Nunca la había visto así.
Mi adorada Fareeha está absolutamente destrozada. Unas lágrimas cristalinas anegan sus ojos… esos ojos cuyos rasgos felinos sólo presentan algunos árabes; la mirada atigrada y desafiante que evoca el peligro del desierto. Calor árido y yermo cercado de kohl. Pero… no, mi Fareeha hoy no es una peligrosa depredadora, hoy es una desdichada gatita que, entumecida por el dolor de estar enterrando a su madre, permite que las formalidades y protocolos del funeral se sucedan a su alrededor. Deseo protegerla de todo esto, escudarla…, pero no es posible. Sólo puedo estrechar su mano de piel dorada y sentir su cabeza apoyada sobre la mía. Cuando solloza me hace temblar.
Supongo que contra algunos dragones no se puede luchar.
El día transcurre muy despacio. En algún momento se me ocurre que Overwatch amaba a Ana Amari, el mundo admiraba a Ana Amari… pero Ana Amari sólo engendró a un ser humano durante su vida: Fareeha, y pienso que ella es la única que tiene derecho a llorar hoy. Esta pérdida es suya, ella es quien se ha quedado sin madre… pero el último adiós a Ana se está dando en Suiza; ha muerto como agente, y está siendo enterrada como agente (aunque de modo simbólico, pues no se pudo recuperar su cadáver del campo de batalla).
Estoy indignada porque creo que Pharah merece mucho más.
Desearía poder concedérselo.
El funeral ha terminado. El día ha terminado. Todo ha terminado.
He logrado arrastrar a Fareeha fuera de la habitación del Schakal Hotel donde se hospeda (Overwatch le ha pagado un buen alojamiento; no le han ofrecido las dependencias que Ana tenía en la base suiza por razones evidentes). La he convencido de que hoy debía emborracharse. Hemos acudido a Brennende Kerze, un local nocturno muy silencioso e íntimo donde ponen velas en las mesas. En cuanto lo veo pienso que es como si se estuviera oficiando una misa, ¡parece la continuación del entierro de Ana! A través de las críticas locales que leí en internet entendí que el lugar era tranquilo… ¡y eso que es a mí a quien se le da bien el alemán gracias a Reinhardt! Le propongo a mi amiga que nos marchemos, pero a ella le gusta este sitio. Pido un par de cervezas en la barra y las llevo hasta nuestra mesa. Fareeha se bebe la mitad de la suya de un trago. No puedo dejar de admirar el modo en que la llama de la vela se refracta en la jarra e incide sobre su piel arrancándole un lustre… cúprico.
Es un momento pésimo para que una apasionada de las armaduras como yo piense en metales.
Tal y como sucedió durante el funeral, Fareeha se arrima a mí y apoya su cabeza sobre la mía. Su densa melena negra es insólitamente suave y fina, y a pesar de su considerable fuerza la percibo tan delicada como un gatito que se frota en busca de caricias.
Es cruel por mi parte, pero no dejo de pensar que mi felina está preciosa bebiendo y llorando con su sencillo vestido negro.
La estrecho contra mí.
Mi mente vuela. Recuerdo cuando nos conocimos en la base de Overwatch de esta ciudad. Ella esperaba a Ana, yo a Torbjörn (volvían de una misión larga), que se retrasaron debido a una tormenta. Esperamos juntas cuatro horas inesperadamente amenas. A la larga fueron tantas ocasiones, tantas coincidencias, tantos días… que resultó inevitable que nos hiciésemos amigas, que compartiésemos nuestro amor por la batalla, las armas y las armaduras, la admiración por el trabajo de nuestros progenitores… ¡Ah! Hemos crecido juntas por pura casualidad.
«Una casualidad maravillosa», me digo.
La observo con afecto y compasión; detesto haberme dejado dominar por la ternura en un momento tan oscuro. Le doy un sorbo a mi cerveza. Me relamo la espuma de las comisuras de los labios.
Pharah ha comenzado a abrazarme. Se aferra a mí como si no le quedase nada más en este mundo… me rompe el corazón pensar que quizá sea así. Su padre vive demasiado lejos, y creo que no tienen mucha relación.
La oigo sollozar.
—¿En qué piensas? —le pregunto. Creo que debe desahogarse; hablar podría hacerle mucho bien.
—En lo mucho que deseo no pensar —asegura con sencillez—. No paran de asaltarme recuerdos; las cosas que me enseñó, las que no. Las que hizo bien, las que hizo mal. Todo ha dejado su impronta en mi vida. Ella me ha convertido en la persona que soy… y… Es como si la realidad se hubiese fragmentado. Todo ha vuelto a cambiar… —Ignoro a qué se refiere al decir esto, pero no le doy importancia porque sé que no tiene la mente precisamente despejada en un día como hoy—. ¿Dejaré de sentirme así alguna vez, Brigitte?
—No lo sé —y mentalmente la llamo «gatita» porque es mi felina árabe—, no lo sé.
Ella bebe y deja su vaso casi vacío. Le pide otra ronda al camarero.
—¿Sabes? —me dice bajando mucho el tono—, creo que… que lo único que lograría distraerme es que fuésemos a… tu taller.
Trago de golpe, ¿¡lo dice en serio!? El alcohol hace que me arda el pecho y (sólo por unos segundos) me cueste respirar. Ugh. Quizá no haya sido el alcohol… La propuesta me colma de felicidad, pero ¿es apropiada en un día como hoy?
Hace unos meses, Fareeha apareció en el taller de la sede suiza con su maravillosa armadura de Helix Security puesta (entonces aún era teniente, no como ahora), y me permitió examinarla. Revisé cada ensamblaje, cada milímetro… mimé la superficie con mis herramientas. Me deshice en atenciones. Terminé enfocándome en los guanteletes; se me ocurrió cómo mejorarlos para que se adaptasen mejor a ella. Se los retiré. Analicé, estudié la forma de sus manos y muñecas, esbocé los planos sobre su piel expuesta y, finalmente, confeccioné una réplica mejorada que amoldé con precisión a su estructura ósea y muscular, al alcance de sus movimientos… a la medida exacta de sus capacidades físicas. No hablábamos mientras colocaba cada pequeña pieza recién enfriada en sus nudillos ni mientras se los flexionaba dulcemente con mis manos para probar la exactitud de las piezas. La tez de Fareeha enrojeció, imagino que la mía también. Fue un acto íntimo y extraño…
… y sumamente adictivo.
Se ha repetido varias veces desde entonces. He mejorado sus brazales, las hombreras… y la última vez trabajé sobre su pechera. Jamás he vivido una experiencia tan intensa como aquella, conteniendo el aliento mientras estudiaba su maravillosa espalda morena hecha al peso del lanzacohetes, ajustando el volumen de su torso (cálido, estremeciéndose al contacto del metal helado) para que nunca le falte el aire… aunque irónicamente apenas nos atrevíamos a respirar durante el proceso; temíamos con toda nuestra alma romper el encantamiento. Mis lápices de tiza encontraron cosquillas en sus firmes abdominales, conté, entre milímetros y longitudes varias, todos sus lunares.
Al finalizar cada una de aquellas sesiones, ambas nos sentábamos sin más, agotadas, en medio del suelo del taller. Nos apoyábamos la una en la otra y suspirábamos cansadas por la experiencia, casi sin aliento a pesar de que no nos habíamos fatigado.
Confieso que temo lo que suceda cuando haya terminado con todas las piezas. ¿Cómo podría soportar que esas sesiones acabasen? Poco a poco le entrego una parte de mi mente, de mi habilidad… de lo que soy. En ocasiones me pregunto si es lo que siente un tatuador al saber que ha dejado su huella de forma permanente en otro ser humano. Luego creo que es una comparación insensible porque entre Fareeha y yo hay un cariño, un… un amor… que no tiene por qué existir entre un tatuador y su cliente.
Ohh…
Agacho ligeramente la cabeza. Las puntas de mi melena caoba se esparcen por la mesa del local creando patrones que parecen tribales. Observo a mi amiga (creo que ruborizada) en la oscuridad de Brennende Kerze.
Aún espera una respuesta.
—¿Es lo que quieres? —le pregunto en un susurro. Quiero apartar la mirada, pero esa extraña conexión que hemos forjado me lo impide.
—Me… —Dejo de oírla de golpe porque otra voz se sobrepone.
—Pardon, ¿me permitiríais hacer una llamada desde vuestro móvil? —pregunta una mujer con acento francés. No he tenido tiempo de asimilar la apariencia de su cara, pero ya la odio por interrumpir.
—Claro.
Me guardo mis emociones y busco mi teléfono. Fareeha es más rápida. Tiene el móvil a mano porque no ha parado de recibir llamadas a lo largo del día.
—Ten.
—Merci, no encuentro a mis amigas… y he venido directamente del aeropuerto, no me queda batería… —explica la francesa mostrándonos un teléfono apagado. Me da la sensación de que mientras acepta el móvil de Fareeha, sus manos anormalmente pálidas se han entretenido más de la cuenta en rozar las de mi felina.
¿Pensar en la forja me ha vuelto posesiva…? Seguro que estoy siendo irracional. Miro el fondo de mi bebida, donde queda amplificado el posavasos de una marca de cerveza que no conozco (Cardinal Spéciale). Me esfuerzo por calmarme.
—Qué manos tan frías… —comenta Fareeha. Entonces no me lo he imaginado, ¡la desconocida ha manoseado su piel!
—Tengo problemas sanguíneos —responde la indeseada desconocida, que teclea torpemente en una pantalla a la que no está acostumbrada.
—¿De circulación?
—Oh là là, ¿lo dije mal? —Al otro lado de la línea alguien responde. Yo no pierdo de vista el aparato electrónico, y, disimuladamente, le dedico un mohín a Pharah. Ella frunce ligeramente el ceño. No debe de compartir mi opinión negativa sobre la francesa… O (estúpida de mí) quizá Fareeha sienta que ya hay suficiente horror en el día de hoy como para no mostrarse solidaria y receptiva con las desgracias ajenas.
La extraña termina de hablar.
—Gracias… —Nos devuelve el móvil. Prácticamente está haciendo pucheros. Sorbe por su nariz respingona lenta, dramáticamente, y se gira para irse.
—¿Va todo bien? —Acaba de hablar Fareeha. Normalmente admiro y valoro su preocupación por el bienestar ajeno, pero hoy… hoy creo que debería ser ella quien reciba atenciones.
La desconocida nos mira. Sus ojos resplandecen acuosos en la oscuridad; por efecto de las velas parecen de color jalde.
—Parece que han decidido que hay cosas más importantes que yo. —Sonríe con tristeza. Casi me conmueve… casi.
—¿Te han dejado tirada?
—Oui… y yo he venido desde Annecy para estar con ellas.
Debo reconocer que eso es desagradable y no se lo deseo a nadie.
—Quédate y bebe algo con nosotras —le ofrece Fareeha. Mi brazo resbala por la superficie de la mesa y estoy a punto de dar con la cara en el dichoso posavasos de Cardinal Spéciale—. No somos una gran compañía hoy, pero… será mejor que volver al hotel tú sola, ¿verdad?
Oficialmente, Fareeha ha cancelado nuestra cita en el tall... ¡con el taller!
—¿De verdad? —pregunta la francesa.
—Claro, ¿por qué no?
De repente se libera un espantoso torrente de ideas apocalípticas en mi mente. Mientras mis tripas se retuercen de tal forma que me doblo sobre la mesa disimuladamente, me da por preguntarme si mi felina ha cambiado de opinión, si ya no desea ir al taller. A pesar de que yo misma me he sorprendido de que lo propusiera en un momento como este, me aterra su repentina negativa. ¿Acaso prefiere a la francesa antes que a mí…? ¿¡Le interesa más que yo!?
Quizá sea la cerveza lo que me está alterando. La aparto.
La desconocida usa la silla libre junto a Fareeha, y al poco rato le traen una copa de vino tinto. Se presenta como Amélie. Charlamos animadamente… o quizá sea más correcto decir que charlamos activamente, ya que entre las tres comensales no logramos juntar media sonrisa. Yo me pongo a juguetear con el posavasos. Extraigo un puñado de servilletas y dibujo en ellas distraídamente; diseño, apunto detalles y medidas fantaseando con grebas…
—¿Ta mère? Ohhh… —Un movimiento repentino que efectúa la francesa me sobresalta. Ha echado sus brazos alrededor de los hombros de mi felina, y ahora junta su rostro con el de ella. Veo el contraste entre una mejilla morena, dorada como si reflejase aún ese sol que la ha coloreado, y la tez fina de Amélie, que una vez más me parece espeluznantemente pálida… ¿yo tengo ese mismo aspecto mortecino cuando estoy junto a Pharah?
Amélie sostiene entre sus finos dedos de uñas pintadas el rostro de mi gatita, y, con una rapidez inusitada, le deposita un beso en la mejilla. Hay algo hipnótico en el modo en que su piel acaricia el cabello de Fareeha (ese que sé que es tan suave) y en la forma en que sus esbeltos brazos le rozan descuidadamente los hombros, el escote. Ay… Mi amiga ofrece un aspecto arrebatador al cerrar sus bellísimos párpados completamente desvalida.
¿Por qué las miro con tanta expectación? ¿¡Por qué no reacciono!?
—Vaya, esto no… no me lo esperaba —reconoce Fareeha soltando una risa nerviosa. El encantamiento que me petrifica se rompe y tiro de la francesa para que abandone esa extraña escena que tanto (y tan involuntariamente) me complace observar.
—¿He molestado a tu amiga? —Su mejilla aún mima la de mi adorada sultana.
Estoy paralizada. Intento averiguar por qué me ha embelesado tanto la imagen de Pharah siendo acariciada y besada por otra mujer… Los celos los puedo entender (quiero que los momentos especiales que compartimos nos pertenezcan a nosotras en exclusiva), pero esto… esto escapa de mi comprensión.
—No estoy acostumbrada a la efusividad de los franceses —declaro con un ladrido que no reconozco como mío.
—Habéis sufrido una pérdida terrible, lo lógico es reconfortaros y ofreceros consuelo.
Para mi sorpresa, Amélie estira sus manitas hacia mí. De repente sostiene mi cara presionando con dulzura los meñiques sobre las líneas de mi mandíbula; sus pulgares se amoldan a la forma de mis pómulos. Me besa sobre las pecas de ambas mejillas, muy cerca de la nariz, justo debajo de los ojos. Sus labios son duros y fríos… La piel de todo el cuerpo se me eriza cuando olfateo una suave reminiscencia de la crema hidratante facial de Fareeha adherida aún a ese rostro.
Cierro los ojos, dispuesta… a no sé exactamente qué.
—¿Brigitte…? —pregunta Fareeha. ¿¡De verdad quiero que esté preocupándose por mi bienestar en el día de mayor dolor y angustia de su vida!? ¡Yo soy su escudo! Debo actuar como tal y protegerla.
—¡Vaya! —me esfuerzo por exclamar obligando a mi boca a componer una sonrisa—. ¿Se te ocurre una compañía mejor para este aciago día? Qué atenta eres con nosotras, Amélie.
