Narrador omnipresente.

Aunque se suponía que deberían de estar en silencio hasta que no revisaran nuevamente la seguridad del lugar, los murmullos resonaban por cada rincón de aquella bodega, todos tenían preguntas, algunas que podían ser respondidas por aquellos que habían estado en otra de esas reuniones y otras que ni las mismas personas que les revisaron antes de dejarles pasar podían tener la respuesta. Sin mencionar que muchos sólo querían verla, la promesa viviente del final que tanto anhelaban.

Pero todo eso se convirtió en silencio cuando aquel suave sonido de tacos chocando contra el pavimento se hizo escuchar, sólo entonces es que las capuchas de los guardias bajaron, capuchas en una distinta gama de negros pero ninguna tan oscura como la de la chica que iba en el centro y aquel par que le seguían como sombras.

La causante del alboroto y la quietud fue la última es dejar ver su rostro finas facciones acompañadas de ojos que parecían más humanos de lo que realmente eran, labios pálidos y cortos ricos cobrizos para enmarcar. Su mirada escrudriñó el lugar como sí contará a cada uno de ellos, como si reconociera cada uno de los presentes, porque sí lo hacía. Se había encargado de solicitar a cada uno de ellos a lo largo de meses, escogiendo a otros del alcance de a quien llamaba amo, de ante quien hacia una reverencia. Eso hasta que lograra arrebatarle la corona que él tanto amaba.

-¿Comenzamos?

Apenas y terminó de hablar cuando una multitud de manos se alzaron, todas ellas pretendiendo realizar tan sólo una pregunta: ¿Qué necesitas que hagamos? Porqué si bien la promesa era lo que les llevó ahí, saber quien estaba a cargo era lo que les haría quedarse, actuar, obedecer y arrodillarse de ser necesario.

¿Por qué quien mejor que la misma Vulturi que les había ayudado a afianzar su trono para derribarlo?


-Qué rápido venden sus almas- replicó entre bajas risas el castaño mientras observaba a sus compañeros deshacerse de su olor en aquel lugar, haciendo uso del fuego. Su acompañante tan sólo asintió, porque ellos sólo accedían ante la posibilidad de gloria que la caída de Aro, de los Vulturi en general. Y eso junto a un par de amenazas eran suficiente para mantenerles de su lado, ella lo sabía, pero aún así, aquel plan ya llevaba alrededor de año y medio desarrollándose. Su hijo ya debería de caminar, hablar, podría ser capaz de decir mamá aunque la suya no estuviese ahí para escucharlo. -¿Rene?

-Italia aún es suyo. Desde el centro hasta los bordes, lo es desde que se deshicieron de su pseudo competencia.

Un suspiro salió de la boca de Alec al saber que si bien hablaba con la verdad no era realmente lo que estaba pensando, no le era difícil notar la tristeza que embargaba su rostro. Pero tal como hacía siempre sólo le seguía la corriente, porque eso les ahorraba tiempo, mentiras y les acercaba más a la causa de aquel sentimiento.

-Eso no lo vamos a poder cambiar, por eso destruiremos su madriguera y esperaremos que salgan por nosotros, creyendo que somos lo único que les espera afuera. ¿Recuerdas?- y claro que recordaba, pero aún tenía que confiar plenamente en la infinidad de bocas que habían aglomerado. Que ninguno quemara su carta de "muerto" que le habían conseguido o más bien, que su merodeador se encargara del traidor antes de que una llamara llegara a oídos ajenos.

-Estamos cubriendo cada paso, cada susurro...

-Y aún así no evitáremos las bajas. Porque no podemos controlar a Derek.

-No podemos controlarlo tanto como ellos no pueden controlarte a ti -las manos heladas del vampiro se encontraron la calidez del rostro de la híbrida, deslizandose después por su cabello. -Por eso es que hicimos sacrificios.

-Nosotros no hicimos nada. Ese pequeño niño, ese neófito, fue el que hizo todo. Nosotros sólo nos encargamos de quién alguien lo matara. Y en caso de que no lo notaras, de eso ya no hay vuelta atrás, Alec.