Jotaro Joestar examinaba los parapetos de la fortaleza en busca de algún punto débil con el ojo experto de un estratega militar. Había viajado muy lejos para asegurar Emerald Beaumont… tanto para su rey como por razones personales. Si era necesario iniciar un asedio, estaba preparado para hacerlo.
Cualquiera habría soñado con un castillo de su propiedad repleto de riquezas, pero no era su caso. No soñaba con más tesoros de los que el mismo apellido Joestar podía traer consigo. No existía noble o miserable que no escuchara acerca de una de las familias más poderosas de todo europa. Su fama también se basaba en la cercanía que estos tenían con el rey y su descendencia. Pero ello era solo un secreto más que no habría de revelarse a su ejército. No cuando la avaricia de aquellos hombres podría significar un mínimo error en su plan. Ella era la razón por lo que, en lugar de utilizar el escudo real de la familia, utilizaba únicamente una simple estrella carmín. Un símbolo que cualquiera sería capaz de portar en busca de tesoros y tierras sin levantar sospecha.
El joven inglés consideraba que el mantener su identidad en secreto no sería una labor complicada, después de todo, ni su imagen ni su nombre no destacaban dentro de la familia. Su existencia era vagamente conocida por ser el más rebelde de todos.
Y ahí se encontraba Jotaro Joestar, uno de los más jóvenes de su clan y el más temido en batalla. Erguido en su montura entre sus dos aliados, mismos con los que se había criado y compartía la victoria en innumerables batallas:
Jean Pierre Polnareff, un francés descendiente de la familia real y Telence T. D'Arby. Hijo de un noble que sirvió a la familia Joestar, hasta la muerte de su madre antes de unirse a los continuos viajes de Jotaro.
Ambos le habían acompañado hasta el día del asedio. Polnareff sediento de aventuras y Telence para escapar de los recuerdos de su difunta madre a manos de los escoceses. Después de diez años alejado de sus tierras, Jotaro había demostrado su valía para el apellido Joestar. Sus batallas les habían otorgado a sus compañeros un lugar al que pertenecer hasta que ellos solucionaran sus propias vidas.
D'Arby, el más reservado de los tres, asintió en dirección a la fortaleza, donde un hombre delgado había aparecido sobre las almenas.
- La rata sale de su agujero. Robert Brooks no se equivocó en sus suposiciones… No es más que un crio sin la menor experiencia. -
Jotaro entornó la mirada contra los rayos del sol para observar al joven lord, que se había posicionado entre las torres de la garita norte. Los rasgos del hombre no podían distinguirse a esa distancia, pero el rostro parecía ser el de un muchacho, pálido y suave.
Beaumont estaba defendido por un crío que lo había heredado a la muerte de su padre. Hábil estratega, el rey de los ingleses había sabido que aquella caótica fortificación de piedra sería un objetivo fácil, por lo que Jotaro había decidido no librar ninguna batalla por el puesto fronterizo.
- Será un día fácil. – afirmó sin emoción alguna en sus palabras mientras avanzaba en su caballo para hablar por los ingleses mientras sus hombres guardaban silencio en espera de la confrontación.
-Soy Jotaro Blake- Gritó con autoridad en sus vocablos. – He venido a reclamar Emerald Beaumont en nombre del rey Robert Brooks.
Los dos rivales se enfrentaron en un silencio sepulcral, sólo roto por el resoplido ocasional de algún caballo.
- Soy William, señor de Emerald Beaumont, y no reconozco a vuestro rey. - El joven permanecía firmemente erguido y desafiante contra el viento. – Inglaterra y Escocia obedecen a un único soberano. Iván II, y vuestra presencia aquí es un insulto a su alteza real.
-Lo repetiré una sola vez, joven señor. No nos iremos hasta que Beaumont sea propiedad de Robert Brooks. – Jotaro declaró sus intenciones con voz tranquila pero autoritaria, convencido de ganar su causa sin mayor problema. Si el rey escoses tuviera un mínimo de sentido común, nunca habría dejado sus tierras a cargo de aquel joven sin experiencia.
-Si os rendís sin oponer resistencia, os doy mi palabra de honor de que ninguno de los vuestros sufrirá el menor daño.
El rostro del joven se torció en una mueca. ¿Sería de ira? ¿De miedo?
- ¿Qué mi gente no sufrirá ningún daño, decís? – Repitió en tono de desprecio. – No confió en la palabra de un inglés, y mucho menos de uno que acampa junto a mi puerta sin haber sido invitado, en claro desafío a nuestro rey.
La emoción que desprendía la voz del lord no hizo cambio alguno en la resolución de Jotaro. Tomaría ese castillo antes del anochecer dijera lo que dijera aquel jovenzuelo.
-Yo no reconozco la autoridad de tu rey. Y deberías cuestionar tu propia lealtad a un soberano que abandona a su pueblo en tiempos tan turbulentos. Tu rey no vendrá en vuestra ayuda, pues ya dejó claro que las gentes de las fronteras tendrían que defenderse por si mismas hasta la primavera.
Hubo una pausa desde lo alto de las murallas, y Jotaro espero a que sus palabras hubieran convencido al muchacho.
Sin embargo…
-No creo que pase tanto tiempo hasta que nuestro nuevo rey venga a zanjar esta disputa. – Replicó finalmente el joven lord. – Pero eso no importa, ya que, de un modo u otro, tendréis que abandonar mis tierras.
Jotaro cerró sus ojos y negó suavemente por un instante. No tenía el menor deseo de alzarse en armas esta vez. No contra un oponente que ni siquiera tenía conocimiento alguno del riesgo que estaba tomando. Haría lo que fuera necesario para asegurar aquel bastión para su rey y sus propios objetivos.
- He dejado bastante claro que no me marcharé. Y me temo que no puedo ofrecerte más de un cuarto de hora para que cambies de idea, si no quieres sufrir lo peor de nuestras convicciones.
Hubo otra pausa.
- Entonces aceptaré ese tiempo para discutir vuestra oferta con mi gente – dijo el joven, y volvió a desaparecer tras la muralla, dejando a Jotaro con la seguridad de cual sería el resultado.
Tal vez había preferido no iniciar la batalla, pero aún no había perdido un solo combate.
Kakyoin nunca había entrado en situación semejante, pero parecía que aquel día no le quedaba otra opción.
Maldijo a Dio por abandonarlo y acto seguido rezó por que volviera pronto. Le había prometido regresar a su lado después de conseguir hombres leales y la aprobación del rey para ello. ¿Acaso no había conseguido eso ya?
Tras bajar las murallas echó a correr a través del patio mientras la capa abandonaba sus hombros. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos se afanaban en los preparativos para la defensa. Se habían encendido varias hogueras para calentar grandes calderas de agua. Los hombres izaban las piedras a las murallas valiéndose de poleas, junto a montones de basura procedentes de la cocina, de los bacines y orinales. Los duros caballeros de Emerald recorrían sigilosamente el perímetro de las murallas, tomando posiciones para arrojar las flechas en cualquier momento.
Mirando a su alrededor, Kakyoin sabía que todo eran esfuerzos improvisados, pero no cabía duda en que los verdaderos herederos de las tierras estarían orgullosos de ver a su gente trabajar así. Defendiendo su hogar hasta el último suspiro. Y ello mismo le llevó a pensar ¿Su padre estaría orgulloso de sus acciones? ¿O acaso volvería afirmar que no tenía talento alguno para la batalla?
Casi había llegado a la torre cuando Avdol lo interceptó.
-¿Y bien?-
-Tenemos un cuarto de hora para discutir nuestras opciones. - Replicó él. El corazón aún le latía frenéticamente tras su enfrentamiento con el enemigo. -Ese inglés arrogante esta convencido de que nos rendiremos a él y sus asesinos sin presentar batalla. -
- Vuestro padre estaría muy orgulloso de vos hoy, mi señor. Lo sé. - Le aseguró Avdol, colocando brevemente su mano en el hombro antes de continuar con los preparativos.
En ese momento, una ola de emoción invadió su interior. Era el dolor familiar por la pérdida acompañado del miedo. De esperanza, desesperación, de coraje. Quería terminar lo que su padre alguna vez iniciara, quería vengar a los Beaumont, quería ser el orgullo de la familia.
No era probable que la defensa de las murallas exteriores durase mucho; tal vez cayeran durante la noche. Pero el torreón interior era mucho más difícil de tomar y había sido construido para soportar un largo asedio.
Y sin embargo…
Algo lo inquietaba. Intentó ignorar las dolorosas palpitaciones de su cabeza para poder pensar con claridad. Tenía que planear la estrategia y cubrir todas las posibilidades. Pero no pudo desprenderse de la angustiosa sensación de haber pasado algo por alto.
Masajeó sus sienes tratando de conservar la calma, pero le resultó imposible recordar de que se trataba. Maldiciendo sus nervios, corrió al gran salón para encontrarse nuevamente con Avdol.
- Nos queda menos de un cuarto de hora para defendernos a nosotros mismos. – Gritó el joven lord haciéndose oír sobre los aldeanos que portaban las cajas de frutas y verduras al torreón.
Avdol redobló sus esfuerzos para que se apresuraran en llevar las provisiones al interior de la torre.
Kakyoin subió por las escaleras hasta sus aposentos. Abrió el arca que había a los pies de la cama y rebuscó entre sus pocas y apreciadas pertenencias… Cartas que jamás envió a Dio, un alijo que alguna vez perteneciera a su madre y finalmente la espada con joyas incrustadas de su padre. Se había tomado muchas molestias con ambas armas… Aunque dudó que le sirviera mucho en un combate… jamás recibió educación alguna con respecto a la batalla, ya que su padre había considerado no tenía talento alguno en dicho arte.
Al menos le hacía sentir más seguro.
Las esmeraldas relucían en la empuñadura al igual que en la daga, recordándole hasta donde debía llegar para proteger a su gente. Emerald Beaumont tal vez carecía de un señor, pero él era el responsable ahora y como tal no dudaría en hacer lo que fuera necesario para defender lo único que ahora tenía.
Amarró la funda a su cintura, preparado para guiar a sus leales súbditos a la batalla.
-A mi señal. ¡Preparados! - Jotaro gritaba sus órdenes en el fragor de la batalla. La maldita gente del castillo estaba luchando con la desesperación de los condenados. Su capa chamuscada y las manchas de membrillo podrido sobre su armadura sólo habían servido para avivar su ira. Will Beaumont era un verdadero dolor de cabeza… - Pequeño idiota...- susurró para sí mismo. Ese joven no tenía razón alguna para arriesgar vidas en una batalla que no tenía posibilidad de ganar.
- Dos…- con la última embestida del ariete sus hombres lograrían entrar en el patio y entonces la gente de Beaumont quedaría atrapada en la torre a merced de Jotaro.
- ¡Tres!
Doce hombres levantaron el ariete sobre sus hombros y cargaron una vez más contra la empalizada.
Esta vez el estremecedor crujido resonó en todo el castillo cuando la pesada puerta de roble cedió. La victoria se le antojaba próxima, lo bastante cercana para saborearla.
