya no tuvieran nada que aprender. Pero apenas llevaban la mitad del entrenamiento y habían descubierto que había demasiadas cosas que no sabían.

—Al menos no volvemos a tener práctica hasta la semana que viene —dijo Ron—. Y mañana es sólo tres horas tediosas de pociones en la mañana. Dios, sigo odiando esa materia. Es culpa de Snape, te digo. Reprobaré y tendrás que ser auror tú sólo.

Harry asintió.

—No digas tonterías. —Quería contarle algo a Ron, pero no sabía exactamente por dónde empezar. Así que simplemente lo soltó—. Me encontré a Malfoy en nochevieja.

Ron abrió los ojos con sorpresa.

—¿Y lo mencionas hasta ahora?

—Se desmayó en Cabeza de Puerco.

—¡¿Y lo mencionas hasta ahora?!

—No encontré el momento adecuado —se excusó. Y era verdad, no había un momento adecuado para explicar lo que había ocurrido con Malfoy—. Bueno, se desmayó e iba a llevarlo a San Mungo…

—Yo lo hubiera dejado tirado, qué quieres que te diga, Harry.

—… pero en vez de eso acabé llevándolo a esa tienda de pociones nueva en Knockturn…

—Deathstar Apothercary —dijo Ron. Harry lo miró, como preguntándole cómo era que sabía aquello—. ¿Qué? Me tocó ir a la inspección con Savage —dijo—. Siento que todo puede matarte en esa tienda. Sin embargo no había una sola cosa ilegal. Y la dueña…

—Isabelle.

—Estuvo ligando con Savage todo el rato —le dijo—. Es rara. Su novio estaba allí y no parecía importarle en lo más absoluto. Sale con ese tipo rarito de Slytherin… Tiene cara rara. Callado… No me acuerdo de su nombre.

Si Harry no hubiera estado en la tienda tampoco tendría ni idea del nombre, pero se acordaba.

—Nott —dijo—. Theodore Nott.

—Ese, nunca recuerdo su nombre —dijo Ron—. No es como si me supiera los nombres de toda nuestra generación, no soy Hermione… —Se encogió de hombros—. A ese Nott, también lo enjuiciaron, ¿no?

—Ajá, supongo… —dijo Harry. Suponía que sí, porque era imposible retener la información de todos los juicios en su cabeza y no recordaba un juicio de Theodore Nott como algo relevante para su vida. Pero Isabelle Poulain había mencionado la marca que tenía en el antebrazo, así que supuso que habría tenido un juicio—. No sé.

—Bueno. Lo llevaste ahí. ¿Verdad que Isabelle Poulain es rara? —preguntó Ron—. Savage me dijo que sólo eran imaginaciones mías ese día.

—Se portó bastante normal ese día —dijo Harry—. Malfoy estaba desmayado, así que… —Se encogió de hombros—. Fue normal, supongo. Dentro de lo raro. Nos abrió en bata de dormir —contó—, iba medio desnuda, la verdad, pero… —Volvió a encogerse de hombros—. No sé. No recuerdo realmente nada. Mandó a su novio a dormir a la bañera y ella durmió en una silla.

Ron frunció el ceño.

—¿Te quedaste ahí?

—En el suelo —confirmó Harry.

—¡¿Qué?! —Ron casi escupió la cerveza de mantequilla que acababa de tomar—. No me vas a decir qué porque te preocupaba demasiado el bienestar de Malfoy.

Harry negó con la cabeza. Era una mentira. Sí estaba preocupado. No le había parecido normal la manera en la que había ocurrido todo en Cabeza de Puerco y no le parecía normal que atendieran un accidente así en una tienda nueva y rara de pociones.

—Cualquier cosa podía ser ilegal en ese lugar —dijo Harry. Mentira en parte—. Prefería… revisar.

—Sospecho que es inútil —comentó Ron—. Todo estaba en regla el día que fuimos.

Harry alzó una ceja. Poulain debía de haber sabido de la inspección con anterioridad, porque cuando él había estado allí prácticamente había admitido, sin admitirlo, que había algunas cosas ilegales en alguna tienda. Ningún negocio en el Callejón Knocturn era de fiar y Harry lo sabía. ¿Qué hacía Isabelle Poulain ahí?

—Sí… sospecho eso… —Fue demasiado evasivo, pero a Ron no le importó.

—Harry —dijo—, si conseguimos un pensadero… Suponiendo… —empezó—, ¿puedo ver el recuerdo del desmayo de Malfoy? —pidió. Parecía decirlo completamente en serio y, cuando Harry lo miró con una ceja alzada, él insistió—: ¡Vamos! Quizá este a la altura del increíble hurón botador.

Harry no pudo evitar reírse ante el recuerdo de Draco Malfoy convertido en un hurón botador. Pero el desmayo en noche vieja no había sido divertido. No se le comparaba. Le había parecido producto de magia bastante oscura. ¿Dónde habría conseguido Malfoy aquella maldición sobre su marca tenebrosa?


Malfoy Manor

6 de enero de 2000

No estaba en condiciones de recibir a nadie, pero se dio cuenta demasiado tarde de que Pansy tenía una llave para entrar a la Mansión Malfoy y cuando oyó su voz y la de Isabelle en el piso de abajo casi se arrepintió de haberle dado una llave a Pansy, porque cuando ella se juntaba con Poulain era que la cosa era seria. Maldijo y se levantó de la cama, intentando aparecer presentable y no completamente despeinado para cuando subieran —o mejor, detenerlas antes de que subieran y vieran el desastre—. Se aplacó el cabello antes de salir de la habitación y cerrarla con un movimiento de la varita.

Estaba más pálido que de costumbre, pero ya se le ocurriría una excusa para ello en el camino abajo. Podía oír las voces de Pansy y de Poulain.

Su habitación era la última del pasillo y maldijo aquello mientras caminaba. Seguía una habitación clausurada —la de su tía Bellatrix y Rodolphus, que habían roto cuatro camas todo el tiempo que habían estado allí y él tenía miedo incluso de preguntar cómo— a la derecha y la izquierda una desocupada, a la derecha otra habitación clausurada —donde había estado Él y que más valdría quemar antes de que alguien volviera a poner un pie en ella—, a la izquierda la de sus padres —que no estaba clausurada, pero a la que tampoco entraba— y después otra desocupada y finalmente las escaleras. Oyó a Pansy y a Poulain justo cuando empezaba a bajar.

—¡No suban!

—¿Draco? —Era la voz de Pansy—. Isabelle fue a buscarme porque al parecer no fuiste tú a buscarla… —empezó Pansy, no dejó de subir y Draco se apresuró para cortarles el camino.

—Pues Isabelle es una maldita impaciente —musitó, sin que nadie lo oyera.

Pansy e Isabelle no se llevaban bien. Nunca se habían llevado bien, pero habían aprendido a soportarse. Isabelle tenía sus propias amigas en su curso, unas gemelas también pelirrojas como ella y otra chica rara y Pansy tenía, básicamente, a Daphne. Sólo habían coincidido en lo de ser amigas de Theodore. En sus primeros años de Hogwarts, Theodore se había mantenido a prudente distancia de Malfoy y de su grupo, Zabini incluido —aunque realmente Zabini era demasiado irritante cuando tenía menos de catorce años— y se había concentrado en volverse un desastre de la mano de Isabelle Poulain, una niña más preocupada por llamar la atención y las pociones que el resto del mundo.

A Draco no le extrañaba que, a la hora de elegir prefectos, lo hubieran elegido a él, a pesar de todo. ¿A quién más podían elegir? ¿Greg o Vincent? Imposible. ¿Zabini? Un desastre. ¿Theodore? Un escándalo.

Pansy e Isabelle no cruzaron una palabra hasta que Isabelle cumplió catorce años y Theodore acabó por unirse al grupo de Draco, arrastrado por Pansy y arrastró —de alguna manera, porque la pelirroja nunca fue realmente parte del grupo— a Isabelle consigo. Que se unieran para algo, la verdad, lo asustaba.

Las encontró aun cerca del pie de las escaleras.

—Vamos, vamos, no hay nada arriba de ver —dijo, en vez de saludarlas, conduciéndolas a la sala.

—Te vez como una mierda, Draco. —Qué bueno que Pansy tampoco estaba preocupada por los modales.

—¿Tomaste la poción, Malfoy? —E Isabelle tampoco, al parecer.

Draco torció la boca en una mueca.

—Seguro que podemos hablar de lo mal que me veo una vez que estén en la sala, cualquier sala, en vez de en medio del pasillo. —Prácticamente las empujó hacia la sala.

—Tu casa también se ve como una mierda, Malfoy —agregó Isabelle.

—Lo juro, tú y Theodore, ¡son unos puercos! —se quejó Pansy—. Fui a ver a Theodore ayer y todo estaba cubierto de polvo otra vez.

—También podemos hablar de mi falta de higiene en la sala… —indicó Draco, casi habían llegado—. Y puedo ofrecerles algo de tomar. Bueno, más bien, puedo ofrecerles que vayan ustedes y se lo sirvan, la verdad no llevo la cuenta de qué cosas tenemos y no tenemos aquí.

«Tenemos» era una palabra mal conjugada y muy grande. «Tenemos» implicaba que había otro ser en la Mansión Malfoy que no era Draco y, desde que habían encarcelado a su padre y matado a su madre, ahí no había nadie más que él. Todos los demás se habían largado después de la guerra. Los Lestrange, Fenrir —que pasaba allí demasiadas horas para gusto de cualquier persona—, el Señor Tenebroso, los demás mortífagos que acampaban en ese lugar.

Nunca antes tener la casa vacía había sido tan esperanzador y desolador al mismo tiempo.

No le importaba en lo más absoluto el orden o el desorden que hubiera, no quería hacerse cargo de los recuerdos que le causaban la mitad de las cosas. No se había molestado en revisar la habitación de sus padres, en sacar sus cosas, en tirarlas, en hacerse cargo de su memoria y afrontar los recuerdos. En cambio, la Mansión Malfoy parecía que se estaba cayendo a pedazos.

—Malfoy, ¿te tomaste la poción? —volvió Isabelle al ataque.

—No sirvió para una mierda —respondió Draco.

—Entonces descartamos que sea una maldición replicadora —dijo Isabelle—. Por cómo se movió la serpiente creí que… —Se puso una mano en la barbilla pensando.

—Ustedes pueden seguir hablando de lo que quieran, yo iré por copas y vino de elfo —dijo Pansy. Ninguno de los dos le hizo demasiado caso.

—En vez de eso volvió a doler y… —Draco no terminó la frase. Isabelle debía saber cómo terminaba aquello.

La pelirroja frunció el ceño.

—¿Estabas solo?

Draco no respondió, sólo puso cara de circunstancias.

»¿Cada cuánto ocurre, Draco? —preguntó, con más delicadeza. Usaba «Malfoy casi siempre, pero «Draco» cuando quería verse menos cortante y mucho más amable.

—¿Últimamente? —preguntó él—. Demasiado seguido. No hay patrón

Sabía perfectamente la razón de por qué estaba ocurriéndole tan seguido. Estaba ignorándola y nunca antes había hecho. Había rastreado a varios, había movido cielo mar y tierra porque sabía con qué lo amenazaba ella. ¿Pero lo último que le había pedido? Imposible.

—Y sabes la razón de por qué ocurre —adivinó Isabelle.

—Puede —concedió él—. No es relevante. No ayudaría.

Ella se encogió de hombros.

—Podría ayudar, no lo sabré si no me dices. ¿Quién más lo sabe? —preguntó.

—¿La maldición? Sólo tú… Theodore… —se encogió de hombros—. Potter porque estaba allí. —No se lo había contado a nadie más. Ni siquiera a Pansy o a Blaise. Había ocultado los efectos de aquella maldición sobre su marca perfectamente, pero se estaba volviendo cada vez más difícil y sabía que se volvería cada vez más difícil si seguía desobedenciéndola, a la bruja de la máscara. Le gustaría saber su nombre, para al menos saber cómo maldecirla—. No se lo digas a Pansy —le pidió.

—Sólo le dije que estabas enfermo —dijo Isabelle—. Pero no contestabas y…

—¿Preocupada, Poulain? —preguntó Draco. Ni siquiera eran amigos. Sólo era la novia de su mejor amigo.

—Theodore dice que le dijiste que fue después de la guerra, que no le pasará… —Eso era estirar demasiado lo que le había dicho a Theodore, pero no era completamente inexacto—. Pero, ¿y si le pasa?

—No le pasará —aseguró Draco, con demasiado seguridad.

—Aun así quiero saber qué es, Draco. Y tú pareces demasiado seguro de cosas que no quieres decirme, pero aun así quieres mi ayuda. —Isabelle se cruzó de brazos, malhumorada.

—No eres mi enfermera personal, Poulain —le respondió Draco—. Tú lo dijiste.

—Quiero saber qué es.

—¡Vino de elfo! —La voz de Pansy los interrumpió, que movía la varita mientras la botella flotaba hacia ellos al lado de tres copas, al llegar, la botella empezó a servir el vino de elfo. Pansy era especialmente buena para todos aquellos hechizos, que su madre había insistido en enseñarle, intentando hacerla un buen partido para el matrimonio, por mucho que Pansy no estuviera hecha para casarse.

Pansy había sido la primera amiga —en femenino— de Draco. Pansy era la chica que no temía subir al dormitorio de los chicos y oír sus tonterías —«porque de todos modos todas las chicas del dormitorio hablan solo de tonterías, menos Daphne, claro»— y reírse con ellos. Pansy era la chica que no le importaba que le dijeran que parecía «uno de los chicos» porque tenía a Daphne y con Daphne siempre le había bastado —y porque nunca tuvo necesidad de ser «uno de ellos», aunque siempre se había reído de los chistes de Blaise—. Fue la chica que se acercó a Theodore y lo jaló hasta el grupo, preocupada porque Theodore tuviera pocos amigos —y porque sólo hablara con Blaise ocasionalmente— y porque se metiera en demasiados problemas con Isabelle. Pansy era el hombro sobre el que todos lloraban porque tenía más paciencia que nadie, Pansy era el sentido común del grupo —siempre lo había sido—. La chica que había ido con Draco al baile de navidad porque él estaba demasiado frustrado por no conseguir pareja —«yo te acompaño, diles que tú me invitaste, que te dije que sí»—. La chica que dejaba que se acostaran en su regazo, siempre que ella pudiera hacer lo mismo y que ignoraba las habladurías sobre ser «la novia de Draco» o «la novia de todo Slytherin». Pansy Parkinson, para Draco, siempre había sido una de las personas que había tenido un poco más claro —de todos—, quién era: era Pansy, completa, no le hacía falta nadie más.

Por eso era su mejor amiga.

Aunque también era la chica más miedosa. La que había temblado al ver la marca en el brazo de Draco y la que se había comido las lágrimas que no le enseñaba a nadie más —y que después negaba incluso haberle enseñado a ella—. Pero el mundo sólo la recordaba por un solo acto; el resto del mundo mágico sólo recordaba su miedo, su brazo alzado, su dedo acusador señalando a Harry Potter en la Batalla de Hogwarts —pero el mundo no recordaba su temblor—. Pansy nunca había estado involucrada con los mortífagos —y sus padres tampoco—, pero, sólo por aquello, la trataban como si lo hubiera estado. Y ella no se quejaba, se encogía de hombros, lo aceptaba. Decía «perdimos la guerra», aunque ella no hubiera participado en ella o tomado partido más allá de intentar mantenerse a salvo en cualquier circunstancia. Porque ella también había perdido un poco de sí en la guerra.

—Gracias, Pansy —dijo Draco, tomando la copa.

—¿Brindamos? —sugirió Isabelle.

Pansy se encogió de hombros, tomó la copa y le dio un trago.

—¿Para qué? —respondió cuando la copa dejó sus labios—. No se me ocurre nada feliz por lo que brindar. —Miró a Draco—. No fuiste este Año Nuevo. —Él escondió la mirada, intentando esconder qué estaba avergonzado—. Estuvimos esperando, Draco.

Sentía su recriminación lo más hondo. Pansy no le gritaba —no como Blaise o a Theodore o a Gregory o a Vincent—, pero hacía sentir su decepción con la inflexión de su voz, su tono, sus miradas largas, como la que le dirigía en ese momento.

—La comida estuvo muy buena —dijo Isabelle—. Tu madre cocina bien, Parkinson.

—Gracias —respondió Pansy distraídamente. No dejó de mirar a Draco—. No me mandaste ni una lechuza avisando, Draco.

—No pude —se disculpó él. Pero la disculpa le supo a poco y, por la manera en que Pansy apartó la mirada, supo que a ella también—. Perdón.

Pareció más contenta con aquella disculpa, esbozó una pequeña sonrisa apenas perceptible. Draco iba a comentar algo más para cambiar el tema de conversación cuando sintió el dolor en el brazo, a la serpiente removerse y dejó caer la copa de vino de elfo inmediatamente y se llevó la mano derecha a donde estaba la marca tenebrosa.

Oyó el vidrio romperse mientras se le nublaba la mirada y sentía el peor dolor que había sentido nunca —siempre era el peor dolor que había sentido nunca, superando incluso a la maldición cruciatus— y sintió como dejaban de responderle las piernas y cayó en el suelo y oyó el grito de Pansy.

—¡DRACO!

Fue un grito de pánico puro y él sólo alcanzó a pensar «no quería que te enteraras» antes de perder el conocimiento en medio del dolor.


Malfoy Manor

6 de enero de 2000

Isabelle reaccionó mucho más rápido que Pansy, que sólo pegó un grito que prácticamente le perforó los tímpanos a la pelirroja. Contuvo las ganas de resoplar pensando en que Parkinson siempre había sido así —propensa al pánico en los momentos más inoportunos— y sacó la varita lo más rápido que pudo. Se agachó al lado de Draco, levantándole la manga izquierda y alcanzó a ver como la serpiente de la marca tenebrosa se movía.

—¡Parkinson! —dijo, con voz firme, consiente de que Pansy no iba a abandonar el pánico por si sola—. Necesito ayuda —le dijo—. Revisa sus pupilas.

«Maldita sea, Malfoy, no soy una enfermera». Y era cierto, no lo era. Pero siempre acababa en aquellas situaciones. Siempre se metía en aquellas situaciones. Y, como sabía demasiado de pociones, la gente acudía a ella por pociones curativas de todo tipo y clase —y por otro tipo de pociones que no curaban nada y eran más ilegales—. Siempre ella, Isabelle Poulain. Se había hecho de cierta fama en Hogwarts, al menos reconocida como Snape como una estudiante «por encima del mediocre promedio» y por Slughorn como «la mejor estudiante de quinto, aunque nada por encima de Potter» —porque el Niño Que Vivió había decidido que ese año sería el mejor en pociones—. Y tras la batalla había acabado ayudando con pociones curativas, así que abrir la tienda —toda con dinero prestado de las arcas de Theodore—, le había parecido de lo más adecuado.

—¿Tienes experiencia en esto? —preguntó Pansy, acercándose hasta Draco.

—Una vez ayudé a mi cuñada a parir —dijo Isabelle como única respuesta. Pansy abrió mucho la boca.

La cuñada de Isabelle tenía quince años cuando había dado a luz a su sobrino. Estaban las dos solas en la casa de los padres y la chica se negaba a ir a San Mungo, así que le había ayudado hasta que había llegado el padre de Isabelle y las había encontrado en la sala, donde había sangre, placenta y un bebé cochino envuelto en una manta. Y Lorelai —la chica con apenas quince años— estaba llorando mientras abrazaba al bebé, llorando histéricamente, que no sabían si estaba feliz, triste o desesperada.

—No sabía que tu hermano había tenido un hijo… —comentó Pansy.

—Creo que él tampoco, si te soy sincera —comentó Isabelle, tensando los labios, sin querer hablar de aquello—. Pero ese no es el tema. Revisa las pupilas de Draco.

Pansy le hizo caso, e Isabelle se concentró en la marca tenebrosa.

—Blancas… —musitó Pansy—. ¿Mala señal? —Isabelle negó con la cabeza—. ¿Cómo es eso de que tu hermano tampoco sabe? —preguntó, curiosa. Era la primera vez que Pansu Parkinson se estaba interesando en su vida.

—Se largó —dijo Isabelle. No le parecía correcto estar hablando de aquello sobre el cuerpo desmayado de Draco, que había caído sobre el piso y había impactado con el cráneo—. Revisa si no se hirió la cabeza, cúralo si es necesario —le dijo a Pansy—. Y deja de hacer preguntas, maldita sea.

No quería pensar en su hermano, pero Pansy ya la había hecho pensar en él. Era mayor sólo por once meses. Había ido a Hogwarts y había ido a Hufflepuff —una casa rara para la familia materna de Isabelle, que siempre había estado en Slytherin o en Ravenclaw— y había sido completamente irresponsable toda su vida. Cuando embarazó a una chica de quinto, mientras él repetía séptimo y la familia —de sangre pura, demasiado chapada a la antigua—, se enteró y desheredó a la chica y amenazó con denunciar a su hermano, él desapareció como si nunca le hubiera importado Lorelai —ni nadie más—. Isabelle había tenido que ayudarle en el parto, ella sola, sin saber dónde carajos estaba su hermano, mientras Lorelai lloraba y mojaba al bebé con sus lágrimas.

Ya casi iba a cumplir un año.

Episkey —oyó a Pansy y levantó la cabeza—. Tenía un golpe medio feo —le explicó Pansy e Isabelle se quedó viéndola por primera vez. Parecía a punto de llorar, con una expresión demasiado compungida y los cachetes demasiado rojos y los ojos entornados, como si estuviera evitando que se le salieran las lágrimas. Sintió el impulso de rodar los ojos, pero se contuvo—. ¿Estará bien?

—Estará bien, Parkinson, maldita sea —le dijo—. Ahora ayúdame a llevarlo arriba, creo que sé a qué tipo de maldición se está enfrentando.

—¿Maldición? —preguntó Pansy. Claro, ella no tenía ni idea, Draco no le había dicho.

—Lo maldijeron —explicó Isabelle—; bueno, maldijeron la marca —explicó sin dar más detalles—. No me quiere decir cuándo, cómo o por qué y no sabe nada más —explicó—, pero creo que sé qué demonios es.

—¿De verdad? —Pansy pareció esperanzada.

—Sí. Y no quería que te dijera. —No agregó nada más, porque, si estaba en lo correcto, Draco Malfoy estaba metido en uno de los peores problemas de su vida e Isabelle no tenía ni la más remota idea de cómo lo iban a solucionar.

Que no fuera la maldición Improntis, joder.

—¿Y se pondrá bien? —preguntó Pansy, preocupada de nuevo.

—Sí.

«No tengo ni la más puta idea».


Deathstar apothecary

7 de enero del 2000

Theodore era extremadamente irritante cuando ella intentaba trabajar. Y siendo que era la única que realmente trabajaba de los dos, no era buena idea tener a Theodore cerca cuando lo intentaba. Deathstar apothecary había sido la idea de los dos, pero ella era la que era brillante en pociones y buena con los clientes; Theodore era un excelente pocionista, aunque no por encima de ella, y no trataba con clientes porque nadie quería tratar con un ex mortífago. Al menos, Theodore no resentía aquello, le daba igual. «Que la gente piense lo que quiera, Belle».

Por supuesto, a ella nunca le había importado lo que pensara la gente.

—Llego una carta de tu padre a casa, Belle —dijo Theodore, entrando a la tienda mientras ella revisaba un vial con una poción color plata en el mostrador—. Dice que no le contestas las cartas y que quiere que vayamos a cenar el próximo fin de semana —explicó. Se sentó de un brinco sobre el mostrador, casi volcando la poción, que Isabelle se apresuró a poner a salvo con su varita—. Insiste de manera vehemente que «nos comportemos». —Theodore se encogió de hombros—. Yo no sé por qué lo dice si somos unos angelitos… —Le guiño un ojo—. ¿No crees lo mismo?

—Ajá… —musitó Isabelle, levantando los ojos del vial de poción—. ¿Necesito recordarte que la navidad pasada te colaste cinco veces en mi casa para verme? —preguntó, recordándole aquella terrible época durante—. ¿Y qué apareciste a mitad de la cena de año nuevo y mi padre nos descubrió en su cama, desnudos? —Alzó una ceja, mirándolo. No había sido uno de sus momentos más brillantes, lo admitía. Y después de eso su padre había suspirado y los había sentado en el sillón a explicarles cómo se hacían los bebés, mientras Theodore hacía chistes malos e incómodos sobre que ya lo sabían e Isabelle se miraba los pies sin pensar en lo embarazoso que era aquello, puesto que encontraba mejor uso de su tiempo imaginarse que le clavaba las uñas a Theodore en la espalda—. Quizá se refiera a eso… —Le guiñó el ojo—. Quien sabe.

—Sí, quien sabe —concedió Theodore.

Los dos sabían perfectamente que se refería a eso.

Isabelle volvió la mirada al vial de poción, tomándolo entre las manos y agitándola un poco. No cambió de color. Sin embargo, no tenía modo de probar que funcionara para lo que ella quería.

Theodore se la arrebató de las manos.

—¿Qué es?

—¡Theodore! —reclamó ella.

—¿Si la abro nos mata a todos? —preguntó—. ¿No es de esas que te matan instantáneamente o…? Digo, sólo quiero estar seguro —dijo, con una sonrisa medio pícara—; no quiero aparecer en El Profeta como el idiota que murió gracias a una poción de su novia.

Isabelle rodó los ojos.

—Puedes abrirla —le dijo.

Y eso hizo Theodore, que le quitó el corcho al vial y se la llevó a la nariz, para poder apreciar más propiamente los aromas.

—Uhm… hierbabuena, creo, ¿no? —Volteó a ver a Isabelle, que asintió—. Pero no demasiada, sólo un toque. —Olfateó de nuevo, intentando adivinar un poco más—. ¿Nomeolvides? —preguntó—. Combinación rara…

—Sí, nomeolvides —dijo Isabelle.

—Eso sólo se usa en filtros amorosos —comentó Theodore, volviendo a olfatearla—, pero esto no es un filtro, porque no detecto esencia de canela por ninguna parte.

—Buena observación.

—Entonces, ¿qué es? —preguntó Theodore.

—Un detector —dijo ella—. En teoría, no sé si funcione. En teoría.

—¿Detector de qué? —Theodore volvió a olfatear la poción pero la dejó en la mesa—. No siento nada más… —Sacó la varita y la apuntó—. Revelio —musitó y la poción dejó escapar un poco de humo. Al ver la reacción y estudiar un momento el efecto, abrió los ojos, sorprendido—. Oh. Oh. Vaya… ingredientes. No muy comunes.

Isabelle asintió.

—Una de las maldiciones más poderosas —dijo Isabelle— es la Improntis. Se supone que sólo la conocen las familias con un antiguo linaje, ¿no?

—O sea, no la tuya —le dijo Theodore e Isabelle pudo notar que el nombre de la maldición, aunque extraño, no le había parecido extraño.

Isabelle esbozó una sonrisa.

—Pero la tuya sí.

Poulain no era un apellido demasiado conocido en Inglaterra entre el mundo mágico. Y en Francia, de donde era originario el padre de Isabelle, tampoco. Su padre simplemente había sido un mago común y corriente, antiguo estudiante de Beuxbatons que se había enamorado de una bruja un poco mayor que él de una familia de sangre pura no muy reconocida ni muy rica entre el Reino Unido, originarios de Gales —los Rees—. ¿Pero los Nott? Los Nott siempre habían presumido su increíble linaje de sangre pura, siempre emparejándose con magos y brujas de igual linaje y mantenían toda una serie de tradiciones familiares que Theodore se estaba encargando de arrojar por la ventana, porque no podían importarle menos.

—Claro, la mía sí… —Theodore bajó la cabeza, cambiando de humor—. ¿Buscaste en nuestra biblioteca?

Isabelle asintió.

—La improntis tiene que ver con la voluntad —explicó Isabelle, aunque Theodore ya lo sabía—, o más bien, la falta de ella. Por eso el «Nomeolvides». Se supone que es muy difícil de detectar, a menos de que conozcas que se usa como canalizador o conductor mágico… —Siguió Isabelle. Theodore rodó los ojos, dándole a entender que sabía de qué estaba hablando, ignorándola prácticamente—. Pero…

Isabelle dejó morir su voz, sin estar muy segura de lo que estaba diciendo.

—¿Pero? —preguntó Theodore, impaciente—. En realidad vine a sugerirte que subiéramos al departamento a probar jugar gobstones nudistas, Belle, no a ser tu alumno, pero tú sigue.

—Draco…

Otra pausa qué hizo rodar los ojos a Theodore.

—¿Draco qué? —preguntó. Sin embargo, Isabelle vio mutar su expresión demasiado rápido, como si acabara de entender a qué se refería—. Oh, no. No creerás que…

—Sí.

—Una Improntis.

De repente Theodore se había puesto serio. Era extraño verlo así, usualmente siempre estaba de mejor humor cuando estaba cerca de ella, diciéndole todas las estupideces que le pasaban por la cabeza y que no le contaba a nadie más. Con el resto del mundo siempre había sido retraído, pero con ella, nunca. Y propenso a la seriedad, menos; verlo así era extraño y siempre la remitía a un solo recuerdo: cuando Theodore había regresado de las vacaciones de Navidad, justo el año que acabó la guerra, con el brazo vendado y chorreando sangre.

Siempre la remitía a cuando ella le había quitado la venda, descubriendo la Marca Tenebrosa, mientras él escondía la cara —porque ante ella mostró vergüenza, aunque ante los demás fingió indiferencia e incluso orgullo cuando era necesario fingir— y evitaba mirarla.

—Sí —repitió Isabelle.

—¿Pero quién? ¿O por qué? —preguntó Theodore, confundido.

—Creo que no lo sabe —dijo Isabelle—, el quién. ¿Pero el por qué? Creo que sí lo sabe y no me quiere decir. —Se encogió de hombros—. Quién sabe. No soy su enfermera personal. Sólo quiero saber qué es.

—Así que esto es para él… —Levantó el vial de poción de nueva cuenta—. ¿Qué se supone que hará?

—Si funciona, dispara el efecto —respondió Isabelle. Era cruel, pero no tenía opciones.

Theodore asintió para sí, frunciendo el ceño y dejando que sus labios formaran una fina línea que delataba su tensión.

—Joder.

No pudo decir nada más, Isabelle ya le había contado el efecto y ninguno de los dos sabía cuál era la máxima intensidad de este. Isabelle había pensado que peor que una maldición Cruciatus, pero realmente no lo sabía. Ella nunca había alzado la varita y había torturado a alguien. Sabía que Theodore lo había hecho y que después había estado demasiado callado mientras la besaba y se abrazaba a ella tan fuerte que casi le hacía daño, como si Isabelle fuera lo único que lo mantenía cuerdo. Sabía que Malfoy lo había hecho y después había vomitado todos sus ideales en el excusado, cuidando que ningún otro de los chicos lo viera, mientras Pansy se sentaba a su lado y apretaba su mano. Sabía que Pansy lo había hecho un par de veces y después había tenido pesadillas tres días seguidos y que había despertado gritando. Sabía que Blaise lo había hecho y después había intentado borrarse el recuerdo. Crabbe —que estaba muerto—, Goyle, casi todo Slytherin lo había hecho simplemente para asegurar su supervivencia durante la guerra, cuando los dos Carrow eran profesores.

Ver a sus propios compañeros torturados había sido sumamente perturbador e Isabelle habría preferido olvidarlo, pero los recuerdos habían acabado volviendo a ella mientras más repasaba los detalles del ataque que había sufrido Draco. Sólo a eso se asemejaba el dolor que parecía sentir: a alguien retorciéndose bajo el efecto de una cruciatus.

—Tiene que probarlo —fue lo único que dijo ella—. Al menos para saber si…

—Isabelle —interrumpió Theodore—, aunque lo sepamos, nadie conoce ningún antídoro para una maldición Improntis.


Callejón Diagon & Callejón Knocturn

8 de enero del 2000

—¡Malfoy!

Rodó los ojos antes de darse la vuelta al reconocer aquella voz. Alguna vez había barajado la idea de que Potter le recordara deliberadamente lo mucho que le debía la vida, la libertad y todo, pero había acabado llegando a la conclusión de que simplemente lo hacía por instinto. Podría no querer ser el héroe del mundo mágico, El Elegido, la salvación de todos, pero ciertamente se comportaba como uno. Demasiado noble, demasiado dispuesto al perdón y al indulto, demasiado agradecido y demasiado preocupado.

—Potter —saludó, al darse la vuelta y distinguirlo a unos cuantos pasos.

La gente se había girado un poco a verlos —Potter llamaba la atención allá a donde iba y él… bueno… era él—, con curiosidad; Draco intentó ignorar la atención, recordándose que de todos modos ya su sola presencia en cualquier lugar atraía miradas hostiles, quizá no le iría mal que lo vieran hablando con El Elegido. Al menos para su imagen pública, que ya no valía nada.

—Te ves demacrado —comentó Potter.

Claro que se veía demacrado, quiso responder, nadie con una maldición desconocida en una marca tenebrosa se ve bien, especialmente intentando ignorar la maldición —y a quien se la había puesto—. Claro que se veía demacrado, si la maldición le había causado otro ataque apenas hacía dos días y de no haber estado Isabelle y Pansy allí habría ido a peor. Y claro que se veía demacrado, si cuando apenas se había recuperado había despertado para ver a Pansy a los pies de su cama, enojada como nunca antes la había visto.

No se había callado nada: «¡Como no te atreves a decirme que tienes una maldición desconocida!», había gritado, «¡puedo entender que no sé lo digas a Greg o a Blaise o a Theodore porque son unos idiotas y tú eres un idiota que nunca quiere parecer débil, pero yo soy yo, Draco!». Y tenía razón: ella era Pansy, siempre le había contado todo y le había enseñado las lágrimas y las frustraciones que no le enseñaba a nadie más.

Pero no había querido que nadie se enterara de aquello. Era su supervivencia, joder, lo estaba haciendo simplemente porque tenía que sobrevivir.

—Tú te ves bien, Potter —masculló él, sin más comentarios—. ¿Querías algo…? Iba a… —Señaló el Callejón Knockturn. Se suponía que debía reunirse con Isabelle porque ella le había mandado una carta urgente. Si estaba Theodore allí aprovecharía para preguntarle su Gregory ya se había ido de viaje, porque no le respondía las cartas y temía estar mandándolas al lugar equivocado.

—¿Deathstar apothecary? —adivinó Potter.

Draco asintió.

»¿Sigues sin saber qué…?

—No es tu asunto, Potter —le recordó, adivinando que hablaba de la maldición y de lo que había ocurrido en Nochevieja. A decir verdad, esperaba que no lo recordara o que se lo guardara para sí, pero claro, era Potter, San Potter, claro que no podía olvidarlo.

—No, pero…

Draco se dio la vuelta, ignorándolo y caminando hacia el callejón Knocturn. No pudo evitar notar que Harry lo estaba siguiendo. Volvió a rodar los ojos.

»¡Malfoy! —volvió a llamar Harry. Casi corrió tras de él y lo tocó en el hombro, lo que provocó que Draco se diera la vuelta de nuevo—. Sólo quería decirte que si necesitabas…

—No —le dijo Draco—. No.

Ya había sido suficiente con que lo viera vulnerable una vez, no era necesario contarle todos los detalles sobre la maldición y lo que estaba haciendo.

—Si necesitabas algo… —intentó seguir Potter, sólo para verse interrumpido de nuevo por Draco.

—No, Potter —le dijo.

—Parecía magia demasiado oscura. —Potter dejó caer los brazos con desgana a cada lado de su cuerpo, parecía haberse rendido.

—Lo es —concedió Draco. «Ni siquiera yo sé qué es».

Se dio la vuelta y siguió caminando hasta la tienda que decía «Deathstar Apothecary» encima de la puerta, con un letrero verde y plata —a Isabelle sin duda siempre le habían gustado los colores de Slytherin—. Las ventanas parecían ennegrecidas por la cantidad de pociones que se cocinaban dentro y en general se veía como una tienda descuidada porque no tenían tanto dinero como querían.

—¡Malfoy!

Rodó los ojos por tercera vez, era incapaz de detenerse. ¿Por qué sentía la necesidad de seguirlo y ofrecerle salvación cuando ni siquiera tenía idea de en lo que estaba metido? Tocó el picaporte de Deathstar Apothecary, fijándose que el letrero en la puerta decía «Abierto».

Ignoró a Potter y abrió.

—¡Isabelle! —llamó. La pelirroja apareció detrás del mostrador, con una túnica bastante moderna color verde oliva, que combinaba un poco con su cabello. Malfoy oyó de nuevo las campanillas de la puerta—. Oh, no, por favor… —musitó para sí.

—¿Alguna explicación para tu compañía? —preguntó Isabelle.

—Me siguió como perro faldero —explicó Draco.

Potter no podía negarlo.


Deathstar Apothecary

8 de enero del 2000

Isabelle oyó el «¡Isabelle!» de la voz de Malfoy y se levantó, apareciendo tras el mostrador. Iba a decir algo —saludar— cuando se oyeron de nuevo las campanillas de la puerta y vio a Harry Potter entrar nuevamente en su tienda. ¿Qué demonios hacía ahí y por qué parecía haber ido con Draco? No lo cuestionó demasiado, había visto cosas más raras.

—¿Alguna explicación para tu compañía? —preguntó, a modo de saludo.

—Me siguió como perro faldero —fue la respuesta de Malfoy.

Isabelle asintió, viendo como la expresión de Harry Potter mutaba de la nada al desagrado y, como decidió ignorarlo, volvió a agacharse para sacar una botella de la poción plateada que había preparado unos días antes. Aun no sabía si iba a funcionar —porque no conocía demasiadas personas víctimas de la maldición Improntis o que creyera víctimas de la maldición Improntis—, pero era su oportunidad para descubrirlo.

—¡Acércate! —le ordenó a Malfoy—. Potter, también tú, ya que estás aquí. O decide que quieres, no me importa —le comentó—. No hay nada ilegal, por cierto. —Le guiñó el ojo. Claro que había cosas ilegales, sólo que no a la vista del público general.

Draco se acercó hasta el mostrador y Potter lo siguió. El primero no parecía demasiado feliz con la presencia de Potter que, efectivamente, parecía seguirlo como perro faldero.

»Muy bien, tengo una idea —le dijo Isabelle a Draco—, pero no estaré segura hasta que no lo probemos. Y quizá no funcione, pero…

—Poulain —interrumpió Draco—, la única persona mejor en pociones que yo, eres tú. Tienes esta tienda y acabas de graduarte de Hogwarts. Ten más confianza, joder.

Isabelle le dirigió una mirada asesina.

—Si fuera tú —empezó—, desearía que esta poción no funcione, Malfoy. Porque si funciona, si me dice lo que creo, si me lo confirma, no tengo ni idea de qué voy a hacer después. O de que vas a hacer después.

—¿Por qué? —Esa fue la voz de Potter.

—¿Es tu asunto? —preguntó Isabelle—. Y lo pregunto sinceramente, Potter. ¿Es tu asunto? Porque si no lo es no sé qué haces aquí preocupándote por Malfoy. Si yo no soy su enfermera particular, y podríamos decir que es un amigo; tú no eres su cuidador personal.

Potter se encogió de hombros.

»Lo que creí —comentó Isabelle, volviendo a ignorarlo.

—De todos modos… —dijo Malfoy—, ¿por qué?

—Ábrela y huélela —le dijo Isabelle.

Draco le hizo caso. Abrió el vial de poción con delicadeza, dejando el corcho sobre

—Hierbabuena y… —se detuvo, analizando la poción con más detenimiento— nomeolvides.

—Y otras cosas —comentó Isabelle, dándole la razón—, pero básicamente nomeolvides, uno de los ingredientes básicos para doblegar la voluntad de alguien o descubrir si la voluntad de alguien ha sido doblegada, combinada con los ingredientes correctos. El ingrediente principal de los filtros de amor, pero supongo que eso ya lo sabes, Malfoy.

»No hay muchas maldiciones que dobleguen la voluntad de un mago. No como parece funcionar la tuya.

—No estarás sugiriendo…

Era un mago sangre pura de un linaje muy antiguo, seguramente sabía de qué estaba hablando Isabelle, que estaba intentando decirle. Porque la maldición Improntis —y todas las maldiciones de su calaña— eran muy raras, muy antiguas y llevaban siglos prohibidas. Además, eran mucho más rudimentarias que la maldición Imperius, una de las imperdonables.

—Sí —respondió simplemente Isabelle—, eso estoy sugiriendo.

Vio palidecer a Draco y deseó no estar en su piel.

—No.

—Sí.

—¿Me estoy perdiendo de algo? —preguntó Potter.

—Potter, no es tu asunto.

—¡Te traje en nochevieja!

—¡Y te di las gracias por eso! ¡Esto, lo que pasa aquí, lo que me pasa a mí, no es tu asunto! —le espetó Malfoy, dándose la vuelta para verlo directamente—. No quiero seguir en deuda contigo porque intentas salvarle la vida a todos sin que nadie lo pida.

—Malfoy… —Potter intentó ser conciliador.

Draco lo ignoró y en vez de eso, se volvió hacia Isabelle.

—Entonces, la improntis, ¿eh? —Intentó esconder su miedo, pero Isabelle pudo verlo en el temblor imperceptible de sus manos al tomar al vial de poción, en la inflexión de su voz, temblorosa, como dudando—. Carajo.

—Todavía no es un hecho —dijo Isabelle—, la poción se supone que lo detecta. Es una detectora.

—¿Qué hace? —preguntó Malfoy.

—Se supone que, si es la improntis, efectivamente, dispara sus efectos. —El temblor de las manos de Draco se hizo más evidente, por mucho que intentara esconderlo—. Lo siento.

—Carajo. —La voz de Draco fue una mezcla de enojo y desesperación.

La voz de Harry los devolvió a la realidad:

—¿Qué es la improntis?


Notas de este capítulo:

1) Juro que Isabelle no es un self-insert. Sólo da la casualidad de tener el mismo apellido de mi nick, porque así se lo puse en el rol. Adora a Theo, por cierto.

2) Pansy es mi personaje favorito de slytherin, seguro se nota. Aquí le estoy dando un matiz que no le había dado antes, porque estoy experimentando. Digamos, esta Pansy es la Pansy de siempre, pero a la vez es nueva.

Andrea Poulain

a 8 de julio de 2018