Diciembre 1997

Hacía frío, a pesar de la capa gruesa que Sirius llevaba notaba como el gélido frío se metía por los pliegues de la tela.

Pero no quería usar más hechizos que delataran su posición.

Llevaba un leve glamour que ocultaban sus rasgos más característicos. En cualquier caso, desde la caída del Ministerio las órdenes a los aurores habían variado completamente. Aunque oficialmente estaba fugado, los mortífagos sabían que había caído en el Departamento de Misterios.

Un leve glamour era suficiente, además los pocos que sabían que estaba vivo eran incapaces de decirle que se quedara en casa.

Shacklebolt tenía serias sospechas de que el jefe de aurores estaba bajo un Imperio. La cuestión es que no había mortífagos en el Ministerio, al menos que ellos tuvieran constancia.

El auror les había señalado posibles funcionarios que podrían tener relación con el Imperio, y varios miembros de la orden les hacían vigilancia.

Sirius se encargaba de la vigilancia del nuevo Ministro, ya que era la persona que menos podrían esperarse los mortífagos.

Pero al parecer el hombre no iba a hacer nada especial en ese día, ni se reunió con nadie sospechoso.

Al día siguiente harían una pequeña fiesta de navidad en su hogar.

Los ánimos en la orden eran bajos, hacía demasiado que no sabían de Harry, Ron y Hermione. Y Sirius estaba de verdad inquieto.

Ellos escondían su rastro de todos, y en el caso de que los hubiera querido buscar no lo haría. Era el momento de que cada uno realizara su función, tristemente su ahijado llevaba la carga más pesada en sus hombros.

La guerra estaba dejando su rastro en la comunidad mágica, desde el Ministerio estaban llevando una auténtica purga contra los nacidos muggles a los que acusaban de haber robado la magia.

Este nuevo movimiento era aún más perturbador que la primera guerra. En esa la comunidad mágica sabía quien era el enemigo. En esta, estaba aún en la sombra. Y desde el Ministerio se iba legalizando día día un régimen de absoluto terror.

La gente tenía miedo, funcionarios iban a sus casas, eran acusados y encarcelados. Otros tan solo desaparecían y nadie volvía a saber de ellos.

La inseguridad podía sacar lo mejor y lo peor de las personas, y ambas cosas estaban sucediendo esos días.

Sirius trataba de calentar sus manos con su aliento. Pero parecía que nada de lo que hiciera las iba a calentar.

Un pensamiento fugaz cruzó su mente. El rostro de Severus era algo que solía visualizar, le calmaba y le hacía recordar que era real. Habían pasado por tantas cosas que seguir albergando sentimientos por él le daba fuerzas cuando más las necesitabas.

Era como una especie de talismán, de mantra en su mente que le sacaba de la desesperación.

Miedo por Harry, por el futuro que se le abría y en el que solo podían ayudar apenas. Sirius podría ser un loco, pero nunca un iluso y el papel de Harry cada vez le parecía más oscuro. ¿Cuánto más tendría que sacrificar de él mismo?

Miedo por esa sociedad que se echaba a perder, por la locura de aquel que los dirigía a todos.

Miedo por perderse como se perdió cuando todo cayó aquel 31 de octubre.

Miedo, Sirius rara vez había tenido ese sentimiento. Pero ahora sentía las garras del miedo arañarle el corazón. Temía perder a las personas que quería.

Una idea le cruzó la mente, no había vuelto desde la muerte de Dumbledore.

Un último vistazo a su objetivo y se desapareció.

Frente a una casa donde no había signos de vida, el animago se ocultaba en las sombras de la noche.

Era el único lugar que podía asociar con él, un lugar privado. Por eso mismo no lo había vuelto a pisar. No quería que nadie más supiera eso, y si lo supieran que no fuera por él. Un modo de protegerle. Pero le echaba tanto de menos, que no pudo resistirlo.

Volvió a introducirse en la casa sin problemas, como la última vez todo indicaba que no había pasado por allí nadie en largo tiempo.

Se dedicó a acariciar los lomos de los viejos libros que se almacenaban en las estanterías.

Recordaba como Severus leía ensimismado, la imagen de un joven pelinegro con su nariz pegada a los libros en Hogwarts le hizo sonreír.

Tocar sus cosas no era lo mismo que tocarle a él, pero le llenaban la mente de recuerdos. Abriendo la puerta de la habitación principal el recuerdo de aquellos escasos momentos que pudieron vivir años atrás, tantos que parecían otra vida. Momentos robados en los que solo se amaban, sin importar nada más.

Un suspiro escapó de sus labios, lo que daría por poder verle un solo instante, volver a tenerle entre sus brazos y oler su aroma, ese tan suyo que le volvía loco.

Los brazos que le rodearon la cintura no le sorprendieron, los necesitaba tanto.

—Te he echado de menos—le susurró al oído el dueño de sus pensamientos.

Sus labios cerca de su oído le hicieron cosquillas. Y el suave beso que dejó en su cuello.

—Severus...—susurró Sirius, temiendo que si alzaba la voz se desvaneciera como un sueño.

Se giró en los brazos que le sujetaban, y tomó entre sus manos el rostro pálido de su amante. No había luces prendidas, solo el reflejo de la luna y las escasa luces de la calle. Pero lucía tan cansado, las ojeras eran profundas y su rostro se había afilado aún más.

—Severus...—volvió a susurrarle en los labios.

Este lo besó, algo tan suave, que no era más que una caricia.

Ambos hombres se abrazaron fuertemente por lo que pareció una eternidad y un suspiro apenas, se separaron.

—No deberías estar aquí—le reprendió Severus.

—Tú tampoco, no es seguro—le contestó Sirius. Ambos sonrieron.

Sirius lo retuvo cuando este trató de separarse apenas.

—¿Cuánto tiempo tienes?

—Hasta el amanecer—lo besó.

—Hasta el amanecer—contestó Sirius besándolo con todo el hambre que almacenaba dentro de él.

Ese cambio de tercio no tomó desprevenido al pelinegro, que lo apretó más contra sí mismo.

La urgencia que sintieron fue suficiente para arrancarse la ropa, dejándola de cualquier modo.

Sin más luz que la que se filtraba por la ventana, Sirius lo lanzó sobre la cama. Aquello le trajo tantos viejos recuerdos, tanto nuevos anhelos.

Severus desnudo, con su pálida piel brillando a la luz de la luna, su escaso vello negro que hacía un pequeño camino hacía su miembro erguido, era una pura invitación.

No tenía calma para besarlo y lamerlo como hubiera querido, se colocó sobre él, sintiéndolo contra cada porción de su cuerpo. Frotándose contra él, escuchándolo gemir como él mismo hacía.

Buscó su boca, no podría tener nunca suficiente de sus besos, su sabor, su cálida lengua.

Severus separó sus piernas, acogiéndolo entre sus caderas, mientras le rodeaba con ellas.

Sirius se separó apenas para mirarlo, aquel hombre que era todo para él, le pedía más. Todo lo que él pudiera darle, y se lo daría, sin duda se lo daría.

No perdió tiempo, su varita en cualquier lugar apareció en su mano, un leve hechizo y Severus estaba listo para él.

Introducirse en su interior fue como volver a sentirse entero, lo penetró profundamente y sintió como se abría para él.

—Mírame—le pidió, los ojos negros como la noche volvieron a él, y casi saliendo volvió a penetrarlo despacio.

—Sirius...—gimió Severus sin dejar de mirarle.

Sirius repetía las profundas estocadas de modo constante, queriendo profundizar lo más posible. Llegar al interior más profundo de su amante.

El sonido de sus cuerpos al chocar era hipnótico pero el ritmo cambió a uno mucho más rápido, más necesitado.

Sintió como Severus los marcaba a ambos con su semen, mientras se arqueaba sin que Sirius dejara de taladrarle.

Lo alzó de la cama, colocándolo sobre su regazo, el cuerpo delgado y en esos momentos laso del pelinegro le pertenecía.

Abrazándolo movió sus caderas introduciéndose más en él, el sonido viscoso de sus cuerpos era demasiado excitante para él, y los besos de Severus que sobre el cuello en el que tenía escondido su rostro.

El ángulo le hacía poder salir menos de él, pero le tragaba por completo. Dejándose caer de espaldas con Severus sobre él, podía ver como su rostro quedaba oculto por su larga melena negra.

Sirius se quedó quieto mirándolo, suave, algo que nunca hubiera podido asignarse al adusto profesor era la imagen que tenía con él en esos momentos.

Suave para él, solo suyo. Llevó su mano a su rostro donde el otro depositó un beso. Suyo.

—Te quiero—le dijo, su pene aún dentro de su cuerpo, casi olvidado, pero conectados por algo mucho más profundo.—Te quiero.

—No más que yo a ti—fue lo que le contestó Severus, mientras comenzaba a cabalgarlo, mostrándole su miembro nuevamente erecto.

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La luz de un nuevo día apareció a través de las ventanas. Severus despertó en los brazos de Sirius y se permitió unos instantes para observarle.

La noche anterior detectó que había entrado en su casa, era el único que podría hacerlo en cualquier caso. Había lanzado hechizos que tan solo reconocerían su magia o la de Sirius.

Tranquilo porque había conseguido que todos los alumnos fuera a sus casas por las vacaciones de Navidad, podía tomarse un descanso de su vigilancia. No se había equivocado, fue un año realmente duro. Luchando entre la enemistad abierta con todo el claustro de profesores que se habían quedado para proteger a sus alumnos, y las sádicas medidas de los Carrow para con los niños.

Severus jugaba de nuevo a la doble cara, pero si todos esos años le había servido para algo era para ser un maestro de la ambigüedad.

Era consciente de que los alumnos habían seguido reuniéndose en el antiguo grupo denominado Ejercito de Dumbledore y protegían a los más pequeños.

Esa noche antes a la Navidad realmente tenía poco que hacer en el castillo, muchos profesores también lo habían abandonado. Por lo que cuando sintió las defensas de su casa dar paso a Sirius fue incapaz de no ir con él.

Allí plantado en medio de su dormitorio le pareció un sueño. Estaba acostumbrado a no tener nunca nada para él, pero con Sirius nunca era así, él era más de lo que nunca imaginó, y era suyo.

Sus largas pestañas oscuras aún tapaban sus ojos dormidos. Ojalá pudiera quedarse con él, pero no podría ausentarse más sin levantar sospechas.

Levantándose observó sobre la cama a su mejor regalo de navidad, el amor de su vida.

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Hola, ¿qué tal? Un merecido reencuentro para estos dos.

Ya nos vamos acercando al final, 3 capítulos y un epílogo. Me parece mentira estar en este punto ya.

Gracias a los que me estáis acompañando.

Hasta el miércoles que viene.

Besos