RECUERDO INMORTAL


Capítulo 5


El sonido del agua cesando de correr y el chillido común del grifo fue lo primero que escuchó Mozart. Con rostro cansado se llevó ambas manos al rostro buscando refrescarse con el agua.

-Mooo ¿Qué le pasa a Lud-kun?-Enseguida abrió el compartimiento frente al espejo del lavabo, sacó un cepillo de dientes y la crema dentífrica. Casi se va de bruces cuando al cerrar el compartimiento vio reflejada la imagen de Liszt con un rostro bastante duro.

-¡L-liszt!-Exclamó.

La mujer de dorados cabellos suavizó su mirada.

-¡Wolf-chan!-Dijo con fingida alegría. El muchacho de rosados cabellos la miró de frente, esperando que le dijese a que se debía esa inesperada visita en ¿el baño?

-¿Qué pasa Liszt? No sueles ser alguien que se va por allí escondiendo.-Dijo más calmado. La mujer se puso frente a frente con él, lo cual le generó ciertos nervios, su adoración por los grandes pechos se veía más en evidencia cuando Liszt estaba cerca.

Sonrió pícaramente.

-¿Me estas…busca—

Todavía no terminaba la pregunta cuando ella habló.

-¿Tu sabes qué le está pasando a Lud-chan?-Preguntó.

La pregunta lo desatinó de sus primeras intenciones, tras unos segundos meditó las palabras de ella.

-¿Raro?... Pues claro, él siempre es raro.-Sentenció con una sonrisa boba. La mujer soltó un suspiro de agotamiento.

-Veo que tú no lo notas.-Susurró con cierto aire de preocupación. Estaba a punto de darse media vuelta cuando Mozart volvió a hablar.

-¿Acaso te refieres a su creciente nerviosismo hacía Kanae?, durante el desayuno fue muy evidente, gracias a mi curiosidad terminé con la garganta cubierta de pan.-Dijo sobándose el cuello como si recordarse el dolor.

Los ojos verdes de ella brillaron.

-¡Si! ¡Tu también lo notaste!-Tomó las manos del chico esperanzada, pero las orbes cian de él se dirigieron a su escote.

-Oye ¡mis ojos están aquí arriba!-Le gritó dándole un cachetadón que lo dejó estrellarse contra el puro de cerámica.

Tal parecía que no era el día de Moz.

-L-lo siento.

Se acomodó el cabello.

-¡Hmpt! Como sea.-Se acercó de nuevo al chico y se hincó para estar a su altura.

-Algo hay que hacer con esos dos.-Susurró.

-¿Por qué habriamos de hacer algo? Por lo regular me parece divertido husmear en la privacidad de los demás, sobre todo si es algo 'interesante' pero incluso en este caso me siento altamente privado de no meterme en la razón personal de Lud-kun, no es cualquier situación. Él no suele ser así y no sabemos con qué estamos tratando. No olvides que renacimos, pero muchos de nuestros antiguos ideales siguen aquí.-Finalizó señalando su cabeza.

Tenía que admitirlo, el precoz y vulgar muchacho tenía razón. Había campos donde ellos aún no podían acceder por falta de 'actualización'.

-Pobre gatita, ella también está pasando por una seria confusión de sentimientos. Todo fue por Tchaiko y su musik.-Dijo esto último con un cierto desagrado. El pensar en que alguien más ostentaría el lugar especial del corazón de Kanae hacía que le hirviera la sangre.

-Aun así ¡Que bello es el amor! Sus ojos brillaban cuando Beto venía bajando las escaleras, su hermoso rostro cereza cuando se miraron y sus bellas palabras halagadoras con su comida. ¡Amor, eso es! Pero… ¡estúpido Beto, si algo le hace a mi gatita, lo mataré!

El constante cambió de humores dejó aturdido a Mozart.

-De acuerdo, de acuerdo, cálmate. Algo podremos hacer.- Se levantó y le extendió la mano a Liszt para que también se incorporara.

Sonrió traviesamente y se llevó los brazos tras la nuca.

-Déjame hablar con él, algo le podré sacar y te mantendré al tanto.

Liszt se sorprendió de la seriedad con la que estaba llevando el asunto, aún con su rostro alegre y ñoño, notó que las palabras de Mozart eran sinceras y que también estaba preocupado por su amigo.

-Pero a cambio… -Una sonrisa ladina se asomó.

-¿Me dejarías tocarlos?-Dijo inclinándose para señalar los pechos de la mujer. En un segundo comenzó a irradiar ira.

-¡Era broma! ¡Era broma!-Gritó Mozart arrepintiéndose y salió como alma que lleva el diablo del baño dejando a una colérica pianista dentro.

Dobló en el siguiente pasillo y se mantuvo con su espalda en la pared recobrando el aliento.

-Cielos, yo solo estaba bromeando.- Acalorado se quitó su gran sombrero rosa y se abanicó con este. Tras unos instantes volvió a ponérselo. Tenía pensando acercarse a la habitación de Beto, quien había dicho que desayunaría solo pero nunca lo vieron bajar a dejar su plato.

Recordó el momento en la mesa. Tenía las mejillas coloradas y un ligero brillo en sus ojos. Miraba detenidamente a la dueña de la casa y aunque esta no le correspondía con la mirada parecía igualmente sumergida en una cierta aura extraña. Los mires por donde los mires, algo había allí, algo inexplicable pero que era digno de un show espectacular.

-¿Amor, eh?- Se dijo incrédulo mientras retomaba el camino. Se percató de que frente a la puerta de Beto se encontraba Schubert sentando en posición de loto.

Mozart invadido por la malicia típica de un niño se acercó en puntillas hacia el hombre de anteojos que parecía no darse cuenta de la presencia del chico.

Un poco más, un poco más y…

-¡SCHUUU!-Gritó a todo pulmón.

Los lentes bailaron en el aire, los cabellos se le alborotaron y una mueca de dolor se dibujó enseguida. Cayó de lado.

-¿¡Qué diablos pasa contigo cosa horrorosa!?-Le recriminó mientras se sobaba el oído por donde Mozart le había gritado.

Parecía incluso estar temblando del susto que le pegó. El pelirosa solo soltó una carcajada sonora mientras lo señalaba travieso.

-¡Debiste ver tu cara!-Y se descocía en risas al borde las lágrimas.

El hombre de los anaranjados cabellos mascullaba el odio que le tenía a Mozart. Se puso de pie mientras el susodicho seguía partido de risa.

-Largo de aquí, demonio. Mi senpai no se siente bien.-Finalizó.

-¡Oh, es cierto! Vine a ver a Lud-kun.-Dijo ignorando por completo el comentario de Franz.

-¡Te estoy diciendo que no lo molestes!-Le volvió a amenazar pero Wolf apenas y se inmutó.

-¿Qué crees que tenga?-Le preguntó con genuina inocencia. Franz relajó el gesto, algo desconcertado.

Ambos dirigieron las miradas a la puerta que dividía las presencias.

-Él, ha estado actuando raro desde hace un tiempo.-Susurró Franz. Con total seriedad Moz posó sus ojos en el hombre de ropas peculiares. Tenía dibujada la preocupación y a la vez el desdén de sumergirse en el mar de los pensamientos, aquellos que te llevan a averiguar los mil y un caminos del destino propio y de la vida misma.

-Entonces, ¿tú crees que tiene más tiempo en ese estado?-Volvió a preguntar.

Schubert se acomodó los anteojos y enseguida soltó un suspiro. Se sentó del otro extremo del pasillo bajo las ventanas. Mozart le imitó y se colocó a su lado.

-Sabes, no sé por qué me vienen estas palabras a la boca y menos el que te las esté diciendo pero, le he seguido a través de los años, de la vida misma. Pensando en que tal vez, en un vestigio de rayo de su sombra, me encontraría a mí mismo.

Agacho la cabeza en medio de sus piernas.

-Yo… Dudé por muchos años de mi misma capacidad, al inicio todo fue color de rosa, la aprobación de mi familia y mi apertura en el camino musical. Después, entré al conservatorio de Viena y todo cambió allí, conocí la dura vida que me esperaba como músico.

El sonido de la vara chocando contra su piel, las palabras hirientes y las miradas frívolas que muchas veces le fueron dirigidas. Apretó los dientes ante tales recuerdos dolorosos.

-Pero, un día, finalmente, conocí su música, sus creaciones. Vi como el genio era más bien un científico. Un experto en los experimentos del sonido y del uso de estos.

Sonrió ampliamente, le recordaba como el hombre de tosco aspecto, el mismo que sostuvo las piezas de Franz en las manos.

-Dijo: "Ese Schubert, se nota que tiene un brillo peculiar". Desde allí, decidí que debía seguirlo, que todas las prohibiciones que tuve en mi juventud se desmoronaban si lo seguía a él.

De repente, entrando por sus ojos, el manto oscuro de la noche cubrió sus sentidos. Su sentido del oído se activó, y en el fondo tras la oscura noche, podía percatarse de la marcha que se llevaba a cabo.

-Tenía miedo que si lo conocía más, él se avergonzaría de mí, siempre quise su aprobación, pero nunca pude presentarme frente a él debidamente. Quería que me viese.

Esta vez fue el olfato, el aroma de la paja quemada, de la humedad y el musgo bajo sus zapatos.

-Siempre lo seguí, en la oscuridad. En cada presentación que daba, yo estaba allí, escuchándolo, deseando ser como él algún día.

Finalmente la vista se abrió, aún entre la niebla se podían contemplar las esferas de luz que iban en línea.

-Fue todo un hito, un gran experimentador, un trascendentista.

Entonces fue cuando la escena se abrió completamente. Se vio así mismo hace más de dos siglos, el rostro apagado, la ropa oscura y la antorcha en su mano. Un grupo de Ocho Kappelmeister llevaban el féretro, entre los portadores de antorchas estaban tanto los más íntimos amigos de Beethoven, como los principales músicos de Viena, incluyendo al acongojado Franz Schubert. A las puertas del cementerio, el actor Heinrich Anschütz leyó la Oración Fúnebre escrita la noche anterior por el poeta Franz Grillparzer.

-Maestro Beethoven.-Susurraba y las lágrimas corrían por su rostro.

El recuerdo… del funeral del gran maestro Ludwig Van Beethoven. Por la tarde (casi noche) del 29 de marzo de 1827. Se habían congregado alrededor de diez mil o treinta mil personas para decirle el último adiós. El cortejo partió desde la casa del mismo Beto, en Schwarzspanierstrasse hasta la iglesia de de la Trinidad, en la Alserstrasse. Allí se llevó a cabo el servicio fúnebre. La Iglesia estaba completamente llena. La gente se agolpaba para entrar. Al terminarse el servicio religioso, la procesión se dirigió al Cementerio de Währing, (en nuestros días la Plaza Schubert. Curioso ¿no?).

-Estuve allí para decirle adiós, para confesarle en susurros que siempre le quise seguir la sombra y que busqué su presencia en muchas de mis primeras composiciones, ahora que se había ido, deseaba que siguiera acompañándome para finalmente descubrirme tal cual era.- Evocó por un momento más ese fatídico momento, aquél donde su orgullo estaba destruido y con todas las fuerzas de su alma intentaba mantener en alta la cabeza para aquél que llamó maestro, aún en la oscuridad:

Nosotros, que estamos aquí, parados frente a la tumba del difunto, somos en algún sentido los representantes de una nación entera, de todo el pueblo Alemán, y estamos aquí para lamentar la pérdida de la altísima aclamada mitad de lo que nos queda del brillo perdido de nuestro arte nativo, del esplendor del espíritu de nuestra tierra natal. El héroe de la poesía en lengua alemana todavía vive, - y que viva mucho todavía… Pero el último maestro del sonido, la boca por la cual nos hablaba la música, el hombre que heredó e incrementó la inmortal fama de Händel y Bach, de Haydn y Mozart, ha cesado de vivir, y nosotros estamos aquí parados llorando, frente a las cuerdas rotas de un instrumento ahora silenciado.

Fragmento de la carta fúnebre del poeta Franz Grillparzer, escrita la noche anterior y puesta en oratoria por el actor Heinrich Anschüitz durante el funeral de Ludwig Van Beethoven.

-Ahora lo veo, el hombre tosco tal vez grosero y duro está teniendo algo que antes no pudo tener: apertura. Ya no hay nada que le impida hacer todo lo que no pudo en el pasado. Ahora es finalmente permitido que él viva, que nada desampare su condición física ni emocional, nada que lo detenga.-Decía alzando la voz con más y más honorablemente dicho.

-Y ahora que tiene todo eso, se da cuenta de que es cauce que se ha abierto, también es tenebroso, porque no sabe que hallará en él, el escabroso camino del amor finalmente se abre ante él… Él, no sabe qué hacer… Lo veo, y me doy cuenta.-Finalizó con una mirada triste hacia el suelo.

Tragó saliva ruidosamente, se acomodó los lentes y suspiró tratando de contener las lágrimas que luchaban por salir.

-¿Es eso a lo que te refieres Moza—

Detuvo la oración cuando vio el rostro dormido del chico. Incluso roncaba.

-¿D-desde cuando me has dejado hablando solo, tu idiota?-Tartamudeo del coraje mientras apretaba las manos. En eso despertó el susodicho.

-¿Eh? ¡Ah, Shu!-Dijo sonriente mientras se tallaba los ojos. El pobre hombre se puso de pie, Mozart le miró desconcertado.

-¿Qué sucede? ¿Ya te vas?-Preguntó con un tono tonto.

Schubert no dijo nada, solo se viró para desaparecer de su vista.

-Si sabes de algo que pueda ayudarlo, avísame.-Dijo esto y se fue caminando por el pasillo.

Los pasos se perdieron y un Mozart se fue levantando de su sitio.

-Perdóname Schu, te escuché pero, no soy bueno con estas cosas del sentimentalismo.-Susurró para sus adentros.

Se acercó a la puerta y la contempló un poco más. Tras ella, se encontraba un hombre sumamente complicado y muy confundido.

-¿Seré capaz de ayudarle?

Giró la perilla…