Capítulo 8
La rubia conciencia del Nara
Edificio Hokage
12:00md
Estaba harto, me dolía la cabeza. ¿Qué hacer?, ¿Qué acción tomar?
—¿No sabes que fumar es nocivo para la salud? —Escuché el murmuro femenino a mis espaldas.
Giré mi rostro para confirmar mis sospechas. Era la obstinada embajadora.
—Estamos en hora de receso, estimada Suna Hime. Le pido por favor y ahórrese sus ganas de discutir por unos cuarenta y cinco minutos.
—¿Conque estamos de pocas pulgas?
—No quiero faltarle el respeto, así que le ruego no me provoque.
—Sé que no me compete su vida privada. En realidad, no me importa en absoluto, pero…
—Estamos a bastantes pies de altura. —interrumpí su comentario. —¿Qué tal que hubiera venido acá con intentos de tirarme del edificio y usted viene a darme semejante motivación?
—Eres demasiado cobarde para hacerlo.
—No colmes mi paciencia, mujer. No estoy de humor para majaderías. Además, ¿Cómo hiciste para llegar acá en tu estado?
—¿Mi estado?, es un pie dislocado, cualquiera que te escuche dirá que estoy embarazada. Y por si no lo sabes a tu espalda hay un ascensor.
—¡Mendōkusai!
—¿No te cansas de decir esa muletilla? —dijo caminando con sus muletas hasta llegar cerca del borde de la azotea.
—Ten cuidado mujer. No quiero ser acusado de homicida.
—¡No me hagas reír!, sé más hombre y ¿Admite que más de una vez te ha cruzado por la cabeza matarme?
«Más que matarte quisiera besarte»
—¡No digas tonterías!
—Te propongo un trato. Tu te quedas en esa ala y yo aquí, así no tenemos que mediar palabra y los dos hacemos lo que nos place.
—Es imposible que dos personas solas en un mismo lugar no lleguen a comunicarse entre sí.
—¡Oh sí podemos!. Tú haces como si yo no estuviera acá y yo hago lo mismo.
«Absurdo sería hacer caso omiso a tu belleza»
—¡De acuerdo! —respondí un tanto molesto y exhalando el humo.
Transcurrieron varios minutos en absoluto mutismo entre ambos, y la serenidad de tan revoltoso ser comenzaba a impacientarme.
—¿Sabes?, me gusta venir acá cuando siento que tanto papeleo me agobia. Sentir el viento golpear contra mi cara, me ayuda a despejar la mente. Me relajo y luego bajo a seguir con la rutina. —rompió el silencio Temari.
—¿No que nos íbamos a ignorar?
—Ni tú mismo te crees el cuento de que quieres estar solo.
«Aunque siendo sincero ella tiene razón»
—Touché
—¿Lo ves? Te conozco más que a ti mismo.
Sonreí ante su ególatra comentario.
—Yo vengo a ver las nubes. —acoté a la conversación que está por entablarse.
—¿Las nubes?
—Me da envidia verlas divagar por ahí sin preocupación alguna.
—Ahora resulta que el señor consejero de la aldea de la hoja es todo un prócer de la vagabundería. ¿Quién lo diría?
— No me dirás que no tienes una pasión oculta. ¿Un placer culposo?
—Aparte de sentir como el viento abraza mi cuerpo. Me gusta observar flores, en especial la lavanda. Tengo una maseta que llevo conmigo vaya donde vaya.
—¿La traes contigo ahora? —le pregunté.
—¡Obvio no! Me refiero a que si debo quedarme por un tiempo prolongado en un lugar la llevo a donde me hospede.
—¿Por qué la lavanda?
—No me hagas entrar en detalles. —musitó
—No me dejes en ascuas, ¡mujer! —exclamé muy interesado en saber más sobre ella.
—Bien, bien, te lo diré. —dijo en obstinación. —Según dicen, la lavanda ayuda a la sanación espiritual y sirven para depurar tus más grandes temores.
—Y huelen muy bien.
—¡Exacto! También porque el púrpura es mi color favorito.
Asentí en aprobación.
—¿Te gusta la botánica como a mí? — fue su turno de preguntar.
—No. La familia de mi esposa es la mayor exportadora de flores de Konoha.
—¡Ya! —musitó en respuesta. —¿Tienes uno extra? —acotó.
—¿Un qué? —Repliqué.
—Un cigarrillo. ¿Qué más?
—¿Usted fuma?
—Si te estoy pidiendo uno es porque sí, ¿no lo cree?
Saqué la cajetilla y el mechero de mi bolsillo, extendí la cajetilla para que la mujer a mi diestra sacara un cigarro. Lo puso entre sus dedos para llevarlo a su boca, acercó su cabeza al mechero encendido, inhaló una buena bocanada, de nicotina, y segundos más tardes lo exhaló.
—Irónico. Me regañas por fumar y resulta que también lo haces. —acoté
—Hace tiempo que no. Fumo cuando algo me abruma.
—¿Y qué le abruma?
—¡Nada!, hoy solo se me antojo en cuando te vi fumando, aunque prefiero los habanos.
—¡Chica ruda!, ¿eh?
—Más bien acostumbrada a lidiar con hombres poderosos. ¡Ya sabes!, los grandes políticos y empresarios para mantener su sofisticación, les gustan las excentricidades.
Mis hermanos y yo robábamos puros del estudio de mi padre. Nos los fumábamos en el sótano —relató botando el humo sin separar el cigarrillo de su boca. «Como toda una experta» —¡Una completa bobería! Creíamos que padre nunca se enteraría. Demasiado ocupado en enredos políticos y empresariales para notar que cada cierto tiempo, los habanos desaparecían misteriosamente de la caja de madera donde los tenía y de tres en tres.
—El robo no es lo de ustedes —bromeé.
—De dedicarnos al hurto. Ya estaríamos tras las rejas.
—Una carrera delictiva bastante corta.
—¡Correcto! —Cuando estaba en secundaria, fui a robar un puro para llevárselo al que en aquel entonces era mi novio. Con tan mala suerte que en el preciso momento en que lo tenía en mis manos mi padre entró al estudio, agarrándome literalmente con las manos en la masa.
—¿Y qué te dijo? —Pregunté muy interesado en la historia.
—Pues me dio una buena reprimenda y no volví a tomar de sus habanos sin su consentimiento.
—¿Buscaste la manera de conseguirlos clandestinamente?
—No. Empecé a fumar cigarrillo. Son más baratos y accesibles.
—¿Y desde entonces caíste en el vicio?
—Tampoco. —Ya en mi época universitaria fumaba antes de tragarme los enromes libros constitucionales. —Sonreí, rememorando que yo hacía justamente lo mismo. —un día mi padre llegó al campus encontrándome, cigarro en boca, palidecí cuando vi su rostro compungido. Esa misma noche me pidió que lo acompañase a una reunión de negocios. Fuimos y una vez pactados los acuerdos, los hombres ahí reunidos se dispusieron a jugar póquer. Tiraron sus costos sacos a un lado, se remangaron las camisas, aflojaron sus corbatas, sacaron sus fajos de dinero, tomaron asiento mientras un mesero les alistaba los escoses, olieron sus habanos en éxtasis antes de prenderlos. Uno de ellos cortó el naipe y comenzando a repartir.
—Parece una escena de película gánster.
—Lo mismo pensé mientras los veía hacer sus apuestas. Eran cifras escandalosas. Yo era la única mujer en esa sala y mi padre también participaba, pero los juegos de mesa y él, no eran compatibles. Me picaba la lengua por decirle: "haz esto…, haz lo otro", ¿Qué haces papá?
—Eso va contra las reglas.
—¡Lo sé!, pero ver a esos arrogantes hombres, en completo silencio, analizando cada paso, cada movimiento de sus oponentes, cuando pujar más, cuando menos. Me llamó sumamente la atención y mi padre lo percibió, así que pidió que yo lo relevara. El rito de iniciación era fumar un puro, miré a mi padre buscando aprobación, asintió en respuesta, me senté entre ellos y comencé a jugar, a analizar sus gesticulaciones y en vez de estar cohibida, me sentí poderosa. Ganaba partida tras partida, no solo recuperé lo perdido por mi padre, lo dupliqué. Fue una noche de padre e hija muy divertida. Una guerra de sexos donde la progesterona salió vencedora.
—Quizás tu padre, ya conocía tu poder de análisis y por eso te llevó.
—Eso es lo que siempre he creído. Esa noche nos fuimos a casa bastante embriagados y con los bolsillos cargados de dinero. Desde entonces, una vez a la semana, había partida de póquer. No miento cuando digo que pocas veces perdí.
—¿Qué hubo con la historia del habano?, ¿Continuaste fumando?
—Sí. Incluso más de una ocasión junto a él.
—¿Extrañas mucho a tu padre?
—Mi nana dice que las niñas son más apegadas a sus padres. Lo cierto es que, sí, lo extraño, sin embargo, él me enseñó que la vida continua, que se puede caer, pero hay que sacudirse las rodillas y seguir adelante a pesar de cualquier adversidad.
—Se le suele llamar síndrome de Electra. Si es de un niño a su madre, síndrome de Edipo.
—¿Ahora eres psicoanalista?
—No, pero me gusta ver "El Psicólogo en su casa"
—Yo también veo ese programa.
Nos miramos cara a cara con una sonrisa surcando nuestros labios. Reconociendo la casualidad.
—¿Te llevas bien con tu madre? —indagó.
—La respeto y la adoro, pero me llevo más con mi viejo.
—Es imposible no querer a tu padre.
—Mi madre es extremadamente mandona y no tolero las mujeres con ese tipo de carácter. Siempre me he preguntado, ¿cómo mi viejo le ha hecho para soportarla tanto tiempo?
—Las parejas se acoplan, el uno al otro. Deberías saberlo.
—Sí… al parecer. Sí.
—¿Problemas en el paraíso?
Por poco y me atraganto con mi propia saliva.
—No. —negué tajantemente. —Sólo no podría convivir con alguien intransigente.
—¿Tu esposa es sumisa?
«depende»—No. Tiene su carácter, más no llega al nivel de mi madre.
—Mis hermanos dicen que yo sí lo soy.
—¡No me cabe la menor duda!
Cerré mis ojos esperando es aspaviento de la oriunda de Suna, pero este nunca llego. Al parecer estaba de buenas.
—¿Insinúa algo, Nara? —la miré esperando la retahíla del siglo, pero ella me miró con burla.
¡Carajo!, cada vez que "Nara" sale de su boca me dan unas endemoniadas ganas de arrojármele como león hambriento y hacerle de todo.
—Disculpa no quise...
—Sé perfectamente como soy y no me arrepiento. Conmigo tienes dos opciones: Me aceptas tal cual soy o te largas, que mucho aclara el que poco estorba. —sentenció tirando la chinga del cigarrillo pisándola con el zapato.
—¡Más claro ni el agua! —emulando la acción de la rubia. —Es curioso que tu padre asimilara tan fácilmente tu vicio. Si yo encontrara a Mirai, fumando le daría una buena regañada.
—¿Tienes una hija?
—No, no tengo. —Dije con una extraña necesidad de reafirmar la negativa. —Mirai es la hija de mi antiguo sensei. La conozco desde que estaba en el vientre de su madre y para mí más que una niña a quien estimo, es como si fuese realmente mi hija.
—¿No crees que sería hipócrita de tu parte, sermonear a alguien por fumar?
—¡Puede ser!, pero un consejo no está de más. Además, soy de la opinión de que una mujer se ve desagradable fumando. —Enseguida me arrepentí de haberlo dicho.
—¿Te parezco repulsiva?
«Ni con la tabacalera entera entre la boca te encontraría repulsiva»
—No quise decir eso. ¡Lo siento!
—Ese es tu problema, Señor consejero. —aquí iba la parábola del año. Todo por mi maldita bocota. —Tratas de siempre salirte por la tangente, evitar los problemas a toda costa. No tomas al toro por los cuernos, te espanta perjudicar a los demás y en esta vida uno no puede estar bien con Dios y con el diablo. O eres de un bando o eres del otro.
La tregua se había disipado. Era hora de volver a las armas.
—Si te soy sincero. Fumar es el peor de los vicios. He visto como acaba con la vida de las personas y aun así no logro abstenerme de él. ¿Crees que no he intentado dejarlo? He ido a sesiones de hipnosis, me he colocado un sin número de parches, en incontables veces, y recaigo una y otra y otra vez.
—¿Y quién te dice que debes dejar de fumar por completo?, puedes controlarlo en vez de él a ti.
—¿Qué parte de no logro abstenerme no entendiste?
—Entendí muy bien. No ofendas mi inteligencia. ¡Te lo advierto!
Peiné mi cabello a manera de apaciguar la vergüenza y la ira que comenzaba a emanar en mi interior.
—Me cuesta demasiado prescindir de él. —musité con sinceridad.
—¿Y que no es difícil en esta vida? Incluso venir a él lo es, sino que lo digan las madres al parir un bebé. Si me aceptas un consejo, lo que debes hacer es reducir el consumo paulatinamente hasta que tu cuerpo se limpie un poco las impurezas y no te exija el tabaco.
—No había considerado esa opción.
—Hazlo y veras que tu metabolismo llega a acostumbrarse. Todo en esta vida tiene solución excepto la muerte.
—¿No estás hablando únicamente del peligro del fumado?, ¿cierto?, —Lo dices por mi inapropiado comportamiento dentro del salón de conferencias.
—No fue tu mejor actitud, pero comprendo que hay días de días y no resulta fácil mantener siempre la compostura. Al fin y al cabo, somos humanos.
—No es nada personal lo que me tiene preocupado. Bueno sí, pero el cargo que ejerzo me impide dejarme llevar por sentimentalismos. Debo pensar en el bien común.
—¡Patrañas!, ni un sabio lograría mantenerse inmune. El hecho de que tenga que hacer lo que correcto, no quiere decir que no le duela. Lo que quería decirle antes de que me interrumpiera es que todo en esta vida tiene un por qué, lo bueno o lo malo que nos sucede siempre trae consigo un aprendizaje. Pronto encontrará la solución. Las personas más influyentes de su aldea se vanaglorian de tenerlo en su equipo, haga valer ese orgullo y analice bien los pro y contras de denunciar ese delito de corrupción.
—El pueblo necesita saberlo.
—Sí, pero también está el punto que esta acusación está a días de perder vigencia.
—¿Me pides que tire a la basura los valores que mis padres me inculcaron, así como, el juramento que hice en el colegio de abogados?
—Yo no te pido nada. No soy quién para hacerlo. —Es sólo que, si haces la denuncia muchos "honorables" personajes de la política y del mundo empresarial, se verán inmiscuidos. No sabes que hay tras esa cortina de humo, puede ser un simple soborno de un sujeto "X" hasta una red de narcotráfico.
—¿Crees que no lo he pensado? Y si eso fuese todo, pero son personas cercanas las que están en esa lista.
—¿Es un amigo?
—Es más que eso.
—¡oh, ya veo! —Mi padre solía decir que vale más una mentira que te haga feliz, que una verdad que te amargue la vida**. Piensa muy bien lo que vas hacer o lamentarás las consecuencias de por vida.
—¡Lo sé!
—Bien creo que es un buen momento para irme. Si preguntan por ti diré que estás indispuesto.
—Gracias por todo. Realmente necesitaba desahogarme.
—Ahórrate los agradecimientos, además lo hice porque no estoy dispuesta a aguantar tu cara larga, más ahora que compartiremos oficina.
—¡Siempre tan sutil, mujer!,¿Qué te sucedió que andas tan Salomónica?
—Ya me conoces. Soy un estuche de monerías. — soltó en broma.
Y con eso la blonda que minutos antes fungió como la voz de mi conciencia, giró su cuerpo y las muletas. Marchándose. Dejándome corporalmente sólo, pero acompañado de un monólogo interior.
Estoy entre la espalda y la pared.
¿Qué decisión tomar?
Lo correcto sería denunciar el caso antes de que prescriba, pero si denuncio, esto acarreará un gran dolor para las familias involucradas.
¿Qué hacer cuando un pariente es acusado por tráfico de influencias?
¿Cómo verle a la cara cuando has sido su verdugo?
¿Cómo lo tomará ella?
¿Me odiará?
Quisiera tirarme al abismo y nunca haberme enterado de este delito.
Cómo llevar a la luz pública esto si el mayor sospechoso es… tu suegro.
¡Hola todo el mundo!
No… no estoy de regreso, pero desde ayer estoy nadando en un mar de ideas para un capítulo de esta historia. Espero y se encuentren de maravilla. Como siempre les agradezco de antemano sus buenos deseos, comentarios y vistas a mis relatos. Un enorme abrazo a la distancia.
**Esta frase pertenece a la canción "Mentiroso" de Ricardo Arjona.
P.D. El cómo Shikamaru se enteró del delito y qué decisión tomará al respecto será explicado en los próximos capítulos.
