Como si fuera la primera vez

Aeropuerto. Comprobación de maletas

-¿Qué ocurre, Emma?- preguntó Regina mientras pasaba por el detector de metales

-Hmmm, van a abrir mi maleta…- hizo una mueca

Los policías abrieron la maleta y comenzaron a hurgar, según ellos había algo sospechoso, un objeto que no podía ir en el equipaje de mano.

-¿Y qué sería, amor?- Regina susurró en el oído de la otra –Tú sabes todo lo que puede ir o no puede ir en el equipaje de mano, ¿no?

-Sí, amor…Lo sé…- Swan pensaba que lo sabía. Mills se encogió de hombros y se puso a mirar el móvil. Estaba escuchando algunos audios de las escandaleras que hacían David y su hijo, escuchar las risas del pequeño era todo para aquella madre paranoica.

-"¡Hola, bebé de mamá! ¡Ya estoy echando mucho de menos a mi pequeño príncipe!"- mandó un audio al móvil del suegro, con una sonrisa de oreja a oreja

-Bueno, señora Swan, esto no puede ir en el equipaje de mano, tendrá que facturarlo- avisó el policía en cuanto palpó el objeto. Mills miró hacia la maleta y no se podía creer lo que estaba viendo

-¿Emma?- susurró con mirada reprobadora

-¿Qué pasa, amor?- preguntó Emma con la mayor naturalidad del mundo mientras pasaba los "juguetes" a la otra maleta.

-¿Qué significa eso?- preguntó incrédula. El policía miró malicioso para las dos

-Bah, los traje para que juguemos…- dijo lasciva

-¿Te he dicho yo que iba a jugar con eso? ¡Por Dios Emma! ¡Tira eso y vamos a embarcar!- la morena se estaba muriendo de la vergüenza ante aquella situación. Otros pasajeros pasaban riendo y susurrando al presenciar la escena.

-No puedo…Son regalos de Rubs…¡Ya vuelvo! ¡Voy a facturarla!- Emma corrió por el aeropuerto hasta llegar a los mostradores de facturación

-¿Luna de miel?- preguntó el segurita mirando a Regina de arriba abajo. Ella le lanzó una mirada mortal

-¡Sea discreto, señor! ¡Y haga su trabajo!- fue ruda como de costumbre, y volvió a centrar su atención en el móvil para disimular la vergüenza.

-Bueno…Solo me quedé intrigado…- el hombre se rascó la barba

-¿Y cuál sería el motivo? ¿Puedo saber?- arqueó la ceja sin paciencia. Aquel hombre se iba a llevar una mala respuesta, ¡ay, vaya que sí!

-Solo pensé que las dos se estarían descubriendo y que sienten la falta de algo más grueso…Vaya a saber…Son ustedes muy bonitas, pueden solo estar divirtiéndose…- soltó una risa sarcástica

-¡Pues sucede, querido señor, que no necesitamos un pene! ¡Todo lo contrario, no nos hace la menor falta!- se irritó

-¡Creo que su novia no piensa lo mismo!- sonrió guasón

-¡Es mi esposa!- dijo con un tono más elevado de voz

-¿Casadas? ¡Wow! ¡Eso es sexy! Dos vegetarianas comiendo "carne de soja"- dijo irónico

-¡Ah, por favor! ¿Por qué estaré perdiendo mi tiempo con usted?- le dio la espalda y caminó hacia la puerta de embarque. ¡Tenía que hablar con Emma sobre aquel asunto!

"¿Cómo se le ocurre a Emma traer esas cosas sin hablar conmigo antes?", se preguntaba Regina, en el fondo quería saber el deseo de su esposa. Se sentó, estaba inmersa en sus pensamientos nada decentes con aquellos "juguetes", se sorprendió ante lo que pensó, aquello era tentador, imaginar a Emma siendo de ella, apretó las piernas ante ese lascivo pensamiento. Fue sacada de él cuando unas manos firmes le apretaron los hombros.

-¿Pensando en mí?- Emma le robó, alegre, un piquito. Regina prácticamente saltó de la silla del susto.

-¿Emma? ¡Joder, qué susto!- sonrió golpeando el tórax de la esposa

-¿Pensando tonterías?- le tocó el mentón a la morena, estaba curiosa

-Nada Em…- huyó del tema -¿En qué estabas pensando cuando metiste esas cosas en la maleta?- cambió de asunto. Emma abrió la boca algunas veces para responder. Por suerte, los altavoces anunciaban el embarque del vuelo. ¡Salvada por la campana! ¿Acaso se sentía la morena ofendida por eso? Emma se preocupó.

El vuelo era nocturno, las ventanas estaban cerradas y las luces fueron apagadas, la mayoría de los pasajeros dormían. Regina estaba con los ojos cerrados, la cabeza pegada en la ventana, el pequeño cobertor de la primera clase era calentito, sonrió cuando Emma posó una de sus manos en su rodilla derecha y apoyó su cabeza en el hombro de la morena.

-Cansada…- susurró Swan en el cogote de la esposa

-Un poquito…- la morena respondió aún de ojos cerrados

-Creo que necesitas relajarte…-Emma subió la mano hasta la intimidad de la esposa, que abrió los ojos incrédula

-Lo necesito…Pero no aquí…En unas horas estaremos en una isla solo para nosotras…Podemos esperar, mi amor…- dijo ya suspirando. Aquellas caricias eran demasiado buenas.

-Quiero recompensarte…por el mal rato de horas atrás…- dijo susurrante, ya abriéndole el botón de los pantalones.

-Hummm…Jo…der…- se retorció intentando decir que no, pero Emma sabía dónde tocar y tocó aquel punto que dejaba a Regina loca, aquel sitio era su botón de encendido, sintió que enseguida se mojaba –Em…- susurró agarrando la mano de la esposa por debajo del cobertor –Por favor…No hagas eso…no sé si puedo aguantarme…- pidió ya jadeante. Regina tenía un grave problema con los gemidos.

-Pues tienes que poder…- Emma entró en las bragas de la esposa –Pega la cabeza al asiento y relájate…- apretó el clítoris con delicadeza. Regina se mordió el labio inferior –Cierra los ojos y respira lentamente…cuando necesites soltar aire, suéltalo con calma…- arrastró la humedad hasta masajearle el clítoris, presionó y sintió cómo se ponía rígido. Regina jadeó con aquello, ya sentía la excitación encharcar su prenda íntima –Puedes agarrar mi mano cuando sientas ganas de gritar…- Emma ofreció la otra mano y Regina la agarró sin protestas, ya estaba entregada. ¿Cómo Emma conseguía eso? ¿Volver a Regina Mills una imprudente? No lo sabía, pero lo conseguía.

Emma comenzó a masajear lentamente, hacía movimientos circulares precisos, presionaba aquella parte mojada con cariño, cada cierto tiempo aceleraba los movimientos y Regina se hundía en el asiento intentando aguantar los gemidos, aquello era avasallador, se sentía cada vez más mojada. Emma la estaba llevando a la locura con aquel masaje nada convencional.

Agarró la mano de la esposa con fuerza. Swan tenía su rostro hundido en el cuello de Mills. Para las azafatas que pasaban por allí, ella simplemente estaba durmiendo con la otra, mal sabían ellas que los dedos de aquella rubia trabajaban lentamente por debajo de aquel cobertor de primera clase.

-Ohhh…- Regina jadeó en un susurró casi inaudible –Ohh…Em…- dijo en voz baja aún con los ojos cerrados, intentaba contener aquella calentura que asolaba su cuerpo –Ahnnn….Ohhh…Ufff…- jadeaba inquiera en el asiento. Swan tuvo que parar los movimientos, recibiendo un fuerte apretón en la mano libre, señal de que continuara.

-Shhh…Estás gimiendo…- susurró la rubia en el lóbulo de la oreja

-¿Cómo no gemir?- pegó la boca en la mejilla de la esposa -¡Por Dios! ¿Por qué lo empezaste? Estoy encharcada, Emma…-la reprendió, frustrada.

-Voy a terminar…Pero tienes que controlarte o nos pillarán…- aún fingía "dormir" sobre el cuello de la esposa

-No sé si soy capaz de tal hecho contigo tocando de esa mane…ahhhh…- no pudo terminar de hablar, Swan volvió a masajear de forma más rápida. Intentó aguantar el gemido mordiéndose los labios, pero aquello era casi imposible cuando el asunto era Emma –Em…- dijo con la respiración desacompasada.

-¡Quieta…Respira despacio!- ordenó dándole pequeñas mordidas en el cuello. Aquello estaba volviendo loca a Regina, literalmente en las alturas.

-No…no voy a conseguirlo…- intentó contener el deseo de gemir –Cuando lle…hummm…- Emma aceleró y paró –Cuando llegue, voy a gritar…- avisó intentando que la esposa parara con aquello, Regina estaba en el límite –Yooo…Ohhh…No…- otra vez los movimientos fueron rápidos y precisos en el lugar certero. Regina sintió todo su cuerpo estremecerse, ya no conseguía quedarse quieta, movía la cabeza de un lado a otro, a cada cierto tiempo sus labios se entreabrían para buscar aire, sintió los dedos de la esposa invadirle la entrada y enseguida arrastró aquella humedad hacia el clítoris haciendo círculos veloces –Arrr…N…noo cons…- jadeó sobre los cabellos rubios –consi…go…- sintió su cuerpo temblar cuando Emma presionó con fuerza aquel punto palpitante -¡Hmmm! ¡Arrr!- cerró las piernas apresando la mano de la esposa.

-Respira…Respira…- Emma aún hacia círculos con los dedos, lentamente, podía sentir cómo Regina palpitaba –Despacio…Así…Respira…- soltó la mano que la otra apretaba y la llevo al corazón, latía fuerte. Mills intentaba controlar aquella escuela de samba dentro de su corazón junto con su respiración acelerada.

-¿Cómo haces esto?- abrió los ojos jadeante, hizo que la esposa la mirase

-No sé…- Swan tuvo que pensar –Tú me haces hacer cosas así…- besó aquella carnosa boca que tanto amaba

En pocos minutos desembarcaron en Cancún, aquella ciudad olía a mar.

-¿No te vas a quejar del calor?- preguntó Emma divertida

-Es de noche por si no te has dado cuenta, amor…- Reviró los ojos mientras esperaban al chofer particular que las llevaría a la propiedad privada.

-Pero hace calor…- hizo la observación

-Agradable…Al contrario que aquel horno que es Brasil…- rió al recordar Porto de Galinhas.

-¡Un momento ahí! ¡Brasil está genial!- Emma defendió su amado país -¡Solo quiero ver si aquí la comida es tan buena como allá!- divisó al chofer

-Sí, Brasil es maravilloso…No he dicho nada malo, solo he hecho una comparación…- suspiró cogiendo la maleta para ponerla en el coche –Tengo que ir al baño…¡Mi estado es deplorable!- reviró los ojos al recordar la locura hecha durante el vuelo

-Bien que te gustó…- agarró la cintura de la esposa por detrás

-¿Qué no me gusta proveniente de ti? ¿Hum?- se giró para darle un beso -¡Me muero por un baño caliente seguido de un cama!- puso morritos

-Vaya…¿Y yo?- Emma fingió desolación

-Tú ya estás incluida en el paquete, amor…- le dio varios besos en el rostro -¿Vamos?

Llegaron a la gran mansión que Zelena había escogido, en realidad fue el regalo de la hermana mayor como madrina. La propiedad era privada hasta llegar a la playa, bien apartada de las cabañas. Había algunas casas enormes alrededor, casas que los famosos alquilaban para montar sus extravagantes fiestas.

Regina miró todo aquello y lo encontró una exageración. Aun así el lugar le traía paz, las ondas del mar se podían escuchar desde la habitación, una gran piscina se encontraba en la parte alta de la mansión dando una privilegiada vista de los siete colotes que el exuberante mar del Caribe exhibía.

Las recién casadas llegaron cansadas, ya era de madrugada, se fueron a dormir enseguida en un abrazo acogedor y único. Era impresionante cómo cada día el abrazo podía transmitir un amor diferente, exhalaban sentimientos puros en una mezcla de cariño y amor.


El día amaneció y Cora sentía que su cabeza iba a estallar.

-Pero qué…¿dónde estoy?- Cora se levantó de la cama algo mareada. Encontró una nota en la mesita junto con una aspirina y un vaso de agua. ¿Ese era el cuarto en casa de Zelena? Parpadeó unas veces y comprobó que sí.

"¡Ni me acuerdo cómo vine a parar aquí! ¡Te has pasado Cora Mills!", se reprendió mentalmente -¡Cielos! ¿Yo…besé…?- se llevó la mano a la boca. No había sido un sueño, era un recuerdo. Rodeó sus labios con los dedos y pudo sentir la suave boca de la aquella camarera "¡Dios! Me correspondió…¡Y Swan lo vio!" Se golpeó la cabeza con la mano. "¡Felicidades, Cora! ¡Tu nuera petulante se va a estar riendo de ti hasta en su lecho de muerte!", se levantó, leyó la nota de la hija y se dirigió al baño a lavarse.

-¿Todo bien, mamá?- preguntó Zelena en cuanto Cora apareció en la cocina. Por más enfadada que estuviera, se preocupaba por la madre.

-¿Cómo viene a parar aquí?- preguntó intentando recordar lo ocurrido después de que las novias se marcharan.

-Henry comenzó a llorar cuando percibió que sus madres se alejaban, y tú lo agarrabas en el suelo intentando calmarlo, pero Henry se soltó de tus brazos y echó a correr hacia la plantación de uvas porque tú hiciste el favor de desmayarte- Zelena reviró los ojos intentando contener la risa

-¿Henry está bien?- se preocupó por el nieto

-Sí, mamá…Está con sus abuelos, que están mejor que tú, por cierto. ¡Tienes muy mala cara!- se giró para coger las tostadas

-¡Abuela, abuela!- Roland abrazó a la abuela con cariño -¿Estás mejor, abuela?- preguntó agarrado a la cintura de la mujer.

-Sí, mi amor…Está todo bien…- se agachó para tocar la cara del nieto -¿Y Dorothy?- preguntó por la nieta

-Durmiendo, abuela…¿Me dejas que te diga una cosa?- susurró Roland a la abuela

-Sí, mi lindo…Di…- susurró a su vez. El pequeño miró a la madre por encima de sus hombros y se acercó al oído de la abuela.

-¡Una señora de la fiesta me dejó esta tarjeta para que te la diera, abuela! ¡Toma! Dijo que nadie podía saberlo…- Cora se asombró, era de la camarera.

"Mal Smith", leyó Cora en la tarjeta, detrás estaba el número de teléfono y la dirección del local de trabajo. La sra. Mills desorbitó los ojos, tenía que disculparse urgentemente, explicar que todo fue un mal entendido. Tragó en seco y volvió a mirar al nieto.

-Gracias, cariño…- acarició los cabellos del nieto

-Yo vi…- dijo Roland travieso

-¿Qué viste pequeño?- Cora sintió su corazón vacilar. "¿Qué habrá visto el niño?"

-Vi que besabas a la mujer…¿Te vas a casar, abuela? ¿Voy a tener dos abuelas? ¿Igual que Henry tiene dos mamás?- susurró con sus ojos brillando de felicidad. Cora no sabía qué responder, estaba enrojecida, ¿desde cuándo se avergonzaba ella? No sabía. Abrió la boca algunas veces intentando formular una respuesta plausible para la situación, nada le venía a la mente –Todo bien, abuela…¡No lo sabes! Tienes que ir a hablar con ella…¡Entonces podéis ser una familia igual que tita Gina y tita Em! Así no vas a pasar más las vacaciones de Acción de Gracias sola en aquella mansión tan lejos…¡En realidad…!- el muchacho se puso la mano en la barbilla con cara de estar pensando -¡Puedes vivir aquí cerca con aquella señora!- le dio la solución entusiasmado

"Todo tan sencillo para los niños", pensó Cora, pero en realidad ella lo sabía, los adultos son los que tienen la manía de complicarse la vida.

-Bueno, cari…-Cora iba a intentar explicarle que no había nada entre ella y la tal señora de la boda, gracias al buen Dios Zelena interrumpió aquel interrogatorio del nieto.

-¡Va a desayunar, Roland, y deja de molestar a tu abuela!- dijo echando el zumo en el vaso del hijo -¿Mamá? ¿Te vas a quedar ahí mirando para la nada o vas a desayunar? ¡Tu vuelo para Miami sale en unas horas!- avisó

Cora se sentó en la mesa y sonrió al nieto que le devolvió, esperanzado, la sonrisa. Por un segundo, eso hizo a Cora pensar…¿en un futuro? ¿Con una mujer? ¿De clase inferior a ella? ¡No! ¡Claro que no! ¡Se acababan de conocer!

La señora Mills desayunó pensativa y decidió que necesitaba encontrarse con la señora Smith, al menos para una explicación plausible, debido al exceso de bebida. En el fondo, quería de verdad ver a la camarera de nuevo, pues simplemente podría dejarlo estar.

Mills Company. Antiguo despacho de Robin

-Mulan, necesito los contratos que están en el despacho de Regina. Tráemelos a mi despacho, por favor- pidió Mérida por el intercomunicador.

-Enseguida estarán en su mesa, Srta. Dunbroch- la asistente fue formal, sabía separar trabajo de vida personal.

-Puedes llamarme Mérida, mi guerrera…- la pelirroja tenía una sonrisa apasionada en los labios. Mulan conocía a la jefa tan bien que podía ver esa sonrisa hermosa a través del aparato.

-Prefiero valiente…Ahora tengo que ir a hacer mi trabajo, srta. Dumbroch. Ciao- Mulán colgó suspirando y fue a coger los papeles en el despacho de la presidenta.

-Aquí están…¿son estos?- Mulan puso los contratos en la mesa

-Sí…Gracias…- sonrió genuinamente a la mujer que durante esas noches había calentado su cama.

-Con permiso- Mulan hizo amago de salir

-Eh…Vuelve aquí…Solo saldrás cuando yo lo ordene…- sonrió lasciva observando de arriba abajo el cuerpo de su asistente. Ella asintió y se quedó mirando a la jefa organizando los contratos –Siéntate, Mulan…Con las piernas cruzadas, por favor…- Mérida adoraba aquella sumisión de su asistente, si bien en la cama el escenario era un poco diferente. Siguió con su mirada a la oriental, que caminó sensualmente hasta sentarse en el sofá y cruzar sus piernas lentamente. Volvió a centrar su atención en los papeles -¿Cómo es esto? ¡Regina ha perdido el juicio! ¡Mira estos contratos! ¡Todos fuera de orden!- reviró los ojos

-Bueno…probablemente estaría ocupada la noche que los organizó…Creo que ya sabes por qué…- dijo Mulan levantándose del sofá, tocó la mano de la pelirroja. Claro que Mérida sabía, Regina estaba gimiendo lo suficientemente alto como para que toda la empresa escuchara –Déjame que te ayude…- comenzó a organizar los contratos con la jefa.

-¿Sabes?...Creo que podemos organizar esto después…- soltó los documentos y agarró a Mulan por la cintura

-Aquí no Méri…- no pudo terminar, la pelirroja la besó abruptamente. Se soltaron cuando el aire se hizo necesario.

-¿Quieres ser mi novia?- preguntó Mérida aún jadeante por el beso, Mulan parpadeó algunas veces, parecía mareada, se sintió aún más perdida cuando comprendió la pregunta.

-¿No…novia?- desorbitó los ojos, sorprendida. Su corazón latía fuertemente.

-Sí, guerrera…¿ser mi…novia?- sonrió ante la expectativa

-¡No!- Mulan no podía creerse aquello, ¿era un sueño?

-¿No?- la pelirroja se aparto asustada y temerosa

-Quiero decir…No…Es…Sí…sí…¡Claro! ¡Acepto ser tu novia, cabello de fuego!- saltó al cuello de su novia, en seguida sintió sus pies elevarse del suelo, en un giro.

-Te amo, Mulan…- pronunció Mérida casi en un susurro, pero aquello era real, sus sentimientos eran verdaderos. Mulan no podía creerlo, ¡cómo había soñado con aquellas palabras! ¿Y Mérida? Finalmente se permitió sentir algo, incluso podría parecer todo muy rápido, pero la verdad era que aquel sentimiento habitaba en su corazón en silencio desde hacía mucho tiempo.

-Yo siempre te he amado, pelirroja…Siempre…- tomó los labios rosados con cariño. Y ellas sabían, aquellos contratos tendrían que esperar algunas horas más.


Cora caminaba lentamente, aprensiva. ¿Qué le diría a Mal? No sabía, solo necesitaba verla y disculparse.

-Perdón, me gustaría hablar con la sra. Smith…- le dijo a un muchacho en cuanto entró en el establecimiento

-¡Ya he dicho que no es así que se hace un cóctel! ¡Caramba Lucas!- Mal reprendía a otro muchacho, aparentaba unos 19 años. El local era un bar estiloso, muy bien cuidado, se percibía el celo que la dueña tenía con el sitio, aun siendo alquilado Mal lo estimaba mucho, hacía eventos como extra para mantener el bar. Dejó de hablar con el empleado en cuanto su mirada se cruzó con la de cierta mujer -¡Ve a comprobar los stocks de bebidas, Lucas!-entregó la coctelera al muchacho y le tocó el hombro para que saliera, dejándolas a las dos a solas -¡Qué agradable sorpresa!...No esperaba verla tan pronto…¿En qué puedo ayudar?- Mal sonrió de oreja a oreja, ¿sentía algo parecido a la felicidad? Sí. Estaba feliz de ver a Cora de nuevo, le había dado la tarjeta a Roland, pero no imaginó que la vería tan pronto.

Mills, por otro lado, estaba en shock, ¿qué la había llevado hasta ahí? En realidad, no lo sabía

-He venido a disculparme…- dijo desviando la mirada. Aquello no era propio de Cora, cuando entraba en algún sitio siempre lo hacía con la cabeza alta y esa mirada de desprecio, pero allí, Mills se sentía aquella muchacha que un día trabajó como esclava a cambio de un poco de harina en cierta panadería –Acepte esto como un extra de sus servicios…Siento mucho la incomodidad…- le entregó un sobre negro, había una gran cuantía dentro, todo para ella se resolvía así, a base de dinero.

-Disculpe, sra. Mills…- Mal rechazó el sobre

-¡Oh! Por favor…Llámeme Cora solamente…- pidió la otra. Mal no era el tipo de personas que tenía que tratarla con formalidad, sobre todo porque eran de edades parecidas.

-Cora…No puedo aceptar, su hija me pagó muy bien por mis servicios, no sería correcto…- sonrió en agradecimiento sin tocar el sobre.

-Bueno…Acepte mi pedido de disculpas por…por…- intentó decir el beso, pero sentía que su estómago daba vueltas, ¿aquello eran nervios?

-No necesita disculparse por aquello, yo…lo haría de nuevo, Cora…- Mal habló firme, no había arrepentimiento en su voz.

-¿Cómo se atreve a decir algo así?- Cora se sintió ofendida con aquello, pero en el fondo, no quería admitirse a sí misma que le gustaría algo más.

-Dígame que no le gustó. Ya no somos unas niñas para esconder lo que sentimos, Cora…Somos lo suficientemente maduras para saber lo que queremos…¿Por qué ha venido?- se acercó a la Mills. Ella se quedó estática, no conseguía formular un pensamiento concreto con la otra tan cerca. Mal tocó la mano de Cora y pudo sentir la tensión de la más vieja, por tener mucha experiencia pudo percibir que la Mills nunca había sido tocada como una mujer merece, aquello era un hecho –Dígame, ¿por qué está aquí?- indagó la otra encarando los ojos castaños.

La mano de Mal agarraba firmemente la de Cora, causando un efecto nuevo en la señora Mills, su corazón aceleró y con él la respiración se descontroló.

-¡Béseme!- fue lo que Cora dijo, recibiendo una mirada sensual de la dueña del bar antes de que sus labios se juntaran.

POV Emma

Dormir con mi esposa era algo diferente, ¿esposa? Sonaba tan bien. Sonreí aún con los ojos cerrados, podía sentir sus piernas entrelazadas con las mías, ella me agarraba como si yo fuera a escapar. Sonreí otra vez, pero esta vez abrí los ojos para admirar a aquel ángel dormido en mi pecho. Era así todas las mañanas, llegaba a ser gracioso, aquel abrazo siempre había sido acogedor y romántico, pero yo me sentía diferente, completa, viva, como si nuestras almas estuvieran fundidas después de aquellos votos.

Ella dormía con la boca cerrada y respiraba tan tranquila, parecía poner morritos, en realidad sí era eso, su boca es tan carnosa que realmente parecía estar poniendo morritos. Toqué sus labios con delicadeza y aparté algunos mechones de su rostro, enseguida ella sonrió, mi reina estaba despertando.

-¿Emma Swan despierta antes que yo?- ella respiró y escondió su rostro en mi cuello sin abrir los ojos

-Ehh…Quería verte despertar…- dije también en voz baja, no quería despertarla con ruido.

-Ni hablar…Aún estoy durmiendo…- susurró contra mi cuello y me rodeó en un abrazo apretado –Vamos a aprovechar ese sonido maravilloso del mar y dormir un poquito, ya que nuestro hijo reloj no está aquí para molestarnos…- aquello me sorprendió

-¿Has dicho que Henry molesta?- me reí con aquello, Regina nunca decía ese tipo de cosas. Enseguida fui reprendida.

-Shhhh…Aún estoy durmiendo…- dijo adormilada

-Venga, bella durmiente…¡Las Reinas Malvadas se despiertan temprano!- susurré en tono bromista

-Hoy soy solo una Reina durmiente entonces…No quiero salir de aquí…Tú…se está tan bien aquí…- lo estaba encontrando gracioso, era yo la que hacía de todo para no levantarme, no ella. Me gustó, era un lado nuevo que ciertamente me iba a encantar conocer.

-Ok, reina durmiente…Tú mandas, entonces…- me di por vencida, en realidad la iba a despertar de otra manera. Me aparté de su cuerpo y la escuché protestar con un gemido quejumbroso, sonreí de oreja a oreja, lo estaba adorando. Giré mi cuerpo para abrazarla de cucharita, aquella posición era tan cómoda. Comencé a distribuir besos ligeros por sus hombros, espalda y nuca. Escuché a Regina suspirar, siempre recibía mis caricias de buen grado, aquello me hacía sentir la mujer con más suerte del mundo.

Empecé a masajear el cuerpo de mi esposa, pasé la mano lentamente por todo su lateral, acaricié los hombros, brazos, cintura, cadera y volví a los pechos redondos, ya endurecidos, le toqué la aureola por encima de la tela de encaje. Regina usaba un camisón color crema, partes de seda y otras de encaje, sus asillas eran finas y el escote en V era bastante generoso, voy a admitir que adoro esos escotes y nunca me acostumbraré a verlos.

Sentí a mi esposa mover las caderas y acercarse a mi cuerpo, ya no estaba durmiendo, conocía las reacciones de su cuerpo muy bien, su vello estaba de punta y si me acercara a su intimidad podría sentir su calor.

Enseguida abrió los ojos, ¡Ah! Aquellos ojos almendrados ya escurecidos de deseo.

-Es usted una sinvergüenza, srta. Swan…- se giró hacia mí y me tomó en un beso hambriento –Buenos días, esposa mía…- me dijo jadeante en cuanto dejamos de besarnos.

-Buenos días, esposa mía…- respondí poniéndome encima de ella –Creo que necesito consumar este matrimonio…- dije en tono guasón, Regina me miró divertida.

-Creo que ya lo has hecho cientos de veces…- distribuyó varios besos por mi rostro, creo que me enrojecí, sentí mis mejillas arder, quería algo nuevo.

-Pero hoy será diferente…- dije pegada a los labios de mi esposa –Porque quiero hacer el amor con la mujer que amo…quiero hacer el amor con la mujer que deseo amar hasta el fin de mis días…Con mi esposa y será especial…- toqué su labio superior con el pulgar. ¡Cómo amaba esa zona! Aquella cicatriz que le daba un encanto único, era su marca particular y lo mejor, era mía.

-Em…- me llamó con ese cariñoso nombre, ¡cómo lo amaba! Aunque pronunciado por ella, me dejaba mareada. Sus ojos brillaban y podía sentir cuánto aquellas palabras la habían conmovido.

-Mi amada…- agarré su mentón y junté nuestros labios en un beso lento. Ella no necesitaba decir nada, todo lo que le dije fue respondido en aquel beso.

-Hmmm…- la escuché jadear contra mis labios. Aquello era música para mí, aquellos gemidos tenían el poder de devastarme por completo –Es…espera…- se apartó del beso tocando mi rostro. ¡Dios! ¡Qué bueno era eso! ¡Y sexy! Mordió su labio inferior y un mechón de su cabello cayó sobre su rostro, pasé mis dedos con delicadeza sobre su pelo negro y ella cerró los ojos –Quiero prepararme para ti, amor…- sonreí con aquello, ¿ella quería hacer algo diferente? ¡Pero no era necesario! Agarré su rostro con las dos manos.

-Estamos aquí para sellar nuestro amor una vez más…No necesitamos preparaciones o accesorios, hoy seremos tú y yo, y vamos a hacer el amor como nunca antes…Haz el amor conmigo como si fuera la primera vez, Regina…- pedí hundida en aquellos orbes chocolate, me perdía en aquella mirada con cierta frecuencia. ¿Acaso me acostumbraría a aquello algún día? Porque la impresión que yo tenía era que moriría prisionera de esa profunda mirada de Regina. Y…todo bien, de verdad no me importaría. ¡Para nada! ¡Y no moriría! ¡Si no he muerto todavía!, pensé.

-¿Es posible morir de amor?- me preguntó tímidamente, parecía una niña, tan linda

-Si te digo que estaba pensando en eso precisamente, ¿lo creerías?- me incorporé y me quedé sentada en la cama, trayendo su cuerpo hacia mí.

-Pues claro, mi amor…Y te confío la vida de nuestro hijo…- ¡Wow! Siempre que me hablaba de ese tipo de cosas, me dejaba sin aire. Me concentré en aquellos orbes castaños y finalmente pude decir algo

-Morir de amor debe estar bien…- dije pensativa

-Creo que eso es posible en nuestro caso…- No comprendí lo que quiso decir. Puse expresión de duda y ella rió, como siempre, aquella sonrisa que me asolaba el alma –No podemos morir de amor…Si vivimos por él…- dijo ella como si fuera la cosa más fácil de entender.

-No sé si he comprendido…¡pero me parece hermoso!- me eché a reír, me sentía una niña a su lado, ¿cómo Regina podía hacerme sentir así? Con ella me había vuelto mujer y al mismo tiempo no he dejado de ser una niña. Aquellos momentos me hacían sentir pequeña ante la reina que Regina representa para mí. Como en esos momentos en que ella decía cosas hermosas, y yo no entendía nada.

-Mi rubia…- ella rozó nuestras narices –Nos amamos…Solo eso importa, mi Em…Ven acá…- me atrajo a un beso tierno, lento y cargado de sentimiento, nuestro amor era palpable en aquel instante. Correspondí al beso en la misma proporción y degusté cada parte de su boca que tanto amaba, que conocía tan bien, aunque quería conocer más, cada nuevo día.

Recorrí ese cuerpo ya conocido de forma lenta como un nuevo descubrimiento, podría compararse a un análisis. Las manos de ella paseaban por mi cuerpo lentamente, sentí que me recostaba en la cama y me besaba deliciosamente mi abdomen, arañaba mis brazos mientras depositaba besos húmedos en mi bajo vientre, jadeé cuando sentí la cálida respiración llegar a la altura de la pelvis, gemí, Regina apartó mis bragas hacia un lado y me besó ahí, enseguida sentí sus uñas arañar mis muslos y aquella minúscula prenda fue a parar a algún lado del cuarto. Invertí las posiciones y quedé encima de ella, agarré sus cabellos con fuerza moderada y hundí mi nariz en su nuca, aspirando aquel aroma frutal que emanaba de ella, mordisqueé toda su nuca y descendí hacia el cuello, al llegar, aparté una asilla y ella me lanzó una mirada suplicante para que le arrancara aquel camisón deprisa. Fue lo que hice, subí la prenda delicadamente, mis dedos se pegaban a la piel caliente y puede notar sus pelos erizarse. Cuando la desvestí, tuve la visión privilegiada de los turgentes pechos de mi esposa, nunca, nunca me cansaría de verlos, tocarlos o sentirlos en mi boca. Y eso fue lo que hice enseguida, y estuve un rato ahí, alternando de uno a otro, deleitándome con aquella imagen, Regina estaba sonrojada y sus labios entreabiertos.

Nuestras respiraciones estaban agitadas, podrían compararse a un vendaval, sudadas, nuestros cuerpos completamente desnudos danzaban y provocaban al otro. Lo que hacíamos allí era un acto de puro amor en su vasta expansión, cuando nuestros labios se encontraban en medio de aquel baile, me sentía quemar por completo, sus cabellos negros derramados por la cama se mezclaban con los míos despeinados. La melodía que componía nuestra canción era dirigida por el sonido de los árboles acompañada por el vaivén del mar.

El sol entraba por las rendijas de la gruesa cortina, dejando el ambiente anaranjado, sensual y excitante al mismo tiempo. Todo era perfecto, los toques que ella destinaba a mi cuerpo me hacían retorcerme de placer, era una descarga eléctrica, choque, sentía una agitación fuera de lo común y todo en lo que conseguía pensar era en proporcionarle a ella el mismo placer.

En un acto impulsivo me giré para degustar aquella suculenta región, Regina gimió alto al sentir la calidez de mi lengua en la zona. Al momento sentí como si fuera a estallar, grité su nombre en voz alta. No sé cómo sucedió eso, solo me di cuenta cuando sentí sus labios succionándome de forma cariñosa como si estuviera degustando el mejor dulce del mundo.

-¡Ohhh sí!- gemí con aquello, ¿cómo hemos acabado en esa posición? No lo sabía, volví a centrar mi atención en aquella parte palpitante y me entretuve allí.

A medida que besaba aquella zona, ella aumentaba sus embestidas entre mis piernas, el calor de nuestros cuerpos dejaba exhalar una fragancia marítima, ritmada y salada, enseguida llegaron las olas, no, aquello podría compararse a un tsunami, ¡era devastador! Todo aquel calor acumulado se desparramó y todo estaba mojado. Apreté más mi boca contra aquella zona y mis piernas resbalaron sobre los carnosos labios de mi esposa. Gemimos juntas, no conseguimos pronunciar palabra alguna, sencillamente me quedé allí intentando recuperar el aire y Regina hizo lo mismo.

Después de un breve momento, regresé a mi postura "convencional", y la besé con deseo, de forma intensa, lujuriosa, deseaba más y a Regina le pasaba igual, fui correspondida en aquel beso desesperado, nuestros cuerpos danzaron una vez más, un vaivén lento, respiraciones desacompasadas, gotas de sudor mezcladas en medio de las sábanas, vinieron las vibraciones y cada toque en mi piel proporcionaba un calor diferente, un sabor propio y peculiar, era intrigante y distintivo.

Un gemido nuevo resonó en ambas gargantas, una agitación implacable nos asoló y otra devastación estaba en camino, encontramos un ritmo perfecto, una sincronía inigualable, intercambios de energía y en aquel momento éramos dos unidas en una sola alma, una única vida. Si pudiera describir lo que vendría enseguida, lo describiría como un cuadro, un bote de pintura lanzado contra el lienzo de forma brusca, otro color en contraste aparecería, un espasmo, una última mancha de color, rojo ardiente como el fuego, tan vibrante como los rayos del sol, un suspiro. En llamas, ardimos como un fuego. Aquello era el cielo, solo podía ser eso, pues era divino. A pesar del calor, mi deseo era congelar, parar el tiempo allí mismo y pintar aquella imagen en mi mente. Nuestros cuerpos se tensaron, después nos estremecimos con fuerza. Caí sobre ella jadeante, y ella se agarró a mí gimiendo mi nombre, nos quedamos así un buen tiempo, escuchando el viento balancear las hojas de los árboles junto con el canto de los pájaros.

Se hizo presente el silencio, lo que yo escuchaba eran los latidos de nuestros corazones en un compás perfecto, mezclado con la sintonía inigualable de las ondas del mar. Después de la intensa explosión, ahora solo habitaba la calma en nuestros cuerpos, uno completando al otro. En aquel momento, no pensaba en nada más que no fuera en lo feliz que era, en lo amada que era. Y si, ¡había sido mucho mejor que la primera vez!