1981. Agosto IV
Sirius abrió lentamente los ojos, entre sus brazos el cuerpo caliente de Snape seguía dormido. Lo que había sucedido ese día lo recordaría por toda su vida.
Aquel hombre inaccesible, había sido suyo, numerosas veces. El hielo se había fundido entre sus manos y había descubierto toda la pasión y fogosidad que podía albergar. Y no quería dejarlo pasar, no quería soltarlo. No, por fin habían podido estar juntos.
Probablemente se resistiría, si algo conocía a Snape, sabía que era un ser solitario y en buena medida atormentado por lo que hacía. Lo había visto sobre sus calderos, y no había esa pasión, esa cierta alegría de la que había gozado en sus años escolares.
Era un tonto romántico, sí, en el fondo, aunque todos los tuvieran por un auténtico Casanova, él siempre había amado a la persona que tenía entre sus brazos. Como un amor platónico que sabía nunca llegaría a suceder y cualquier otra persona no podía igualar.
¿Cambiaba algo lo que había sucedido? Quería creer que sí, esperaba que sí. Estaban en guerra, en bandos opuestos, o al menos eso había pensado hasta esos días.
Sirius era un luchador nato, había luchado contra su familia, contra su clase social, contra ese grupo de elitistas de sangre. Y luchar por el amor de una persona ¿no era el mayor y mejor motivo de lucha?
Curiosamente se encontraban en la misma posición de cucharita en la que suponía que habían amanecido la mañana anterior, con la diferencia que el tibio cuerpo seguía entre sus brazos, y su dura erección matutina contra las nalgas que habían sido suyas durante todas aquellas horas.
Una corriente magnética le recorrió el cuerpo ante el recuerdo, ante la presión de su miembro contra la suave piel del pocionista. Él sabía que aquella hendidura era su santuario, donde quería rezar día a día, hora a hora, mientras le dejara. Y llevado por esos pensamientos cortó el poco espacio que había entre sus cuerpos, su erección se hundió en la suave carne de las nalgas del pelinegro, las notaba cálidas y algo resbaladizas. Recordaba como no le había dejado limpiarse, quería que estuviera lleno de sí mismo, en un momento egoísta y erótico. Y ahora podía notar como su miembro completamente endurecido resbalaba por su entrada, invitándole, tentándole.
Poco a poco fue entrando en el ano lubricado de su amante, entre sus brazos podía notar como este se iba despertando entre espasmos de placer. Una de sus manos en su bajovientre hacía que no se moviera, con la otra, agarró su semierecto pene.
—Eres mío—le susurró al oído cuando todo su miembro estaba dentro—.Mío.
Snape no dijo nada, estaba entregado al placentero despertar que le estaba brindando. Nada de café y tostadas, su polla dentro de su culo y masturbándolo lánguidamente.
Le encantaba que se rindiera a su deseo, que fuera libre y suyo al mismo tiempo, maleabilidad enfrentada a la rigidez con la que conducía su vida.
El ritmo por suave que Sirius hubo empezado, se tornó más duro, arrancando jadeos ahogados del pocionista.
—Dilo—le jadeó al oído Sirius—.Dí que eres mío.—Cada una de esas cuatro palabras fue dicha con una estocada dura y profunda que conseguía llevar a Snape a la locura, notaba la polla hinchada y babeante entre sus manos, estaba a punto de correrse y quería oírselo decir, con su voz profunda.
—Dilo—repitió más fuerte.
—Soy tuyo...—dijo el pelinegro dejándose ir en la mano de Sirius—.Tuyo, tuyo, tuyo...
Como un potente afrodisiaco, las palabras y los músculos contrayéndose en torno a su polla le hicieron volver a regar el interior de su amante.
Recuperando el aliento aún en la misma postura, aún dentro de él, Sirius beso su cuello.
—Buenos días—le dijo aún somnoliento.
—Buenos días—contestó la ronca voz del pelinegro.
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Black aún estaba dentro de él, notaba la tensión en su ano, dilatado incontables veces a lo largo del día anterior, y aún así dispuesto para un nuevo asalto. La viscosidad entre sus piernas era buena prueba de ello, era tremendamente morboso y erótico saberse lleno de él, y como un brillo vicioso en sus ojos cuando le pidió que no se limpiara.
Malfoy era una amante correcto, y excitante, desde luego, pero la pasión, la vehemencia y la posesividad de Black le subyugaban. Le hacían blando a sus deseos, su cuerpo reaccionaba a él antes de que su mente pudiera tomar el control. Y lo sintió liberador, sin pensar, solo sintiendo placer de sus manos expertas, de su deseo desproporcionado por él.
Ahora aún entre sus brazos le costaba solo pensar en levantarse y dejar su cálido cuerpo a su espalda. Pero no podía permitirse estar otro día tumbado en esa cama. Estaban rodeados de mortífagos, que gracias a Merlín habían tenido a bien no molestarlo. Aún con las protecciones sobre la entrada, no podría no haber atendido un llamado del grupo, en el momento más inoportuno.
Pero su cuerpo no quería moverse, quería seguir sintiendo la suave caricia de los labios cálidos de Black sobre su cuello.
A pesar de todo, reuniendo toda la fuerza de voluntad que aún quedaba en él, se fue retirando del agarre del moreno. Este somnoliento se negaba a soltarlo pero sin fuerzas reales de oponer resistencia.
—Quédate un poco más—ronroneó.
Prácticamente incorporado sobre la cama, Severus se giró para verlo. La imagen desmadejada y sensual del moreno desnudo, con los labios hinchado y rojos de su batalla de besos, su cuerpo perfecto y su miembro brillante, le robo el aliento unos segundo.
Y aunque no lo dijo lo pensó "Mío, Sirius Black es mío", con una sonrisa indulgente más hacia sí mismo, acarició los suaves rizos de moreno.
—Sirius Black, no se puede estar todo el día follando en el cuartel general de los mortífagos.—¿Esa voz ronca y cálida era suya? Black le estaba llevando por oscuros caminos dentro de sí mismo.
—Eso está por ver—fue la última frase que dijo, antes de volver a quedarse dormido.
Sí, toda una visión. Severus se incorporó trabajosamente, la gravedad hizo que todos los fluidos que aún conservaba dentro de sí, fueran escurriendo por sus muslos. Una ducha le haría entrar en razón y no volver a los brazos del sátiro que dormía en su cama.
Limpio y con sus negros ropajes, nuevamente salió hechizando su laboratorio, la casa estaba en silencio, lo cual era curioso, esos días la casa estaba bastante habitada. Esta solo se hizo visible porque entre el bando de la luz había un traidor. Él desconocía quién era, pero el Lord les había informado minutos antes de que aquella emboscada les daría ventaja, su as bajo la manga. La traición.
Desafortunadamente, Severus no sabía quién de todos ellos era, y por lo poco que había escuchado en la reunión post enfrentamiento, no había habido bajas que ellos supieran. La estrategia realmente no había servido para acabar con un buen número de miembros de la Orden. Él sabía que si no hubiera auxiliado rápidamente a Black, ahora estaría muerto.
Había informado a Dumbledore de que Black estaba herido y bajo su cuidado, y sus amigos, poco los conocía, no dejarían al animago detrás, por lo que no sería absurdo pensar que atacarían. Tampoco tenía claro, qué les contaba a la Orden del Fénix el viejo. Severus sabía que la información era poder, y más que nunca en aquellos días de guerra.
Si no habían atacado ya, quizás los ánimos estaban calmados, quizás encontraron al traidor.
El Lord no tenía pensado aparecer por allí hasta la semana siguiente, tiempo que tenía Severus para acabar la poción, dudaba de que fuera posible, y tendría que volver a sufrir su ira a golpe de crucios.
Por otro lado era mucho más importante poder sacar de allí a Black. Que el resto de mortífagos no le hubieran descubierto era una ventaja, pero sabía que estando el Lord en el cuartel, ambos serían hombres muertos.
El reloj jugaba en su contra, y aún no tenía idea de cómo sacar al moreno de aquella trampa mortal.
Las barreras habían captado la entrada de Sirius, pero en el fulgor de la lucha nadie se había dado cuenta, el pocionista había hecho lo único que había podido, llevarlo a su laboratorio, contra toda lógica, sin pensar en las consecuencias.
Y ahora estas dormían desnudas y demandantes en su cama, una locura, una completa locura.
Pero en ese momento se dio cuenta, necesitaban otro ataque, o todos sabrían que había un intruso dentro una vez notaran las barreras alterarse, necesitaba una distracción para sacarlo. Un nuevo ataque, era muy arriesgado, sobre todo teniendo en cuenta que había un traidor entre ellos.
Tenía que hablar con Dumbledore, tenían que arriesgarse.
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Vio como entraba el sexy pocionista en el laboratorio, aquello de escapar estaba pasando a un segundo plano. Realmente en aquel camastro que olía a sexo y a él, podría pasar una larga temporadita.
Era una locura, pero allí estaban, desayunando como si sobre sus cabezas no hubiera un ejército oscuro, y fuera, una guerra. Pero Sirius se sentía egoísta, quería ese momento, quería disfrutar de la entrega a la que se habían dado. Aunque más distante, Snape no había vuelto al principio, una leve sonrisa asomaba a sus labios cada poco y en sus ojos no había desdén.
Sirius quería acariciarlo entre sus manos, tenerlo pegado a su cuerpo, accesible y suyo todo lo posible. Besarlo, lamerlo, enterrarse en él ... ese era el bucle de sus pensamientos.
Tuvo que ceder a esperarlo sentado en la cama mientras él seguía con la puñetera poción. Entre los vapores de los calderos, su cabello negro se le adhería, recordándole cuando estaba entre sus brazos sudando por otros motivos.
Cuando sus largos dedos agarraban su varita para remover los ingredientes dentro del caldero los recordaba sobre su propia "varita" con movimientos que lo volvían loco.
Si seguía mirándolo iba a tener que asaltarlo y follárselo de nuevo, lo cual no era una mala idea, pero quería que Snape estuviera contento con él, y parecía muy concentrado en aquella estúpida poción.
Pero por mucho que mirarle e imaginarle fuera alentador, las horas pasaban y Sirius no estaba acostumbrado a permanecer tanto tiempo inactivo y eso estaba a punto de volverlo loco.
Después de lo que consideró tiempo suficiente para estarse calladito y sentadito se aproximó a los calderos.
—¿Puedo ayudarte?— le dijo sinceramente.
El pelinegro como si hubiera estado en un pozo a gran profundidad estaba emergiendo a la superficie donde Sirius le seguía mirando esperando su respuesta.
Una conocida mueca de burla asomó a sus labios, aquellos que aún seguían hinchados por sus besos.
—¿Quieres hacer estallar el cuartel?—le dijo con sorna.
—Aunque te parezca increíble, no soy tan malo en pociones—dijo Sirius con orgullo.
La negra ceja del pocionista alzada no le estaba dando ninguna credibilidad.
—Me voy a volver loco del aburrimiento—le dijo con un puchero que hizo sonreír al pelinegro—.Si no me das tu atención dame alguna otra cosa en la que entretenerme.
Snape lo miraba dubitativo, parecía que lo estuviera evaluando con sus negros ojos, y Sirius se sintió algo herido al notar que este no valoraba sus cualidades en ese terreno. Él no había mentido, no era malo en pociones. Cierto que su especialidad eran las Artes Oscuras y la Transfiguración, pero eso no significaba que fuera un negado para el resto.
—Bien—claudicó el pelinegro—.Puedes ir cortando esa angélica y la ortiga que hay en aquel bote en la estantería. Textura de polvo.
Eran tareas para niños de primero, lo sabía, pero al menos estaría entretenido.
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Severus miraba a su "ayudante", y debía reconocer que era minucioso y preciso, no, realmente no era malo en pociones como él siempre había pensado.
Concentrado, con su cuchillo en la mano, se le veía absolutamente apetecible. El cabello largo atado con una cinta evitando que este le estorbara en la cara, más de una vez estuvo tentado de ir y lamerle aquella hermosa vena que cruzaba su cuello.
Pero se concentró en la poción, realmente era imprudente desatenderla y a poco que Black sumara dos más dos se daría cuenta de qué estaban realizando una poción peligrosa e ilegal.
Uno al lado del otro, pasaron parte del día entre ingredientes y calderos, en camaradería. Nunca había compartido con nadie su laboratorio, bien, nunca había compartido con nadie nada.
Se sacudió todos aquellos pensamientos como el que tiene el cabello lleno de copos de nieve, no era el lugar, no era el momento. Tenía que idear algún tipo de plan para poderlo sacar de allí, mientras más tiempo estaban juntos más peligrosa se volvía la situación.
Aún no estaba completamente curado, pero su vida no corría riesgo ya.
—Tienes que salir de aquí—dijo mientras miraba al moreno—.Es peligroso, pero tienes que salir.
Black levantó su grises ojos de las raíces que estaba cortando, y lo miró por largo rato.
—Sí.—¿Había tristeza en su voz?
—Tengo que hablar con Dumbledore—continuó, no quería sucumbir a sus sentimientos—.Creo que la mejor opción que tenemos es un nuevo ataque de la Orden.
—Es demasiado arriesgado—sentenció Sirius—.Seguro que encontramos otro modo.
—La casa tiene una barrera—finalmente tendría que contarle más de lo que deseaba.—Nadie sin la marca la puede traspasar, si tú salieras ahora te atraparía hasta que algún mortífago apareciera.—Los ojos grises de Sirius lo miraban comprendiendo—.Si escapas, conmigo, las barreras lo notarán y alertarán a los mortífagos, tan solo pudiste entrar por la distracción del ataque.
Sirius lo miraba dubitativo, estaría evaluando las opciones.
—Era una trampa, ¿cómo supisteis que veníamos?—preguntó receloso.
Él no era el indicado para hablarle del traidor, aquel punto estaba más que claro cuando habló con Dumbledore, era él quien administraba la información. Y Severus sospechaba que sus propios amigos no estaban exentos de sospechas.
—Eso lo hablarás con Dumbledore cuando consigas escapar—era lo más que iba a decir hasta el momento.
Sirius lo miraba receloso, pero la prioridad ahora era sacarlo no contarle los entramados de espionaje de aquella asquerosa guerra.
—Una cosa más—continuó Severus—.No puedes contarle a nadie dónde has estado—.Sirius abrió los ojos fuertemente. Sabía que le estaba pidiendo traicionar a sus amigos manteniendo ese secreto—.Hablarás con Dumbledore, pero cuando escapes, no habrás estado aquí durante este tiempo ¿lo entiendes?
—Claro que lo entiendo, pero no lo comprendo—dijo finalmente.
—Lo entenderás pero es fundamental que nadie sepa que estuviste aquí, utiliza la información con el viejo, pero con nadie más.
—Tendrás que darme una coartada creíble, mis amigos no se van a creer que he estado escondido sin dar señales de vida mientras ellos me hacían muerto.
La conversación acabó allí y ambos siguieron trabajando en silencio. Podía notar el ceño fruncido del moreno, pero debía ser así, el haber intimado le parecía ahora un engorro, podría haberle lanzado un obliviate una vez lo hubiera sacado de allí. Pero Severus quería que lo recordara, necesitaba que lo recordara. Y aquel ceño fruncido no le gustaba nada, con suerte cumpliría lo que había prometido y Dumbledore le contaría lo que él considerara oportuno.
Su prioridad había sido Lily, y ahora se veía a sí mismo pensando en la seguridad de aquel enfurruñado hombre. Mientras en más personas se preocupara más complicada se volvía su situación dentro de los mortífagos. Su doble juego era una trampa mortal que no creía pudiera acabar bien.
Escuchó el agua del lavabo correr, y Sirius ya no estaba en la mesa, lanzó un tempus y vio que ya era hora de cenar.
Imitó al moreno y se fue a lavar las manos, pero mirarlo limpiar concienzudamente sus dedos y debajo de sus uñas le pareció de lo más estimulante de la tarde. Apoyado en el quicio de la puerta, vio como Sirius levantaba la vista al espejo sobre el lavabo y lo miraba a través del mismo. Sus ojos grises estaban irritados de las esencias que se evaporaban en el laboratorio, pero aunque parte de su disgusto no se había ido le miró aventurándole una noche movida.
Severus se aproximó apoyando su cuerpo a su espalda, de estaturas muy similares, agarró la pastilla de jabón e hizo espuma, tomó entre sus manos las ahora limpias del moreno y las volvió a lavar; cualquier tipo de nubarrón desapareció del gris de su mirada, ahora se avecinaba tormenta, pero de aquellas que se transformaban en besos y jadeos.
A la vez lavó sus manos, quitando toda aquella inmundicia que debía preparar para el Lord, clavando su despierta entrepierna en su compañero temporal de laboratorio. Buscó aquella vena que le había estado tentando toda la tarde y la lamió de arriba abajo, haciendo suspirar a Sirius.
Mucho mejor, pensó. Severus no se consideraba lento, pero la velocidad a la que se giró su amante, cambiando posiciones y chocando sus erecciones le pareció asombrosa.
La boca demandante de Sirius tomó la suya sin contemplaciones, le gustaba su sabor, la calidez de su lengua, y las manos del moreno bajándole los pantalones. Acarició su pene, completamente duro y húmedo, y Severus no pudo más que dejar escapar un largo gemido cuando este comenzó a masturbarlo rítmicamente.
Definitivamente aquel era un lugar mejor con el ex-Gryffindor.
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Estaba nervioso, la situación no le gustaba, no había tenido problemas en acatar las órdenes de Dumbledore anteriormente, pero esta situación le ponía terriblemente nervioso. Realmente requería de su total confianza en Snape.
Le había salvado, le había curado, y le había mantenido oculto en el laboratorio, sin contar que había sido la semana que mejor sexo había tenido de toda su vida. Pero aquello era una guerra, y tendría que confiar en que Snape sabía lo que se hacía.
El ataque de la orden iba a ser similar al anterior, salvo que ahora sí sabían exactamente la ubicación.
El problema que le había dicho Snape, es que los mortífagos habían redoblado las protecciones, y la casa no podría ser vista salvo para los marcados, ya no era cuestión de Glamour.
Todo aquello le parecía absurdo a Sirius, le había propuesto incontables veces que huyeran, el problema sería que Snape sería descubierto, pero para él más que un problema era la liberación del pocionista de las garras de Voldemort. Ante esta idea, éste tan solo la rechazaba, su trabajo allí no había concluido y no podía sencillamente huir. Había mucho en juego.
A parte de la preocupación por que el plan saliera mal, estaba el hecho de que ellos se separarían, sin saber si algún día podría verlo. Y aquello, más que el peligro que correría su vida, era algo que lo desgarraba.
¿Le amaba? Ahora más que nunca, siempre había estado aquel sentimiento dormido, deseo, incluso odio. Pero ahora lo identificaba claramente. Él amaba a Severus Snape, desde hacía demasiado tiempo para tomar de buen grado separarse de él.
—Prométeme que nos veremos—le susurró anhelante abrazados en la cama, el cuello sudoroso del pocionista contra sus labios, y él recuperando el aliento.
—¿Qué?—preguntó Snape aún falto de aliento.
—Quiero volver a verte una vez salga de aquí, prométeme que nos veremos —dijo casi desesperado.
—No puedo prometer algo que no sé si podré cumplir—dijo removiéndose entre sus brazos para encararlo—.No puedo.
—Este sitio no es seguro para ti, y menos después de mañana—le acariciaba el pelo con todo el cariño que había sentido nunca.—Ven conmigo.
—Sabes que eso no es posible, aún tengo una misión que desempeñar.—La desesperación también caló dentro de él. Y sus suaves labios le besaron queriendo apartar aquellos horribles pensamientos.
—No quiero que nos separemos...
Sintió los firmes brazos de Snape, rodeando sus hombros y enterrando su cara en su cuello, abrazándole con fuerza.
—Sirius...
Sirius estaba recuperado de las heridas del hechizo, y con fuerzas renovadas. El plan sería que en cuanto notaran a los de la Orden en el perímetro de seguridad de la casa, las alarmas saltarían. Los mortífagos comenzarían el ataque desde la ventaja de las barreras, pero serían camuflados para poder escapar.
La coartada que le había propuesto Snape era sencilla, tenía que transformarse en su versión animaga, este le lanzaría un hechizo anticambiaforma y aturdidora. El enorme perro negro reconocería a sus compañeros de la Orden y se acercaría, la misión era de prospección más que de ataque por lo que serían pocos los miembros que irían.
A partir de ahí, él contaría su versión de la historia hasta que pudiera hablar con Dumbledore, no soportaba mentir a sus amigos, pero Snape le había dejado claro que no podía romper la cadena de información hasta que hablara con Dumbledore.
Con Snape todavía entre sus brazos, lo apretó fuerte intentando quedarse con la impresión de su calor en su cuerpo. Le iba a extrañar, le iba a extrañar muchísimo.
Pero la mañana llegó, y el plan no tardaría en empezar.
Y la idea clara y determinante de acabar esa horrible guerra de una vez por todas, lo más rápidamente posible se le clavó a fuego.
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El plan estaba saliendo según lo acordado, las barreras habían saltado alarmando a los mortífagos de intrusos en la zona. El pandemónium que se organizó les dio vía libre para salir a escondidas de allí, lanzándole a Black un hechizo de invisibilidad para que solo él le viera.
Severus debía dejar el laboratorio en caso de ataque e ir con los demás, salvo que tenía que esperar hasta el momento justo en que uno de ellos estuviera casi tan cerca de la casa que no se notara que no era una entrada sino una salida.
Black iba detrás suya, cuando notó que el momento había llegado. Le agarró por la cintura casi fundiéndose con él, notaba la respiración del moreno en su cuello, su olor no se iría de él por un buen tiempo.
Dieron juntos el último paso que les quedaba hasta traspasar la barrera de la casa.
—Suéltame, corre—le apremió Severus. Aunque cuando se despegó de su cuerpo, notó un frío que nada tenía que ver con la temperatura exterior.
—Te encontraré, Severus—le dijo dándole un fuerte beso en los labios.
Acto seguido contempló como pasaba de ser humano a un enorme perro negro, y Severus le lanzó varios hechizos, el precioso perro le lamió su mano izquierda y salió corriendo.
Severus vio el camino que había tomado, y sin darse cuenta se agarró a sí mismo. Sabía que aquello había tomado un rumbo que nada tenía que ver con el plan que habían marcado hacía meses Dumbledore y él. Ese elemento en la ecuación, ese motivo por el que Severus había corrido el segundo mayor riesgo de su vida, había desaparecido, pero conocía a Black y era de los que cumplían sus promesas.
Y él, en este caso, deseaba fervientemente que la cumpliera.
"Encuéntrame" pensó para sí mismo antes de unirse al resto de mortífagos.
