1974. Noviembre

Estaba como siempre, salvo las veces que lo acompañaba Lily, haciendo sus deberes en el Gran Comedor. Tristemente en esta escuela tampoco había encajado y seguía siendo el bicho raro para todos. Especialmente martirizado por los chicos que conoció primero en el vagón del tren.

Triste suerte la suya. Para colmo, James Potter no dejaba de aletear sus plumas como un pavo real cuando Lily estaba cerca, algo que le parecía del todo ridículo. Ella se merecía a alguien mejor. Si él era un auténtico grano en el culo sus tres amigos no le iban a la zaga. Especialmente Sirius Black, le dejó bien claro el desprecio que sentía por él al expresar sus deseos de pertenecer a Slytherin.

No podía negar que Black era todo lo que él no era, guapo, elegante y popular. Cualidad que no dejaba de restregarle en cada momento que tenía ocasión. Tampoco entendía el motivo de tanto odio a su persona, pero bueno, no es que fuera la primera vez que alguien lo odiara tanto.

En secreto soñaba con ser su amigo, que le mostrara esa misma camaradería que se gastaba con los otros tres. Muy avergonzado se reconoció que quería ser importante para él y no solo un objetivo del que burlarse.

En días como aquel se hacía la promesa que destacaría en algo en lo que el chico no pudiera dejar de admirar. Era uno de los mejores estudiantes de la escuela, si es que a alguien le importaba. Al parecer, no.

Justo en ese momento pasó un libro volando a toda velocidad derribando el zumo de calabaza que había junto a él, esparciendo todo su contendido encima de su pergamino. Bufó fastidiado mirando hacia donde se dirigía el libro, cómo no, Potter que no se dignó ni a mirarlo pero no dejaba de reír.

Lanzó un hechizo de limpieza sobre su pergamino pero había quedado arruinado para lo que él consideraba un buen trabajo digno de entregar. Agarró sus cosas y se dirigió a la biblioteca, al menos allí esperaba encontrar más calma.

Ese día tenía clases de pociones con Gryffindor, aunque odiaba estar con esos cuatro también podía estar con Lily y a decir verdad delante de ella se solían comportar mejor. Además era su clase favorita, el profesor Slughorn era bueno con él y le había invitado a formar parte de sus célebres cenas del Club de la eminencias. Estaba orgulloso de ellos aunque también se daba cuenta del interés que tenía el profesor tras ello, no era tonto. Y no es que lo pasara de maravilla con el resto de celebridades pero al menos estaba en un club en el que los cuatro fantásticos no habían podido entrar.

Pociones era una de sus materias favoritas, el profesor Slughorn le había dicho que tenía un talento especial para ello y que sería un gran creador de pociones.

Le gustaba imaginarse a sí mismo creando pociones para San Mungo. Siendo reconocido y rico sin tener que llevar todo prestado y remendado como el libro de pociones que tenía ante él en ese momento.

Al terminar la clase Slughorn le pidió que se quedara, cosa bastante común. Pero en este caso había otro alumno que había sido requerido para quedarse, Sirius Black. Con suerte uno de los peores alumnos de esa clase. No se le veía contento pero sí arrogante como siempre. Ese corte aristocrático no le dejaba nunca, aunque se empeñara en llevar la ropa toda mal colocada a posta.

—Señor Snape, tengo que pedirle un gran favor, que dada su generosidad no tendrá problema en aceptar—dijo el profesor con su vocecilla cantarina—. La madre del señor Black es una gran amiga mía y me ha pedido encarecidamente que le busque un profesor particular a su queridísimo primogénito.

La cara de Black fue adquiriendo todas las muecas inimaginables, pasó del desdén al asombro terminando por la rabia.

—Jamás—sentenció Black—. Quejicus, no.

Severus estaba casi disfrutando el momento, a pesar de estar casi tan sorprendido como el otro. Hubiera reído a mandíbula abierta si fuera dado a ello. Jamás hubiera pensado en una situación tan estupenda para demostrarle a Black que estaba por delante de él. Magnífico, al fin su suerte parecía estar cambiando.

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"Jamás, jamás, jamás, jamás" era el mantra que se repetía Sirius, pensando que repitiéndolo la situación desaparecería.

Lo seguía repitiendo mientras el otro chico iba recogiendo todos los materiales que iban a necesitar para crear la poción. Se le veía en su salsa, claro está, si le hubiera mirado, pues Sirius tenía la mirada fija en un punto indeterminado de la pared. Mucho más interesante esa pared que mirar al estúpido arrogante de Snape.

En un momento dado tuvo que cortar su mantra interrumpido por la insoportable voz de la sanguijuela.

—Me da exactamente igual lo que haya dicho Slughorn, no pienso hacer nada de lo que tú digas, Quejicus.

Éste lo miró con su clásica mirada impasible, ¿había vida en ese gusano? Nadie podía estar tanto tiempo sin cambiar de expresión, ciertamente le ponía los pelos de punta.

A lo que Snape, no dijo nada, colocó todos los ingredientes delante de él y fue recitando el nombre de todos;?después las cantidades que estaba usando, cómo remover la varita e infinidad de cosas que a Sirius le traían sin cuidado, no pensaba realizar el mínimo intento.

Sin darse cuenta, pasaron dos horas, Snape, no había dejado de hablar para sí mismo mientras iba realizando cada paso de la poción.

Una vez acabada recogió sus cosas y se fue sin decirle nada a Sirius.

Éste imaginaba que ahí quedaba todo, que no tendría que volver a estar con el Slytherin, pero cuán equivocado estaba. A partir de ese momento todos los miércoles después de clase estaban destinados a sus "clases particulares", habían adoptado el mismo modus operandus, Sirius miraba la pared, Severus hablaba en voz alta.

Hasta la cuarta "clase" Sirius no se dio cuenta que aquellos miércoles dormía mucho mejor, y que en el fondo la voz de Snape le relaja. Por ello, en la siguiente clase no dejó de lanzarse pequeños encantamientos que interrumpieran constantemente el trabajo del chico. Le daba rabia que Quejicus tuviera el más mínimo poder sobre él, aunque fuera positivo.

Tuvo que reconocerse que el chico tenía paciencia ya que siempre continuaba aunque tuviera que empezar desde el principio.

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No sabía ser poseedor de tantísima paciencia, pero también descubrió que tener a Black en esa tesitura, le gustaba. Absurdamente disfrutaba de esas dos horas los miércoles. Por un lado le demostraba su maestría con las pociones y por otro, aunque jamás de los jamases lo reconocería ante nadie, le gustaba estar con el chico, que le dedicara su atención o no atención.

Lo cierto, es que aunque Black no se daba cuenta había mejorado algo en pociones, Severus estaba seguro que algo de su método pasivo le estaba sirviendo, y en parte se sentía orgulloso.

Uno de esos miércoles, cuando estaban en el aula de pociones realizando una poción que habían visto esa semana en clase, Black se aproximó al caldero.

Severus se tensó un poco, ya que no sabía cómo iba a actuar el Gryffindor. Sólo se quedo parado junto a él, así que continuó realizando la poción.

—¿Por qué usas Dictamo?—dijo tranquilamente mientras ojeaba las instrucciones de la poción—. No viene aquí.

—El dictamo tiene cualidades antihemorrágicas, al usarla en esta poción potencia sus cualidades renegadoras.

Black le seguía mirando, mientras el otro seguía con la poción.

—¿Dónde has aprendido eso?—le preguntó interesado.

—Leyendo y practicando—sonrió para sí Severus—. No siempre salen a la primera.

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Sirius estaba sorprendido, bueno una cosa era que Snape tuviera facilidad con las pociones, ¿pero que las mejorara?, no pensaba que ningún chico de su curso tuviera esa capacidad, y a decir verdad, no creía que los de cursos superiores la tuvieran.

Pero lo que más le asombró, y le tenía paralizado, fue esa pequeña sonrisa que nunca había visto en su pálida cara. Era como si acabara de descubrir a otra persona dentro de él, alguien a quien nunca había visto. Alguien que sí quería conocer, estaba algo desconcertado, no esperaba querer llegar a conocer al Slytherin, ni a nadie que tuviera que ver con esa casa.