A primera hora de la mañana, me vestí intentando ignorar el frío y me dispuse a salir de la ciudadela de Carrera Blanca, rumbo a la que sería mi misión en los Túmulos de las Cataratas Lúgubres, donde Farengar pensaba que se encontraba su tan aclamada tabla de piedra. No tuve tiempo para sentir temor o incertidumbre. El viaje debía comenzar cuanto antes.
La dueña de la posada estaba en pie cuando crucé el salón principal. Me arrojó una mirada afable al reparar en mi equipaje mientras se inclinaba sobre su mesón:
-Parece que eres un viajero madrugador -observó-. Que los vientos te lleven por buen camino.
Afuera la mañana estaba gris y helada; aunque el cielo estaba despejado. El viento azotaba la piedra que conformaba a los edificios, silbando una tonada monótona y grave y a lo lejos la tundra, ahora besada por los reflejos azul-celestes de la mañana, cobraba un aspecto fantasmal tras la niebla. De noche, camino aquí, no advertí la magnitud de la inmensidad de las montañas que se alzaban rodeando la comarca de Carrera Blanca; pero ahora, a plena luz del día, lucían tan gigantescas que parecían tocar y perderse el cielo.
La caravana Khajiita a las afueras de la ciudad se preparaba para empezar el día, acarreando mercancías para exhibir frente a sus tiendas. Cinco pares de grandes ojos felinos se clavaron sobre mí y me siguieron furtivamente mientras me desplazaba pasando junto a su campamento sin prestarles demasiada atención; enfilando por el camino que me llevaría hacia el destino que me esperaba en los túmulos.
Me limité a seguir la senda de piedra por un par de horas. El terreno al frente parecía llano y carecía en gran medida de los altísimos árboles que flanqueaban el trecho entre Helgen y Cauce Boscoso. Distinguí la torre de vigilancia oeste, con la bandera de Skyrim flameando en el viento arriba en la cima; mientras que dos soldados de la comarca se paseaban y me observaban de forma furtiva; capas ondeando a las espaldas, y protegidas las cabezas por los brillantes cascos. El túmulo de las Cataratas Lúgubres se encontraba rodeando la montaña; por lo que probablemente me esperaba al frente un viaje por lo menos de un día completo.
Conforme avanzaba, la vegetación se hacía más espesa a mi alrededor. En mi camino encontré gran variedad de animales salvajes, como zorros, ciervos y conejos que huían despavoridos a mi paso. Advertí también la robusta forma de un gato sable paseándose por las colinas rocosas.
Mi sendero me llevó tras algunas horas caminando a una zona en la que la ruta se abría paso a través de las montañas, donde empezaba a soplar un viento gélido y en cuya cima caía la nieve en la forma de una fina escarcha. Tras haber cruzado el camino a través de la montaña, me salí del sendero torciendo a mano izquierda para empezar a desplazarme por el bosque siguiendo las indicaciones que Farengar me había dado la noche anterior. Anduve por otro par de horas sin una noción clara de si el camino que seguía era el correcto (sólo guiándome por las indicaciones en el mapa, sobre cuya superficie, el hechicero había trazado el camino usando carboncillo). Conforme avanzaba, soplaba con más fuerza el viento, y me percaté de que el camino se hacía cada vez más empinado, llevándome hacia lo alto de la montaña, cuyo pico se hallaba cubierto de nieve y donde desaparecía el azul acerado del cielo, para pasar a estar este cubierto de espesas nubes ennegrecidas.
Finalmente distinguí entre la niebla conformada de vapor helado y nieve que se agolpaba cada vez más densa en la cima de la montaña, señalado el camino por una pila de piedras en la que ondeaba un banderín sin nombre o escudo, la silueta difusa de las que debían ser las ruinas nórdicas, según Farengar me las había descrito.
El frío gélido empezó a afectarme entonces de un modo casi incapacitante. Sentía helados los pies y las manos, al punto en que me era difícil mover las extremidades y en que el temblor de mi cuerpo no me permitía ni siquiera avanzar sin tambalearme dramáticamente. El hielo me mordía los ojos y la piel que dejaba al descubierto la capucha de la capa, y el viento me tornaba borrosa la visión. Si las ruinas estaban tan cerca como lo aparentaban, pronto podría escapar al frío gélido del exterior. Aquello me dio las fuerzas necesarias para seguir avanzando.
La estructura de la entrada a las ruinas se iba haciendo al mismo tiempo tan intimidante como asombrosa entre más me acercaba. Estaba adornada de gigantescos arcos de piedra ornados de bustos con la forma de cabezas de dragón. Contrastaba la piedra oscura que conformaba las edificaciones contra el blanco invernal impoluto que era el cuadro a su alrededor.
Distinguí la presencia de bandidos merodeando por la entrada; pero gracias a la densa cortina de niebla y nieve sirviéndome de escondite, fue fácil acercarme a ellos sin que me detectasen y preparar mi ataque.
El fuego se generó en mis palmas y se arremolinó sobre mis manos, derritiendo la escarcha que me cubría la piel de los dedos, nudillos y dorsos. El calor que despedía era deliciosamente apaciguador. Mitigaba el frio; y me hacía sentir seguro; pero no contaba con demasiado tiempo para disfrutarlo, antes de que mi energía mágica empezara a agotarse, de manera que actué lo más rápido posible.
Junté ambas manos al frente, concentrando la energía entre ellas, y el fuego que envolvía mis manos cobró la forma de una esfera ardiente que disparé en dirección a uno de los bandidos. Esta le golpeó de lleno, lanzándole por el aire, sobre sus rodillas y arrancándole un grito desgarrador desde la garganta al tiempo que las llamas se extendían por todo su cuerpo, sin darle siquiera tiempo a reaccionar. Sus compañeros se percataron entonces de mi presencia y me buscaron entre bruma. Disparé otro proyectil de fuego, esta vez dirigido a la mujer del grupo matándola de forma instantánea; demasiado rápido para mi gusto. El fuego ardía sobre los dos primeros cadáveres en la forma de ondas rojizas que bailaban y se sacudían a merced del viento y que pronto quedarían mitigadas por el frío. Sólo quedaba uno de ellos. Viendo caídos a sus compañeros, el tercer bandido profirió un grito de rabia y se abalanzó en mi dirección blandiendo un hacha de guerra que agitó sobre la cabeza, listo para descargarla sobre mí. Cambiando de táctica, convertí la energía de mis manos en una corriente continua de llamas que le impactaron de lleno, arrancándole gritos como los de un cerdo, a medida que el fuego le consumía los cabellos de la cabeza, le carbonizaba la piel sobre los músculos, y le fundía estos sobre los huesos. El cuerpo sin vida, ennegrecido y desfigurado del bandido cayó a mis pies junto con el hacha, con un estruendoso sonido metálico antes siquiera de poder defenderse de mis poderes. Seguí adelante con mi camino; no sin voltear sobre el hombro un total de tres veces para deleitarme con la hermosa visión que me ofrecían mis llamas arremolinándose sobre los cadáveres frescos, y refulgiendo en todo su esplendor, llenas de vivos matices rojos, amarillos y naranjas que descollaban entre el soso y desabrido paisaje gris y blanco que abundaba en esta tierra helada y horrible.
Al final de las larguísimas escaleras de piedra, resbalosas a causa del hielo y sobre las que cuajaba tupidamente la nieve, avisté por fin la que parecía ser la entrada de las tumbas. Constaba de una gruesa puerta doble en forma de arco y confeccionada de metales que no supe identificar, pero que refulgían bajo el resplandor blanquecino del ambiente como si fueran nuevas pese a su antigüedad, y cuyas hendiduras eran perfiladas por los visos ambarinos del fuego que todavía brillaba a mis espaldas. Inspiré un par de veces el aire helado antes de entrar. Nunca me había internado en ruinas nórdicas. No sabía qué tipo de peligros me aguardaban; aunque Farengar me había advertido que se rumoreaba que muchos seres de naturaleza misteriosa merodeaban dentro. Almas en pena que aún a día de hoy protegían su adorado sitio de descanso fieramente.
No quise creer en sus historias en un comienzo. Si fantasmas eran todo el desafío que me esperaba en el interior, estaba bastante seguro de poder lidiar con ello. Ya no era un crío ingenuo; ese tipo de historias no me perturbaban... Pero los dragones también habían sido historias que los viejos usaban a la hora de escarmentar a los chiquillos alguna vez. Y ahora estaba de pie ante uno de los sitios en que se les solía adorar en otras épocas. Con eso en mente, empujé las pesadísimas puertas, usando en ello toda la fuerza de la que eran capaces mis brazos, y me interné dentro de las ruinas, creyéndome lo bastante preparado para afrontar cualquier cosa que pudiese anidar en su interior.
Me encontré con una estancia amplia, en ruinas y apestosa de un fuerte olor a humedad, tenuemente iluminada por la luz del exterior filtrándose por una serie de aberturas en el techo de piedra. El frío del exterior llegaba incluso allí, pero los vientos feroces y despiadados al menos se veían aplacados por las paredes que conformaban el lugar; aunque el murmullo de este, silbando contra la estructura le aportaban al sitio una atmósfera fantasmal.
Me desplacé con cuidado, sospechando la presencia de más bandidos en el interior, a los cuales, en efecto, encontré. Se habían armado una suerte de campamento en el centro de la estancia, y aniquilado a los skeevers que merodeaban antes de su llegada, cuyos cadáveres yacían ahora desperdigados por el piso, emanando una peste rancia y desagradable a putrefacción. Los bandidos se hallaban durmiendo plácidamente cada uno en su respectivo petate alrededor de una fogata, completamente ignorantes de sus compañeros muertos en el exterior de las ruinas, y del destino que les aguardaba ahora a ellos en mis manos.
Cortar la garganta de uno de ellos con la daga orca que tomé de su propio equipaje fue una tarea fácil. Fue una muerte bastante limpia y rápida para lo que se merecía un bandido. El sonido del gorgotear de la sangre burbujeando dentro de su boca y alrededor de su gaznate abierto despertó, desafortunadamente, a su compañero, quien no tuvo un final tan rápido, cuando al levantarse, alertado por mi presencia y soltando un improperio al tiempo de ir a coger la espada que tenía al costado, fue derribado por un golpe directo de mis llamas, ardiendo envuelto en ellas al tiempo que era lentamente drenado de vida a merced del fuego.
Estaba muerto antes de empezar a significar un problema. Lo cerca que había estado de tomar la espada, sin embargo, había conseguido inquietarme por un breve lapso de tiempo. Contemplé la daga orca en mi mano; con la que había arrebatado la vida a su anterior dueño. Sin duda una pieza fina y poderosa de armamento; aún discreta y ligera de llevar. Podrían darme bastante oro por ella, probablemente, pero entre tanto pensé que sería una buena idea contar con un arma fácil de blandir a la mano; aún sin una idea clara de qué tipo de cosas se hallaban al fondo del túmulo. Si conseguía salir con vida de esto, ya tendría tiempo de sobra para decidir si deshacerme de ella o no.
Sin dar más vueltas a ello, me puse de pie y empecé mi camino en descenso.
