Fue culpa de Moira que mi plácido sueño terminase.

Para mí era muy agradable tener la mente vacía, limitarme a hacer aquello para lo que se me había «programado». Mis ánimos no se alteraban ni para bien ni para mal, no existía nada similar al ansia… sólo una paz física y mental que se interrumpía para concederme la emoción de la caza, el placer del asesinato.

Ahora… la sed me aniquila, y debo ocultar ese horror, el suplicio con el que convivo.

Recuerdo perfectamente cómo mi ama (¡si Vialli, Gabriel o Akande supieran que en privado la llamo así...!) me indicó un día que debía someterme a un nuevo tratamiento que puliría mis habilidades todavía más. Acepté sin cuestionarme el origen de aquella orden, ¿acaso tenía razones para dudar de una compañera de Talon?

Y todo salió mal.

Quedé al borde de la muerte. Una garra afilada traspasó el velo de la tranquilidad en la que mi mente se había hundido y me arrastró fuera, hacia la sed, prácticamente mutilándome en el proceso. Mi cuerpo quedó en shock, el corazón me iba a reventar y Moira no lograba silenciar mis chillidos de pánico y agonía. Acabé cayéndome de la camilla y quedé inmóvil en el suelo, como cataléptica. Mi ama maldijo llena de rabia por su nuevo fracaso y golpeó su mesa del laboratorio con ambos puños. Se llenó de cortes al romper sus utensilios de cristal.

Entonces sentí que la sangre me llamaba. Estaba tan débil que apenas respiraba… pero fui hacia ella.

Recuperé la consciencia arrodillada a sus pies, lamiendo las heridas de sus manos para restablecerme. Moira se serenó como si jamás se hubiese alterado (creo que incluso me acarició condescendientemente la cabeza) y me dio instrucciones para que le facilitase un examen de mis constantes vitales. Realizó pruebas con mi ADN y terminó llegando a la conclusión de que mis células sufrían el mismo efecto que las de Gabriel Reyes, aunque… en mi caso la degradación celular es constante y la regeneración, que resulta más potente, sólo se activa mediante la ingesta de sangre.

Desde ese día soy objeto de una investigación exhaustiva e interminable. Apenas salgo del laboratorio de mi ama. La sed que me consume es un incordio para ella, que siempre me ordena que me aguante (sólo en contadas ocasiones se apiada y me ofrece su propia sangre)… y yo obedezco a pesar de mi angustia inhumana porque sus órdenes son irresistibles para mí; una fuerza primitiva, genética o sobrenatural me obliga a complacerla a costa de mi propio bienestar. Me contengo, aguardo pacientemente junto a Moira hasta que, inevitablemente, con el paso de los días entro en un extraño frenesí primario (así lo llama ella) y la sed me domina. Reaparezco algunas horas después, desmayada en la calle junto a algún cadáver completamente seco. A veces Moira se compadece de mi estado y me ofrece jeringas rellenas con la sangre de algún agente. Mientras bebo, se sienta con su bata blanca para leerme relatos de vampiros, ¡pero yo no soy una vampira! Puedo exponerme al sol; el ajo y las cruces no me afectan… incluso siento deseo sexual. Ah… el día en que se lo hice saber me miró con sumo desprecio. Declaró que una criatura ya domada no despertaba sus apetencias en ningún sentido. Yo sólo quería saber si existía una relación lógica entre consumir sangre y enardecer la libido. No obstante, en cierto modo sí tengo algo en común con la sangre «vampírica» que afecta a Daniel Molloy, la que describe Charlaine Harris y la del juego de Mark Rein-Hagen (es fácil imaginarse a una Moira adolescente fascinada por los juegos de rol, ¿verdad?): mi sangre crea esclavos, crea dependencia. Condiciona para la obediencia. Moira lo sabe y me ha utilizado para ascender dentro de Talon.

Ojalá pudiera engañarla para que ella también la bebiera… u obligarla por la fuerza, pero es inútil. Ah, ¿no es evidente? Mi fisiología se ha alterado para reducir mi capacidad de sentir emociones hasta el mínimo nivel posible, pero… qué bien se me sigue dando la animadversión, el rencor. Odio apasionadamente a mi ama, y aunque esa fuerza que ya he mencionado me obliga a obedecerla, pienso vengarme por lo que me ha hecho y aún me hace. Voy por buen camino: me he escapado de París hasta Berna sin que ella lo haya autorizado.


Mi plan era acechar a Fareeha Amari durante el funeral, y, habiéndola localizado allí, seguirla hasta que se quedase sola. Pero no ha podido ser, y la sed me sobrecoge a medida que la contemplo en la oscuridad de este vulgar local nocturno. No es que esté tostada por el sol, es que la sangre que palpita y empuja sus apetitosas venas con latidos vivaces y calmos le imprime un matiz rojizo a su piel que me invita a ceder ante la locura… ante el cruento monstruo que Moira ha creado. La tentación me insta a abrir un leve arañazo en su mejilla mientras le ofrezco un supuesto consuelo por haber aniquilado a su madre, la mujer que me enseñó a asesinar.

No podría disfrutar más con esta deliciosa ironía.

… pero la hija de Torbjörn me aleja de Fareeha. Ignoro su papel en todo este asunto a pesar de que la conozco desde hace años (Overwatch jamás le cerró las puertas a los parientes y allegados de sus agentes), pero lo importante es que se ha interpuesto entre mi presa y yo. De hecho, no ha perdido de vista a Fareeha en todo el día, no ha permitido que se quede sola en su habitación del Schakal Hotel, y me acaba de impedir recoger las primeras gotas de mi ansiada sangre Amari.

Me enfada lo suficiente como para que la sentencie.

Aunque… se me ocurre que en vez de ceder a la ferocidad, puedo usarla a mi favor ahora que mi ama no me vigila.

Moira… Cuanto más lo pienso, más segura estoy de que le ha ordenado a algún agente de Talon que haga desaparecer el cadáver de Ana. ¡Y lo ha hecho porque le revelé mi debilidad por ella! Merde, ¿cómo pudo parecerme buena idea?

Ha llegado el momento de que me vengue, pero antes… voy a encargarme de Brigitte.

Decido valorar la calidad de su sangre cual enóloga. Agarro su rostro, tomo su pulso con mis manos. Capto enseguida que los latidos de esta veinteañera pugnan por hacer temblar la tierra que toca, el aire que la envuelve… Es apasionada y fantasiosa, y su energía vital es un maldito choque de placas tectónicas.


Hace diez minutos que me excusé para abandonar el local. Estoy escondida en las sombras de la escena urbana y modesta que rodea Brennende Kerze a la espera de cazar a mis presas. Las seguiré hasta dondequiera que vayan y, cuando no haya testigos, me saciaré con ambas. Primero una gota de Fareeha. La primera gota de elixir en el páramo agostado al que me han desterrado: un mordisco poco profundo en la cara interna de su codo. La sangre del brazo es exigua comparada con la del tronco o las piernas, lo que permite degustarla como una delicatessen. La saborearé con dedicación. En segundo lugar, un mordisco generoso en el cuello de Brigitte. Un ajuste de cuentas que me resarza por su contribución a alargar aún más mi espera. Cuando esté a medio drenar, débil e incapaz de acceder a ese ímpetu que he captado antes, la abandonaré para llenarme por fin con toda la sangre Amari del cuerpo de Fareeha. Morderé desde la femoral en su muslo hasta la carótida. No dejaré un solo centímetro de su cuerpo sin desgarrar.

—¡Ugh…! —Me sobrecoge un vacío imposible de explicar. La chienne soif de sang… Podría compararlo con el hambre extremo que retuerce los intestinos en un grito de auxilio, pero tiene lugar en el interior de mis venas y de mi mente. Convulsiona, araña las paredes de mis arterias desde dentro, estruja mi cerebro y lo exprime hasta que todos los pensamientos se manchan de rojo…

Gimo en mi agonía.

No debo seguir imaginando cómo absorbo el último aliento de vida de Fareeha hundiendo mis colmillos directamente sobre su jugoso corazón, como hacía la vampira Pandora en el templo de Azim en ese relato que me leyó Moira al amor del fuego de sus matraces.

Me tapo la boca con los dedos para silenciarme. Empiezo a estar desesperada…

Y por fin las oigo.

—Entonces… ¿estás bien…? Quizá yo… —Fareeha suena casi tan atormentada como yo, pero desconozco el motivo y, además, no me importa en absoluto.

—¡Pasaré la noche en el taller! —La hija de Torbjörn contesta con una energía exacerbada y disonante con los susurros de su interlocutora.

Acaba de deshacer mis planes.

—P-pero…

—¡Descansa!

Corre hacia un taxi y se precipita a su interior.

—Hasta… —La hija de Ana comprende que está hablando sola—. Hasta mañana. Lo siento…


Improviso un nuevo plan… uno mejor, más ambicioso y fructífero para mi rencor. Requiere que comience por Brigitte, así que la persigo hasta las instalaciones de Overwatch (las conozco bastante bien de mi antigua vida como esposa de Gérard Lacroix). Una vez allí, la sueca se dirige a un lugar situado fuera del edificio principal (imagino que está a parte porque existe cierto riesgo de incendio dada la enorme chimenea industrial que sobresale por uno de sus laterales). Me siento afortunada: allí no es necesaria la compleja acreditación de acceso que usan en el edificio central. Me doy unos minutos para asegurarme de que tengo todo bajo control y accedo sigilosamente al interior del edificio, donde descubro a Brigitte inclinada sobre una mesa de trabajo en la que reposan algunas armas blancas. Tiene apoyadas las palmas de ambas manos en la madera y mantiene los ojos fuertemente cerrados. Sospecho que tanto a ella como a la hija de Ana les ocurre algo que va más allá de la muerte que ocasioné hace unos días… asunto que me trae sin cuidado. Giro a su alrededor sin emitir un solo ruido, rememorando como en un déjà vu los pasos de un ballet. En la penumbra distingo su rostro saturado por una serie de emociones que el mío ya no recuerda cómo componer: hay anhelo, tristeza, añoranza…

La abordo desde la espalda apoyando mi barbilla en su hombro y sujetando sus muñecas que, oportunamente, se hallaban posicionadas contra la mesa en actitud sumisa.

—¿Pharah? —me pregunta con una oleada de lujuria. Recuerdo su mirada estática en Brennende Kerze: ¿acaso esta voyeur primeriza se excitó contemplando el placer que el leve arañazo de mis colmillos le provocó a Fareeha…? Noto que olfatea en dirección a mi rostro. Bajo mi boca hasta el tirante negro que cruza su hombro y busco un buen lugar para el primer bocado. Está oliendo mi cabello—. Oh… no eres tú. —¿Lo ha sabido por el aroma? Quiero burlarme de su ternura.

Se revuelve como para girarse, repentinamente incómoda, pero golpeo sus caderas con las mías y la mantengo firmemente acorralada contra la mesa en una embestida que envidiaría Manuel Ferrara. Esto la aturde.

—¿Querrías estar en los brazos de tu amie? —le pregunto en un susurro. Su piel responde erizándose ligeramente. Lo poco familiarizada que está con su propio deseo me divierte de un modo perverso.

—¿Amélie? —se sorprende.

Oui.

—¿Qué haces aquí…? Tú… tú… —Se agita como el terremoto que se adivina en su carácter—. Amélie, como la mujer fallecida de Gérard… ¡Por eso estás tan fría! Ugggh… —Se estremece de miedo, y mis colmillos arañan su hombro. Brotan unas diminutas gotitas de sangre que podrían pasar por rubíes. Adornan su piel como la más tentadora de las joyas. Las recojo con la lengua, hago que se gire y la observo de frente. Ella mira mis colmillos—. ¿¡Qué eres!?

La empujo y cae sobre la mesa de espaldas.

—Tu nueva dueña.

Trata de escurrirse. Le resulta difícil moverse desde el interior del ajustado vestido de luto. Se desvía hacia un lado y agarra un mangual. Lo trata de blandir contra mí, pero agarro su mano, la empujo contra la madera y logro desarmarla. Sin darle tiempo, me subo a horcajadas sobre sus muslos y la someto sin más.

Por supuesto, se sigue retorciendo.

—¡Socorro! —chilla. Su incapacidad para rendirse es sumamente estimulante.

… no obstante, puede atraer la indeseada atención del resto de agentes del recinto, así que me muerdo la lengua hasta que sangra y me inclino para tapar su boca con la mía. Ahogo sus gritos mientras bebe involuntariamente. Tarda muy poco en reducir su resistencia: mi sangre genera cómplices, como ya he mencionado.

—No has respondido, ¿habrías preferido estar debajo de «Pharah»? —pregunto aún tumbada sobre su cuerpo.

Ella se ruboriza, intenta mostrar una ira que la sangre que acaba de ingerir no le permite terminar de dirigir contra mí.

—Sí… —responde desviando la mirada, confusa pero rencorosa.

Y así ha vuelto a cambiar mis planes. Aunque en esta ocasión ha hecho que mi objetivo sea más fácil de alcanzar.

Hundo el rostro en su cuello. Mi pecho enmudecido descansa sobre el suyo, notablemente voluminoso en comparación, y mi espalda se arquea como consecuencia de esta diferencia. Noto que el frío de mi vientre le produce escalofríos y rechazo, pero lo que me interesa en estos momentos es amoldar mis dientes a la piel que guarece sus venas.

Entonces cambio de opinión; no va a ser la carótida todavía.

Vuelvo a atentar contra su boca. La logro abrir con mi lengua y engancho la suya con mis labios; la muerdo y succiono arrancándole a partes iguales sangre y suspiros. Sé que no siente dolor, nunca sienten dolor, pero en este caso percibo claramente lo mucho que mi beso de las tinieblas complace a Brigitte… ahora mi víctima, mi discípula. Su garganta se llena de gemidos, su piel se congestiona y sensibiliza para unas caricias que no van a llegar…

¿O quizá sí deberían llegar? Si quisiera, podría seducirlas a ambas en un ménage à trois.

Abandono el beso. Ella toma aire como si hubiese estado al borde del desmayo y me mira tratando de decidir qué pensar. No logra detestarme, le he arrebatado esa capacidad. Me yergo y quedo arrodillada sobre sus caderas. Aguardo a que encuentre las palabras disfrutando de su confusión. Me relamo la punta de mis colmillos, los labios.

—¿Eres una vampira? —me pregunta.

—¿Sientes amor por Fareeha?

—Claro que siento amor hacia ella, es mi mejor amiga… —responde como si su mente se hubiera despejado por fin—. Nos vemos siempre que se presenta la ocasión y…

—No como amiga. Hablo de amor sexual. —Mezo mis caderas. Tal y como estoy, podría detallar con precisión la elevación de su monte de venus así como su diámetro.

De nuevo, Brigitte no responde. Se sume en unos pensamientos que causan unas arrugas pequeñas en su ceño y dotan a sus ojos de una extraña profundidad. Me pregunto por puro morbo qué hay en las ideas o recuerdos que explora ahora mismo...

—Sí —responde cohibida—. Por ella. No por ti.

—¿Es recíproco? —Me importa porque en caso afirmativo podría beneficiarme. Dejo de balancearme.

—No creo…

—¿Debo olvidarme entonces de la fiesta que planeaba para nosotras tres?

Se ve invadida por un fuerte estremecimiento que logra que se doble sobre su estómago. Su rostro da con mis clavículas. Apreso su barbilla con mi mano, bajo de la mesa sin soltarla y lamo su cuello. Me inclino, aparto su falda y agarro su muslo con la intención de drenar sus venas para terminar con ella e ir finalmente a por Fareeha. Incapaz de resistirse a mi voluntad (he oído a mi ama hablar sobre «voluntades» demasiadas veces), Brigitte me permite recorrer su muslo con mis labios. Cierro los ojos, tanteando el lugar donde los latidos son más fuertes. Cuando lo localizo, abro los ojos y la miro con superioridad. Aguardo sus palabras en un acto que se burla del respeto y del consentimiento amoroso mientras contemplo de reojo unas apretadas braguitas de color azul celeste.

—Sí que tienes los ojos amarillos… —murmura. Su rostro compone una mueca febril.

Entonces hundo los colmillos sin más. La sangre mana con esa energía que ya capté en el local nocturno y, a medida que inunda mi garganta y lo que quiera que sustituya mi sistema digestivo, mi sed va aplacándose. Se transforma en simple gula. Quizá en avaricia y en lujuria. Detengo la hemorragia para contemplar a mi víctima. El rostro de Brigitte reluce, sus mejillas se han coloreado de un intenso rubor… junto a mi rostro, aprecio el beso húmedo que su sexo le ha dado a la tela azul celeste y cuyo sello tiene la forma de una esbelta línea.

Este es el efecto de mi mordisco.

Uso un dedo para apartar la braguita de su posición y soplo (los contrastes me agradan: ardor y frialdad, placer y dolor…). La sueca me observa mucho más febril que antes. Permanece expectante, víctima de una libido desatendida durante demasiado tiempo. Suelto la tela elástica, que vuelve a su sitio de un latigazo, y ella comienza a temblar sin saber cómo gestionar sus impulsos.

Si hago memoria, me parece que ha debido de ser amiga de Fareeha desde su nacimiento. Ha tenido que desearla desde su adolescencia, y posiblemente se haya reservado para ella… consciente o inconscientemente.

—¿Te entregas a mí, chérie?—Deseosa y sumisa, asiente—. Desnúdate.

Obedece, pero no le permito incorporarse de la mesa en el proceso. Tiene que encoger las piernas para quitarse la ropa interior (me recuerda al modo en que intentan liberarse los detenidos de las películas cuando van esposados en el asiento trasero de los coches patrulla), y luego estira los brazos buscando la cremallera de su vestido. El sujetador es lo que retira con más comodidad.

Cuando está completamente desnuda, dedico unos instantes a gozar del poder que me da su inferioridad de condiciones.

«Si supieras lo que soy capaz de hacer con un poquito de poder, Moira…».

Busco en mi pecho y localizo mi colgante. Dentro de lo que una vez fue un guardapelo que mostraba mi retrato de boda hay ahora una fina cuchilla. Desabrocho mi blusa y me descubro los senos (no uso sujetador, mi complexión firme y magra de bailarina lo hace innecesario) y escojo el derecho por estar más alejado del corazón. Realizo un pequeño corte sobre la areola que no le produce ningún dolor a mi extraño cuerpo vampírico. Brigitte comprende que debe beber y posa sus labios en la herida. Lame la sangre, y su lengua se escapa para explorar los alrededores. A Talon le costó mucho adormecer mis emociones, pero mi capacidad para sentir no les incumbía, así que la dejaron intacta. Encuentro placer físico en los besos demasiado tiernos que mi nueva discípula me deposita sobre los pezones (a todas luces fantaseando con los de su adorada árabe) hasta que logra que ambos estén erectos. En este punto la interrumpo: su inexperiencia le impedirá satisfacer correctamente el enardecimiento que me induce. La inmovilizo entre mis brazos para acercarme a su cuello y…

Cierro la escena devorando hasta la última gota de su sangre.