1997 Junio

Severus había visto la marca sobre el castillo, había llegado el momento.

El grupo de mortífagos apareció por los pasillos de Hogwarts, Draco había conseguido meterlos dentro, pero no los vio por ningún lado.

Sabía que Dumbledore y Harry habían salido, y no ver a ninguno de los tres le dio mala espina.

La risa de GreyBack le sacó de sus pensamientos.

—La marca está sobre la torre de Astronomía—dijo con su voz gutural.

El grupo que habían enviado a Hogwarts era una total amenaza para los niños allí, GreyBack era conocido por su gusto en devorar niños. Y los Carrow eran conocidos por su torturas sádicas.

Corrió siguiéndolos cuando ellos iban a la torre, vio a miembros de la Orden aparecer.

Esos eran momentos donde su lealtad solía verse comprometida, él era parte de los mortífagos por lo que debía atacarles cuando estaba con ellos. Tenía que ser real, tenía que hacerles daño y aunque a más de uno se lo haría con gusto no podía herirlos de gravedad ni lanzar hechizos endebles.

Remus, Tonks, Bill y Shacklebolt, los contuvieron durante un tiempo, pero finalmente el grupo de los Carrow, GreyBack y él mismo los consiguieron eludir, los demás se quedaron luchando.

Aquello no era más que una pantomina, ellos no iban a atacar al colegio. La misión era una totalmente diferente, un único objetivo.

La hora había llegado y él necesitaba encontrar a Draco, un haz de luz desde la torre de Astronomía les dio la clave, los mortífagos corrían hacia ella.

Cuando entró en la torre sus peores miedos se hicieron realidad, GreyBack jaleaba a Draco para que matara al director. La misión encomendada al primogénito de los Malfoy por la que había realizado un pacto inquebrantable con su madre. Aquel que el niño sería incapaz de cumplir, Draco no era un asesino, no estaba en su naturaleza la capacidad de matar a alguien indefenso.

Si Dumbledore estaba allí, Harry no andaría lejos. No lo había visto junto a sus amigos que plantaron cara al resto de mortífagos.

Andaba por allí, y poco se equivocaba si no lo estuviera viendo todo.

Un profundo pesar cayó sobre él, ojalá Harry no tuviera que verlo, ojalá él no hubiera sido obligado a hacerlo. Albus, a pesar de todo, era alguien importante para él. La única figura paterna que alguna vez tuvo. El único que le dio la oportunidad de volver a la luz, a un alto precio, sí. Pero le tendió su mano, aquella mano negra que ya era incapaz de ocultar.

Su magia estaba debilitada, sus ojos azules ya no tenían esa vitalidad, el hombre estaba muriendo y la petición que le hizo a principios de curso seguía latente.

—Severus—gimió Dumbledore, el gran mago de aquella época, ahora lo miraba lleno de súplicas—. Por favor.

Su corazón latía rompiéndose con esas palabras, él no quería, jamás podría olvidar aquellas palabras. Jamás.

—Avada Kedavra—salió de sus labios y de su varita, impactando una de las personas más importantes de su vida.

Lo había prometido, lo había realizado.

Un silencio espeluznante se hizo cuando su cuerpo cayó sobre la baranda de la torre, los Carrow corrieron a confirmar que realmente caía.

Los gritos de alegría le supieron a hiel, su boca estaba seca, Draco a su lado estaba congelado. Lo agarró de su túnica y tiró de él. Tenía que sacarlo de allí, en breve eso se llenaría de aurores e irían a por ellos.

Corrieron, sin hablar, sin preguntas hasta que una voz los paró en seco.

Severus estaba llevando a Draco fuera de los terrenos de Hogwarts, un lugar donde pudieran desaparecerse.

—Asesino—bramó la voz de Harry a sus espaldas, varita en mano y lanzando hechizos.

Lo había visto, no había duda en que él había matado a Albus Dumbledore, pero si el niño no hubiera estado en la torre hubiera sido incapaz de saber que había sido él.

Asesino, eso era, a pesar de que lo hubiera hecho bajo la petición del mismo al que asesinó. Era una palabra que ahora lo definiría. Asesino.

—Corre, Draco—le dijo empujándolo. Su prioridad era poner al chico a salvo.

Este lo miraba con ojos desencajados, todo aquello, aunque había sido el fin mismo de su propósito le superaba, como bien sabía él que ocurriría. Pero obedeció y Severus dio gracias a Merlín.

—Nos traicionó, nunca debimos confiar en usted—gritaba con rabia Harry.

Hubiera querido explicarle, pero el momento aún no había llegado. Todo tenía un momento, y aún no había llegado en el que todo sería revelado.

—Vete de aquí, ve con la Orden—le dijo, esquivando una maldición que Harry le había lanzado. Para lanzar una imperdonable realmente tenía que haber intención en ella. El niño la estaba ganando.

—Me engañó con él—le dijo dirigiendo la vista a la escasamente visible figura de Draco que corría hacia las puertas de los terrenos de Hogwarts.

—Hay cosas que no pueden romperse—le dijo para que recordara su juramento.

—Sirius lo sabrá—Y aquellas palabras fueron directas a su corazón.

Lo sabía, Sirius sabría que él mató a Dumbledore. Una nueva prueba que dañaría su relación, Sirius no se lo iba a perdonar. Nadie le iba a perdonar que matara a Dumbledore, pero sobre todos ellos, su pareja. El amor de su vida que no había tenido en cuenta en aquellos planes.

Tenía que hacerlo, ellos estaban en guerra, los dos los sabían y en esos momentos hizo lo que tuvo que hacer. Pero su corazón dolía por el daño que le causaría a Sirius y por su ausencia.

Un grito desgarrador provenía de la cabaña de Hagrid y los aullidos lastimeros del perro de este encerrado entre las llamas. Los mortífagos lo atacaban, pero él tenía que irse.

Vio como una maldición doblaba en el suelo a Harry, detrás de él uno de los mortífagos le atacaba.

—No—gritó Severus—. El chico es de nuestro maestro, atente a las consecuencias si se entera.

Aquella amenaza fue suficiente para que los restos de mortífagos pasaran a su lado sin tocarle, lo último que vio Severus cuando cruzó las puertas fue las lágrimas en los ojos del niño que había prometido proteger toda su vida.

o0o

Sirius era incapaz de creer lo que ambos le estaban diciendo.

—Él lo mató—dijo casi sin voz Harry después de horas llorando. Estaba entre los brazos de Remus, que lucía de un tono gris nada saludable.

Sirius era incapaz de creerlo. Severus, su Severus matando a Dumbledore, a sangre fría, sin que este pudiera defenderse.

—No tiene sentido—dijo más para sí mismo.

—Lo siento amigo, es la verdad—dijo Remus sin querer decir nada más.

—Él nos traicionó, hizo que le creyéramos, te salvó para ganarse nuestra confianza y ahora...

—Cállate—le gritó a su ahijado, este lo miraba lleno de odio—. Lo siento, Harry.

—Me llevo a Harry a Hogwarts de regreso, mañana será el funeral—le dijo Remus cargando a Harry como si solo si fuera un niño pequeño. El chico se dejó hacer, realmente débil en ese momento—. No hagas nada estúpido, Sirius.

¿Nada estúpido? Su pareja, el hombre al que amaba más que a su vida se había revelado como un asesino. Como un doble espía, o triple, se perdía en aquellas posibilidades.

Dumbledore ya no estaba, aquel que los llevaba por el camino de la luz, su guía en todos aquellos años los dejaba huérfanos.

No podía ser, no podía nuevamente creerlo.

Necesitaba verlo, hablar con él, seguro tenía que haber una explicación. Él había visto las heridas, lo débil que venía tras los encuentros contra Voldemort. Como se rompía en sus brazos con lágrimas silenciosas. ¿Por qué fue a salvarlo de la muerte? ¿Por qué todo ese riesgo para traicionarlos?

Contra cualquier indicación, ahora solo le importaba una cosa, salió de Grimmauld Place.

Si Severus quisiera no lo volvería a encontrar, pero tenía que hacer la menos el intento. Fue al único lugar que conocía que había compartido con él. Su casa de la Hilandera. En el verano había sido casi imposible acceder a ella para verle pues Peter se había instalado allí.

Realmente de los dos el que más peligro corría era la rata traidora, pero Severus le había suplicado que no se expusiera aún, y no había podido ir a verlo prácticamente.

Se apareció en las cercanía de aquel desolado barrio muggle. Se camufló entre las sombras de la noche. Que él supiera era el único dentro de la Orden que conocía esa propiedad de Severus, él nunca la había revelado dándole algo de privacidad a su pareja.

La casa parecía vacía, no había luces prendidas ni ningún glamour que la ocultara si fuera así. No tenía nada que perder, pues sentía que lo había perdido todo si aquellas acusaciones fueran ciertas.

Entró por la puerta trasera con un simple alohomora, Severus no pensaba volver allí si no la había dotado de más protecciones.

Entró en la oscuridad de aquel hogar, con su varita alzada esperando cualquier ataque. Pero este no vino, el lugar parecía abandonado desde hacía meses, una capa de polvo estaba sobre las superficies vacías de mesas y los libros en los estantes.

La idea de no volverlo a ver, de que todo fuera cierto le rompía en dos. Por un lado Harry, y por otro Severus, ambos bandos no podrían volver a mezclarse, era consciente.

—Esperaba que vinieras—dijo la voz que tanto había estado esperando oír.

—Dime que no es cierto—fue lo único capaz de decir.—Dime que todo es una confusión.

—No es ninguna confusión, esta noche he matado a Albus Dumbledore.—Sirius solo podía ver su silueta negra apoyada en una de las paredes en las que se había camuflado. Apenas salió al haz de luz de luna que entraba por una de las ventanas.

—¿Por qué?—Su corazón se rompía.

—Los motivos aún no los puedo explicar—dijo Severus acercándose—¿Podrás perdonarme?—. Pidió incrédulo.

Allí, delante de él, el hombre que había amado de un modo tormentoso por casi toda su vida le pedía, por primera vez algo que iba en contra de todo lo que él era.

Sus ojos negros le miraban suplicantes, pero con pocas esperanzas. Alzó su mano para acoplarla a su pálida mejilla.

—Te quiero—fue lo único que dijo Sirius, sintió como el cuerpo de su amante le abrazaba. Su rostro contra la piel de su cuello y su respiración pesada. Y un suave te quiero de sus labios.

—Ayúdale, lo va a necesitar—dijo separándose. Solo podía referirse a Harry.

—¿Dónde vas a ir?—le preguntó sin querer aún dejarlo ir.

Un beso fue su respuesta, un beso dulce y amargo. Sabía que no le iba a volver a ver por un largo tiempo cuando este se separó de él.

Lo vio mezclarse con las sombras y sabía que se volvía a encontrar solo. Con la sensación aún en sus labios de su último beso y la mente confusa. Pero había tomado una determinación, él creía en Severus Snape, pasase lo que pasase, él le creía.

Un último vistazo a la casa abandonada y se desapareció.

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Miércoles de drama, estos dos me van a sacar canas...

Siento no haber podido salvar a Dumbledore, pero era crucial para poner a estos dos a prueba, un voto de confianza por fin.

A ver cómo seguimos con esto.

Hasta el miércoles que viene.

Besos.