Canción para una Noche de Lluvia
por Mie Ame
Capítulo 02: Entre Viento y Cernidillo
Como había comentado Takeru, pronto se mudaron temporalmente al apartamento de la madre del rubio. Aunque la mujer ya no se encontraba en el mismo edificio en el que vivían Miyako y su familia, tampoco estaba muy lejos de ahí, y Nobu comenzó a ir a la misma escuela primaria que los hijos de Ken, Miyako e Iori, reforzando su amistad con el grupo de niños.
Los asuntos que Nadine atendía en Tokio permanecieron en secreto por varias semanas, hasta que Miyako los vio, a ella y a Takeru, cuchicheando muy abrazados, saliendo del Hospital Internacional de St. Luke. Esa noche, en una de las ahora acostumbradas reuniones que hacían entre ellos, la mujer de cabellos violetas decidió sacar el tema, para quitarse las dudas.
— Nadine, querida. — dijo con una sonrisa pícara, mientras servía el pastel que los Takaishi habían llevado como obsequio ese día. — ¿Sabes? Hoy fui a almorzar con una amiga al restaurante Kazan del Hotel Ginza Creston, y por casualidad vi a ciertas personitas saliendo de cierto lugar cerca de ahí... —
La mujer rubia empalideció ante el comentario, y compartió una mirada aprensiva con su esposo.
— Mi-Miya-ko, yo... — Nadine intentó comenzar a explicar, pero la otra mujer la interrumpió.
— ¡Vamos, no hay nada de qué avergonzarse! — exclamó Miyako alegremente, presuponiendo de qué se trataba todo el asunto. — No hay nada de malo en buscar asistencia médica, cuando uno la necesita, en especial cuando se quiere hacer crecer la familia. —
Ken, que acababa de llegar a su casa y aún ni siquiera había tenido la oportunidad de saludar, se quedó helado en la entrada del comedor. El silencio reinó en la habitación. Los niños, que se divertían frente al televisor en el cuarto contiguo, permanecían ajenos a la conversación entre los adultos.
Takeru tomó la mano de su esposa, juntando las fuerzas necesarias para tener esa conversación con sus amigos. — Miyako. Ken. Esto es algo de lo que sólo mi familia y la de Nadine están enteradas. — comenzó el rubio, mirándolos a uno y a otro. — Nadine y yo no estamos buscando tener más hijos. — explicó el hombre suavemente. — Poco más de año y medio atrás, nos enteramos que Nadine sufre de una enfermedad hereditaria muy grave, conocida como Esclerosis Lateral Amiotrófica. Desde entonces hemos estado buscando por todos lados doctores que puedan tratarla. Hace poco encontramos a un especialista, aquí en Tokio, y es por eso que decidimos mudarnos temporalmente con mi madre. El médico nos mandó llamar hoy, por eso nos viste en el hospital, Miyako. Lo que nos quería decir, es que la enfermedad está bastante avanzada, y aún no existe los tratamientos para curarla, mucho menos en la etapa en la que Nadine se encuentra. —
Miyako estaba perpleja. Desde esa mañana, cuando había visto a la pareja salir del hospital, esperaba con ansias el momento en que su amiga le compartiera la feliz noticia de que ella y Takeru volverían a ser padres. En su lugar, obtuvo la más devastadora de las confesiones que pudiera haber imaginado.
— ¿Q-qué están diciendo? — preguntó Miyako con un nudo en la garganta que crecía con cada segundo que pasaba.
— Amiga querida. — dijo Nadine con dulzura y tristeza en su voz, tomado las manos de Miyako entre las suyas. — El doctor dice que, siendo optimistas, me quedan de dos a cuatro años de vida… Tal vez menos. —
Miyako sucumbió. Se lanzó con cariño a los brazos de Nadine y lloró por todos los que estaban presentes. Takeru se levantó, dando como excusa ir a revisar cómo se encontraban los niños, mientras las mujeres se consolaban mutuamente. Sabía que éste también era un momento de desahogo para su esposa, pues ella no se había permitido deprimirse frente a Nobu.
Desde el primer momento, le habían contado a Nobu todo lo posible sobre la enfermedad de su madre, para que entendiera porque a veces se quedaba por varios días en el hospital, mientras le hacían muchas pruebas y análisis de todo tipo, para descartar varias enfermedades. Pero el niño, al igual que ellos hasta esa mañana, ignoraba lo grave de la situación.
Ken se excusó y siguió a Takeru, dándoles espacio a Miyako y Nadine para que se desahogaran sin espectadores. La situación de Takeru lo había sacado de balance; jamás pensó que su amigo estuviera pasando por semejante suceso y se reprochó el haber pensado en él de formas inadecuadas, sin tener en cuenta a las personas que serían afectadas por sus acciones, como sería el caso de Nadine y de Miyako.
Ahora que se tomaba el tiempo de observarlo, y tenía frente a sí el contexto completo, podía notar que Takeru se veía agotado, más mentalmente que en el aspecto físico. Seguramente tener todas esas preocupaciones encima debía ser algo extenuante y, si bien tenía el apoyo de su familia, Takeru no era del tipo de personas que dejaba que los demás le brindaran su ayuda, por evitar también obtener así su lástima.
— Ken. — habló Takeru en un susurro, antes de abrir la puerta de la habitación en donde jugaban los niños. — ¿Tendrás de casualidad algo de tomar…? —
Sorprendido por la petición, pues sabía que Takeru no era del tipo de personas que recurría a la bebida en ese tipo de casos, Ken tardó en contestar, no muy seguro de que fuera una buena idea. — Eh-uhm… No lo creo; a Miyako no le gusta que los niños tengan esa clase de cosas a su alcance. — al ver la desilusión en los ojos del rubio, agregó. — Pero podemos ir por algo más tarde, si te parece. —
— Bien. — dijo Takeru con un suspiro, asintiendo suavemente. Al parecer, Nadine no era la única que necesitaba desahogarse.
Después de asegurarse de que los niños de la casa se fueran a dormir, los adultos se retiraron igualmente. Takeru llevó a su esposa e hijo a su casa. Más tarde, regresó a ver a Ken, acompañado de un six-pack de cervezas frías. Ambos subieron a la azotea del edificio en donde los Ichijouji vivían, para evitar causarle molestias a la familia del moreno.
— Lamento pedirte esto, Ken. — se disculpó Takeru entregándole una lata. — Sé que no acostumbras beber. —
— Tú tampoco lo haces. — se limitó a decir el hombre de cabello azul, abriendo la bebida.
— Es que… — comenzó Takeru, con los sentimientos dándole vueltas en el pecho en tropel. — ¡Todo ha sido tan rápido! Tan… repentino… — lágrimas comenzaron a acumularse en aquellos ojos azules que tantas noches le habían quitado el sueño a su interlocutor. — Primero creímos que se trataba de algo sencillo, un simple dolor muscular por algún esfuerzo que había hecho durante las vacaciones en Francia hace dos años. Después los síntomas se fueron acumulando y la llevé al hospital, esperando que nos dieran un diagnóstico. En el momento en que supieron que se trataba de ELA, ¡todas nuestras esperanzas se desvanecieron! —
— Pero… Debe haber algo que se pueda hacer. — aseguró Ken, con ahínco.
Takeru negó con la cabeza, cerrando los ojos mientras las lágrimas contenidas escapaban sin vergüenza de su prisión. — No existe tratamiento. Ella… ella simplemente irá perdiendo la habilidad de controlar su cuerpo y, al final, lo más probable es que muera de un fallo respiratorio. ¡Y yo no puedo hacer nada al respecto! —
Aunque mantenían su conversación con un volumen bajo de voz, la angustia de Takeru repicaba en cada rincón del corazón de Ken, como si el rubio estuviera gritando en una cámara de resonancia. Su dolor era palpable en el aire, al igual que la impotencia que sentía. Ken no podía permanecer impasible ante ello y reaccionó de una manera poco propia de su persona, abrazando a aquel amigo que conocía desde la infancia y que ahora luchaba por conservar como tal.
Después de la sorpresa inicial, Takeru se dejó consolar, agradecido por el gesto de Ken. Hacía mucho tiempo que no le habían dado un abrazo como ese y, ahora que lo recibía, se daba cuenta de cuánto lo necesitaba. Se aferró a la camisa del otro, buscando desvanecer todo espacio que hubiera entre ellos, demandando la certeza que aquel contacto le brindaba. Ken, deseoso de detener la agonía del otro, desinhibido por el alcohol en su sangre, estuvo a punto de llevar las cosas un paso más lejos cuando el rubio levantó la vista y sus miradas se entrelazaron. Takeru pasó un mechón del cabello de Ken detrás de su oreja y con el mismo movimiento lo acercó hacia él, cerrando de nuevo los ojos, y plantando un beso en su boca.
Ken pasó muchos días pensando en lo ocurrido la noche en que él y Miyako se enteraron de la enfermedad de Nadine. Habían sucedido demasiadas cosas, demasiado rápido y aún no terminaba de digerirlas todas. En especial el punto en el que Takeru lo había besado en la azotea de su edificio, después de haberse terminado casi seis latas de cerveza él solo. No sabía qué pensar; ¿Había sido que todos los problemas de Takeru, aunados a la ingestión de la bebida fermentada, lo que llevó al rubio a hacer eso? Sí, probablemente se trataba de eso, pues era más que imposible que su amigo sintiera cualquier clase de atracción de ese tipo hacia él. Takeru estaba casado, su esposa se encontraba víctima de una afección incurable; eso llevaría a cualquiera a perder la razón, al menos por un minuto, en especial bajo la influencia de ciertas sustancias.
De todas maneras, ese día le fue imposible llegar a casa, sabiendo que podría encontrarse con los Takaishi cuando recogieran a Nobu después de la cena. En su lugar, saliendo del trabajo se fue al departamento de Tamachi y aprovechó para irse a dormir temprano. Así lo hizo las veces en las que Miyako le comentó sobre la visita de sus amigos, incapaz de ver a Takeru de frente, y mucho menos a su esposa.
Sin embargo, un día que llegó a casa, se dio cuenta de los zapatos de las visitas en el genkan y, al intentar salir de nuevo, sus llaves hicieron el ruido que lo delató.
— Ken, que bueno que llegas. — exclamó Miyako desde la cocina. — Necesito que me ayudes a poner la mesa. —
Ken suspiró y tomó fuerzas para lo que seguiría. El comedor estaba repleto, con los niños esperando impacientes para sentarse a la mesa. Nadine ya estaba sentada y Takeru compartía la cocina con Miyako. Ken saludó amablemente a todos y se puso a hacer lo que su esposa le había pedido. Una vez sentados todos, Miyako y Takeru sirvieron la comida, la cual disfrutaron como si se tratara de una enorme familia.
Después de la cena, mandaron a los niños a dormir, siendo Ken el responsable de lidiar con el asunto, y Takeru se ofreció para ayudar a su amigo con la tarea, ya que Miyako le prohibió lavar los platos, de eso se encargarían ella y su esposo antes de dar por terminado el día.
Los dos hombres llevaron a los niños a la habitación y revisaron que todos se alistaran adecuadamente para irse a la cama. Nobu se quedaría con los Ichijouji, así que también él se preparó y se despidió de su padre con gran afecto. Ken se preguntó, qué sería de aquel niño cuando se enterase de lo que le ocurría a su madre.
Listos y acostados, los niños no tardaron en ir quedándose dormidos uno a uno, y los dos adultos salieron de puntitas de la habitación. Ya en el pasillo, Ken se apresuró para retirarse, sintiéndose incómodo estando a solas con Takeru, pero éste lo detuvo, tomándolo del brazo.
— Ken, espera. — pidió el rubio, sin soltarlo. — Necesitamos hablar. —
Sin voltear a verlo, Ken contestó. — No te preocupes, no hay nada de qué hablar. Es mejor dejar las cosas así. —
Takeru caminó hasta ponerse frente a él. — No, sí debemos hablar. —
— ¿De qué quieres que hablemos? — preguntó Ken, con ansiedad.
— Te besé. — contestó Takeru seriamente.
Ken se tensó. — ¿Y eso qué? —
— Tú me devolviste el beso. — afirmó Takeru sin dudar.
— Estábamos bajo la influencia del alcohol. — explicó Ken, tratando de regresar al comedor, sin éxito.
— Podría hacerlo de nuevo, y no estaría bajo la influencia de nada. — alegó el rubio. — Lo que quiero saber es si tú me devolverías el beso y, de ser así: ¿por qué? —
— ¡Eso no tiene sentido! Estamos casados, Takeru. — replicó Ken, tratando de controlar su voz para que permaneciera en un susurro.
— No te estoy pidiendo que me expliques nuestras situaciones. — dijo Takeru con desdén. — Lo que quiero que me digas es si sientes algo por mí, además de amistad. Quiero saber si eso que pasó entre nosotros allá arriba fue sólo porque sentiste lástima por mí. —
Sintiéndose contrariado, Ken replicó sin pensar. — ¡Claro que no! ¡No fue por lástima! —
— ¿No? ¿Entonces qué fue? — cuestionó el hombre de cabellera clara.
Ken no supo qué contestar al darse cuenta de lo que había dicho. Entonces, en un movimiento que le produjo a Ken un deja vú, Takeru lo agarró por el cuello de la camisa y lo empujó contra la pared que tenía atrás, reclamando nuevamente sus labios con angustioso ímpetu. Ken sintió sus rodillas debilitarse, y se asió a Takeru para no caer, devolviéndole el beso con el mismo fervor. Respiraban con fuerza al separarse, intentando recuperar el aliento que habían perdido.
Cuando pudo acumular el suficiente aire para formar oraciones, Takeru habló quedamente. — Ahora dime que eso no fue nada. — La única respuesta que recibió, fue tan sólo un fuerte sonrojo por parte de su amigo, perceptible incluso en aquel pasillo desprovisto de luz. — Ya decía yo. —
Guio a Ken hasta el baño, donde ambos se refrescaron el rostro con agua, removiendo la evidencia de su fugaz encuentro. Mientras se secaban la cara, una pregunta invadió la mente de Ken. — ¿Qué haremos ahora? —
— ¿Qué quieres hacer? — inquirió Takeru tranquilamente.
— No lo sé… — contestó Ken en un profundo suspiro.
Takeru asintió con calma. — Vamos. —
Juntos regresaron al lado de sus esposas que parecían estar haciendo planes para las reuniones de las semanas siguientes. Al parecer, Miyako quería aprovechar al máximo el tiempo que le quedaba para compartir con la extranjera que se había convertido en una de sus mejores amigas. Los Takaishi se despidieron de los Ichijouji, quedando de verse nuevamente la semana siguiente, después de la cita de Nadine en el hospital. Una vez en la puerta de entrada, Takeru y Ken compartieron una última mirada antes de que la pareja invitada se retirara.
— La enfermedad de Nadine está avanzando muy rápido, pronto los músculos de sus piernas y brazos ya no le responderán, y no podrá caminar. — comentó Miyako mientras se cambiaba de ropa y se metía a la cama. — Es una suerte que Takeru trabaje en casa, pues así puede encargarse de todo lo que hay que hacer en la casa, de las compras, de Nadine y de Nobu... Ha estado preguntando por ti cuando vienen de visita. Creo que necesita alguien con quien hablar. Deberías llamarle por teléfono alguna vez, o pasar a verlo uno de éstos días. —
— Intentaré hacerlo. — concedió Ken, evitando cruzar su mirada con la de ella.
Quiero dejar muy claro desde estos primeros capítulos, que para nada apruebo la infidelidad. A mí me fue infiel la persona que más he querido en el mundo (aparte de mi hijo) y he tardado muchísimos años en recuperarme. Es un acto que lastima, no sólo a los directamente involucrados, si no a las personas que están al rededor también, y eso no suelen tomarlo en cuenta las personas que actúan de esa forma.
Ahora, ¿por qué escribo este fic desde la perspectiva de los infieles? La verdad, cuando vi el reto de Chia, me pareció una estupenda oportunidad para permitirme ver el asunto desde otra perspectiva. No estoy retratando los hechos por los que pasé, pues ésta historia quise hacerla con una situación distinta, para no estar remembrando el pasado y, así, evitar dejarla a medias.
La ELA es una enfermedad que no le deseo a nadie pues, por lo que investigué, es casi una sentencia de muerte en éste momento, dado que aún no encuentran una cura, y es terriblemente destructiva, pues el paciente es consciente de cómo va perdiendo el control de su cuerpo poco a poco hasta el momento en que muere, ya que no afecta mas que la zona en donde se controla el movimiento de los músculos, lo demás del cerebro permanece intacto.
Va a ser dramático en ciertas partes, pero espero que no tenga un contenido demasiado depresivo. Esa será mi meta.
Por último, espero sus comentarios, ya que es el primer fic que subo a FF que tiene un contenido tan serio, hasta cierto punto, y me gustaría oír su opinión al respecto.
Gracias por leer.
¡Hasta el próximo capítulo!
