1981 Agosto I

Estaba agotado, no sabía cuantos días llevaba sin dormir realmente. Pero no era el único, todos los miembros de la Orden estaban exhaustos, seguían luchando, siempre seguirían luchando hasta su último aliento.

Estaban cercados, se sentía acorralado, pero no estaba en su naturaleza rendirse. Habían estado siguiendo la pista de un grupo de mortífagos, del círculo personal de Voldemort y esto les había llevado a las afueras de Elestead en Surrey. La casa que habían estado vigilando parecía abandonada pero habían descubierto que era un hechizo desilusionador, aquello parecía algún tipo de cuartel general.

El problema fue que sin saber cómo fueron detectados antes de llegar, por la cabeza de Sirius pasó que entre los miembros de la Orden pudiera haber un traidor, no era extraño en esa época tener al gusano infectando la manzana. Aquello le olía demasiado a emboscada, tenían que salir de allí y buscar al topo.

Pero lo prioritario en ese momento era salir con vida, se habían separado para hacer separarse a sus perseguidores; pero sin la ventaja del factor sorpresa le daba la sensación de que los estaban conduciendo como el ganado hacia un punto deseado. Los hechizos volaban pero curiosamente ninguno hacia presa, aquello era extraño y no le daba buena espina.

Temió por sus amigos, especialmente por Remus y Peter, James y Lily estaban escondiendo a Harry, aquella maldita profecía pendía sobre ellos ahora, por eso era fundamental que derrotaran cuanto antes a esos fanáticos.

Sintió una maldición volar a milímetros de su oreja, por poco, pensó, lanzó a su vez una en el sentido en el que había venido, pero nadie había ya allí. Estuvo tentado de adoptar su forma animaga y camuflarse tras el follaje, pero no veía al enemigo y no quería desvelar su as en la manga sin estar plenamente seguro de no ser observado.

Escuchó un grito desgarrador y por inercia se paró congelado, ¿de quién había sido?, con el corazón congelado sintió que aquel había sido de Peter, le habían pedido que no fuera, él no era un mago para la acción, pero se había negado queriendo acabar de una vez con esos malditos mortífagos. Sirius sabía que era mala idea, pero admiraba la valentía del pequeño de todos; Remus y él siempre se lanzaban a misiones prácticamente suicidas, pero Peter había demostrado que el sentido común había abandonado a los Merodeadores.

Sin pensarlo un segundo, salió corriendo hacia dónde él había creído escuchar el grito, un rastro de sangre congeló la suya propia, pero allí no había nadie, sólo la varita de Peter yacía en el suelo. Sin duda, había sido capturado, sabiendo que lo más lógico sería que lo hubieran llevado de vuelta a la casucha, corrió todo lo que pudo hacia atrás, nadie parecía seguirlo, todo en su cabeza decía que era mala idea, pero no dejaría a su amigo atrás, jamás.

Lo que vio al llegar a la entrada le congeló en el sitio, Severus Snape, sus ojos negros le escrutaron con la misma estupefacción que él estaba sintiendo. Sus caminos se habían separado y aunque él había aceptado que su futuro no era con él, había deseado que no se hubiera unido finalmente a ese demente.

Snape tenía sujeto al pequeño Peter apuntándole con su varita, maniatado y sangrado su amigo parecía apunto de desmallarse. Sirius levantó su propia varita, pero antes de poder lanzar ningún hechizo, una potente Semptule atravesó las costillas derribándolo en el sitio.

Sirius no notó la presencia de nadie más pero escuchó las risas a su espalda, tenía que huir, tenía que llevarse a Peter, con esa herida no podía aparecerse y arrastrándose intentó internarse en el bosque.

Los mortífagos no parecieron darle mucho crédito, Sirius tan solo podía arrastrarse, les notaba andar tranquilamente tras él, pero para sorpresa de todos, Peter se zafó y atacó a sus perseguidores ofreciéndole la posibilidad de huir. No podía ir lejos, pero con el mínimo de fuerzas que le quedaba se guareció bajo el hueco de un árbol.

Las heridas eran profundas, necesitaba curarlas pero aún tenía tras él a cinco mortífagos, Peter había demostrado que era digno de llamarse su amigo, nadie confiaba en que pudiera ser una amenaza y eso le valió poder huir.

Las esperanzas se diluían como la sangre que perdía sobre la seca tierra bajo su cuerpo, se desangraba.

Lo que no esperaba fue lo que sucedió a continuación. Unos ojos negros como una noche sin estrellas levantaron las ramas en las que él se escondía, reconociéndole quiso atacar pero realmente se encontraba al borde de la inconsciencia. Su plan había fracaso, el enemigo le tenía y sabía que no había mago o bruja que volviera, aquello era una sentencia de muerte.

Pero Snape, le apuntó con su varita y en no más que susurros de sus labios salió una dulce melodía, acompañando a un hechizo, podía ver cómo este entraba por su costado reparando el daño causado. Sirius cayendo casi en la inconsciencia miraba la cara concentrada del pelinegro, hacía años que no lo veía y esta situación le recordaba a una vivida dentro del castillo cuando él mismo fue herido por tratar de defenderlo de Remus.

En un determinado momento todo era negro, como el pelo de Snape, como sus fieros ojos, pero aunque Sirius era un luchador nato, se dejó mecer en esa negrura.

-x-

Cuando abrió los ojos un fuerte dolor en las costillas fue lo primero que notó, se llevó una mano al costado conteniendo una exclamación de dolor, aquel dolor le puso en guardia recordando la emboscada de Elestead, los mortífagos, Peter, y finalmente Snape.

Intentó levantarse pero una mano contra su pecho se lo prohibió, entrando en su campo de visión, su último recuerdo entró en aparición.

El jodido Severus Snape le indicaba con uno de sus largos dedos sobre sus finos labios que mantuviera silencio. Sus ojos señalaron al techo donde pudo escuchar un nutrido grupo de pisadas y conversaciones.

Todo le decía que estaba en el cuartel general que habían descubierto, cómo y porqué estaba al cuidado de Snape le era del todo desconocido. Pero por una vez, obedeció, James se hubiera reído de él, ya que todos decían que no era capaz ni de seguir las órdenes del mismísimo Dumbledore... exageraciones, si alguien le preguntaba.

No sabía cuanto tiempo llevaba inconsciente pero sus pensamientos se distrajeron en el recuerdo del hechizo "canto" de Snape, si no fuera por lo débil que se encontraba juraría que había enrojecido como una Hufflepluff.

No tuvieron que esperar mucho para que las pisadas se alejaran del techo que ellos ocupaban, Snape le lanzó una mirada evaluadora, parecía haber duda en sus ojos.

—Estás tan herido que difícilmente podrías mantenerte vivo para huir—dijo seriamente—.Tienes dos opciones, Black. O te quedas aquí callado y quieto o te lanzo un desmaius.—Su rostro mortalmente serio no daba lugar a dudas, su situación no era ninguna broma.

—Me quedaré callado—dijo con poca confianza en sí mismo.

El pelinegro no se la jugó y le lanzó un Silencius, al parecer daba por hecho que Sirius sería incapaz de levantarse.

Y no se equivocaba, en cuanto salió por la puerta intentó ponerse en pie, si no hubiera estado silenciado el grito mudo que escapó de sus labios hubiera alertado a todos los de la casa. Decidió obedecer pues no encontraba las fuerzas para nada más.

Esta vez la pausa fue mucho más larga, quizás hubiera vuelto a dormirse, no estaba seguro, pero la puerta volvió a abrirse; no, nada de aquello había sido un mal sueño, la obsesión de sus años escolares aparecía de nuevo en escena, y si tenía que hacer honor a la justicia, lo encontraba arrebatador en sus ropajes negros y en el tono masculino que había adquirido en esos años.

Este se aproximaba lentamente, no era momento para esos estúpidos pensamientos, estaban en mitad de una guerra, herido y prisionero, y si habían sospechado de su pertenencia al bando contrario ahora era una realidad.

Lo que no entendía es por qué le tenía allí ¿protegido? Desde aquel día en Hogsmeade cuando confirmó que Snape tenía algo más que un trato cordial con el peliteñido de Malfoy no habían vuelto a hablar. No iba a negar que había sentido como su corazón, ese que no había dado a nadie en sus 15 años, se había roto en mil pedazos. En su forma perruna corrió por horas, se sentía mas libre para gimotear y aullar a la nada. Le había costado semanas convencer a Remus de que él no había tenido nada que ver, el amor que parecía sentir por el pelinegro y el descubrimiento de su licantropía, no habían tenido relación.

Sabía, aunque le costó tiempo y orgullo aceptarlo, que entre ellos fue prácticamente imposible que hubiera algo, años de humillaciones no iban a salvarse por sus tontos sentimientos venidos a destiempo.

Él había elegido a Malfoy, el cabrón era atractivo y le ofrecía mucho más que él. Pero también le había ofrecido un lado oscuro, siniestro y equivocado, y con él se lo llevaría sin que Sirius pudiera remediarlo.

Aquello pareció la gota que colmó el vaso de Lily, ellos habían compartido los veranos, por lo que les contó posteriormente la pelirroja, pero ese verano Snape había desaparecido sin darle ninguna explicación, a comienzos del siguiente curso, ella seguía luciendo triste, y contra todo pronóstico James tuvo el valor de hablar con ella seriamente.

Dejó de lado su interés romántico y le brindó su amistad, salvo por sus corredurías en noches de luna llena, el cuarteto había pasado a ser quinteto,y ante sus ojos había visto nacer un amor como el que él jamás había soñado poder alcanzar.

Muestra de aquello era el pequeño Harry, su "ahijado" aún sentía su pecho hincharse por el orgullo y amor que sentía al mirarlo. No más que un infante, ahora una pesada espada pendía sobre su inocente cabecita. Ya no era sólo por el bien, lo justo y los derechos, era por ese niño que les había robado el corazón.

Pero nada podía hacer ahora cuando se encontraba silenciado y herido de gravedad en las manos de su enemigo. Sirius inconformista por naturaleza no iba a rendirse, saldría de allí con vida, y si no era el caso se llevaría a todo el que pudiera por delante. Aquello le sacó una sonrisa.

—Siempre he pensado que no andabas bien de la cabeza, Black, pero no puedo llegar a comprender que puedes encontrar de esta situación divertido—sentenció el mortífago.

-x-

Severus nunca había entendido la psique de aquel sujeto, y verlo sonreír en aquellas circunstancias le desconcertaba, su estado era grave pero no como para hacerle perder la cabeza hasta ese extremo. Al menos eso esperaba.

Reconocía que verlo aparecer fue un shock, le habían dejado a Pettigrew, dudaba que el estúpido andara solo en aquella misión, pero todo sucedió demasiado rápido.

¿Por qué le había curado cuando lo halló herido? ¿Por qué le tenía oculto en su habitación dentro del cuartel? Se dijo que por su trato con Dumbledore, pero no era estúpido, en ese trato sólo estaba implícita la información no la acción. Él nunca había intercedido por ningún prisionero o víctima de la secta a la que pertenecía.

Su papel nunca había sido activo, él se encargaba de la elaboración de pociones y la creación de hechizos indetectables por el Ministerio. Sin ser realmente vinculado al bando de Lord Oscuro, le había sido sencillo espiar para él. Nunca había entrado en combate directo ni había matado a nadie. No aún.

Notaba como la soga se cerraba al rededor de su cuello, y aquella estúpida profecía lo había cambiado todo, la escuchó sin realmente querer, pero llegados a ese punto comenzaba a pensar que nada pasaba por azar. Él había estado allí, la había trasmitido antes de darse cuenta de a quién estaba señalando con su invisible dedo.

Había servido a Lily y su pequeño en bandeja de plata, en secreto y en la distancia, nunca había dejado de amar a su amiga. Agradecido por que hubiera encontrado el amor en los brazos de Potter, se había ocultado en las sombras.

Pero de nuevo la exponía, la señalaba por un error de cálculo, no era tan inteligente como él se había creído. Desesperado por la culpa y el miedo, hizo lo único que pudo. Dumbledore había sido testigo de dicha profecía, y sabía que los temores de Severus no era infundados, el viejo loco, aquel que le había dado la espalda frente al cuarteto de Gryffindors era el único mago capaz de frenarlo.

El pago por no llevarlo ante el Ministerio, unirse a ellos, espiar para ellos, ser un traidor... ¿es que acaso ya no lo era?

¿Realmente comulgaba con aquel grupo de fanáticos? No podría más que llamárseles secta, pero también sabía que entre ellos no existía la deserción sino la muerte. Comulgara con el Lord Tenebroso o no, no negaba su oscuro poder, que cada día era más inmenso. Si en un inicio las ideas que ellos confesaban le parecieron acertadas, la guerra que lidiaban las habían retorcido, nada justificaba el placer que obtenían en torturar muggles, en doblegar magos y brujas sangresucias.

Unos ojos grises que a veces le acechaban en sueños ahora le reclamaban volver a darle su voz, Sirius Black.

Antes de hacerlo le observó por unos segundos más, aquello iba a ser su perdición, no debería tenerlo allí, no era un lugar seguro, lo que dudaba es si era sólo por los mortífagos que se hallaban sobre sus cabezas.

Ese hombre que tenía ante sí le había amargado sus años escolares, hasta su última broma final, su estúpido encaprichamiento. Lo que había sentido en las contadas ocasiones que se habían tocado aún le perseguía, como un fantasma; un fantasma herido y aún así, condenadamente sensual tumbado sobre su cama.

Si en sus años escolares había sido un cabrón atractivo, ahora convertido en un hombre había escalado de nivel, siempre había habido algo salvaje en él, pero ahora lo exudaba a raudales.

Con un finite la voz volvió al moreno, había acertado en asegurar que sería incapaz de levantarse, sus heridas aún eran graves. No podría aparecerse y antes de poder hacerlo tendrían que salir de esa casa, nadie sin la marca podía hacerlo desde dentro.

Realmente se encontraba en un serio problema con Black allí.

—He de reconocer que he vivido situaciones extrañas para llevarme a la cama—dijo el moreno con un tono burlón y absolutamente seductor—.Pero la tuya, Snape, es sumamente efectiva.

Solo ese tremendo estúpido podría bromear en un momento así, y sólo un estúpido como él mismo podría haberse endurecido con sus palabras.