'Cause you get lighter the more it gets dark...
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Un suspiro frustrado salió de sus poros nasales manifestándose inconforme frente a la presencia que lo esperaba en la sala de su casa. Justo sentada en el sillón con dirección a la puerta, de piernas y brazos cruzados, con la bata de seda fina y un semblante molesto encontró Sasuke Uchiha a su madre.
Con un movimiento despreocupado, como si delante suyo no hubiera presencia, presionó el botón de set/light de su reloj deportivo y alzó las cejas en falso asombro al ver que pasaban de las tres de la mañana.
Había llegado temprano a casa.
—Sasuke, quiero que me expliques esto ahora mismo.
Dijo firme y fuerte, sin ejercer movimiento alguno más que el de los negros ojos con dirección hacia la pequeña mesa que había en el centro de la sala, haciendo claro que de esta no era la explicación que pedía, sino el papel que se encontraba en ella. Un bauche que había sido impreso esa mañana cuando el banco la llamó -por cuarta vez consecutiva al mes- para que diera respuesta a la alta suma de dinero por la cuál topaba su tarjeta.
—Es el estado de la tarjeta, volviste a saturarla y esta vez es demasiado dinero el que gastaste.— Dijo al ver que su hijo parecía ignorarla.
Sabía bien que era él el culpable gracias al ridículo estado de cuenta que le proporcionó el banco, lo sabía y le hubiera sorprendido bastante que él lo hubiera negado. No lo hizo. No hacía falta negar que había sido él quien acabó con otra de las tantas tarjetas de crédito de su madre; nadie más podría poner en la lista de artículos partes para el auto, reservaciones en más de un club social codiciado, viajes en helicóptero, yate, avioneta, una nueva mesa de dj y todos los demás pormenores (alcohol, comida, ropa, noches de hotel y burdeles ). No, Sasuke no lo negaría, le costó demasiado trabajo y sacrificio llegar al tope de gastos para ver a su madre retórcerse en coraje como para negarlo después de todo.
—¿Qué te causa tanta gracia, Sasuke?, ¡¿soy tu maldita burla o qué?!
—¿Ya terminaste?, ¿o ahora vas a gritar para despertar a Itachi y que venga a hacer tu trabajo de madre como siempre?
Mikoto avanzó unos pasos y se plantó frente a frente con él y lo miró a los ojos. El muchacho también le sostuvo la mirada, agregó una pequeña y arrogante sonrisa para aumentar el cólera de la mujer y escuchó de ella lentamente:
—Las cosas están por cambiar, se avecinan cosas peores de lo que ya hemos vivido, necesitas ser fuerte y dejar de lado ese comportamiento infantil. —sentenció casi en un susurro.
—Entonces lárgate de nuevo y déjame vivir en paz.
—No. Y ya se acabaron tus berrinches.
Dijo más firme que nunca, convincente y clara. El tono que jamás había usado con su hijo menor -menos con el mayor- y que, por fin, había logrado petrificarlo. Lo dejó ahí sin saber de qué estaba hablando, sin dejarse pisotear por él y sin terminar pidiéndole disculpas que no le corresponden. Lo dejó solo y atónito.
—¿Pues de qué me perdí?
No hubo respuesta y no esperaba tenerla.
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—Yo opino que probemos otros colores, algo más vivo...
Decía un Shisui haciendo gala de su sutileza dominguera -o al menos la conocida- siguiéndole los pasos desde atrás a un más casual aún Itachi.
Y no era domingo, era viernes y laboral, pero el par de primos había decidido ese día hacer de todo, menos presentarse en la tan odiosa oficina. Y eso incluía los trajes con corbata y zapatos charol. En cambio optaron por verse -aunque haya sido esa la primera vez en muchos meses- lo más casual posible a unos chicos de su edad. Siendo cómplice de esto unos pantalones de mezclilla deslavados, sudadera y unos new balance por parte del menor y una gorra, un conjunto completo de pants adidas negro y zapatos deportivos por parte del mayor.
—Este está bien, Shisui.
—Es que estoy leyendo un artículo sobre la psicología de los colores, y ahora comprendí todo.
Sólo una mirada desaprobatoria fue la que recibió de aquel primo al que le dedicaba sus palabras, y no por lo recientemente dicho, si no por el -ya tercer- choque que dio con el carrito de súper que iba manejando contra cualquier estante. Si se podría decir que manejar era la acción que Shisui realizaba al empujar el carrito con su cuerpo recargado en él y la concentración fija en el smartphone de sus manos.
El camino frente a él perdía importancia ante la interesante información sobre sus manos.
De hecho, Shisui una vez llegó a pensar que esas eran meras tonterías. Creía que era consecuencia de unos chiflados a los que le gustaba complicar todo, las tonalidades adjuntándoles significado, en este caso.
—¡El gris es todo menos vida!, ¿por qué no mejor llevamos verde? el verde, en cambio, es vida...
—No pintaré el departamento de color verde.
Un gruñido ruidoso -y bastante infantil- se escuchó por todo el pasillo. No importaba cuánto se esforzaba en intentar todas esas cosas, el andar investigando tonterías como esas de psicología por ejemplo, nada lograba ser suficiente.
Y Shisui ya no sabía qué hacer para ayudar a su primo.
—¿Qué me dices del rosa chicle con verde jade...? —tiró pícaramente ahora esa jugada, atento a cualquier reacción de su contrincante.
La brocha que cayó de las manos de Itachi lo hizo sentir victorioso. Fue tan cómico para Shisui ver a la comadreja intentar detener el desplomo total de las demás que la primera se llevó a su paso. La gente volteó en dirección a él al escuchar semejante ruido e Itachi maldijo mentalmente el haber llevado a su primo; lo estaba poniendo nervioso.
—No digas idioteces. —Se escuchó molesto mientras recogía el desorden.
—Ay, ya, ya, tranquilo. Ya te dejo en paz pues.
Fueron seis segundos los que pudo brindar de esa paz, según el propio conteo mental de Itachi. Pues después del sonido de un reciente mensaje texto que emitió el aparatejo de Shisui, olvidó de pronto que debía mantenerse callado si no quería que su primo lo dejara encerrado en el auto. Por suerte iban en el auto de Shisui.
—Dios... tendremos otra auditoría esta semana, ¡qué molestos son estos fiscales!
Refunfuñó mientras se rascaba con desespero la cabeza. En cambio, Itachi sólo volteó hacia él con el ceño fruncido en clara muestra de confusión.
—¿Otra?, fue el mes pasado la última y mi padre dijo...
—Fue la semana pasada la última. Y después de la del mes pasado hubieron dos más.
—¿Qué? ¿por qué?, yo no estaba enterado.
—Nadie lo estaba, hasta la semana pasada...
Un silencio se formó en el organismo externo de Itachi, pero su mente prodigiosa hacía todo el ruido posible por entender los datos recientemente expuestos.
Shisui y él tenían sospechas hace meses de que la compañía Uchiha Royalties presentaba ajustes. Por no decir más, únicamente porque no sabían si eran buenos o malos, sólo que se hacían por debajo del agua, y eso daba la sospecha de que era todo menos bueno.
Pero con las turbulencias presentadas también recientemente de su estado de salud, había perdido de la mira los pasos de su padre y la bola de arpías con las que trabajaba. Sí, no lo negaba, había olvidado ese asunto, pero Shisui no.
—Hey, relájate... Sé lo que estás pensando, pero no te preocupes, aquí estoy yo para ser tu segundo al mando. Además, hoy es nuestro día libre.
Sí, el atuendo lo decía, pero ellos parecían olvidarlo.
Pero, ¿cómo se olvida algo que te supera?, no era posible. Por más ordinarios y casuales que quisieran verse comprando pintura y herramientas esa tarde, había un monstruo de problemas siguiéndolos por las sombras.
Otro de los incontables sonidos de notificación llegó al teléfono de Shisui en ese momento, después un sencillo grito de euforia salió de su boca.
—Hana, la de contabilidad, tendrá fiesta hoy en su casa. —Expresó feliz mientras hacía un ridículo baile con los brazos.
Los ojos de la comadreja sólo se giraron y un suspiro resignado salió de él.
Y tras preguntarle si le gustaría ir a él también, Itachi respondió que no, que tenía bastantes cosas que hacer, que tenía que estar todo listo para dentro de dos días y que tenía que resolver algunos asuntos en casa.
Shisui sólo admiró en silencio la desconocida fuente de fuerza que a su primo le negaba caer. Muy al contrario, pareciera como si Itachi fuera en contra de toda ley natural, haciéndose más resilente cada día.
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Llevaba ya ocho minutos esperando en la sala de ese hospital y podía apostar que había ya desperdiciando media vida ahí.
Había comprado otro ramillete no menos marchito y lúgubre que el anterior al salir de la escuela, había llegado bañado en loción masculina y con pasos llenos de grandeza arribó en los pasillos de un hospital como si fuera todo menos eso.
Sasuke Uchiha iba decidido a perdonar y darle la oportunidad a la Haruno esa tarde de viernes.
—Disculpe, ¿dónde puedo encontrar a Sakura Haruno? —Preguntó directo a la recepcionista, muy sin importarle la fila de pacientes que ya esperaban antes de él. Y ante el desconcierto de la enfermera, se apresuró a agregar: es la ahijada de Tsunade.
El comedor fue la respuesta obtenida y no tardó en llegar y verla sentada.
La vio desarreglada, con el desvelo en sus facciones y los párpados a punto de caer con su lucha por estar abiertos. Miraba sin interés la pantalla del teléfono mientras llevaba con tranquilidad la comida a su boca. Se acercó tanto a ella que se sintió ofendido al no verse presenciado.
—Sakura.
Los verdes ojos quitaron su atención del pdf que había descargado en su teléfono esa mañana. Con las cejas juntas y la vista entornada, volteó en dirección a la voz que la llamaba, sólo para asegurar que era él y no una mala jugada de su mente.
—¿Sasuke?
—Hola. — Dijo con una sonrisa arrogante.
'¿Hola?, ¿qué diablos...?'
—¿Qué haces aquí?
—¿Tú qué crees?
Puso el ramo sobre la mesa, delante de ella, para hacer aún más obvia su respuesta. Ella sólo lo miró con suma pena -y hasta gracia- y empezó a recoger sus cosas.
—Hey, hey, ¿qué pasa?
—Quítate, Uchiha. —Sentenció fiera y a los ojos al ver que él pretendía parar sus movimientos.
—No, tenemos que hablar.
—Tú y yo no tenemos nada de qué hablar. Ahora, quítate.
Y Sasuke fue prudente, la gente había volteado al pequeño escándalo producido en ese rincón del área. Y la dejó marcharse.
Pero nadie trataba así a Sasuke Uchiha. Se las pagaría.
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Cuando Mikoto se casó con Fugaku era una mujer todo menos enamorada. Y él era todo menos rico.
Había sido una de las tantas mujeres víctimas de su opresora familia, que por más títulos, estudios y capacidades que tuviera, se le negaba el derecho a manejar la fortuna que por derecho le correspondía. Siendo obligada a casarse con un empresario digno quién sí tuviera el género indicado para esto, según los propios estándares familiares.
Al primer año de boda, nació el primogénito y un mes después Uchiha Royalties. Se dijo por todo el país que el niño había traído la torta bajo el brazo.
Casi tres años después, nace el segundo hijo del matrimonio Uchiha.
Y el sólo recordarlo, a Mikoto aún la hacía llorar con la piel hecha de gallina. Fueron los años en los que su vida sufrió cambios sumamente drásticos; podía contar los años con los dedos de una mano y le sobraban extremidades, de los que pasó de ser una chiquilla eufórica, feminista, salvaje y con ganas de comerse al mundo, a verse sometida y amargada en un matrimonio con alguien que no quería, despojada de toda riqueza perteneciente y con dos hijos pequeños.
Que tenía que confesar: el primero no fue para nada deseado.
Era una joven soñadora, altruista, demasiado vivaz y sumergida en deseos de crecer recorriendo el mundo, lo menos que quería era tener sexo con un hombre mayor que ella con más de diez años, mucho menos para quedar embarazada de él.
Pero así fue, y Mikoto no pudo evitarlo. La noche de bodas fue también sometida a los deseos sexuales impulsados por el organismo alcoholizado de Fugaku, su cuerpo fue obligado a sufrir los cambios que sólo las mujeres deseosas de ser madres deberían soportar, no jóvenes como ella. Parir fue el peor trauma de su vida. Incluso fue de la manera en que Fugaku decidió: en casa.
En su habitación, llena de personas que no conocía y tocando su cuerpo sin autorización propia. Fue difícil, largo y doloroso, su joven cuerpo no estaba preparado para esa labor, pero lo logró. Un poco más de medio día le costó traer a Itachi al mundo.
Y ese momento fue su segundo trauma en su vida como madre.
Después de casi diez minutos sin llorar, el bebé fue atendido de urgencia por complicaciones graves. Lo que se había planeado como un parto casero y tradicional, fue más bien un escándalo digno a carnicería de mercado. Y el pequeño Itachi fue llevado al hospital más cercano, ahí duró los primeros días de vida.
Mikoto fue amenazada por su esposo de muerte si es que su hijo no vivía, bajo el reproche de ni siquiera eso poder hacer bien. Y ella se convenció culpable del sufrimiento de esa pobre criatura. Por suerte Itachi vivió, aparentemente sano, pues ninguno de los dos quiso escarbar más culpas.
Le costó casi el primer año en acostumbrarse a esa vida que dependía ahora de ella.
Cuando logró tumbar la hipotética muralla de culpa sobre ella y su hijo, se confesó una tonta por haber desperdiciado los primeros meses de madre. Fue entonces que buscó con deseos el segundo.
Y su segundo embarazo fue, en cambio, digno de felicidad. Se creyó, durante los nueve meses de gestación, que la criatura era niña.
Ella deseaba una niña, y su sorpresa fue grande al conocer a su segundo bebé y ver que estaba lejos de ser niña.
Sasuke sería siempre el otorgado para brindarle sorpresas en su vida.
Creyó que hacía un buen trabajo como madre al ver a su mayor demasiado independiente para tan corta edad y al segundo demasiado simpático. Pero la realidad distaba de ser una que diera frutos positivos en un futuro, con el tiempo se dio cuenta de que, lo que hacía, en realidad era desproteger a uno y malcriar al otro.
Fue en una crisis existencial, proporcionada por un excelente cannabis que su amigo y viejo colega, Jiraya, le había traído desde el otro lado del mundo, que decidió buscar lo que tanto había querido de joven. Dio por maduros a sus hijos cuando el menor recién cumplió los catorce años y cuando ya casi no se metía en problemas escolares. Entonces se asoció a la campaña altruista de Jiraya.
Emprendió su viaje sin aparente retorno a los territorios de tribus africanas la mañana de un martes y no volvió definitivamente hasta cinco años más tarde.
Ahora había vuelto y el tiempo había hecho su trabajo.
Por distintas razones, sentía que esa ya no era su casa, al principio sentía que esos no eran sus hijos y le costó trabajo entender que esa mujer frente al espejo, ahí, dentro de esa fina y blanca piel, era ella. Buscando lo que dejó entre esos muros, sabiendo que jamás lo encontraría de nuevo. Esperando por la presencia de sus hijos tal cual vagabundo que espera en las calles compasión de alguien.
Sasuke, su pequeño, la odiaba e Itachi, su mayor, cada vez se alejaba más de su vida.
—¿Sería todo, señora?
Dejó escapar un suspiro al verse sorprendida por la voz que logró sacarla de su tan usual trance. Había avanzado hasta el final de la cola y apenas logró enterarse.
Su pérdida en pensamientos y recuerdos comenzó cuando se cuestionó el por qué estaba ella ahí, en una librería comprando psicología en familia. Eventualmente terminó recordando el camino de fracasos como madre hasta esa mañana de viernes.
Estaba tan desesperada que el recurrir a la literatura de un psicoanalista había sido su última carta bajo la manga.
Tenía que hacer algo por su familia y estaba buscando en el lugar equivocado.
Oh, Mikoto no tenía idea de que un curioso fólder fiscal la esperaba en la puerta de su casa.
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Muy contrario a las violentas acciones que presentaba cuando estaba en compañía del Uzumaki, jamás en la vida de Sakura Haruno había entrado el sentimiento de rabia que impulsaba un deseo de matar con sus propias manos.
Pero esa tarde lo fue. Y esta vez su rubio amigo no entraba de por medio; fue después de la visita del menor de los Uchiha al hospital con ese ramillete que dejaba mucho de qué hablar.
El muy cínico se atrevía a buscarla después de todo el daño ocasionado. Y pensando aún que con tres simples y casi muertas rosas rojas rodeadas de una corriente gipsofilia ella caería a sus pies como lo hizo tantas veces.
No, ya no. Quizás Sasuke no estuviera enterado aún -igual que el resto de la humanidad-, pero Sakura ya no era esa niña tonta que se ilusionaba con la primer mirada coqueta que le era dirigida.
Desde hace pocos meses tomó la consiente decisión de comenzar a tomar la tan necesitada madurez.
El primer paso a su camino de madurez fue la adquisición del departamento al que justo iba llegando. Dejó la casa de los Yamanaka hace meses y, bajo las súplicas por parte de su amiga Ino y su familia por convencerla de quedarse, se mudó a un departamento convencional del centro de la ciudad. Demasiado cerca de la escuela de medicina, el hospital donde laboraba y cualquier otro destino, esas paredes se habían convertido en su refugio en los últimos meses.
Ignorando la regla de respetar dicho lugar como si de un templo sagrado se tratase, dejó escapar furiosamente la cantidad de pataletas deseada, yendo muy contrario a la 'madurez' que tanto buscaba.
—Asqueroso Uchiha.
Cansada de todas las maneras posibles de ese día, fue al sofá de la sala y se dejó caer de lleno sobre él. Buscó el teléfono de casa dispuesta a llamarle a su madre ya un poco más calmada, y en la búsqueda sus ojos se estancaron en dirección al sillón opuesto a ella.
La manta de mariposas perfectamente doblada -y por supuesto que no por ella-, las tazas vacías de té y las galletas que nadie comió aún estaban ahí. Como recordatorio de cierta visita que tuvo la noche anterior.
La imaginaria imagen, producto del recuerdo, de ese chico tendido ahí anoche, con el semblante cansado, una sonrisa tierna y ojos adormilados sobre ella, la hicieron sonreír entre suspiros.
Itachi estuvo ahí, brindándole alegría aún cuando su estado de salud lo aquejaba en esos momentos. Y ahora estaba su recuerdo, alegrando y haciendo olvidar a una colérica Sakura.
—Malditos Uchiha.
Dijo esta vez con gracia, con la emoción en incremento al recordar el hecho de que se encontraría dentro de dos días con ese muchacho.
Sakura permaneció buen rato observando el sillón ese con una sonrisa tonta e inmadura en el rostro.
Tal cual una chiquilla inmadura, se moría de ganas por volver a verlo.
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Notas del autor:
Hola hola, ¿cómo han estado?
Debo pedirles una disculpa, he tardado bastante en actualizar. Pero en compensación, les traigo el capítulo más largo hasta el momento.
Espero poder responder los reviews que aún no he tenido manera de responder y agradecer por ellos, están en mi corazón.
Sin más, nos leemos en el próximo. ¡Saludos!
