—Es una noche fría. —susurró para sí y el vaho se escapó con sutileza de los labios.
Montar guardia era pretexto para despejar la mente un rato. Por alguna razón Dilia le asfixiaba; era como si su halo le impidiera ser él mismo con normalidad. Se notaba torpe de pensamiento, torpe para hablar... Estaba seguro que detras de ella había mucho mós de lo que imaginaba.
Observó con detenimiento su entorno; hielo cubría todo lo que su vista alcazaba a divisar. El invierno golpeaba con intensidad demoledora; poca vegetación era la que se mantenía estoica a tan bajas temperaturas; Légolas no recordaba un invierno tan crudo en mucho tiempo.
Soltó el aliento en un suspiro frustrado, las dudas comenzaban a inundarle.
—Para alcanzar un objetivo es primordial jamás dudar. —repitió mesurosamente las palabras de su padre.
¿Cuál era su objetivo? Por instantes perdía el norte. La verdad, escubrir la verdad y proteger a los suyos... O al menos en eso se resumía todo. La verdad sobre Dilia era parte de lograrlo. Días de viaje y aún no sabía nada sobre ella. Especulaba, sí, ninguna respuesta se concretaba. Ella era un misterio, conjunto de señales indecifrables para el príncipe. Pero no se rendiría, no. Légolas llegaría hasta el desenlace; como siempre.
—Hasta la mismísima puerta negra... De nuevo. —El recuerdo de la hazaña estrujó su estómago. Definitivamente no deseaba repetir en nada aquella historia. Debía ser más acertivo con Dilia, antes de que por sosiego culposo las cosas avanzaran hasta convertirse en un problema mayor.
Caminó rotundo hasta donde ella. La imagen de la mordaz Dilia no fue lo que encontró; entre arapos, un bulto encorbado respiraba con pesadez. Una risa bribona pintó los labios del elfo. No era tan férrea como afirmaba, para nada. El recuerdo de Gimli le amplió la sonrisa; se parecían tanto en temperamento; insoportables e insufribles hasta el cansancio.
Su catorceabo sentido élfico le dictó que no estaba ahí para enfocarse en el estado gélido de la mujer; debía enfrentarla y aclarar todo con ella.
Acercó la mano para tocarle y al instante un escalofrío recorrió su piel. La alerta se encendió; algo no estaba bien.
—Dilia, despierta. —Fue la orden sencilla dicha con recelo. Desconfiado, Légolas dispuso sacarla del capullo de prendas. Al contacto sintió ganas de vomitar. La privilegiada vista élfica se le nubló; el mareo acabó por arrodillarlo. Sacó fuerzas de donde pudo para tirar fuerte de las prendas que cubrian el cuerpo femenino; lo logró... Una franja luminosa se apreciaba bajó la tela del vestido ella; justo sobre el costado. Fulguraba en rojo.
Légolas se levantó con esfuerzo. Era claro que algo pasaba con ella; todos esos síntomas que lo enfermaban tenían que ver con aquella marca fulgente. No la había visto antes, de eso el príncipe estaba más que seguro... Pero por qué ahora y por qué le afectaba de aquella manera.
—Dilia —llamó fuerte, casi en grito. Ella dio un brinco e instantáneamente se quejó de dolor, llevándose la mano sobre su marca. Légolas vomitó ipso facto.
—Aléjate ¡Hazlo ya! —Ordenó con histeria. El elfo obedeció, saliendo casi a rastras del refugio. Dilia cubrió su cuerpo con las prendas.
Sobre la nieve, Légolas dejaba que el frío le calmara el cuerpo. En la cueva, dentro de su capullo de ropas, Dilia elevaba una plegaria a Mandos.
N/A: Besos y abrazos a quienes se den el tiempo de leer y comentar.
