DESESPERACIÓN
Los ojos de esmeralda se cerraron en golpe cuando el rayo de sol traspasó las tapiadas ventanas de la habitación. Se removió en su sitio, en el ya sucio futon donde llevaba casi un proceso de una mariposa en su capullo, no podía ni quería levantarse. No esa mañana, no hasta que cayese la noche. Esta vez, se sintió molesto de que no escuchó la llamada típica de la muchacha. Sus absurdos intentos para entablar una conversación con él. No quería verle el rostro, no quería escucharla, ni siquiera saber de su nombre. Con problemas se levantó hasta quedar sentado. La razón por la cual se había despertado de manera tan abrupta, fue el incesante ruido del exterior. ¿Y ahora que estaban haciendo aquellos? ¿Estaban haciendo limpieza?¿Por qué hacían tanto ruido? Se levantó y suspiró cansadamente, su aliento le recordó las cloacas de Alemania, pero esto ni siquiera le importó, ya no quería más tener que ver con todos aquellos que revoloteaban como estúpidas mariposas en un campo de flores marchitas. No quería volver a verlos.
Estiró sus brazos para estirarse, debería volver a dormir. No quería ver el sol, solo quería dormir hasta que la luna asaltase y lo llevara lejos de aquél sitio. Aunque un atisbo de curiosidad le hizo escuchar lo que afuera se iba escuchando.
-Rápido, es la única manera en la que nos dejará ir, Cho-chan.-Escuchó la voz de Mozart que se sentía bastante entusiasmada.
-S-si, vamos Mozart.-Respondió tímidamente.
-Si quieres que esto resulte, hazlo mejor.-Le susurraba Mozart ofuscando al pobre muchacho que solo seguía al pie de la letra un guion insulso que Liszt había preparado. En realidad, llevaban alrededor de diez minutos fuera de la habitación de Beethoven disque haciendo ruido de todo tipo. Schubert corría de un sitio para otro por el pasillo dando a entender que Mozart y Chopin se estaban moviendo de un lado para otro como apresurados. Liszt agitaba en el aire varias sábanas y de repente abría y cerraba los cierres de una mochila tras otra.
Kanae no sabía porque le habían insistido tanto en que saliese temprano hoy viernes hacia la escuela. Realmente ella ignoraba todas las acciones que los Classicaloids estaban llevando a cabo dentro de su mansión. Se la pasaba suspirando entre clases, mientras se perdía en las nubes junto a la ventana donde estaba su lugar. Los blancos de las nubes le recordaban cierto cabello alborotado y las copas de los árboles que se mecían por el caliente viento solo ensalzaban aún más el recuerdo de unos ojos color cetrino que ya no parecía recordar tan bien como antes.
Devuelta en la casa. La curiosidad de Beethoven había aflorado por el acalorado momento, así que coloco la oreja izquierda sobre la pared para poder escuchar mejor. ¿Qué? Él dijo que ya no quería verlos, no dijo nada sobre no escucharlos.
La voz de Chopin realmente le irritaba ¿desde hace cuánto había comenzado a detestar al pálido chico?
-Tch… Bola de ruidosos.-Se decía dispuesto a regresar al futon ya que no escuchaba nada que fuese de suma importancia.
-Chopin, haz una reservación en el ryokan, una habitación para ¡tres personas! Durante ¡3 años enteros!
-Moz-kun, sigue el dialogo, ahí dice que son solo dos semanas.-Le susurró entre dientes Liszt que estaba tratando de ahorcarlo con su propia trenza.
-Pero es que así es más intenso.-Decía y más apretaba Liszt el agarre mortal.
-Oh… C-creo que exag-g-eras Mozart, lo haré p-para dos semanas.-Acomodó Chopin el asunto mientras Liszt le alzaba el pulgar en aprobación.
-Una linda habitación que nos guste a mí, a ti Mozart y a la señorita Kanae.-Esto último con todo el esfuerzo del mundo lo hizo alzando la voz mientras le temblaban las manos. Esto de la actuación nunca fueron sus fuertes.
No recibieron respuesta alguna. Chopin miró a su amiga esperando nuevas indicaciones. Pero ella solo hizo un ademán con sus manos bajo el mentón haciendo ademán de 'cortar' la obra de teatro montada afuera del cuarto de Beethoven.
Todos fueron a reunirse nuevamente en la sala de estar.
-¿Creen siquiera que esté allí?-Decía Schubert.
-Tiene que estar, despierto y de mal humor, después de todo no tuvo nada de desayunar.-Respondió Liszt.
-No importa, aún tenemos tiempo para hacerlo salir.-Añadió la mujer mientras los miraba a todos de reojo.
-Schubert, rápido, haz una maleta rápida con la ropa que queda de Beto en la lavandería.-El hombre de los lentes se levantó en un segundo e hizo una seña con la mano sobre la sien. Prontamente se echó a correr.
-Mozart, ve a hacer ruido cerca de la ventana de Beto. Veamos que tanto puede aguantar.-Y el chico con una ancha sonrisa se fue corriendo con sus patines.
-Cho-chan.-Dijo y vio al hombrecillo hecho ovillo en el suelo.
-Ve a jugar con tus videojuegos, cuando se acerque la hora de salida de Kanae, ve a recibirla.
Esto generó un miedo rotundo de pies a cabeza. En el sitio comenzó a temblar, tanto que su cuerpo se iba moviendo de lugar conforme la vibración. Liszt la tomó de los hombros.
-¡Cho-chan! ¿Tú quieres a Kanae, no?
Permaneció callado.
-¿La estimas?
Más silencio.
-¿La toleras?
-S-si.
Liszt dejó salir un suspiro, era normal que en realidad Chopin no admitiera que si estimaba en gran medida a la chica, había mostrado ser bastante comprensiva con él, incluso preocupada porque su estadía fuese propia en la mansión. Esto último tal vez debido a que él si pagaba su renta, pero aun así, Kanae fuera de los corajes que pasaba con los demás, era una buena chica y Chopin lo sabía, aunque no lo admitiese realmente.
-Tenemos que hacer esto por ella, mírate en ese espejo.-Le dijo Liszt con una voz más dulce. El tacto de la mujer era el único que Chopin aguantaba y no opuso resistencia cuando ella lo tomó del mentón.
-Mi adorado amigo…-Su voz le hizo que los recuerdos de él se removiesen.
-¿Recuerdas cuando te presente a Jolly?- George Sand el seudónimo que ocultaba la personalidad de una mujer que dio mucho de qué hablar a la sociedad, la manera de vestir, de hablar, de escribir, toda ella era un estuche de mil y un impresiones que podías llevarte. No en vano Chopin la odió al inicio y se lo hizo saber a su amigo frente a él.
-Aurore.-Dijo él. Exactamente como se mencionó, George "Jolly" Sand solo era un seudónimo, tras eso su verdadero nombre era tan hermoso como el sentimiento que impregnó en Chopin. La belleza del mañana estaba incluso en su nombre, los diez los años que pasó a su lado, jamás fueron tan inspiradores para nuestro joven pianista.
Lo recordaba, los cabellos azabaches de la mujer extendidos en las blancas ropas de seda, la tenue luz de las velas, sus labios entreabiertos. Aunque él reparase su opinión sobre su físico no pudo nunca sino decir su belleza residía en mil y un cosas más. Sus manos recorriendo el rostro de nuestro músico, sus labios tocando sus mejillas, sus labios, las cálidas noches que pasó entre los brazos de esa mujer.
-Aunque terminase ¿sabes qué fue lo mejor para ti, verdad?
Chopin pudo sonreír de manera sincera.
-Jamás cambiaría esos años a su lado.-Susurró. Y su amiga también le correspondió el gesto.
-Es hora de que ayudemos a alguien en la misma situación.- Le suplicó y él simplemente ensanchó más el rostro en afirmación.
-Bien, ella sale a las cuatro, procura estar antes y le cuentas lo sucedido por acá, te estaré enviando mensajes, así que los contestas.
El chico asintió y se retiró a sus aposentos. Rápidamente le dio un vistazo al cuarto de Beethoven.
-¡Ja! Iremos Kanae y yo al ryokan.-Dijo alzando la voz pero en seguida escuchó un estruendo del otro lado de la puerta. Que lo hizo correr enseguida y volver a su hoyo de realidad virtual.
Dicho y hecho, tras esa puerta, el puño de Beto había asestado contra la pared, los nudillos parecían comenzar a sangrarle debido al impacto.
-¿Qué les hace pensar que la muchacha se iría con ellos? Todo saben que ella jamás dejaría la mansión en nuestras manos, ¡somos unos incompetentes! No espera… así no es la cosa.-Y olvidándose de lo demás volvió a sentarse en su futon.
De repente el estruendo contra la ventana lo sacó de quicio nuevamente.
-¿Qué es eso?- Apretó de nuevo los puños. Algo estaba constantemente golpeando las paredes y ventana de la fachada trasera de la habitación. No podía asomarse, no debía salir, nadie debía verlo.
Simplemente se revolvió donde estaba con las manos en el rostro. Nuevamente una presión en el pecho lo acongojo en sobremanera, esa sensación que había acallado a fuerzas, la misma que le llevó a volverse loco cuando vio a la muchacha con el demacrado Chopin. Esa misma sensación que había despertado la tonta musik de la niña rubia. Nuevamente se quedó absortó en un mundo que lo absorbió.
"…habremos de vernos en el hotel que te he indicado anteriormente, no pierdas tiempo y ven a verme. Te estaré esperando. Siempre tuya…"
El hombre acabó de leer la carta y la ansiedad de sus manos venía desde su corazón. Reparo en simplemente tomar un abrigo y salir a trastabillazos del hotel donde se estaba alojando.
-¡Señor Ludwig, pero los caminos están en muy mal estado! No le aconsejo que salga así, mejor espere a que haya más luz de atardecer.
Pero él ya no escuchaba, en punto de las cuatro, él estaba sobre el carruaje que habría de llevarlo hasta el hotel, hasta la hora indicada, hasta los brazos de su amada…
Esos recuerdos, otra vez ese hombre desaliñado, él Beethoven de hace cientos de años, volvía a aparecer para atormentarlo tal vez. Se levantó casi de golpe, como si el aire le regresara de manera brusca a los pulmones. Se quedó viendo el suelo con la respiración sumamente agitada hasta que poco a poco se calmase.
Eso fue hasta que vio pequeñas gotas de humedad en el suelo, primero una, luego otra.
-¿Qué demonios?-Se dijo y fue cuando en sus labios se coló el salado sabor de una lágrima.
¿Cómo? ¿Qué era eso?
Beethoven se llevó la mano al rostro. Húmedos, sus mejillas morenas bañadas en amargas lágrimas de sal, sus ojos que le ocasionaban escozor, la boca que dejaba salir levemente lastimosos gemidos.
-¿Qué… está… pasándome?
Se decía mientras no podía parar el caudal de gotas que brotaban de sus orbes verdes. Recordó nuevamente la conversación que había tenido con Mozart el mismo día que todo se desató.
-¡No quiero verlos! No me gusta esa mirada de lástima de ustedes hacía mi.-Pronunciaba el hombre moreno ante Mozart.
-¡Lud, pero nadie hace eso! Está en tu imaginación todo eso que me dices.
-No trates de hacerme el tonto Wolf, podré haber estado sordo hace tiempo pero ¡no más! No soporto la idea de que esa chiquilla… esa… mujer…
No podía articular más palabras. Wolf estaba demasiado serio para alguien normal, incluso para él. Se acercó lo más que pudo hasta que detuvo el puño que estrujaba Beto.
-Lud… Fuiste sordo por causas externas… Ahora eres sordo por decisión… Si no puedes aceptar lo que sientes, te estás privando de algo a decisión, no nos culpes de que termines del mismo modo que hace doscientos años.
Fue entonces que los ojos cían y los ojos esmeralda se miraron con cierta furia, Mozart había dicho la verdad dolorosa y Beethoven estaba muy lastimado como para recibirla.
Ludwig bufó y cansado se abrió paso por la puerta.
-No dejaré que me digan qué es lo que debo hacer, nunca lo permití.- Se giró para ver de nuevo al chico de cabello rosa. Le miró duramente.
-Nunca deje que la vida me dijese que me rindiese, ahora no será la excepción, haré lo que me plazca y si eso es encerrarme y nunca verla de nuevo, ¡lo haré!
-¡Pero eso no es lo que quieres! Lud-kun ¡ADMITE QUE TIENES MIEDO!-Le gritó de una vez y solo así, el rostro fruncido de él se vio descubierta, como si hubiesen herido en la cicatriz que reabre la carne viva.
Mozart se llevó rápidamente una mano a la boca, tal vez se había excedido.
-Lud-kun yo…
Pero fue muy tarde, Beto ya iba saliendo molesto de la habitación.
-¡Déjame en paz!
¿Qué era esto? ¡El cruel destino! La horrorosa presencia de un ser que jugaba a ver quién podía sufrir más en su presencia. Era la única explicación, un ente desgraciado, lejano de la belleza y del amor, que adoraba ver el rostro del sufrimiento.
Una vez más, Beethoven se hizo ovillo sobre el futón pero en vez de dormir, se tiró a llorar. Como nunca lo había hecho antes.
