Llevo todo el día reflexionando y he llegado a la conclusión de que hoy no estoy de luto como hija.
No es bonito, ¿verdad?
Nunca comprendí por qué mi madre insistía en que debía mantenerme alejada de los peligros del campo de batalla. Ella evocaba una sólida sensación de inmortalidad; tan fuerte, tan imbatible… Quise emularla; traer a este mundo el bien que le veía propiciar, tener su vigor y su valor. Admiraba hasta rozar el fanatismo su habilidad, su merecida fama, esa capacidad para mediar con las personas problemáticas… y, sobre todo, el gran amor que sentía por todos sus compañeros. No eran agentes, eran familiares.
Aún no puedo creer que pagase mi devoción negándome la posibilidad de unirme a Overwatch.
Es el quid de la cuestión: mi madre saboteó mi sueño. Me dejó claro que yo no podía formar parte de lo que ella había construido, ¡de su legado! Y con los años he terminado desarrollando un irreprimible rencor hacia esa actitud sobreprotectora que cuestiona (o más bien niega) mi competencia. Me río con amargura al pensar que Jack Morrison ha dicho hoy que mi madre estaba orgullosa de mí… Le respondí que no debía de conocerla demasiado bien.
No resulta agradable. Lo sé. Soy… atroz.
Le dije a mi madre miles de veces que Angela era capaz de sanarme cualquier herida, tal y como hizo con Genji. Aunque no creyese en mí podría haber confiado en Singh, en Jack, en Kimiko… ¡sé que habríamos cuidado los unos de los otros!, habríamos sido grandes compañeros en el campo de batalla.
Pero jamás sucedió.
Cuando alcancé la edad adulta me vi en la tesitura de tener que rehacer mi vida en torno a mis sueños fallidos asumiendo de golpe que nada se mantendría tal y como lo había concebido de niña…
—A excepción de Brigitte, claro —me digo mientras cruzo la puerta de mi habitación en el Schakal Hotel. Introduzco la llave electrónica en su ranura. Las luces parpadean en respuesta y se encienden poco a poco, como con pereza. Ajusto la iluminación con el regulador de luz… estaba demasiado fuerte. Entro en el cuarto de baño y acciono el grifo de la ducha. Me miro en el espejo y veo el udyat que me tatué para honrar la memoria de mi madre cuando supe lo que le había sucedido. La he admirado demasiado tiempo como para permitir que mi corazón roto por la decepción olvide lo que una vez significó para mí. Sí, estoy triste y afectada, pero no tanto como sé que debería… porque siento que ha muerto una heroína a la que admiraba, no mi madre. ¡Que su funeral haya tenido lugar en este país parece confirmar que esa figura no guarda relación alguna conmigo!
Me siento una persona horrible. «¿Dejaré de sentirme así alguna vez, Brigitte?». No he tenido el valor de transmitirle mis pensamientos con sinceridad.
Aparto la vista del tatuaje; ya me he castigado suficiente por hoy. Me percato de que tengo un arañazo finísimo en el pómulo, similar a los que deja el papel… ¿me he acercado alguno a la cara? ¿Quizá la carta del local nocturno?
Suspiro. Qué más dará…
Limpio el kohl de mis párpados que ha sobrevivido al funeral con un disco de algodón empapado en agua micelar y me meto en la bañera. Enjabono mi pelo y lo aclaro, le aplico un acondicionador de almendras dulces. Trato de dejar la mente en blanco mientras termino de asearme. Me aclaro con agua fría; es una costumbre que he desarrollado debido al calor de mi hogar en Guiza, pero aquí termino congelada. Me envuelvo en la toalla y me quedo sentada en el borde de la bañera intentando recuperar el calor. Tengo una sensación gélida y vacía en el pecho desde que he vuelto al Schakal Hotel, y creo que no está relacionada con el funeral.
Me parece… que se debe al modo en que Brigitte me ha rehuido.
Como ya he dicho, hace años tuve que asumir que todo cuanto había planificado para mi futuro no era más que un sueño infantil, y me vi en la necesidad de reconstruir mi vida desde sus cimientos. Sorprendentemente, encontré un pilar firme entre los escombros de mis aspiraciones: Brigitte. Se mantuvo a mi lado en todo momento, ofreciéndome un apoyo que nadie ha igualado jamás. Incluso viajó a Egipto cuando me ascendieron de teniente a capitana hace unas semanas tras el éxito en la misión para frenar a Anubis.
Encajamos maravillosamente… Comparte mis intereses e ilusiones, y además es la única que comprende mi situación: sabe lo que es respirar Overwatch cada día de tu vida sin formar parte de su estructura. Sin embargo, ella lo afronta de un modo diferente; no padece mis frustraciones. Tiene otro carácter. Es… impetuosa, curiosa, soñadora… ¡Qué difícil es no dejarse contagiar por su actitud positiva y resuelta! Cuando está cerca siempre me descubro sonriendo. Todo parece más fácil de afrontar, y supongo que por eso ha sido tan lógico considerarla mi mejor amiga todos estos años.
… hasta que hace unos meses le permití examinar mi armadura de Helix Security.
Desde entonces soy consciente de que estoy enamorada de ella. Es imposible no amar a alguien que te hace tan feliz, a alguien que te completa así. Es lo mejor de mi vida, y cada vez que la veo temblar de amor en el taller me digo que es el momento de arrebatarle la inocencia… pero no me atrevo. Temo catapultarla hacia el horror y la violencia que una parte de la sociedad aún descarga sobre quienes aman a su propio género. «Lo soportaremos juntas», me intento justificar… pero ¿qué derecho tengo? Ella es quien debe decidir si quiere afrontar esta lucha. Así que me conformo con dejar que sus manos revoloteen a mi alrededor, que sus nervios la lleven a ser esa adorable criatura inquieta que irradia alegría. Soy completamente pasiva. Cuando la ternura me sobrepasa, me conformo con apoyar mi cabeza en la suya.
Ojalá hoy me hubiese limitado a hacer eso. Me he arrepentido de proponerle ir a la forja en cuanto lo he dicho porque ha sido muy egoísta. Ha sido chantaje emocional: «compláceme, no puedes negarte porque mi madre ha muerto». Le he mandado un mensaje espantoso, ¡no me extraña que haya huido de mí!
Mañana se lo explicaré todo.
Resuelta, me incorporo del borde de la bañera y procedo a secarme el pelo. Lo desenredo cuidadosamente, luego extiendo una fina capa de crema hidratante por mi piel y me aplico desodorante. Por fin salgo del baño en busca de la maleta donde aguarda mi ropa limpia. Escojo unos bóxers amarillos (aunque sean una prenda masculina me resultan muy cómodos para dormir) y contemplo su color. Me hace pensar automáticamente en Brigitte (confieso que por esta razón sugerí que la visera de la armadura de Helix Security se pintase de ocre). Luego me pongo una camiseta interior muy cómoda (es gris y está un poco dada de sí). Por fin me tumbo en la cama de matrimonio de la habitación. Me pongo de costado, miro el lado vacío y pienso en lo hermoso que habría sido pasar la noche de un día tan duro escuchando la respiración de la persona más importante de mi vida; la más alegre y vital, la más bondadosa y pura… la persona a la que amo.
Tengo que haberme quedado dormida porque estoy soñando con Brigitte. Está tumbada a mi lado, de costado, dándome la espalda. Automáticamente mi brazo se estira para rodearla estrechamente. Recorro la escasa distancia que nos separa, mi pecho da con sus omóplatos. Suspiro de felicidad. Ella está despierta y se aferra a mi brazo; lo recorre con una caricia única y directa, sin titubeos, hasta alcanzar el dorso de la mano. Lo conduce hasta su boca y lo besa.
Sonrío.
Debería aprovechar lo bello que es este sueño para hacerle el amor.
Me inclino sobre su nuca y deposito un beso entre sus largos mechones. Tanteo en busca de la piel con mis labios y termino subiendo hasta su oído. Aguardo su reacción… que sea un sueño no significa que me sienta dispuesta a actuar contra su voluntad. No…, no hay nada más íntimo que complacer a quien se ama.
Brigitte se muestra receptiva: vuelve a besar mi mano. ¡La lame! Su lengua parece chorrear saliva, pues humedece mis dedos y luego se entretiene chupándolos. Noto algunas gotitas escurriéndose por mis yemas. Quizá se deba a que asumo este acto como una invitación para penetrarla con mis dedos lubricados, pero me produce una intensa oleada de placer. De hecho, el efecto resulta tan exagerado que tengo que dejarme caer sobre mi espalda, echar la cabeza hacia atrás en la almohada y respirar muy hondo.
Ella sube sobre mí. Se sienta en mi cintura. Estamos a medio enredar en las níveas sábanas de hotel. Besa mi cara, mi boca, muerde mis labios provocándome de nuevo un deleite que desata mi lengua.
—¡Brigitte, te quiero! —jadeo con el poco aire que no me arrebata. Sus besos han descendido hasta mi hombro.
—Ohhh… Fareeha… yo también… yo también te quiero —me responde… ¿melancólica?
Su voz ha sonado alejada. Los besos no se han detenido.
Los labios me saben a hierro.
Estiro bruscamente un brazo hacia la pared y pulso el regulador de la luz. La mano me tiembla por el sobresalto y apenas logro ponerlo al mínimo. La penumbra no daña mis ojos, pero me permite contemplar mi mano: tengo unas heridas diminutas en las yemas de los dedos, parecen pinchazos… y, sobre mí, se encuentra Amélie.
Su boca brilla escarlata.
Frente a la cama, en una de las butacas que han traído desde el salón de la habitación, está Brigitte. Se muerde los labios, le sobresalen dos colmillos que jamás había visto en su boca. Tiene el rostro lívido, pero un rubor adorna sus mejillas. Los tirantes de su vestido están caídos, la misma prenda parece sumamente desordenada, e hinca las uñas en los reposabrazos mientras se retuerce con inquietud, apretando una rodilla contra la otra.
Quiere intervenir…, pero no lo hace. ¿¡Por qué!? ¿Qué se lo impide?
—No te importa que tu amiga mire, ¿verdad? Es un pequeño fetiche suyo que ha descubierto esta noche y me parecía cruel no permitirle explorarlo.
—¿¡Q-qué!? —Simplemente no entiendo nada. ¿Cómo han entrado? ¿Qué hacían juntas antes de venir…? ¿Yo he…? ¡He estado acariciando y besando a Amélie por error!
El impetuoso deseo que me invadía se acaba de desvanecer. Me incorporo y salto hacia delante en pos de Brigitte (¿¡por qué permanece inmóvil!?), pero la francesa me intercepta; se sienta sobre mis pantorrillas y tira de mi pelo. Tengo suficiente experiencia luchando como para percatarme de que mi fuerza supera la suya, pero antes de que yo consiga soltarme ella carga su peso en mis riñones, me estruja con sus muslos y consigue que caiga boca abajo en el colchón.
Sigue agarrando mi pelo.
—¡No le hagas daño! —suplica mi amiga. Debo estar loca para ponerme a sonreír en un momento así… pero es que su preocupación logra hacerme un poquito feliz en medio de este insondable caos—. ¡Ama, prometiste que no le harías daño!
¿Cómo que «ama»? Mi absurda sonrisa se esfuma.
—Brigitte, ¿qué está pasando?
—Silence, chérie. —Amélie empuja mi cabeza y las sábanas arrugadas obstruyen mi boca—. Déjame disfrutar.
Las puntas de su cabello se derraman sobre mi espalda y el cosquilleo me provoca un escalofrío. Me estremezco mientras comprendo que la boca de la francesa está cerrándose sobre mí. Su mordisco me hace gemir involuntariamente del gusto. Miro a Brigitte… no para pedirle ayuda, sino intentando comprender lo que está sucediendo. Lejos de darme respuestas, sus reacciones son de intranquilidad, contención (como si le costase mucho contemplarme sin moverse) y… ¿vuelve a morderse los labios? Amélie no ha mentido, ¡a mi amiga le excita ver que soy víctima del placer!
—Pharah, Amélie es una vampira, y su sangre me domina… ¡Quiero ayudarte y no puedo moverme! —Suelta un grito de impotencia.
—¿C-cómo…?
Brego por girarme. De reojo aprecio los colmillos de la francesa goteando sangre. Mi sangre; la que ha bebido de mis dedos, de mis labios, de mis hombros… ¡Sí que es una vampira! Y ha transformado a Brigitte, ¡mi amiga ya no es humana! Si no me hallase en la situación en la que estoy, jamás habría podido creerme semejante despropósito.
Pero es cierto.
Amélie continúa practicándome pequeñas mordeduras por todo el cuerpo. No sé si es el efecto extático que me produce, o tal vez que mi sangre comienza a escasear, pero me cuesta oponer resistencia.
Y cuando pienso que a Brigitte le gusta verme así…
—Tú humor está cambiando —observa la vampira francesa. Tira de mí desde atrás y me incorpora. Quedamos arrodilladas, uno de sus brazos envuelve mi cintura, mi espalda está apoyada contra su torso.
La habitación da vueltas. Definitivamente, me falta demasiada sangre.
—¿Por qué no me muerdes en la garganta directamente y acabas rápido con esto?
—Porque quiero saborearte —replica en mi oído. Me estremezco. Mi cuerpo sigue reaccionando como si estuviese recibiendo unos abrumadores estímulos eróticos. ¿Cómo puedo estar así de confusa…?—. He deseado tu sangre durante tanto tiempo que ahora no puedo engullirla sin disfrutar de cada gota. Brigitte me entiende, ¿verdad? Ella lleva tantos años ansiando demostrarte su pasión que esta noche apenas logra contenerse. Pero puedes estar tranquila, sus primicias sáficas siguen intactas. Te pertenecen, a mí no me interesan. —El rostro de mi amiga enrojece más, se retuerce sobre el asiento de tal forma que parece buscar desesperadamente la fricción necesaria para obtener el alivio del orgasmo. Supongo que las palabras de Amélie han añadido nuevos matices a la escena que tiene en su cabeza. Recibo otro mordisco. Esta vez sí que es en el cuello. Cierro los ojos. El estado en que se halla Brigitte es sumamente provocativo… la lujuria la enloquece, y yo soy sensible a su padecimiento. Pero debo concentrarme… porque lo que ha dicho Amélie me ha dado una idea.
Tiro suavemente de las manos de la vampira para que deje de aprisionarme y se dedique a acariciarme. Sus dedos vagan sin rumbo sobre mi piel. Oigo que mi amiga suelta un gritito. Conduzco los dedos de la francesa a uno de mis senos y ella lo toca distraídamente sobre la fina tela gris. El estado receptivo y sensible de mi pezón congestionado le es indiferente.
… pero a Brigitte no.
Oigo que la butaca donde mi amiga está sentada cae con un fuerte estrépito.
—¡Sí! —jadeo. Con los ojos entrecerrados reconozco su silueta en pie: ha vencido un impulso fuerte con otro aún más poderoso.
La cama cruje. Los muelles delatan la incorporación de una tercera persona. Desde mi estado lascivo consigo alegrarme de recibir la ayuda de Brigitte: si voy a suspirar, que sea con ella y a solas.
—¡Ohhh! —chillo. Mi idea ha fracasado: los dientes de mi amiga se clavan en el lado de mi cuello que Amélie había dejado libre. Ambas me están drenando, y recibir sus respectivos mordiscos es un delirio. Agonizo de placer. Mi cuerpo no podrá soportar mucho más este éxtasis sin desvanecerse—. M-me rindo… chicas…
No puedo escapar. No puedo resistirme.
… tampoco quiero.
—Eres una discípula mucho menos sumisa de lo que aparentas, Brigitte. Ven, muérdeme a mí. —El doble mordisco cesa. No sé qué hacen, pero a los pocos segundos mi amiga se arrodilla frente a mí. Me queda muy poca sangre y apenas me mantengo erguida, pero al tener a ambas vampiras apretándome entre sus cuerpos resulta imposible que me caiga—. Ahora dásela.
Brigitte me besa. Consigue quedar por encima de mí de algún modo, como si fuese más alta, y sujeta mi rostro para derramar un nectáreo líquido espeso dentro de mi boca.
Trago sin proponérmelo, en parte sorprendida y en parte demasiado débil como para rehusar.
Noto que me empiezo a reponer del mareo. Me siento mejor.
—¿Me habéis dado sangre? —pregunto confundida.
—La mía, chérie. Pronto serás mi nueva discípula y no podrás negarte a ayudarme.
No tengo la mente tan despejada como para reflexionar sobre estas palabras, pero noto que la vampira francesa se aparta de mi espalda y me tumbo para compensar la falta de tensión que sufro. Las dos vampiras me acorralan contra el colchón y levantan la camiseta interior con la que duermo. Soy suya… no voy a resistirme. Amélie decide apurar las últimas gotas de sangre que me quedan… y lo hace mediante unos exquisitos mordiscos en mis pechos.
Brigitte se une a su goce (y al mío) con su diminuta lengua inquieta.
He perdido la consciencia en algún momento. La muñeca de Amélie se aprieta contra mi boca. Estoy bebiendo su sangre, y poco a poco mi mente queda despejada por completo.
Tengo… sed.
