Capítulo 11
Llegadas y una noticia alarmante
Eliza y Neil habían llegado a su destino, primero irían a la Escuela para señoritas de Santa Margaret a dejar a Eliza. En el camino, la rabia de la chica aumentaba cada vez más. Mientras su hermano se sentía terriblemente nervioso.
- Eliza… ¿No crees que talvez fue demasiado lo que hicimos?
- ¡Neil! ¿Ahora tú también defiendes a esa huérfana mugrosa?
- ¡No es eso! Es solo que…
- ¡Soy tu hermana! ¡Se supone que debes apoyarme!
- ¡Y lo hago!
- ¡Entonces no vuelvas a mencionarla nunca!
El muchacho guardó silencio, no quería empeorar el mal humor de su hermana.
- Ya llegamos señorita Eliza, la escoltaré. Despídase del señor Neil. – Anunció el señor Stewart, quien los acompañaba.
- Adiós Neil. – Dijo la chica con voz quebrada, se sentía asustada, y no estaba segura de cuánto tiempo pasaría sin ver a su hermano. Pues era el único conocido que tenía en Escocia. –
- Cuídate Eliza. – Le contestó abrazándola. –
El moreno continuó su camino hacia la academia militar. Y la chica fue recibida por la directora del internado. Una joven monja alta y de mirada firme. Era estricta, pero también justa.
- Bienvenida señorita Leagan, señor Stewart, acompáñenme a mi oficina por favor.
- Sí señora.
Mientras recorrían los largos pasillos de la escuela, la directora explicaba la rutina diaria, horarios y materias. Eliza observaba a las demás estudiantes. Había desde niñas pequeñas, hasta jóvenes de 18 años. Llegaron hasta la oficina, y la directora los invitó a tomar asiento.
- Señorita Elizabeth Leagan, Señor Stewart, soy la Hermana Aideen, rectora de la escuela. Les doy la bienvenida.
- Muchas gracias señora directora.
- Señorita Leagan, comenzará sus clases mañana a las 8 en punto. Y desde ahora le digo, tomamos muy en serio la puntualidad.
- Sí señora…
- También le informo, que fui notificada por su padre acerca de por qué fue enviada aquí. Y debo advertirle, que en este instituto no toleramos actos agresivos al prójimo. Será supervisada todas las semanas por petición de su padre. Y será informado inmediatamente si usted no respeta las reglas. ¿Ha comprendido?
Sí señora. – La joven contestó tratando de sonar lo más sincera posible. Pero por dentro deseaba gritar. –
- Bien, ahora retírese por favor, una profesora la espera para mostrarle su dormitorio.
Al salir de la oficina, el señor Stewart se despidió de Eliza. Y ahí estaba la profesora llamada Hermana Lucía, quien la condujo hasta el dormitorio. Indicándole que las menores dormían del lado izquierdo, y las mayores del lado derecho. Una vez que la chica quedó sola en su cuarto, Hundió la cabeza en la almohada para soltar el grito que estuvo conteniendo todo el rato.
Por su parte, Neil Leagan tuvo un recibimiento mucho más severo, y le ordenaron memorizar el reglamento antes de terminar el mes. Además, al día siguiente debía despertar a las 5 de la mañana para comenzar a entrenar. Y una de las cosas que más detestaba el moreno, era madrugar.
Mientras tanto en Lakewood, Candy recibió una carta que la dejó muy preocupada.
Candy,
Te envío esta carta en señal de auxilio. Pronto será Navidad, nos han traído un gran árbol para decorarlo. Pero, el vaquero dijo que esta será la última Navidad del Hogar de Pony. Escuché que la señorita Pony y la Hermana María pedían ver al señor Cartwright, pero no lo ha permitido el capataz.
Sé que no estuvo bien hacerlo, pero las escuché afuera del despacho. Dicen que el señor Cartwrigth es el dueño de la casa, y quiere más tierra para el pastoreo.
¡Perderemos el hogar de Pony! No podemos permitirlo Candy.
Annie.
- ¡Oh, no! ¡Debo ir allá rápido!
La rubia preparó algo de ropa lo más rápido que pudo y bajo corriendo las escaleras. Iba tan de prisa, que tropezó con los últimos escalones. Afortunadamente, Anthony pasaba por ahí, y evitó que cayera.
- ¿Estás bien Candy? No deberías bajar tan deprisa.
- Gracias Anthony, lo siento mucho, pero…
- ¿Qué ocurre Candy? Te ves muy alterada.
- Oh Anthony, necesito ir al Hogar de Pony ahora mismo.
- ¿Pasó algo malo?
- Mira esta carta de Annie.
El joven la leyó, y quedo boquiabierto.
- No, no puede ser.
- ¡Debo evitarlo Anthony! No puedo permitirlo.
- Tranquila Candy, no dejaremos que pase.
- ¿Eh?
- Yo iré contigo, ese lugar es tu casa. Y además… Ahora también es especial para mí.
- Anthony…
La chica lo abrazó con gran ternura, y logró calmarse un poco.
El joven ojiazul rápidamente hablo del asunto con la tía abuela, quien dio su permiso a los dos para ir hasta el hogar.
Así los dos rubios se encaminaron al orfanato, montando el corcel blanco del muchacho.
Continuará…
¡Hola a todas mis querida lectoras! Les ofrezco una gran disculpa por esta larga demora. El mes pasado pasé varios obstáculos. Me enfermé del estómago, luego de gripe, y también me dio bloqueo de escritora. Espero me comprendan, y que este nuevo capítulo lo compense. Gracias a todas las que han comentado, y también a quienes leen de forma anónima.
Que lo disfruten.
