1996. Abril
—No puedo soportarlo más—gritó Sirius.
—No puedes salir, aún no. Es peligroso—le dijo Dumbledore.
—¿Qué diferencia hay con que esté en esa maldita casa a que esté en Azkaban?—Sirius estaba desquiciado. Consumido con sus pensamientos, lo único que le mantenía eran las cartas de Harry y los escasos momentos que Remus pasaba con él.
—Solo te pido un poco de paciencia—le decía Dumbledore.
—Paciencia, paciencia—gimió él—. Ya no sé de donde sacarla. No cuando veo sufrir tanto a Harry y no puedo hacer nada por él desde esta maldita casa.
Dumbledore le miraba comprensivo, aunque creía en el hombre que tenía delante de sí. Le exasperaba ese aire paternal con el que le trataba. Ya no era un niño, ya no era una travesura. La poca cordura que había conseguido salvar se estaba yendo por el caño.
Sus días pasaban entre la preocupación por Harry y esa extraña conexión mental que había desarrollado con la mente de Voldemort. Y con el silencio con el que se fue Severus.
Había estado tan borracho que no sabía ni como había atinado a metérsela, y sabía que había sido un total imbécil. Besarle y tenerle había sido como encajar en un puzzle incompleto, y lo había arruinado.
Se odiaba por las palabras que salieron de su boca, aunque eran tan ciertas como el pozo negro el que se estaba convirtiendo su corazón.
El pelinegro no había vuelto a la casa, pero sabía por Harry que estaba enseñándole Oclumancia para defenderse de la mente de su enemigo.
Pero el chico le había contado cuan desagradable era su profesor, no entendía porqué trataba a Harry así. Y era algo que quería hablar con él.
—Sirius, el sábado habrá un partido de Quidditch, Harry ha sido suspendido—le dijo Dumbledore sacándolo de sus pensamientos.
—¿Qué? ¿Por qué? Él no me ha dicho nada.
—Harry es un niño reservado—dijo con pesar el anciano.
—Él no habla de su familia muggle pero claramente no es feliz, podría vivir aquí conmigo en el verano. Soy su padrino.
—Paso a paso, muchacho.
—El partido…—decidió no frustrarse.
—Sí, ¿quieres hacerle compañía?
–¡Sí, por supuesto, no hay nada que quiera más!—dijo entusiasmado Sirius.
—A él le vendrá bien, pero Sirius—le dijo—. Irás en tu forma animaga.
Aquello era un tema nunca hablado, Sirius presentía que Dumbledore sabía que James, Peter y él habían acompañado en las noches de luna llena a Remus. Y que ningún humano podría hacerlo. Cuando explicaron que Peter había estado escondido años como rata no hacía falta ser muy listo para atar cabos. Y aquel era uno de los hombres más inteligentes de todos los tiempos.
Nunca los había delatado al Ministerio por ser animagos sin registrar, pero aquella cualidad les había salvado la vida en más de una ocasión.
—Claro—Contestó, hubiera preferido ver a Harry con sus ojos de hombre y su raciocinio plenamente humano. Pero no iba a pelear por ello.
—Hagrid vendrá a buscarte el sábado—dijo Dumbledore satisfecho.
Como había dicho Dumbledore, Hagrid apareció en Grimmauld Place, y lo consiguió introducir en Hogwarts una vez Sirius tomó la apariencia de Canuto.
Fang y él iban acompañando al semigigante, viendo como cientos de niños iban animados hacia el campo de Quidditch.
Ver tanta gente le animaba el corazón, llevándolo a una época donde los problemas eran tan sencillos como salir con sus amigos a organizar alguna travesura.
Vio a Harry acercarse corriendo a ellos, no sabía si el director le había dicho algo sobre que él iría al partido. Pero una gran sonrisa iluminaba en su cara.
Sirius corrió a su encuentro derribándolo y lamiéndole la cara. Las risas de su ahijado eran como pequeñas caricias hacia su corazón destrozado.
—Canuto…—dijo Harry abrazándolo.
Harry y él siguieron a Hagrid a las gradas, Sirius lo miraba todo queriéndose empapar del ambiente festivo. Pero quería hablar tanto con Harry, él no le había contado porqué había sido suspendido y sabía cuanto amaba jugar.
Una vez sentados, le hociqueó en la mano mirándolo atentamente.
—¿Qué?—le dijo Harry acariciándole las orejas.
A pesar de lo agradable de las caricias del niño, Sirius quería que Harry hablara. Y de nuevo le hociqueó y lo miró fijo.
—Me alegra mucho que estés aquí, no quería contarte lo del Quidditch porque en realidad es una tontería en comparación a todo lo demás.
Harry se veía tan triste, ¿cómo él no se había dado cuenta de eso? Realmente Dumbledore tenía razón, Harry era una persona muy reservada.
Sirius lo miraba queriendo que siguiera hablando lo que al parecer el moreno tomó en cuenta.
—Este año está siendo complicado, con Umbridge limitándonos a todos, esto no es ni la mitad de divertido que antes.—Pero sus puños apretados le hacían saber que aquello no era todo.
Hacía tanto que no veía Quidditch que Sirius disfrutó viendo el partido, los Weasley no eran nada malos en el campo. Y Harry los vitoreaba totalmente animado. Así es como le gustaba verlo, contento y sonriendo.
La victoria fue para Gryffindor y la grada rompía en vítores y aplausos.
Pero su permiso era única y exclusivamente para asistir al partido, en realidad le hubiera gustado que durara por horas e ir y celebrar con los chicos, como en los viejos tiempos.
Harry se despidió de él con un fuerte abrazo, mientras Sirius lamía toda su cara.
En ese momento una figura negra cruzó por su campo de visión. ¿Qué podían ser unos minutos? Severus lo reconocería, y de verdad necesitaba hablar con él.
Vio como Harry se iba con los otros miembros de Gryffindor y Hagrid estaba festejando distraído. Era su oportunidad y corrió tras la figura negra del actual profesor de pociones que iba solo caminando hacia el castillo.
Una vez se internó en el castillo Sirius se fue camuflando entre las sombras que los antiguos muros habían proporcionado. No era lo que debía hacer pero necesitaba hablar con él.
Se colocó a su lado y justo cuando se iba a transformar el profesor lo arrastró a un lugar que recordaba perfectamente. Aquel escobero le traía viejos recuerdos.
La varita de Snape en su cuello también.
—El poco cerebro que alguna vez tuviste a acabado por desintegrarse definitivamente—le siseó Snape.
—No me das más opciones, Severus—dijo completamente transformado.
—¿Opciones?—dijo con marcado sarcasmo sin dejar de clavarle la varita en el cuello.
—Necesito hablar contigo y no contestas a ninguna de mis lechuzas.
—Estás traicionando la confianza que te dio Dumbledore al venir.
—Lo sé... — Y no es como si aquello no le pesara.
—Tienes cinco minutos—dijo bajando la varita y apoyándose contra la pared.
Alejado de la influencia del alcohol podía apreciar verdaderamente los cambios en su ex amante. Estaba ojeroso, no tan diferente del estado en el que se encontraba cuando lo salvó de su propia maldición. Pero la madurez de sus 36 no podía decir más que le sentaban demasiado bien.
Su pelo tan negro como la noche frente a una piel en extremo pálida ya no lo hacían lucir tan etéreo como cuando eran unos niños. Las leves arrugas en su piel, su cuerpo más robusto unido a ese aire adusto le hacían un placer para los ojos.
—¿Sólo me has traído aquí para mirarme?—le dijo impaciente.—No todos tenemos tanto tiempo como tú para perderlo.
Aquello dolió, era cierto que ya no eran cercanos pero lo conocía lo suficiente para saber que Sirius sufría con la inactividad.
—Solo me tomará unos instantes—dijo recomponiéndose Sirius—. Quería pedirte perdón por lo que ocurrió la última vez en el cuartel, no debí decir esas cosas.
—Vaya, Sirius Black pidiendo perdón, desde luego el mundo tal y como lo conocemos está por acabar.—Su sarcasmo quemaba en su piel.
—Severus …
—Black, dejemos las cosas claras por una vez—dijo Snape haciéndolo callar. —Ha pasado mucho tiempo, ninguno de los dos somos aquellos que fuimos, no nos debemos nada.
—Pero…
—Ten un poco de orgullo, hombre—le bufó el profesor.—No creí en ti, pensé que traicionaste a Lily y a Potter, pensé lo peor de ti, no vengas a pedirme perdón.
Sirius no sabía qué decir, era cierto, él creyó lo peor, todos lo habían hecho. Y aún Sirius era incapaz de dejar de amarlo. Pero Severus le estaba diciendo claramente que no quería tener nada con él. ¿Qué más podía hacer? Quizás fuera el momento de dejarle ir, una persona que nunca tuvo sentimientos por él, al menos no los mismos sentimientos.
—Bien… una última cosa, ¿por qué tratas tan mal a Harry?—le preguntó, ¿no era aquel el motivo principal por lo que quería hablar con él?
—Vaya, resulta que al final resultó ser un quejica, qué decepción—dijo el profesor
—No te atrevas a hablar así de él—Sirius estaba indignado.
—Ha heredado toda la arrogancia y don para andar enredado en todo de su padre.
–Solo es un niño.
—¿Estás seguro? Él carga con todo el peso de un bando, tratarlo entre algodones no va a ayudarle frente al Lord Oscuro.
—Ser duro no es sinónimo de ser cruel, no pienso tolerarlo, quedas avisado—le dijo irritado.
—Cada uno tenemos un papel en todo este teatro, representa el tuyo y déjame en paz—le dijo dándose la vuelta y dejándolo solo.
