Advertencia: Ignoro ampliamente todo el epílogo y lo que ocurre después de él. De hecho, ignoro todo el canon que Rowling ha soltado después del último libro que no me funciona para la historia y uso el que sí.
Capítulo V.
«They had always fitted together like pieces of an unsolved (and perhaps unsolvable) puzzle- the smoke of her into the solidness of him, the solitariness of her into the gathering of him, the strangeness of her into the straightforwardness of him, the insouciance of her into the restraint of him. The quietness of her into the quietness of him»
Arundhati Roy, The Ministry of Utmost Happines
Borgin & Burke
27 de diciembre de 1999
Había recibido la carta —o más bien podría decir nota— que se había quemado en cuanto había acabado de leerla, para que él no pudiera rastrearla a ninguna parte. Estaba acostumbrado a la rutina que ocurría cada dos o tres meses ya. Recibía la carta e iba a buscarla. Si evitaba hacerlo, la maldición actuaba, obligándolo a base de tortura a hacerle caso. Cuando la encontraba, ella le daba un nombre y, a veces, una localización —usualmente mortífagos que habían sido vistos recientemente o que habían escapado de los aurores recientemente—. Siempre sabía lo que quería y él tenía que dárselo.
Entonces los rastreaba. Se encargaba de ellos. Si se tardaba, la maldición lo obligaba a recordar que ella era impaciente a base de tortura. Entonces se los entregaba. Casi siempre inconscientes. Después de habérselos entregado, aparecían muertos o simplemente no aparecían jamás. Draco sabía perfectamente lo que pasaba con ellos.
Llegó a Borgin y Burke antes de que cerraran. El señor Borgin le preguntó si buscaba algo o si quería vender y él simplemente le respondió con un «Sólo estoy viendo». La tienda no le gustaba en lo más absoluto y no ayudaba que la mitad del inventario de Borgin hubiera salido de la Mansión Malfoy.
—¡Desmaius! —oyó detrás de él cuando estaba viendo las estanterías más nuevas, fingiendo interés, y vio al señor Borgin desvanecerse y caer aturdido al suelo. Se dio la vuelta justo a tiempo para ver cómo se materializaba la figura de la bruja que siempre lo acechaba, con su túnica negra y roída y la máscara plateada que le había robado a un mortífago—. ¿Asustado?
—No.
Era mentira y ambos lo sabían. Pero Draco se las arreglaba para fingir que no sentía miedo de ella lo mejor que podía.
—Theodore Nott —dijo ella.
Draco palideció instantáneamente. Hasta entonces sólo le había pedido otros nombres que él detestaba tanto como ella, que no le importaba si morían o vivían. Nunca se le había ocurrido que Theodore Nott pudiera ser un nombre que saliera de los labios de aquella mujer.
—¡Lo absolvieron! —dijo él.
Ella le apuntó con la varita al pecho, casi como si quisiera clavársela en el pecho.
—Tú yo sabemos que Nott tiene sangre en sus manos. —Draco pasó saliva muy lentamente—. Theodore Nott —repitió—. Quiero a Nott. —Movió un poco la varita y él apenas sintió una punzada en la marca, como recordatorio de lo que ella era capaz de hacer—. Me darás a Nott.
Y se desapareció, dejándolo sólo.
—No —musitó él—. Nott no. —Necesitaba oírse a sí mismo decirlo en voz alta, saber que no sería capaz de hacer eso.
«Nott no».
Malfoy Manor
30 de enero de 2000
El silencio causado por la afirmación de Harry apenas si duró un momento. Draco sintió cómo si la habitación se congelara un momento. Theodore parecía a punto de darle un puñetazo —y con toda la razón del mundo—; Lorelai Ainsworth estaba en el suelo, desmayada; la cara de Isabelle se había contraído, probablemente mucho más enojada que Theodore; Pansy estaba demasiado sorprendida y Harry Potter tenía el ceño fruncido. Los planes de su demonio personal —aquella mujer— le habían salido mejor de lo que nunca hubiera pensado o calculado: sin querer aquella vociferadora había llegado justo cuando tenía más audiencia.
Después, el silencio se rompió cuando Isabelle se acercó y prácticamente aparto a Theodore de en medio. Draco la había visto así pocas veces. Supuso que aquella era la misma mirada que había enfrentado Gabriel Nott cuando Isabelle lo había amenazado para que confesara los crímenes de su hijo —y Draco era el único que sabía que aquello había pasado, porque él la había llevado y había jurado nunca jamás contárselo a nadie—. Isabelle estaba furiosa cuando lo agarró por el cuello de la camisa y le clavó la varita en las costillas.
—¡¿Cuándo planeabas contarme que mi novio estaba siendo perseguido?! —le espetó—. ¡¿CUÁNDO?!
—Belle… —Theodore intentó calmarla, pero Draco sabía que nadie la calmaba.
—¡Sabes que haré cualquier cosa para mantenerlo a salvo! —le espetó—. ¡Tú más que nadie lo sabes, Draco!
—Isabelle, no planeaba… —«Traicionarlo», pero ni siquiera logró acabar la frase porque la varita de Isabelle se le clavó aún más en las costillas.
—Ya sé que no lo vas a traicionar —le dijo, con la voz más calmada, pero aun así fría—, pero agradecería que no te guardaras que está en peligro para tus pesadillas nada más. Nosotros merecemos saber eso.
—Belle… —Theodore la tomó por el brazo y la intentó alejar un poco de Draco. Ella finalmente cedió y se acercó a Theodore, que le rodeó la espalda con un brazo, estrechándola contra sí. Theodore se había sacado la lotería con aquella chica.
—Bueno, ¿más cosas que hacer, no? —intervino Pansy—. Arreglar a Draco, evitar que alguien persiga a Theodore, encontrar a Gregory. Sólo una más. ¿No? Y si alguien no estaba poniendo atención —añadió—, Potter aquí acaba de decir que esa voz le suena conocida.
Súbitamente, todas las miradas estaban sobre Potter.
—No demasiado bien —se excusó él—, quizá de los interrogatorios.
Draco suspiró.
—¿Qué hacemos, entonces? —preguntó.
Isabelle fue la más rápida en reaccionar.
—¿Cuántos días tienes? Según su plazo o lo que sea… —dijo—. Cuántos días para darle a Theodore.
—Cinco más.
—Perfecto —dijo Isabelle—, perfecto… —Parecía seguir intentando armar algo en su cabeza—. Tenemos que seguir averiguando como quitarte esa maldición, porque no se va ni aunque el portador se muera, ¿no?
—Correcto —confirmó Draco.
—No mataremos a nadie —se apresuró a decir Potter. Draco sintió el impulso de rodar los ojos.
—Cállate, Potter, estamos intentando salvar vidas aquí —le dijo Pansy y después se volvió hacia Isabelle—. Sigue. Entonces, ni aunque matemos a quien sea que se la haya puesto, se va. ¿Qué más?
—Estamos cerca de algo, lo sé —dijo Isabelle—. Ahora, sospecho que decidirá que tiene que conseguir a Nott por sus propios medios si no se lo entregas, así que creo que es momento de meter a la justicia en esto —dijo ella, finalmente.
—No —dijo Draco.
—Sí —repuso Isabelle—. No demasiado. Ya tenemos a Potter.
—Estoy rompiendo la mitad de los protocolos de la División de aurores, pero sí —se quejó Potter.
—Pues necesitamos a… —cerró los ojos, como si trabajara un plan en su mente—. Uno más. Al menos alguien más que esté dispuesto a romper todos los protocolos. ¿Conoces a alguien?
Draco distinguió la manera en la que se iluminó la cara de Potter mientras estaba pensando y, antes de pensar que podía leer sus expresiones, pensó en el peor escenario que podría salir de la División de Aurores.
—No… —musitó.
—Ron… —dijo Harry, tentativamente—, es la única persona que puede acceder a esto… si es que accede.
—No Weasley —se quejó Draco—, cualquier otro.
Isabelle lo cortó de un tajo.
—Deja de quejarte, Draco —le dijo, con la voz cortante—; estoy intentando salvar la vida de mi novio y la tuya aquí, por si no te das cuenta. Y pienso cobrarte todo los ingredientes que he usado para hacerlo —le dijo—, no soy tu enfermera personal y desde luego no soy una hermana de la caridad.
—Y no se toma muy bien que le oculten información sobre mi seguridad —dijo Theodore—, porque se considera mi guardaespaldas personal. O algo así. Presiento que tiene que ver con mi varita.
—Realmente este no es el momento para hablar de tu varita, Theodore —espetó Pansy.
—Ahora, dile a Granger también —le dijo Isabelle a Harry—, todas las tonterías que aprenden en hechizos experimentales podrían servirnos. —Después, finalmente, después de toda aquella discusión, Isabelle miró finalmente el cuerpo inerte en el suelo de su cuñada con el ceño fruncido, como si apenas recordara que estaba allí—. Y quizá pueda sacarle algo a Lorelai. —Alzó la varita e hizo que el cuerpo se levantara en el aire—. Vamos a despertarla.
»Y a hablar de planes. Tengo una idea. Y es mala —aseguró Isabelle—. Tienen que ayudarme a pulirla. Yo no tengo mente de soldado.
—¿Y qué te hace pensar que nosotros sí? —preguntó Draco.
—Potter sí —especificó Isabelle.
Deathstar Apothecary
4 de febrero de 2000
El silencio inundaba tanto el piso inferior, donde estaba la tienda y la bodega, como el inferior, donde estaba el diminuto departamento de Isabelle —y de Theodore, aunque esa última parte aun no fuera oficial—. Draco sabía que su tiempo se había terminado y que lo que pasara en las próximas horas iba a definir su futuro más próximo. Suspiró. Había subido para evitar a los demás porque gran parte del plan de Isabelle dependía de él —y él no había estado enteramente de acuerdo en llevarlo a cabo—. Sin embargo, era el único que había tenido tantas dudas. Ni Weasley, que había tomado parte en todo aquello con una permanente cara de malhumor, hacía sido tan reticente. Todos los demás le parecían demasiado apresurados, demasiado temerarios, quizá. Quería recordarles que no había sobrevivido sólo porque sí durante y después de la guerra, que sobrevivir era un arte no reservado para cualquiera.
Ellos estaban jugando con fuego.
Pero Theodore había secundado Isabelle, porque era su vida la que estaba en la línea y Pansy había accedido a ayudarlos porque si no «seguramente se matarían todos como estúpidos Gryffindors y había que pensar en grande, como Slytherin». Y por supuesto que Potter estaba completamente convencido de aquello y Weasley no, pero parecía satisfecho con que Potter lo estuviera. Draco sólo lo había oído quejarse de que Potter le guardara secretos mientras que Potter había intentado convencerlo de que sólo había omitido que estaba ayudando a Malfoy porque no sabía cómo contárselo.
Sentía el impulso de rodar los ojos cada que salía aquella discusión.
—Malfoy. —Era la voz de Potter—. Isabelle me mandó a buscarte. Ya casi tiene todo listo.
Draco rodó los ojos.
»No te gusta mucho el plan. —No era una pregunta, era una afirmación que Potter estaba haciendo. Bastante seguro de lo que estaba diciendo. No estaba equivocado—. No es un mal plan.
—Excepto que demasiadas cosas pueden salir mal —dijo él—. Sólo quería la ayuda de Isabelle para deshacerme de la maldición o para saber qué era o para saber si podía… —Se encogió de hombros—. En fin. Decidió que además de eso íbamos a involucrar a la justicia. —Se volvió hacia Potter, finalmente—. ¿De verdad sabes de quién es la voz? O bueno… recuerdas.
—Sí —dijo Harry—, sé que la oí en los juicios. Un testigo, probablemente.
—Tiene sentido —concedió Draco. Aunque seguían sin saber quién era—. Es obvio que fue una víctima —dijo él, recordando la última vez que lo había torturado—, por eso busca venganza y considera que el Ministerio no está haciendo suficiente.
—Lo sé —dijo Potter—. Saldrá todo bien.
—¿Siempre te dices lo mismo antes de un plan suicida para auto convencerte de que saldrá bien? —preguntó.
Oyó a Potter reírse y sonrió.
—Buen punto.
—No quería solucionar esto de esta manera, poniendo en peligro la vida de más personas —comentó Draco—, arrastrar a nadie a ser estúpidamente valiente. No pienso así.
—Entonces —terció Harry—, ¿cómo querías solucionarlo?
Se quedó callado. Había evitado pensar en eso porque fuera que deshacerse de la maldición, no tenía ningún plan. No estar maldito le daría una ventaja frente a aquella mujer misteriosa, pero no podía ignorar que no sabía quién era o cómo encontrarla. Mucho menos que tan peligrosa era en realidad.
»No lo habías pensado —adivinó Potter. Siempre tan perceptivo.
—Estaba en progreso.
—Bonitas palabras para no tener ni idea de lo que estabas haciendo —dijo Potter—. Theodore no es el primero en peligro, ¿no?
Draco se quedó muy callado. Un silencio casi acusatorio.
»Lo supuse —volvió a adivinar Potter. Tan perceptivo como toda la vida—. ¿Y los demás? —preguntó—. ¿Quiénes fueron los demás?
—Algunos —respondió Draco—. Ya deben de estar muertos. Tu departamento ya debe de haber encontrado sus cadáveres, o los encontrará en algún momento. —Se encogió de hombros—. ¿Me recriminarás eso? Porque si los entregué sin pestañear es porque me parecían horribles personas.
—No —aseguró Harry.
—Bien.
—Además siempre puedes defenderte diciendo que te coaccionaron a hacerlo —dijo Harry. Draco suspiró.
—Sinceramente, no creo que a nadie le importe quien asesine a muchos ex mortífagos que mataron y torturaron a un montón de gente —dijo Draco—. Si yo sigo vivo y maldito es probablemente porque nunca alcé mi varita para matar a alguien. ¿Pero si entregara a Nott? ¿Crees que a alguien fuera de nuestro círculo le importaría? ¿Lo crees?
Fue el turno de Harry de no contestar inmediatamente. Draco lo vio dudar, cambiar su peso de un pie a otro y pasarle la mano por el cabello.
—Me importaría.
—Mientes —dijo Draco—. Antes de esto, ¿sabías quién era? ¿Sabes lo que hizo? —Se contuvo para decirle que las manos de Theodore estaban manchadas de sangre, no le iba a contar eso a un auror—. No te hubiera importado porque ni siquiera hubiera llegado a tus oídos. A nadie le importa un ex mortífago desaparecido si no es para encarcelarlo.
—Me hubiera importado —insistió Harry—, si hubiera sabido.
Draco bufó.
—Dile a Isabelle que ya bajo —le dijo a Potter, cambiando de tema, dejando en claro que ya no quería seguir hablando de todo aquello.
—Draco…, me hubiera importado.
Volvió la cara a la ventana, no quería volverse y encontrarse con la cara de Potter, pintada con lástima. No necesitaba su lástima y definitivamente no había pedido la certeza de saber que a Potter le impocaban.
—Dile a Isabelle que ya bajo —repitió.
Intentó que no se le notara que Harry Potter notara que él se había dado cuenta de que lo había llamado por su nombre de pila por primera vez en casi diez años.
Nott Manor
4 de febrero de 2000
—¿Seguro de que esto funcionará? —preguntó Nott.
—Probablemente no.
—Cuanta confianza.
—Sé buen actor, joder —le dijo Draco y le apuntó con la varita—. No tenemos demasiado tiempo. Inarcerus.
—¿Cómo se supone que me libere de eso? —preguntó el otro—. Están demasiado apretadas.
Draco entornó los ojos y volvió a alzar la varita. Hizo que las cuerdas de las muñecas de Nott se relajaran un poco.
—Asegúrate de que ella no note que puedes liberarte en cualquier momento —le dijo Draco—. No tenemos demasiado tiempo. ¿Listo?
Nott asintió.
—Varita lista.
—Y escondida, supongo.
—Hazlo ya, carajo, no tengo todo el día para ser un cebo —le dijo el otro—. La varita está en los pliegues de este sofá de mierda. Que mal gusto, digo…
—Es tuyo.
—Ya.
—¡Sé bien actor!
Draco rodó los ojos y se levantó la manga izquierda. Dudó un momento antes de poner la punta de la varita sobre la serpiente y la calavera, pero no tenía otra opción. Ya habían hecho demasiado por aquel estúpido plan de Isabelle como para no llevarlo a las últimas consecuencias. Y después de eso, Isabelle le había prometido que podría ser libre de la maldición.
«Creo que he encontrado una respuesta», le había dicho, «pero primero necesito saber que Theodore está a salvo, que nadie viene por él». Y se lo había dicho mientras le apuntaba con la varita directo a la cara.
Tocó la calavera y la serpiente con la varita y sintió arder la marca. Como en los tiempos en los que aún era mortífago, en los que aún había guerra. Su plan estaba en marcha.
—¿Y ahora qué? —preguntó Theodore.
—Ya te he «traicionado» y esperamos —dijo Draco—. Usualmente no tarda demasiado en aparecer. A menos de que tenga un problema con las protecciones de las casas. Pero sabe sortearlas todas… —explicó Draco—, es una maldita sabelotodo de la magia.
Theodore asintió.
—Fingiré estar inconsciente —dijo—. Me ahorra actuación.
Draco sacudió la cabeza.
—Como quieras. —Se oyó un ruido afuera, como si alguien acabara de aparecerse en aquel lugar—. Ya está aquí. —Volteó hasta Nott, pero ya estaba fingiendo de manera más o menos aceptable que estaba inconsciente.
Respiró hondo. La puesta en escena estaba a punto de comenzar y estaba increíblemente nervioso. Eso no era lo suyo. Lo suyo era sobrevivir por todos los medios posibles, esconderse si era necesario. Las serpientes nunca se metían en peleas que no podían ganar y él tenía bastantes dudas sobre aquella. Maldita fuera Isabelle, que era capaz de olvidar hasta su parte slytherin si Theodore estaba en peligro. Maldito fuera Potter y su sentido de la justicia y del valor y como era capaz de ponerse en peligro por gente que lo había tratado como una mierda durante el colegio porque «los tiempos cambiaban». Malditos fueran todos en ese momento.
Y él, sobre todo. Si no estuviera metido en aquel problema, los demás no lo estarían tampoco.
—¡Bombarda! —oyó en el pasillo, no se movió. Mantuvo la varita bien pegada a su mano. Ella apareció con su túnica roída y con la máscara robada de un mortífago.
—Podrías llamar a la puerta —sugirió Draco, con la voz fría.
—Prefiero no arriesgarme. —Mataría por saber cómo era su cara, como era su expresión. Pero nunca se había atrevido a rebelarse porque ella era capaz de torturarlo prácticamente sólo con desearlo. Cosas de la maldición Improntis—. Podrías arrepentirte al último momento.
—¿Cuándo lo he hecho? —preguntó él.
—Es Theodore Nott —hizo notar ella—. ¿Tengo que recordarte lo mucho que me costó hacer que siguieras esa orden? ¿O las cicatrices de tu pecho pueden hacerlo por ti, Draco Malfoy?
Reprimió un escalofrío tan sólo de recordarlo.
—Pero lo hice.
—Pero lo hiciste —dijo ella—. Capaz de traicionar a un amigo con tal de salvarle el pellejo. —Draco hubiera jurado que estaba sonriendo por debajo de la máscara—. Admito que me sorprendiste.
Draco mantuvo la varita bien aferrada mientras ella se acercaba a Nott. Le picó una mejilla con la varita y él no se movió.
»Buen trabajo —dijo ella—. Aunque… —Le provocó algo parecido a una descarga a Nott con la varita, que lo hizo incorporarse en un momento y abrir los ojos. Draco apretó un poco más la varita y sus nudillos quedaron completamente blancos—. Aunque… estuviste a punto de traicionarme, Malfoy —terció ella—, pensé que esta vez no podías irte y fingir que no tomas parte en lo que ocurre aquí.
Alzó una ceja.
—¡No! —exclamó Draco, comprendiendo—. ¡NO! ¡Teníamos un trato!
—Hasta que intentaste romperlo —dijo ella, alzando la varita.
Igual le proporcionaba una excusa para quedarse allí, justo lo que necesitaba. Pero era demasiado arriesgado, sobre todo considerando a Nott.
—No… —Intentó que sonara como súplica, medio alzando la varita. Quizá así lo atacaría primero a él y Nott tendría tiempo de recuperar su varita del sillón. Lo vio mover las manos, rogando mantener la atención de la mujer.
Ella alzó la varita.
—¿Crees que tienes modo de negociar esto? —le dijo—; sabes lo que puedo hacerte. —Esa amenaza ya era suficiente, pero aun así movió la varita y Draco sintió arder la marca. Creyó que iba a causarle más dolor, pero en vez de eso se dio la vuelta y al ver a Theodore mover las manos, dio un coletazo con la varita que lo lanzó contra la pared. Draco oyó un golpe sordo cuando la espalda de Nott golpeó—. No quieras hacerme trampas, Malfoy.
Él lazó las manos. Aún sostenía con una la varita, nervioso porque era obvio que Nott no tenía su varita. Tendrían que haber hecho algo más eficiente.
—No es una trampa.
Claro que lo era.
La bruja movió su varita y entonces Draco sintió como todo el dolor se esparcía por su cuerpo, como si le clavaran filos por toda la piel y cayó de rodillas.
—Creo que te interesa no hablar —le dijo la bruja—; en cambio, bien que puedes observarme hacer mi trabajo. Ver morir al amigo al que traicionaste.
Draco tragó saliva. Bajó la cabeza y, sin haber soltado aún la varita, hizo un movimiento demasiado rápido.
—¡Depulso!
La tomó por sorpresa y el hechizo la arrojó hacía atrás. Él se aproximó al sillón hasta el que estaba escondida la varita y la sacó con un movimiento brusco. Se la lanzó a Nott, que estaba poniéndose en pie lentamente.
»¡Ahora! —le gritó.
Fue cuando notó, que, con golpe, la máscara de la mujer se había roto. Podían verle la cara. Se acercaron y ella alzó la varita. La marca de Draco empezó a arder de nuevo, como si lo estuvieran quemando.
—Traidor —dijo ella.
Deathstar Apothecary
31 de enero de 2000
—Estás apresurándote demasiado, Isabelle.
Ella bufó.
—Sabía que dirías eso.
Estaban solos. Theodore había ido en busca de algún ingrediente extraño y no había nadie más en la tienda de Isabelle. Knockturn también estaba particularmente vacío aquel día, como si hasta el callejón presintiera lo que estaban tramando allí.
—Es cierto —le dijo Draco—; es valiente, pero no pensado con la suficiente frialdad, hay demasiadas variables que pueden salir mal. Nunca fuimos así, Isabelle; nunca hemos sido así.
Isabelle sacó la varita y le apuntó. Tenía manía por hacer aquello los últimos días.
—Siempre he sido de las que huyen, idiota —dijo Isabelle—, siempre. En cada ocasión que he podido he huido. Parece la marca de mi familia, mira a mi hermano, que no puede hacerse responsable del hijo que ayudó a crear. —Su voz era dura y fría, un tono que no tenía derecho a réplica, tan diferente de la Isabelle que conocía—. ¿La Batalla de Hogwarts? Theodore se quedó para ir a buscarte, idiota —le dijo—; yo huí. Pero esta vez no quiero huir; se trata de Theodore. Si él está en peligro, sabes de lo que soy capaz. Tú —casi le clavaba la varita en el pecho— más que nadie, sabes de lo que soy capaz.
Draco pasó saliva.
—Asumo que Theodore no sabe lo que hiciste con Gabriel Nott —comentó.
—Y tampoco le importa. —La voz de Isabelle sonó como advertencia.
—Le hiciste confesar crímenes que no cometió —dijo Draco—, créeme que yo nunca divulgaría eso.
—Si no, hubieran condenado a Theodore, Draco —dijo Isabelle. Se le había pasado el enojo y estaba intentando esconder los ojos llorosos que tenía—. A él. Y tú más que nadie sabes lo que significa haber sido marcado sin haberlo buscado.
—Soñábamos con eso cuando teníamos once años —confesó Draco—, nos parecía que… No sé. Parecía que nos daría poder. Que podríamos moldear el mundo a nuestro antojo.
Isabelle bufó.
—Esos sueños siempre se vuelven pesadillas. —Bajó la varita—. Entonces, ¿quedó claro? Haré lo que sea por Theodore, Draco.
—Clarísimo.
Nott Manor
4 de febrero de 2000
—Oh, dios mío. —Parecía que las habilidades de actuación de Nott se habían ido al carajo, pensó Draco, en medio del dolor—. Te conozco. Oh, dios mío. Lo siento, lo siento. Lo siento.
—¡No me estaría disculpando con una bruja que está torturando a tu mejor amigo, Nott, carajo! —espetó Draco.
De todos modos, eso la había desconcentrado.
—Oh, lo siento, lo siento.
—¡¿Sientes lo que me hiciste, idiota, lo que hizo tu padre?! —espetó ella, dirigiéndose a Nott—. ¡¿Lo sientes?! ¡Mataste a Samuel, joder! ¡Tú lo mataste!
—¡Expelliarmus! —Draco la agarró desprevenida y la varita de la mujer salió volando de sus manos.
Por primera vez vio su cara con atención. Había sido guapa en algún momento, de rostro ovalado, cabello rubio medio ondulado y desparpajado y quizá sonrisa bonita. Pero después de la guerra, su sonrisa había quedado convertida en una mueca medio grotesca porque una cicatriz le recorría la cara en diagonal, atravesando parte de su labio, de su nariz y sólo evitando el ojo izquierdo por poco. A Draco no le sonaba conocida de nada. Pero al parecer Nott la recordaba.
—Lo siento… —Vio como le temblaban las manos a Nott—. Lo siento. Inarcerus. —Una soga se encargó de atar a la bruja—. De verdad lo siento.
—¡Samuel tenía once años! —gritó ella—. ¡Mataron a sus padres por muggles! ¡Lo dejaron huérfano! ¡Lo hicieron huir en un mundo en el que no entendía nada! ¡Once años!
Draco no tenía ni la más remota idea de qué estaba hablando aquella bruja. Ni siquiera conocía su nombre, ni siquiera recordaba su cara; pero a partir de entonces, sabía, tendría grabado aquel rostro y aquella cicatriz para siempre.
—Penelope —dijo Nott, finalmente—, se llama Penelope. Penelope Clearwater. —Draco tampoco recordaba el nombre de nada y Nott cerró los ojos, acercándose a ella—. Sangre mestiza —recitó, como si se lo hubiera aprendido—. La detuvieron porque iba con un niño que tenía padres muggles. Lo protegía. Desaparecieron unos días. —Se volvió hacia ella—. Lo siento, de verdad —volvió a decirle.
Se oyó un ruido afuera, como si alguien más acabara de aparecerse.
—Aurores —dijo Draco.
—¡Tú lo mataste! —aulló la mujer—. ¡Tú lo mataste!
Se acercaban pasos.
—No tenemos demasiado tiempo —dijo Draco, apremiante.
—Lo siento —volvió a decir Nott, que parecía incapaz de otro sentimiento—. Lo siento.
—¡Lo mataste! —le espetó la mujer—. Lo mataste… —entonces se echó a llorar—. Samuel. Iba a ser un mago. Iba a ser un mago brillante, carajo. ¡Y lo mataste!
Los pasos se acercaron más.
—Nott… —La voz de Draco pareció apremiante.
—¡División de aurores! —oyó el grito de Weasley y se dio la vuelta.
Potter y Weasley entraron con las varitas alzadas. Los dos parecieron reconocer a la mujer ya atada sin varita, aparentemente sin ningún poder.
—¡Están de su lado! —gritó Penelope—. ¡Se han puesto del lado de los mortífagos! —Weasley pareció incómodo ante aquello. Intentó desviar los ojos, pero no bajó la varita.
—Penny… —dijo, como si todavía le tuviera un poco de cariño de alguna clase—, usaste una maldición que es ilegal.
Potter no dijo nada, pero se quedó viendo a Penny con los ojos muy fijos, prueba de que también la había reconocido.
—Lo siento —repitió Nott.
Y entonces empezó a cambiar. Y también Potter. Nott, el que había sido Nott, súbitamente ya no tenía el cabello castaño lacio y con un flequillo que le caía sobre los ojos, sino cabello negro azabache completamente desordenado. Y el cabello negro de Potter, el que había sido Potter, súbitamente ya no estaba completamente desordenado, sino que se había alargado un poco para formar un flequillo que le caía sobre los hombros. Siempre habían estado intercambiados.
Draco había insistido.
—Lo siento, Penelope —dijo Harry, al lado de ella, cuando segundos antes había interpretado a Nott.
—¡Tú oíste el testimonio! —dijo ella—. Sabes lo que nos hicieron, sabes lo que nos hicieron…
—Gabriel Nott lo confesó todo —dijo él—, está pagando condena, Penelope. Usaste una maldición ilegal.
Draco por primera vez se fijó en Nott, que tenía puesta aún la túnica de la División de aurores de Harry. Estaba demasiado pálido.
—Tú oíste el testimonio, Potter… Tú lo sabes… Potter. —Parecía una súplica. Harry evitó mirarla a los ojos—. ¡Tienen que pagarlo! —Intentó subir las manos, apuntar hacía alguien aunque no tenía varita y fue cuando Draco sintió como su marca ardía y como ese ardor se extendía y cayó de rodillas sintiendo que en su cuerpo se clavaban miles de filos y se le nubló la vista.
Oyó la voz de Harry.
—¡Draco, no! ¡Draco! —Sintió como alguien intentaba sostenerlo—. ¡Llévenlo con Isabelle, joder, Nott, llévalo con Isabelle!
Y después ya no supo nada más. Lo único que oyó fue la voz de Harry Potter pronunciando su nombre, desesperado.
Deathstar Apothecary
2 de febrero de 2000
Isabelle puso la botella de poción en el mostrador. Un líquido viscoso, color gris y nada agradable.
—Todo pocionista que se respete, tiene al menos una reserva de multijugos —dijo— y vamos a usar esta.
—¿Por qué? —Weasley parecía confundido y no demasiado feliz de estar involucrado.
—Potter tiene entrenamiento de auror —explicó Isabelle— y prefiero tender una trampa teniendo como cebo a alguien que tiene entrenamiento. —Miró directamente a Harry—. No te importa, ¿o sí?
—No.
—Perfecto, irás con Malfoy.
Llevaban varios días dándole vueltas a un plan para tenderle una trampa a aquella mujer. El plan original de Isabelle había mutado unas diez veces, por lo menos, especialmente porque las ideas de Potter y Weasley siempre parecían más efectivas —era su trabajo, después de todo— y Granger solía ser más cautelosa. Isabelle se aseguraba de que al menos estuviera asegurado que saldrían con vida con todas sus ideas, Theodore aceptaba todo lo que le decían y Malfoy refunfuñaba que todo era demasiado peligroso y se dedicaba a recordarles, junto con Pansy, todas las cosas que podían salir mal.
Eran el alma de la fiesta.
—Aun así necesitaremos un Potter —intervino Theodore—. No me vas a decir que crees que Weasley impone lo mismo, vamos…, Isabelle. No puedes sólo mandar a Potter a interpretarme como si nada. Además de que seguro es mal actor.
Isabelle le dirigió una mirada fría.
—¡Oye! —se quejó Ron.
—Es cierto. —Theodore se encogió de hombros—. Es un héroe de guerra.
—¡También yo! —Nadie le hizo demasiado caso a Ron Weasley. Especialmente porque Isabelle siempre se las arreglaba para mantener la atención sobre ella.
—Ya había pensado en eso, idiota —repuso Isabelle y se quedó mirándolo hasta que Theodore entendió a qué se refería.
—¡No! —exclamó Theodore, al comprender que su novia le estaba diciendo que él sería «Harry Potter»—. ¡No! ¡Seré feísimo! —siguió, dándole rienda suelta a su vanidad—. Sin ofender, Potter. —Parecía que sí se lo había tomado como ofensa—. ¡No!
—No te estaba preguntando tu opinión —dijo Isabelle—. No eres idiota, sabes defenderte si algo sale mal y confío en ti —enumeró—; además de los que ya tienen un papel que cumplir, eres el único con cierta experiencia en duelos. Serás tú. No voy a discutir eso y si quieren pelear por ver quién tiene la varita más grande, me da igual. Intercambien papeles.
Deathstar Apothecary
5 de febrero de 2000
Cuando despertó, la marca estaba ardiendo. No se había ido el dolor. Pero al menos ya no era en todo el cuerpo. Sólo sentía que le ardía el antebrazo izquierdo. Podía acostumbrarse a aquello en ese momento, no era como si eso no hubiera sido su modo de vida durante la guerra. Le costó acostumbrarse a lo que había alrededor, hasta que se dio cuenta de que estaba, de nuevo, en la recámara de Isabelle —y Theodore— y que aquella manera de despertar se le estaba volviendo una costumbre.
Lo siguiente que notó fue que había una figura en la única silla que había en toda la habitación y que estaba demasiado cerca del borde de la cama. Era Potter —«Harry», se corrigió a sí mismo, porque quizá era momento de empezar a llamarlo por su nombre de pila—. Encorvado. Frunció el ceño al encontrarlo ahí porque creyó que estaría en el Ministerio, trabajando o encargándose de otras cosas más importantes que él.
—Potter. —Se incorporó en la cama y lo tocó en el hombro, pero no despertó—. ¡Potter! —Nada—. ¿Harry? —preguntó.
Finalmente, Harry Potter alzó la cabeza. Tenía ojeras, como si prácticamente no hubiera dormido la noche anterior. Su semblante dejaba traslucir su preocupación.
—Draco —dijo Harry, finalmente—. Tuvimos una noche larga —explicó—; Nott te trajo aquí.
—No recuerdo demasiado… —Frunció el ceño. Sólo recordaba la voz de Harry, gritando su nombre, gritando que alguien lo llevara con Isabelle, pero no dijo nada de eso—. ¿Y la bruja? —preguntó, interesado por saber qué había pasado.
—Penelope Clearwater —dijo Harry—. La llevamos al Ministerio, revisaron su varita en la División de aurores, su actividad usual. —Harry tenía una mirada triste, como si lamentara todo lo que estaba pasando—. Tendrá que cumplir condena por el uso de la maldición Improntis, aunque oficialmente no se sabe sobre quien la puso. No mencionamos tu nombre.
—Gracias. —Aun así, se sentía un poco culpable. Desde que ella le había dicho que quería hacerle lo mismo que le habían hecho a ella, supuso que había sufrido horrores en las manos de los mortífagos. Incluso desde antes. Se los había llevado uno a uno, hasta que le había pedido a Nott. Y Nott siempre estaría por encima en sus prioridades que cualquier otra persona, con la única excepción de Pansy.
—Draco, ¿Theodore lo hizo? —preguntó Harry.
—¿Qué?
—Samuel. Lo mató, me refiero —preguntó Harry—. Penelope protegía al chico porque los mortífagos mataron a sus papás muggles, vivían huyendo. Hasta que los atraparon, supongo.
Draco se encogió de hombros.
—Probablemente lo obligaron —dijo, sin negar nada, pero tampoco decirle que sí—. Su padre era un cabrón, Harry, si torturó a esa mujer…
—El caso está cerrado —dijo Harry finalmente—. En el expediente aparece que fue asesinado por Gabriel Nott, confesado. Pero ella parecía tan desesperada.
—¿Lástima? —preguntó Draco—. No la sientas, no por ella o por nosotros. Todos tomamos nuestras decisiones de mierda y aprendemos a vivir con ellas. —Se levantó la manga, enseñándole la marca—. Esta es una de ellas, Harry. Y vivo con ella porque tengo que hacerlo, a nadie más que a mí le importan todas las razones por las que lo hice y por las que acepté.
Harry se quedó mirando la marca, como fijamente. Draco la volvió a esconder tras un momento, incómodo.
»Lo que fue una sorpresa —continuó Draco, midiendo sus palabras—, es saber que te preocupas por mí. Que no soy otra persona cualquiera a la que ayudar porque eres un maldito héroe de guerra, sino que genuinamente te preocupas por mí.
Harry alzó la mirada, despegándola del brazo de Draco, ya sin la marca visible y Draco no supo interpretar lo que ve en su mirada.
—Lo sé —dijo él, finalmente—. Para mí también fue una sorpresa.
Medio sonrió. Medio se acercó. Parecía torpe, como si tuviera quince años y no supiera que decirle a una chica que lo había invitado a salir. O chico, nunca había tenido ni idea realmente de qué le gusta a Potter, además de las chicas raras y las pelirrojas.
—Siento lo tuyo con Weasley, por cierto —continuó Draco—. Siento que no funcionara.
—No lo sientes.
—No, no lo siento —acabó por admitir—. Me cae mal.
Y no mentía. Le caía mal. Potter parecía un buen tipo, a pesar de todo su complejo altruista. Guapo, quizá no especialmente, pero al menos podía concederle que tenía ojos bonitos. Ginny Weasley y él se habían dejado ir mutuamente.
—Lo supuse, las costumbres son muy fuertes —comentó Harry.
Se volvieron a quedar callados. Abajo se oyó la voz de Isabelle y la risa de Theodore, que estaban moviendo cosas en la tienda y en la bodega.
»Isabelle dice que está segura de que hay un modo de quitarte la maldición —continuó Harry—. Dice que tendrá lista la poción mañana o pasado y podremos intentarlo. Al parecer, efectivamente, se necesita mi patronus. Preparó una poción para que funcione sobre tu… —Señala en brazo de Draco.
—Gracias, entonces —dijo Draco—. ¿No te esperan Weasley o Granger?
—Ron, en el trabajo —dijo Harry.
—Quizá será mejor que te vayas.
—Quizá.
Se veía dubitativo, extraño. Habían vivido bastantes cosas en aquel mes y habían aprendido a tratarse y a entender al otro. Draco notaba que al menos, ya no lo miraba sólo con lástima y empezaba a entenderlo un poco más. Que se preocupaba —quizá demasiado— por él.
—Harry —dijo Draco—, si no fueras tú, diría que esta es la escena en la que el héroe le pide una cita a la doncella —se burló.
Harry no se río. No realmente. En vez de eso, se puso completamente rojo, como si Draco acabara de descubrir su mayor secreto. Draco, en cambio, abrió los ojos y la boca de sorpresa al comprender lo que implicaba el rubor de Harry, el que se hubiera quedado allí velándole el sueño.
»No… No puedo creerlo.
—Quizá —volvió a repetir Harry.
—¿El fin de semana siguiente? ¿Cabeza de puerco o El caldero chorreante? —preguntó Draco—. Ningún otro establecimiento respetable o mínimamente respetable me atiende. Ya sabes, cosas de tener una marca tenebrosa.
La respuesta fue un beso.
»Me tomaré eso como un sí —dijo Draco con una sonrisa. Harry, aún más rojo que antes después de haberse atrevido a besarlo, se puso en pie y se dirigió a la puerta—. ¿Cabeza de puerco o El Caldero Chorreante? De verdad, necesito una respuesta, necesito saber en qué pocilga tomaré whisky de fuego.
Harry esbozó una sonrisa divertida.
—Te llevaré a donde no nos reconozcan.
Era una buena respuesta.
—¡Y no le cuentes nada a Theodore o a Isabelle! —dijo Draco antes de dejarlo irse—. Si alguien le cuenta a Pansy, y si Pansy le cuenta a Blaise, le deberé cien galeones por una estúpida apuesta que hicimos en segundo.
Harry alzó las cejas.
—¿Qué?
—Blaise juraba que íbamos a acabar besándonos en algún momento —explicó Draco—, porque hablaba demasiado de ti. Te insultaba, en general. No quieres saber lo que decía.
—No, probablemente no —aseguró Harry—. ¿Ya puedo irme o…? —seguía ruborizado.
—Puedes irte —respondió Draco—, abandonarme con Isabelle, que seguro aparece con su libro de cuentas en menos de tres segundos para cobrarme todas las molestias que le he causado…
Harry se río antes de salir.
Malfoy Manor
7 de febrero de 2000
Llamó a la puerta y esperó a que le abriera. Llevaba en sus manos la última poción que había hecho Isabelle y le había jurado que iba a funcionar. También le había dicho que le dijera los resultados en cuanto los supiera o que, por el contrario, ella iría a ver cómo había salido todo en cuanto cerrara la tienda porque Theodore no estaba y no podía dejarla sola. Harry asintió. Sabía que Theodore se estaba encargando de seguir todas las pistas de Gregory, hasta encontrarlo. Ron había intentado conseguirles información interrogando a Penelope, pero no lo había intentado demasiado tampoco —Theodore no eraa persona de su especial devoción— y Penelope no había dicho ni una sola palabra. Hermione, por el contrario, estaba llena de trabajo atrasado y había convencido a Isabelle de que, si su solución funcionaba, deberían de publicar los resultados para la comunidad mágica. Isabelle había accedido sólo cuando le había hablado de que podrían otorgarle una Orden de Merlín o alguna estupidez similar por su descubrimiento, porque Isabelle no veía el caso a sacar al público un antídoto a una maldición prohibida si no era algo que fuera a poder comercializar.
Draco acabó abriendo la puerta después de un momento y sonrió cuando vio a Harry. Él llevaba una camisa arremangada, que dejaba ver su marca y la varita en una mano. Harry, por el contrario, llevaba una capa negra y común.
—¿No viene Isabelle? —preguntó, a modo de saludo.
Harry negó con la cabeza.
—No quería dejar sola la tienda —explicó él y levantó el frasco de poción—. Pero traigo esto y se supone que ya debería funcionar. Se supone que debo contarle sobre los resultados en cuanto los sepa y que ella vendrá en cuanto la tienda se quede sola.
—Pasa —le dijo Draco—, vamos a probar eso.
—¿Nervioso? —preguntó Harry.
—Desearía que dejara de arder como si mi piel se fuera a desintegrar, así que realmente quiero que funcione —hizo notar Draco—. Sabes qué hacer, ¿no?
—Sí —respondió Harry, internándose en el recibidor y dirigiéndose hasta la sala de la Mansión Malfoy—. Se supone que esta poción hace que el patronus se concentre sólo en una cosa, como un catalizador o algo así.
Draco se encogió de hombros.
—Interesante.
—¿Lo intentamos? —Harry sacó su varita y Draco asintió.
Harry abrió el frasco de poción con un movimiento de varita y lo vertió sobre la marca, que se movió ante el contacto con el líquido y entonces apuntó con su varita directo a la marca tenebrosa.
—Expecto patronum —musitó, concentrándose en el beso que le había dado a Draco unos cuantos días atrás.
La luz salió de su varita, envolviendo la marca tenebrosa, todo el antebrazo de Draco, que profirió un quejido. Entonces, pareció como si la serpiente empezara a cobrar vida y se movió por el brazo de Draco hasta que, efectivamente, la serpiente se separó de su piel y Draco profirió otro quejido.
—Ouch.
—No mires. —Harry lo hizo apartar la mirada, poniéndole una mano en la cabeza para hacerlo mirar hacia otro lado—. Espera.
Entoces, la luz del patronus, que no se había hecho corpóreo, la rodeó también, haciéndose cada vez más intensa, hasta que la serpiente explotó en mil pedazos, sin dejar rastro tras de sí. Poco a poco, la luz empezó a atenuarse y a desaparecer, como si supiera que ya no era necesario.
Entonces, Draco movió su brazo y Harry le soltó al cabeza y juntos miraron el resultado: la marca tenebrosa ya no existía. Donde antes había estado, ya sólo quedaba una cicatriz, como si Draco hubiera sufrido una quemada. Podía adivinarse la figura acercándose, pero ya no quedaba nada de la marca. La serpiente y la calavera estaban en el pasado.
—Gracias —musitó Draco y en un impulso abrazó a Harry, hundiendo la cabeza en su cuello, escondiendo su rostro—. Gracias.
—Por nada —respondió Harry.
Y volvió a besarlo, pensando que era curioso hasta donde lo había llevado un intento de borrachera —que nunca había ocurrido— en Cabeza de Puerco la última noche del año. Se aferró a él. Ambos se ensimismaron tanto en aquel beso, que no oyeron cuando alguien llegó por la chimenea. Sólo los interrumpió la exclamación ahogada de Pansy y su voz de chillido.
—¡Oh, por las barbas de Merlín! ¡Esto tengo que contárselo a Blaise!
Harry se río cuando Draco rodó los ojos y dijo:
—Mierda.
Notas de este capítulo y agradecimientos y cosas:
1) Pues sí, hasta aquí llega la historia. Por fin llegamos a la parte en la que ven de donde me inspiré en el fanfic de Alekina, que siempre estuvo planteado para ser el final de la historia.
2) Muchas gracias por haber llegado también hasta acá.
3) Penelope Clearwater es la antigua novia de Percy, aparentemente mestiza (de otra manera no se explica que Hermione se hiciera pasar por ella en DH) y acá ya saben por qué demonios hizo todo lo que hizo. Se desveló el misterio, pues.
Andrea Poulain
a 17 de julio de 2018
