Advertencia: Ignoro ampliamente todo el epílogo y lo que ocurre después de él. De hecho, ignoro todo el canon que Rowling ha soltado después del último libro que no me funciona para la historia y uso el que sí.
Capítulo IV.
«Having wounded each other thus, deeply, almost mortally, the two sat quietly side by side on someone's sunny grave, haemorrhaging»
Arundhati Roy, The Ministry of Utmost Happiness
Deathstar Apothecary
20 de enero de 2000
Isabelle había visto a Harry Potter preocupado porque siempre que aparecía en esa tienda estaba preocupado por algo, pero nunca como cuando apareció Draco, en medio de la noche, herido e inconsciente. Llevaban dos días sumidos en investigación sobre cómo se podría contrarrestas la maldición improntis con la ayuda del patronus, pero no habían llegado prácticamente a ninguna parte. Y Draco no les contestaba las cartas o aparecía por allí, así que simplemente habían asumido que estaría de mal humor —siempre estaba de malhumor—, quejándose con Pansy o algo parecido. Theodore ni siquiera se había preocupado, diciendo que solía desaparecer cuando estaba de malhumor: «Deberían haberlo visto el verano que intentó planear como matar a Dumbledore, desaparecido». Isabelle le había dirigido una cara de circunstancias, recodándole que Potter los estaba oyendo, pero Theodore claramente no sabía cuándo callarse.
Cuando apareció quedó claro que no los estaba ignorando sólo porque estaba de malhumor, sino que alguien lo había atacado y bastante mal.
—Joder, no sé cuántas veces repetiré que no soy enfermera personal —se quejó Isabelle tomando ya un par de pociones curativas de debajo del mostrador—. Llévalo arriba —le dijo a Potter.
»Y despierta a Theodore, si ya se quedó dormido en mi cama.
Vio a Potter alzar la varita para hacer levitar un poco a Malfoy y conducirlo escaleras arriba. Buscó otra poción debajo del mostrador que sabía que tenía, para las cicatrices. Y se tardó deliberadamente. Theodore tenía un pésimo despertar. Mejor que fuera Potter el que se encargara de eso.
—¡Joder, Potter!
Sí. Theodore tenía pésimo despertar. Isabelle había aprendido que lo mejor era no despertarlo en medio de la noche porque, si ya estaba dormido, cualquier cosa que ella le dijera iba a ser olvidada completamente y que la única manera efectiva de mantenerlo despierto era hacer nudismo. Subió después de oír el pequeño estrépito y encontró a Draco Malfoy inconsiente, en su cama, manchándole las sábanas de sangre, a Theodore recargado contra la pared con cara de desagrado y a Potter con una expresión sumamente preocupada.
Qué le preocupaba tanto, a saber.
Ella creía que Potter y Malfoy eran enemigos. Pero bueno, la vida daba vueltas extrañas y de repente uno estaba ayudado a los que habían sido unos idiotas en sus años del colegio a sobrevivir.
—No sé si eres demasiado noble o qué, Potter —le dijo cuando entró a la recámara.
Él desvió la mirada.
—Yo sólo quiero saber por qué carajos Malfoy está… así… —Nott señaló el cuerpo tendido en la cama—. Digo, lo he visto más jodido… —Se encogió de hombros, sin aclarar a que se refería realmente—. Pero, ¿qué carajos?
Isabelle se encogió de hombros.
—No tenemos ni idea.
—Empiezo a hartarme de que me saquen de la cama a la mitad de la noche porque Malfoy está jodido —comentó Theodore.
—Esta es la segunda. —Isabelle hizo bastante énfasis en «segunda»—. Y la última fue hace veinte días, Theodore, carajo, veinte. —Nott se encogió de hombros, como si le diera igual—. Bueno, antes de que se desangre… —sacó la varita, acercándose hasta el pecho de Malfoy—. Episkey —musitó.
La herida se cerró, dejando una fea cicatriz.
—Magia negra. —Isabelle frunció el ceño—. Obviamente.
—Hasta un idiota lo notaría —se quejó Theodore, aún apoyado en la pared.
Isabelle vertió un poco de poción sobre las heridas, pero no hizo gran cosa. Malfoy probablemente se quedaría con las marcas de las cicatrices por el resto de su vida —a menos de que ella encontrara alguna solución antes—. Volvió a alzar la varita, intentando adivinar cómo lo habían torturado —porque era obvio que había sido torturado—, al menos para asegurarse de que no tenía heridas graves internas. Pero ella no era una medimaga.
—¿No sería mejor llevarlo a San Mungo? —sugirió Potter.
—¿Y explicar porque tiene una maldición Improntis? —increpó Theodore—. Los medimagos no son idiotas, lo van a notar. Y tardarán menos tiempo del que yo gasto en decir lumos en reportarlo a la División de Aurores.
—No entiendo por qué no quieren reportar nada, sería más fácil…
—Potter, regla número uno de los ex mortífagos: queremos a los aurores lo más lejos de nuestros asuntos —espetó Theodore—. Tanto como sea posible. De hecho me parece un milagro que aun sigas con tus narices metidas en esto. Ir con los aurores significa ser perpetuos sospechosos, volver a ser criminalizados una y otra vez, una y otra vez —repitió, para remarcar el énfasis— aunque las marcas que estén en nuestros antebrazos sean producto de la desesperación o de la elección que otros hicieron por nosotros.
»Nosotros no vamos con los aurores —repitió Theodore.
—Pero si no han hecho nada… —empezó Potter. Isabelle supo que el chico había cometido un gran error. Uno no hablaba con Theodore sobre eso.
—¡¿Y eso qué importa?! —espetó Theodore, alzando el tono de su voz aún más—. ¿Tú sabes cuantas veces revisan nuestras casas esperando encontrar algo con lo que arrojarnos a Azkaban, aunque ya nos lo hayan quitado todo? —preguntó—. A Malfoy y a mí —aclaró, dejando en claro que eran los únicos idiotas que habían sigo marcados con dieciséis y diecisiete años—. Porque obviamente tú nunca estás allí o lo sabes —le dijo—, eres el héroe, la estrella, mandarte a hacer una simple inspección de rutina no es lo que nadie considera adecuado.
Potter había apartado la mirada, hosco. No abrió la boca. Isabelle soltó un suspiro, al menos no estaban peleando y Malfoy no parecía tener daños internos. Ahora sólo tenían que esperar a que despertara.
—¿Qué sacas tú de esto, Potter? —preguntó Isabelle, finalmente—. ¿Una conciencia tranquila?
—Justicia —replicó él.
—Así, ¿tan desinteresado? —insistió ella.
—Es justicia —replicó Potter—. Malfoy no se merece esa maldición.
Isabelle se encogió de hombros.
—No todos hacen lo que tú por simple «justicia», Potter —dijo ella—; no por cualquier persona.
¿Qué era Malfoy para ese chico de cabello desordenado y lentes casi siempre rotos, finalmente? ¿Por qué seguía allí y por qué no había reportado todo aquello a la División de Aurores? Isabelle sabía que Potter no estaba de acuerdo con los métodos, pero seguía allí; seguía sus reglas. No se iba.
—Si no se odiarán, Potter —empezó Nott, arrastrando las palabras—, diría que quieres cogértelo.
Isabelle juró que Potter se ruborizó, pero escondió la cara y no replicó nada.
Deathstar Apothecary
21 de enero de 2000
Lo despertó la voz de Pansy.
—¡Estaba muerta de preocupación!
No era una forma agradable de despertar, realmente. La voz de Pansy era chillona y sólo se volvía más aguada cuando estaba preocupada, enojada o alterada. Lo que últimamente era la mayor parte del tiempo. Abrió los ojos para encontrarla sentada al borde de la cama de Isabelle. Era demasiado temprano.
»¡Me avisó Poulain! —casi le gritó cuando vio que él había abierto los ojos—. ¡Podrías haber muerto!
—Pero no me morí.
—«Pero no me morí», «pero no me morí» —lo arremedó Pansy—. ¿En qué carajos estás metido? Porque yo no me compro eso de que alguien te maldijo por tu linda cara. O por la marca, nada más. —Suspiró—. ¿En qué carajos estás metido y desde cuándo? Esto no es reciente, Draco, ¿o me equivoco?
»Pero no creo equivocarme. —Siguió cuando él se dio la vuelta, dándole la espalda—. Siempre has guardado demasiados secretos desde que empezamos a crecer y dejamos de ser unos críos —le dijo—, incluso para ti.
—No sabía que era la Improtis —fue lo único que admitió él, aun dándole la espalda a Pansy.
—¿Desde cuándo? —preguntó Pansy—. Sé que esto no es nuevo, Draco. Has estado más veces «enfermo» —dijo, dibujando unas comillas en el aire— más veces de las que estuviste enfermo en sexto. Sé que esto no es nuevo, así que dime, ¿desde cuándo?
Por supuesto que lo sabía. Pansy no era estúpida y cualquiera con dos dedos de frente se hubiera dado cuenta de que le ocurría algo. Probablemente la mayoría intuía que, efectivamente, estaba ocurriéndole algo, pero muy probablemente pensaban que era producto de la guerra y los juicios. Después de todo, Gregory se iba de viaje con Millicent cada que podía. Theodore casi nunca dormía en su casa y prefería cohabitar con Isabelle en ese departamento minúsculo. Pansy intentaba mantenerlos a todos unidos. Blaise peleaba con todos cada que podía. Quizá creyeron que el hecho de que Draco se recluyera en sí mismo fuera más de lo mismo.
—Desde hace un año —confesó Draco, dándose la vuelta—. Poco más.
—Joder. ¡Joder, Draco Malfoy! —Pansy, que había colocado el ejemplar de El Profeta de aquella mañana a lado de ella, hecho un rollo, lo agarró para atizarle a Draco un golpe en la cabeza—. ¡Un año! ¡Un año! ¡¿Pensabas ocultarme más cosas?! ¡¿Tienes una enfermedad terminal y no lo sé?!
—Joder, Pansy… —se quejó él.
Ella le atizó otro golpe con el periódico en la cabeza.
—Que «joder, Pansy», ni que nada. —Se puso en pie—. Isabelle me dijo que te curó. Está abajo. Yo voy a hacer algo de desayunar. Y tú vas a levantarte e ir a la cocina-comedor-estancia de Poulain y vas a comer. —Después le puso una poción en la mesita de noche de Isabelle—. Y dijo que te tomaras esto —ordenó—. Y también dejó una túnica de Theodore, para que no andes con harapos por la vida.
Estaba de muy mal humor. Pansy nunca se había tomado muy bien que le mintieran, que la engañaran o que no le contaran toda la verdad. Mucho menos se lo tomaba bien cuando Draco era el que lo hacía. No importaba si lo hacía para protegerla o simplemente porque no podía decirle a nadie —como en sexto año y su misión de meter mortífagos al colegio y matar a Dumbledore—, Pansy nunca se lo tomaba bien. Para ella, lo de ser su mejor amiga era muy serio.
La oyó ir a la cocina y empezar a sacar utensilios de manera desordenada y muy ruidosa, como siempre que estaba enojada. Se puso en pie y tomó la poción que Isabelle le había dejado. Bajó la vista hasta su pecho y no le sorprendió descubrir que las heridas que había tenido se habían convertido en cicatrices que le recorrían la piel. Las recorrió con las yemas de sus dedos, pensando en cosas que Pansy —¿quién más?— le había dicho mucho tiempo atrás: «Las cicatrices son la prueba de que estamos vivos y de que sentimos y que no somos los villanos que todos nos quieren hacer creer que somos».
Tomó la túnica que Isabelle había dejado y se dirigió al baño, al menos para quitarse la mugre de la cara y poder verse en el único espejo de toda la casa. Se echó agua en la cara, como si todavía necesitara recordarse que estaba allí y que seguía vivo.
«Quince días», recordó, «quince días». No era demasiado tiempo, ¿qué iba a hacer?
Se puso la túnica de Theodore, que le quedaba un poco holgada, pero le quedaba bien. Él y Theodore eran casi de la misma altura. Después, se dirigió a la cocina, donde Pansy seguía cocinando de la manera más ruidosa que podía, moviendo la varita.
—Lo siento —dijo.
—Siempre pides perdón cuando me escondes cosas —reclamó ella, echando un par de huevos sobre un sartén con ayuda de su varita.
—Siempre me arrepiento de ocultártelas —respondió Draco.
—Pero no dejas de hacerlo, Draco.
—También siempre creo que es la mejor opción —reconoció él.
De hecho, no planeaba contarle del resto de sus actividades persiguiendo a los que no habían dado con sus huesos en Azkaban y entregándoselos a aquella mujer que lo amenazaba. Rowle, varios antiguos carroñeros, Scabior. No se arrepentía de haberlo hecho porque eran ellos o él, además de que eran horribles personas. Pero el último nombre que la mujer le había pedido… Eso no podía hacerlo.
Y si Pansy se enteraba, ya podría pedirle perdón después.
Ella suspiró y le puso el plato enfrente, con huevo y pan tostado.
—Sé que siempre quieres «protegerme» —le dijo ella, sentándose frente a él en la diminuta mesa de dos plazas— y la verdad es que no sé qué es lo que hecho para ganarme el hecho de que tú, precisamente tú, que sólo ves por ti, quieras protegerme. Pero no tienes que hacerlo a costa de ti.
—Ya sé. —Draco evitó su mirada.
—Draco, sabes que siempre estaré dispuesta a escucharte, ¿verdad?
—Sí —dijo él, empezando a comer.
—Bien —dijo ella.
Al menos Pansy era la única que no tenía la moral tan torcida de todo su grupo. Exceptuando por su instinto de conservación cuando estaba definitivamente en peligro. Todos los demás habían sido capaces de los peores horrores sólo por salvarse durante la guerra. Incluso Isabelle, que durante la guerra se había mantenido lo más neutral posible, hacía cosas moralmente muy cuestionables —Draco sabía que toda aquella plática sobre los venenos de su tienda no era casualidad y que probablemente los distribuía por medio Callejón Knockturn—. Pansy era la más centrada de todos —y eso ya era bastante.
—Pan —empezó.
—¿Qué? —Ella subió la ceja, sólo le decía «Pan» en muy contadas ocasiones y nunca era buena señal.
—Si tuvieras que hacer algo horrible para sobrevivir, ¿lo harás? —preguntó.
—Sugerí entregar a Harry Potter, ¿no? —respondió ella—. En esa batalla.
—Pero… —Lo que había hecho Pansy no era equivalente, tendría que reducir más su caso hipotético—. Pero…, si fuera algo con lo que después no podrías vivir, ¿lo harías? Si fuera tu única oportunidad de sobrevivir.
Pansy se quedó pensando.
—No sé —admitió—. No creo. ¿Algo como qué?
—Traicionar a alguien que confía en ti.
Pansy se quedó viéndolo y Draco no supo leer lo que vio en sus ojos.
—¿Cómo tú, por ejemplo? —Draco no respondió pero la respuesta fue obvia—. No. No lo haría.
—¿Y si la única alternativa fuera la muerte? —insitió Draco.
—Draco. —Pansy puso una mano sobre las de Draco—. Hay muy pocas razones por las cuáles tú y yo nos sacrificaríamos. Muy pocas. Las escogemos con demasiado cuidado, porque queremos que nos lastimen lo menos posible. Pero las escogemos porque valen la pena, Draco, así que creo que entonces, lo valen hasta las últimas consecuencias. —Pansy le dirigió una mirada interrogante.
»¿Tiene que ver con la Improntis? —preguntó, adivinando—. ¿Con algo que te están extorsionando?
Draco se encogió de hombros. Prácticamente había terminado el desayuno.
—¿Poulain esta abajó? —preguntó.
Pansy asintió. Sabía que Draco no iba a responderle, pero eso no evitó que le dirigiera una mirada dolida. Draco bajó para encontrar a Theodore tras el mostrador, ateniendo a un par de brujas que no parecían demasiado contentas de encontrar a Isabelle allí. Cuando lo vio bajar, señaló la puerta del pequeño cuarto que tenían por bodega.
—Isabelle está allí —le dijo Theodore.
—Gracias —respondió Draco y se dirigió a la bodega. Encontró a Isabelle inclinada sobre un caldero que humeaba un curioso humo planteado—. Poulain.
—Malfoy.
—Gracias por lo de anoche —dijo él.
—Por nada —respondió ella—. Me debes lo de las pociones, Malfoy. No te las cobraría pero… —Tensó los labios.
—No sobra dinero, ¿verdad? —adivinó él.
—No precisamente. No hemos recuperado casi nada y… —Se encogió levemente de hombros—. En fin. Estoy intentando algo que no había intentado antes. Embotellar la magia más pura que existe pero… —Miró el caldero y la poción que tenía. Despedía un olor dulzón, demasiado dulzón. Draco se acercó y notó que estaba burbujeando demasiado, cada vez con más rapidez, hasta que Isabelle reaccionó, moviendo la varita—. ¡Cuidado!
Hizo desaparecer el caldero justo cuando explotó. Sin embargo, algunos residuos que no se habían desvanecido cuando el caldero explotó la golpearon a ella y a Draco y algunas pociones en las estanterías. Draco sintió como le quemaba e Isabelle se apresuró a volver a mover la varita para desaparecer los residuos y correr a una estantería para tomar un frasco con esencia de murtlap que le lanzó a Draco.
»Ponte en donde te haya alcanzado —le dijo.
Él la agarró al vuelo y se sentó para poderse untar en la mano y en el cuello rápidamente.
—Hazlo tú también —le dijo a Isabelle, cuando notó que la poción le había causado un par de leves quemaduras en los brazos.
Isabelle le hizo caso y después le enseñó un frasco diminuto con algo que parecía un gas demasiado blanco y brilloso.
—Esto es lo que causa que explote —le dijo—. Es segunda vez que lo intento.
Draco tomó el frasco entre sus manos.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—El residuo de un patronus —explicó Isabelle—. Potter y yo hemos estado dándole vueltas a por qué es la magia más pura y todo eso y cómo podría contrarrestar la improntis. Pero quiero analizarlo más a detalle y sólo puedo hacer eso con las pociones.
—¿Un residuo del patronus de Potter? —preguntó Draco, alzando las cejas. Había visto a Potter realizar aquel hechizo una o dos veces, no lo recordaba demasiado bien. Pero aquello parecía algo demasiado íntimo. Todo residuo mágico era demasiado íntimo.
—Sí —le respondió—. Theodore no puede hacer uno —empezó a listar; Draco nunca le había preguntado por qué pero suponía que todos los traumas de su vida desde la muerte de su madre y que su padre fuera un hijo de puta eran suficientes—, yo no puedo hacer uno —siguió Isabelle, que no era ni la mitad de buena en encantamientos de lo que era en pociones y tampoco parecía tener recuerdos felices lo suficientemente poderosos… o simplemente no sabía cómo canalizarlos— y tú no puedes hacer uno. Pero a Potter no le cuesta nada, de verdad, es increíble —dijo Isabelle—, una habilidad que no se veía hace tiempo.
»De todos modos —continuó—, es demasiado volátil. Creo que es por su naturaleza tan… pura. No sé. Sólo quería que supieras que estaba haciendo —le dijo ella—. No soy tu enfermera privada pero puedo ayudarte. Creo.
—Gracias.
—Me deberás una —le advirtió Isabelle. Ni siquiera estaba seguro de que fuera a funcionar, pero la pelirroja al menos lo intentaba.
—Las que sean necesarias.
—Me alegra que estés bien, Draco.
—Gracias —respondió él.
No eran muy cercanos. Para Draco, Isabelle sólo había sido «la chica de Theodore» por demasiado tiempo. Desde que ella tenía catorce años habían estado metidos en un extraño tira y afloja en donde se besaban, decían que sólo eran amigos, salían con otra gente. Y volvían. Hasta que empezó la guerra y les dio miedo todo y admitieron que estaban enamorados y se empezaron a considerar una pareja. Draco había sido testigo de todo aquello desde lejos. Pero siempre había sido simplemente «la chica de Theodore» en sus pensamientos. Hasta mucho después no había empezado a pensar en ella realmente como Isabelle Poulain y todo lo que representaba.
Tocaron la puerta. Era Theodore.
—Deja de pegarnos sustos de muerte —le dijo a Draco, acercándose a darle un corto abrazo y unas palmadas en la espalda.
Detrás de él entró Pansy.
—Deje limpia tu cocina, Poulain —se dirigió directamente a Isabelle—. Gracias por avisarme.
Quizá en algún momento se empezaran a llevar bien. Draco no era demasiado expresivo a veces con los sentimientos, pero sólo pensaba en una cosa.
«Gracias».
—Por cierto —empezó Nott—, ¿sabes algo de Gregory? Lo último que supimos de ti es que fuiste a verlo porque Millicent habló contigo y no la querías llorando en tu hombro y… Bueno. Eso. —Se encogió de hombros—. Ahora quiere llorarme a mí. Preferiría no tener que…
—¡Carajo! —La exclamación de Draco los tomó por sorpresa a todos, justo cuando recordó que ella le había dicho que básicamente había hecho una mierda del cerebro de Gregory y de su memoria y lo había mandado a no sabía dónde.
Ahora tenía que contárselos a ellos.
Y después tendrían que buscarlo.
Deathstar Apothecary
24 de enero de 2000
Hermione se veía fuera de lugar. Completamente fuera de lugar. Miró de reojo a Malfoy cuando entró, siguiendo a Harry, con desconfianza. Malfoy la ignoró completamente. Theodore, en cambio, la revisó de pies a cabeza e Isabelle le dio un codazo. Harry intentó ignorar el ambiente extraño del que era parte y agradecía que al menos no estuviera Parkinson orbitando alrededor de los demás —decir que se llevaban a matar era poco—. Se quedaron viéndolos con curiosidad —Hermione era definitivamente algo que no combinaba con aquella tienda, con aquellas personas y con aquel ambiente— hasta que Theodore se levantó y le ofreció la única silla que quedaba sin decir nada y ella se sentó, incómoda entre aquellos dos ex slytherins que no conocía y Draco Malfoy.
—¿Le contaste a Granger? —fue la voz de Malfoy.
—Hace semanas —dijo Harry—. Creí habértelo dicho hace dos días.
—Todavía no acaba de procesarlo —intervino Theodore—. Que Granger sepa uno de sus secretos —aclaro—, especialmente cuando no se los cuenta ni a Pansy a menos de que ella se los saque a patadas.
—A Granger.
—Creí que habíamos dejado eso en claro, Malfoy —dijo Harry.
—No te ofendas, Granger —empezó Isabelle, interrumpiéndolos a todos—, no están acostumbrados a que los desconocidos sepan de sus escabrosas y escandalosas vidas.
—Granger no es una desconocida —dijo Malfoy.
—Sus antiguos enemigos —aclaró Isabelle, mirando a Hermione, que no decía nada y tenía el ceño fruncido y después a Malfoy—: ¿Mejor? —Él no dijo nada y desvió la mirada—. Por cierto, sé que lo golpeaste, una vez, hace mucho. —Isabelle volvió otra vez su mirada hasta Hermione—. Sólo quiero saber algo: ¿cómo se sintió? Digo, nadie nunca lo había golpeado así en la nariz, ni Pansy… Buen trabajo. —Isabelle le guiñó un ojo y Harry no pudo evitar esbozar una sonrisita, intentando no reírse al recordar a Hermione dándole un puñetazo a Malfoy. Por lo visto, Hermione abandonó un poco su timidez y sonrió un poco también. Malfoy, por otro lado, sólo rodó los ojos—. Bueno, bueno, ¿qué se sintió?
—Creo que a mi novia le excita pensar que otra mujer te pegue de puñetazos —fue el comentario de Theodore, sólo dirigido a Draco.
Draco desvió la mirada, hosco.
—¡Déjenla que responda! —La voz de Isabelle hizo el silencio.
—Bien —musitó Hermione, finalmente—, él era un idiota.
Harry supuso que lo había dicho en pasado para ser educada, pero no tenía mejor opinión de Malfoy en aquel entonces. Quizá, lo más, era que le causaba lástima.
—Es un idiota —corrigió Isabelle. Se oyó un bufido de Malfoy—. No te preocupes, todos en este cuarto lo pensamos. —Medio le sonrió a Hermione, intentando decirle que no eran tan horribles personas, quizá, pero Harry sabía que Isabelle misma no creía aquella mentira: simplemente se consideraban mejor que otros peores—. Ahora, hablando de teoría mágica, cosas serias: digamos que queremos usar un patronus, la magia de un patronus —aclaró—, para algo que no tiene nada que ver con dementores.
—Pero eso implica hacer la magia de patronus algo maleable —dijo Harry—, que se pueda controlar.
—Exacto —dijo Isabelle—. No te empieces a sentir sabelotodo, Potter —advirtió, pero le guiñó un ojo—, que sólo te estamos usando por tu patronus y porque al parecer no sabíamos, pero vienes en paquete con Granger. En fin, el problema es que…
—… No funciona —interrumpió Malfoy—. Nada de lo que Isabelle haga funciona.
Todos la miraban a la expectativa. Hermione suspiró.
—No creo que se pueda embotellar la felicidad —dijo—. ¿La gloria? ¿La muerte? Eso sí. Pero la magia que está ligada de manera tan cercana a la felicidad es inestable por una razón. —Su voz sonaba tenue, pero clara. Harry siempre se había maravillado de los conocimientos de Hermione, especialmente porque le había salvado la vida en múltiples ocasiones—. La felicidad en sí misma es inestable, es difícil de encontrar y difícil de mantener. —Suspiró—. A veces está sólo en los recuerdos. Por eso no creo que se pueda embotellar la felicidad, pero…
—¿Pero? —preguntó Isabelle.
—¿Entonces qué carajos haremos? —inquirió Theodore.
—¡No eres tú el que se va a morir maldito, Theodore! —espetó Malfoy.
—Corrección: ¿qué carajos haremos con Malfoy? —dijo Theodore.
—No hay razón para no intentarlo —dijo Hermione—. Simplemente hay que buscar otro método, otra manera de moldearla para que la magia haga lo que quieres.
A Harry no le extrañaba, finalmente, que Hermione hubiera acabado trabajando para Hechizos Experimentales. Parecía el destino. Su intelecto bien podía servir allí para cambiar el mundo y la forma de ver la magia.
—Entonces, ¿nos ayudarás? —preguntó Isabelle.
—Me lo pidió Harry —dijo Hermione, simplemente, como razón—, y ya estamos grandes.
«Ya estamos grandes». Quizá por eso había intentado no juzgarlo cuando le había dicho que quería ayudar a Malfoy. No había dejado la guerra atrás —quizá nunca podría, porque tenía «sangre-sucia» escrito en el brazo izquierdo, el mismo lugar donde los mortífagos tenían la marca tenebrosa— y quizá nunca podría, pero entendía los motivos de Harry. Y probablemente ni siquiera odiaba a Malfoy porque no quería gastar tiempo en eso.
«¿Se lo dirás a Ron?», había preguntado.
«Quizá», había respondido él. No le había contado a Ron todo lo involucrado que estaba.
«Temes que te juzgue», había adivinado Hermione. Siempre tan certera, la mejor entre los tres para entender sus sentimientos.
«¿Y tú no lo haces?», le había preguntado él.
«Touché». Se había quedado callada, como si pensara en algo. «Pero puedo entenderte, Harry, puedo entender por qué lo haces».
«¿Por qué?»
«Por la misma razón que hablaste en su juicio», respondió Hermione, «y conseguiste que no lo condenaran».
A veces sentía que Hermione sabía más de él que él mismo. Podría haber sido la casualidad la que lo había arrastrado a ayudar a Draco Malfoy, pero él había decidido quedarse. Quizá si no hubiera ido a Cabeza de Puerco en Nochevieja —si Ginny no hubiera cortado con él—, quizá si Draco no hubiera tenido un ataque, quizá. Había demasiadas variables, demasiados quizá, pero la verdad que realmente importaba en todo aquello es que había elegido quedarse y ofrecer su ayuda.
Lo había elegido.
Eso no había sido ninguna casualidad.
Malfoy Manor
30 de enero de 2000
Le quedaban cinco días de plazo y todavía no habían llegado a ningún lado. Además de involucrar a Granger en el plan, lo cual no le gustaba en lo más absoluto. Podía ya no detestarla por su origen —ya no tenía sentido continuar con lo que le habían enseñado toda la vida, sobre todo si no lo llevaba a ningún lado— pero definitivamente no le caía bien. Demasiado correcta, demasiado perfecta, demasiado Granger. Pero bueno, tampoco era que estuviera demasiado contento con la inclusión de Potter en el plan, parecía como si Potter de verdad se preocupara por él y no sabía qué pensar de eso.
Lo asustaba pensar en eso. Preferiría ser un ex compañero de colegio molesto para Potter, un pobre desgraciado por el cual había hablado en un juicio para que no lo condenaran por sus estúpidas decisiones, pero en vez de eso sentía que tenía a Potter respirándole en la nuca, preocupado por él y por si se iba o no se iba a morir por culpa de esa maldición de mierda.
Bueno.
Se iba a morir. O más concretamente, lo iban a matar.
A menos de que Isabelle consiguiera un milagro ayudada con los estúpidos patronus de Harry Potter —que nadie más sabía conjurar y tampoco tenían tiempo de aprender porque estaban demasiado traumados por la guerra como para ponerse a buscar sus recuerdos felices más poderosos— y con los libros y los apuntes que Granger tenía sobre Teoría de la Magia. Por lo que habían oído, era la mejor aprendiz que tenía el departamento de Magia Experimental —concretamente hechizos— en décadas.
Fuera de eso, se iba a morir.
Pero antes muerto que traicionar a Theodore Nott. Eso era algo que no entraba ni remotamente en sus planes. Sólo estaba el pequeño asunto de que Theodore Nott si había matado a alguien durante la guerra. Draco no sabía cuántas muertes podrían ser atribuidas a él —porque al final su padre estaba cumpliendo condena por haber confesado los crímenes de su hijo como si fueran suyos—, pero recordaba dos en especial. Cuando lo habían marcado. Draco no recordaba las caras de las víctimas porque siempre intentaba olvidarlas tan rápido como podía o sabía que después tendría pesadillas todo el tiempo.
Pero recordaba a Nott aquella vez. No recordaba si era dos hijos de muggles o mestizos o simplemente gente que se había opuesto al régimen. Era diciembre, vacaciones de navidad del noventa y siete, en aquella misma casa. Luna Lovegood estaba en su sótano, igual que Ollivander. A ellos los habían dejado en uno de los cuartos de arriba, con dos prisioneros —o prisioneras, ya no lo recordaba—, probablemente en el cuarto de Bellatrix y les habían dicho que probaran que servían de algo y las mataran.
Theodore lo hizo por los dos cuando se hartó de la varita temblorosa de Draco.
«A estas alturas probablemente nunca serás un asesino». Y lo hizo él. Dos maldiciones asesinas que le salieron con pasmosa facilidad y que dejaron a Draco sin habla durante varios minutos. Más tarde, Draco le había preguntado por qué lo había hecho. «Porque no eres un asesino y no lo serás nunca. Y porque a mí no me importa convertirme en uno para salvarte el pellejo».
Claro que no podía contarle toda su historia sentimental a la mujer que quería a Nott —y empezaba a molestarle realmente no saber quién era o conocer su cara— porque no le iba a importar ni un carajo. Para ella sólo había dos categorías: los que habían matado gente y los que no. Y Theodore estaba entre los primeros.
Había dejado a Theodore y a Isabelle en la cocina, preparando una poción de prueba para «algo». No había entendido qué iba a preparar Isabelle y no le había vuelto a preguntar porque realmente no le importaba mientras «algo» funcionara. Recordaba cosas como un catalizador de la magia del patronus y otra cosa. Había intentado desaparecer en cuanto había sentido un cosquilleo en la marca y había previsto un ataque, pero Pansy lo había seguido.
Le pasaban cada vez con más frecuencia. A veces dos veces al día. Como si ella estuviera tratando de decirle que se diera prisa porque no tenía suficiente paciencia.
Pansy lo había obligado a beberse un poco de poción revitalizando y poción contra el dolor después de que había pasado aquel ataque se había vuelto a poner en pie.
—Isabelle y Theodore siguen encerrados en la cocina —dijo—. Al parecer esa poción iba a tomar un poco más de tiempo para prepararse. Una hora o algo dijeron…
—Al menos no un mes. O más.
—La ventaja de que sea un catalizador, según Isabelle, y no algo extremadamente complicado —replicó Pansy.
—Ahora le dices Isabelle, ¿ha dejado de ser Poulain para ti? —preguntó Draco, curioso. Estaban en la sala.
—Las cosas cambian —le dijo Pansy—, sigue sin caerme enteramente bien.
—Pero te cae mejor —adivinó Draco.
—Menos peor que antes, sí.
Era un avance, al menos.
Pansy se pasaba los días con él y Draco había empezado a sentir que Pansy era su sombra. Decía que sólo lo vigilaba por si le atacaba la marca —así lo decía— y le pasaba algo. Draco se había negado a aquello al principio, pero todo había quedado decidido con un «¿Y si te caes de las escaleras y te descalabras y mueres de la manera más estúpida?» que había dicho Pansy porque siempre imaginaba el peor escenario posible. Normal en ella, que era dada al pánico.
—¿Sabes si Potter va a venir? —preguntó Draco—. Es sólo para practicar mi cara de desagrado.
—Ni idea. Probablemente. Isabelle le mandó un mensaje urgente por la red flu —dijo Pansy—, porque ya no tiene reserva del residuo del patronus y necesita de esas cosas. Así que seguramente lo hará venir a perder el tiempo. —Pansy suspiró—. ¿Por qué Potter?
—Yo me hago la misma pregunta todos los días y aun no consigo responderla —dijo Draco.
—Digo es mejor que nada —remarcó Pansy— y al menos ya no cree que lo odio.
—¿Has hablado con él?
—Le dije que sentía lo de intentar entregarlo. En la batalla. —Pansy carraspeó, incómoda—. También le dije que sólo estaba pensando en nuestra supervivencia y que, si lo miraba objetivamente hubiera sido una buena solución porque de todos modos regresó a la vida después, ¿no? O eso dicen, yo que sé. Todos juran que a Potter le dio una maldición asesina en el Bosque Prohibido. —Pansy se encogió de hombros—. El caso es que eso ya no muy muy cómodo y desde entonces me evita.
»¡Pero era la mejor solución! —defendió Pansy—. Fue hace dos días.
—Ya pasó el tiempo, Pansy —le dijo Draco. Además, ellos no habían perdido a nadie en la batalla. Narcissa, su madre, había muerto días después.
—Por cierto, Draco, ¿ya hablaremos de lo de sacrificar algo o traicionar o sacrificarse o yo que sé? —Llevaba todos los días molestándolo con eso.
—No.
Pansy parecía dispuesta a seguir insistiendo cuando oyeron un gemido en la cocina y ambos subieron las cejas. No era la primera vez que oían un gemido de ese tipo. Theodore e Isabelle una vez prácticamente habían cogido en la sala común con medio slytherin mirando antes de que los descubriera un prefecto y amenazara con mandarlos con Snape —que en aquel entonces era director y no era demasiado agradable— si no desaparecían de su vista.
—¿Deberíamos…? —empezó—. No, mejor no.
Pero Draco estaba ignorándola y ya se había pasado.
»¡Draco! ¡Es privado!
—¡Es la mesa donde desayuno! —se quejó él—. ¡O el piso de la cocina! Me da igual, eso pueden hacerlo en el departamento mugriento de Isabelle o en la casa de Nott. Aquí preferiría que se limitaran a…
No terminó porque abrió la puerta de la cocina de un portazo y se encontró a Isabelle y a Theodore en —había adivinado— la mesa de la cocina. Era una escena incómoda. Theodore e Isabelle levantaron ambos la cabeza al mismo tiempo —Isabelle estaba arriba de Theodore—, sabiéndose descubiertos, pero sin ninguna pizca de vergüenza. En la barra de la cocina había una poción humeante.
—Draco, qué carajos, deja de arruinarnos el sexo —dijo Theodore.
—¡Es mi cocina! —se quejó él.
Pansy había aparecido detrás de Draco.
—¡Joder! —se quejó—. ¿Qué no pueden aguantarse?
Isabelle, sin quitarse de donde estaba o molestarse en cubrirse un poco, negó con la cabeza. El pudor en esos casos nunca había sido los suyo.
—Ni un poco. La verdad.
Draco desvió la mirada.
—¡Vayan arriba o yo que sé! ¡Hay camas en esta casa!
Estaba intentando no mirar cuando oyeron que la poción lanzaba un poco de humo hacía arriba e Isabelle se puso en pie rápidamente, agarrando lo primero que encontró —la túnica de Theodore— para cubrirse. Theodore hizo lo mismo, subiéndose los pantalones y agarrando la camisa que llevaba puesta.
—Joder, avisa, Belle —se quejó—, no quiero enseñarle a nadie mi…
—¿Varita? —ayudó Isabelle. Theodore bufó—. Theodore sólo estaba intentando dejar mi caldero como este caldero. —Señaló el que estaba sobre la barra de la cocina.
Pansy gruñó.
—Era bastante malo cuando hablábamos de «pulir varitas» —dijo Draco— o similares, como para que agregen los calderos a…
—Oh, no es invención mía —dijo Isabelle, haciendo que la mezcla del caldero sobre la barra de la cocina se moviera en el sentido de su varita. Su túnica y su ropa todavía estaban desperdigados sobre el suelo, y ella sólo se había amarrado encima la túnica de Thedoore—. Puedes quejarte con Celestina, la cantante esa, y con sus calderos de amor ardiente e intenso.
Pansy fingió vomitar y se regresó a la sala.
—Yo me voy de aquí. —Entonces, la chimenea escupió a alguien que acababa de llegar—. ¡Oh, Potter! ¡Justo a tiempo! —dijo Pansy, imprimiéndole toda la ironía posible a sus palabras.
Harry Potter apareció unos segundos después y a Draco no se le escapó la cara que puso cuando llegó a la cocina y vio a Theodore poniéndose su camisa, a Isabelle con la túnica de Theodore —dejando ver de manera bastante obvia que no tenía nada debajo— y la ropa de Isabelle desperdigada por el piso. Miró a Draco, buscando una respuesta de lo que estaba pasando, pero Draco sólo alzó las cejas, imitando su gesto.
—Potter —saludó. Después volvió a centrar su atención en Isabelle—. Estoy seguro de que esto incumple varias normas de higiene, carajo. ¡Se supone que se dedican a las pociones profesionalmente! —se quejó.
—Somos muy limpios —aseguró Theodore.
—Extremadamente higiénicos —siguió Isabelle.
—Ninguna de nuestras pociones ha incumplido nunca los estándares de calidad —continuó Theodore.
—Ni los venenos. —Isabelle les sonrió.
Harry le devolvió una mirada incómoda y Draco rodó los ojos. Eran incorregibles, los dos. ¿Qué dirían sus padres si se enteraran de que esos dos estaban teniendo sexo en la mesa de la cocina? Probablemente nada bueno.
—Bueno, ¿y la poción está lista?
—Casi —dijo Isabelle—. Lleva casi tres horas cociéndose. Sólo falta que… —sacó otra fumarola—. Eso. Sólo faltaba eso. —Movió la varita para apagar el fuego y sacó un cucharón de la alacena de Draco—. Se ve que nadie usa esto, joder.
—Yo no cocino.
—Haces pociones —dijo Isabelle—, eso debería contar. —Tomó un frasco y vació un poco de poción en él. Luego musitó algo que no alcanzaron a oír apuntándole con la varita y vieron como exterior del frasco parecía cubrirse de hielo por un momento—. Listo. Podemos probar eso.
—Necesitabas más de la escencia o residuo del patronus, ¿no? —preguntó Harry.
—Me queda uno —dijo Isabelle, enseñándole lo que tenía en su mano, un frasco con algo que estaba entre líquido y gas y que era completamente blanco—. Podemos hacer esta prueba y hacer otros tres o cuatro después.
—¿En qué los desperdicias tanto, Isabelle? —preguntó Theodore.
—Pociones —respondió ella—. Vamos a la sala o al comedor —sugirió—. No creo que Draco quiera probar nada sobre esa mesa… —miro de soslayo la mesa del comedor.
—Probablemente voy a quemarla —aseguró Draco.
—¡Genial idea! —Theodore parecía bastante feliz por algo en ese momento—. ¡Isabelle! ¡Podríamos intentar hacer cosas, ya sabes, podrías pulirme la varita, podría insertar mi varita en tu caldero… en la mesa del comedor, esa cosa horrible que atenta contra el buen gusto! Así quizá también la quemaría.
—¡Nott! —se quejó Draco.
Isabelle le dirigió una mirada reprobadora, pero no pudo contener una risita. Potter y Pansy sólo se revolvieron, incómodos, mientras se dirigían al comedor.
Draco consideraba que la mesa —la nueva, no la de antes—, era de bastante buen gusto, pero Theodore e Isabelle la odiaban desde la primera vez que la habían visto. Era una mesa con base de mármol que le había salido bastante cara pero que, pensándolo bien, al menos no era la mesa en la que se había sentado el Señor Tenebroso.
—Nunca supe que le hiciste a la antigua, por cierto —comentó Pansy—, no es que fuera fea especialmente…
—La quemé —aseguró Draco.
No necesitaron preguntarle por qué. Sólo Harry se quedó confundido mientras se acomodaban. Los únicos en sentarse fueron Draco e Isabelle.
—El brazo —le pidió ella, sentada de su lado izquierdo. Él le mostró la marca. Ya se había acostumbrado a aquello, aunque seguía considerando aquella marca como algo especialmente privado—. No sé si esto duela o no.
—Genial —musitó Draco.
—No te quejes, es para salvarte la vida.
Isabelle dejó caer primero unas gotas de poción sobre el brazo y sobre la marca y después abrió el pequeño frasco donde guardaba la esencia del patronus de Potter y con la varita lo hizo acercarse a la marca de Draco.
—¡OUCH!
—Supongo que si duele. —Isabelle frunció el ceño ante el quejido de Draco y se fijó en la marca, que resplandecía un poco—. Debería hacer… —Frunció el ceño aún más—. La primera poción es un catalizador. Se supone que provoca que el patronus, que es la magia más pura, busque rastros de magia oscura, realmente oscura y los elimine pero… —Se inclinó un poco. La marca resplandeció un poco, pero no ocurrió nada más—. No está haciendo nada realmente.
—Bueno… —intervino Potter—, un residuo o la esencia del hechizo no es el hechizo realmente, ¿no? —preguntó—. Es menos… poderoso. Incluso inefectivo.
—¿Estás sugiriendo que…? —Isabelle no terminó cuando Draco se dio cuenta de lo que estaban sugiriendo—. Pero podría ser demasiado poderoso.
—¿Vamos a probar con el patronus de Potter directamente ahora? —espetó Draco.
—Sí —aseguró Isabelle—, pero necesito otra poción —dijo—, mucho más exacta y que sea más estable. —Se puso en pie—. Potter, a la cocina —le dijo, empezando a caminar—, necesito analizar tu patronus.
—No sé si recuerdan pero el que está aquí en peligro de muerte soy yo… —empezó Draco.
—No nos importa —respondió Theodore. Isabelle y Potter ya iban de regreso a la cocina y no prestaron atención.
—Haremos lo que sea necesario —dijo Pansy.
—Hasta aliarnos con Potter —dijo Theodore—, lo cual yo sé que a nadie le gusta especialmente.
—No es tan malo —dijo Pansy, para terminar.
—Es Potter —intervino Draco.
Pansy rodó los ojos.
—Bien, no te gusta, a mí tampoco —le dijo ella—, no me cae bien, me parece demasiado noble. —Draco supuso que no le importaba demasiado que Potter la oyera, porque aunque Isabelle se lo había llevado a la cocina, podía volver en cualquier momento—. Es demasiado diferente a nosotros y no entiendo por qué hace lo que hace. Nosotros nunca hacemos nada desinteresado… casi nunca —corrigió—. Pero es algo bueno tenerlo de tu lado.
—¿A quién no le encantaría tener a un héroe de guerra de su lado? —dijo Theodore—. Puedes hasta presumirlo en algún punto: «Soy un ex criminal, pero por alguna razón Potter me ayuda».
—Es lástima —dijo Draco—, es lástima.
—¿Y? —preguntó Pansy—. Úsala en tu favor. Toma lo que necesites para tu supervivencia.
Draco sacudió la cabeza y no contestó. No quería que Harry Potter le tuviera lástima. Ya había tenido bastante de eso, de que le tuvieran lástima por ser quien era y todavía Potter se atrevía a tenerle más. Se puso en pie y se dirigió a la sala. Estaba a punto de sentarse cuando llamaron a la puerta.
¿Ahora quien carajos era? No Blaise, porque Blaise tenía acceso a su red flú y tendencias a aparecer cada dos por tres —cuando se peleaba con Pansy para contarle todo lo que había hecho mal y que Draco le dijera que era un idiota—. Así que podía ser cualquiera. Cuando abrió la puerta alzó los ojos, sorprendido. Era Lorelai, la cuñada de Isabelle. Nunca le había dado buena espina aquella chica. Había abandonado Hogwarts cuando se había embarazado —a los quince años—, o más concretamente, cuando el hermano desaparecido de Isabelle —del cual no recordaba el nombre— la había embarazado. No entendía que veía nadie en aquella chica. Cabello demasiado largo, ondulado, pero siempre desordenado y esponjado, le llegaba hasta la cintura, era muy bajita, apenas pasaba del metro y medio y seguía pareciendo una niña a pesar de sus ya casi diecisiete años —supuso Draco, haciendo cuentas—. No sonreía mucho y además era la hija menor de una familia de sangre pura que no era especialmente amable —pero sí neutral hasta la muerte—. Draco alzó las cejas al verla.
—Lorelai Ainsworth —dijo y se hizo a un lado para dejarla pasar. Suponiendo que buscaría a Isabelle—. Tu cuñada está en la cocina… —dijo, cuando Lorelai entró, sin decir una palabra—. ¿Y…? —Iba a preguntar por su hijo o hija, pero realmente no recordaba el sexo.
—¿Lara? —dijo ella—. Está bien.
Draco asintió.
—Bueno, Isabelle, cocina, le diré que…
—Venía por ti, en realidad, Draco Malfoy —respondió ella. Tenía una voz medio monótona—. Tengo que entregarte esto.
Extendió un sobre.
Draco alzó las cejas y estiró la mano para tomar el sobre, sin saber por qué Lolerai Ainsworth le estaba entregando un mensaje. Bajó la vista hacia el sobre cuando notó el distintivo color rojo y palideció.
—No… No.
—Ella contaba con que no lo abrieras —dijo Lorelai y sacando la varita, hizo un solo movimiento que abrió el sobre. Una voz que Draco conocía especialmente bien, salió del sobre. Al oír el grito, pudo sentir como todos los demás corrían prácticamente hasta el recibidor.
«¡SE AGOTA TU TIEMPO, MALFOY!», gritó el sobre. «¡SABES LO QUE QUIERO, SABES COMO DETENERLO: QUIERO A NOTT!»
Draco palideció y apenas notó como Lorelai caía desmayada. Volteó la cabeza, al sentir como todos se habían detenido atrás de él y buscó a Nott con la mirada. Parecía sorprendido y tenía la boca abierta.
—Lo siento —dijo Draco.
Nott se le abalanzó encima.
—¡Idiota! —le dijo, empujándolo contra la pared, olvidando que tenía una varita—. ¡Idiota! ¡Lo supiste todo este tiempo, ¿no?! ¿NO?
—Lo siento —volvió a ofrecer Draco, sin intentar defenderse.
—«Nott, quien me maldijo te quiere a ti también por alguna razón». —Theodore intentó imitar la voz de Draco—. Hubiera sido todo un detalle, realmente.
Todos se quedaron muy callados hasta que Harry Potter —de todos los posibles— abrió la boca para decir algo que Harry creía que no escucharía jamás.
—Reconozco esa voz —dijo—, pero no recuerdo de dónde. No recuerdo de dónde.
Por su bien y el mío detuve el capítulo aquí aunque me faltaba una pequeña escena, pero reflexionando queda mejor en el capítulo que viene como apertura. Notas de este capítulo:
1) No mencioné a Lorelai en el segundo capítulo por gusto para no usarla nunca. Tiene un papel, aunque es menor, como ya vieron.
2) Harry y Draco tienen sentimientos, pero no saben que son. Jé, jé.
Andrea Poulain
a 14 de julio de 2018
