1994. Septiembre

No había vuelto a ver a su ahijado desde que huyó a lomos de Buckbeak, su huída al continente fue una larga carrera sin mirar atrás.

No pudo vengar la muerte de sus amigos, ni matar al traidor. La venganza dormía en su interior, pero después de tanto tiempo no era el único sentimiento que habitaba allá adentro.

Harry era un calco de su padre a su misma edad, pero la mirada tímida y el sufrimiento del niño eran algo totalmente nuevo para él.

Cuando le ofreció poder vivir juntos cuando pensaba que volvería a ser un hombre libre vio la esperanza e ilusión en sus ojos. Aquello era su nuevo motor, ser alguien para Harry, aquel niño que nunca tuvo que sufrir por los errores de sus mayores.

El sentimiento de amor que una vez sintió por él cuando no era más que un bebé llenó su corazón derribando cualquier sombra.

Él era su prioridad, y si tocaba huir, huiría para mantenerse a salvo para él.

Antes de marchar Dumbledore le contó que Voldemort estaba volviendo, lentamente, pero un nuevo enfrentamiento, una nueva guerra se sucedería y lo necesitaba.

Tener la confianza que una vez perdió del anciano y de su mejor amigo, le hizo rearmarse. Tendría que volver a ser ese hombre que un día fue. Aprender de sus errores y seguir adelante. Le necesitaban.

Pero en las noches en las que se guarecía con Buckbeak en cualquier bosque, donde aprovechaba el calor del animal para mantenerse calientes. No eran ni a su pequeño ahijado, ni para el hombre que representaba el valuarte del bien, ni para su mejor amigo.

Unos ojos negros como la noche que lo envolvía se hacían presente, Severus, él era el dueño de sus noches.

No había podido hablar con él antes de irse, quizás aún pensaba que era el traidor de sus amigos. Solo esperaba que pudiera convencerlo del error. Pero algo le decía que aquello iba a ser una camino de espinos.

1994. Octubre

Severus sabía que algo se estaba moviendo, su momento estaba a punto de aparecer.

Aquello por lo que había estado esperando allí encerrado, la reaparición del Señor Tenebroso.

Dumbledore le había contado que el siervo fiel de Voldemort no había sido otro que Peter Petegrew, el traidor la noche del 31 de octubre de 1981. Y Sirius había sido un hombre inocente.

La noticia le arañó el alma, Sirius inocente, y él había estado dispuesto a matarlo en la Casa de los Gritos.

La culpa no lo había abandonado ningún día de aquellos 12 años, pero ahora el sentimiento era diferente. Nunca creyó en él, esa fue la realidad.

Sus ojos grises le atormentaban, el amor con el que un día lo miró.

Sabía que el Ministerio lo estaba buscando y no lo vería por el momento, pero sus caminos se encontrarían y él temía el día en el que tuviera que hacer frente al único hombre que había amado en su vida.

1995. Enero

Sirius estaba muy preocupado por Harry, sus cartas desde que supo que había sido incluido en el Torneo de los Tres Magos eran desalentadoras.

Aquello era una trampa, y no podía haber nadie más detrás de todo aquello que el Inombrable.

La profecía pendía de su joven cabeza como tanto tiempo atrás. Algo se estaba moviendo en las sombras.

Él había vuelto a Inglaterra desoyendo las advertencias de Dumbledore y Remus. No iba a dejar solo a Harry. Escondido en una cueva a medio camino del colegio y Hogsmeade merodeaba la zonas aledañas.

No volvería a entrar al colegio salvo que fuera necesario, pero quería estar cerca. La única compañía del Hipogrifo no era suficiente.

Remus se aventuró en un par de ocasiones a encontrarlo, pero era peligroso.

En ninguna ocasión pudo ver a su ahijado o a Severus, y lo que el niño le contaba del que era su profesor le preocupaba.

Harry relataba en sus cartas las sospechas que siempre había tenido sobre Severus, y el trato desagradable que le había dado desde el primer año.

La imagen austera y seca de este Severus que volvió a ver el año pasado podía casar con la de un profesor estricto. Pero atacar a Harry como este decía que lo hacía, no tenía sentido.

Sirius no sabía mucho del papel que Severus jugó en la primera guerra, pero era un informador de Dumbledore, un posible espía.

Siempre le apeló a que hablara con el director y de sus labios nunca salió una afirmación o una negación de su cometido.

El poco tiempo que pudieron compartir en aquellos encuentros nunca hablaron de la guerra o del cometido de cada uno dentro de ella.

Se agarraban el uno al otro mientras veían como la muerte los acechaba.

No podía imaginar que si de nuevo el Señor Oscuro volvía ellos vivirían en bandos opuestos de nuevo.

Intentó pensar en que aquel trato era una mascarada, pedía a Harry calma y que todas sus dudas las consultara con Dumbledore. Él era el único que podía darle esa información al niño.

¿Era capaz Severus de atacar a un niño como Harry?

Necesitaba verlo, y hablar con él, de Harry, de ellos, de la guerra.

1995. Julio

La marca le escocía desde que Voldemort los había convocado por primera vez.

Severus miraba a sus antiguos compañero, durante todo aquel año notaba la inquietud en los que pudieron salvarse de ir a Azkaban, todos ellos habían renegado de su señor.

Algunos no corrieron su suerte y el Lord los eliminó, no toleraba débiles en sus filas.

Él seguía vivo por el mismo motivo que escapó de Azkaban, le era útil. Infiltrado en el lado de Dumbledore del que aseguró tener plena confianza su misión sería espiarlo.

No era estúpido, debería demostrar su lealtad con sangre, siempre lo supo. Solo estaba esperando el momento en el que llegara el reclamo.

Lucius demostró cómo había seguido siendo fiel, pero conocía a su amigo y antiguo amante, cuando se oyeron los primeros rumores de su vuelta, el rubio movió sus fichas. Era un maestro del engaño y de la ambigüedad.

El diario de Riddle había sido su órdago, una muestra de lealtad que su Señor tomó a bien.

Ambos amigos se miraban sabiendo que desempeñarían su papel pues sus vidas y la de sus seres queridos estaban sobre la mesa. El juego había comenzado.

1995. Septiembre.

Sirius no era un hombre libre, pero en aquel momento se sintió más feliz que en los últimos tiempos.

La Orden del Fénix se había vuelto a reunir y el había aportado con su olvidada herencia el cuartel en la antigua casa Black.

Jamás se imaginó volver a habitar el tenebroso lugar por propia voluntad.

Remus se había instalado con él, aunque siempre andaba de misión en misión, agradecía las noches de camaradería en la que recordaban viejos tiempos.

Las semanas que pasaron los Weasley y Harry con él fueron los momentos más felices en décadas.

Harry no era tan niño como su mente lo quería recordar y le sorprendió las conversaciones que pudieron tener. Conversaciones que lo dejaron preocupado.

Le contó sobre Draco Malfoy, el hijo de aquel peliteñido que tanto detestó. Al parecer Severus lo protegía y favorecía frente a Harry. Pero algo en las palabra del muchacho le inquietó.

Harry no tocaba su infancia con sus tíos y cuando lo hacía un rastro de tristeza bañaba su mirada.

Al menos pudo darle el permiso para que visitara Hogmeade como su padrino. No era mucho, pues aún no podía evitarle vivir con sus familiares muggles.

El día 1 de septiembre llegó y, aunque había sido poco tiempo el que había habitado con Harry, le echaría tanto de menos que no dudó en escaparse del cuartel en su forma animal.

Ya no era el perro huesudo y pulgoso del año anterior, su pelaje negro y lustroso brillaba en esa mañana soleada.

Sorprendió a Harry lamiendo su mano, sentir el aire familiar de King's Cross de nuevo, aunque fuera en su forma animaga era maravilloso. Trotaba contento al lado de los niños, volviendo incansablemente al lado de Harry que le acariciaba las orejas.

—¿Este chucho es tu mascota, Potter?—aquella voz hizo volverse tanto a Harry como a Sirius.

Una copia idéntica de un Lucius Malfoy juvenil miraba a su ahijado con aire retador.

Sin duda era ese el Draco del que tanto le había hablado, el niño que lo acosaba.

Sirius odiaba el pelo plateado, que este no fuera más que un crío no iba a ser motivo para no morderle su escuálido tobillo.

Le estaba gruñendo cuando Harry le acarició nuevamente.

—Vamos, Hocicos. Malfoy no reconocería algo bonito ni aunque lo tuviera delante.—Su mano apretó su pelaje.

Sirius le dio un último vistazo en dirección al mini mortífago y lo que vio cuando Harry se giró lo preocupó más que una simple enemistad.

Anhelo, al parecer Harry no era consciente de los sentimientos que despertaba en ese muchacho. Y por su parte no se lo iba a decir, Malfoys y felicidad en una misma oración no conjugaban.

Siguió al chico con la vista hasta que se reunió con su copia adulta. El muy bastardo se paseaba por allí tan impunemente.

Remus ya le había contado que Lucius Malfoy era alguien con tal influencia en el Ministerio que había conseguido echarlo de la escuela.

Pero no solo eso, a su lado estaba Severus, la última vez que lo vio estaba dispuesto a matarlo. Ahora lucía serio con un brazo sobre los hombros del menor de los Malfoy que parecía menos contento que cuando encaró a Harry.

Aquella caricia al niño le supo a rayos, no estaba celoso de él, no. Sino de que ese trato solo podría brindárselo a alguien muy cercano. A alguien a quien hubiera visto crecer y considerara como ¿un hijo?

¿Podía ser? ¿Malfoy había conseguido volver a tener una relación con Severus?

Su garganta pugnaba por soltar un pequeño lloriqueo perruno, pero luchó contra ello.

La caricia en las manos cuando el menor de los rubios subió al tren del padre del niño a Severus no le pasó desapercibida.

Íntima, sus miradas se hablaban sin necesidad de palabras.

El lamento escapó de su garganta y Harry se volvió a acariciarlo.

—Pronto podremos vernos, no estés triste—le dijo agachándose y abrazándolo.

Había sido un iluso, 12 años, nadie espera a nadie por 12 años. Severus nunca tuvo que esperar por él, creía en su culpabilidad, todos lo hicieron ¿no?

Malfoy había estado allí todos esos años, ¿por qué se sorprendía? ¿Por qué dolía tanto?

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Hola, nuevo capítulo. Mes estoy poniendo las pilas con esta historia, ¿Qué os parecen los viernes como días de actualización?

Bueno, qué os ha parecido, hace mucho puse la advertencia de Drarry en este fic, pero la quité porque aún no había la más mínima muestra. ^^

Besos, Shimi.