A medida que los cadáveres ahora carbonizados de los no-muertos se desplomaban sobre el piso conforme mi Atronach usaba contra ellos sus proyectiles ígneos y el golpe ardiente de sus poderosas garras, me percaté de algo que me jugaba en favor: el fuego era su debilidad. Fue demasiado fácil derrotarles con fuego, y en esa área yo llevaba una gran ventaja. Abatidos las tres criaturas, mi Atronach se volvió hacia mí y tras una juguetona acrobacia en el aire, me dedicó una sonrisa.
La primera vez que había invocado a mi Atronach de las llamas, durante mis primeros años en la hechicería, practicando en solitario con un libro de hechizos que había robado a mi maestro, había sido una experiencia intimidante. No sabía hasta qué punto podría controlarle; cabía la posibilidad de que se volviera contra mí y no sabía cómo manejaría entonces la situación. Había cerrado los ojos al momento de lanzar el hechizo, y al abrirlos, allí estaba la criatura frente a mí; igual que ahora.
Su cuerpo estaba completamente conformado de fuego; fulguraba y emanaba un gran calor. Portaba una armadura oscura de algún metal extraño, que dejaba a la vista las pronunciadas curvas de sus formas femeninas. En la cabeza poseía dos grandes cuernos curvos y parecía observarme con una perpetua sonrisa en su delicado rostro resplandeciente. Era impresionante. Impresionante y hermosa. A partir de su primera invocación, esta se había convertido en mi compañera en batalla. A distancia, podía lanzar poderosos proyectiles incendiarios con una puntería inigualable y se movía tan rápidamente que apenas podía seguirle el paso. Cuerpo a cuerpo era más débil y podía ser derrotada fácilmente, tras lo cual se extinguía consumiéndose en sus propias llamas para transportarse al plano de Infernace, hogar de los Atronach de fuego para regenerarse. Debido a aquello, procuraba usarla más como un apoyo cuando ya tenía la atención de mis oponentes sobre mí; dándole la oportunidad de atacarlos a distancia. A lo largo de mis viajes, desde Roca Alta hasta Skyrim, no sólo me había acompañado en batalla y protegido de un sinfín de cosas que había encontrado en el camino; sino que algunas veces la conjuraba sólo para que ayudase a paliar mi soledad y sentirme menos vulnerable. Un Atronach no poseía la capacidad de hablar; pero era suficiente con su presencia, su calor y sus graciosas volteretas para sentir que tenía compañía con ella.
Ya más tranquilo y en calma al encontrarme a salvo, respiré profundamente y avancé. Ahora sabía cómo derrotar a aquellas criaturas, y la presencia de mi Atronach siguiéndome de cerca me aportaba seguridad.
El camino que siguió, lo recorrí con algo más de cautela, cuidando de no ir a despertar a otra de aquellas criaturas. Encontré más tumbas repletas de sepulcros, pero también una gran cantidad de mortíferas trampas activadas por runas en el piso, las cuales rodeé con cuidado de no ir a tocar.
Sin embargo, me salió al camino otro no-muerto; pero había algo diferente con este. Lo noté apenas apareció frente a mí por el modo en que vestía, y lo confirmé cuando, antes de que pudiera reaccionar, un intenso frío, como una feroz ventisca en la forma de una corriente que emanaba desde una de sus manos me golpeó de lleno, congelándome las extremidades y haciéndome colapsar en el piso sobre las manos y rodillas. Vino directo en mi encuentro para atacar, pero fue detenido por mi Atronach, quien se interpuso en su camino y luchó contra él. Tardé un momento en componerme, usando mi magia ígnea sobre mí mismo, y cuando lo logré, disparé contra la criatura intensas oleadas ardientes. Hizo falta de los poderes de mi Atronach y los míos en conjunto para poder derrotar a la criatura. Era sin duda mucho más fuerte que las que habíamos derrotado hasta ahora, y considerando la profundidad a la que la habíamos encontrado dentro de las tumbas, empecé a cuestionarme si más adelante aguardaban ejemplares todavía más poderosos. Como fuera, no me quedaba otra opción que la de avanzar, pues ya había llegado demasiado lejos para retroceder. Me fijé en que el cadáver de la criatura portaba una espada nórdica antigua, como las que ya no se fabricaban. Resistí el impulso de tomarla, pues sospechaba que no tendría hoy en día demasiado valor más que el de una reliquia; para cual caso habría de buscar primero a un buen coleccionista dispuesto a pagar por ella. Exhausta tras la batalla, mi Atronach se extinguió a mis espaldas para descansar y le permití hacerlo sin volver a invocarla en lo que restaba de camino.
Seguí adelante, hasta que, milagrosamente, el sendero flanqueado de tumbas y sepulcros pareció terminarse y me condujo por unas escaleras hasta un piso superior. No sabía con certeza a qué profundidad me hallaba, pero el sólo hecho de estar de nuevo en ascenso me llenó de esperanzas.
Las escaleras parecían eternas, pero me llevaron finalmente a un sitio iluminado y fresco; que fue un agradable cambio de las cámaras oscuras y asfixiantes que había recorrido hasta ahora. Desde algún sitio en lo alto, se precipitaban a los costados de un angosto camino de tierra, una serie de largas cataratas, las cuales sin duda le habían dado al sitio su nombre. La sola visión del agua fresca me hizo percatarme de cuanta sed tenía y juntando las palmas de las manos ahuecadas, recogí una porción de estas, que bebí ansiosamente y con la cual me limpié el rostro de cenizas, brasas y polvo que había pescado dentro de las catacumbas. Estaba congelada, lo cual me indicaba que provenían desde alguna filtración en la cima de las montañas, en donde la nieve se derretía para formar riachuelos que caían en este sitio en la forma de cascadas. No debía estar demasiado lejos de la superficie de la tierra como en un principio me lo había imaginado, y la luz que se cernía sobre el lugar me hizo percatarme de que probablemente había pasado la noche completa merodeando las cavernas. Había perdido la noción del tiempo completamente.
El camino me llevó a otra estancia cerrada, con tres arcos de piedra. Distinguí a otra criatura merodeando los alrededores. Este parecía despierto incluso antes de mi llegada y me fijé en que no había sepulcros cerca que le sirvieran de reposo. Me hizo preguntarme cuantos siglos habría pasado esa criatura, merodeando sin descanso el lugar, custodiando lo que fuera que se hallara tras la puerta que alcanzaba a divisarse al fondo; y si lo que fuera que hubiera allí, valía lo suficiente como para condenar a un alma a vigilar por toda la eternidad. En caso de que se tratase de la dichosa tablilla, reconsideré mi idea de antes. La de escapar con ella y venderla al mejor postor. No había forma de que Farengar se enterase. Por todo lo que a él respectaba, yo podría haber muerto en este sitio y aún todavía cabía la posibilidad de que su tan preciado tesoro ni siquiera estuviera aquí.
Decidí que lo pensaría.
Abatir al no-muerto de la entrada fue un poco más difícil al no disponer de la ayuda de mi Atronach, pero no fue imposible. Me valí de la amplitud del espacio del que contaba para evadirlo todo cuanto me fue posible hacerlo antes de derrotarle con mis llamaradas. La puerta que resguardaba quedó desprotegida ante mí. No sabía a donde me llevaría, pero tenía el extraño presentimiento de que estaba muy cerca de llegar al final del camino.
Tras recorrer otro par de cámaras dotadas de más urnas, cofres, trampas, hogueras y lámparas colgantes, el camino me llevó hasta un puente de piedra y después de ello, a una habitación cuadrangular con una gran bóveda de metal trifurcada en secciones; cada una grabada por figuras que me resultaron familiares. Saqué rápidamente la garra dorada de mi bolsa y me di cuenta de que cada uno de los tres ganchos confeccionados a modo de zarpas que la adornaban, encajaban perfectamente con tres aberturas en el centro de la bóveda. Introduje allí la garra y la giré dejándome llevar por un presentimiento. La puerta se abrió ante mí con un crujido ensordecedor que remeció las paredes, abriéndome el camino hacia otro set de escaleras hacia un piso superior.
Me encontré entonces en un área abierta, rodeada de cataratas, iluminada de la luz casi cegadora del exterior. El estilo de la arquitectura le hacía parecer una elegante cripta al fondo de la cual, otra serie de escaleras conducían hacia una tribuna sobre la que descansaba lo que parecía ser un ostentoso sepulcro de piedra. Los murciélagos revolotearon a mi alrededor en cuanto di un paso.
Tuve el presentimiento de que este era el sitio. Era el tipo de lugar donde se albergaría un gran tesoro. Invoqué a mi Atronach de las llamas, bastante seguro de que algo poderoso y mortífero saldría de aquel sepulcro en cuanto me acercara. Pero no ocurrió nada. Subí las escaleras, ya casi completamente exhausto e incapaz de poner pie sobre otro escalón y trepé hasta la cima de la tribuna.
Lo primero que noté, al llegar a lo alto, fue un muro curvo de piedra. Una placa lisa y clara estaba enmarcada estructura más robusta y rocosa, la cual había sido atildada de hermosas formas ondulantes grabadas en la piedra. En el centro, el rostro recio e intimidante de una criatura que ya había visto de cerca, pero que estaba mucho mejor modelada que las que adornaban la entrada de las ruinas y se aproximaba de manera mucho más fidedigna a la criatura a la que pretendía imitar la escultura. Era la cabeza de un dragón, observándome desde sus grandes y feroces ojos de roca. Sin embargo, lo que más llamaba la atención, eran los caracteres de un extraño dialecto inscritos en la placa de piedra engarzada en el armazón. Me resultaban extrañamente familiares. Cuando me acerqué a inspeccionarla, atraído al punto del hipnotismo por una fuerza casi magnética, de pronto, pareció que el mundo a mi alrededor se desvanecía, sumiéndose en la oscuridad. Escuché susurridos primero, y luego palabras al azar en un idioma extraño que revoloteaban dentro de mi cabeza, nublándome los pensamientos. Murmuraban, me apremiaban y luego gritaban cosas en algún lugar de mi mente. No podía apartar la mirada de las inscripciones de piedra. Resplandecían ante mis ojos, y me inundaban de una energía extraña que me hizo sentir como si flotase. Me veía atraído a ella por un poder más grande que el de mi propia voluntad. Los escritos, antes confusos y extraños, cobraron entonces significado en mi cabeza en la forma de palabras que conocía. Decían: "Fuerza"
La cabeza me dio vueltas. La energía dejó de manar y me dejó tan débil que caí sobre mis rodillas, respirando agitadamente y con la visión nublada y borrosa.
—Que... Fue eso... —susurré confuso, sin entender qué había ocurrido.
Mi Atronach vino a mí y se inclinó en pos mío para cerciorarse de que me encontraba bien. Pero no lo sabía yo mismo. Le indiqué con una mirada llena de toda la calma de la que fui capaz, que todo estaba bien. Pero en ese instante, a nuestras espaldas, escuchamos el estruendo de algo grande y pesado desplomándose en el piso.
Cuando viramos, el sepulcro de piedra había sido abierto. Y el sueño de la criatura que yacía dentro, había sido perturbado.
El no-muerto que salió de allí era diferente de todos los que habíamos enfrentado hasta ahora. Los ojos hundidos en su rostro demacrado brillaban con una energía azulada e intensa, y portaba una armadura robusta, dotada de un yelmo con cuernos que se proyectaba a los lados de su cabeza y hacia arriba, brindándole un aspecto demoniaco. Mi Atronach se puso a la defensiva en el acto.
Yo me levanté con dificultad y me preparé, a sabiendas de que no sería un enemigo fácil.
