Al momento de decidir si ir con el soldado Imperial, o con el soldado capa de la tormenta, la elección había sido bastante obvia. La tregua con el soldado Imperial, por mucho que este hubiese mostrado una cara amable, eventualmente se terminaría. Si mis opciones estaban entre los rebeldes, y los hombres que habían estado a punto de cortarme la cabeza, entonces la decisión no parecía difícil; por lo cual me había encontrado de pronto vistiendo la armadura de un soldado capa caído.

Habiendo atravesado los túneles debajo de Helgen por los cuales habíamos conseguido escapar junto al soldado capa y después de haber dejado atrás a la que alguna vez fue la ciudad, y que ahora yacía hasta los cimientos convertida en cenizas como una villa fantasma, el cielo todavía nebuloso nos recibió afuera con una ligera llovizna. La ciudadela aún humeaba a nuestras espaldas.

Ulfric también había escapado con vida; de su ajusticiamiento al menos. Le había visto antes de que Ralof me condujera por los túneles bajo Helgen para escapar del dragón. Pero ahora la cuestión de si había salido con vida del ataque o no, había dejado de preocuparme. Estaba seguro de que no volvería a verle más; aún si seguía con vida. Y lo importante era que yo había podido escapar a salvo. Sin embargo, sus palabras al momento de verle por última vez y que apenas sí reparase en mi presencia, me perseguirían "Las leyendas no queman ciudades."

Un recuerdo permanecía grabado en mi memoria. No una visión… sino un sonido. Una voz grave y gutural. Un idioma desconocido. "Di kiirre fen alok". Y las palabras confusas que este extraño dialecto había despertado en mis pensamientos, todavía palpitaban en algún lugar de mi memoria, acompañando aquellos horribles ojos rojos a los lados de un rostro enmarcado de púas negras. El de la criatura que hasta hace no mucho había sido una leyenda y que ahora surcaba los cielos de Skyrim.

Las palabras que hacían eco en mi cabeza sonaban como: "Mis hijos se levantarán".

Ralof, el soldado capa y yo, lo avistamos una última vez al salir de Helgen, pero aquel no se detuvo en su vuelo. Desapareció en el cielo como un punto borroso en la lejanía que se desvaneció en la claridad de las nubes, tal y como si nunca hubiese aparecido; como si todo hubiese sido sólo una pesadilla. Pero el dragón negro no se desvanecería tan rápido de mis pensamientos. Todavía podía ver esos fieros ojos rojos cada vez que cerraba los míos. Una leyenda viviente se había levantado de entre los muertos, y yo, un mortal cualquiera, había sobrevivido a ella. Después de nuestro escape de Helgen, seguí al soldado Capa de la Tormenta todo el camino hasta Cauce boscoso, la aldea más cercana, en donde su hermana Gerdur residía. El viaje nos tomó menos de un día.

Cauce boscoso resultó ser una villa pequeña, pero llena de vida. La gente se paseaba por las calles, y los niños jugaban. Nadie parecía todavía al tanto del infierno que se había desatado sobre Helgen, la ciudadela vecina... Nadie salvo una anciana de aspecto demacrado y enjuto que bramaba a los cuatro vientos el haber visto a un dragón sobrevolar la villa; palabras que, por supuesto, nadie a su alrededor pareció creer.

-Ya lo verás -chilló, lamentándose para un joven rubio que intentaba calmarla y disuadirla- Nos matará a todos y ¡sólo entonces me creerás!

-El muchacho es Sven. Y aquella es Hilde; su madre -susurró Ralof cerca de mi oído-. Es más aguda de lo que aparenta; pero nadie la toma en serio. No le harán caso hasta que Cauce Boscoso sea otra pila de cenizas igual que Helgen.
Omití interferir. Imaginé que la noticia llegaría pronto a oídos de todos. Lo que era yo, lo único que deseaba era alejarme cuanto antes y dejarle el dragón a los soldados del Jarl de la comarca. Sin embargo, Ralof no me permitió marchar sino hasta testificar para él lo que contaría a su hermana, a la cual conocí poco después. Gerdur era una mujer nórdica, alta y atractiva, con un acento tan áspero como el de su hermano, pero que denotaba en el rostro una naturaleza gentil.

-¡Por la piedad de Mara, que bueno es verte! -saludó, viniendo al encuentro de su hermano, y tomando sus manos entre las suyas- ¿Es seguro que estés aquí? Hemos oído que Ulfric ha sido capturado.

-Estoy bien. Al menos ahora lo estoy. Ulfric está vivo y libre -la tranquilizó su hermano.

-¿Estás herido? ¿qué ha pasado? -entonces su mirada inquieta me interceptó- ¿Y quién es él? ¿un camaradas?

Antes de que pudiese disentir, Ralof habló en mi lugar:

-Aún no es un camarada… Pero es un amigo. Le debo la vida.

Su elección de palabras a la hora de introducirme no fue de mi particular agrado después de insinuar que cabía la posibilidad de que me uniera a su bando en esta guerra; pero se lo dejé pasar sólo porque estaba ansioso de terminar cuanto antes con el intercambio y marcharme.

Como era de esperarse, la noticia de la aparición de un dragón fue una sorpresa tanto para ella, como para su esposo Hod (otro nórdico, de aspecto un tanto menos recio que el de su mujer); pero para mi perplejidad, creyeron en cada palabra de Ralof, sin necesidad de que yo mediara palabra en el asunto.

-No querrás decir un dragón real. Vivo.

-Apenas sí puedo creerlo yo mismo, y estuve allí. Tan extraño como parezca, estaríamos muertos ambos de no haber sido ese dragón. Durante el caos, fuimos capaces de escapar.

El haber colaborado con Ralof parecía una hazaña suficiente como para haberme ganado la simpatía de su familia, pues su hermana se portó excesivamente amable conmigo después de ello, ofreciéndose a acogerme en su casa durante todo el tiempo que necesitara para descansar y reponerme. Era la primera vez desde que había cruzado la frontera de Skyrim que alguien me mostraba amabilidad. De hecho, era la primera desde que había escapado desde Salto de la Daga…

Pero me negué a su ofrecimiento sin demasiados deseos de forjar con aquellas personas cualquier tipo de relación más allá que el de un trato más cortés que aquel al que estaba acostumbrado a entablar con los desconocidos por regla general; y aquello sólo por mi deuda con el soldado Capa.

-Al menos ven adentro a comer algo antes de irte. No querrás marcharte con el estómago vacío -pidió Ralof viendo que no tendría éxito en retenerme por más tiempo del necesario.

He de admitir que no tuvo que insistir demasiado para convencerme. No había probado alimentos desde que había sido capturado cerca de la frontera, y el viaje a Helgen había resultado largo. Tanto, que, con la sola mención de la comida, mi estómago se constriñó en un ruidoso calambre.

El cuenco de estofado caliente de conejo que Gerdur me ofreció, junto con el aguamiel, fueron más que bienvenidos. Había recuperado una gran parte de mis fuerzas. Pero ni así me dejaron marchar. No sin antes de que Gerdur me hiciera entrega de ropa limpia para cambiar el uniforme de soldado Capa de la Tormenta (y así evitar encontronazos con guardias Imperiales) y me preparase una bolsa llena de provisiones para el viaje, en la cual metió una cuña grande de queso, pan tierno, algo de fruta y una cantimplora de agua, insistiendo que era lo menos que podía hacer por mí luego de haber ayudado a su hermano a salir de Helgen; cuando en realidad había sido todo lo contrario.

-Cualquier amigo de Ralof, es amigo mío -me recordó cuando me condujo caminando hacia las afueras de cauce boscoso y se despidió de mí en las puertas de la ciudad. El frío de la tarde había empezado a notarse más. Cada ventisca helada que me sacudía el pelo y se metía por mi ropa me hacía temblar dramáticamente y castañetear los dientes. No estaba acostumbrado al frío. Desde que había llegado y notado el drástico cambio con mi sitio de origen, me preguntaba a menudo si sería capaz de acostumbrarme al clima helado de Skyrim. Desde luego, el sitio al cual me dirigía; aquel por el que había empezado mi viaje, sería infinitamente más helado, y estimé conveniente empezar a habituarme desde ya.
-Pagaré este favor. -fue todo lo que dije, al momento de despedirme de Gerdur. No acostumbraba a dar las gracias a la gente; y no tenía por qué empezar ahora. Cuando mucho podía dar mi palabra de retribuirles de alguna manera en cuanto estuviera en posición de hacerlo.

Era la razón de que no me agradara involucrarme con personas y permitirles ayudarme. Ante la imposibilidad de ofrecer a cambio mi amistad o simpatía, cualidades de las que sencillamente sabía que carecía, aquello significaba quedar en deuda. Y en mi posición, pagar deudas resultaba problemático, pues no tenía nada más de mi lado que las ropas que vestía y algo de oro robado.

Cuando me preparaba para marcharme, sin embargo… Gerdur me detuvo una última vez, y para mi desdicha y fastidio, me pidió un único y difícil favor. Uno que acabaría aceptando cumplir nada más que por mera reciprocidad hacia su familia:
-Hay una cosa que puedes hacer por mí. Por todos nosotros. Necesitamos que des palabra de esto al Jarl Balgruuf, en Carrera Blanca, para que envíe tropas. Cauce Boscoso está desprotegido ante el posible ataque de ese dragón. Si haces eso por mí, seré yo quien esté en deuda contigo.