La vida de Kazuto era perfecta. Habían pasado 15 años desde que se casó con Asuna, el amor de su vida, y habían permanecido juntos y felices hasta entonces. Forjaron una vida en el castillo, y cuando el rey y la reina decidieron que eran demasiado viejos para seguir reinando decidieron cederles el trono a Kazuto y a Asuna. Inicialmente no fue fácil, pero con el tiempo y con la ayuda de Asuna Kazuto logró ser en un rey digno y justo que era querido por su reino.

Sin embargo, después de obtener su final feliz siempre hubo un pensamiento escondido en lo más recóndito de su mente carcomiéndolo por el temor y la culpa. Después de tantos años Kazuto seguía recordando la deuda que le tenía a cierta hada y el precio que debía pagar por ello.

Incluso siendo rey y poseyendo todos los recursos que pudiese necesitar para hacer búsquedas por todo el reino Kazuto nunca logró encontrar al hada. Nadie lo había visto nunca, y ni siquiera habían escuchado de semejante criatura.

Sin respuestas ni pistas que lo pudieran ayudar Kazuto no podía hacer nada por el momento, pero cuando Asuna le hizo saber que estaba embarazada supo que no tendría que esperar mucho tiempo para volver a verlo. Fue un momento muy abrumador por emociones completamente opuestas. Había estado increíblemente feliz de que su esposa traería al mundo su primer hijo, un bebé con mitad suya y de ella, pero también había sido invadido por el temor al recordar que esa misteriosa hada aparecería tan pronto su bebé llegara al mundo para arrebatárselo.

En lo que transcurrían esos nueve meses Kazuto no podría hacer nada por más que quisiera, así que decidió ignorar esa preocupación y disfrutar plenamente del embarazo de Asuna. Cuando llegara el momento del nacimiento estaría listo para lo que sea que fuese a ocurrir.

Y fueron nueve meses llenos de dicha y emoción. Kazuto disfrutó de cada minuto, pero pasaron demasiado rápido para su gusto. Antes de que pudiera darse cuenta ya estaba afuera de su habitación caminando en el pasillo ansiosamente de un lado a otro, esperando por poder conocer a su hijo o hija.

Ya habían pasado varias horas desde que Asuna comenzó a dar a luz, y al no poder estar a su lado para apoyarla no tenía otra opción más que esperar. El suspenso de no saber cuánto tiempo faltaba, de que no hubiera complicaciones o de que Asuna estuviera bien mantenía a Kazuto en un estado continuo de ansiedad y estrés.

Varios sirvientes y guardias que lo vieron caminando de un extremo a otro con los brazos fuertemente cruzados le aseguraron que todo saldría bien y que no tenía nada de qué preocuparse, pero ¿cómo no iba a preocuparse? Era su esposa la que estaba ahí dentro, dando a luz a su bebé mientras él se quedaba sin hacer nada.

La puerta se abrió lentamente y Kazuto se detuvo en seco, desesperado por escuchar buenas noticias. Dos sirvientas que habían acompañado a Asuna desde que se le rompió la fuente se asomaron por la puerta buscando al rey, y tan pronto vieron que las estaba mirando con esperanza en los ojos las dos le sonrieron. Abrieron la puerta por completo para que Kazuto pudiera entrar, enternecidas al ver que el rey corrió apresurado por estar al lado de Asuna. Con una breve reverencia las dos se fueron para dejarlos a solas.

"Asuna." Kazuto la llamó entusiasmado casi tropezándose por querer estar a su lado lo más pronto posible.

Al escuchar su nombre Asuna apartó su atención del bulto en sus brazos para sonreírle a su esposo.

"Kazuto." Le respondió con una amplia sonrisa.

Tan pronto tuvo a Asuna a su lado Kazuto se abalanzó para abrazarla aliviado y comenzó a postrar besos sobre su cabeza. Habían pasado demasiadas horas separados que Kazuto por poco perdía la cordura.

Ella estaba bien, todo había salido bien, y a juzgar por la sonrisa en sus labios su bebé también estaba bien.

Sintió como el alivio recorrió su cuerpo e hizo que todo el temor que había sentido se desvaneciera, y una vez que su mente ya no estaba nublada por preocupación Kazuto tomó un par de segundos para ver a Asuna detenidamente.

Su largo cabello estaba despeinado y húmedo, su rostro tenía rastros de sudor y estaba cubierto por un ligero tinte rosado muy seguramente por el cansancio y sus ojos estaban entre cerrados deseosos de poder cerrarse por completo para poder dormir. A pesar de que Kazuto no tuvo nada que ver con el parto se sentía agotado por el torrente de emociones, pero al ver a Asuna completamente exhausta recibirlo con una sonrisa no pudo evitar sentirse indigno de ser su esposo.

"Gracias." Fue todo lo que Kazuto pudo decirle antes de besarla de nuevo, acariciando sus mejillas tiernamente.

Asuna rio, postrando su frente contra la de él.

"Hay alguien a quién deberías conocer." Le susurró suavemente, alentándolo para ver de cerca al bebé que traía en brazos.

Tragando saliva nerviosamente Kazuto sintió como su corazón latía desenfrenado en su pecho mientras descubría el rostro de la pequeña criatura envuelta en sábanas.

En un encuentro conmovedor un par de ojos avellana conocieron por primera vez los grises de su padre.

"Es una niña." Kazuto murmuró maravillado.

La pequeña era definitivamente la viva imagen de los dos. Sus ojos eran idénticos a los de Asuna, igual de brillantes y hermosos, y sus mechones negros definitivamente eran iguales a los de él. Era perfecta.

Kazuto jamás había pensado que podría enamorarse de alguien más con Asuna a su lado, pero en ese instante estaba convencido de que nunca había visto una criatura tan hermosa. Apenas llevaba un par de segundos de haberla conocido y ya estaba perdidamente enamorado de ella.

Pero abruptamente la felicidad lo abandonó. Ahora que su hija había nacido sin duda alguna esa hada ruin vendría a arrebatársela, a hacer quién sabe qué con ella y nunca la volvería a ver. Sin duda alguna si eso sucedía Kazuto sucumbiría ante la tristeza, sería demasiado para su corazón.

Los gemidos curiosos de su hija trajeron a Kazuto de regreso a la realidad cuando la pequeña estiró sus brazos en un intento de tocar a su padre.

Kazuto sonrió y acerco su mano a su hija para que ella tomara uno de sus dedos. Aunque sus manos eran increíblemente pequeñitas la bebé sujetó su dedo índice con una fuerza que Kazuto no esperaba. Nació fuerte, sana y preciosa. Tanto era su orgullo que Kazuto pensó que sus sentimientos se desbordarían de una manera u otra.

No, definitivamente no permitiría que se llevaran a su hija. Estaba decidido a protegerla a cualquier costa, y si tenía que ir al otro extremo del mundo para mantenerla a salvo lo haría sin dudar.

"Es perfecta." Asuna suspiró risueña.

"Sí, lo es." Kazuto besó la frente de Asuna y tomó un mechón de cabello que estaba en su rostro para colocarlo detrás de su oído. "Necesitas descansar. Ella también."

Los ojos de Asuna estaban al borde de cerrarse del cansancio y sueño, y en ese instante ella merecía descansar más que nadie.

Asuna asintió con un bostezo.

"Sí, creo que dormir me caería muy bien."

Kazuto se levantó de la cama para arropar cuidadosamente a Asuna y a su hija. La imagen de Asuna con su hija en brazos aún no parecía real, pero entre más tiempo las miraba Kazuto podía sentir como su corazón revoloteaba en su pecho y le recordaba que en verdad eso estaba pasando.

Las miró añorante por unos momentos más, y una vez que la respiración de Asuna se tornó más relajada y lenta dejó la habitación.

Era cuestión de tiempo antes de que el hada volviera a aparecer. Podría ocurrir en cualquier momento, así que la prioridad de Kazuto era mantener la habitación vigilada lo mejor posible para evitar que se llevaran a su hija. De esa manera una vez que apareciera el hada Kazuto podría intervenir para persuadirlo de alguna manera.

Levantando la mirada Kazuto perdió el aliento cuando frente a él estaba el hada que no había visto en casi dos décadas.

A pesar de los años se veía exactamente igual, el mismo cabello rubio y ojos verdes que brillaban pícaramente. Verlo de nuevo después de tanto tiempo era aterrador y abrumador al mismo tiempo, y de no haber estado esperándolo Kazuto habría entrado en pánico.

Kazuto hizo todo en su poder para no perder el control y darle un puñetazo en la cara. Si podía transformar la paja en oro quién sabe de qué más era capaz, por lo que no era buena idea probar su suerte.

"Felicidades majestad." El hada se inclinó en reverencia. "Tiene usted una hija realmente preciosa."

Las manos de Kazuto se apretaron en puños de ira.

"Qué suerte la mía ¿no? Nunca pensé que me llevaría a una niña tan linda." El hada continuó con una risa burlona.

La sangre comenzó a hervirle, e instintivamente Kazuto usó su cuerpo para bloquear la puerta hacia dónde Asuna y su hija estaban durmiendo. La única manera en la que llegaría a ellas era sobre su cadáver.

"No te llevarás a mi hija." Kazuto gruñó furioso, su mirada llena de rabia y determinación. "Estoy dispuesto a darte cualquier otra cosa, pero a ella no."

El hada rodó sus ojos entretenido.

"¿Después de tanto tiempo sigue con lo mismo majestad?" Preguntó mientras sacudía su cabeza decepcionado. "Ya le había dicho que no aceptaré otra cosa. Además, no me parece justo que a pesar de que fue gracias a mí que tiene esta vida, usted se rehúse a pagarme el favor."

Por más que detestaba admitirlo tenía razón. De no haber sido por él Kazuto habría muerto hace años. No se habría casado con Asuna, no habría iniciado una nueva vida con ella, no habría creados tantos recuerdos para atesorar y sobre todo su hija ni siquiera habría existido.

"¿Qué clase de rey no paga la deuda de un favor tan grande?"

Era verdad. Todo se lo debía a él, pero el convertirse en un rey justo y buen esposo fue todo mérito propio. A pesar de que el hada le dio la oportunidad de seguir viviendo Kazuto encontró la felicidad por sí mismo, fueron sus méritos los que lo llevaron tan lejos y eso nadie se lo podía quitar.

"Es verdad que de no ser por ti yo habría muerto hace mucho tiempo." Kazuto admitió en un murmuro. "Pero no necesito ser rey para saber que tu trato fue injusto. Esa noche me acorralaste y me pusiste en una posición donde no tenía otra opción más que aceptar sin importar cuáles fueran tus condiciones."

"¿A pesar de que te ayudé me acusas de algo así?" El hada suspiró indignado, postrando sus manos en su cintura despreocupadamente. "En serio no entiendo por qué haces tal alboroto. Si tanto quieres ser padre después de darme a tu hija podrías embarazar a la reina de nuevo y ya."

Como quería matarlo.

En un solo paso Kazuto cortó la distancia entre los dos y sujetó al hada por el cuello de su prenda de manera amenazante. Todo su cuerpo hervía de ira y sus manos temblaban por el repentino flujo de sangre que lo incitaba a golpear ese rostro tan molesto y burlón. Era el rey, nadie podía detenerlo de hacer lo que le plazca, además su enojo era justificado, pero el poco sentido común que no aún había sido nublado por adrenalina le gritaba a Kazuto que no era buena idea arriesgarse de esa manera.

El hada se rio burlón, disfrutando de cómo el mismo rey intentaba matarlo con la pura mirada.

"No te daré a mi hija." Kazuto repitió entre dientes.

Se miraron el uno al otro en silencio, Kazuto manteniéndose firme y el hada sonriendo entretenido esperando por ver el siguiente movimiento del pelinegro.

Justo como lo supuso después de recobrar sus sentidos y respirar profundamente Kazuto lo dejó ir, su mirada llena de rabia tornándose débil y triste.

"La amo demasiado… no lo soportaría." Kazuto confesó tristemente, abrumado por la sensación de impotencia que lo invadió.

Con un suspiro fingido de derrota el hada sacudió su cabeza.

"Hasta yo tengo corazón majestad, así que si significa tanto para usted le daré una oportunidad."

Kazuto levantó la mirada sorprendido. ¿Aún tenía la posibilidad de quedarse con su hija? ¿Aún había esperanza?

"Si en los próximos tres días usted puede adivinar mi nombre no me llevaré a su hija y perdonaré su deuda. Pero claro, si falla me la llevaré."

¿Adivinar su nombre? Definitivamente eso no era imposible, ¡podía hacerlo!

Los ojos de Kazuto se iluminaron esperanzados y sintió que un peso dejó su pecho, pero inmediatamente entró en pánico cuando el hada empezó a reírse.

"¡Pero el primer día es hoy! Así que empiece a adivinar majestad."

¿Qué clase de nombre podría tener un hada? ¿Uno extraño? ¿Uno común? ¿Uno que jamás podría imaginar?

Kazuto comenzó a decir todos los nombres que le llegaron a la mente. Desde nombres ficticios que había leído en libros hasta nombres de familiares y amigos que tuvo en su infancia, pero mientras más nombres decía más se angustiaba al ver que la expresión burlona del hada nunca cambió. ¿Ni si quiera estaba cerca?

Poco a poco a Kazuto se le acababan las ideas, y cuando sus pausas entre cada nombre comenzaron a alargarse el hada alzó su mano en ademán de alto.

"Eso es suficiente por hoy majestad, volveré mañana para su segunda oportunidad."

Inclinándose ligeramente el hada se despidió y desapareció en una nube de luces.

Una vez solo Kazuto tomó unos segundos para comprender la gravedad de la situación. De ninguna manera podría adivinar por su cuenta, necesitaría ayuda y no tenía mucho tiempo para conseguirla. Tenía que tomar medidas drásticas.

Impulsado por el temor que descendió en su estómago Kazuto decidió que tan pronto saliera el sol el día siguiente mandaría a varios grupos de guardias a buscar nombres a través de todo el reino. Ese nombre tenía que estar en alguna parte e iba a encontrarlo cueste lo que cueste, pero tenía que hacerlo siendo cauteloso de que Asuna no se enterara.