Call it magic, or call it true. I call it magic, when I'm with you.

~

A lo largo de los años, en contra de todo deseo y voluntad, Sasuke Uchiha había forjado cimientos inestables de su vida, los cuales sólo le confirmaban -cada día, cada hora- cuán desgraciada era esta.

Estaba seguro de que, dentro de un plano existencial incomprensible, la vida estaba bien ensañada con su persona y a esas alturas de la vida realmente ya no le importaba tal cosa.

Sabía que él era -hipotéticamente- un punto de refencia en el universo en el cuál la gente le repelaba. Como si él fuera una energía capaz de imitar, incapaz de atraerse con alguien más, repelándose a cualquiera en todos los sentidos que sus pasos podrían dar.

La gente no duraba un tiempo particularmente largo en su vida.

Él los hacía irse. Él lo sabía.

Sin embargo, sólo una persona había permanecido con él siempre. Cuando él llegó al mundo esa persona ya lo esperaba para jamás apartarse de su lado; su hermano mayor, Itachi.

Muy en sus adentros, esa parte sensible de la cual absolutamente nadie era merecedor, era su hermano una especie de héroe, su mayor ejemplo, su todo.

Pero tal hermano, quién juró jamás dejarlo solo, un día se fue varios kilómetros lejos de él. Países intermediarios fueron los que dieron lugar a su separación.

Pero Sasuke, muy a sorpresa de todos -incluso de él mismo-, no sólo aceptó, sino que comprendió que su hermano no había pedido ni querido aquello. Entendió que era obligación de su hermano y que serían sólo unos meses.

¡Pero cómo dolió!

Fue de los peores golpes en la vida de Sasuke, la depresión llegó al primer día de soledad absoluta y se encontró varias veces en el aeropuerto a punto de tomar el primer vuelo para estar con su hermano.

Pero su voluntad no murió, fue más fuerte de lo que creyó y siguió con su vida, en ese entonces, un poco menos amarga.

Nadie sabía nada, pero todos juzgaban.

Ya estaba acostumbrado a eso, desde pequeño se hizo a la idea de que la vida no sería para nada fácil y que nadie tenía la mentalidad -o sensibilidad, en este caso- para entender las magnitudes de su situación.

Estando ese día ahí, ya medio ahogado en alcohol, en ese codiciado bar, rodeado de amigos y mujeres que desconocía, a Sasuke, como todas las noches -sin una menos cada semana-, los recuedos llegaban a él como balas sin previo aviso desde un punto trasero y ciego a su espalda.

Recordaba con amarga sonrisa a ese niño que una vez fue, esa inocencia menor a diez años de existencia que fue robada de la manera más cobarde posible, recordaba las ilusiones y los deseos tontos de la inocente alma que una vez fue suya. Recordaba con lujo de detalle el martes en que su vida cambió completamente tras la partida de su madre y cierto suceso traumante en sus días de vida...

Porque no toda vida fue la historia de Sasuke Uchiha que la gente platica.

Hacía ya años cuando comprobó que ni todo el whisky del país -y estaba seguro que del mundo- era capaz de hacerlo olvidar todos aquellos recuerdos que cada día le estrujaban más el alma. Recordaba a ese niño que corría por los pasillos de su casa al llegar de la escuela buscando alguna presencia y sólo encontraba aquella gente del servicio que jamás le dirigía la palabra porque se le tenía prohibido. Recordaba los días de cumpleaños solos hasta que llegaba la noche de festejo, recordaba las mentiras que tenía que decir en la escuela cuando le preguntaban por sus padres, recordaba las tareas que hacía solo, el sentimiento amargo y completamente opuesto que le ocasionaría a un niño un parque lleno de familias, recordaba claro y seguro esas pláticas que tenía con los juguetes sobre el transcurso de su día porque no había con quien más.

Los días de llanto ahogado en almohadas tampoco se olvidaban.

Había sido difícil crecer tan depresivamente, y era obvio que nadie había estado ahí para presenciarlo.

Nadie, excepto su hermano. Que desde a muy temprana edad comenzó a laborar para la empresa de su padre, quedándole tiempo de nada sumándose la escuela.

Pero Itachi siempre encontraba la manera de estar con él. Aún si su padre quisiera tenerlo 24/7 entre esas oficinas, aún si tuviera que cursar materias de dos años escolares avanzadas, aún si tuviera que estar presente en cada junta ejecutiva que su padre no programaba y "salía" de sorpresa, al igual que viajes y reuniones sociales. Itachi le decía que era un mago cada que llegaba a casa por las tardes o mediodías.

Incluso hubo de vez en cuando una que otra riña seria entre su padre y su hermano por él. La más seria de éstas hizo llegar a Itachi con el pómulo derecho púrpura e inflamado y los labios reventados.

Claro, su hermano nunca le dijo que era por culpa de él, sólo le decía que fuera más cuidadoso con los papeles que llevaba de la oficina a casa -para estar junto a él, dicho sea de paso-. Pero Sasuke no era un tonto, sabía perfectamente bien que esos golpes no se los daba con el buró de alado de la cama, como Itachi le contaba.

Y claro, Sasuke tampoco olvidaba eso. Su mente era esclava de recuerdos desgraciados, pero él mismo se imponía la regla de involucrar también los recuerdos confortables.

Su hermano sonriéndole por las mañanas y arropándolo por las noches era uno de esos. El paisaje de la noche lluviosa que reflejaba la ventana del automóvil que lo llevaba a su casa le recordó tales años.

Por eso mismo, el llegar a esa casa que jamás había sido su hogar sin su hermano, y ver que éste cada vez restaba los días para vivir ahí le arañaba el alma y le incrementaba la amargura.

Le ocasionaba rabia el hecho de saber -y ver- que los puestos ya se habían invertido, que era su madre quien lo esperaba en casa y su hermano quin se iba lejos.

Lo único que le quedaba era ahogar sus penas en alcohol y llegar a casa lo más borracho posible. Esa noche no fue la excepción, pasó de largo y con pasos tambaleantes por la sala -donde su madre lo esperaba-, cuando por mero afán de molestar vomitó los escalones, le dirigió una señal obscena a su madre cuando esta comenzó a preguntarle -a gritos- en qué diablos estaba pensando y, ya satisfecho, se dignó a dormir.

Todas las noches era la misma. La misma rutina, la misma hora de llegada, sobre todo el mismo estado, y los mismos recuerdos.

~

Se quería largar de ahí lo más antes posible. Vaya, ¡ni siquiera había querido ir!, fue obligado como se obliga al clima cambiar con cada estación, como se obliga a la noche llegar al final de un día o igual como se obliga al tiempo seguir su ritmo. Shisui Uchiha estaba en esa elegante reunión empresarial bajo un renuente -y demasiado explícito- obligatorio de la alta dirección de la compañía familiar, es decir, sus tíos Fugaku y Madara.

Ya comenzaba a sentir el efecto del champagne y el vino en su organismo cuando todavía le quedaban varias horas ahí. Buscó con la mirada a su primo entre el tumulto de gente y lo encontró a un lado de Fugaku en lo que aparentaba ser una charla de negocios varios metros alejado de él.

Pero Shisui, por más alcoholizado que estuviera, no tenía la percepción común que tenía el resto de la gente pretensiosa que lo rodeaba. Shisui sabía, conocía a su primo, no era nada tonto y mucho menos inconsciente, notaba a leguas y sin tener que analizar mucho que su primo estaba igual de harto que él.

No, era algo que lo superaba por mucho más. El semblante distante y frío de la comadreja sólo ocultaba a simple vista un torrente de sentimientos bantante amargos que se esforzaba, oh, Shisui sabía que se esforzaba por ocultar.

Estaban en el Diamonds Premium, con música de orquesta, manteles largos, rodeado de la fina decoración con orquídeas, proteas y cristales esculpidos por todos lados, las mujeres de vestidos largos, escotados y peinados imponentes, los hombres con el tradicional smoking, no había niños, mucho menos animales, tampoco había encontrado alguna joven desvalagada sin un padre haciéndose notar a su lado y ya se había hartado de huir y sacarle la vuelta a los viejos empresarios. Era el encuentro anual de las grandes potencias de todo Japón, y como todos los años, él fue obligado a ir.

Se aflojó un poco la corbatilla y volvió a buscar a su primo.

No fue difícil encontrarlo, era cuestión de visualizar el grupo más grande de personas y buscar su azabache coleta. Ahí estaba, con la misma mirada que se perdía en la lejanía, con las facciones estáticas y la espalda erguida.

¿Cuántas veces lo había visto así?, más bien, ¿cuándo vio que lo dejaran de tratar como una pieza de ajedrez?

Nunca. Nunca de los nunca en la vida de Shisui.

Lo observó un momento, se dejó llevar por la nostalgia y analizó la imagen que tenía en frente.

Estaba ahí, parado a un lado de la persona que, se suponía, era su padre. Con una copa de vino blanco en la mano, la cual era llevada a la comisura de lo labios, y sólo el ojo observador de Shisui pudo captar que dicha bebida no entraba por la boca del menor. Hacía ese aparente movimiento y, para variar, sólo Shisui sabía el porqué; el médico le había prohibido la ingesta de alcohol, al igual que otras muchas cosas.

Y antes de comenzar a maldecir mentalmente por diestra y siniestra, admiró la fortaleza de su primo.

Verle ahí, aparentemente relajado, tratando de seguir el ritmo de la conversación de la que fue obligado a ser parte, asintiendo y de vez en cuando sonriendo muy mínimamente, cuando en realidad su mundo se estaba consumiendo con cada segundo.

No pudo evitar preguntarse de dónde sacaba su primo tanta fortaleza.

Comenzaría la peor de la experiencias justo el siguiente día y ahí estaba. Con ese elegante traje hecho a la medida de su cuerpo, esa corbata en moño y esos incómodos zapatos brillosos. Y el día de mañana lo vería en un hospital conectado a quién sabe qué aparatos, con mangueras introducidas en su cuerpo y luchando contra monstruos dentro de él. Según eso había entendido de Tsunade esa mañana.

Le vio de nuevo y con cierta mortificación se preguntó si volvería a ver a la comadreja así de -aparentemente- fuerte después de mañana.

Entonces comprendió, la dirección de la mirada de su primo le dio las respuestas que buscaba; las negras pupilas de Itachi estaban estancadas en la única king pink protea del salón.

La única diferente y tan particularmente rosa, peculiar entre las otras blancas y similar a su vez a cierta pelirosa.

He ahí la respuesta; he ahí las fuerzas de su primo.

Sacó su móvil del saco y tecleó rápido unos números, después de eso, ya terminada su llamada, tomó la convicción de siempre y se empezó a olvidar de la gente que lo rodeaba.

Con una séptima copa de champagne que consiguió de un camarero en el transcurso del camino, llegó hasta el ala del salón donde su primo se encontraba.

—Itachi, vamos al exterior.

Su primo volteó a él sorprendido por el tono, incluso dudó de encontrarse con Shisui al momento de encarar aquella voz sin matiz de sentimiento.

Supo, al ver la mirada aún más seria de primo, que no había cabida para duda o negación.

~

La noche de ese sábado se manifestaba fresca, demasiado fresca, tranquila y hasta acogedora dentro de las paredes del departamento Haruno.

Despidió a sus rubios amigos, la Yamanaka y el Uzumaki, rechazando su invitación al nuevo bar bajo la excusa de haber tenido un día demasiado cansado. Después de los lloriqueos de Naruto y los comentarios impertinentes de Ino, cerró la puerta y fue su habitación a quitarse las prendas blancas del habitual uniforme. Lo que el resto conocía como pijama, Sakura solía llamarles fachas, y esa noche no fueron negadas.

—Yo también los extraño mucho, mamá... Tal vez el próximo fin de semana los visite. —Las felices exclamaciones del otro lado de la línea la hicieron sonreír nostálgica.

Por más que lo que se clasifica como rutina o simples hábitos se escapara de las manos de Sakura y su vida fuera un desastre improvisado diario, había algo que -como algunas otras cosas- marcaba como regla o ley sagrada, que era llamar a sus padres al menos cada dos días.

[pi-pi, pi-pi]

—Mamá, te voy a colgar, me está entrando una llamada... Sí, igualmente... También los amo, ma. Nos vemos, chao.

Contestó sin percartarse -como siempre- de que era un número desconocido. La sorpresas sólo comenzaban cuando supo de quién se trataba.

~

—Te dije que no y no cambiaré de opinión.

—Sólo escúchame...

—¡No!, No, Shisui. —protestó desesperado, fuerte y claro. — De todas las locuras que se te pudieran ocurrir es esta la más estúpida.

—¡La verás mañana de todos modos!, ¿qué tiene de malo que te vea hoy, así tal cual eres, y que no se quede con la imagen que le podrías dar mañana?

Tiró Shisui preciso y enfrentándolo a la cara, únicamente para recibir la huida del otro.

—No me interesa lo que piensa de mí. No me interesa ella.

Dijo casi para él. En un susurro que le supo casi a mentira pura sobre los labios, lejano y tratando de convencerse a sí mismo antes de a cualquiera.

—Mientes.

Pero Shisui era Shisui. No era cualquier tipejo, cualquier amigo ni cualquier familiar. Era esa persona que la había acompañado como su sombra cada día de su vida. Era su hermano y, casi casi, su conciencia. No tenía lucha contra él.

—Déjame en paz, Shisui... Padre me espera, no puedo irme de aquí, ¿sabes lo que pasaría si me largo a seguir tus idioteces?

—No, dime qué pasaría. —cuestionó desentendido. Fingiendo demencia, incrementando el cólera acumulado de su primo. Éste sólo negó con la cabeza.

Ya estaba harto. No, realmente harto estaba diariamente, ese día era... diferente. Y no por eso mejor.

La carcomación en su pecho, la garganta helada y la ansiedad no se habían ido en ningún momento de su día. Estaba nervioso.

Más que eso, fustrado, cansado, ansioso, perturbado... Tenía miedo.

Dios, tenía tanto miedo.

—¡Ya deja de actuar, idiota!, ¡¿que no ves la magnitud de la situación?!, ¡te estás muriendo y tú sólo sigues pensando en complacer a ese tipo de gente!

Gritó más que enojado. Las venas sutiles de la frente estaban casi por colapsar y sus ojos de gato casi por salirse de las cuencas.

—Shisui, por favor...

Sonó en derrota. Itachi daba su retirada ante la falta de fuerzas para luchar. Quería irse, no saber nada y ya no seguir pensando en nada, quería encontrar algún rincón solitario y tranquilo y dormir ahí al menos una hora.

Sus huesos calaban, su pecho se comprimía solo, su andar se veía afectado por la excesiva presión en su cabeza, temblaba y su estado anímico no ayudaba en nada.

Y ahora tampoco su primo.

—Déjame tranquilo...

La copa de vino -la misma desde que llegó- cayó de sus manos cuando torpemente estas buscaron un asiento que lo recibiera ante ese mareo agudo que lo adormiló. Para su nefasta suerte, estaban en el patio, y lo único que su sentido del tacto -porque los demás parecían haberlo abandonado- pudo encontrar para reguardarlo ante una caída, fue el tronco de la palmera que tenía detrás.

Claro, no contó en un principio con los brazos fuertes que lo recibirían sin haberlo pedido. Su cara chocó contra el amplio pecho de Shisui y sintió sus brazos rodearle el torso. Escuchó que Shisui decía algo, pero no entendió más que cuchicheos. Se estaba yendo de nuevo.

No supo cuándo ni cómo pero su primo lo había acomodado en el piso con la espalda contra el tronco y sentía su rostro ser presionado en distintas partes por sus manos. Después no supo más hasta que su primo lo levantaba y lo llevaba casi arrastrando.

—Te dije que... que no quería ir.

—Y yo no te pregunté si iríamos o no, comadreja idiota.

~

—¿Qué haces tú aquí?

—No era broma mi llamada.

La sonrisa de gracia y la sorpresa divertida al abrir la puerta se fueron como se fue su sangre a los pies al ver ese rostro serio y preocupado, esa camisa manchada de sangre y esos ojos cristalinos que alguna vez fueron vida pura de Shisui.

—¿Dónde está él?

Le fue imposible articular si quiera un sonido, simplemente se puso en marcha seguro de que ella le seguía detrás.

—Tranquila, ya está bien.

¿Qué tan bien podría estar como para estar ahí a esas horas

Bajaron en silencio desesperado los cinco pisos y llegaron hasta el estacionamiento donde el auto de Shisui era el único ahí.

Las puertas del Audi estaban abiertas, estaba todo encendido y sólo se miraban un par de piernas que descansaban al exterior, dentro estaba Itachi semi recostado en el asiento del copiloto.

Bueno, no se miraba tan mal.

De hecho se miraba bastante bien, para el punto de vista delimitado de perspectiva de Sakura.

Se acercaron casi con miedo y le vieron despierto, él de dirigió a ellos y, sorpresivamente, una sonrisa que nadie logró captar se le escapó al ver a la pelirosa en el filo de la puerta.

—Hey... —Dijo ella en modo de saludo.

—Hey. —Respondió él.

E Itachi, en su sano juicio, tuvo el instinto de huir de esa mirada. Pues esa noche, en esas condiciones y con esa falta de querer, sabía que no tenía lucha contra la pérdida de sí mismo que producían esos ojos.

Era su efecto. El efecto Sukura.

—Lamento mucho las molestias, sobre todo la hora, fue una imprudencia de mi primo haber venido hasta acá. Te pido perdón en nombre de ambos y ahora mismo nos vamos.

'Hipócrita de mierda'... Pensó el mayor.

—No hay problema, de hecho no me molesta para nada... —mencionó ella distraídamente mientras su mirada iba y viajaba por todas las magnitudes que representaba Itachi.

Lo miró, analizó y supo lo que mil soles trataban de ocultar. Observó su respiración forzada a ser lo más normal aparente, vio sus brazos, al igual que sus piernas, como dos extremidades inútiles, miró los dientes matizados de ese amarillo contrario a su color natural, surgido de la sangre que los manchó al igual que a la blanca camisa de vestir bajo el negro saco. Capturó al final su mirada, ésta habló por sí sola y le contó lo abatido que él estaba.

Se maldijo por descuidada. Por permitir que factores como la iluminación o su emoción -o miedo- por encontrarse con ese hombre afectaran sus sentidos tan comunes y no viera semejante situación ante sus ojos.

—Shisui, podemos irnos.

—¡No!, digo, quédense un rato... Tengo un pancake recién horneado y, además, necesito revisarte, Itachi.

Y no, resultaba que no; Shisui no se había equivocado en llegar ahí. Se alegró tan inmediatamente que todo parecía mágico, todo iba tan perfecto...

—No.

Hasta que terquedad de su primo lo arruinó todo.

—Disculpa, no podemos quedarnos. —Agregó después.

—Pues yo no quiero volver. Yo quiero pancake, ya si tú te quieres quedar aquí o ir allá... —Dijo entrando al carro para arrancar las llaves y tomar sus pertenencias de la guantera. —Es tu problema.

—Shisui...

—Cierras mi auto.

Se escuchó harto mientras ya les daba la espalda. Sakura, quién presenció con ojo alerta toda la escena, captó la mirada cómplice de Shisui antes de entrar por las llaves y tomó la decisión de seguirle el juego; él debía saber lo que hacía, él lo conocía más.

Por que sabía, ¿no?

Realmente no, Shisui sólo había sido impulsivo ante una situación que ya lo tenía harto con un terco que no escuchaba; así que decidió dejarle hacer la rabieta como cuando eran niños y el pequeño Sasuke exponía berrinches.

Pero Itachi no era Sasuke. Él no se levantó de ahí después de comprobar que la atención ya no era proyectada en su persona y la siguió para , claro, seguir siendo el centro de atención. No, porque él era Itachi, el que se quedó en el carro, sentado bajo las mismas condiciones.

—Es un terco... —Le susurró Shisui a Sakura ya varios metros alejados del Uchiha menor.

Fue suficiente para comprobarle a Sakura que se había equivocado al confiar en los impulsivos planes de Shisui. Entonces tomó cartas en el asunto.

No más armada que con inseguridad, regresó sobre sus talones y llegó hasta donde daban los pies de la comadreja, y ya cerca, lo enfrentó con fiereza:

—Te compré dangos.

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Sólo en esa habitación, la que siempre fue suya por más tiempo y distancia que haya estado lejos, silenciosa y con recuerdos plasmados en cada centímetro, supo lo fuerte que era el paso del tiempo por la huella plasmada en todo lo que englobaba su vida.

Pero no en ella, quien se sentía, curiosamente, más joven y fuerte cada día. Sobre todo ese día, cuando al regresar de las compras encontró en la correspondencia de la casa un fólder amarillo y grande.

Mikoto lo abrió y, después de la sorpresa por ver que era una orden de demanda por el noventa y cinco por ciento de las fortunas Uchiha Royalties. Le pareció una broma, había visto tantas de esas en su vida que hasta la cuenta había perdido ya.

Estuvo a punto de pasar por ella cuando, por mera curiosidad de saber quién era aquel demandante que terminaría -como todos los anteriores- en un rotundo fracaso, miró ese nombre tan familiar en él, fue entonces que decidió abrir el sobre y leer el asunto.

Hacía ya años desde ese entonces que ella se interesaba por los asuntos fiscales y legales de la empresa.

Pero ese le interesó y no fue para menos. Ahora sólo esperaba por la presencia citada -por ella- de ese nuevo enemigo en su despacho.

—Mikoto Uchiha, cuánto sin saber de ti. —Dijo el hombre cuando llegó.

Y sí, fue entonces que lo confirmó; cuán rápido pasaron los años en su ausencia.

—Lo mismo digo, Kakashi Hatake.

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Continuará...

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Notas:

Hola, apreciados. ¿Ya lo notaron? ¡4k!, y espero que el próximo sea igual o más extenso.

Pido una disculpa (de nuevo), porn aquellos reviews que aún no respondo... Tengo una gran batalla en hacerlo por medio de mi teléfono. Creo que pensaré en la opción de responder justo en este espacio.

Sin más, ¡Nos leemos pronto!