Mudanza
Mansión Swan Mills
-¿Dónde está Henry, Emma?- Regina se apoyó en la encimera mientras se acariciaba la barriga. Emma removía las sartenes preparando el almuerzo.
Se habían acabado de mudar a la mansión, era el primer día en la casa nueva. Cajas y objetos estaban esparcidos por todas partes, los muebles estaban en sus debidos lugares, casi todo era nuevo, escogido y decorado por los tres, aunque era evidente que los gustos de Regina prevalecían en algunas estancias de la casa, excepto en la cocina y en el dormitorio de ellas. La decoración del cuarto de Henry fue escogida por él mismo junto con su madre rubia, una de las paredes del cuarto estaba empapelada con papel que simulaba comics antiguos, en una esquina, un escritorio y un estante con infinidad de libros, en la otra esquina, cerca de la cama había una caja sus juguetes preferidos. Era un dormitorio grande, bien decorado, sin embargo sencillo, no había nada exagerado. ¿Ordenador o consola? ¡Ni pensarlo! Henry era muy pequeño para tener uno solo para él.
El chico estaba disfrutando con toda aquella algarabía, no paraba quieto en ningún lado desde que había llegado, quería ayudar y colocar las cosas en su sitio cuanto antes, pues Regina le había prometido que lo dejaría entrar en la piscina cuando todo estuviera colocado, por eso a la morena le extrañó la repentina "desaparición" , hacía más de veinte minutos que no lo veía.
-Hummm- Emma probó la crema de maíz que tenía en la cuchara, girándose hacia la esposa –Pensé que estaba contigo, amor…- se giró para apagar el fuego y mirar la pata de cordero asándose en el horno.
-Pensé que lo encontraría aquí…- se rascó la cabeza –Ayudándote…
-Hum…Parece que te has equivocado…No lo veo desde…- se puso la mano en la barbilla pensativa -¿Estaba en el cuarto de las pequeñas, no?- destapó el caldero del arroz –Nuestro pequeño estaba animado con la decoración de las bebés…- sonrió recordando que Henry quería pintar flores en las paredes del cuarto de las hermanas.
-Puede ser…No miré allí, la puerta estaba cerrada…- recordó no haber buscado -¡Qué bien huele!- se acercó a la esposa para dejarle un beso en la nariz –Voy a buscar a Henry para almorzar…- acarició la barriga voluminosa de la rubia y salió hacia las escaleras.
Llegó a arriba canturreando una canción infantil que Henry le había enseñado pocos días atrás, el pequeño había dicho, convencido, que quería enseñársela a las hermanas cuando nacieran y que sus madres necesitaban aprenderla, pues la profesora le había dicho que calmaba. Regina y Emma se rieron de la explicación del hijo, se tomaba muy en serio lo que aprendía en la escuela.
Cuando Regina abrió la puerta del cuarto que sería de las pequeñas, Henry desorbitó los ojos y aguantó la respiración cuando vio a su madre morena entrar.
-Henry, vamos a co…mer…- Regina cerró los ojos y contó hasta diez mentalmente, no podía ponerse nerviosa.
El cuarto estaba todo sucio de pintura, había colores y pinceles esparcidos por todos lados, la pared que antes era rosa se había convertido en un borrón de diversos colores.
-Ma…mamá…yo…eh…- apretó los dientes y dijo de un tirón -¡Pinté las flores!- cerró los ojos y se encogió de hombros cuando sintió la mirada reprobatoria sobre él.
-¡Henry!- dijo Mills duramente. ¡Con certeza le caería una bronca de las grandes!
-Mamá Regi, yo solo quería ayudar…¡Mira!- señaló la pared y en ese momento tropezó con su bracito el cubo de pintura que cayó al suelo –Quedó boni…- su voz murió. Se llevó las manos a la boca aguantando un "ohhh"
Regina se pasó las manos por el cabello para contener sus nervios y respiró hondo.
-¡Henry Daniel Swan Mills!- se curvó para tocar la barbilla del pequeño
-Fue sin querer, ma…má…- bajó los ojitos
-Amor, ya he puesto los platos en la mesa, ¿por qué tardáis?...¿Qué sucede aquí?- Emma subió las escaleras y se quedó estática cuando vio "el pequeño gran desastre" en el cuarto de sus hijas.
-¡Mamá Em, quiero hacer las flores que vimos en el ordenador! ¡Quedó bonito, mamá Em! ¡Mira!- señaló el sitio otra vez con la esperanza de librarse de una bronca.
Regina miró a Emma con mirada perversa, Swan notó su rabia, pero sabía lidiar con su "reina malvada"
-¡Está quedando lindo, chico! Solo necesitamos quizás…- se sentó en el suelo y mojo el dedo índice en la pintura amarilla -¡ARREGLAR ESTO!- y ensució la nariz del pequeño con pintura haciendo que soltara una gran carcajada.
Regina miró la escena indignada, fusilaba a la esposa que en respuesta le lanzó una mirada de "sé más flexible, solo es un niño", y mojó los dedos en otros cubos de pintura y se levantó la blusa que llevaba.
-¡Emma! ¡Eso puede hacer mal!- la morena advirtió cuando se dio cuenta de lo que estaba a punto de hacer.
-Esta pintura es a base de agua, amor…¡No es tóxica!- señaló el embalaje para enseguida pintar y hacer dibujos en su propia barriga.
-¡Yo quiero hacer también, mamá! ¿Puedo?- sonrió animado
-¡Claro, chico! ¡Coge la pintura verde!- mojó ambas manos del pequeño y las abrió en su vientre, en ese momento su pequeña dio una patada asustando a Henry que retiró, sorprendido, las manos.
-¡Mamá Em! ¿Va a nacer?- Regina no se contuvo y sonrió ante aquella linda escena.
-No, mi amor…Está feliz porque está escuchando la voz de su hermanito preferido…- Regina se sentó al lado de la esposa con expresión más suave, se sintió contagiada por la forma en que Emma supo llevar la situación, de hecho ella se tenía que tomar las cosas con más ligereza.
-Quiero que ellas salgan de ahí pronto, mamás…¡Estoy cansado de esperar!- Henry volvió a acariciar la barriga de la madre rubia.
-¡Ay, chico! Yo también…Mucho más que tú…- tocó la nariz del hijo con la mano sucia de pintura roja
Regina reviró los ojos, ya estaba pensando en cómo limpiar todo ese desastre y en el baño que tendría que darle después a Henry.
-¡Mamás! ¡Estáis tan grandotas…!- el pequeño infló la barriga y prendió el aire en sus mejillas para demostrar lo grande que estaban.
-Oh, sí, querido…- Regina se colocó la mano frente al rostro aguantando la risa, Swan se había puesto seria, ella sabía lo incómoda que se ponía Emma cuando el asunto era su actual "tamaño" –Tus hermanitas necesitan espacio, están creciendo aquí dentro de las mamás…- explicó en tono divertido.
-Pero ya están grandinas…- pareció pensar, las mujeres rieron de la palabra equivocada
-Quieres decir grandecitas, querido…Y sí, están listas para salir de la barriga de tus madres y los tres vamos a cuidarlas…- despeinó el cabello del hijo en un gesto cariñoso.
-¿Puedo sentir cómo se mueve, mamá?- al final de la frase, el pequeño ya estaba con la manos sucias sobre el vientre de la morena que hizo una mueca en cuanto sintió su piel ser cubierta por la fría pintura.
-Ay, Henry…no tenías que ensuciar a mamá…- soltó el aire haciendo una mueca
Emma le dio un golpecito a la esposa con el hombro susurrando
-Entra en el juego y quita esa cara de asco…- le guiñó un ojo -¡GUERRA DE PINTURA!- gritó levantando los brazos.
Swan se manchó su propia cara y en seguida la de la esposa, y momentos después Henry estaba manchado de los pies a la cabeza. Regina estuvo indecisa en un primer momento, pero se rindió al juego. Al final los tres, o mejor, los cinco, estaban de más colores que el propio arcoíris. Tras el término del juego, Regina llevó a Henry a la ducha y obligó a la esposa a limpiar todo el desastre, ya que la causante de todo había sido ella. Swan reviró los ojos resoplando cuando se dio cuenta del desastre que habían hecho, probablemente necesitaría contratar a un profesional para reformar la estancia. ¡Menos mal que el dinero no era un problema en aquella familia!
El primer día en el nuevo hogar transcurrió alegre y divertido, almorzaron comentando la guerra de pintura. La tarde la pasaron en el jardín plantando los manzanos. ¡Ah sí! ¡Eran dos! Crecerían con las nuevas integrantes de la familia. Como el otoño aún se extendía en aquel mes de octubre, Regina decidió barrer las hojas anaranjadas mientras Henry y Emma la "ayudaban", en realidad madre e hijo hacían un complot contra la morena, pues esparcían las hojas por todas partes. Al final, Regina junto un pila de hojas que solo sirvió para incitar a los "niños" a desordenarla, solo un parpadeo y ya estaba Henry saltando en medio del montón de hojas, esparciéndolas por todas partes, ¿y Emma? Como una niña grande que era trató de juntarse al hijo y más de una vez, en ese mismo día, Regina se vio rindiéndose al espíritu libre e infantil que guardaba dentro de ella, participando en el juego en mitad de las hojas.
"Menos seria Regina…", "Más flexible", repetía en su mente. Sin duda, aquella mudanza significaba mucho más que el simple cambio de domicilio.
La noche cayó dando por concluido ese día que con toda certeza sería recordando por la mudanza. No solo por el hecho de haber cambiado de casa, sino también por el estado de espíritu en que la familia se encontraba.
Henry ya dormía en un profundo sueño. Emma se pasaba crema hidratante sobre la piel de la barriga para prevenir estrías y aliviar la picazón debido a la tirantez de la piel, mientras Regina se estiraba sobre el colchón grande y blando de la cama nueva, sus pies dolían y necesitaba relajarse. El día había sido más agitado de lo que había previsto.
-Estoy muerta, tú y Henry se han pasado todo el día haciéndome pasar por una boba…- meneó la cabeza negativamente mientras sonreía
-¡Uh, amor, fue un día divertido! Sé que también te ha gustado- se acercó a la esposa apartando un mechón de cabello tras la oreja –Me gusta verte así…- acarició el rostro de la otra con el dorso de la mano –Sonriendo…- rodeó sus labios
-Aún me pregunto cómo haces para que yo sea así…tonta…blanda…boba y completamente enamorada de ti…- besó la mano que estaba en su rostro –Estás tan hermosa, Em…Tan radiante.
-¡Ya…Dicen que soy un rayo de sol! ¡Mamá dice que soy una princesa!- dijo convencía mirándose las uñas
REgina le dio una palmada en el hombro
-¡Ayy! ¿A qué vino eso?- miró a la esposa fingiendo indignación
-¡Para que dejes de ser una creída, srta. Swan!- dijo en tono serio
-¿Qué? Yo...eh…¡Sal fuera espíritu de Reina Malvada!- bromeó divertida. Regina reviró los ojos
-Yo aquí siendo romántica y tú me llamas Reina Malvada…- fingió enfado
-Hummm…Quizás no seas tan malvada, ¿no?- cogió el mentón de la esposa mirando los carnosos labios –Quizás solo necesites un beso de amor verdadero…- Emma selló los labios con los de la morena en un beso ardiente, cargado de deseo.
Regina se sorprendió con aquel beso abrupto, no se lo esperaba, sin embargo correspondió de forma plena invadiendo la boca de la esposa con su lengua. Sus lenguas comenzaron a bailar una música lenta y conocida por ellas desde hacía años. Las provocaciones comenzaron en seguida y la excitación se hizo presente en ambos cuerpos.
-Re-Regina, yo…ouch, creo que…- Emma jadeó en medio de los besos
-Shhh, yo también quiero…- volvió a besar los labios de la otra de forma lenta y al mismo tiempo, provocativa
-P…pero…
-Eh…Vamos con calma…Conseguiremos una manera…-Regina tranquilizó a la esposa que parecía muy preocupada de hacer aquello en sus plenos ocho meses de gestación.
La disposición de ambas había disminuido en esas últimas semanas debido al cansancio y al peso de las barrigas. Quizás también la mudanza había interferido en ese aspecto. Emma siempre estaba quejándose pues se encontraba fea, diciendo que ya no reconocía su propio cuerpo. Regina, por otro lado, sentía lo mismo, pero ella ya había pasado por aquella fase durante la gestación de Henry, y eso la ayudó para apoyar a la esposa en esos difíciles momentos que acarrea un embarazo.
La llama creció como brasa, causando un calor desconocido en sus redondos cuerpos. Estaban sensibles, los sentidos estaban a flor de piel, y hacían que las dos sintieran con más intensidad los toques en sus pieles. Con destreza, Regina retiró el pijama de la esposa para contemplar la belleza de su cuerpo desnudo, nunca imaginó a Emma embarazada y ahora podía percibir lo agradecida que estaba por poder vivir esa experiencia. Todo en ella estaba más vívido, la piel blanca como la nieve contrastaba con los mechones dorados destacando los ojos esmeraldas de Emma. Mills se detuvo unos segundos para admirar solamente, pasó los ojos por la barriga voluminosa que combinaba perfectamente con los pechos entumecidos y rosados de su esposa, sintió su boca salivar. Regina tragó en seco cuando sus ojos castaños se encontraron con los verdes lascivos de Emma. Volvieron a besarse con hambre y ganas, el deseo estaba estampado en sus actos, en sus respiraciones y en los reflejos de sus cuerpos. Enseguida ambas estaban desnudas friccionando las piernas en la vagina de la otra. Mojadas, sus cuerpos sudaban en medio de aquella danza, aquella búsqueda por más contacto, un contacto hambriento y difícil de alcanzar como lo deseaban debido a sus voluminosos vientres.
-Necesito que me toques, Regina…¡Yo…Dios!- gimió cuando sintió la rodilla de la esposa presionar su intimidad con más fuerza.
Regina detuvo el movimiento y le pidió a la rubia que se sentara y se apoyara en las almohadas, Swan obedeció y Mills copió el gesto. Estaban sentadas, una al lado de la otra, dando posibilidad a que sus manos tuvieran libre acceso a sus encharcados sexos. Emma deslizó los dedos sobre la intimidad de Regina al mismo tiempo que esta la tocaba, los movimientos comenzaron ligeros, de un lado a otro, de arriba abajo y en círculos cada cierto tiempo haciendo que sus vaginas palpitaran en busca de alivio.
-Regi-gina…- Emma gimió empujando la pelvis hacia la mano que la masajeaba firmemente -¡Chú-chú-pame!- pidió jadeante
Ella latía, necesitaba ser lamida, devorada por los labios de la esposa. Mills no titubeó, ni lo pensó, le pidió que abriera las piernas e introdujo un dedo dentro de ella lentamente, a una velocidad torturadora, Swan se removió en la cama buscando más, sin embargo Regina retiró el dedo a la misma velocidad que lo había metido para trasladar ese líquido caliente que emanaba de Emma hacía su boca, probando y saboreando el gusto que tanto amaba.
-¡Ya vuelvo!- Regina salió del cuarto desnuda dejando a Emma totalmente perdida en medio de su excitación. Se quedó estática imaginando qué habría ido a buscar la esposa. Porque…bueno…¡Habrá ido a buscar algo!
No pasó mucho tiempo y la morena entró en el cuarto agarrando un pequeño frasco que contenía caramelo y en la otra mano algunas fresas en un cuenco.
-¿Qué es eso, Regina?- Emma estiró el cuello para mirar lo que esposa había traído. Se estimulaba sus propios pechos sin darse cuenta, no quería perder la excitación.
-Me han dado ganas de probar algo nuevo…- ella volvió a la cama dejando las cosas cerca de ella –Abre las piernas, Emma…- ordenó con un tono ronco y embriagador, para en seguida pasar la fruta por los fluidos de la esposa.
Emma gritó al sentir el contacto de la fresa helada en su centro caliente. Cerró los ojos para sentir aquella maravilla, sintió la punta de la fresa invadirla haciéndola palpitar y mojarse cada vez más. Su pecho subía y bajaba, estaba a punto de gozar.
-¡Oh, cielos! ¡Re-Regina! ¡Cielos!- gimió escandalosamente al sentir la fruta deslizarse sobre su clítoris hasta la entrada -¡Joder!- soltó cuando notó los dientes de la morena morder la fruta en contacto con su clítoris -¡Joder! ¡Joder! ¡Carajo Regina!- gritó sintiendo la lengua hambrienta de Regina devorarla.
Mills succionaba con ahínco, chupaba y forzaba la lengua dentro de la otra en un mete y saca veloz. Cogió el frasco de caramelo y pasó la lengua cogiendo un poco para después restregar el sexo de la rubia con el dulce. Repitió el movimiento varias veces, sacaba del frasco y lo esparcía con la lengua sobre los grandes labios de la esposa, el caramelo se mezclaba con el líquido que emanaba de Emma, ella no lo soportó, agarró las sábanas con tanta fuerza que la sangre huyó de sus dedos, el calor se esparció por su cuerpo concentrándose en su bajo vientre. Su vagina palpitaba violentamente maltratada por la lengua de Regina que jugueteaba dentro de ella. En seguida, sintió un hormigueo por sus brazos hasta la punta de los pies, el temblor interno que denunciaba su estado desesperado por alivio llegó y su cuerpo estalló en un orgasmo avasallador. Gimió, gimió alto llamado a Regina. Quizás acababa de experimentar el mejor orgasmo de su vida, aquello era algo totalmente nuevo para ella. Relajó las piernas estirándose en la cama, aún podía sentir la lengua suave de Regina "limpiar" el líquido que resbalaba de ella.
-¡Es-espera!- pidió Emma jadeante aún intentando recuperarse del reciente orgasmo. Estaba demasiado sensible y la morena parecía no querer parar.
-¿Te he hecho daño?- Regina miró asustada
-N-no…Solo es…- se pasaba la mano por la barriga –Se ha movido…Yo…
-Podemos parar…- Mills se anticipó. Estaba en un estado dolorido de tanta excitación, pero dejaría de lado su propio placer si la esposa no se encontraba bien.
-No…No es eso…Quiero…Solo dame un minuto…- pidió mientras colocaba cuatro almohadas en el cabecero de la cama –Creo que ella sintió cuando yo…
-Probablemente…- Regina se sonrojó –Gemiste muy alto…
-Oh sí…¿Acaso podía dejar de gemir? ¿Qué fue aquello Regina? ¡Me devoraste!- acariciaba la barriga intentando calmar a la bebé que se movía sin parar.
-Yo sentía deseo…Creo…Er…Digo….El caramelo fue una buena idea…Tu gusto…quedó divino…- pasó los dedos por los labios para enseguida lamerlos con expresión satisfecha.
-¡Wow!- Emma sintió su intimidad contraerse -¡Haz eso de nuevo!
-¿El qué?
-Lámete los labios para mí…con esa cara de pícara que acabas de poner…- pidió con los ojos cerrados
-¿Así?- repitió el gesto
-¡Ohhh mierda! Síii…- cerró las piernas apretando los muslos para contener otra posible excitación.
-¿No prefieres que siga donde paré?- dijo deslizando un dedo por su vagina mojada otra vez. Hizo un movimiento de arriba abajo y hundió el dedo en aquel centro caliente para sacarlo enseguida a la misma velocidad y llevárselo a la boca.
-¡Cielos! ¡La madre que me parió, Regina!- Emma arqueó la espalda apretando las sábanas de la cama
-¡Shhh! ¡Qué boca más sucia, Swan! Ts,ts…- meneó la cabeza negativamente –Muy feo…- descendió los pies hacia la alfombra del suelo fingiendo que iba a dejar sola a la rubia.
-¿A dónde piensas que vas?- Emma apoyó los codos en el colchón y encaró a la morena indignada
-A tomar otro baño…ya que me encuentro en un estado calamitoso…- cerró las piernas sintiendo el caliente líquido resbalar por sus muslos.
-¡Vuelve aquí Regina Mills! ¡Es mi turno para tenerte! ¡Feo es que me provoques de esta manera y quieras parar!- arrastró las rodillas hasta donde estaba la morena y la abrazó por detrás, o mejor, de lado, ya que su barriga impedía un contacto más directo –No he ter-mi-na-do…- subrayó la palabra en la oreja de la morena en un tono cargado de maldad.
Regina sintió su vagina palpitar en ese mismo instante, intentó cruzar las piernas para contener aquel fuego que insistía en quemarla por dentro. Ella quería ser llenada, necesitaba ser llenada y lo necesitaba ya, rápido.
-¡Tú-tú…Dios! ¡Si vas a follarme, hazlo ya!- suplicó inclinando la cabeza sobre los hombros de la rubia. Sintió que Emma le cubría los pechos con las manos, apretándolos levemente –Amn…qué gusto, Em…- gimió -¿Qué nos pasa?- preguntó con los ojos cerrados sintiendo las manos firmes de la rubia masajearle los pezones
-Se llama deseo…- respondió arrastrándola hacia el centro de la cama –Quiero devolverte el mejor orgasmo de mi vida…- llevó su boca a los endurecidos pezones, comenzando a succionarlos.
-Em-Emma…- gimió extasiada
-¿Hummm?- rodeaba la aureola del pecho izquierdo con su lengua
-No me tortures más…¡Lo necesito…Awn!- Emma deslizó el dedo índice hacia el interior de la morena.
-¿Es esto lo que quieres…? ¿Esto lo que necesitas?- añadió un segundo dedo y sintió que Regina la apretaba desesperadamente
-¡Sí…Sí…Ohhh síii Emma!- se movió sobre los dedos –No voy a aguantar mucho tiempo…- avisó
-Iré a tu ritmo, amor…- Emma prometió estocando a la esposa en un vaivén moderado –Vete indicándome…yo obedezco…- presionó el pulgar sobre el hinchado clítoris
-¡Deja de hablar Emma y fóllame ya!- ordenó aumentando los movimientos sobre los dedos de la rubia -¡Cielos!- forzó el cuerpo en busca de más contacto, necesitaba alivio.
-Goza para mí, Regina…- Emma hundió los dedos hasta donde pudo en una embestida larga y profunda. Como una orden, Regina obedeció a las palabras de la esposa, cerró las piernas cuando sintió el cuerpo convulsionar y el orgasmo derramarse entre sus muslos.
Respiró una, dos, tres veces y su cuerpo parecía pedir más. Emma percibió cómo Regina aún movía la pelvis y se restregaba una pierna en la otra.
-Aquí Regina…- Emma puso la mano de la morena en su vagina, mientras ella tocaba la de su esposa –Sigue mi ritmo…- pidió conduciéndola con movimientos en "8". Se masturbaban la una a la otra, no pasó mucho tiempo y ambas se entregaron al segundo orgasmo de la noche. Gimieron al unísono sintiendo cómo el gozo resbalaba por sus dedos.
Era de madrugada, dormían de lado, una de espalda a la otra, se movían poco después de la tórrida noche de sexo, estaban exhaustas, tardaron en dormirse debido a la agitación de sus bebés, de hecho se habían pasado con las dosis de placer. El cansancio prevaleció, probablemente se despertarían tarde esa mañana. Si…no fuera porque Emma acababa de encender la lámpara despertando a Regina.
-¿Amor…? ¿Te duele algo?- se restregó los ojos intentando acostumbrarse a la luz.
-No…Me muero de hambre…- se puso la mano en la barriga sintiendo el estómago roncar
-¿Y por qué será? ¿Hum?- preguntó Regina con voz suave debido al sueño –No consigo imaginar por qué…- soltó un gran bostezo y sonrió al recordar la caliente noche.
-No solo digo que tengo hambre…necesito comer algo específico…- sintió su boca salivar
-Tienes hambre todo el tiempo, Em…¿Qué es esta vez?
-Creo que siento tensión…¿Podrías hacer aquello nuevo, no?- sonrió maliciosa haciendo un gesto con la lengua
-¿Con el caramelo?- acarició la barriga, sentía un leve movimiento, la bebé parecía estirarse dentro de ella.
-Hummm sí…con el caramelo, me encanta cómo lo pasas por mí…
Regina rió.
-Ni pensarlo…¡Estoy exhausta! ¿Qué quieres comer? Puedo ir a buscar algo para las dos…- fue amable dejando la broma de lado
-¿Para las dos…?- semicerró los ojos, desconfiada. ¿Regina con hambre en plena madrugada?
-Claro. También me practicado ejercicio físico…- dijo como si fuera obvio.
-Lo sé, amor…Quería algo como…- hizo una mueca imaginando la cara de desaprobación de la esposa –Helado con salsa barbacoa- apretó los dientes al finalizar la frase
-¿Helado con salsa de carne?- Mills desorbitó los ojos
-Hum…Er…
-¡Dios! ¡Qué cosa extraña! Es verdad cuando dicen que las embarazadas sienten antojos nada convencionales…- colocó la mano en el mentón pensativa –Vamos a la cocina entonces, amor…- se vistió y se puso las pantuflas.
Al llegar a la espaciosa cocina, Emma fue derecha a la nevera a coger el tarro de helado de vainilla, cogió dos copas y sirvió tres bolas en su copa y una bola en la de Regina, iba probando mientras servía. Mills abría los armarios buscando la susodicha salsa pero no la encontraba.
-No la encuentro, Em…
-Busca en la despensa…
-Ya he mirado, amor…No la veo…Debe haberse acabado…o se perdió con la mudanza…
-Ham…Creo que sé lo que ha pasado…- pensó un momento, ella se lo había acabado.
-Ah, Em…Déjalo estar. ¡Tenemos caramelo, dulce de leche, leche condensada, sirope de fresa y de chocolate y nata! ¡Todo eso va mejor con el helado! ¿Qué tal…?- guiñó un ojo en el intento de convencerla
-¡Noooo Reginaaaa! ¿Quieres que mi pandita nazca con cara de barbacoa? Como si nunca hubieras tenido antojos antes, sabes de lo que hablo…¿Te acuerdas de Henry?- señaló la escalera indicando el cuarto del hijo
-Henry es mucho más refinado…- reviró los ojos haciendo seña de un Ok
-¡Está bien! Puede ser…¡Pero necesito esa salsa! ¡Vamos a buscar!- fue a la sala a coger las llaves del escarabajo
-¡Emma, son las cuatro de la mañana!- señaló el reloj de pared
-¡Da igual! ¡Vamos!
-¡Henry está durmiendo, no podemos dejarlo solo! ¿Qué tal cambiar la sala barbacoa por Ketchup?- dio la idea
-¡Bah! ¡Ag, ag! ¡Qué asco, Regina!- hizo una mueca
-¿Qué? Tú quieres mezclar helado con una salsa salada…
-La barbacoa es agridulce, amor…
-¡El kétchup también!- insistió
-¡No Regina! ¡Si no quieres ir, yo lo busco!
-No te voy a dejar salir sola, amor…
-¡Quédate con Henry! ¡Ya vuelvo!- Emma cogió un abrigo y una toca
-¡Emma Swan Mills! ¡Para ya!- ordenó Regina en tono serio –Quédate aquí y pon esos helados en el congelador, ya vuelvo con tu salsa…- dicho eso subió al cuarto, y bajó enseguida con ropa de frío –Prometo no tardar…Hay una tienda 24 horas en la calle principal…- le dio un beso en la boca a la esposa –Mamá ya viene pandita…- acarició la barriga de la otra.
Aquello ya era cliché, tenía que salir en plena madrugada para atender el antojo de la esposa. No tardó, como había prometido en exactos 15 minutos estaba de regreso con la salsa en las manos. Emma se comió aquel mejunje como si fuera lo mejor del mundo, conversaron sobre sus ansias y expectativas sobre el futuro de sus hijos, soñaban e idealizaban una vida para ellos. Cuando decidieron volver a acostarse, ya estaba amaneciendo. No les importaba, Henry podía dormir hasta más tarde esa mañana.
El timbre sonó y no eran ni las ocho de la mañana. Era Mary Margareth que venía a ayudar a las mujeres. Desde los siete meses y medio de embarazo, la madre de Emma se había ofrecido para ayudarlas en las tareas domésticas y con los deberes de Henry. Regina y Emma ya no estaban trabajando, por ser sus propias jefas adelantaron el permiso, dejando a personas de confianza en sus lugares.
Emma se levantó malhumorada, tenía sueño y el estómago revuelto, debido a aquella mezcla extraña de la madrugada. Vomitó todo lo que había ingerido cuando olió el café que la madre estaba preparando en la cocina. Regina la ayudó dándole un remedio y diciéndole que era normal, que ya pasaría. Mary les dio un sermón a ambas, sobre todo a Regina que había dejado que Emma comiera algo tan absurdo. La morena se sintió nerviosa con la intromisión de la suegra, pero prefirió ignorar, a fin de cuentas necesitaba su ayuda.
-¡Tenéis mala cara! ¿No habéis dormido? ¿Qué hacéis por la noche?- Mary parloteaba mientras servía el almuerzo, Henry la ayudaba llenando los vasos con jugo.
-Mary…¡Me da que no quieres saberlo!-Regina fue directa, estaba perdiendo la paciencia con aquellos cuestionamientos innecesarios.
Mary iba a responder la afrenta de la nuera, pero fue interrumpida por el sonido del timbre que resonó por toda la casa. No esperaban visita aquella tarde.
-Hum…Debe ser tu padre, hija…¡Deja, yo voy!- Mary se levantó
Se sorprendió al abrir la puerta, no era el marido como esperaba, sino Cora Mills con un bebé en los brazos acompañada de una señora que Mary Margareth recordaba haber visto en algún lugar. Se apartó de la puerta dejándoles paso para que entraran en la nueva casa.
-Regina y Henry están almorzando…¡Entrad! Habéis llegado en buena hora…- la mujer sonrió alegre
Habían acabado de aterrizar de México y Cora quiso ir a ver a la hija, no quería dejarla en la etapa final de su embarazo.
-¡Abuela! ¡ABUELA!- Henry saltó de la silla dejando los cubiertos tirados sobre la mesa
-Querido…- entregó su sobrina a los brazos de Mal para recibir el abrazo del nieto.
-¡Te he echado de menos abuela! ¡Hace muuuucho tiempo que no vienes a verme!- puso morritos cruzándose de brazos
-Pero ya he vuelto, mi príncipe…¡Y mira! ¡Te he traído un regalo!-sacó un sombrero de la maleta de Mal.
-¡Wow! ¡Qué chulo!- se lo puso en la cabeza todo contento
-¿Te gusta? Tía Mal me ayudó a escogerlo…- señaló a la compañera que acunaba a su sobrina.
-¡Ah! ¡Gracias tía Mal!- corrió para abrazar las piernas de la alta rubia -¿Quién es esa bebecita? ¿Me dejas ver?- miró a la abuela ansioso
-¿Mamá?- Regina entró en la sala y abrazó a la madre –Te he echado de menos…- agarró las manos de la más vieja observando sus expresiones. Cora parecía cansada, pero poseía una mirada diferente, un brillo intenso clareaba sus ojos castaños -¿Por qué no me avisaste que venías? ¡Te hubiera ido a buscar al aeropuerto, mamá!- la reprendió abrazándola otra vez.
-No quise molestarte, mi reina…Por cierto, estás radiante…Aún más linda…- barrió el interior de la casa buscando a la nuera, también se preocupaba por ella. Emma aún estaba en la mesa, saludó a la suegra masticando un pedazo de pollo.
-¡Eh, mi suegra preferida!- dijo con la boca llena -¡Hola ligue supremo!- se refirió a Malévola que asintió a su vez
Regina escuchó aquello y quedó intrigada, por supuesto que sospechaba que la madre mantenía una relación con la dueña del bar, sin embargo deseaba que se lo dijera de primera mano. Decidió preguntar directamente, ya que Cora parecía avergonzada por hablar, aquel era el momento.
-Mamá, ¿tú…?- fue interrumpida por la voz del hijo
-¡Abuela! ¡Abuela!- Henry tiraba de la blusa de Cora -¡Déjame ver a la nena, abuela!- suplicó con los ojitos del gato con botas
-Pues claro, mi príncipe…Mal, dame…- pidió y anidó a la pequeña en sus brazos, agachándose para que Henry pudiera verla. Era tan pequeña y frágil –Dile hola al pequeño Henry, mi princesa…- agarró la manita de la niña haciendo un gesto de saludo.
-¿Cómo se llama, abuela?- preguntó Henry curioso. Estaba encantado con aquella pequeña vida
Cora dejó caer, emocionada, una lágrima y respondió sonriendo.
-Ruth. Se llama Ruth Mills…
