Tell me your secrets

and ask me your questions.

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Realmente, Itachi, —dijo Tsunade esa mañana de martes— es una maravilla humana que aún estés vivo.

¿Y él qué hacía?, ¿qué le quedaba?, ¿cómo lo afrontaba?, ¿y qué se suponía que debía hacer con el miedo que cada día crecía más?

No era fácil escuchar tan crudamente que cada día estaba menos vivo. Necesitaba calma, necesitaba parar y descansar. Pero su mente no lo hacía, aún cuando sentía -y sabía- que su cuerpo eventualmente lo haría.

Tenía ya aproximadamente una hora que había salido al patio en busca de la fuente de su calma que había tenido desde los inicios de su existencia: el cielo estrellado. Pero éste parecía abandonarlo también ese día junto con la esperanza y los ligeros destellos de una extraña felicidad que había presenciado su vida esos últimos días.

No, esa noche el firmamento se negó a Itachi tras unas gruesas y oscuras nubes cargadas de agua amenazando por caer en cualquier momento.

Al igual que él; en cualquier momento cedería.

Frustración. Los dedos entre sus cabellos y la concentración absoluta por pretender respirar bien se lo dijeron. Uchiha Itachi estaba lo más frustrado posible.

—¿Cómo es posible que hasta estas alturas de la vida se haya detectado tu aflicción? —preguntó en un tono un poco más que molesto. Pero sobre todo, Tsunade era una mujer incrédula en esos momentos —Cardiopatía congénita, ¿y tus padres nunca se enteraron?, tu corazón venía malformado incluso antes de nacer. —hizo una pausa, con una tristeza oculta en ese semblante serio. A Tsunade logró conmoverle el caso, y eso ya era mucho decir...

Sabía que su cuerpo se estaba deteriorando cada día. Los estragos de la enfermedad cada día eran más severos.

Tos, mareos, fiebres, desequilibrio, intensas y prolongadas migrañas, náuseas, temblores, falta de apetito, falta de fuerzas, dolores en el pecho... Y la lista seguía, fulminando con hemoptisis.

Ese ese líquido sanguinolento expectorado después de los cada vez más pronunciados ataques de tos. Sangre.

Y, sin necesidad de mucho conocimiento médico, supo que ya era hora de atenderse, que era más grave de lo que pensó. Pero nunca pensó que sería demasiado tarde.

—Dos enfermedades cardiovasculares, joven Uchiha. Una compleja cardiopatía demasiado avanzada, tu físico estado deteriorado... —hizo una pausa que consideró más que necesaria, sin poder ver otra cosa más que en fólder en sus manos, agregó: —Y ahora esto..., ¿estás consiente de lo turbio que se presenta tu escenario?

Claro que lo sabía. Estaba asqueado, cansado y desesperado por ese hecho. Tenía que hacer muchas cosas aún, debía permanecer un poco más de tiempo. Más no sabía si eso era lo que quería. No se sentía capaz de afrontar lo que venía, estaba sin fuerzas ante la vida desde inicios tempranos de ésta.

¿Luchar o dejarse vencer?

—Hey, aquí estás. —la voz logró sacarlo del mar de emociones que había en su cabeza, y en cuestión de segundos, la mano sobre sus hombros lo hizo voltear automáticamente a la dirección indicada. Ahí estaba su primo, con esa sonrisa amable pero seria que en muy contadas ocasiones mostraba. —Mi tía sigue creyendo que soy tu niñera particular, me mandó a buscarte. Ya casi está la cena y tía Mikoto dijo que...

—No tengo hambre. —cortó rápido, sin moverse, sin agregar un matiz más cálido al tono de voz, sin abrir los ojos. Y tras un breve silencio, agregó: —Quiero estar solo.

Y Shisui tuvo la prudencia de no molestarlo más. En otras circunstancias, él mismo lo hubiera arrastrado por el patio, como cuando eran críos y veía a Itachi triste o preocupado, lo emboscaba bruscamente sin golpearlo -seriamente- y lo atacaba después con cosquillas. Pero ya no eran niños y el presente estaba lejos de ser el indicado para un ataque de esos. Principalmente porque no sabía qué reacción tendría el otro, tanto física como emocionalmente, y eso más que asustarlo, lo preocupaba.

Shisui era el único capaz de ver las guerras que su primo se autoimponía a luchar solo.

—Eres el necio más idiota que conozco.

Dijo sorprendiendo al menor. Y sin percatarse, sorprendiéndose a sí mismo; de nuevo se le salían solos los pensamientos.

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—Hijo, bienvenido. He hecho el asado que tanto te gusta, y mira — salió de la cocina al recibidor con un recipiente en las manos, quedando frente a su hijo menor por primera vez en el día —he hecho también el pastel de fresas que tanto te gusta y...

—Prefiero cenar fuera.

Mikoto calló de golpe ante tan frías palabras. Y lejos de un enojo justificado por tal prepotencia y frialdad en el juvenil tono de voz, mismas que le interrumpió, la matriarca sintió el golpe de tristeza hasta el hueso. Ya era suficiente.

Había pasado todo el santo día metida en la cocina de un lado a otro, ocasionando más desastre del que reparaba, echando a perder más comida de la que tenía pensado hacer y, sobre todo, invirtiendo más tiempo del que debería. Pues Mikoto jamás había ejercido el labor de ama de casa en su vida. Los libros de leyes y derecho jamás habían hablado de cómo preparar un pastel, decorarlo y mucho menos comida convencional.

Realmente era un desastre, pero había quedado satisfecha cuando el cielo comenzaba a perder los colores naranjas, el pastel ya estaba listo y el asado esperando. Pero la casa estaba sola, todo el día se mantuvo sola, como todos los días. Había creado varias escenas mentales para la culminación del día, donde sus hijos comían felices lo que ella había preparado y ella era alabada por tal logro. Pero esas eran sólo fantasías.

La realidad de la Uchiha estaba lejos a parecer tan positiva. Y había una extraña razón por la cuál, tal situación, a Mikoto no le enojaba.

Sabía de antemano que no era cuestión de un postre y una laboriosa comida para tener lo tan añorado por ella. Ya no.

—Además, no me gusta ese pastel, ni tu asado... Pero claro, no me sorprende que no sepas. —se escuchó antes de cerrar la puerta.

No, claramente Mikoto no sabía. Quizás si hubiera estado en el crecimiento del menor, entonces supiera cuáles cosas son de agrado y cuáles no. Pero no estuvo, he ahí el error.

Y ella sabía, claro que sabía. No se puede ser la herida y a la vez la cura, ni se puede arreglar el alma de quien no acepta ayuda.

Menos cuando se es quién la hirió.

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—¡¿Hablas del hermano mayor del idiota?! ¿del teme?

—Sí, de Sasuke...

—¡Itachi!, se llama Itachi. —dijo junto con un chasquido de dedos. —Lo recuerdo cuando de niños jugábamos en la casa del idiota.

—Sí, Naruto, es Itachi.

—Según yo se había ido a estudiar lejos un tiempo, no sabía que había vuelto ya...

La "plática" no había distado de mucho entusiasmo en un principio. Naruto nunca prestó atención por empeñar completamente ésta en la tercera porción de ramen que tenía -en ese entonces- en sus manos. Sólo al final, y cuando no hubo más distracciones presentes, entendió las vagas palabras que la Haruno había dejado al aire, entonces la "plática" se convirtió más buen en un monólogo por parte del Uzumaki, simplemente repitiendo lo que su amiga ya había dicho.

—¡Sakura, ya estoy muy confundido, dattebayó! —refunfuñó tan ruidosamente como sólo él sabía —Hasta hace días me habías pedido no mencionar el apellido Uchiha... ¡Y ahora me cuentas esto!

—¡Naruto, ya deja de gritar!, si te he contado esto no es precisamente porque quiera que le digas a todo mundo, menos que lo grites.

—Si me estás contando esto es sólo porque te descubrí hablándolo con Ino...

—Exactamente.

—No entiendo por qué nunca me cuentan nada, soy la persona más confiable del mundo.

—Naruto, no quiero sacar mi lista de tus imprudencias donde terminas delatándome en algo...

Una carcajada no menos ruidosa se escuchó en el local de comida tradicional.

Salieron de ahí veinte minutos después, Naruto había quedado en acompañarla hasta su departamento, pero la hora se cruzó por sus azules ojos. No había tenido en cuenta el tiempo que había pasado en Ichiraku's con su mejor amiga y eso provocó el retraso que ya llevaba con su cita esa noche. Su Hyuga ya llevaba varios minutos esperándole. Y tras insistencia de Sakura, terminó dejándola al comienzo de la calle que daba directo a su casa.

Recordó su jarrón vacío de la mañana y desvió su camino sólo un poco, una calle a la izquiera y ya estaba fuera de la floristería Yamanaka. Claro que por la hora ya no se encontraba en labor, pero tenía la suerte de tener la amistad de la Yamanaka dueña de dicha floristería. Ino le dio las dalias, las margaritas, gerberas, las rosas y todas aquellas flores que se dio el lujo de escoger. Después de esto, y bajo la excusa de la hora, se retiró.

No le daba miedo alguno andar a entradas horas de la noche por esas calles, ni siquiera por ser una colonia céntrica de la ciudad y era transitada en su mayoría por desconocidos. A Sakura jamás le había dado miedo la noche, le agradaba. El camino era un poco más largo puesto que daba vuelta a varias cuadras antes de llegar al edificio donde habitaba, y al pasar por un obligatorio y solitario parque, su vista se detuvo tanto como su corazón en éste.

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¿Cuánto tenía ya sin estar en un parque?

Sasuke tenía 11 años aún...

Bastante. Además, jamás había ido a uno en esas condiciones: de noche, sin gente, desconocido, sin Sasuke, solo...

Hacía frío, estaba jodidamente frío ahí y quizás ya era hora de volver a casa, pero aún no se sentía preparado. Extrañamente, ahí había encontrado una peculiar paz, desconocía completamente el lugar y eso le agradaba.

Supo encontrar la calma ahí, en la oscuridad, el canto místico de grillos y las aves de noche, entre el arrullo que perfeccionó del columpio donde estaba, entre esa soledad. Era lo que, sin saberlo, necesitaba.

Estaba demasiado cansado y su estado lo había convencido de que ya era hora de volver a casa. Con los brazos flexionados sobre las rodillas y sobre estos la cara, estaba en un estado somnoliento que no le permitió percatarse de la presencia que cada vez se acercaba más a él. Pegó un brinquito al sentir unos delgados y finos dedos sobre sus cabellos.

—No creo que sea lo indicado para ti estar bajo estas temperaturas en esas condiciones, ¿no, Uchiha?

—Señorita Haruno...

La sorpresa no cabía en el Uchiha. Supo esa noche que ella era eso que siempre llegaría a su vida en el peor momento, sólo para ser la solución de todo y, al mismo tiempo, la razón por la cual luchar.

Sólo le bastó tenerla en frente, bajo la luz tenue del farolillo, con esos colores extravagantes que se negaban a dejarse opacar por la oscuridad de la luna y con ese ramillete de flores frescas. Era perfecta. Tan fuerte, tan vida, tan segura.

—Tienes frío —sentenció con certeza al mantener su mano sobre la morena mejilla.

—Tenía. Pero ya está usted aquí.

Ella rió y él ya no pudo dejar de mirarla.

—Ven, no puedo dejarte aquí. —dijo tomando su mano y jalando de ella.

—¿A dónde vamos?, yo ya me iba a casa...

—Uchiha terco.

Y de un fuerte jalón supo que no había cabida para una discusión.

La observaba tan atentamente que sus negras iris dolieron un momento por la falta de lubricación.

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La delgada figura de Sakura se movía jovialmente de un lado a otro. Era tosca en movimientos y de su boca las palabras salían con tanta explosividad que le resultaba imposible mirar a otro lado mientras ella estuviera en su campo visual.

Un fuerte estornudo salió de su organismo por tercera vez consecutiva en ese rato.

—Eres terco, Uchiha.

—Lo dice quien se aferró a la defensa de mi auto para no dejarme ir.

Una risa espontánea fue lo siguiente que se escuchó de ella. Fue hasta la sala y dejó frente a él una taza humeante de té.

—Gracias, es muy amable...

—Ya basta de eso —musitó viéndole, admirando el claro asombro en sus negros ojos —túteame, por favor. Nuestra diferencia de edades no es mucha, ¿sabes?

—Está bien, Sakura. Pero una cosa— sorbió del té y continuó: —es Itachi, no Uchiha. Sólo Itachi.

Y el trato quedó cerrado con un par de sonrisas, una más ancha que la otra, pero ambas sinceras. Ambos estaban felices de estar ahí. Después de eso, un silencio absolutamente cómodo. Hasta que sintió un cambio radical en las vibras del ambiente, entonces encontró la mirada de ella sobre él.

Ni siquiera tenía la prudencia de disimular, ni siquiera parpadeaba. No, esos ojos brillantemente verdes se afilaban curiosos tras la taza de té sobre los de él. Y comenzaba a pensar que era a propósito el tenerlo así de cohibido.

—¿Por qué me miras tanto?

—Simplemente no me creo el tenerte aquí. Así, ahora.

—¿La manta esta de mariposas no era parte del plan? —dijo divertido. Ella no aguantó mucho la carcajada que eso ocasionó.

A Sakura le agradaba ese Uchiha, le agradaba y le encantaba las facetas diferentes de Itachi.

Comenzaba a creer que él era mucho más de lo que aparentaba y, que al mismo tiempo, se esforzaba en aparentar. Algo le decía que había razones muy fuertes en él que lo hacían recordar una profunda tristeza -que aparentaba seriedad- en todo momento del día. Sus ojos lo decían.

Habían llegado al excéntrico departamento hace alguna hora y media ya, y realmente el tiempo ya había dado su derrota. Llegaron y ella se encargó primeramente en abrigar bien al muchacho y, después, fue a preparar una infusión. Sakura no recordaba tener tanta preocupación en tan poco tiempo.

"Estoy bien..." le dijo él, pero su estado no estaba ni por asomo a estar bien. Un ataque severo de tos llegó a él en medio del camino a su auto. Ella llegó rápidamente a él y supo que ese chico no podía ir a casa sin atención médica; y ella era médico.

Lo vio doblarse y no dudó en ningún momento en asistirlo tomándole de la mano, después de eso, el soporte necesitado que buscó en ese agarre fue más que notorio.

Las pesadas y dificultosas respiraciones que dio al final sólo le incitaron a sobarle la espalda con la mano libre. La escena jamás pasó ni por error en su cabeza, pero el momento era lejos de ser sentimental.

Después de eso no lo dejó irse, lo llevó a su casa, lo cubrió con una manta, atendió su -disimulado- malestar y ahora, la pregunta más esperada de la noche:

—¿De qué padeces?

La pregunta, como todo lo demás, pareció no sorprenderle. Pero no fue así, esa cuestión le removía más fibras de las que creía tener.

—Creo que estoy muriendo.

Y, por primera vez en su vida, Uchiha Itachi supo el poder de una mirada para desnudar un alma.

Esa mirada impertinente -pero acertada- de ella lo dejó tan vulnerable que no tuvo necesidad de mentir ni ocultar más las cosas.

—Todos lo estamos haciendo, un día que pasa es un día menos. —Trató de decir lo más cálida posible sabiendo que el tema era difícil y más siendo la misma víctima quién lo cuenta.

—Están haciendo las últimas pruebas para descartar si es cáncer de pulmón...

—Eso explica todo.

—Explica todo, menos el que yo esté aquí ahora mismo.

—No entiendo.

—No debería estar aquí.

Y a buen entendedor, pocas palabras. Sakura entendió mucho con lo poco que él decía.

Con esa espontaneidad característica de ella, se levantó y fue al sillón donde él estaba y, aún si eso le pareciera atrevido, pasó un brazo por el cuello de él y el otro tras su espalda, apegó su cuerpo al suyo y lo abrazó con fuerzas.

—Tenías que estar aquí desde hace mucho... Pero ahora lo estás y todo estará bien.

La sorpresa de él no desapareció tan rápido, pero la tensión al tener ese cuerpo pegado al suyo eventualmente sí. Se dejó envolver por ella, y minutos después le correspondió, sabiendo que sus pedazos estaban siendo armados y, sobre todo, que era lo que realmente necesitaba.

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—Llegó la única bendición de esta casa.

Dio un bufido gracioso al escuchar a su sobrino desde la entrada principal.

—Claro, después de usted, tía. —Dijo divertido mientras besaba su mejilla.

—¡Qué bueno que llegas, querido!, desayunemos juntos.

—Esas palabras son las que me gusta escuchar —dijo tomando asiento en la mesa —¿dónde están sus amargados hijos?

—Se supone que uno en la escuela y el otro llegó muy tarde, aún sigue durmiendo. —Dijo entre un suspiro mientras servía el desayuno —El trabajo va a matar a ese hijo mío.

—¿Trabajo?, ayer la comadreja no se presentó en la oficina.

Se miraron con la duda clara en las facciones y la intriga en la mirada. Mikoto estuvo a punto de decir algo más, pero el sonido de unos pasos cansados los distrajeron, automáticamente voltearon a la entrada de la cocina donde se manifestaba un desmañanado Itachi. Las largas pestañas enredadas y el cabello embarañado hicieron que las carcajadas de Shisui sonaran por toda la casa. Su madre le besó la mejilla cuando se sentó en el comedor y su desayuno se servía.

—Vaya, vaya, ¿nos podría decir el señorito a qué se debe esto?

—No sé de qué hablas. —Dijo sin matiz en la voz, sin mirarlo, pues sabía lo quisquilloso que era su primo. Le había pillado.

—¡Deja que desayune en paz, Shisui! —Regañó Mikoto dándole un ligero golpe en la nuca —Ya habrá tiempo para que nos cuente... —bromeó Mikoto.

—Hoy es un día ocupado, madre.

—Pero es viernes, hoy puedes descansar, quédate en casa y...

—Es que hoy comienza mi mudanza.

Y entre esos ostentosos muros de mansión, las tres almas que se presenciaron tales palabras, uno de ellos las emitió y las otras dos las recibieron, no sabían exactamente cómo tomarlas.

Fue el desayuno más largo en la historia de la familia Uchiha.

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Continuará...

Hola, queridos, ¿cómo han estado? Quisiera contarles que este capítulo es especial (sí, igual que cada nuevo), ya que fue terminado mientras me hospedaba en un hotel y es el más extenso hasta ahora, ¡más de 3k palabras!

No sé cómo lo hice, sinceramente.

Agradezco todas las lecturas y comentarios al respecto. Trataré de responder todos aquellos que aún no respondo lo más veloz posible. Sin más, saludos y hasta la próxima.