Capítulo 4: ¡Ey, pequeñín!
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Una hora más tarde...
El ocaso despeñaba con lentitud, tanto para el grumete como para los restantes miembros de la tripulación. El muchacho había aprovechado que los demás estaban atendiendo sus asuntos para poder fregar la cubierta con absoluta tranquilidad. No obstante, no esperaba que una presencia, desde lo alto de la vela principal, lo estuviese escrutando en la cercanía, tramando planes aplazados para algún buen encuentro o, en su defecto, un mal golpe.
Así es, Iliana había estado cavilando en cómo acercarse al muchacho, ya que no era algo que lograse concebir a la primera, mucho menos con lo corta que era su actitud y su cara de pocos amigos. Tampoco podía encumbrar sospechas entre los buenos marinos. Caló de lo último que quedaba de su cigarro mal armado y suspiró con desaliento. El humo la envolvió en una nebulosa de pensamiento y rumias internas.
—Desearía ser una roca espacial —se quejó al rebuscar en su mente alguna técnica para empezar una plática. Llevaba casi media hora rezongando, jamás había tenido la obligación de hablar con otro de su misma especie. Se podía decir que no perdía el tiempo con machos de su etnia, ni de ninguna otra, para iniciar algún rito social del que no le interesaba excavar. Se limitaba al juego de apuestas, riñas (las luchas eran sus favoritas), cartas, dados, cosas que evocaran ganancia. Eso, a su vez, le ayudó a tener contacto con individuos, tal vez no de las mejores categorías, pero lo suficientemente suspicaces como para hacer negociaciones de manera precavida.
¿Qué ganancia tenía tratar con un mocoso "busca líos"?
Nada podía encontrar en su mente, aunque tampoco quiso darle tantas vueltas al asunto. Tenía un puesto que debía resguardar, no podía darse el lujo de andar embaucando al grumete cuando debía cuidar de los cabos, las drizas, las vergas y toda la maquinaria solar en la que funcionaban las velas.
—¡Al diablo con esto!
Se rindió ante su proterva perspectiva de contacto para con el muchacho. Se confinó a observarlo como lo había hecho en los treinta minutos anteriores, notando cómo ligaba un estrecho lazo con el globito rosa de Morph, mientras ella se perdía en el ocaso que pronto hizo que el cielo le abriese paso a un millar de estrellas radiantes.
¿Quién lo diría? Un pequeño transformista tenía más oportunidades de sociabilidad que ella, sacando de juego que Morph era el ser más cariñoso de toda la galaxia y ella era casi un descendiente de los espillados en su fase enojada (raza de puercoespines gigantes y malhumorados), con las púas a punto de salir disparadas de su caparazón.
Juego de ventajas y desventajas con ella que ni siquiera entra en el último puesto de la segunda opción.
De pronto, reparó que el muchacho estaba caminando hacia el mastelero donde ella se encontraba trepada y su mirada castaña, instantáneamente, se posó en el lienzo rojo que siempre llevaba en su muñeca, un regalo de su madre. Nunca pensó, ni se imaginó, que se quitaría aquella malgastada tela para usarla de anzuelo. Meditó en aras de que aquello debía de ser una deshonra para la memoria de su madre, pero no tuvo otra opción.
Era una idea estúpida, discreta, pero bochornosa.
—Sólo espero que ese botín de mil mundos lo valga.
Miró a diestra y siniestra, asegurándose que nadie la estuviese viendo, sería demasiado humillante que alguno de sus patéticos compañeros truhanes la viese hacer el ridículo y se burlaran de ella lo que quedaba del viaje. Asegurándose que nadie se encontraba husmeando, aun con Onus y Verne hablando entre sí en lo alto del nido del vigía, dejó caer el pañuelo pensando, al mismo tiempo, en esas sosas mujeres de cuentos para niñas que le entregaban un pañuelo a su hombre bien amado, como símbolo de amor.
¡Qué horror tener que rebajarse hasta ese nivel!
Pero era tarde para retractarse, el anzuelo ya estaba en cubierta, el pequeño pez solamente debía acercarse, morder la carnada y ella se encargaría del resto. Y como crédito a su escasa suerte, Morph pudo percibir el movimiento de la tela cayéndose a unos metros de ellos y, pronto, viró su mirada inocente hacia la muchacha montada en la botavara quien le hizo señas con su dedo índice para que no la delatara. El transformista asintió con una amplia sonrisa, mientras volvía a la labor de seguir observando a Jim, demostrándole, incluso a ella, que era eficiente.
Iliana no tardó en cambiarse de botavara para no levantar sospechas en el muchacho, ocultándose entre las velas de mesana. No planeaba actuar de inmediato, dejaría que el muchacho conservara la tela hasta que ella pudiese verlo nuevamente y darlo como tema de primer choque.
El joven continuó trapeando el suelo de la cubierta, seguido de un Morph que se había transformado en un mini trapeador para ayudarlo y, de paso, para divertirse con él. De alguna forma, aquel globito hacía que la labor del joven fuese más entretenida y menos pesada. Luego de unos minutos, Jim se apoyó sobre el trapeador descansando del duro trabajo que le había dado dicha cubierta.
—Ha sido divertido este día —le habló a aquella curiosa mascota mientras esta eructaba algunas burbujas de jabón al aire—. Hice algunos amigos, como ese patas de araña —hablaba mientras hacía señas con sus dedos simulando las patas arácnidas del mantavor, Scroop.
—Patas de araña, patas de araña —imitó el transformista mientras intentaba asustar a Jim con la transformación en miniatura del sujeto.
—No es tan lindo —criticó Jim a esa mímesis. Morph era demasiado tierno, pero hizo el mayor esfuerzo en caracterizarlo con una risa sádica y maléfica. Jim sonrió—. Buen intento —agregó con una mueca de aprobación.
Pronto iba a seguir con lo que faltaba pero, en ese instante, logró avistar algo en el suelo a unos pasos de él. Se acercó al objeto y lo tomó entre sus dedos. Se trataba de una tela roja, la cual no recordaba haber visto antes de trapear ese lado de la cubierta. Por ostensión de sus instintos y el razonamiento deductivo, observó las botavaras para toparse con el dueño de aquella prenda, pero no logró avistar a nadie.
—¡Pero qué milagro! —la exclamación de un Silver gentil que se acercaba a él, dirigiéndose a babor del barco para eliminar los desperdicios de la cena que caldeaba en una olla de presión, tomó por sorpresa al muchacho—, llevamos aquí una hora y la cubierta sigue en una pieza —felicitó, haciendo que Jim volviese su mirada a él mientras guardaba la tela roja en el bolsillo de su chaleco.
Por un momento, consintió al silencio y le cedió la potestad a reinar entre ellos, por otro lado, Silver higienizaba la cazuela, tarareando una saloma. Desde que abordó al barco, advirtió que él siempre canturreaba salomas por lo bajo, normalmente, distinguiendo viejas canciones marinas entre sus notas, de esas que cuentan historias. Jim quiso hablar mientras trapeaba el último pedazo que le faltaba.
—Oye, yo... lo que hiciste... —tartamudeó el muchacho, buscando en su cabeza las palabras correctas o un hablar educado para mostrar que estaba agradecido por la actitud del ciborg frente a aquel mantavor que quiso darle una paliza—, gracias.
El ursid puso oídos a esa nota en el deje del muchacho que expresaba sinceridad. Al chocar con la mirada de este, advirtió que realmente estaba agradecido. Una leve sonrisa de lado que hablaba demasiado. Pero, tuvo que llevar la plática al nivel desconocido, para acabar con ese pequeño destello de luz que sus ojos garzos emanaban en ese momento.
—¿Tu papá no te enseñó a buscar pleitos con más cuidado?
El destello de luz se apagó y una mirada de irritación la reemplazó. Una mirada que ensombrecía su iris claro y lo condenaba al abismo eterno de la penumbra, bajo una ceñida frente. Ante el silencio y aquella expresión, el ursid se animó a seguir hablando, intentando indagar, yendo más profundo. Un lugar al que Jim no se opuso a adentrar, pero al que no deseaba volver.
—Tu padre no era de los que enseñan —justo en el blanco, aunque era una deducción superflua que no necesitaba de tocar oscuridades.
—No —el joven reafirmó las sospechas de su delegado—, él era más... —por poco y el trapeador no sacaba chispas, mientras se acercaba a estribor del navío—, de los que se marchan para nunca regresar.
El rostro fisgón de Iliana se asomó detrás del mastelero mayor intentando escuchar aquella charla, pero no logró demasiado. Se había percatado rápidamente de la presencia del ciborg, conocía demasiado bien su caminar en cubierta. Supuso que gracias a la distracción de Silver, de seguro tendría que esperar hasta la cena para poder acercarse al muchacho.
—Oh... —el ciborg se acercó a estribor, cerca de Jim, posando sus pesados brazos sobre el borde—, lo siento, hijo —siempre usaba aquel vocativo cuando empezaba a tomar confianza.
—¿Y, qué?, no importa —fingió el muchacho—, me siento bien.
Una afirmación dudosa a los ojos del ciborg quien no se había creído esa mentira. No le enseñes al truhan trucos que conoce mejor que nadie. El rostro del muchacho simulaba hostilidad, aunque podría jurar que solamente era una coraza para ocultar la parte más bondadosa de él, la más profunda, aquella que no desea que se note a la luz del sol, ni siquiera de las estrellas. Algo no muy diferente a situaciones que se le hacía conocidas. Para suerte del ursid, sabía lidiar con adolescentes en etapa de discordia.
—¿En serio? —preguntó con una idea que se le cruzó en la cabeza cuando notó ese asunto de ausencia de contención paterna—. Bueno, ya que la capitana te puso a mi cargo, te guste o no, te enseñaré algunas habilidades para que no te metas en problemas.
—¿Qué? —el muchacho parecía confundido ante el tono animado y la propuesta del ciborg.
—No te perderé de vista de ahora en adelante.
—No es...
—No iras a comer, a dormir o te rascarás la espalda sin que yo lo ordene —desafió Silver al adolescente mientras prorrumpía en choque su puño contra el costado del barco, imponiendo su soberanía sobre cada labor que el grumete deberá, prontamente, de rendir cuentas.
—¡No me hagas favores!
—Puedes estar seguro de eso, muchacho —le dio un leve abrazo conciliador, no sería fácil, de eso no cabía la menor duda—, puedes estar seguro—se rió con ánimo.
La charla concluyó con un ciborg que abandonaba de escena riendo, no sin antes avisar de que la cena estaba a punto de servirse. Morph, por supuesto, tomó lugar en el hombro de su dueño y se revolvió emocionado ante la idea de recibir algo de comida, llevaba una hora vigilando al muchacho y ya tenía muchas ganas de saborear de sus galletas.
Jim no lo notaba, en aquel estrellado cielo que lo acogía y lo acunaba como a un marino más, estaba más cerca de conocerse a sí mismo de lo que pensaba. Tal vez, verse al espejo como algo diferente debía de ser improbable, casi como a un mal sueño, ya que dentro de él aún seguía sintiéndose solo.
Pero eso pronto cambiaría en el momento en que, terminando con los quehaceres en cubierta, notase a una extraña muchacha de cabellos ocres buscando algo en el suelo del castillo de popa, rastreando o tanteando con la mirada los recovecos de la maquinaria, como un perro que intenta buscar dónde ha enterrado su hueso. Extrajo el pañuelo de su bolsillo y la observó para luego dar con su silueta a unos cuantos pasos de él. Las pistas estaban en cubierta y la dueña de la tela también, ahora, solamente, debía acercarse para devolvérsela. Pero, su intención de dar una conexión con ella fue invadida por la aparición de una tercera persona, la alienígena Mary quien se acercó para acompañar a la humana en su tarea, aunque ambas desistieron a los pocos minutos dirigiéndose a la sala de la cocina para poder saciar el bucólico apetito que habían embargado hasta ese momento.
Jim no se consideraba alguien tímido, ya que tampoco era la primera vez que lidiaba con una fémina. Tal vez, no de la misma especie que él, pero tenía sus experiencias, malas, pero experiencias después de todo. Sus tropiezos se remontan a él mismo como un muchacho que podía tener a alguien si quisiera, como a aquella babusoide que rechazó en el colegio, humillándola y, como premio al patán del carnaval de primavera, se ganó su mucosa del odio la cual no pudo quitarse por una semana. Recordar aquello le dio escalofríos y se estremeció ante el recuerdo, un mal pronóstico sobre su trato con las mujeres.
Pronto, la advirtió caminando hasta la abertura de la bodega junto a la alienígena y no quiso que ella abandonara la cubierta sin tener la oportunidad de devolverle lo que, al parecer, no podía ignorar que era suyo.
—¡Oye! —la llamó en una exclamación un tanto burda, pero el hecho de no saber su nombre era un subterfugio suficiente. Ella volteó sobre su hombro al no ignorar que alguien en la cubierta había pegado un pequeño sonido de alarma, crispando la atención incluso de su compañera Mary.
—¿Qué quieres, mocoso? —respondió con un deje molesto la alienígena, mientras el muchacho se acercaba corriendo a ellas, en pasos largos y sin apuro.
—Pues, yo... —Jim se sintió incómodo al notar la mirada impaciente que la muchacha le mostraba, además de que la hostilidad de la marinera de dos piernas no ayudaba en la situación.
—¿Eres tartamudo o qué? —volvió a vapulear la pequeña marinera.
—No, yo sólo...
—Mary —interrumpió la muchacha a Jim, dirigiéndose a la alienígena—, ¿quieres adelantarte? Luego te alcanzo.
Aquello hizo que el pecho del muchacho se hinchara con ese soplo de esperanza de volver a retomar esa marañosa conversación y convertirla en algo civilizado y no en lo que podría ser una futura humillación a su hombría por no saber cómo acercarse, correctamente, a una fémina. La alienígena, por su lado, frunció el ceño mientras mostraba un mohín de indiferencia.
—Ah, como quieras.
No tardaron en verse plagados de un silencio momentáneo, mientras ella luego de mirar a su compañera marcharse, volvía a poner atención a aquellos ojos garzos llenos de ansiedad y algo de incomodidad.
—Y, ¿bien? —cuestionó al fin, mostrando algo de impaciencia con una de sus cejas levantadas, cruzándose de brazos. Un acto fingido ya que el plan estaba dándose mejor de lo que había esperado.
—Ah, claro —afirmó él mientras extraía del bolsillo de su chaqueta la tela roja, la cual conjeturó que podría ser de ella—, supongo que esto es tuyo.
Él le mostró el paño rojo con esos detalles tribales en negro. Ella aflojó los brazos, notando que su expresión corporal la figuraba como a una perfecta criatura desdeñosa para con la víctima de su mísero plan. Mirándolo, intentó buscar en su mecanismo de "sociabilidad", que de seguro debía ocupar lugar en su cerebro, para lograr decir algo.
El mecanismo de sociabilidad tomó una opción: una media sonrisa que se asomó sobre sus labios.
—Sí, lo es —respondió mientras tomaba la tela, dejando notar un ligero mohín de simpatía en un leve sonido que salió de su garganta, como si se hubiese impresionado de él.
El muchacho sonrió sutilmente al ver que sus sospechas fueron acertadas, pero se desvaneció al advertir que la muchacha daba media vuelta para seguir el camino hacia la bodega. Suspiró por lo bajo con decepción y con esa molestia que ocasionaba haberse puesto en ridículo por nada. Iba a dar media vuelta para buscar los utensilios de limpieza, hasta que algo buscó llamar su atención.
—De nada —susurró Jim para sí mismo en un deje de molestia y sarcasmo. Había aguardado a que la muchacha pudiese pronunciar palabras de agradecimiento o, al menos, exponer algún ademán con su expresión reacia. Aun lo hubiese aceptado si fuese con soberbia, pero no obtener nada era desalentador.
—Ey, pequeñín —no evitó hacer que sus pulmones expulsaran todo el aire que retenían al escuchar aquel vocativo, el cual le sentó bastante amargo. Se volteó sobre su hombro para encontrarse con una Iliana impaciente, con sus manos apoyadas a los costados de su cintura, como si estuviese esperando a alguien—, ¿vienes o qué?
Él frunció el entrecejo confundido, levantando al mismo tiempo una de sus cejas, mirando a sus costados esperando a que alguien respondiera, cuando el único que debía hacer eso era él.
—Mi nombre es Jim —sentenció, mostrando ligeramente su mal genio.
—Okey, Jayjay —se mofó ella de manera simpática, pero él no mostró estar muy contento con aquella abreviación de su nombre y lo reveló con una expresión de molestia surcando su rostro—. Vamos, hay que darse prisa, la sopa de bonza-bestia de Silver se pone como caldo de sapo cuando se enfría.
Ella tomó la delantera mostrándole una media sonrisa. Nunca supo cómo tratar de ser sociable y eso, a veces, era lo mejor que tenía. Una extraña invitación que funcionaba como ese relevo al agradecimiento que debía darle a Jim. Pero, para prácticas que no se dieron bien en el pasado, fue suficiente para que el muchacho, con todo y su cara de pocos amigos, la siguiera de cerca y decidiera aceptar la invitación de comer junto a ella.
El pragmatismo de las féminas es bastante elocuente en cuanto se logra acceder a él, pero Jim tenía sus sospechas. Aunque, no perdía nada con seguirle el juego, tal vez, le sorprenda.
N. de autor:
Ya los capítulos se van tornando más largos. Iba a poner la escena de la cena en este, pero decidí dejarlo para el capítulo siguiente. Ya nos metemos en partes en donde uno empieza a descubrir a Jim y, por qué no, a Iliana.
Aunque, lo advertí en capítulos anteriores, Lía es un poco más dura consigo misma y su pasado, solamente habrá una escena que redunde en el pasado y en conexiones con la segunda parte de este fic, aunque ya tienen una: el pañuelo de su madre.
¡Espero que les haya gustado este capítulo! ¿qué les ha parecido ella? (tampoco es que hay demasiado para sacarle, pero bueno, me gusta saber qué les parece el ritmo de lo que se da como para iniciar una amistad).
Mil gracias a la gente que llegó hasta aquí. No es un fic que tenga tanto lectores, pero sigo inspirada para seguir con su proceso.
¡Un abrazo!
