Advertencia: Ignoro ampliamente todo el epílogo y lo que ocurre después de él. De hecho, ignoro todo el canon que Rowling ha soltado después del último libro que no me funciona para la historia y uso el que sí.
Capítulo III.
«There was no tour guide on hand to tell her that in Kashmir nightmares were promiscuous. They were unfaithful to their owners, they cartwheeled wantonly into other people's dreams, they acknowledged no precincts, they were the greatest ambush artists of all. No fortification, no fence-building could keep them in check. In Kashmir the only thing to do with nightmares was to embrace them like old friends and manage them like old enemies.»
Arundhati Roy, The Ministry of Utmost Happines
Lugar desconocido
20 de enero de 2000
Ya había dejado de retorcerse de dolor, pero se sentía humillado. La escena de la que era protagonista le recordaba al verano del noventa y siete, cuando había vuelto a casa sin matar a Albus Dumbledore y se enfrentó a la ira del Señor Tenebroso —algo que no le recomendaba a nadie—. El verano del noventa y siete, junto al verano del noventa y seis y del noventa y ocho se peleaban por ser nombrados los peores veranos de sus vidas. Primero encarcelaron a su padre y lo marcaron. Lo hicieron creer que tenía una opción cuando realmente no la tenía: ¿qué clase de opción es «o te vuelves mortífago —con todo lo malo que eso implica— o tu familia muere»? Ninguna en lo absoluto. Después le encomendaron una tarea imposible y, aunque en ese momento no lo hubiera visto, lo entendió después. ¿Cómo podía un adolescente —que no era un asesino— matar al mago al que el Señor Tenebroso temía? Se había sentido orgulloso —o se había convencido de sentirse orgulloso y honrado, que era casi lo mismo, porque había perfeccionado el arte del auto engaño— en aquel momento.
Pero todo había salido mal. Todo había terminado con su familia humillada y él torturado. Todo había terminado con él siendo incapaz de sostenerle la mirada al Señor Tenebroso —¿quién era capaz, de todos modos?— cuando le dijo que había fallado, que no había podido matar a Albus Dumbledore. Porque la cosa era muy simple: a Lord Voldemort no le gustaban los que fallaban.
Todo aquella no-elección —porque Draco no podía llamar «elección» a algo donde una opción era morir— lo había llevado hasta ese punto. La muerte de su madre, la desgracia de su padre, la humillación que había caído en el nombre de los Malfoy, todo lo había llevado hasta ese punto: encadenado con grilletes que le abrasaban la piel si se movía demasiado, en el suelo, con la dignidad perdida —o como si nunca hubiera existido—, retorciéndose de dolor y sangrando.
—Es tu última oportunidad, ¿sabes? —oyó la voz de la mujer. Le sonó lejana. No podía ver donde estaba: ¿cerca de él?, ¿a cuántos pasos? Sabía que seguía usando la misma máscara—. Al fin y al cabo… soy benevolente. —Pudo ver sus pies acercarse a él y pudo ver también como se acuclillaba cerca de su cara—. Una última oportunidad. He estado esperando el suficiente tiempo.
»Sabes lo que quiero.
Él no contestó. No iba a dárselo. No era capaz de dárselo porque le estaba pidiendo una de las cosas que valoraba un poco —sólo un poco— más que su propia vida. ¿Por qué seguía insistiendo? ¿Esperaba que la maldición lo doblegara todavía, si a esas alturas no lo había logrado?
»Sólo pensé que necesitabas un poco más de persuasión —comentó ella—. ¿Sabes de dónde aprendí que el dolor es una excelente persuasión? —Era una pregunta retórica, pero su cerebro estaba tan cansado que no sabía la respuesta más obvia—. De aquellos como tú.
No podía verle la cara —o la máscara, porque seguía usando la misma máscara robada que tantos años atrás—, pero su voz le sonaba a furia gélida.
—¿Qué te hicieron? —preguntó él con un hilo de voz—. ¿Qué te hicieron?
La respuesta tardó en llegar, pero hizo que Draco se estremeciera.
—Lo que te estoy haciendo a ti.
Sintió la varita acercarse a su pecho, donde su camisa blanca ya era sólo jirones con una mezcla de mugre y sangre, sintió como su respiración se contenía. Odiaba aquella sensación y aquel breve momento en el que aún no sentía el dolor pero sabía que lo iba a sentir. Y lo sintió doble. Sintió a su marca arder y hacer que el dolor de extendiera por todo el cuerpo y sintió como la varita de aquella mujer le abría una herida superficial en el pecho.
Y gritó.
Siempre gritaba, no podía contener los gritos dentro de su garganta.
Malfoy Manor
8 de enero de 2000
—Todavía no acabo de entender por qué Potter puede estar aquí —se quejó Malfoy.
—Es Potter o los aurores, elige, Malfoy. —La voz de Isabelle Poulain sonó demasiado cortante, como si ya estuviera desesperada de aquella pregunta. Y lo estaba: Malfoy la había hecho al menos doscientas veces en todo el día.
Pero Harry estaba allí y no estaba muy dispuesto a irse.
—Porque me hablaron de la posibilidad de que Malfoy —empezó, con la misma explicación de que les había dado las veces anteriores— esté maldito y que la maldición sea una maldición antigua, de magia demasiado oscura e ilegal. Lo más importante es la parte de «ilegal» —remarcó, dibujando las comillas— porque es la parte donde deberían intervenir las autoridades competentes. —Poulain y Malfoy rodaron los ojos, igual que todas las veces anteriores—. Pero ya que no quieren llamar a los aurores y Poulain amenazó con darme todos los venenos que hay en Deathstar Apothecary si lo hago yo, decidí que las autoridades competentes pueden ser sustituidas por un aprendiz de auror, que en este caso, también soy yo. —Se encogió de hombros y se señaló a sí mismo, remarcando la obviedad en lo que acababa de decir—. Por cierto, la parte de los venenos también es ilegal, muy ilegal, así que probablemente recomiende una nueva inspección para Deathstar Apothecary. Sin ofender, Poulain. Sólo por la seguridad de la comunidad mágica.
—De todos modos no encontrarán nada —respondió Poulain, guiñándole el ojo.
Esa mujer era un misterio. Se veía mayor de lo que realmente era, probablemente porque era la dueña de una tienda de pociones y trabajaba por mantenerla a flote. Siempre decía lo que estaba pensando, sin morderse la lengua y usaba llamativas túnicas de distintos tonos de verde casi siempre.
—Muy bien, entonces, ¿hacemos esto? —preguntó Malfoy.
—Ajá. —Isabelle sacó dos pociones del bolso—. No soy tu enfermera personal, Malfoy, pero te traje esto. —Le lanzó una botellita con una poción color escarlata—. Es para que no te desmayes en caso de…
—Sí, sí, sí, genial —la cortó él, que parecía no querer ser recordado de sus desmayos—. ¿Contra el dolor? —preguntó, revisando la botella.
—Sí —respondió Isabelle—. Lo más pedido en la tienda.
—Tienes una reputación, después de todo —dijo Malfoy—. Al menos ya no tienes que enmascararlas.
—¿Reputación? —preguntó Harry. Se estaba limitando a ser un espectador no querido en aquel lugar, pero era lo mejor. En su opinión inexperta, la gente no debería jugar con maldiciones porque alguien podría acabar muerto.
—Es lo que hice durante la guerra —explicó Isabelle Poulain—. En el dormitorio de las chicas de sexto de Slytherin. Pociones contra el dolor y curativas. Los hombres no podían subir, así que el único peligro era que Alecto Carrow lo descubriera. —Se encogió de hombros—. Pero ni siquiera sus sobrinas estaban de su lado, así que fue «fácil». —Isabelle dibujó unas comillas en el aire—. Pociones contra el dolor y curativas, supongo que por eso ahora un montón de idiotas creen que soy su enfermera personal.
Harry alzó las cejas, no había oído de ningún Slytherin que hubiera apoyado al Ejército de Dumbledore en aquella época, pero al parecer, existían.
—Pero… el ED… —empezó.
—Claro que nadie de nuestra casa estaba en el ED, Potter. —Malfoy arrastró las palabras.
—Eran suicidas —dijo Isabelle— y quizá no tenían nada que perder. Pero nosotros sí. Había chicos amenazados con ser marcados por los errores de sus padres, Potter, chicos amenazados por sus propias familias. Ante todo, sólo queríamos sobrevivir. —Se encogió de hombros—. Nadie debería poder juzgarnos sin conocer antes nuestra historia y, sin embargo, lo hicieron.
Harry apartó la mirada. Slytherins hasta el fin. Habían convertido la supervivencia en su única ambición porque eso era lo que habían necesitado durante la guerra. Y después de ella habían hecho lo que fuera necesario para seguir sobreviviendo como fuera necesario.
—Muy bien, hagamos esto. —Malfoy cambió de tema una vez que Harry no respondió—. Entonces, si tu poción detecta la improntis, desatará sus efectos, ¿no?
—En teoría —respondí Isabelle—; ya te lo dije un millón de veces, Malfoy.
—Sólo era para asegurarme de que no había oído mal —respondió él—: que la única manera de descubrir esto es torturándome. Porque no me gusta hacerlo por gusto.
—No conozco otra —le dijo Isabelle—. Súbete la manga —le ordenó. Y después volteó a ver a Harry—. Y tú no molestes o de verdad prometo darte un veneno, no importa que seas El Elegido.
Harry asintió. Estaban en el salón de la Mansión Malfoy y, de alguna manera, lo estaban inundando los recuerdos. El mobiliario era casi el mismo que cuando los habían capturado los carroñeros. Al menos, ya no estaba la araña en el techo sobre la cual lo habían hecho pararse para que Draco lo reconociera, mientras el rubio soltaba evasivas una y otra vez, sin decir nada convincente. Pero el piso era el mismo y los muebles eran los mismos y, aunque no había vuelto nunca allí después de la guerra —siempre habían sido otros los que habían revisado aquella Mansión—, podía oír claramente los gritos de Hermione siendo torturada y los gritos de Ron porque parecía dolerle en carne propia lo que le hacían a Hermione.
Draco se subió la manga, dejando al descubierto la marca tenebrosa grabada a fuego en su piel. Una marca que, probablemente, lo iba a perseguir por siempre. Harry se le quedó viendo, con un poco de morbo.
—¿Disfrutas la vista, Potter? —le espetó.
Desvió la mirada.
—Tómate eso, Draco. —Isabelle le señaló la poción con el color escarlata que le había dado—. Quizá esto duela.
Malfoy le hizo caso y después Isabelle abrió la botella pequeña donde tenía la poción plateada. Estiró el brazo izquierdo de Draco y la dejó caer sobre la marca tenebrosa.
»Un poco morboso —comentó, hacia nadie en particular—, si es que el catalizar es la marca.
El efecto fue casi inmediato. Harry vio a Malfoy ponerse completamente pálido y apretar la quijada, intentando soportar el dolor, vio cómo su espalda se arqueaba, como sus manos se cerraban en un puño y cómo finalmente soltó un quejido medio ahogado. Isabelle había palidecido y agarró el brazo derecho de Draco, entrelazando la mano en la suya. Por primera vez en todo el rato parecía verdaderamente preocupada.
—Joder —musitó justo antes de que el ataque parara. Draco Malfoy no se había desmayado.
Malfoy respiró hondo, soltándole la mano a Isabelle y escondiendo la cara entre las manos. Harry desvió un poco la mirada. Ya lo había visto en situaciones vulnerables, pero nunca como en aquel momento.
—La Improntis, ¿eh? —musitó Draco.
—Parece que sí —dijo Isabelle.
Entonces Malfoy alzó la vista.
—¿Eso es lástima, Potter? —le espetó, con desagrado—. Porque esto… —se señaló a sí mismo y a Isabelle—, esto no es tu asunto. Nadie te pidió que estuvieras aquí viéndome con lástima, nadie quiere que estés aquí viéndome con lástima. Puedes irte y olvidarlo y…
—Pero si puedo ser de ayuda… es una maldición… —Harry había vuelto a mirarlo, haciéndole frente a la vulnerabilidad de Malfoy.
—¡Es una de las pocas maldiciones que nadie sabe cómo evitar! —le espetó Malfoy—. ¡Es producto de magia demasiado oscura, Potter, que se supone que familias antiguas conocen! ¡Es ilegal porque no hay contrahechizo posible! ¿Y dices que quieres ayudar? —Malfoy sacudió la cabeza, Isabelle no dijo nada, pero se sentó a su lado y le pasó el brazo por la espalda—. Gracias —musitó Malfoy.
—Sólo hay una solución —dijo Isabelle.
—Ya sé.
—¿Cuál? —preguntó Harry, interesado. Los dos volvieron a dirigirle miradas poco amigables. Isabelle lo ignoró y, en vez de eso, se dirigió a Draco.
—Haz lo que te pidieron —dijo Isabelle—, quien te haya puesto la maldición. No importa lo que sea. Hazlo.
Draco Malfoy se quedó viéndola y a Harry le pareció que estaba a punto de llorar. Pero no lo hizo. Sólo se quedó viendo a Isabelle.
—No me lo perdonaría nunca —respondió él.
Ninguno de los dos se atrevió a preguntar qué era.
—Debe de existir una manera —comentó Harry—, si toda magia tiene su contrario… esto debería también. Debería.
—No necesitas salvarme, Potter —espetó Draco.
—Esa maldición… —Harry señaló su marca—. Sea lo que sea. No creo que te lo merezcas, Malfoy.
Ministerio de Magia
10 de enero de 2000
—¿No tienes trabajo qué hacer?
—Estoy trabajando.
Hermione rodó los ojos.
—Al menos dime que fuiste a clase.
—Claro que sí —respondió Harry.
Pociones Avanzadas en la mañana, tres horas enfrente de un caldero estudiando cómo detectar los venenos más extraños y después dos horas sobre duelos, viendo como Savage pateaba a casi todos. Era su segundo año en la Academia de Aurores y, aunque no se le había ocurrido que algo pudiera ser peor que las clases de Snape en Hogwarts, Pociones Avanzadas en la mañana se había vuelto su peor némesis y en la parte de duelos había descubierto todo lo que le faltaba por aprender. Y además estaba su trabajo como Aprendiz en la División.
—Muy bien, ¿qué quieres? —preguntó Hermione, levantando la vista de su escritorio y de los pergaminos llenos de Runas y operaciones de Aritmancia que Harry no entendía en lo más absoluto.
—Tiene que ver con hechizos.
Eso hizo que Hermione pareciera aún más interesada, después de todo trabajaba con hechizos experimentales. Había vuelto a Hogwarts por sus ÉXTASIS porque quería ampliar sus posibilidades para trabajar dentro del mundo mágico y había acabado en la sección de hechizos experimentales del Ministerio como Aprendiz. Desde entonces, Harry casi siempre la veía con pergaminos llenos de runas y operaciones que ni él ni Ron entendían, hablando de cosas que no sabían. Llevaba casi seis meses estudiando Teoría de la Magia como aprendiz y si antes ya les había parecido la bruja más brillante de su generación, en ese momento les estaba rompiendo la gráfica.
—Tienes mi atención —dijo—, ¿qué clase de hechizos?
—Maldiciones, maldiciones ilegales y antiguas —explicó Harry—. Por cierto, esto es confidencial, Hermione…
Ella rodó los ojos.
—¿Es de un caso de la División de Aurores? —preguntó—. Porque no me voy a meter en problemas nada más porque vengas a contarme cosas confidenciales, Harry.
—No —le aseguró Harry—, nada de la División de Aurores. Otra cosa. —Había decidido no mencionar a Malfoy. Quizá sería lo mejor y así se ahorraría demasiadas preguntas que le iba a hacer Hermione.
—Que no me vas a contar —adivinó Hermione.
—Exacto.
Hermione asintió.
—¿Sabes en qué te estás metiendo? —le preguntó.
—¿Alguna vez lo he sabido?
—Buen punto. Buen punto —concedió ella—. ¿De qué se trata, pues?
—Una maldición vieja, Improntis, ¿has oído de ella?
Pudo notar que Hermione la reconocía, al menos de nombre, porque su cara palideció. Y los últimos días había descubierto que todos los que conocían aquella maldición, o sabían en qué consistía, aunque fuera por encima, palidecían cuando la oían.
—No sabes en lo que te estás metiendo —dictaminó Hermione, poniéndose en pie, dirigiéndose al librero de su pequeña oficia, que compartía con tres aprendices más que habían salido a comer más temprano. Sacó un libro bastante gordo y antiguo—. Viene nombrada aquí, pero no entra en detalles. —Harry pudo ver el título del libro cuando Hermione lo puso sobre su escritorio: «Maldiciones prohibidas en la historia de la magia»—. En general es sólo un catálogo para llevar un registro de que hechizos están prohibidos en su totalidad y… —Abrió el libro y buscó una página—. Aquí está, mira. —Dejó que Harry se acercara a leer—. «Maldición Improntis», el año en el que fue prohibida, razón. No se detallan sus efectos, pero dice que la información puede ser encontrada en diversos libros pertenecientes a familias de sangre pura. Al parecer no era una maldición que fuera del dominio público.
—Ya —comentó Harry.
—Para tu buena suerte tenemos uno de esos libros… —comentó Hermione—. Lo revisé hace unos meses, cuando capturaron a Rabastan Lestrange. —Volvió a dirigirse al librero y sacó un libro mucho más pequeño, que se veía mucho más antiguo. Cuando volvió a su escritorio, Harry pudo ver que no tenía título, sino simplemente dos tapas negras—. Es de los libros que fueron confiscados de la antigua casa de los Lestrange.
»Aquí viene la maldición. —Abrió el libro, buscando entre sus páginas—. Lo leí hace unos meses, simple curiosidad académica. Además de maldiciones horribles y rituales horribles, tienen hechizos interesantes. —Finalmente encontró la página que buscaba y le puso el libro enfrente a Harry—. Aquí está. La maldición Improntis. Es anterior a la imperius y hay quien dice que es anterior, pero no. Se parecen en el nombre y en que se supone que son usadas para doblegar la voluntad del otro, el maldito, pero… Bueno. La teoría no es la misma.
—¿Por qué?
—La improntis no doblega la voluntad de nadie, Harry —respondió Hermione—, simplemente parte de la idea equivocada que se consigue doblegarla con la suficiente tortura.
—O sea, más cercana a la cruciatus que otra cosa. —Harry levantó el libro para revisar la página abierta en el libro.
—Básicamente. Es magia muy rudimentaria, pero bastante efectiva. Alguien la tiene, ¿verdad? —preguntó.
Harry se encogió de hombros.
»Ya sé que no me vas a decir —dijo Hermione—, pero sería buena idea no guardar secretos, Harry. ¿Seguro que no es de un caso de la división? —No parecía muy convencida de que no lo fuera—. No quiero meterme en problemas.
—No te meteré en problemas —dijo Harry—, no es ningún caso de la División de Aurores. Y si lo fuera, no te estoy contando nada.
Hermione rodó los ojos.
—Saber que esa maldición ha vuelto a usarse ya es información que no debería saber —comentó Hermione—. Harry, se supone que nadie debería conocerla, aun cuando muchas familias se las han arreglado para mantener sus libros de hechizos prohibidos a salvo como reliquias familiares. Nadie debería saber que existe.
—¿Por qué? —Harry frunció el ceño.
—No tiene ningún antídoto… contra hechizo… —empezó Hermione—; no hay ninguna manera conocida de deshacerla.
Harry suspiró.
—¿No toda maldición debería tener su contrario? ¿Todo hechizo? —preguntó.
—Así que sí pones atención cuando hablo de Teoría de la Magia —comentó Hermione, medio sonriendo.
—No demasiado. Eso se me quedó grabado —admitió Harry.
—En teoría debería —empezó a explicar Hermione—, pero si alguien la desarrolló alguna vez, la de la Maldición Improntis, los registros no sobrevivieron. Y queda una posibilidad de que pudiera no haberse desarrollado nunca.
—Pero podría, ¿no? —preguntó Harry—. Desarrollarse, digo.
—Podría —aceptó Hermione—, eso hacemos en Hechizos Experimentales. Harry… —acercó su mano a la de Harry—, ¿quién la tiene? Harry. Dímelo.
—No sé si debería…
—No viniste a preguntarme por nada —le dijo Hermione—, si quieres saber si existe la manera de contrarrestarla es porque maldijeron a alguien. No lo niegues. Te conozco. Tengo razón, ¿no? —Harry asintió—. ¿Quién es y por qué te interesa?
—Hermione, es Malfoy.
Deathstar Apothecary
12 de enero de 2000
Hacía horas que habían cerrado. Isabelle había estado revisando el inventario y los libros de cuentas para calcular si tendrían para comprar los ingredientes con los que hacía las pociones y pagar la renta del mes siguiente. Pero era imposible que fuera suficiente para todo. Tendrían que seguir sacando dinero de la cámara de Gringotts de los Nott, que cada día estaba más vacía. Las multas, la pérdida de todas las propiedades, la renta de aquella tienda… todo estaba empezando a pasarles facturas. Habían creído que estarían bien después de la guerra y, aunque no habían acabado mal, no se podía decir que enfrentarse a un futuro de deudas si no encontraban una solución fuera algo que Isabelle deseara.
No la habían tenido fácil, Theodore y ella. Después de la guerra habían vuelto a Hogwarts ambos. Ella a cursar su séptimo año y él como una condición impuesta por el Winzengamot para mantenerlo fuera de Azkaban —la misma que le habían puesto a Draco por su colaboración con los mortífagos—. Si supieran todo lo que Theodore había hecho durante la guerra, ni siquiera le habrían ofrecido ese perdón. Theodore había regresado marcado de las vacaciones de navidad. Si ella se había dedicado a hacer pociones curativas para distribuir por Hogwarts, Theodore se había convertido en el torturador.
«No tuve opción, Belle…». «Lo sé». «No tuve opción…». Su padre lo había entregado.
Gabriel Nott podría haberse llevado el premio al peor padre del siglo, más o menos. Cuando había dudado levemente de las lealtades de su hijo, lo había arrojado a los pies del Señor Tenebroso, que lo había marcado con fuego para siempre y lo había hecho volverse un mortífago. Theodore no había tenido a nadie que lo protegiera como Malfoy había tenido a su madre, no al menos que Isabelle supiera. Así que lo habían arrojado a una celda tras la guerra y lo habían interrogado una y otra vez.
Él había negado todo lo que había hecho y el juicio se había retrasado.
Hasta que su padre había aceptado como suyos todos los crímenes de su hijo y Theodore había quedado libre. Isabelle sabía que Theodore no tenía ni la más remota idea de lo que ella había hecho para evitar que pisara Azkaban. Pero lo volvería a hacer. Después de todo, era Theodore Nott. No era sólo un mortífago, o un torturador, o un asesino. Era Theodore Nott, un chico que tenía una risa tímida, pero siempre un comentario mordaz en la punta de la lengua, un chico que le sonreía de lado y que siempre la había acompañado en las travesuras y en las aventuras. Theodore Nott había sido su primer beso, su primer baile, su primera fiesta, la primera vez que había probado whisky de fuego, la primera vez que había hecho el amor con alguien.
Theodore era Theodore: mucho más que la marca a fuego que le recorría el antebrazo izquierdo.
—Se nos va a acabar el dinero —dijo Isabelle cuando oyó a Theodore entrar, detrás de ella. Él se acercó y la abrazó por detrás, apartando sus brazos del libro de cuentas y del inventario.
—Faltan meses para que eso pase —le dijo él, besándole el cuello—. Isabelle, vamos a la cama. O a la mesa. O al mostrador, no me importa donde quieras que te bese. Sólo deja esos libros y esta bodega, por favor.
—Theodore, es serio.
—Ya sé que es serio —le dijo él—. ¿Sabes qué también es serio? Que no vamos a lograr encontrar la solución ahorita, así que sólo hagamos otra cosa. Como que me dejes besarte todo el cuerpo.
Isabelle sonrió para sí; Theodore, que se acomodaba en la curva de su cuello, no podía verla.
—A veces olvido como eres.
—Yo no te dejo —le respondió él—. Belle…
—Theodore —musitó ella—. Llevas casi una semana durmiendo aquí.
Lo oyó bufar.
—Y regresas siempre a los temas serios —le reclamó él, soltándola para jalar una silla cerca de ella y sentarse—, ¿podríamos no estar en ese momento del día en el que eres una aguafiestas y dices que vamos a morir pobres como si fuéramos gente común y…?
—La mansión en la que vives es más amplia que una cama individual donde a duras penas cabemos los dos.
—Al menos dormimos abrazados —le dijo Theodore. Isabelle creyó que estaba intentando ser tierno o algo parecido hasta que siguió hablando—. Tienes mi varita a tú disposición. —Le guiñó el ojo—. Cuando quieras. Como quieras. Sin necesidad de ir a la mansión Nott a ver el polvo y la decadencia y…
—Podríamos renovarla, ¿sabes? —le dijo Isabelle—. Con unos cuantos hechizos y…
Entonces se puso medianamente serio y la interrumpió.
—Belle, va a seguir siendo el lugar donde murió mi madre —le dijo—. Déjalo.
»Además, aquí está bien —musitó, acercándose a ella, demasiado cerca, tanto que tenía su cara a milímetros—. Dormir contigo. Todas las noches. No es que no lo hiciéramos en Hogwarts, pero al menos aquí nadie nos dice nada.
Isabelle sonrió, recordando sus tiempos en Hogwarts. Ella estaba en sexto y él en séptimo cuando empezaron a dormir juntos —y a besarse más seguido y a considerarse una pareja y a enamorarse— en la cama de Theodore, porque ella podía subir al dormitorio de los chicos y acurrucarse junto a él para fingir que no tenía miedo y que él la hiciera reír y eventualmente olvidara su miedo.
—Bueno… mi padre…
—Belle, sinceramente, tu padre me importa un pito —le dijo.
—Es un poco chapado a la antigua.
—Y yo a la modernidad —respondió Theodore—. Pero al menos tiene un nieto… ¿o nieta? Me olvidé del sexo del mocoso. O mocosa. Lo que sea. Al menos tiene un nieto para alegrarle la vida. Y una cuñada con el peor humor del mundo para recordarle todas las miserias de la existencia. En serio, Isabelle, tu cuñada me da miedo.
—Lo sé.
—¿Por qué tu hermano se enamoró de ella?
—Es increíble, no lo entiendo.
—Mi teoría es que siempre quería meter su pito en alguna parte desesperadamente —dijo Theodore—. No te ofendas, tu hermano es idiota.
—Lorelari es guapa —defendió Isabelle—; bueno, cuando sonríe.
—O sea: nunca —concluyó Theodore—. De todos modos, recapitulemos: aquí estoy bien, no nos morimos de hambre, no nos vamos a morir de hambre y tú deberías dejar de revisar esos libros obsesivamente. Pasará lo que tenga que pasar.
»El único problema que tenemos —empezó demasiado serio, como si de verdad se estuviera refiriendo a un problema grave— es que pareces un monstruo todas las mañanas, Belle.
Ella se río.
—Yo no te diré lo que pareces por las mañanas.
Sacó la varita y con ella enrolló los pergaminos y los mandó a su lugar, se movió hasta las piernas de Theodore y lo besó, dejando caer su cabello pelirrojo sobre la cara de él, que le hizo cosquillas y casi lo hace reír a medio beso —algo poco glamuroso pero que a Isabelle no le importaba en lo más absoluto—. Había empezado a desabrocharle la camisa y él ya estaba intentando bajarle la túnica por los hombros cuando oyeron a alguien en la puerta.
—Oh, no. No otra vez —dijo Theodore, girándose hacia la puerta.
—Joder —se quejó Isabelle, poniéndose en pie, subiéndose un poco la túnica—. Lumos.
Se dirigió a la puerta y Theodore se dirigió detrás de ella.
—No otra vez. —La voz de Theodore era de queja pura—. ¿Qué le hicimos al salvador del mundo mágico para que llame a nuestra puerta siempre que estamos fajando, Belle? ¿Qué? ¿Segura que no quieres darle uno de tus venenos?
Ella rodó los ojos y abrió la puerta. Afuera estaba parado Potter.
—Está cerrado, Potter —le espetó.
—Sólo… —sacó un pedazo de pergamino que había arrancado de un libro y que tenía anotaciones en los márgenes—. Malfoy me ignora así que, dale eso, ¿quieres?
Isabelle rodó los ojos.
—No soy tu mensajera personal, Potter.
Le cerró la puerta en la cara y abrió el pergamino que él le había dado. Era un escrito sobre la maldición Improntis que no reviso porque ya la conocía: había leído de sus efectos y cómo se usaba en libros antiguos de la biblioteca del padre de Theodore. Pero le llamó la atención la anotación en los márgenes, con una caligrafía exageradamente pulcra.
«Si la improntis es resultado de la magia más oscura, ¿no será la solución la magia más pura la solución?»
Isabelle frunció el ceño y volvió a abrir la puerta mientras Theodore leía por encima de su hombro. Vio a Potter caminando un par de locales más allá.
—¡Potter! —le gritó. El mago volvió hasta la tienda de pociones—. ¿A qué se refiere?
—No tengo ni idea. Puede ser una solución. —Él se encogió de hombros—. Es Teoría de la Magia y no entiendo de eso y… en realidad alguien más investigó un poco…
Isabelle sacudió la cabeza.
—¿Por qué quieres ayudarlo, Potter? —le preguntó.
—Es lo correcto, ¿no?
Ella le dedicó una media sonrisa combinada con ojos incrédulos.
—Siempre demasiado noble, Potter —oyó la voz de Theodore detrás de ella. Hasta entonces, no había cruzado ni media palabra con él, no directamente—. Demasiado noble. Si eso tiene razón… —señaló el pedazo de página que les había dado—, ¿sabes cuál es la magia más pura que existe?
—¿No…? —La respuesta sonó más a duda que a afirmación.
—Los patronus, Potter —respondió Isabelle— y sus derivados.
—Si eso tiene razón, ninguno de nosotros puede salvarlo —respondió Theodore. No se molestó en aclararle a quienes se refería, pero Isabelle se dio cuenta de que se refería a todo su grupo.
—No podemos hacer ese tipo de magia, Potter —dijo Isabelle, apenada—. La guerra nos arruinó en más cosas de las que se ven a simple vista.
Malfoy Manor
13 de enero de 2000
—… y luego Blaise le dijo a mi madre que su madre quería que cenáramos todos juntos y, bueno, a mi madre abrió la boca que parecía que se le iba a ir la quijada al piso. —Pansy no había parado de hablar por tres minutos seguidos y Draco estaba encontrando bastante complicado seguir toda aquella historia. Habían estado revisando documentos en el antiguo despacho de Lucius Malfoy para encontrar antiguas cartas de Narcissa que su padre le había pedido sin encontrar nada y habían acabado distrayéndose, platicando sentados en el piso—. Ya sabes que mi madre y la madre de Blaise no se llevan muy bien porque nadie quiere relacionarse con una viuda negra. No le digas a Blaise que le digo así a su madre cuando él no escucha porque él la adora. Bueno, el caso es que mi madre detesta a la madre de Blaise, pero no pudo negarse a esa invitación, con lo que le gustan las apariencias, así que va a ser divertido.
»Era mejor cuando estaba mi padre, de todos modos… —Pansy se interrumpió cuando se dio cuenta de que ya empezaba a pensar en las cosas deprimentes—. Iré a verlo este sábado, pero… está empeorando.
—¿No lo trasladarán a San Mungo? —preguntó Draco.
—Si se pone peor. —Pansy se encogió de hombros—. De todos modos no es como si la viruela de dragón tuviera cura.
El padre de Pansy Parkinson no había sido mortífago, no oficialmente al menos. No había estado marcado como uno. Pero había sido un colaborador más que entusiasta durante la guerra y había acabado sentenciado a siete años en Azkaban. No iba a volver a salir de allí, de todos modos. Había enfermado de viruela de dragón unos meses atrás. A Pansy parecía afectarle más de lo que hacía ver —porque su padre y ella nunca habían tenido una buena relación— y Draco nunca sabía que decir cuando el tema salía a colación.
—Lo siento.
—No importa. ¿Y tu padre? —preguntó ella.
Draco se encogió de hombros. Hablando de relaciones complicadas. Iba a verlo, pero era difícil hacerlo entrar en razón sobre el hecho de que no iba a restablecer el honor de los Malfoy de la nada. Y claro que no le había contado nada de aquella maldición. Llevaba un año viviendo con ella y nunca había sido un problema demasiado grande. Hasta que se había negado a seguirle la corriente a la bruja, claro.
—Bien —respondió Draco. No iba a verlo desde Navidad. En general siempre acababan discutiendo y Draco no podía evitar guardarle rencor por haberlo empujado a hacer todo lo que lo había llevado a su desgracia.
—Bueno, el caso es que Blaise está deseoso por ver cómo sale esa cena —siguió contando Pansy, cambiando de tema abruptamente—, ya sabes cómo le gustan los momentos incómodos, especialmente causarlos. —Suspiró, parecía un poco exasperada por su situación doméstica—. En fin, ¿a ti Gregory te contesta las cartas? —preguntó—. Porque Bulstrode me dijo que había cancelado el viaje de último momento —se quejó Pansy— y sabes que Bulstrode no me habla para nada. Me contó que le mandó una carta bastante hiriente. No sé los detalles.
Era cierto. Millicent Bulstrode y Pansy nunca se habían llevado demasiado bien. En realidad, Millie nunca se había llevado especialmente bien con nadie a excepción de Gregory —ni siquiera Vincent le había caído bien—, al que siempre intentaba conseguirle novias —fracasando espectacularmente—. Cuando habían dejado Hogwarts, Gregory había sido prácticamente el único con el que Millicent había mantenido contacto.
—No, no he sabido de él —respondió Draco—. No me responde las cartas y estoy empezando a hacer una lista en mi cabeza de las cosas por las que podría haberse enojado.
Pansy bufó.
—Intentaré escribirle. Tiene que disculparse con Bulstrode —dijo, adoptando esa actitud de «la madre de todo el mundo»—, aunque Bulstrode sea una pesada. Se supone que es su amiga.
»Bueno —volvió a cambiar de tema, una de las mejores habilidades de Pansy—, y tú, ¿cómo estás? Apenas si hemos hablado de ti.
—Estoy bien, Pansy —respondió él, con voz monótona.
Ella alzó las cejas, dejando en claro que no le creía.
—¿No has tenido más…? —Draco sabía perfectamente a que se refería.
—No. —Era mentira.
Pansy alzó la ceja.
—Mientes. —Por supuesto que iba a adivinarlo, pensó Draco, era Pansy. Esa mujer podía leerlo como un libro abierto y cantarle sus verdades.
—No quiero preocuparte.
—Pues me preocupas —sentenció ella—. Poulain dijo que podía haber una manera de que te pusieras bien. ¿Es cierto?
—Sí. —Otra mentira, pero si Pansy no se enteraba cuál era la maldición, podría seguir con ella—. No estoy enfermo, estoy maldito, es más complicado.
—Pero Poulain puede ayudarte, ¿no? —insistió Pansy.
—Ajá —dijo Draco distraídamente.
—Es rara —sentenció Pansy.
A Draco, la verdad, Isabelle Poulain le parecía bastante normal fuera del hecho que había decidido relacionarse con un paria —cuando ella no lo era y nunca lo había sido, porque su familia no había estado ni mínimamente relacionada al Señor Tenebroso— por decisión propia y que era incapaz de callarse sus opiniones. Y que tenía la misma mala manía de Theodore: referirse a los pitos como varitas, algo que había dejado de darle risa a casi todo el mundo a los trece años.
Entonces oyeron como la red flu se activaba.
—¡Malfoy!
—Hablando de… —Pansy se puso en pie y le extendió una mano a Draco para que hiciera lo mismo—. Viene sin avisar.
—¡Use la red flu desde la casa de Theodore! —siguió gritando Isabelle—. ¡Ahora se supone que es cuando vienes a recibirme como un buen anfitrión antes de que tenga que buscarte por toda su mansión! —Draco oyó los pasos de sus zapatos en la sala—. ¡No quiero estar revisando accidentalmente tu casa y encontrarme con tus fetiches ocultos!
Pansy y Draco rodaron los ojos, saliendo del despacho. Caminaron por el pasillo hasta llegar a la sala, donde estaba Isabelle parada cerca de la chimenea. Sin embargo, no estaba sola.
—¡¿Qué hace él aquí?! —Pansy fue la primera en reaccionar.
—¿Potter? —Draco se tardó más, pero lo hizo con extrañeza. El héroe, el salvador del mundo mágico estaba allí, enfrente de él, luego de que ignorara un par de cartas suyas sobre «querer ayudar» y otras tonterías.
—Lo vamos a necesitar —dijo Isabelle.
—¿Para qué? —Draco sólo quería volver a patearlo lejos de su vida, donde no se ofreciera a ayudar con sus problemas porque le tenía lástima o se sentía obligado o necesitaba explorar aún más su complejo salvador.
—Puede hacer un patronus —dijo Isabelle—. Nosotros no, fin de la historia.
—¿Para qué carajos necesitamos un patronus, Poulain? —preguntó Pansy.
—Oh, todavía no tengo ni idea —respondió Isabelle, siendo sincera hasta las últimas consecuencias—, pero lo vamos a necesitar —aseguró—. Draco, necesitamos hablar de… ya sabes… —Al menos le agradeció que no mencionara la maldición. Así Pansy no tenía que enterarse.
—Creemos que puede existir una manera —empezó Potter— de contrarrestar la Improntis.
Iba a matarlo.
Draco cerró los ojos segundos antes de oír la voz de Pansy —o más bien, ese chillido que le salía por voz cuando estaba enojada—, sabiendo que probablemente dormiría aquella noche con una fuerte migrada.
—¡¿NO SE TE OCURRIÓ DECIRME QUE TE HABÍAN MALDECIDO CON ESA COSA, DRACO MALFOY?!
Respiró hondo. Volvió a abrir los ojos. Al menos Potter tuvo la decencia de darse cuenta de que había metido la pata. Isabelle parecía entretenida por los gritos —chillidos— de Pansy y Pansy estaba furiosa.
—No quería preocuparte… —repitió él.
—¡Esto es un buen motivo para preocuparme! —le gritó Pansy—. ¡La improntis! ¡Una maldición que sólo hemos oído como una pesadilla! ¡¿Por qué no me cuentas esas cosas?!
Draco suspiró.
—Isabelle dice que puede haber una manera de arreglarlo —intentó defenderse. No tenía ni idea de si eso iba a calmar a Pansy, pero al menos iba a intentarlo.
—Puede. —Poulain enfatizó especialmente en el «puede».
—No tenemos ni idea —añadió Potter. Joder, ¿no podía quedarse mudo?, pensó Draco.
Pansy pareció tranquilizarse un poco y darle una tregua a Draco.
—Ahora sí, ¿de qué carajos quieren hablar ustedes dos? —preguntó, dirigiéndose a Isabelle y a Potter—. ¿Para qué necesitamos un patronus? ¿Y por qué Potter, joder?
Bristol, casa de los Goyle
18 de enero de 2000
Apareció en la chimenea, dispuesto a averiguar qué carajos ocurre con Gregory, porque no contestaba las cartas, tenía la red flu averiada hasta el día anterior, no aparecía en las reuniones, ignoraba los vociferadores de Pansy —siempre fue buena para enviarlos, para dejarlos en evidencia cuando necesitaban que los dejaran en evidencia, para que aparecieran en la noche en la sala común y ellos no tuvieran más remedio que abrirlos y oír todo lo que habían hecho mal con los gritos de Pansy— y por qué Millicent Bulstrode había ido a llorarle a él también y no hay nada que detestara más que tratar con Millicent Bulstrode —que es más chismes que persona—, pero que definitivamente no se merece que Gregory la ignore.
Tampoco era que tuviera nada que hacer. Isabelle y Potter habían hecho equipo en contra de él y pasan los días hablando de cosas como magia negra y magia blanca y patronus y tonterías. Pansy no decía nada porque aquella extraña alianza se trataba de ayudar a Draco —y puede que Pansy odiara a Potter, pero no lo odiaba más de lo que quería a Draco—. Así que Draco sólo se callaba, los oía a hablar, probaba nuevas pociones inútiles contra el dolor cada que la maldición atacaba y se veía más demacrado cada día.
Aterrizó en el salón de los Goyle y notó un tremendo silencio que le parece demasiado extraño: así no es la casa de Greg. Su padre podría estar en Azkaban, pero su madre siempre estaba de un lado a otro, especialmente en la cocina, porque era la única que podía superar a la madre de Pansy cuando se trataba de cocinar, siempre estaba haciendo ruido. Y Greg no era especialmente silencioso. Pero dejó de pensar en todo aquello, porque después del silencio notó el polvo, como si hiciera dos semanas que nadie limpiaba.
Frunció el ceño cuando una figura apareció detrás de él y se dio la vuelta, sacando la varita.
—¡Expelliarmus! —Él fue demasiado lento para reaccionar y vio su varita escapársele de las manos y reconoció la voz que pronunció el hechizo. Se puso lívido, congelado por un momento.
»¿Sorprendido de verme? —preguntó la mujer que se escondía bajo la máscara robada de un mortífago. Volvió a mover la varita, de la que surgieron cuerdas que ataron a Draco que nunca había sido bueno para defenderse sin su varita.
—¡¿Qué les hiciste?! —gritó.
—Silencio —pronunció la mujer, acercándose a él y todas sus maldiciones se volvieron inaudibles—. Oh, están bien. Creo. No lo sé. No están muertos —aseguró—. Jugué un poco con sus cerebros, los mandé de viaje. —Se encogió de hombros—. No iba a hacerlo con su madre porque ella no era una de ellos, pero insistió en defenderlo. —Draco intenta gritarle que Gregory tampoco era uno de ellos, que tampoco lo habían marcado nunca, pero sabe que no puede defenderlo, porque había visto a Gregory torturar gente y disfrutarlo—. Los dejé con vida. Se me dio la misericordia.
»¿Qué es esa cara? ¿Preocupado? —Se acercó más a él y lo tomó del brazo—. Tú y yo tenemos que hablar. No me lo has entregado. Y quiero ver su cara cuando sepa que fuiste tú quien lo traicionó.
Después de eso, se desapareció con él.
Lugar desconocido
20 de enero de 2000
Tenía una herida bastante fea cerca del cuello, no muy profunda, pero que goteaba sangre, le dolía la cabeza y sentía que iba a desmayarse de dolor. Hacía días que no probaba bocado o agua y siente que va a morir deshidratado. Pero al menos ella —quien quiera que fuera—, sabía cómo mantenerlo vivo. Gritando, pero vivo. Aun así, no le había suplicado por su vida. De hecho, apenas había abierto la boca. Su terquedad lo hacía mantenerse callado. ¿Qué iba a decirle? ¿Qué todo aquello ya lo había sentido cuando había sido incapaz de matar a Albus Dumbledore —aunque claro, el Señor Tenebroso había sido más benevolente, al fin y al cabo era uno de los suyos—? No tenía nada que decirle.
Ella, quien fuera ella, le estaba cobrando todo lo que le habían hecho en carne propia y lo estaba obligando a entregárselos —cosa con la que él no tenía ni el menos problema, los odiaba a prácticamente todos—. Excepto con el último nombre, claro.
—Es la última oportunidad que te daré, Malfoy —le dijo—. Podría hacerlo yo, pero… ¿por qué me perdería la cara que pondrá cuando lo traiciones?
No lo haría. No podía.
»Tienes quince días —le dijo—. Si no lo entregas, entonces lo buscaré yo. Y te mataré.
Se había puesto en pie y se estaba alejando de él. En la puerta, movió la varita para quitarle las cadenas —él hubiera deseado abalanzarse sobre ella aunque no tenía varita, pero ni siquiera estaba seguro de poder mantenerse en pie— y le lanzó algo. Su varita.
La mujer se desapareció y Draco intentó ponerse en pie. Sangrada, tenía el cabello rubio platino despeinado, lleno de mugre, la camisa vuelta jirones y la cara llena de polvo. Aferró su varita y se acercó hasta la puerta, donde suponía que ya no había un encantamiento antiaparición.
Cuando llegó allí, se desapareció. No lo pensó mucho.
Isabelle podría ayudarse sin escandalizarse demasiado, sin hacer demasiadas preguntas incómodas —que las haría, pero serían menos preguntas de las que haría Pansy—, sin juzgarlo. Apareció casi en la puerta de Deathstar Apothecary y se sorprendió al ver que todavía hay una luz prendida. Vio a Isabelle y vio que no estaba sola, pero no alcanzó a ver con quien estaba antes de perder el equilibrio y estrellarse contra el vidrio de la puerta.
Alcanzó a ver como Isabelle oía el golpe y se ponía en pie y quien estaba con ella lo hacía y se apresuraba a la puerta mucho más rápido que ella. Y se sorprendió —o no, en realidad—, al ver que era Potter y que abría la puerta y lo sostenía para que no diera con todos sus huesos en el suelo.
—Draco… —dijo Potter—, Malfoy —se corrigió casi inmediatamente, incómodo, al notar que lo había llamado por su nombre de pila y no por su apellido—. ¿Qué carajos?
Draco intentó apoyarse en él de manera más firme—no que la idea le fascinara, pero Potter era el que lo había sostenido para empezar—, pero casi perdió el equilibrio de nueva cuenta.
—¡Estás herido! —La voz de Isabelle sonaba un poco más alarmada de lo que él esperaba—. ¿Qué pasó?
Abrió la boca. Tenía seca la garganta, sabía que va a perder el conocimiento en cualquier momento. Intentó decir algo, explicar algo, pero no sabía qué y no sabía cómo. En vez de eso, acabó por perder el conocimiento.
Notas de este capítulo:
1) Ya sé que JK dijo que Hermione iba a acabar en Leyes Mágicas después de un tiempo en Control de Criaturas Mágicas, pero como me estoy pasando el epílogo y todo lo que no me conviene por donde yo quiero, pues se me hace interesante que una mente tan privilegiada como la de Hermione trabaje en cosas experimentales. Además que me funciona.
2) Lo de Gregory efectivamente llegó a alguna parte. Por si se estaban empezando a preguntar qué carajos tenía que ver Gregory con nada.
3) ¿Recuerdan que Theodore es un niño rarito que puede ver a los thestrals? Ajá. Sí, vio morir a su madre. Está un poco traumadito.
Andrea Poulain
a 10 de julio de 2018
