Green eyes, the spotlight shines upon you.
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Todo era cubierto de un cegante e intenso blanco.
No tenía la más remota idea de qué pasaba o dónde estaba, pero sabía que ese plano existencial en el que se encontraba era imposible de ser reconocido.
La luz era excesiva. No podía ni ver sus pies, apenas miraba sus manos.
¿Ya estaba muerto?
Tampoco eso era de su conocimiento. El simple hecho de conocer ese sentimiento era ilógico y hasta estúpido; él jamás había estado muerto.
En un principio, lo único que se le vino a la mente, fue pensar que estaba en un cielo celestial.
A lo largo de su vida escuchó creencias sobre el cielo, o cualquier lugar celestial para todos aquellos que dejan el mundo de los vivos. Según decían, era paz. Se encontraba tranquilidad y los dolores -físicos y/o sentimentales- se iban, dejando al individuo en un descanso pleno.
Eso decían. No lo creía, pero lo había escuchado. Pero el dolor agudo en su cabeza y en las extremidades de su cuerpo le dijeron que, sea el lugar que sea ese, él no se encontraba en ningún cielo celestial.
El dolor era real, las ganas de vomitar también lo eran.
Pero era todo lo que había ahí. Al menos hasta que escuchó un singular ruido.
No, una voz.
Entonces supo que no estaba solo, y, por instinto más que todo, volteó hacia la voz. No decía nada en lo absoluto, sólo identificaba un tarareo.
Era su oído el que no estaba agudizado. Lo supo cuando se concentró y entendió, poco a poco, esa femenil voz.
Despierta.
Sí, era ella. Esa voz era de ella. Pero no veía a nadie, la voz provenía de arriba, quiso pensar.
Despierta, hey...
La angustia y desesperación llegaron a él de golpe. Quería salir de ahí, estaba asustado, sentía que el aire también se estaba terminando.
Trató de tranquilizarse, pero para ese momento el dolor de su garganta, ocasionado por algún nudoso miedo, bajó hacia el centro del pecho de manera lenta y agudizada.
¿Qué tenía que hacer para salir de ahí?
Abre los ojos. Despierta, por favor.
Y como acto en respuesta a eso, el exterior comenzó a brillar con más intensidad, a tal grado que esta vez le fue imposible no cerrar los ojos. Sólo después pudo entrecerrar los ojos y apreciar que el entorno comenzaba a tomar distintos colores, no sabía qué imágenes exactamente eran esas, pero todo comenzaba a tomar nitidez. Incluso una ola de ruido excesivo llegó a él paulatinamente. Barullos y voces, sonidos de autos, puertas.
Entonces ya no pudo abrir los ojos, éstos pesaban tanto que el sólo hecho de abrirlos se tornaba imposible.
Decidió rendirse. Dejarse llevar por ese estado de adormecimiento que llegó de repente. Pero...
¡Ayuda!
Tenía que verla. Sabía que esa voz estaba -inconscientemente- aguardada en lo más profundo de su alma. La había escuchado sólo una vez en su vida, y no supo cuándo, pero se quedó con ella como si de una canción se tratara.
Abrió los ojos. Porque una pizca de esperanza lo impulsó a hacerlo. Esperaba realmente encontrarse con ese rostro que, estaba seguro, pertenecía a esa voz.
Y no se equivocó.
Ahí la tenía. Borrosamente y muy desorientado, encontró la mirada de ella. Porque era ella.
Tuvo una mini guerra contra él mismo sobre cerrar los ojos de nuevo. Su cuerpo se sentía lejano, pero no quería perder de vista esos ojos verdes y ese rostro hermoso preocupado que tenía a escasos centímetros de él.
¿Qué estaba pasando?, ya estaba consciente pero, ¿qué había pasado?, ¿cómo carajos había terminado en el piso?
—¡Sabía que eras tú!
¿Eh?, volteó a verla y su efímera sonrisa lo atrapó. Y ya no entendió nada más. Pero se dio cuenta de que más gente comenzaba a llegar, más ruido y unas ganas inmensas de vomitar acompañadas de espamos en el pecho.
—Tranquilo, no te muevas, por favor.
Quiso levantarse, mas no pudo. La desorientación y angustia lo estaban sometiendo gracias a su entumecido cuerpo que, al parecer, se negaba a responder. Pero las caricias de esos delgados dedos sobre su rostro lo hicieron regresar inmediatamente a ese estado somnoliento.
Una extraña y necesitada paz en esos días caóticos fue brindada por esas caricias y esa sonrisa confiada de ella. Lo último que vio antes de quedar inconsciente de nuevo.
—Tranquilo, todo estará bien.
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—¿Dónde está mi hermano?
Mikoto Uchiha, madre de dos varones y autora de seis libros, exitosa abogada y, ahora, ama de casa, se había enfrentado a tantos retos difíciles en su vida, tantos y todos ellos imposibles en un principio, sin embargo, ninguno de ellos se podría comparar con el hecho de hacer que su hijo menor le respetara.
Nada, ni siquiera por error. El chico la odiaba.
Porque, hasta para hacer esa simple cuestión, Sasuke se esforzaba en demostrar el desprecio hacia ella en el tono de voz más grosero posible.
—Tu hermano fue con Shisui a ver unos departamentos.
No despegó su vista en las claras de huevo que se encontraba batiendo esa mañana, pero notó que Sasuke tomaba asiento en la mesa del comedor, algo tramaba ese muchacho.
—Así que es cierto que también se va de esta casa. —fue vacilante, no estaba yendo al grano y eso era inusual y peligroso en él.
Algo quería.
—Eso parece.
—Cada día te estás quedando más sola, ¿ya te diste cuenta de eso?
Maldijo el momento en el que dejó de batir el huevo. Su hijo rió de ella con esa maldita arrogancia heredada únicamente de su padre, tan única de ellos.
Pero dejó de hacer lo que estaba haciendo y lo enfrentó con la mirada. Dispuesta a comenzar un sermón, puso su una mano en su cadera y entornó los negros ojos, pero él habló antes.
—Como sea, sólo vengo por dinero.
Ahí estaba. Eso era.
Y ella, incapaz de nergale algo, terminó cediendo. Porque él tenía razón, ella le había fallado y ya era muy tarde para encontrar la forma de decirle a su pequeño niño lo mucho que le amaba.
Cuán equivocada estaba Mikoto Uchiha.
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—Buenos días, bello durmiente.
Rodó la vista por toda la habitación hasta dar con la burlona cara de su primo.
El exceso de luz hizo que sus ojos se cerraran fuerte automáticamente. Por los dioses, se quedaría ciego ese día.
No fue hasta el momento de abrir la boca y hablar que se dio cuenta cuán seca tenía ésta. Dolorosamente, las palabras salieron de ella, y por el tono grave en el que salieron su primo se dio cuenta de eso.
—Fuiste rápido en venir.
—Vine casi corriendo cuando me hablaron y me dijeron que te arrolló drásticamente una camilla de hospital y casi mueres en espacio público. —Shisui hizo ademán burlón mientras expresaba todo con falso asombro. Se levantó y aplastó con el dedo la herida en la frente de su primo. Se burló de la bandita con gráficos infantiles, ésta ahora magullada. —Tienes enfermeras detallistas, primito.
—Ya cállate y firma el alta. Ya me quiero ir de aquí.
Shisui simplemente se contuvo a decirle que se fuera acostumbrando a tal lugar. Pero conocía a su primo, lo quería tanto que lo descifraba mejor que a nadie; e Itachi no la estaba pasando bien. Simplemente le dirigió una mirada con falsa indignación, la cual fue ignorada.
Tenía los dedos acalambrados ya del frío que había en esa habitación, estaba cansado y adolorido.
¿Una camilla de hospital?
Se estaba volviendo loco sin duda. Él había chocado con esa chica, la misma con la que chocó hace días en la dulcería.
¿O era su imaginación?
Alguna mala pasada de su abatida mente y su casi muerta alma. Porque, dentro de toda circunstancia y cuadro imaginario, él había añorado tanto esos días encontrarla de nuevo, como también había añorado que el destino no se encaprichara más con él y la colocara de nuevo en su camino.
¡Pero justo eso había ocurrido!
¿Y si había sido un sueño?
—¡Tiene que verlo! —El grito había sido casi tan fuerte como el golpe que la pobre puerta de esa habitación recibió al ser abierta salvajemente. Imposible de no sorprenderse, imposible de ignorar.
Consecuentemente, imposible de apartar la vista.
Se trataba de su primo y uno de sus escándalos. Entró casi arrastrando del brazo a la razón de sus pensamientos.
Con bata blanca, fólders en una mano y encanto en toda su persona.
Era ella. De nuevo era ella. Tan real, tan mística. Tan esperada... Tan perfecta.
Juró en ese momento, contradiciendo todo pensamiento anterior a momentos, que ella era tanta luz que su día había parecido más bien una larga noche.
Ahí estaba, nerviosa y sorprendida, con más colores en el rostro que un festival de primavera. Claramente víctima de los abusivos actos de su primo.
—¡Veálo, doctora!, necesita otra bandita de esas con superhéroes. ¡Lo sorprendí rasguñando esa!
Itachi no pudo evitar sentirse culpable; eso no habría pasado si no le hubiera contado a su primo sus penas amorosas.
No, el error resultó en los detalles.
Sí, Itachi había dado detalles. Y la chica frente a ella no era muy común que digamos. Habría sido muy jodido por parte de la suerte de Shisui haberse equivocado de pelirosa con ojos verdes.
Era ella, sin duda.
—Ya basta, Shisui.
Y Shisui entendió. Se fue, después de recibir esa orden implícita en la mirada y el tono frío por parte de su primo. Además, por más que quisiera quedarse, ya no tenía asunto ahí. Ya había cumplido con su misión, y él también fue implícito pero muy claro: juntó a esos dos de nuevo, y su primo no debía desaprovecharlo.
Y como el Cupido autoproclamado que fue ese día, se retiró victorioso.
—Disculpe a mi primo, por favor.
Habló tan rápido como Shisui dejó la habitación. El tono de voz había cambiado drásticamente, ya no era fría y amenzante, era más bien cálida y hasta nerviosa.
—No se preocupe, Itachi Uchiha. —dijo con una sonrisa cálida.
Decir que eso lo sorprendió era poco. Esa joven sabía su nombre.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Sé de usted más de lo que se imagina.
Parecía que se trataba de una broma por parte de ella, sonreía y hasta soltó una ligera risa cuando se percató del asombro en las facciones de él.
—Tranquilo, tengo su expediente en mis manos.
Eso no lo tranquilizó, sino lo contrario. Su expediente no era otra cosa más que el documento que afirmaba el final de sus días.
—Fue un golpe fuerte, pero no tanto como para el desvanecimiento que tuviste. Se te sacaron pruebas y los resultados no fueron favorables. —decía sin pausas ni merodeos, Itachi lo agradeció internamente así.
Empezó a pensar en los hechos recientes; desde hace días en la dulcería, hasta en ese momento. La vida era jodida, era su conclusión.
La idea del veinticuatro de diciembre, de intentar una cita con esa chica, visitaba sus pensamientos de manera efímera pero constante todos los días.
Y en ese momento la desgraciada llegó a plantarse de manera permanente.
Era imposible no hacerlo al tenerla enfrente.
Pero no.
No podía, no debía... ¿por qué no, Itachi?
¿Qué más podía perder?
Nada. Ya no le quedaba nada. Y, si esa chica era inteligente, lo rechazaría ahí mismo, si no... quién sabe, pero algo bueno le transmitía esa idea.
Lo había practicado tantas veces en su mente, había ideado un sinfín de escenarios, un sinfín de propuestas.
¿Me permite invitarle un café?
Estaba bien, ¿no?, a él le gustaba el café. Sí, ahora dilo.
Pero... ¿Y si ella prefería los jugos?
Diablos.
—... Y es porque tus glóbulos rojos están bajos que...
—¿Prefiere el café o el jugo? —interrumpió por primera vez en su vida a una mujer. Pero...
¿Qué carajos acaba de decir?
Estaba nervioso, demasiado nervioso.
Ella ni siquiera notó que el muchacho había dejado de ponerle atención desde que comenzó con el dictamen médico. Tampoco cuando abrió la boca y movió las manos un poco sólo para cerrarla de golpe dos veces.
Pero estaba... feliz.
—El té, pero aún me queda media hora laboral aquí.
—La esperaré.
Toda una vida si es posible.
Ella sonrió ante la rapidez con la que él respondió. El chico parecía decidido.
Pero, ¿estaba bien?
Esa mañana, la sorpresa que se llevó al encontrarlo ahí había sido menor cuando supo quién era.
Primeramente, estaba el parentesco extremo al que ahora era su ex novio, Sasuke. Después estaba el apellido.
Aunque claro, eso no decía nada. Pero el Uchiha le había contado -vagamente- una vez que tenía un hermano, más nunca lo presentó a ella -como tampoco a nadie de su familia-.
Sólo conocía a ese primo mayor suyo, porque una vez fue por él al colegio.
Toda duda se despejó cuando miró a ese chico -Itachi- con ese primo Uchiha.
Itachi era su hermano.
Entonces... ¿eso estaba bien?
—Está bien... —dijo más segura de lo que esperó estarlo. —En media hora nos vemos afuera.
Dispuesta a marcharse, la voz de él la detuvo.
—Disculpe, ¿cuál es su nombre?
—Sakura, Haruno Sakura. —le sonrió y se fue.
Dejando la versión de hombre más feliz en Itachi Uchiha.
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Continuará...
Notas:
¡Hey!, ¿qué tal?, siento mucho haber tardado tanto en actualizar, pero la Uni me tiene de cabeza.
Quiero pedir una disculpa también por las notas del capítulo anterior. Mis planes son terminar el fic, por más difícil que parezca.
Agradezco millones a todos esos que se toman el tiempo de escribirme algo, le empiezo a tomar mucho cariño.
Sin más, nos leemos pronto.
