1996. Junio (II)

Severus llevaba horas encerrado en su laboratorio personal, a un ritmo de trabajo desenfrenado.

Lo habían ido a ver tanto Dumbledore como Pomfrey, pero no les había prestado atención. Incluso Potter se había acercado por allí.

Aquella maldita poción era todo cuanto necesitaba, hacía años había conseguido acercarse a ella pero aún no era suficiente. Jamás se lo mencionó al Lord pues él nunca volvió a preguntar por ella.

Volver de la muerte, aquel era el deseo que tuvo durante todo 1981 haciéndole trabajar en esa poción compleja y peligrosa. Pero Voldemort había vuelto sin ella y había quedado en el olvido. Ahora era cuanto tenía para traer de la muerte en la que se encontraba Sirius.

—¿Necesitas un par de manos más?—le dijo alguien delante de él.

Remus Lupin lucía bastante demacrado e hizo un cálculo mental, la luna llena estaba cerca.

—Déjame ayudarte, Severus—le rogó el licántropo.

A pesar de haber sido colegas en Hogwarts el año en el que el castaño fue profesor de Defensa contra las artes oscuras y proporcionarle la poción matalobos, nunca fueron cercanos.

—Le fallé una vez— dijo el hombre con la voz cortada—, y ahora vuelvo a fallarle— realmente tenía hermosos ojos llenos de dolor y el podía comprenderle.—Déjame ayudarte.

—Láudano, está en aquel estante—fue lo único que dijo.

Trabajaron en silencio por horas, el tiempo jugaba en su contra. Si Sirius hubiera muerto antes de cruzar el velo, no tendrían opciones pero Severus se agarraba al periodo de tránsito, aquel entre la vida y la muerte. Si llegaba tarde moriría igual.

Esas 20 horas en las que estuvieron trabajando y durmiendo solo de puro agotamiento por turnos sin parar, aprendió varias cosas.

1) Todo puede conseguirse con la motivación adecuada.

2) El amor te convierte en un suicida.

Nunca había llegado a sentir ninguna de las dos con esa fuerza.

—Entiendo lo que quieres hacer—le dijo Lupin—. Sabes que corres el riesgo de que no volváis ninguno de los dos, ¿cierto?

—Cierto.

—Y aún así vas a hacerlo—afirmó.—Le amas.

—Muy agudo Lupin—dijo cansado—No sé como no acabaste en Ravenclaw.

El castaño comenzó a reírse, no era el mejor momento para andarse con risas, ni siquiera era un chiste divertido pero al poco Severus también estuvo riendo. Era un método tan bueno como cualquier otro para liberar tensión, comprobó.

—Tráelo de vuelta y por Merlín sed felices juntos de una puta vez—le pidió.

Severus solo asintió, no podía demorarse más.

Dumbledore lo paró antes de que dejara el castillo.

—Severus, hijo, entiendo porqué lo estás haciendo pero eres necesario aquí, recapacita—le dijo.

—No, no le voy a volver a fallar. Ya cargué con esa culpa demasiado tiempo. Seré un peón pero esta vez voy a luchar por él y por mí, al costo que sea y no vas a poder pararme.

—Tenía que intentarlo, no eres un peón para mí, solo quería que lo supieras—le dijo el anciano—.Te acompañaré, tengo que hablar con el Ministro en cualquier caso y conmigo tu entrada será menos sospechosa.

En cuanto estuvieron en los límites del castillo se desaparecieron velozmente.

Era tarde y en el Ministerio no había casi nadie, no era lo más común verlo por allí pero no del todo extraño si acompañaba al director de la escuela.

El departamento de Misterios, era en sí un propio misterio. Nunca había estado anteriormente allí y la guía de Dumbledore realmente fue útil.

—Esto te ayudará—le dijo director.

En su mano un desiluminador brillaba.

—Suerte.

Con las indicaciones de Dumbledore encontró la cámara de la muerte donde se había desarrollado el ataque. Aún se veían manchas oscuras donde los hechizos y maldiciones habían sido lanzados. Pero en mitad de la sala un umbral sombrío con una tela fantasmagórica le susurraba quedamente.

Aquel objeto era en sí un misterio, no sabía de cuando databa pero lo que sí intuían era que era una puerta hacia el más allá. Una puerta que solo podía cruzarse en un sentido. Severus iba a ser la primera persona que volviera de aquel viaje cargando a Sirius si hacía falta.

Conocía los entresijos de la muerte, gracias a lo cerca que había estado Voldemort para llegar a su inmortalidad. Estaba obsesionado con cualquier objeto mágico o ritual que lo acercara a ella y lo trajera de vuelta.

Es así como Severus averiguó sobre el período de tránsito del cuerpo y del alma. Lo único que no podía saber a ciencia cierta era el número de horas a través de ese velo. Ahora eso no era lo importante, entraría y lo buscaría. Eso era en cuanto iba a darse el lujo de pensar.

Portaba varios viales en su túnica, y bebió rápidamente el que le permitiría cruzarlo y no entrar en el letargo de la muerte. Era una apuesta arriesgada pues debía engañar a la propia muerte haciéndole creer que ya estaba muerto.

Bebió rápidamente del vial y esperando un par de minutos se adentró por el umbral.

Sus ojos tardaron en adaptarse a la penumbra que existía al otro lado. E inconscientemente se volvió a mirar hacia atrás, podía verse la sala en la que estaba anteriormente, con aspecto brumoso pero luminoso. Alzó su varita realizando un pequeño Lumus, aquel mundo de muerte era uno oscuro y sombrío y lo que más lo sorprendió es que estaba desértico.

Había podido oír las voces de los muertos pero allí no había nada. Solo arena bajo sus zapatos. Deambuló lo que le pareció una eternidad sin más guía que sus ojos, y por una vez pensó en la locura que había cometido. ¿Cómo iba a ser capaz de encontrarlo?

—¿Severus?—escuchó en un susurro. Aquella voz le hizo sentir escalofrío, una voz olvidada por el pasar de los años. Una voz del pasado, una voz que le volvía un niño.

—¿Madre?—dijo ansioso.

—Hijo mío—y aunque no podía verla podía sentirla, como una corriente de aire a su alrededor. Una caricia en su mejilla de un beso de mariposa.

Una lágrima rodó por su mejilla, su triste y desgraciada madre. Aquella pobre mujer que fue asesinada por el animal de su padre.

—Los muertos se esconden de ti, tú no estás muerto—le dijo con miedo en la voz.

—No, madre, yo vengo a buscar a una persona que entró hace unas horas, tienes que ayudarme a buscarlo.

—Esto es muy grande, mi amor—le dijo ella aún girando en torno a su cuerpo.

—Necesito encontrarlo, madre, ayúdame.

Dejó de sentir el cálido toque de aquella brisa que era el alma de su madre. No sabía si se había ido para no volver.

Por lo que decidió seguir el camino, la poción que había tomado no le daba mucho tiempo.

Un nuevo contacto lo acarició, era tan dulce.

—Madre...—el problema de cruzar el velo no era solo la pérdida es que estar rodeado por el amor de aquellos que perdiste era una tentación excesiva. Máxime si no tenía grandes motivos para volver.

—No, no soy tu madre.—Aquella voz olvidada por tantos años llenaron sus ojos de lágrimas.

—Lily—gimió, la culpa en su voz era tan grande que le costaba hablar.

—Severus, ¿qué haces aquí?—preguntó ella.

Por un momento tuvo que pensarlo, ¿qué hacía allí?

—Vine a por Sirius—dijo finalmente.

—¿Qué quieres de él?—dijo ella recelosa, acompañada de ella sintió un fuerte tirón.

—Vete de aquí—escuchó, no podía estar lejos si Lily estaba allí.

—Potter, no es la hora de Sirius, dejadme llevármelo—dijo él.

—No pienso dejar que te acerques a él.

—James—dijo Lily.

—No vengo a hacerle nada malo, Harry le necesita.—El aire arremolinándose a su lado era fuerte—Yo le necesito.

—¿Severus?—el nombrado se giró con rapidez.

Tan pálido como nunca le había visto, Sirius Black comenzaba a no ser más que una sombra de sí mismo.

—¿Eres real?—dijo el moreno totalmente aturdido.

—Sirius—tomó su mano y la llevó a su rostro.—Soy real, he venido a por ti, tenemos que irnos el tiempo se acaba.

—Pero yo estoy muerto, al fin estoy muerto—si Severus solo llevaba unos minutos es aquel páramo y se encontraba desorientado Sirius debía estar mucho más confundido, tenía que sacarlo de allí rápido.

—Vámonos—le apremió.

—¿Por qué debería irme?—tiró de su mano más fuerte de lo que le hubiera sido creíble.—Yo ya no soy nada allá afuera.

—Sirius, por favor, no tenemos tiempo que perder—Severus no tenía tiempo que perder discutiendo tonterías.

—¿Por qué has venido?—Su tono era serio y sus pies no se movían.

Desesperado se giró, no era el lugar, no tenían tiempo.

—No volveré a perderte, no volveré a quedarme de brazos cruzados.—La garganta le dolía, esa era la verdad.

—No nos debemos nada, tú lo dijiste.

—Te fallé, y no supe perdonármelo. Nunca pensé merecerlo, pero no puedo dejarte aquí, no quiero dejarte aquí.

Sus ojos azules lo miraban, algo eclipsados por las brumas de la pérdida de sí mismo, la muerte los estaba reclamando, no tenían tiempo.

Sirius avanzó hacia él, sus manos aún estaban conectadas.

—¿Por qué?—Fue solo un susurro, algo dicho tan bajo que casi no era lenguaje.

—Porque te amo.—Era él quien iba a rescatarlo y ahora se encontraba llorando entre sus brazos, la verdad fue dicha por primera vez y Severus se rompió ante ella.

—Yo también te amo, nunca he dejado de hacerlo—le dijo abrazándolo con fuerza.

Era el momento más emotivo que Severus había vivido nunca, perdió la noción de la realidad en los labios fríos de Sirius. Pero la realidad lo golpeó, sintiendo como el frío lo rodeaba de dentro hacia afuera.

—La poción—le dijo buscando el frasco en su túnica y dándosela a beber a Sirius—. Tenemos que irnos.

Esta vez el moreno se dejó arrastrar por Severus, usó el desiluminador que le había dado Dumbledore, y una pequeña bolita de luz les abrió paso dentro de aquellas penumbras. Pero el tiempo se les escapaba de las manos. Podía ver un velo gemelo a del Ministerio en lo alto de una duna.

Les faltaba poco cuando Sirius se desplomó a su lado, ambos cayeron rodando por la duna. Tiró de él con todas sus fuerzas pero se hundían en la arena. Cargándolo a su espalda Severus hizo acopió de todas sus fuerzas, la muerte los estaba reclamando a los sus garras heladas en su interior. No quería rendirse, no podía dejarse caer de nuevo.

Un ciervo azulado se colocó delante de él, parecía hecho de humo azul, pero era más consistente que un simple Patronus.

"Potter" pensó. Aquel mismo ciervo que lo empujó fuera de las fauces del lobo años atrás, ahora acercaba su cornamenta etérea a sus manos.

Severus la agarró, lo más fuerte que pudo de una consistencia extraña pero firme el animal le sirvió de motor para subir la ladera de la duna, a solo unos metros del velo.

Con Sirius en su espalda el animal lo miró con sus ojos almendrados, majestuoso y sinceros.

—Gracias, Potter—dijo con el tono más sincero que nunca le dirigió. El animal se esfumó como si de humo se tratara.

El último paso y sus pies atravesaron el velo, al otro lado una oscuridad diferente. Lo último que vio antes de caer inconsciente fueron los ojos azules de Dumbledore detrás de aquellas gafas de medialuna.

Bueno, algo hemos cambiado el futuro de todos estos.

¡Sirius vuelve!

Besos