Hormonas
-Te amo, Mal…- repitió sustentando la mirada, la camarera se quedó sin reacción, miraba a Cora sin mayor emoción, no porque no sintiera nada, ¡todo lo contrario! Sin embargo, aquellas palabras eran tan surreales que aún estaba procesando la información.
-¿Me…me amas?- dijo más para sí que para la otra, aún así Mills escuchó
-Sí, Mal…- se acercó y agarró el rostro de la dueña del bar con las dos manos –Perdóname…Perdóname por haber sido tan cobarde hasta el punto de huir de mi propia felicidad… De huir de ti tantas veces…Discúlpame por los años que te he hecho sufrir, por los meses que estuvimos juntas y yo sencillamente te traté como si fueras una cualquiera en mi cama…- dejó escapar una lágrima –En realidad, Mal…- suspiró y tragó saliva, sentía ganas de llorar, pero se mantuvo firme –Tú nunca has sido ni serás una más, porque siempre fuiste especial…Te necesito a mi lado…
Mal nada dijo, la emoción que sentía era inconmensurable, sabía que amaba a Cora y aquel sentimiento finalmente se vería correspondido. ¿Sentía miedo? Mucho. Cora conseguía ser imprevisible, pero si estaba dispuesta a intentarlo, Mal, con toda seguridad, lo intentaría, ella quería a Mills para el resto de la vida y estaba dispuesta a vivir el amor que tanto había guardado durante aquellos años. De repente, una sonrisa brotó en los labios de la rubia y sus ojos azules centellearon con un brillo diferente, escuchar un " te amo" era mucho más de lo que esperaba viniendo de una mujer tan orgullosa, decidió bromear un poco con ella, no dejaba de ser una prueba, necesitaba tener la certeza antes de admitir su amor con palabras.
-¿Esto es una broma de mal gusto, Mills?- Mal prensó a la otra contra la puerta, aplastándola con su cuerpo -¿Piensas que puedes venir aquí…- susurró en tono autoritario –decir que me amas y pensar que todo queda bien?- sonrió maliciosa –Has llegado tarde…- sonrió de lado, tenía que ponerse seria, su show tenía que durar un poco –Tengo a otra persona…- mintió descaradamente, apoyó las dos manos en la puerta, una a cada lado del rostro de la otra, Cora sintió una rabia súbita tomar posesión de ella, sus ojos quemaban y un nudo se formó en su garganta.
"¡No! ¡No!", pensó la más vieja, no iba a perder a Mal por otra. Se tragó el nudo de la garganta para disipar la desesperación que amenazaba con poseerla, respiró hondo dos veces. Mal parecía divertirse con la expresión de Cora.
-Puede que tengas a alguien, ¡pero ese alguien no soy yo!- Mills habló segura, miraba a Mal con furia, su mirada podría incendiar a la camarera –Lo veo en tus ojos, Mal…- sustentó la mirada, la dueña del bar se sentía desnuda ante los ojos castaños –Sé que estoy marcando tu corazón…- agarró la nuca de la rubia y la atrajo hacia un beso, pero sus bocas no se pegaron, sus alientos se mezclaban y la aproximación repentina de Cora hizo que Mal vacilara.
-¡Cu…cuánta seguridad!- su voz salió cortada debido al contacto, no esperaba aquella respuesta. Una tensión sexual se esparció por la sala, Cora exhalaba lujuria.
-Llámalo como quieras…¡Es un hecho! ¡No existe nadie que ocupe mi lugar!- finalmente unió los labios con los de la otra y un fuego se derramó por los cuerpos de ambas.
Mal pudo sentir algo diferente en el beso, nuevo quizás, había más que deseo, había sentimiento mezclado con algo salvaje. Cuando pensó en provocar, no imaginó la posibilidad de que ella le devolviera el juego de aquella manera, ahora estaba ahí, presa contra la pared siendo marcada y devorada por las manos y labios de Cora.
-Primera lección, sra. Smith…- Cora detuvo el beso y desabotonó la camisa de la camarera lentamente, su mirada era felina –¡Los Mills no comparten lo que les pertenece!- deslizó las manos por el abdomen de la otra, y las subió hasta el valle de los senos -¡Tú eres mía!- apretó los dos pezones por debajo del sujetador, Mal aguantó un gemido intentando, en vano, hacerse la fuerte -¡Y Cora Mills no comparte lo que es suyo!- afirmó tomando los labios de la rubia con voracidad, un beso urgente, desesperado, Mal correspondió en el mismo instante, no podría lidiar con aquello. Cora quería demostrarle a ella como a sí misma que era capaz de amar intensamente y aquel acto sería su primera prueba.
Rápidamente sus ropas estaban en el suelo, Cora asumió el dominio y Mal se vio a merced de las embestidas de la amada en la mesa donde ya no había documentos y papeles porque habían ido a acompañar al atajo de ropas que se había formado al pie de los estantes de bebidas. El olor a sexo se mezclaba con el aroma de los vinos, era embriagador, sus mentes guiadas por el deseo, la mesa se estremecía mientras sus cuerpos sudaban y se deslizaban el uno por el otro. Mal gimió, gimió y gimió, arañó y maltrató la espalda de la otra cuando sintió el contacto de la lengua cálida y ávida invadirle su húmeda intimidad por primera vez. El shock provocado se mezcló con un placer desconocido, la fuerza de aquel acto causaba ondas eléctricas por todas partes, el corazón se saltó un latido, la boca se le secó y el aire parecía demasiado denso en aquel instante, cuando el gozo le llegó, ambas gimieron en unísono y la sonrisa se alargó en sus rostros mientras las respiraciones volvían a la normalidad.
-Quédate conmigo, Mal…- susurró Cora mirando los ojos azules, colocó un mechón de cabello rubio tras la oreja, recibiendo una sonrisa a cambio
-No podría estar con nadie más…- Mal acarició el rostro de la más vieja y le besó la cabeza –Te amo…Siempre te he amado…- sonrió y Cora no fue capaz de aguantar las lágrimas que resbalaron tras aquellas palabras.
Finalmente se habían entendido, estaban juntas, tras años y años Cora finalmente se había abierto al amor y a los brazos de una humilde camarera entregó su ennegrecido corazón que tan herido había sido tantas veces hasta hacerla descreída en el amor. El amor está donde menos esperamos y nada puede pararlo cuando sin permiso invade nuestras vidas, sea cuando sea, la edad que se tenga, ¡no importa! Cuando llega, devasta y solo nos queda aceptarlo. Aquellas mujeres de mediana edad habían decidido vivirlo, se agarraron a él y ellas eran conscientes de una cosa, valdría la pena cada minuto al lado de la otra.
El mes en curso en Nueva York se mostraba alegre, aquel año el verano prometía altas temperaturas, el brillo del sol parecía reflejar el humor de la familia Swan Mills, y Cora y Mal no quedaban fuera de esta familia. Tras el encuentro esclarecedor, comenzaron una relación seria, no había etiquetas entre ellas, Mal prefería la sencillez de decir que se estaban amando, Mills invitó a Mal a varias cenas esa misma semana, cubrió a la amada de besos y regalos simbólicos, estaban cada día más apasionadas, era algo fuerte, un sentimiento elevado, ambas acumulaban suficientes experiencias en la vida para saber que aquello era amor, y sabían muy bien cómo aprovechar la vida.
Regina encontró extraño que la madre repentinamente alquilara un ático en el centro de la ciudad para vivir por tiempo indeterminado, el apartamento era grande, sin embargo modesto, lo que había en él era lo necesario y los lujos que Cora solía ostentar quedaban fuera. Emma ya sabía el motivo de que la suegra cambiara así de un momento a otro, la vieja Mills se lo contó a la nuera, sin embargo Regina no era conocedora de la situación de la madre, Swan prefirió no interferir, dejaría que la suegra se sintiera a gusto para que ella misma le contara sobre esa nueva relación.
Con la llegada del verano las cosas se agitaban en la ciudad y las vacaciones llamaban a la puerta. Henry estaba más que animado, cada nuevo día parecía una fiesta, Dorothy y Roland pasarían algunos días en la hacienda Encantados con las tías, Ruby y Lily también querían aprovechar las vacaciones y ahí estaban junto con su hijo, Hércules, llenando la casa que tan buenos recuerdos les traía. Era genial convivir de aquella manera, con los años Ruby se había hecho gran amiga de Regina, estaban conversando animadas al borde de la piscina mientras miraban a los cuatro niños jugar a tirarse de bomba.
-¡Emma!- Regina la llamó en un tono severo -¡Ni lo pienses!- arqueó una ceja e hizo un gesto señalando su propia barriga, Swan parecía olvidarse de que también estaba engendrando una vida -¡Pero será posible que te tenga que amarrar a mi lado!- encaró a la rubia seria en cuando ella se sentó a su lado
-No he hecho nada…- Emma se hizo la desentendida. ¿Iba a saltar a la piscina? Parecía que sí
-Sé prudente, amor…Ya no eres una niña…Todo lo contrario, llevas a nuestro hijo…¿Te has olvidado de eso?- agarró el mentón de la rubia sustentando su mirada, su tono era sutil, cargado de preocupación y amor.
-Re…Regina…- Emma iba a seguir con el tema, pero sus ojos se desorbitaron y sus manos se posaron en la barriga.
-Amor…- Mills miró a su esposa, confusa, la expresión de la rubia había cambiado drásticamente
-¡Se ha movido…se ha movido! ¡Ay Dios! ¡Se está moviendo, Regina!- Emma sonreía tontamente acariciándose la zona en que su bebé se movía –Ven, amor…Toca…- cogió la mano de la esposa y la posó en su vientre, sus ojos estaban llorosos.
-Es…lindo Em…- su voz salió tomada, jamás hubiera imaginado que sentir moverse a un bebé en otro vientre fuera tan emocionante.
-Ella se ha movido más…toca aquí…- aseguró la mano de la esposa en la zona deseada
-¿Ella, srta Swan?- preguntó Regina divertida ante la convencida afirmación de la rubia.
-Es nuestra pequeña…- sonría de oreja a oreja, sus ojos brillaban en un verde intenso. Mills solo pensaba en cómo Emma podía estar cada día más hermosa, incluso estando embarazada. Parecía la personificación del sol, tal era su luz.
-¿Nuestra pequeña?- sonrió abobada sintiendo aquella pequeña vida moverse.
-Tú estabas lo más convencida sobre Henry, ¿no?- le devolvió la sonrisa traviesa
-Sí…Lo decía…- su sonrisa se alargó al recordar la gestación de Henry.
-¡Y…acertaste! Yo siento…sencillamente lo noto como si pudiera verla dentro de unos años…- acariciaba su vientre emocionada, nunca pensó que tener una vida dentro fuera tan hermoso, al contrario de lo que siempre había creído, no era extraño ni estaba asustada, se sentía madre, parte fundamental de aquella vida, deseaba sentir a su bebé moverse por siempre, aquel primer movimiento ya no le era suficiente. Emma estaba viviendo la experiencia de ser madre por entero.
Los días pasaron, finalmente el quinto mes estaba cerca, era de noches y ambas dormían o por lo menos deberían estar haciéndolo…
-¡No consigo dormir!- Emma se levantó abruptamente, encendió la lámpara de la mesilla despertando a Regina de un tranquilo sueño.
-Em…- la morena apretó los ojos intentando aclimatarse a la luz -¿Qué ocurre, amor? ¿Está todo bien?- se levantó acariciándose su vientre, su bebé se movía perezoso, por lo visto Emma había conseguido despertar a los dos.
-¡Dios mío! ¡Estoy tan nerviosa para nuestra primera ecografía!- casi gritó, parecía una loca
-Amor…Es…- miró el despertador de la mesilla –la 1:23 de la mañana…Todavía es de madrugada, Em…Ven aquí…- susurró atrayendo a su esposa hacia ella –Es normal perder el sueño…Estamos entrando en la semana 20…Tienes que relajarte…- masajeó los hombros de la rubia
-¿Cómo logras actuar con tanta tranquilidad?- cerró los ojos para sentir la caricia -¿Por qué todo parece más fácil para ti?- respiró hondo notando aquellas manos en sus hombros, cualquier toque proveniente de la morena la excitaba, retiró los cabellos hacia atrás para olvidar ese pensamiento, tenían sexo casi todas las noches, y alguna que otra mañana. Pensaba muchas cosas al mismo tiempo, aquellos cambios en su metabolismo afectaban a Emma fuertemente –Quiero llorar…- dicho eso, su humor cambió y las lágrimas descendieron de sus ojos, Regina abrazó a su esposa de lado acariciándole la espalda.
-Todo bien, amor…llora…- apoyó a Emma en su hombro, ella, mejor que nadie, entendía a su esposa.
-Yo…No sé por qué estoy llorando…Yo…yo…- pensó un momento antes de seguir -¿Por qué Mudito, el de los enanitos, es mudo? ¡Es triste!- lloró -¿Por qué Mufasa tuvo que morir?- sollozó -¿Por qué hacen películas tristes para los niños?- sollozó secándose la nariz
-¿Qué viste ayer con Henry, amor…?- preguntó con cautela, Swan estaba sensible
-El Rey León…Y…Blanca Nieves…- el lloro se suavizó –¡La reina cayó del peñasco! ¿Murió? ¿Por qué se preocupaba tanto por la belleza? La Reina Malvada siempre fue la más bella de todo el reino…¡Si yo fuera ella rompía aquel espejo inútil! ¡No tenía nada de mágico!- dejó de llorar, ahora estaba nerviosa -¡Voy a ir tras los hermanos Grimm!
Regina aguantó la risa y selló sus labios sobre los de su esposa.
-Todo estará bien, amor…En breve, nos haremos la ecografía y a lo mejor descubrimos el sexo…- depositó varios piquitos por el rostro de la esposa -¿Podemos acostarnos ahora? Tengo mucho sueño…- dijo bostezando.
-Me siento hinchada…- se acarició el vientre mirándola, después se tocó el cuello y se miró los pies
-Em…Por favor…¿Vamos a dormir?- pidió Regina en tono de súplica, no aguantaba más aquellas quejas
-¡Va, va! Me acuesto…- apagó la lámpara y se quedó mirando hacia el techo ennegrecido
-Bien…- soltó el aire aliviada, no quería irritarse con la rubia –Duerme bien, amor…- se giró hacia el otro lado.
Pasaron algunos minutos, Regina ya dormía profundamente cuando Emma, otra vez, encendió la lámpara y llamó a la morena
-¿Qué…?- preguntó Regina somnolienta
-No consigo dormir…Estoy excitada…muy excitada…- se acercó al cuello de la morena
-Ay, Em…ya te he dicho que tengo sueño…- resopló tapándose el rostro con la sábana
-Bah…Es rapidito…¿Me dejas estar así cerquita de ti…?- enlazó las piernas entre las de la morena
-Querrás decir aprovecharte de mi cuerpo, ¿no?...- dijo con la voz ronca debido al sueño
-No, Regina…¡Solo necesito aliviar esta incomodidad o no voy a poder dormirme!- rozó la intimidad en el muslo de la otra
-¿Qué quieres que haga?- miró los verdes incluso en la oscuridad, solo quería dormir en paz
-Que me toques aquí…- atrajo la mano a su punto palpitante –Hum…- gimió cuando Regina rápidamente rodeó aquella región húmeda –Qué bien…- susurró Emma con los ojos cerrados, ya estaba en éxtasis
-¿Así?- Mills cambió el tono de voz, su entonación era puramente sexual, susurró diferentes tonterías al oído de la rubia, su propio sueño se desvaneció dando paso a la excitación que también se apoderó de su cuerpo.
-Oh, sí…Sí…- gemía Emma mientras se frotaba en la esposa. Los movimientos ganaron agilidad en pocos minutos, sus cuerpos danzaban en sincronía, dichos movimientos eran fuertes, pero lentos, era algo sin prisa, los pechos se rozaban unos en otros, la humedad entre los muslos hacía que ambas resbalaran en un placentero vaivén, las manos de la rubia apretaban la espalda de la morena y sus barrigas salientes se chocaban levemente, sabían cómo distribuir el peso, sudaban y el calor se apoderó del interior de las sábanas llevando a ambas a un clímax silencioso, sus respiraciones ahora recuperadas, se unían a los latidos del corazón a medida que estos desaceleraban por completo, entonces llegó el sueño, tranquilo, y finalmente huyeron con Morfeo.
5º mes
El verano seguía asfixiante, aquellas temperaturas afectaban al humor de las gestantes, Emma se levantó muy nerviosa empujando a Regina de la cama que apenas se acababa de despertar, para ir cuanto antes a la consulta a hacerse la ecografía. Dejaron a Henry en el colegio a las prisas, la morena tuvo que recordarle varias veces a su esposa que el Dr. Whale no huiría del hospital. Al llegar, Swan fue atendida en primer lugar, si pasaba un minuto más en aquella agonía, daría a luz antes de tiempo.
-¡Es una niña, mamá Swan! ¿Lo puede ver aquí?- señaló aquel borrón en la pantalla, Emma dijo que si, en realidad no veía nada, sus ojos ya estaban derramando lágrimas, Regina se emocionó también, sin embargo estaba más contenida, su sonrisa emocionada no pasó desapercibida para el obstetra –Estoy seguro que es una niña…¡Esta vez lo es!- Whale quiso darles esa seguridad a las madres, ya que con el embarazo de Regina había cometido un error.
-Para que afirme con toda seguridad que es una niña, debe estar ella con las piernas abiertas, ¿no?- preguntó Emma aguantando la risa, pero no apartó los ojos de la pantalla
-Sí…- el médico rió avergonzado -¡Está bastante cómoda, mamá! No hace por esconderse…- limpió el vientre de la rubia y se quitó los guantes –Todo está desarrollándose bien, Emma…Solo tiene que vigilar la alimentación, pues ha subido más kilos de lo que debería…- informó cauteloso, decirle a una madre que está por encima del peso deseado nunca era tarea fácil. Emma hizo una mueca encogiéndose de hombros y Regina fusiló a la rubia con la mirada como si le dijera "¡Te lo avisé, srta. Swan!", su mirada era de reprobación.
Le tocó el turno a Mills, con la morena todo estaba en perfectas condiciones, al contrario que Emma, Regina comía adecuadamente y si había ganado peso estaba entre lo esperado. Para mala suerte de la morena, el bebé estaba con las piernas cruzadas y no pudo saber su sexo ese día, Emma se echó a reír de la esposa, le dijo que hasta el bebé en el vientre de la morena era más "educado", ya que la pequeña de ella no tenía tanta "vergüenza"
Emma siempre había sido adepta a los ejercicios físicos, pero a medida que los días pasaban y ganaba más peso, se sentía exhausta para tales actividades, su deseo era comer y comer sin hacer nada.
"Ufff…¡No consigo respirar!"
Esa se volvió la frase más usada por la rubia durante los ejercicios, Regina acompañaba a la esposa, también sentía la misma fatiga, sus barrigas ya ocupaban un buen espacio.
"Vamos a tener que disminuir nuestro ritmo, amor…"
Decidió concordar con la esposa, sus bebés estaban creciendo y algunas limitaciones se impusieron. Su humor oscilaba con frecuencia, en la empresa, en el restaurante, en casa y con Henry, ora estaban demasiado sensibles ora demasiado estresadas, las hormonas tuvieron consecuencia hasta para quién ni se lo comía ni bebía
-¡Cielos! ¡Eres un inútil, Robin!- la presidenta entró en el despacho del cuñado gritando, en seguida tiró los papeles sobre la mesa
-¡Calma ahí, Regina! ¡He hecho lo que me has pedido!- se defendió en cuanto miró los contratos encima de la mesa
-¿Esto Robin? ¿Eso es lo que te pedí? ¡Me ausento durante dos semanas y esto se transforma en un caos!- siguió gritando enloquecida, se pasaba las manos por los cabellos y golpeaba el suelo con los pies.
-No es así…- revisó los documentos, solo había un error
-Claro que sí…- resopló acariciándose la barriga, su bebé se había agitado por culpa de su tono alto de voz
-¿Qué quieres que haga, entonces?- Robin tiró los papeles sobre la mesa, no iba a discutir con su cuñada estando embarazada.
-¡Nada! ¡Lo haré yo!- cogió la carpeta y se fue dando un portazo.
Emma, por otro lado, no conseguía concentrarse en el restaurante, se sentía dispersa la mayor parte del tiempo, le fallaba su coordinación y en otros momentos se olvidaba de algún ingrediente, si no fuera por Ariel, que se había venido de Alaska para ayudar a la amiga algunos meses, Emma estaría perdida.
Crisis de llanto era algo común en la rubia, conseguía irritar a Regina con cierta frecuencia y la morena no tenía mucha paciencia para lidiar con tanta "cursilada"
-¡Ya no me amas, Regina!- Emma estaba en pleno llanto porque Regina se había comido los dos pedazos de tarta que Tinker les había preparado a las dos.
-¡Deja de decir tonterías, Swan!- llamó a la esposa por el apellido, hiriéndola aún más -¡Tú estás por encima de tu peso y a mí me dieron ganas! ¡Tan sencillo como eso!- se encogió de hombros
-¡No tienes corazón! ¡Me marcho!- dijo sin pensar buscando el bolso, quería desaparecer de allí
-¡Ve! ¡A ver si así consigo algo de paz!- salió del apartamento dando un portazo.
Cogió un taxi y se dirigió a la casa de su mejor amiga, en el caminó divisó a una señora conocida, hasta demasiado conocida, ¿era Cora? Apretó los ojos y le pidió al chofer que redujera la velocidad. Sí, era su madre ¿y estaba paseando dada de la mano con una mujer rubia por el centro de Nueva York?
"¿Pero qué diablos está sucediendo en esta familia?", meneó la cabeza apartando los pensamientos, no quería recordar aquella pillada en el cumpleaños de Henry. ¿Su madre tenía una relación seria con aquella camarera? No lo sabía, pero deseaba que Cora se lo contase personalmente.
Llegó a casa de la amiga un poco más calmada, Tinker se sorprendió con la visita repentina, conocía a la amiga muy bien, sabía que algo estaba mal. Regina abrazó y besó a Lizzy varias veces, la pequeña estaba creciendo muy rápido. La esposa de Killian se acercó a la amiga en cuando vio a la morena secarse algunas lágrimas mientras colocaba bien a su hija en los brazos.
-¿Qué ha pasado, Gina…?- le tocó el mentón
-Yo…Le dije a Emma que se marchara…Pero no quise decir aquello, Tinker…Lo juro…- ahora estaba pensativa, había cometido un error.
-Ay, Gina…¿Cuántas veces tendré que tirarte de las orejas? ¡Tienes que aprender a controlar esos nervios!- balanceó la cabeza –No se lo tomó en serio, ¿no? ¿Por qué discutisteis?- cogió a la hija y la puso en la cuna
-No sé…Creo que sí…- recordó a la esposa buscando su bolso. ¿Estaría aún en casa? – Me comí el pastel que tú nos llevaste…- contó sintiéndose aún más culpable
-Hum, ¡qué bien! ¿Te gustó?- preguntó sin comprender, pensó que Regina estaba huyendo del tema
-¡Me encantó!- soltó el aire –Me lo comí todo, por eso Emma y yo discutimos…- dijo avergonzada
-¡Ah, Regina! ¡Por el amor de Dios! ¡Ahora mismo preparo otro igual!- tapó a Lizzy en la cunita –Pídele disculpas a Emma y mímala un poco…¡A veces eres demasiado grosera!- reprendió a la amiga
Tinker preparó otro pastel y le ofreció su hombro a la morena que ahora lloraba sintiéndose idiota, pasaron algunas horas, mientras el pastel se hacía la rubia intentaba distraer a la morena que no hacía más que mirar el móvil esperando respuesta de la esposa porque le había mandado innumerables mensajes y todos fueron ignorados por parte de la rubia. El pastel de chocolate quedó listo, tenia buena pinta, Tinker le dijo a la amiga que se fuera ya porque si aparecía Killian no le dejaría marcharse con el pastel entero. Mills agradeció el gesto a su mejor amiga y escuchó sus consejos, tenía que pedir disculpas.
Llegó a casa, agarrando el enorme pastel, abrió la puerta con cierta dificultad, pues tuvo que sujetarlo con una mano para sacar las llaves, abrió la puerta lentamente y la empujó con el pie. Dejó el pastel encima de la mesa del comedor.
-¿Amor? ¿Emma? He vuelto…- encendió las luces de la sala -¿Em?- no hubo respuesta, se echó la bronca mentalmente por ser tan ruda. Nunca hubiera pensado que la esposa se sintiera tan dolida a casusa de una pelea tan tonta.
Caminó hacia la cocina para tomar un vaso de agua, ¡Emma no iba a volver! ¿Se había tomado aquello en serio? Prefirió espantar tales pensamientos, la rubia volvería. Al llegar a la entrada de la cocina, Regina se detuvo y se apoyó en el marco de la puerta, escuchó una voz familiar y al mismo tiempo reconfortante, sonrió de lado al ver a Emma sentada en uno de los bancos del balcón conversando con su barriga.
-Eh, pequeña panda, ¿por qué tu madre tiene que ser tan egocéntrica? Yo solo quería un trocito de pastel. ¿Costaba compartir? ¡No! Ahora está mandando un montón de mensajes…- releía los mensajes en el móvil –Merecemos al menos un poquito, ¿no hija?- dialogaba como si tuviera la respuesta a cada pregunta que hacía. Se acariciaba la barriga sintiendo a su pequeña moverse.
Regina estaba atontada con la escena que presenciaba. Nunca hubiera imaginado ver a la esposa comprometerse tanto con el pequeño ser que llevaba en el vientre. Caminó lentamente y entró en la cocina, Emma ponía morritos mientras releía los mensajes otra vez.
-¡Os lo merecéis, amor! Te mereces todos los pasteles del mundo…- se acercó a la esposa algo tímida, Swan se asustó en un primer momento –Em…- la morena sostuvo el mentón de la otra, Emma miró con sus ojos aún tristes a su esposa, estaba realmente herida con la forma en la que fue tratada.
-Hum…No me he marchado…Esta es mi casa y los que no estén a gusto, que se retiren…- cruzó los brazos fingiendo irritación, ya estaba ablandada con la manera de hablar de la morena.
-Perdóname, amor…- miró a la otra con avergonzada mirada –Te he traído una cosa…- acarició el rostro albo, después su barriga, su toque transmitía tanto cariño, por más que Emma quisiera permanecer firme, su hija se agitaba con el contacto de su otra madre.
-Re…Regina- su voz falló, el toque tenía el poder de desestructurarle, respiró hondo para transmitir seriedad – ¡Si piensas que voy a aceptar tus disculpas comprándome estás muy equivocada! ¡Al final no es solo el pastel! Me pediste que me fuera, ¿recuerdas?- dijo dándole la espalda a la morena y volvió a acariciar a su hija que parecía montar una fiesta ahí dentro.
Regina respiró hondo. Encontraba infantil esa actitud de la rubia, pero no quería pelear más. Amaba a su esposa y sabía que lo que había hecho no había sido correcto, aunque no lo hubiera hecho con mala intención.
-Amor, perdóname…-tocó el hombro de la rubia, no hubo respuesta
Regina entonces decidió suavizar el clima, salió de la cocina y fue a buscar el pastel que estaba en el comedor, lo colocó encima de la encimera y pasó el dedo índice en él, sin que Emma se diera cuenta fue hasta ella y le embadurnó la nariz.
-Bah, Emma, perdóname, por favor…- dijo con carita del gato con botas y poniendo morritos, su entonación fue tan mona que Swan sonrió aún de espaldas –Hay un pastel enormeee detrás de ti…- susurró con expresión traviesa agarrando el mentón de la otra para que mirara hacia la encimera.
-No sé si mereces mi perdón…- miró el pastel de lado fingiendo que no le importaba, intentaba disimular la sorpresa, en realidad quería abalanzarse sobre el dulce –Incluso con esa tentación del diablo en forma de chocolate…- dijo mirando a la esposa y señalando al apetitoso pastel.
Emma ya estaba con su voz más suave y con un brillo en la mirada. Fue la oportunidad para que Regina arreglara las cosas.
-¡Sé que amas el pastel de chocolate!- lamió el pastel de la nariz de la rubia, y rápidamente selló sus labios para que Emma saboreara la cobertura, claro que aquel simple gesto se transformó en un beso lento y provocativo, cuando cesó, Emma miró, indignada, a la esposa.
-¡Pero a mí me gusta el pastel de Tinker!- dijo intentando aguantar la risa, ahora estaba montando drama
Regina pasó de nuevo el dedo por el pastel y esta vez lo llevó a la boca de su esposa.
-¡Es de ella, tonta!- dijo riendo al ver la cara de satisfacción de la rubia
-Hummm…lo sospeché, ¿de verdad lo es?- dijo pasando el dedo por el pastel y manchando la nariz de la morena.
-¡Ah nooooo! ¡Eso es golpe bajo, señorita Swan!- y fue el turno de la morena para machar el rostro de la rubia.
El ambiente se relajó, ya ninguna se acordaba del motivo que las había separado un poco antes. El pastel fue compartido por las dos junto con besos, cariños y mucho desorden.
-¿Qué tal si acabamos de comernos este pastel en el cuarto?- dijo la rubia pasando el relleno por los labios de la morena y besándola con pasión enseguida
-Creo que sería un óptima idea, amor…- dijo la morena guiñándole un ojo y mordiéndose el labio inferior.
Emma cogió algunos pedazos del pastel y se dirigieron al cuarto, parecían dos niñas pequeñas. El amor entre ellas era mayor que cualquier discusión y aquella tarde terminaría en amor regado de chocolate.
No querían salir de la cama por nada, estaban exhaustas, tiradas en la cama, desnudas y con sus barrigas sucias de chocolate, Regina se movía lentamente acariciando su propio vientre.
-Amor…Tenemos que ir a buscar a Henry al cole…- recordó con los ojos cerrados
-Hum…Es verdad…Joder…- Emma pensaba en una salida, estaba en plan vaga total -¡Voy a llamar a mi padre para que vaya a buscar a nuestro hijo!- tuvo la idea
-Em…Somos nosotras sus madres, es nuestro deber…- se sentó en la cama tapándose con las sábanas
-Oh, mi amor lindo…No tienes de qué preocuparte…- acarició el rostro de la esposa –Henry adora a mi padre y no le va a importar ir a buscarlo, ¡todo lo contrario! Se pondrá feliz…- cogió un miga de pastel que había en lo alto de su vientre y se la comió, Regina puso cara de asco y Emma la miró con sarcasmo como si dijera "cosa peor te llevas a la boca". Siguió con el tema cuando vio que la morena reviraba los ojos –Tú y yo necesitamos un tiempo y hasta Henry…Confía, no es fácil para el muchacho aguantarnos, podemos preguntarle si quiere dormir allá…Está Neal…Una consola, comida de mi madre…¡Sin contar la óptima compañía de mi padre!- sonrió maliciosa –Así podremos disfrutar mejor la una de la otra…
-¡Dios! ¿No te cansas?- miró a la esposa con asombro, habían acabado de hace el amor
-Amm…-Emma puso cara de niña sabelotodo, iba a responder, pero el teléfono sonó. Se estiró para cogerlo -¿Diga?
-Buenas tarde, Emma. Soy Kathryn, ¿está Regina?
-Hola comisaria. Sí, sí está, se la pasó…- entregó el teléfono a la morena
-¡Kathryn! ¡Cuánto tiempo! ¡Espero que tenga buenas noticias!- dijo animada
Si la comisaria estaba llamando, ciertamente tendría noticias de su tía Ruth. Hacía meses que aquella investigación estaba en marcha, en realidad Regina y Zelena no tenían muchas esperanzas en encontrar a la hermana de su madre a estas alturas. Cora, por otro lado, se acordaba todos los días, y quien ayudó a que no perdiera la esperanza fue Mal, que la apoyaba emocionalmente, sabía que Cora se había pasado años y años sin tener ese tipo de afecto.
-En realidad, sra. Mills, no son tan buenas…
