1981 Agosto III
No podía permitirse el lujo de ausentarse mucho de su laboratorio, 1) tenía una poción que terminar, 2) tenía un estúpido Gryffindor herido en su cama que se propasaba por las noches.
Estupendo, Severus sabía cómo complicarse la vida. No quería realizar aquella poción y no quería tener invitados en su cama. Gracias.
Por lo que sí daba gracias era por la paranoia de Voldemort de no confiar en los elfos domésticos, estos seres podrían haber entrado en su laboratorio e informado al amo de la casa sin que él hubiera podido hacer nada.
Con un plato en la mano, lleno hasta arriba, se dispuso a afrontar a Black, sería lo suficiente venenosos para mantenerlo alejado, eso siempre funcionaba.
Cuando de nuevo entró en la habitación se encontró con que Black no estaba en la cama, ¿el muy cabrón había escapado? No era consciente del peligro que corría, sería atrapado, aquella casa estaba bien dotada de alarmas para todo aquel que no portara la marca, necesitaba de un marcado para entrar o salir de ella. No sólo se exponía a sí mismo, sabrían que alguien lo había dejado entrar, nada que el Veritaserum no aflojara, Severus tenía un nuevo frente abierto. Pero se tranquilizó al oír ruido entre sus calderos.
Un sonoro golpe no podría más que ser él, que lo miraba saliendo de detrás de un estante con cara de culpable.
—Black, eres un inepto—le dijo fríamente—.Mantente alejado de mis cosas si no quieres provocar una desgracia.
El nombrado salió a paso lento de aquel área, llevando al descubierto todo su torso, ¿Cuándo se había quitado la camisa? ¿Por qué tenía que ser tan jodidamente perfecto? Todo su torso estaba cincelado en finos músculos que se sumergían bajo sus caídos pantalones. Intentándose recomponer de semejante visión sin parecer una animal en celo, Severus dejó lo que llevaba en las manos.
—Comida—dijo señalando el plato. En ese momento las tripas del ex-Gryffindor rugieron haciendo honor al nombre de su casa.
El moreno se aproximó al plato, y a pesar del hambre que debía tener se paró a inspeccionar la comida, tan solo le faltó olisquearlo, oh, bien, acababa de hacerlo. Se podía imaginar perfectamente al enorme perro negro en que era capaz de transformarse el animago.
—El día que decida envenenarte, Black—le dijo rodando sus ojos—.No seré tan obvio.
El moreno tan solo le dedicó una de sus sonrisas perrunas y comenzó a comer con escasos modales, si alguien le preguntaba.
—Come y duerme—le dijo seriamente—.Si necesitas un baño está tras esa puerta—dijo mientras se dirigía hacia sus pociones, gracias a Merlín el alcornoque de Black no las había echado a perder.
Maldita poción y maldito Voldemort, y maldito Black que comía como una bestia.
—Sapeehh—dijo Black con la boca llena, Severus volvió a rodar sus ojos, por algo le gustaba estar solo no tenía que soportar a nadie haciendo ruidos que querían asemejarse a su nombre.
Se giró de mal humor y con la paciencia pendiendo de un hilo, un hilo muy fino, tan fino que cortaba.
—Gracias—dijo ya sin comida en la boca Black.
Pestañeó, su mirada gris era completamente limpia y sincera, una sonrisa en sus labios, la que un amigo te dedicaría, le cruzaba el rostro. Severus prefería al perro impertinente, con este no sabía que hacer.
Black dio otro enorme bocado, mientras sonreía de una manera muy boba.
—En mortifalandia sabéis como preparar un auténtico rostbeef—dijo con toda la boca llena.
Severus tan solo bufó dándose la vuelta para encarar sus calderos, fuera de la mirada de Black se permitió una pequeña sonrisa, realmente él era una gran cocinero.
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Comía aquel plato delicioso que le había traído Snape mientras lo veía inclinado cual cuervo sobre sus calderos, realmente era concienzudo, él hubiera sido incapaz de concentrarse con él a sus espaldas observándole.
Como le había dicho, comer y dormir; realmente estaba agotado y eso que llevaba todo el día anterior durmiendo. Eso le llevó a rememorar el calor entre sus brazos de esa mañana, ¿dormirían nuevamente juntos?
Por las ojeras de Snape pensaba que no eran muchos los días que se permitía dormir una noche entera, la imagen de ellos dos acurrucados en el camastro le pareció tremendamente tentadora.
Le apetecía darse una ducha y volver a dormir, aunque fuera solo...
Aquel baño era austero como su dueño, una simple pastilla de jabón, un par de toalla. Una larga ducha caliente le hizo desentumecer toda la tensión sobre sus hombros, ¿cómo demonios había acabado metido en aquel embrollo? Tenía que hablar con Snape del modo en el que le iba a sacar de allí, tan solo esperaba que ese fuera el fin del pocionista y no entregarlo en bandeja de plata.
Algo le decía que las intenciones de Snape no eran dudosas, ¿cómo lo sabía? No tenía la más mínima idea. Tan solo que habría de ser muy retorcido tomarse tantas molestias en curar a un enemigo al que al final vas a entregar. Desechó de su mente el dato de que Snape siempre había sido muy retorcido en cobrarse su venganza cuando había estado en Hogwarts.
Ordenó sus pensamientos, la única opción que tenía era mantenerse alerta, fortalecerse y escapar cuando fuera posible. Lo primero, recuperar su varita.
Salió del baño con una de las toallas atada a su cadera, su húmedo pelo hacía que gotas de agua recorrieran su pecho y abdomen.
Se plantó delante de Snape, Sirius sabía que era sexo hecho carne, lo sabía de sobra pero ver puro deseo en esos ojos negros, le hacía cosquillear la piel.
—¿Qué quieres, Black?—dijo carraspeando Snape, se le veía nervioso. Y Sirius paladeó el momento, ¿correrían sus pelotas demasiado peligro si dejaba caer la toalla? El deseo de Snape era peligroso, lo sabía de sobra.
Decidió que no era el mejor momento, aunque le encantaba ver que Snape no era inmune a su atractivo.
—Mi varita—dijo sencillamente.
—Ni lo sueñes—dijo Snape volviendo a sus notas.
—¿Cómo esperas que me asee?—dijo secamente—.Necesito afeitarme, lavarme los dientes—enumeró—y secarme el pelo, no puedo dormir con el pelo mojado.
Snape bufó como toda contestación.
—¿No querrás que me resfríe verdad?—dijo mirándose las uñas apoyando su cadera en la mesa llena de papeles, unas gotas se escurrieron de su cabello embarrando unas anotaciones del pocionista.—¿En ese caso tendrás que cobijarme más tiempo y dormir todas las noches conmigo para darme calor?—dijo inocentemente.
Snape lo fulminó con sus negros ojos, Sirius tan solo sonrió candorosamente. Sitió el chorro de aire caliente golpeándole en la cara, casi tirándolo al suelo. Snape empuñaba su varita contra él, secándole el pelo con un huracán, agradeció al menos que fuera caliente.
Su larga melena quedó seca en segundos, pero enmarañada como un matojo de espino.
—Peine—dijo molesto, él era una persona coqueta, a pesar de vivir al límite cada minuto de su existencia nada hacía tener que ir con un nido de pájaros en la cabeza.
Snape lo miró con una mueca divertida, encantado con el resultado de su obra, transformó un vial en un bonito cepillo que le dio a Sirius.
Este intentó peinarse pero sintió cómo le apretaba por dentro la herida mágica que aún tenía, se encogió de dolor apoyándose en la mesa. Snape se levantó de un salto sujetándolo para que no cayera sobre todo su trabajo.
Sus ojos quedaron conectados, a través del dolor que sentía pudo ver un rastro de culpa rondando los negros iris de pelinegro. Sorprendido lo supo, él era el inventor de ese maquiavélico hechizo, si no fuera por que él era el receptor hubiera quedado admirado. Entendía por qué le tenía allí, probablemente si no hubiera sido por su contrahechizo, él en estos momentos estaría más que muerto.
El peine en sus manos fue retirado y Snape lo acomodó en la silla. Sirius se dejó hacer aún sorprendido, notó los delgados dedos de pocionista sobre su enmarañado cabello, mientras este lo separaba para peinarlo.
Sirius no recordaba que le hubieran cepillado en pelo nunca, y era lo más placentero, fuera del sexo, que había experimentado hasta el momento. Las delicadas manos que hacía un momento estaban a punto de estrangularlo tomaban mechón a mechón, cuando las hebras del cepillo se introducían rozando su cuero cabelludo olas de cosquilleo le recorrían toda la espina dorsal erizando los vellos de su cuerpo.
Era una jodida gozada, no quería que Snape dejara de cepillarle el cabello, y este había evitado darle tirones al enmarañado pelo. Cuando sus dedos rozaban su nuca el placer era maravilloso, los pequeños gemidos involuntarios que salían de sus labios no hicieron que el pelinegro parara, por lo que Sirius dio gracias a Merlín.
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Su torso desnudo no dejaba lugar a dudas, mientras cepillaba la maraña que le había provocado, su piel erizada, la dureza en sus pezones, los gemidos casi como ronroneos que emitía, ¿cómo había llegado a eso? y lo peor de todo, no quería soltar su cabello, quería seguir acariciándolo de ese modo tan íntimo que no había conocido jamás.
Con su cabello moreno entre sus dedos, rozando la suavidad de su nuca, había cumplido con la tarea pero era incapaz de soltar la mata de pelo de Black. Cuando consiguió reunir las fuerzas para dejarlo ir, la mano del castaño sostuvo la que hasta el momento había sostenido el suyo. Era sumamente cálida, Black se giró poniéndose de pie delante de él. Y sin soltarle con su otra mano le acarició la pálida mejilla.
Sonaban alarmas en su cabeza, alarmas que debería escuchar y no enterrarlas en lo más profundo del subconsciente para poder seguir disfrutando de su piel.
La silla les separaba, pero sus ojos, como hacía años estaban completamente conectados. Severus solo quería sumergirse en ellos, besar sus labios, deslizar aquella minúscula toalla y recorrer cada centímetro de su piel.
El deseo le golpeó como una maza por todo su cuerpo, le deseaba, con locura, como cuando no era más que un niño; ahora como hombre la distancia se le hacía insoportable.
Y contra toda la lógica que había llevado con el ex-Gryffindor, bordeó la silla, y tomó sus labios. Estos le recibieron con pasión, con necesidad, notaba sus manos por su cuerpo, levantando pequeños incendios. Las suyas en sus hombros, en su pecho, en sus caderas, quería más piel que tocar, quería fundirse con él.
Black se separó para tomar aire y mirarlo, lo miraba con el más puro de los anhelos. Y atacó su boca con renovadas fuerzas. Fueron caminando a trompicones hasta la cama, mientras Black intentaba desabotonar los miles de pequeños inventos demoniacos que cubrían su túnica, desesperado la rasgó. Ambos se miraron anhelantes, a la mierda la ropa, las túnicas y todo el mundo.
Unos de los largos dedos de Severus desató la nimia toalla, mostrando el maravilloso cuerpo desnudo de Black, Severus se maldijo, jodido cabrón hecho para el pecado, lo que le faltaba por ver al pocionista del cuerpo de su amante, le hizo jadear de anticipación. Su miembro completamente duro y brillante en su punta, rodeado de suave vello moreno, terminaba con unos hermosos testículos hinchados. A Severus se le hizo la boca agua. Eso iba a ser todo suyo, y por la sonrisa que cruzó los labios de Black lo había comprendido perfectamente.
Este siguió con su tarea de desnudarlo, y su pálido cuerpo quedó en pocos instantes desnudo, su erección erguida y pulsante chocaba con la otra, el tacto era delicioso. Sus bocas volvieron a una lucha húmeda y desesperada.
—Severus—jadeó Black y notó como su nombre le recorría el cuerpo.
El pocionista no se hizo de rogar, lo tumbó sobre la cama, ambos completamente desnudos, y se sentó sobre sus caderas, dejado ambas erecciones juntas y suplicantes. Sabía que aquella imagen se le iba a quedar grabada a fuego en la memoria; Sirius Black, sus labios entreabiertos, su pelo sobre la blanca almohada, el gris de sus ojos derretidos, la roja lengua que le pedía ser acariciada. Y su dura polla rozándose con la suya, aquello lo estaba volviendo loco, y comenzó a frotarse. El duro cuerpo de Black se erizó soltando un gemido que Severus fue raudo en atrapar con su boca.
Las manos de Black agarraron sus nalgas con fuerza apretándolo contra él, Severus lo quería dentro suyo, no se iba a conformar con frotamientos juveniles como en el pasado, lo quería dentro de su culo y a no mucho tardar. Se elevó sobre sus rodillas y se empaló a sí mismo contra la dura carne de Black.
Los ojos grises lo miraban derrotados por el deseo y la sorpresa, y Severus dejó escapar un jadeo lleno de placer y de dolor, pero nada era comparable a la plenitud que sentía en ese momento. El moreno no se hizo esperar, y comenzó a mover sus caderas para entrar y salir de él. Sentía que perdía el control de su cuerpo, ahora ya no le pertenecía en lo absoluto. Era dueño aquel que le tenía agarrado fuertemente, el que se mecía de un modo salvaje dentro de él.
Este se incorporó hasta quedar prácticamente sentado, aprisionando su erección con el plano vientre, le atrapó la boca, para beber su placer, mientras estocada a estocada le iba moldeando a su gusto.
—Mírame, Severus.—No había sido consciente de que había cerrado los ojos, la cara de Black estaba en éxtasis, el ritmo era salvaje, Severus no iba a poder aguantar más, en cada una de ellas tocaba su próstata haciéndole llegar al culmen del placer.
—Sirius—se escuchó a sí mismo—.Sirius...
Notó como el líquido caliente los regaba a ambos y la vida se le escapaba en esos segundo, uniéndolo con su amante. Este, aceleró más el ritmo si era posible y se derramó en su interior, besándolo con pasión.
No sabría decir cuánto tiempo estuvieron así, sus respiraciones entrecortadas, él sobre el pecho de Black con su miembro saliendo de él. Poco a poco fue siendo más dueño de sí mismo. Su entrada pulsante, el semen que aún les manchaba a ambos, el aliento de Black en su cuello, sus brazos rodeándolo sin fuerza pero firmemente. Sus corazones buscando el ritmo para calmar sus pulsaciones, uno junto al otro, notaba su pecho subir y bajar. Y fue consciente de lo que habían hecho, no se arrepentía. Pero quería tomar distancia, volver a ser él mismo.
Cuando estaba separándose, sus ojos conectaron.
—¿Dónde crees que vas?—le dijo con la voz ronca, sus manos aún posesivas sobre su cuerpo—.No he acabado contigo.
Una mirada, su roce y esas palabras y volvía a estar listo para la acción.
—Eres insaciable, Black—le dijo divertido, no podía engañarle teniendo en cuenta que él mismo lucía una erección de campeonato.
Por toda respuesta obtuvo la polla de Black húmeda frotándose entre sus nalgas. Y el vértigo volvió a comenzar.
Manos, lenguas, jadeos.
Black tomando su polla en su boca y este en la suya.
Dedos, brazos, piernas.
Black otra vez dentro de él. Y nuevamente siendo suyo, maleable y ardiente.
Había perdido la cuenta de sus asaltos, de las caricias y arañazos prodigados. De su olor impregnado en su piel.
Quedaron dormidos, uno en brazos del otro, sudorosos, cansados y saciados.
