Dos vidas
Regina respiró e inspiró masajeándose la espalda. Era diferente de la primera vez que sintió aquel dolor, a pesar de ser casi equivalente al que sintió en las contracciones de Henry, sabía qué esperar hasta la llegada de su hija.
Emma, de inmediato, se dirigió al vestidor para coger una de las bolsas que ambas habían preparado semanas atrás. Swan estaba feliz con la llegada de su hija, pero al mismo tiempo se sentía frágil. No quería presenciar el parto de Regina antes del de ella, podría parecer egoísmo, sin embargo todo lo que ella más deseaba era ayudar, ser la fuerza de la esposa en aquel momento y su barriga podría ser un impedimento para eso.
-¿Qué vamos a hacer? No puedo conducir…- Emma dijo preocupada
-Mi madre…Ella puede llevarnos…- Regina dio la solución más lógica. Al final, la casa estaba llena por ese motivo.
-Pero, ¿y Henry?- la cabeza de la rubia hervía, nada podía salir mal
-Puede quedarse con Mary…- la morena respondió calmadamente poniéndose una cómodas zapatillas
-¿Estás bien?- Swan se detuvo frente a la esposa agarrándole el mentón
-Sí…Yo…- suspiró –Estoy ansiosa…Solo deseo que todo salga bien y acabe pronto…- cerró los ojos apoyando las manos de la esposa en la barriga, aquello le transmitía seguridad.
-Dentro de poco estarás con nuestra princesita en tus brazos, mi amor…Ven…- agarró el brazo de la esposa para salir del cuarto.
-¡Ni hablar! ¡Si quiere llevar a su preciosa hija en aquel pedazo de lata amarilla, llévela! Regina necesita espacio. No solo ella, también mi nuera…¿O se ha olvidado de que ella también carga con un bebé?- la madre de Regina continuaba con aquella maldita discusión
-¡No Cora! ¡Todo lo contrario! ¡Aquel pedazo de lata nos trae suerte! ¿Sabe por qué Emma está tan apegada a él?- Mary le daría una explicación completa, pero fue interrumpida por la otra
-¡Venga ya! ¿De verdad creéis en eso?- Cora reviró los ojos
-¡Sí, creemos suegra!- dijo Emma desde mitad de las escaleras, apoyaba a Regina en un lado de su cuerpo, mientras se agarraba al pasamanos con la derecha –Iremos en mi proyecto de abeja…- sonrió irónica, hacía mucho que le había cogido cariño al nombre que la morena le había dado al escarabajo -¡Y tú conducirás!- finaliza con convicción
-Solo puedes estar bromeando…- rió -¡Jamás!- en ese momento, Regina se encogió con cara de dolor asustando a Cora –Ok- desorbitó los ojos, no podía estar discutiendo, su hija estaba en trabajo de parto –Hija…Ven…- subió hasta mitad de las escaleras para ayudarla
-Mamá…- la morena agarró los hombros de su madre, recuperándose de la contracción –No dejes que Henry me vea así, no quiero asustarlo- pidió con respiración irregular
-Está bien, mi reina…Voy a llevarte al coche- Cora ni pestañeó, ver a la hija sentir dolor era demasiado desagradable. Haría cualquier cosa para aliviar esa incomodidad.
-¡Mi coche, suegra!- Emma extendió las llaves para que las más vieja las cogiera. Ella reviró los ojos, pero no iba a discutir más.
-Le he mandado un mensaje a Mal, ella vendrá a recoger a Ruth dentro de unos minutos, ¿puede cuidarla mientras, Margareth?- pidió a la madre de Emma, pero sonó como una orden. Mary solo asintió balanceando el carrito donde descansaba la pequeña –Gracias- volvió a mirar a la hija –Me haces pasar por cada momento, Regina…- Cora cogió la llave mientras sacaba a su hija de la casa.
-Mamá, quédate con Henry, llamo en cuanto nazca mi hija…- Emma pidió a Mary –Hablando de eso, ¿dónde está?-preguntó al ver que el chico no estaba cerca
-Parece que tu padre tiene pelos de brujo, hija, apenas llegó y se llevó a Neal y a Henry a comprar un helado, el plan era escondérselo a Regina, pero…
-¡Genial! Mejor así- pasó las manos por el cabello en señal de nerviosismo. Mary percibió el estado de la hija.
-Todo va a salir bien…- acarició el hinchado rostro –Regina es fuerte y tú también-afirmó encarándola –No te preocupes, tu momento llegará y será un parto tan tranquilo como lo será el de Regina hoy- agarró las manos de ella para pasarle confianza.
-Gracias mamá…- sonrió con los ojos húmedos de emoción –Siempre sabes qué decir en el momento oportuno…- la abrazó
-Soy tu madre…- sonrió -¡Ahora ve! Ayuda a aquella vieja plastificada a encender el coche- desdeñó a la suegra de la hija –Apuesto a que nunca ha conducido un coche sin cambio automático- rio y Emma inevitablemente también -¡Buena suerte! ¡Llámame en cuanto mi nieta nazca!- gritó con Ruth en los brazos. Swan ya estaba al otro lado de la puerta.
-¡Fuerza! ¡Respira Regina!- Emma agarraba la mano de la morena mientras esta sudaba.
-¡Dios!- Mills dejó caer la cabeza en la almohada, cansada. Llevaba en trabajo de parto seis horas, el dolor le rasgaba la espalda. Swan estaba tensa con aquella situación, intentaba no pensar, necesitaba ser el apoyo de la esposa en aquel momento, pero el miedo la alcanzaba con cada nueva contracción, su bebé apenas se movía, parecía esperar la llegada de la hermana en silencio.
Cora batía los pies al lado de fuera, en el pasillo sus tacones resonaban, estaba ansiosa y preocupada. Inevitablemente recordó los últimos minutos de la hermana, ¡aquello no le sucedería a Regina! Aun así, su corazón latía descontrolado cuando algún grito más alto se escapaba.
-¡Todo está yendo bien, Regina! Estamos acabando- el Dr. Whale miró las facciones de la paciente, ella parecía mucho mejor que la primera vez, con toda certeza un parto más calmado que el de Henry. La preocupación del obstetra estaba puesta en Emma, temía que ella también entrase en trabajo de parto, sin contar que la rubia estaba demasiado nerviosa y eso no era bueno para el bebé.
Un grito. Regina chilló apretando los dientes, su rostro bañado por el sudor y la vena latiendo en su frente.
-¡Eso amor! ¡Ya viene!- Swan alentó secando el sudor de la cabeza de la morena
-¡Muy bien! ¡Empuja!- el médico dijo por última vez y el llanto estridente de la bebé llenó la sala.
Regina se recostó aliviada y una sonrisa enorme brotó en sus labios. Emma lloraba sin darse cuenta. Asistir a la llegada de un bebé al mundo era algo mágico, independiente de las veces que pasara por aquello, siempre era especial, una alegría inconmensurable. Aquel amor que ambas ya nutrían se esparcía por cada célula.
¿Era posible cultivar tanto amor? ¿Había espacio en sus corazones? Sí, siempre habría.
Las madres pensaban lo mismo y la mezcla de alegría y amor se reflejó en las lágrimas. El médico colocó a la pequeña sobre el pecho de la morena, la niña aún lloraba fuertemente, ¡qué pulmones! Regina, emocionada, agarró aquella frágil vida con manos leves, respiraba como si su bien más preciado estuviera en el sitio más protegido del mundo. De hecho, lo estaba.
Regina miró a la esposa como si pidiera permiso para algo, entre miradas conversaban y con la misma mirada Emma respondió afirmativamente. Podría darle el nombre que deseara.
-Oh Lana…- acarició el rostrito –Hola, mi amor…No llores, estamos aquí…tus madres…- acarició la espalda y ella finalmente dejó de llorar, parecía más calmada.
-Hey, pequeña…- Emma agarró la minúscula mano y besó la cabeza de la esposa enseguida –Nuestra pequeña Lana…- sonrió con los ojos llorosos –Mi pandita debe estar loca por salir también…- acarició el vientre, tras las horas de tensión su bebé se había relajado, parecía celebrar el nacimiento de la hermana, pues Emma sentía como si diera vueltas –Estaba ansiosa por conocerte, pequeña Lana…-sonrió de oreja a oreja a la hija.
Lana era blanquita, había heredado la piel de nieve de Emma y los labios gruesitos como los de Regina, a pesar de ser hija biológica de la rubia, el donante escogido tenía las características más marcadas de la morena, los cabellos oscuros contrastaban con las mejillas rosadas. Hermosa, Emma estaba tan tonta con aquella belleza que apenas podía dejar de mirarla, al igual que con Henry, ansiaba tener a las hijas en sus brazos.
Regina reposaba inquieta en la cama del cuarto. Cora estaba a su lado preparando las cosas para la llegada de la nieta. Emma fue llevada a otra sala para medirle la presión, habían sido demasiadas emociones para un día. Mills estaba a punto de levantarse de esa cama e ir tras la esposa. ¿Y si la rubia se sentía mal? ¿Y si su hija iba a nacer también?
No. ¡No podría! Regina necesitaba y quería acompañar el parto de la esposa, su mayor preocupación era dejar a Emma sola.
-¡Para Regina! ¡Estate quieta!- Cora se estresó
-¡No puedo, mamá! ¿Dónde está Emma?- amenazó con levantarse
-¡Ni te atrevas!- Cora agarró a la hija por los hombros -¿Te has vuelto loca? ¡Tu hija acaba de nacer!
-Ay, mamá…Lo sé…Pero, no puedo estar lejos de Emma…No ahora que está cerca del parto, nuestra hija puede nacer en cualquier instante- resopló nerviosa –¡Quiero a mi hija! ¿Por qué tardan tanto en traerla?- estaba irritada
En ese momento, Emma abrió despacio la puerta con la pequeña en brazos, ella se movía agitada, los bracitos por fuera de la manta rosa, los ojos verdes atentos a todo, parecía querer descifrar el mundo.
-¡Miren quién viene más que despierta para ver a su mamá…!- Emma caminó lentamente para entregar a la niña en los brazos de Regina que la miró desconfiada.
-¿Estás bien? ¿Qué ha dicho el doctor?- Emma rió del desespero de la morena.
-Estoy bien, mi amor…Mi presión está estable, solo quería estar seguro de que todo estaba bien. Whale me ha hecho comer una sopa sin sal…¡Horrible!- hizo una mueca con la lengua para fuera.
-Ay, Emma…No cambias…- reviró los ojos divertida y aliviada al mismo tiempo
-¡Sé que me amas por ser esa persona iluminada e infantil!- Swan bromeó. Cora se sentó en el sofá revirando los ojos. Aquellas dos eran puro empalague –Coge…- entregó a Lana a Regina –La robé de la enfermera a mitad de camino…- guiñó cómplice –Estaba buscando pecho…¡Por lo visto tiene más hambre que yo!- rió -¡Ah! ¡Mira sus ojos!- Emma vibró de alegría.
-Cielos…- los ojos de la morena se llenaron de lágrimas –Tiene tus ojos Em…- acarició el rostro de la pequeña y de la esposa enseguida –Ven acá…- cogió el mentón de la rubia para dejarle un casto beso en los labios –Te amo, Emma…Gracias…-susurró aún más emocionada.
-No tienes que darme las gracias, amor…- estaba avergonzada
-Lo sé, pero quiero…- miró las esmeraldas –Gracias por formar parte de mi vida, por apoyarme y soñar mis sueños conmigo, sin ti nada de esto hubiera sido posible. Si hoy soy la mujer más feliz y realizada de esta tierra, te lo debo a ti, Em…- confesó
-Ay, Regina…-lloró –Estoy sensible, joder, mis hormonas…- secó las lágrimas –Deseo morir a tu lado…
-¡Morir no, Em! Vivir a mi lado es mejor…- corrigió sonriendo –Eres mi mund…- su frase fue interrumpida por un pequeñajo llamado Henry
El pequeño corrió delante de sus abuelos en cuanto la recepcionista les dijo el número de la habitación. Llegó montando una fiesta, gritando "mamá" "mamás" "¡quiero ver a mi hermanita!" Asustó a la pequeña Lana que soltó el pecho de la madre, llorando.
-¡Shhh chico!- Henry casi saltó a los brazos de la rubia que lo envolvió en un abrazo -¿Dónde están tus abuelos?- miró hacia la puerta y allí estaban David, Mary, Neal y Malévola con la pequeña Ruth en brazos -¡Wow! La "casa" sigue llena…- soltó el aire sorprendida
-¡Quiero ver, mamá! ¡Déjame ver!- tiraba de la blusa de la madre rubia poniéndose de puntillas para ver a su hermana.
Regina rió de la ansiedad del pequeño.
-Calma, mi príncipe…- acarició los mechones castaños y miró a David -¿Puedes poner a Henry aquí, a mi lado por favor?
-Claro…- colocó al nieto sentada al lado de la nuera –Felicidades hija…- le besó la cabeza
Mary también la saludó, emocionada. Cora agarró a la nieta tras algunos minutos, Mal la miró y le hizo un cariño rápido, ya que Ruth no salía de sus brazos. Neal estaba muy entusiasmado, pero Henry apenas dejó espacio al tío, no salía del lado de la hermana, parecía querer tomar posesión de la pequeña.
Menos mal que el cuarto era grande y espacioso, pero no podían dormir allí, ya era tarde y una enfermera fue a avisar de que la hora de visita había acabado y solo los acompañantes podrían quedarse.
Finalmente estaban los cuatro, o mejor, los cinco. A petición de Cora, otra cama fue colocada en el cuarto para que Emma tuviera mejor comodidad. Los niños no podían quedarse, pero el apellido Mills tenía poder y una vez más Cora intercedió por su nieto y Henry pudo quedarse con sus madres.
Felicidad, esa palabra podía resumir la escena, completos, aunque Emma todavía cargara a su pequeña, aquella escena quedaría grabada para siempre en sus corazones.
Emma dormía en el sillón al lado de la cama de su esposa, Henry dormía profundamente enganchado al brazo de su madre morena, mientras ella amamantaba a Lana. Regina observaba a su familia con adoración y orgullo. Se sentía trasbordar, quería proteger y amarlos por encima de todo. Querría ser un ave y colocarlos bajo sus alas. Nada les haría daño, nada los alcanzaría. Protegería sus bienes más valiosos como si la vida dependiese de ellos. Y de hecho, sí que dependía.
Sonrió emocionada una vez más en aquel día frío de noviembre, el cielo estaba repleto de nubes escondiendo las estrellas, aun así, la luna brillaba intensamente clareando entre las rendijas de la ventana. Para ella era una señal, una forma de recordarle de que contemplara las cosas más bellas y preciosas del mundo.
Su mundo había ganado color años atrás, cuando Emma golpeó su coche, cuando por deseo propio quiso formar una familia, cuando vio el rostro de Henry por primera vez, cuando se casó con la mujer más hermosa y alegre de la tierra, cuando descubrió que iba a ser madre por partida doble…toda la belleza de aquella luna reflejaba su interior, su estado de espíritu. Ligero, podría fluctuar de tanto felicidad.
-Sois mi mundo…- Regina susurró sonriendo
5 días después
Regina prácticamente se dividió en tres tras el nacimiento de la hija. Además del reposo que tenía que cumplir, tenía que atender a Henry, a Lana y a Emma, cuidaba de la esposa con celo, conocía a Swan lo suficiente para saber lo afligida y ansiosa que estaba.
-Joder, Regina, no quiero tener que hacerme una cesárea…- Emma lloriqueó en cuanto el obstetra salió de la sala tres días atrás, cuando Regina y Lana tuvieron el alta.
Todo lo que Emma menos quería era pasar por aquella cirugía. Desea un parto normal y tranquilo, pero por lo que el médico les había dicho, su hija estaba perezosa, Swan ya había completado la semana 39 y si el bebé no nacía en la 40, tendrían que recurrir a la cesárea.
-Calma, Em…No es así, todavía nos queda una semana…¡Seguro que nace en la fecha límite!- alentó esperanzada, en el fondo estaba tan preocupada como ella.
-Solo quiero que todo salga bien…Tengo tanto miedo…- soltó
-Todo está bien…Es normal sentir miedo…- colocó un mechón rubio tras la oreja –Pero, eres fuerte y nuestra pequeña vendrá tan polvorilla como la madre…¡Estoy contigo, amor!- afirmó agarrando la mano de la esposa.
Emma estaba más ansiosa de lo normal con la llegada del plazo, faltaban dos días, dos míseros días, o sea, sabía que en cualquier minuto nacería y si no, la fecha estaba programada.
Caminaba con Mary Magareth todas las mañanas y hacía algunos leves ejercicios en el intento de inducir el parto. Sentía una fatiga mucho mayor de lo que recordaba, de hecho no aguantaba más, sus tobillos estaban hinchados y su cuello había desaparecido, apenas consiguió dormir tras el nacimiento de Lana, no encontraba la posición adecuada, y cuando conseguía pegar el sueño, la pequeña lloraba. Por suerte, Regina estaba muy bien, quién la viera no diría que cinco días atrás estaba embarazada, pues andaba de aquí para allá con normalidad, no haberle tenido que poner puntos ayudó bastante.
-Estoy echando leche de nuevo…- Emma suspiró tristona. Se sentó en el borde de la cama limpiándose los pechos con una gasa.
-¿Quieres amamantar a Lana? A lo mejor se alivia un poco el dolor…- Regina dijo para consolar a la esposa. Ella estaba separando algunas ropas para el baño de la pequeña.
-No es mala idea- se levantó de la cama –Ven acá mi princesa…- sacó a la niña de la cuna y la anidó en sus brazos. Le acarició la cabecita con cuidado –Cuánto cabello, chica…- sonrió admirada -¿Cómo será tu hermanita, eh?- le tocó la punta de la nariz –Si es tan linda como tú, voy a tener que hacer guardia cuando crezcáis…
Regina rió ante el comentario
-Pensé que la celosa aquí era yo…- apoyó la mano en la cintura encarando a la rubia
-Ah. Ya sabes…No cuesta nada ser cautelosa…- abrió los botones de la camisa para que la pequeña chupara -¡Calma, Lanita! ¡Siempre desesperada!- se quejó poniendo una mueca de dolor -¡Qué fuerte chupa!
-Para que veas lo que yo paso…- rió –Cómo la vas a llamar…- midió la temperatura del agua de la bañera
-Hum. Ye te dije que cuando le mire la carita…- guiñó convencida. Regina resopló
-Estoy tan ansiosa como tú, pero es por saber el nombre…- se sentó al lado de la esposa en el borde de la cama –Cuenta, va…- susurró mordiendo el lóbulo de la oreja en un tono cargado de segundas intenciones
-Ay, Regina…- Emma respondió blanda –Si haces esto en otro tiempo, sabes que estarías perdida…- encaró a la esposa
-Estaba bromeando…-besó la mejilla de la rubia –Voy a llamar a Henry para que me ayude a bañar a Lana
Henry entró en el cuarto de sus madres muy animado, sabía cuál era su deber: separar el pañal, talco y algodón. Él acompañaba el baño de la hermana encima de un taburete, entregaba el champú y el gel cuando Regina se lo pedía.
-¡Muy bien princesa! Ahora tu hermanito me va a dar el cepillo para peinarte esa cabellera- le guiñó un ojo al hijo
-¿Me dejas mamá? ¡Sé peinar!- dijo animado con el pequeño cepillo en las manos
-Está bien, pero tienes que pasarlo muy flojito a causa de su fontanela…-pasó el cepillo una vez para demostrarle y después se lo pasó al hijo
-¿Así mamá? ¿Está bien?-preguntó ansioso
-Sí, mi pequeño príncipe, se te da muy bien…- elogió tocándole el hombro
-¿Vas a ponerle un lacito mamá?- preguntó batiendo palmas
-Podemos sí…¿Quieres escoger?- cogió la caja del cajón de la cómoda mientras Henry miraba a su hermana en la cama -¿Lila? ¿Rojo? ¿O verde?
-¡Verde! ¡Pega con sus ojitos!- escogió sin titubear
-Cierto…- Regina rió -¡Tienes buen gusto!- besó la mejilla del pequeño -¿Vamos? ¡Abuela Mary ha preparado un almuerzo delicioso para nosotros! ¿Y adivina?- arqueó una ceja
-¡Tarta de manzana de postre!-levantó los bracitos -¡Yess! ¡Tu tarta es la mejor del mundo entero, mamá!- saltó a los brazos de la morena apretándola en un abrazo fuerte.
La casa seguía llena, David estaba sentada en la punta de la mesa, servía el plato del hijo, Emma ayudaba a Mary con las últimas bandejas en la cocina, mientras Cora limpiaba el eructo de Ruth en su ropa.
Henry entró en el comedor animado agarrando la mano de su madre morena.
-¡Mira! ¡Mira!- señalaba la diadema de paño que había escogido para el hermana -¡Yo peiné su pelito!-sonreí -¡Ma Em! ¡Mira!- tiró de la bata de la rubia.
-¡Wow chico! – miró hacia abajo -¡Casi me haces tirar el almuerzo!- lo reprendió de forma sutil. Aún señalaba a la hermana -¡Qué linda Henry! ¿Lo escogiste tú?-colocó la bandeja en la mesa para coger a la hija de los brazos de Regina -¡Me encanta, hijo! ¡Tienes muy buen gusto!- olió el cuello de la pequeña.
Regina sacó pecho, orgullosa
-El príncipe de mamá, ¿no, Henry?- guiñó un ojo
-¡Sí!- sonrió tímido –¿Tía Zel y el primo Roland a qué hora van a llegar para ver a mi hermanita? ¿Dorothy también viene?- preguntó todo de un tirón
-Están de camino…- respondió Regina y en ese mismo momento sonó el timbre. Eran ellos.
Zelena entró con cinco cajas de regalos en las manos, Robin entró tras ella agarrando la mano de Dorothy. Roland enseguida fue a saludar a su abuela Cora y sin darse cuenta recibió un apretado abrazo de Henry.
-¡Hola pequeño!-Roland levantó al primo en brazos
-¿Eso es bigote?- Henry rió -¿Vas a estar igual que tío Robin? ¿Yo también voy a tener pelo?- preguntó sorprendido. El hijo de Zelena se había transformado en un joven.
-Tendrás cuando tengas mi edad. Humm. Dentro de unos seis años, quizás…- pensó
-¿Vamos a jugar a la consola? ¡Quiero ganar a mi abuelo y a Neal!- tiró de Roland hacia la sala
-¡Eh, eh, Henry! Vamos a almorzar primero, hijo- llamó Regina abrazando al sobrino.
El almuerzo transcurrió animado, las voces se mezclaban en medio de las conversaciones, Malévola se había unido a la familia, charlaba de los temas de forma natural. Los pequeños ni esperaron el postre, enseguida estaban con la consola, Emma, incluso con esa barriga, se había juntado a ellos para verlos desde el sofá, sus pies estaban alzados en un puff. A Dorothy le gustaban los videojuegos, pero prefería estar cerca de la pequeña Ruth o ayudar a la tía con los cambios de pañal de Lana.
Zelena quedó encantada con su sobrina, elogió y la mimó más que cualquiera, mencionó también la elección de lazo verde y apuntó que los ojos eran herencia de ella. Emma, más que orgullosa de la hija, se manifestó diciendo que los ojos eran suyos y de nadie más. Regina rió de la tonta competición de la hermana y la esposa. Al final, la morena dijo que Lana era su viva imagen.
Mary y David observaban la escena, callados, podían ver la plena felicidad en los ojos de su hija. Emma había realizado el sueño de sus padres, aunque inconscientemente. Poseía una familia.
Lana dormía en brazos de Cora mientras Ruth lo hacía en una de las cunas bajo la mirada atenta de Mal. Las hermanas Mills conversaban sobre sus partos y los beneficios de ser madre, Emma intentaba no prestar atención al asunto, no quería tener que pensar en su momento, estaba demasiado ansiosa esperando cualquier señal de que su hija vendría.
La tarde pasó y David propuso juagar a mímica, Robin se juntó a ellos y comenzaron una pequeña competición. Las risas estallaban en la sala, carcajadas incontrolables asolaban a todos. Sin embargo, una escena aún más graciosa aconteció fuera de las payasadas de David y Robin. Lana habían comenzado a llorar y Cora en un intento de calmar a la nieta alzó a la pequeña, infelizmente no fue una buena idea, pues Lana vomitó sin piedad, manchando los hombros y pechos de su abuela.
-¡Maldición!- exclamó la mujer tapándose la nariz
-¡Dios mío, suegra! ¡La segunda vez en el mismo día!- Emma se acababa de reír de la suegra, no conseguía controlarse, reía sin pudor alguno –Voy a buscar algo para limpiarte…- se levantó del sofá yendo tras Regina que cogió a Lana para ir a bañarla. Ella intentaba aguantar la risa ante toda aquella situación -¿Amor?
-¿Sí, Em?- rió en cuento entró en el cuarto con Lana
-Creo que me he hecho pipí…- se secaba las lagrimas de risa
-¿Y qué ocurre? No es sorpresa, tu vejiga tiene la presión del bebé, a veces ni yo conseguía controlarlo…- rió –Aún más con esas carcajadas.
-¿A ti ya te ha pasado?- Emma se sorprendió nunca lo hubiera imaginado de Regina
-Pues claro que sí…- escondió la risa traviesa –Solo no vayas por ahí divulgándolo… Y tú deberías hacer lo mismo…- le guiñó un ojo
-¿Sentías dolores? Quiero decir…¿aquí?- apoyo la mano en la región pélvica -¿Irá a nacer?
-¡Espera Emma!- desorbitó los ojos -¿Crees que te has hecho pipí y tienes dolores?
-Sí, pero…Esto no parecen contracciones. ¿Debería doler, no?- dijo pensativa
-¡Cielos Emma! ¡Has entrado en trabajo de parto!- miró los pantalones de la esposa. Estaba toda mojada
-Regina, ve con calma, no lo estoy. Estoy segura, este dolor no se parece con los tuyos…En realidad, ni se les acerca…Y me he hecho pipí. Menos mal que tu madre no lo vio o sería el asunto del día- tocó los pantalones poniendo una mueca
-No todas las mujeres sienten dolores fuerte, Emma…Agarra a Lana un momento- pasó el brazo por la rubia -¡Voy a llamar a Whale!
-¡Regina, nooo!- lloriqueó –No aguantaré llegar allí y que sea una falsa alarma…- dijo frustrada, Aquellos cinco días habían sido idas y venidas al hospital.
-Emma- la encaró seria –Ninguna de las otras veces pasó esto…- se refería a lo del pipí
-¿Y qué sugieres Regina? Estoy cansada de esto…¡De todo esto! ¡No aguanto más!- se sentó en la cama llorando con Lana en los brazos
-Ey…- le tocó el mentón a la rubia –Calma Em, si crees que no es la hora, vamos a esperar…Pero estaremos atentas si ese dolor persiste, nos vamos al médico. ¿Ok?
-No me está doliendo- mintió para que Regina no insistiera en ir al hospital, sentía un ligero dolor en la espalda.
-Menos mal…Ahora voy a cambiar a Lana y buscar otra camisa que le sirva a mi madre…-sonrió al recordar el "accidente" –Y tú toma un baño, necesitas relajarte…- cogió otra vez a la hija.
Emma hizo lo que la esposa le dijo, tomó un baño demorado y se puso un vestido cómodo, pero aquel agudo dolor seguía en su espalda, no era inaguantable, pero incomodaba. Ni prestó atención al intervalo de los dolores, descendió a la sala donde todos conversaban, andaba con las piernas abiertas, su barriga estaba baja y aquel dolor constante comenzó a hacerse más agudo.
-¿Por qué mamá estaba caminando como un pato, mamá?-preguntó Henry al reparar cuando la madre llegó al último escalón -¿Está jugando a algo?- pensó que formaba parte del juego de la mímica. Regina miró a la esposa, preocupada, y enseguida notó que no estaba bien.
-Amor…Yo…¡Arggg, joder!- Swan gimió –Creo que tienes razón…
-¡Va a nacer!- gritó David
-Papá…- Emma lo reprendió con la mirada, no quería montar un escándalo. Miró a la esposa –Regina…Por favor…
-¡Respira Em!- Mills corrió a agarrar a su esposa –Te lo dije…Testaruda…
-Lo sé…Lo sé…Pero…¡Ay, qué mierda!- sintió otra contracción, pero esta vez fue mucho más fuerte de lo que esperaba. El intervalo fue de cuatro minutos desde la última, la bebé estaba de camino y ella apenas se había dado cuenta -¡Arggg Regina!- se desesperó con el dolor. Todos en la sala detuvieron lo que estaban haciendo y la miraron asustados.
-Dios, Em…¡Te lo dije! ¡Tenemos que correr!- Regina lo entendió al momento, aquel pipí era señal de que había roto aguas y ya hacía una hora. No tenían tiempo.
Regina le pidió a Cora que cuidara de Lana, si algo salía mal que llevara a la niña al hospital, la leche no sería problema, ya que Ruth tomaba biberón con fórmula para recién nacido. El corazón lo tenía encogido por dejar a Lana tanto tiempo sola, pero era necesario, Emma la necesitaba más en aquel momento.
David estaba al volante, Emma inhalaba y exhalaba mientras Regina la alentaba con los ejercicios indicados por el obstetra. El padre de Emma estaba afligido, conducía el escarabajo lo más rápido que podía, sin embargo el tiempo no estaba a su favor. Swan aguantaba el grito lo máximo que podía, pero el dolor empeoró y el sudor bañaba su rostro.
-Lo noto Regina…Está aquí…- Emma lloró desesperada bajándose las bragas.
-Calma, Em…- la morena colocó a su esposa de lado en el asiento con los pies hacia arriba.
-No puedo…Regina…¡Ahhhh!- Mills se asustó. Podía ver con claridad la cabecita de la bebé. Se llevó la mano a la boca sin reacción, David preguntó que estaba pasando y que hacía lo posible en aquel maldito tráfico. Regina consiguió responder, respiró hondo agarrando la mano de la esposa con fuerza.
-Emma…¡Confía en mí! Cuando el dolor venga, empuja. ¡Empuja todo lo que puedas!- pidió decidida. Ella traería a su hija al mundo.
-¡Dios Regina! No mires…Noooo…- otra contracción
-Tengo que mirar. ¡Empuja Emma! ¡Venga!- incentivó
-¡Arrgghhh!- gritó agarrándose al asiento, la sangre huyó de sus dedos, ya no tenían color.
-¡Empuja amor! ¡Empuja!
Esa fue la última orden de Regina, sus manos temblaban y su corazón latía aceleradamente, su mundo pareció detenerse cuando finalmente agarró aquel cuerpecito frágil. Emma se relajó dejando caer su cabeza en la ventana del escarabajo, cerró los ojos emocionada, el llanto sonó melodioso en sus oídos. Cuando encontró los pares de ojos castaños de la esposa lloró aún más, Regina también lloraba con su sucia hija en brazos. David apenas respiraba, se negaba a mirar hacia atrás, no podía ver aquello, no a su hija. Como el médico había hecho, Mills colocó a la hija sobre el pecho de la esposa y el llanto cesó poco a poco, sabía que estaba segura.
La niñita rubita encaraba a la madre con fervor, como si quisiera decirle algo, era despierta y tan linda. Swan lloraba y reía al mismo tiempo, jamás olvidaría aquel momento, el más hermoso de toda su vida. Podría haber tenido dudas sobre ser madre toda su vida, pero en aquel instante todo tenía sentido, toda había valido la pena, ansiaba por ese momento sin saberlo. Ya no tenía miedo, no había reservas, volverse madre había sido la mejor cosa que le había pasado a Emma Swan. Se sentía viva una vez más. Era como renacer, transformase, lo sentía, sabía lo que era ser madre, aun así era totalmente diferente. Se sentía orgullosa de sí misma, cada contracción que había pasado había valido la pena cuando aquello ojitos castaños encontraron los suyos. La mezcla de amor y celos la acometió, nada le haría daño a ese ser indefenso, se sentía la madre más poderosa del mundo, podría morir de amores en aquel instante, sentía una emoción sin igual, una sensación inexplicable.
Amor.
Amaba, amaba aún más a aquella pequeña vida, su panda, su princesita. Amaba incondicionalmente aquellas dos vidas.
