Epílogo
Diez meses después
Harry entró en el pequeño jardín que daba paso a la Iglesia de San Ethelburga, en Londres y se sorprendió de encontrarse allí a sus amigos más cercanos y a los padres de Hermione… junto con los amigos más cercanos y los padres de Draco Malfoy. Hermione solo le había invitado a un brunch ese domingo. Le había parecido extraño, pero también tenía que admitir que Hermione había quedado con actitudes un poco extrañas desde el experimento social de Casados a primera vista
Era mil veces más reservada que antes, se reunía poco con los amigos e incluso a él se le había hecho difícil contactarla ciertos fines de semana. Tampoco podía culparla. La sociedad mágica había estado conmocionada después de que ellos anunciaran la firma del divorcio. Todos en el Ministerio querían hacerle saber su opinión, y durante la siguiente semana, muchas personas habían llegado al Atrio solo por verla. El alboroto había sido de tal magnitud, que el Ministro Shacklebolt le había permitido entrar y salir del Ministerio a través de la chimenea de su despacho privado y le había asignado custodia de los Aurores. Poco a poco, las cosas se fueron calmando pero Hermione nunca había salido de su ostracismo.
Harry frunció el ceño extrañado y se volvió hacia la coordinadora de eventos que le guiaba hacia allí.
—Lo siento, Señor Potter, pero no puedo decirle nada más. Hermione llegará pronto.
—Hola, Harry —lo saludó Jean Granger.
—Señora Granger, buenos días.
—¿Tú sabes qué está pasando?
—Ehhhhh, nop. Hermione solo me dijo que me invitaba a un brunch, que era importante que llegara puntual y que, por favor, me vistiera dos que tres, nada de playeras descoloridas.
—Lo mismo que nos dijo a nosotros.
Con cautela, Narcisa Malfoy también se había acercado a Harry a preguntarle lo mismo. Ella ya le había preguntado a Blaise, que tampoco tenía la más mínima idea.
—Tampoco sé nada —Harry le respondió también a ella—, aunque creo que comienzo a hacerme una idea.
— ¡No es posible! —exclamó Narcisa, intuyendo exactamente lo mismo—. ¿Usted cree que sean capaces de hacernos esto?
—Sí, señora Malfoy, los creo muy capaces de hacerlo —le respondió divertido.
—Por Merlín, Morgana y toda la corte celestial mágica… —exclamó Narcisa llevándose la mano al pecho, aunque se miraba más resignada que enojada.
Entonces, la coordinadora les llamó a todos y les había llevó al interior de la capilla. Efectivamente, allí estaba instalado un elegante altar hecho con telas de chifon, flores y velas flotando en la parte superior y los ubicó en sus respectivos asientos. Narcisa caminó junto a Harry murmurando:
—No es posible… no es posible...
Había música clásica de fondo y cuando el reducido grupo estuvo sentado, la puerta trasera se abrió y los asistentes pudieron ver entrar a la pareja. Sus trajes tal vez no eran tan formales como la primera vez, pero la pareja irradiaba felicidad. Hermione se miraba radiante del brazo de Draco. Las exclamaciones de sorpresa y los aplausos no se hicieron esperar.
La Cantata 147 de Bach comenzó a sonar, y la pareja avanzó por el pasillo hacia el altar. Mientras caminaba, Hermione recordó lo triste que se había sentido esa noche cuando regresó sola a su apartamento. Pasado todo el pandemonium en la radio, ella se había ido lo más rápido posible. Dudó entre acostarse temprano o sacar una botella de vino y ahogar la tristeza con ella. Lo que no quería era seguir pensando en Draco y en lo que podría haber sido.
Se decidió por acostarse temprano y se había ido al cuarto de baño, para sacar de su neceser lo último que le faltaba de sus cosas personales. Y allí, al fondo, lo descubrió: Era un primorosa cajita de música, que sacó con mucho cuidado para colocarla sobre su tocador. Cuando la abrió, encontró la nota:
Para que decidamos sobre nuestro matrimonio, sin testigos y bajo nuestros propios términos. La caja musical es un traslador. Se activará a la medianoche.
Draco
Hermione había visto el reloj: las once y treinta. Había corrido a cambiarse de ropa y a arreglarse para no causarle a Draco mala impresión. La cajita comenzó a vibrar puntual a las doce. La tomó y sintió el característico tirón a la altura del ombligo. Llegó a un elegante y amplio loft. Se sorprendió cuando alcanzó a ver por la ventana la Torre Eiffel. Estaban en el apartamento que Draco tenía en París.
—¿Draco…?
El ruido del descorche de una botella de champaña le hizo pegar un salto y girarse con rapidez. Vio a Draco en la terraza, sirviendo las copas. También se había cambiado de ropa y se miraba muy complacido de verla allí con él. En realidad, era un voto de confianza el que ella le estaba dando, al tomar un traslador sin saber adónde la llevaría, iba a ciegas pero con la certeza de que él jamás la lastimaría.
—¿Brindamos por nuestro divorcio? —había preguntado ella cuando llegó junto a él, lo había dicho con ironía pero con una sonrisa juguetona en los labios.
—Si quieres. O si lo prefieres, brindemos por el inicio de una relación de verdad —le había respondido Draco.
—Sí —había aceptado ella—. brindemos por lo segundo
Chocaron sus copas y bebieron. Draco entonces le quitó la copa de la mano, puso las dos en la mesa y sin reprimirse más la besó. No eran los tiernos y tímidos besos que se había dado frente a un reportero. Había sido un beso posesivo y hambriento, que dejaba salir todo el deseo que los dos habían reprimido durante esas semanas. Esa misma noche, hicieron el amor por primera vez y sellaron un pacto de amor que esperaban, duraría toda la vida.
Habían salido de la ciudad casi todas las semanas y Hermione se las había arreglado para despistar incluso a Harry, que a veces parecía un sabueso olfateando sus talones. Se habían encontrado principalmente en París, pero como Draco era más romántico de lo que le gustaba admitir, también habían rentado en un par de ocasiones The Seaglass, reviviendo su luna de miel.
Habían logrado mantener su relación en secreto pero a los seis meses habían decidido que era tiempo de volver a hacerla pública. Inventar excusas se les estaba volviendo algo complicado, pues los amigos de ambos comenzaban a preocuparse por ellos.
Así que habían organizado esta boda, justo en la misma fecha en que el año anterior se habían embarcado en la aventura de Corazón de Bruja. No era muy práctico tener varias fechas de aniversario, le había asegurado Draco a Hermione cuando miraban el calendario para decidir la fecha más adecuada. Hermione había estado de acuerdo.
—Estimados familiares y amigos, estamos aquí reunidos para renovar los votos matrimoniales de Draco y Hermione —comenzó el oficiante de la ceremonia, dando la bienvenida.
Ellos habían decidido que no querían una ceremonia larga, por lo que después de un breve discurso y un par de lecturas, llegaron al intercambio de sus votos matrimoniales y esta vez, no fue una simple repetición de las palabras tradicionales, como había sucedido el año anterior. Estaban de pie uno frente al otro, tomados de la mano, los ojos de Draco se miraban de un gris brillante cuando dijo sus votos:
"Prometo alentar tu sed de conocimiento,
Porque eso es lo que te hace única y maravillosa.
Prometo alimentar tus sueños,
Porque a través de ellos tu alma brilla.
Prometo enfrentar juntos nuestros desafíos,
Porque no hay nada que no podamos enfrentar si nos mantenemos unidos.
Prometo ser tu compañero en todas las cosas,
Prometo amor y confianza totales,
Este es mi voto sagrado para ti, mi igual en todas las cosas".
Hermione sentía la garganta cerrada por la emoción, se aclaró la garganta para poder decir sus votos.
"Draco, el mejor tipo de amor es aquel que despierta el alma
Aquel que nos hace aspirar a más,
Aquel que nos enciende el corazón
Y nos trae paz a la mente.
Eso es lo que tú me has dado y
Lo que espero darte siempre.
Prometo caminar junto a ti,
Amarte y honrarte
Por siempre".
Intercambiaron los anillos y sin esperar las indicaciones del oficiante, Draco besó a su radiante esposa.
Hoy celebrarían en la intimidad con la familia y los amigos. Mañana se lo contarían al mundo. Juntos.
