I stared looking for excuses. Come on in, I've gotta tell you what a state I'm in. When the truth is... I miss you.

[...]

Último de enero. El cuarto de huéspedes ya estaba desalojado de cualquier objeto que Sakura innecesariamente guardaba ahí. Ya estaba instalada la cama e Itachi ya tenía algunas de sus procedencias en dicha habitación.

La vida avanzaba de tal manera que, al tiempo de siquiera describirlo, le parecía casi imposible de controlar el sentimiento amargo que circulaba dentro de él.

La razón de esto eran dos cuestiones. La primera; cuando se trataba de disfrutar, de gozar y explorar sentimientos de los que fue privado toda su vida, el tiempo se iba volando. Por ejemplo, cuando era domingo y Sakura le consentía al agregar dango a su dieta, cuando salían a caminar por los frescos parques de la ciudad, cuando se sentaba en un día de lluvia a beber café y escuchar música mientras Sakura le regalaba alguna caricia, o simplemente cuando contemplaba el rostro dormido de ella, era sólo entonces que el tiempo se le consumía y se iba como agua entre sus manos. Pero cuando el estrés y la ansiedad le cobraban factura por las noches, cuando los maltrechos pulmones le atacaban y se manifestaban con ataques asfixiantes, cuando ingresaba por días al hospital, cuando el alma le lloraba y la voluntad casi se le resquebrantaba ante el recuerdo de su pequeño hermano y de aquella vida en la que entregaba todo por él, en aquellos días cuando al final pensaría que no habría otro comienzo, o peor aún, cuando había días enteros en los que Sakura no regresaba a dormir por culpa de los demandantes turnos laborales, en ese entonces, el tiempo lo torturaba con un ritmo lento de partir.

Itachi Uchiha había escuchado bien que una vida no bastaba para conocer a alguien. Pero él había puesto en duda dichas palabras en tan sólo días.

Habían pasado algunas dos semanas desde que Itachi había accedido por las buenas a vivir temporalmente con su médico por cuestiones de salud y disciplina meramente indicadas por Tsunade. Pero el tiempo no era para nada relativo a la cantidad de conocimientos que había adquirido con el transcurso de éste.

Pues si bien había escuchado que una vida no basta para terminar de conocer a alguien, lo que a él le faltaba era precisamente eso; vida.

Y si con vida hacía referencia al tiempo, entonces sí, a Itachi Uchiha le quedaba poco tiempo.

Por esa razón había dedicado su completo empeño en descubrir cada detalle de la médico. Y esto no le fue de gran esfuerzo, dicho sea de paso.

Sakura Haruno era su compañera, ahora, de cuarto. En un cuarto que era de ella y en el cuál era él el intruso, o al menos así lo sentía él.

Olvidando por completo su relación médico-paciente desde el primer día, había comprendido que pasó toda su vida tras libros estudiando lo incorrecto. Las matemáticas, la astronomía, las finanzas, la geografía, la historia, desde las tablas de multiplicar cuando era un crío hasta los contratos que había tenido en sus narices semanas antes, todo aquello resultaba inservible y hasta inútil cuando descubrió las paradojas y misterios que una persona podía presentar. Y decidió estudiarlo con Sakura.

Itachi, como siempre, aprendió rápido y sin presentar problemas. Descubrió de ella detalles que, estaba completamente seguro, la misma Haruno desconocía. Y si a Itachi le hubieran contado, no hubiera creído lo mágica que era aquella muchacha.

Lo traía hecho un loco, no podía negarlo. Ocultarlo sí, pero negarlo no.

Le encantaba de ella aquella facilidad que tenía para hacerle olvidar el dolor con sólo estar presente. No necesitaba palabras. Cuando ella le administraba el medicamento inyectable, él se perdía en el bosque negro de pestañas que Sakura tenía.

Ya la conocía. Ya sabía que un mensaje podía alegrarle el día.

—[Disculpa, no quería molestar... sólo quería desearte un lindo día. Nos vemos en la noche, yo llevo la cena.]

Había sido aquel mensaje de voz el primero de tantos.

¿Cómo aquella perfecta voz masculina que trataba de esconder su nerviosismo le parecería molesta?

Había sido la primer nota de contestadora. La primera de muchas. La que diera cabida a los detalles rutinarios que tanto necesitaban del otro. La que le regaló el comienzo de día más hermoso de todos, este, que también sería el primero de muchos.

Pues se hicieron presentes más y más notas como aquella, mensajes de textos precisos, llamadas casuales... Hasta que llegó el día en que no sabían exactamente cómo se habían involucrado tanto mutuamente.

Tampoco les importaba. Todo estaba marchando a un ritmo hecho justo por ellos.

—¿Cómo estuvo tu día?

La conocía y sabía lo mucho que ella ansiaba aquella pregunta desde que pisaba su hogar. Sus ojos jade la delataban con aquel brillo. A veces ella tomaba la iniciativa o a veces él, en cualquier caso, era el inicio de las conversaciones más cálidas y largas del día. Normalmente esto ocurría mientras ella preparaba la cena y él ponía la mesa.

Hubieron noches en las que ella llegaba casi al amanecer por los tremendos turnos de guardia que el hospital le asignaba en casos de emergencia, o había ocasiones en las que el cansancio se apoderaba brutalmente de él y lo hacía ceder al sueño en el sofá de la sala o en la mismísima mesa del comedor.

Ese sábado fue uno de ellos. El sueño lo había tumbado en el mullido sillón un par de horas atrás ya. Sakura, quien se había asegurado de que todo estuviera bien con él, le quitó los zapatos, lo tapó con una manta y le dejó dormir mientras ella preparaba la cena.

Normalmente no cocinaría. Una pizza o cualquier comida a domicilio bastaría, pero desde que Itachi estaba ahí todo era diferente. Debía llevar una dieta completamente saludable.

Y no es que la Haruno fuera ligada de una dieta de porquería, pero admitía que sí tenía descuidado aquel tema. Por eso cocinaba con gusto, Itachi había sido la excusa para volver a sentirse cuidada por sí misma mediante la comida.

Sakura era agraciada en el ámbito culinario. Cocinaba demasiado bien, el problema era que normalmente no tenía mucho tiempo, pero Tsunade había arreglado aquello de igual manera.

Tu trabajo ahora es en tu casa, vendrás al hospital ocasionalmente a partir de hoy.

Había dicho eso días atrás. Y aunque amaba el hospital y su trabajo ahí, Sakura tomó aquello como vacaciones. No podía negarlo, el estar con Itachi había sido la mejor paga.

Tarareaba una de sus tantas canciones cuando la cena estuvo casi lista. Luchando contra las ideas de despertar al Uchiha de la siesta o dejarlo ahí un rato más, Sakura fue a darse un baño.

Al salir checó rápidamente la agenda electrónica que se había obligado a usar en esos últimos días. Se dirigió a la cocina y encontró a Itachi sirviendo la cena.

Al verlo, no pudo evitar pensar lo de siempre; le gustaba Itachi y todo lo relacionado a su persona.

Por muchas veces, en las noches antes de dormir, no podía preguntarse si aquello estaba bien o no. No había habido calma, no habían parado, todo había sido tremendamente rápido y tenía miedo de haber tomado una decisión incorrecta por haber estado bajo presión. Pero habían detalles.

—Qué guapa estás hoy.

Detalles como ese que le afirmaban que, cualquier cosa que haya sido la decisión de ellos, había sido la correcta.

Itachi era un detallista nato. Lo era a su modo y a su naturaleza.

—Eres el punto exacto.

Le decía ella en ocasiones donde el diálogo se convertía efímero o simplemente se daba conclusión a éste. Cuando se bajaba del auto de él y se marchaba, cuando salía de casa y le despedía, cuando ambos cocinaban o cuando él estaba a punto de salir. Se lo decía con una sonrisa y lo dejaba en un estado de completa incertidumbre.

Porque sí, Sakura describía a Itachi como exacto. Era tierno, serio, bromista o coqueto, cuando debía serlo. Encontraba el punto exacto de serlo siempre sin llegar a ser un hostigozo o perder su esencia Uchiha, pero lograba expresarse de manera clara y directa haciéndola sentir querida.

Sin ser muy al modo de su primo Shisui, pero mucho menos parecido a su hermano Sasuke.

Era exacto, preciso. Perfecto.

Habían detalles, muchos de ellos. La flor que Itachi le ponía a diario tras la oreja se lo decía.

—Itachi es amor.

Shisui se lo había afirmado. Con un brazo rodeándole el cuello, con tres botellas en el otro y en un estado excesivo en alcohol, pero se lo había jurado a Sakura.

Y Sakura, en carne y hueso, lo confirmó. No había manera de negarlo.

Itachi le daba vitamina E en tiempos de tormentas. Itachi amaba cuando su vida se consumía en tristeza.

Eran tiempos difíciles. Según decían los últimos estudios médicos, estaba perdiendo su lucha. Su hermano, aquel pequeño que amó y amaría siempre, le detestaba y ansiaba verlo muerto. Su madre se había olvidado de él, al parecer, y su padre le había jurado guerra.

¿Qué había hecho mal?, ¿qué más podía faltar?

—El banco canceló mis cuentas.

Respondió serio a los verdes ojos quisquillosos que le preguntaban a gritos mudos sobre la procedencia del mundo de papeles que había en sus manos.

—¿Qué?, ¿por qué?

—Mi padre.

Siendo preciso, Itachi declaró y ella no necesitó más palabras para entender. Le abrazó por la espalda y le susurró al oído palabras confortables.

—Todo estará bien, aquí estarás bien.

Lo estaría, si no dependiera de un costoso tratamiento para seguir respirando.

—Venderé lo que sea necesario mientras encuentro una entrada de dinero.

—De ninguna manera, no lo permitiré. —Dijo Sakura apretujándolo más entre sus brazos.

—Es necesario.

—¡Tu descanso es necesario!, Itachi, tu corazón no puede tener más estrés. —le sermoneó lentamente— Médicamente, tienes prohibido trabajar.

—¿Y quién va a trabajar?

Volteó a verle a los ojos con una sonrisa traviesa en los labios.

[...]

—Es una verdadera pena escuchar todo esto, Mikoto.

La Uchiha sólo suspiró asintiendo.

—Digo, ¡pobre Itachi!

Mikoto, que tenía la mirada fija en el vaso que llenaba de whisky, frunció desconcertada el ceño al escuchar aquellas palabras de su pelirroja amiga.

—¿Disculpa?

No entendía o quizás no había escuchado bien, ¿Kushina estaba defendiendo a Itachi?

¡Le acababa de explicar cómo éste hijo había traicionado a su hermanito y cómo había abandonado a la deriva a su dolida madre!

¿Pobre de dónde?

Lo que le faltaba. Si decidió contarle a su amiga sus pesares familiares era únicamente por el enojo desenfrenado que su alma aguardaba, y bueno, sólo Itachi era el mejor candidato a ganarse dicho odio, muy a parte de Fugaku; a ese le era odiado desde lo conoció.

—Mikoto, ¿qué pasa?, estamos hablando de Itachi, tu hijo, el muchacho ese blando. —Exclamó con horror Kushina.

—A ver, Kushina, ¿no escuchaste? le quitó la novia a su hermano y...

—¡No!, discúlpame, pero estás equivocada, Itachi no le quitó nada a nadie... diría yo que "recogió", pero no quitó. —Alegó eufórica Kushina.

Dando un largo trago a su bebida, Mikoto repasó las palabras.

—No entiendo.

—Tu hijito Sasuke anduvo con Sakura mientras anduvo con otras muchachas, la lastimó, humilló, denigró y, una noche en una fiesta, la dejó, ese mismísimo día conoció a Itachi... ¿Dónde está el robo? ¡En ningún lado!

—¿Y tú cómo sabes eso?

—Bueno... escuché sin querer una plática de Naruto con esta chica el otro día.

La mujer parecía ofendida cuando Mikoto bufó al escuchar eso. Le contó (sin despreciar lujo de algún detalle) la conversación que tuvo con su hijo Naruto después de escuchar accidentalmente dicha conversación. Le contó que una vez miró a su querido Sasuke saliendo de un motel tomado de la mano de su propia sobrina, Karin, y que esta había sido sólo una de tantas.

—¿Qué más pruebas quieres?, ¡Sasuke no tiene defensa!

—Bueno, bueno... ¿Y el abandonarnos?, ¡a mí, que soy su madre!

Kushina, muy contrario a su naturaleza, la miró seria. ¿Qué pasaba en la mente de su amiga?, no quería creer, pero era cierto; estaba desprestigiando a su propio hijo.

Y no cualquier hijo. Oh, no, pues Kushina (la tía Kushina) los conocía bien. Sabía que eran buenos muchachos, o lo habían sido en algún determinado tiempo. Itachi había sido el que convertiría a Mikoto en madre y a ella en tía, fue el primero, era el sobrino favorito de su esposo Minato y, por ende, esto la había conllevado a pasar mucho tiempo con él cuando era niño. Lo conocía, era la perfección personificada.

—Mikoto, escúchame; para ustedes, los Uchiha, su naturaleza es odiar. Odian hasta el clima... —habló Kushina sin importarle la mirada ofendida de su amiga— Y creo que es por eso esta situación con tu hijo, pero él no es así, Itachi no odia... Es el único Uchiha diferente que conozco.

—Por dios, ahora eres defensora de hijos ajenos.

—No, defiendo a mi sobrino. —dijo con el orgullo riendo— ¿Recuerdas aquella fiesta de seis años de Sasuke?

—Ni me la recuerdes...

—Cuando Sasuke se cayó de aquel carrusel y se partió la frente, ¿recuerdas qué pasó?

—Kushina, por favor. —Mikoto apresurada comenzó a servirse otro vaso, pretendiendo no escuchar su molesta voz.

—Fugaku remató con Itachi, ¡era un niño y no le importó!, lo culpó por no cuidar bien de su hermano pequeño, ¿crees que era justo golpearlo de aquella forma? —exclamó la Uzumaki, desenfrenada y liberando lo que por años había guardado.

—Kushina, basta.

—¿Y después?, viste que hecho una bestia encerró a tu hijo en el despacho y lo maltrató, ¡era un crío! ¿y tú qué hiciste?, tomaste a Sasuke y regresaste a la fiesta para cuidar de las apariencias.

No entendía a qué iba aquello. ¿Qué necesidad había de remover escombros emocionales?, aquello era pasado, ¿no?

Parecía a leguas que, con la simpleza que Kushina hablaba, disfrutaba de hacerla sufrir.

—Y cuando te fuiste a tu labor voluntaria y rescatista —continuó Kushina —, cuando el chiquillo rebelde cumplió dieciséis años, Fugaku le pagó la reservación de la más codiciada discoteca, ¿y sabes qué pasó?

Mikoto pretendió ignorarla, pero ante aquel suceso que desconocía, cómo negarlo, su atención fue llamada.

—Sasuke golpeó a un mesero, casi lo mata, se metió en problemas legales pero claro, Fugaku arregló todo, ¿y quién lo pagó después?, sí, Itachi... Yo fui quien presenció la escena en la fiscalía, Naruto también se vio involucrado.

Mikoto se quedó en silencio, no tenía nada qué decir. Habría sido ridículo hacerlo. No le sorprendía el hecho de que las cosas fueran así en su ausencia, no se fue pretendiendo arreglar algo, en aquel momento no le importó. Pero ahora estaba ahí, queriendo poner todo en orden, y aquello contaba, ¿no?

No. Sabía que no. Muy, muy pero muy dentro de ella había una voz que molesta le decía que si bien estaba haciendo algo, lo estaba haciendo mal.

Pero a esas alturas era tarde retractarse. Se había equivocado y mucho.

—Soy tu amiga, tonta, no estoy aquí para hacerte sentir mal... —dijo de pronto Kushina —Pero sí hacerte ver que estás mal, Itachi quizás no esté haciendo las cosas bien, pero lo que hace no está mal... Nadie soporta tanto, esto ya pasaría. Ni siquiera tú lo hiciste.

De nuevo la pelirroja tenía razón. Ella se abrió caminos sola, se liberó de aquel martirio horrible a la que fue obligada soportar por muchos años. Nada le importó, y se fue.

Ni siquiera sus hijos. Ella retomó el vuelo dejando a dos criaturas atrás en aquel mundo horrible del que ella misma había huido.

Y que ellos algún día hicieran lo mismo era mucho de esperarse.

—¿Y qué hago yo con mi enojo, Kushina, con esta rabia y esta impotencia de ver así a mi familia?

—Haz lo que tengas que hacer, pero comprende, no puedes exigirle nada a Itachi, él ya hizo por ti cuando tú decidiste no hacer nada.

Escupió rudamente la Uzumaki.

Verdad pura que se sentía como limón en una herida.

—Lo sé... A veces se me olvida que Itachi también es mi hijo. —dijo casi en un susurro Mikoto, triste y con la mirada baja.

—Sé que quieres proteger a Sasuke, pero piensa si esa vida era justa para una chica...

Maldito demonio pelirrojo. Estaba poniendo el dedo en la llaga de nuevo, estaba dando en su lado blando, en el feminista y protector de los derechos humanos.

Claro que no era justo. Ella misma había huido del mismo destino, entonces, ¿por qué obligar que alguien más no lo hiciese?

¿Sólo por que esta vez era su hijo la bestia de quien se huía?

Por los cielos, Mikoto defendía lo indefendible. Tremenda licenciada en derecho fue a ser. Quería salvar a su hijo, pero no a costa de semejante irracionalidad.

—Sasuke está mal, es el más afectado y ya no sé cómo ayudarlo. —confesó, por fin, en un sollozo.

Kushina destapó no muy elegantemente la segunda botella de whisky y sirvió en las copas mientras la escuchaba. No era nada que Kushina no supiera ya.

Mikoto defendía y justificaba a Sasuke aún cuando ella sabía que esto no era lo correcto. Lo hacía incluso por encima de su hijo mayor, y qué ganas tenía la Uzumaki de hacerle ver su error.

Pero no hacía falta, Mikoto ya lo hacía. Semejante error no puede pasar desapercibido.

—¿Y qué tal está Itachi?

—¿Itachi? —preguntó despistada, ahogando su llanto.

—Eso ocurrió hace unas semana, ¿pero qué pasó con él?, ¿está bien?

Mikoto no parecía haber pensado en esa cuestión. Su mente estaba saturada de problemas que, ese momento (y como siempre) había perdido importancia.

—No le he llamado, tampoco sé dónde buscarlo.

'Asqueroso orgullo Uchiha'.

—Bueno, nena, mueve tu lindo trasero y ve a buscarlo.

La morena no pareció convencida. Quizás lo haría, pero no quería ir sola.

—¿Qué?, no me mires así, acabo de abrir esta botella, no puedo dejarla así —agregó Kushina mientras le daba caricias al cristal de la botella que tenía en sus manos. —, anda, ve y búscale, dale un abrazo de mi parte.

Y Mikoto salió de ahí, sin rumbo alguno, pero con renovada convicción.

[...]

—Me alegra que hayas tomado la decisión de quitarle hasta el último centavo a Itachi.

—¡Sí, tío! —gritó el chico con una ridícula máscara que tenía en frente y después se retiró.

Pero Fugaku estaba lejos de alegrarse. Al fin de cuentas, era su hijo. Había pensado mucho en él en esos últimos días, llegando a la conclusión de que había sido el hijo más difícil que tenía. Y eso que Sasuke era por naturaleza problemático, pero de distinta forma. El menor ocasionaba revoltijos muy a propósito.

En la cabeza de Fugaku era ilógico que Itachi pudiera ser más complicado que Sasuke, pero recapitulando los hechos, lo había sido.

Desde su estrepitoso nacimiento, su crecimiento enfermizo y el cargo asignado del cuidado se su hermano pequeño. Los asuntos escolares en los que varias veces había adelantado años y él, como padre, se veía involucrado en ceremonias ridículas. Los días enteros en los que discutía con él los temas relacionados con las acciones de la compañía siendo a penas un adolescente. Cuando Raíz le buscó y le catalogó como el más joven miembro de la unidad de inteligencias potenciales.

En la cabeza de Fugaku, todo aquello era molesto.

—Habría sido más fácil si no fuera tan noble. —Admitió de repente y muy bajo, apenas audible para el hombre que tenía en frente.

—¿De qué hablas? —preguntó sin quitar las pupilas del papel que tenía en las manos.

—De Itachi.

—Yo te dije que había sido un error echarlo, pero tú siempre haces las cosas a tu manera, Fugaku.

Fugaku se quedó en un silencio donde el chocar de los hielos con el vaso de cristal era lo único que sonaba. Madara, quien era el que quedaba en la aquella sala, sólo se limitaba a escucharlo.

—Deja de beber, tenemos junta con los accionistas hoy.

—¿Junta?, yo no sabía nada de que estuviera una junta programada. —Exclamó molesto.

—Claro, como era Itachi el encargado de dar la cara por ti en esos casos...

Fugaku, ya en un estado que rayaba la ebriedad, volteó a darle una mirada desquiciada y emprender una reprimenda, pero el tocar de la puerta distrajo la poca cordura que el alcohol le dejaba para prestar atención.

—Señor —dijo la asistente al tiempo de haber entrado —, le han llegado estos documentos.

Desconcertado, caminó hacia ellos y los tomó.

—Es un citatorio al juzgado...

—¿Un citatorio? —preguntó Madara enfocando su vista en los papeles.

—Una demanda de Mikoto.

[...]

El estómago ya le dolía de tanto reírse. Llevaba horas escuchando y soltando carcajadas al aire con sus mejores amigos cuando, entonces, supo que la vida no era tan mala y que era eso justo lo que le había hecho falta.

Y que todo mundo necesitaba aquello.

—... ¡Y entonces el papá de Hinata me vio salir de su habitación en calzoncillos perseguido por aquel mugroso gato!, dattebayo', ¡también iba Hanabi!

Las mejillas de Naruto -al igual que el resto del rostro- estaban coloradas. Lejos del sonrojo o vergüenza, estaban así por el esfuerzo que hacía en controlar la risa para poder narrar sus peculiares historias de una manera entendible.

—¡Maldito animal del demonio!

Las carcajadas no se hicieron esperar y los gritos del rubio tampoco. Aquel local ya estaba medio vacío y, aún así, parecía estar lleno de vida.

Porque los cinco en aquella mesa lo eran.

—¡Me imagino tu cara de imbécil! —exclamó la heredera Yamanaka. Aquella joven que, irónicamente, fue criada con la mejor educación para servir al negocio familiar.

Pero Sai, su novio, sólo rió fascinado por el encanto tan singular en ella. Naruto y Sakura parecían rendirse primero y tomar bastante aire para regular las respiraciones. Hinata seguía en su lucha sobre perder la compostura por la cómica experiencia o morirse de vergüenza ante la misma. Ella no supo cómo balancear esto y terminó haciendo ambas cosas.

—¿Cuánto tiempo fue de castigo sin verse? —divertido preguntó Sai.

—U-un mes entero... —Respondió la Hyūga.

—¡Pero nadie limita a Uzumaki Naruto y menos para ver al amor de su vida! —gritó escandalosamente al momento de ponerse de pie —¡Encontré la manera al segundo día de entrar a la mansión y estuve en su ventana todas las noches para visitarla!

—Hasta que u-un día se lastimó un pie subiendo... despertó hasta a l-los vecinos con los gritos.

—¡Hinata! —gritó con pucheros el rubio.

El resto rió con más fuerza y Naruto se unió casi al momento.

El tiempo se había rendido ante ellos hace horas. El estrés fue eliminado naturalmente por el sonido de sus risas mezcladas. No se habían percatado incluso de que los empleados de aquel establecimiento comenzaban con la última limpieza del día para antes de cerrar.

Eran momentos de calma en tiempos difíciles. Era un respiro en medio de la asfixia.

—Una vez mi padre emborrachó a Sai...

Comenzó esta vez a relatar Ino. No era nada raro, desde que se conocieron había sido lo mismo; eran los dos rubios y la pelirosa quienes exponían historias cómicas y ofrecían un ambiente relajado pero explosivo a la vez.

Sus amigos eran naturales, veraces, eran a su medida, eran reales.

'Los extrañaba demasiado.'

Era eso. Sí se estaba alejando demasiado de ellos y ellos, ahora, eran la única ventana de escape hacia lo que una vez fue la realidad de su vida. Pero aquella vida era ya pasada, los días de escuela juntos ya lo habían sido, los días en los que compartían departamento ocasionalmente eran del pasado también.

No se dieron cuenta de muchas cosas, ignoraron que los empleados ya comenzaban a guardar el mobiliario correspondiente y a bajar cortinas. Tampoco se dieron cuenta del joven que entró en ese momento al local. Fue cuando comenzaron a apagar las luces que se dieron cuenta de que estaba cerca la media noche.

—Señora Seiko, le pido una disculpa, no nos dimos cuenta de la hora.

Era aquella viejecita amable la que se asomó con una sonrisa desde la cocina. Regresó la vista muy efímeramente adentro y salió; al parecer hablaba con alguien.

—¡No importa, chiquilla! —exclamó con una sonrisa aún más amplia —¡Siéntete como en casa!, a fin de cuentas, eres la novia de mi Itachi.

Y a Sakura se le vino el mundo encima. Un silencio abrumador llegó a retumbarle la conciencia.

—¿Novios...? —preguntó Uzumaki lo que nadie quería preguntar en medio de la incertidumbre.

—E-es una larga historia, chicos. Les cuento en el auto. —Habló apresurada la Haruno.

Salieron de ahí en silencio y con los ojos bien puestos en Sakura. Cuando ella tomó valor para hablar, ya en el estacionamiento, algo la detuvo.

—¿Qué hace el auto de Sasuke aquí?

[...]

¿Estás seguro de esto, Uchiha?

—Sí.

Lo estaba, Shisui no había tenido tanta seguridad en algo nunca en su vida.

—Bueno, con notario de por medio no puedo protestar mucho.

—Es lo mejor, Tsunade. No estará desconfiando de mi palabra, ¿o sí?

Tsunade no lo hacía, pero tampoco estaba muy de acuerdo. Miraba al muchacho que tenía en la silla de aquel despacho, era joven aún, no le ganaba con más de dos o tres años a su primo Itachi.

Cualquiera diría que les faltaba mucho por vivir. Pero Tsunade afirmaba que ya habían vivido demasiado.

—Buscaremos una alternativa antes de usar esta —dijo no muy conforme moviendo los papeles en su mano —, es mi última palabra.

—Usted haga lo que tenga que hacer —habló serio, por primera vez, Shisui —, pero yo haré lo propio si usted empieza a fracasar.

—¿Es esa un amenaza, mocoso?

—Esa es mi última palabra.

Y había sido su última palabra antes de salir de la oficina de Tsunade esa mañana. Dio su retirada victoriosa, encontrándose unas horas después lejos de ahí.

Pues tomó después camino a Uchiha Royalties, ya que al parecer Sasuke había estropeado -por tercera vez en medio mes- un contrato al encargarse de tratar personalmente a un futuro socio.

De entrada, a Shisui le parecía una total imprudencia de dirección asignar (o conceder, en este caso) tanta responsabilidad a un puberto que, como función única, jamás había dejado de destruir y estropear algo en su vida. Simplemente, lejos de aceptarlo, ni siquiera lo entendía. No era ni por asomo parecida a la educación con la que él o Itachi habían crecido para estar donde llegaron a estar, pero sí era relativa la toma de decisiones que se le estaba concediendo con respecto a la empresa que, con tanto empeño y no de él, había crecido.

Es por el bien del apellido y de la empresa.

Repetía su tío Fugaku cada que él o Itachi eran enviados a algún curso intensivo en vacaciones. Cuando al menor lo presionaban para adelantar años escolares y poder graduarse mucho antes que todos. Lo hacía cuando eran obligados a muy corta edad a comportarse como adultos. Lo hicieron cada vez que les fue negado salir a jugar como los niños que eran y, en cambio, estudiar leyes o números dentro de los muros de la mansión.

No había sido justo, lo admitía. Incluso sabía que Itachi se había sacrificado por que su hermano fuera libre del mismo destino. Pero no veía justo tampoco tener que regresar a deshoras de la noche a limpiar el desorden que el pequeñín Uchiha hacía por la ineptitud con la que manejaba absolutamente todo lo relacionado a la empresa, por obvias razones, entre ellas el desconocer por completo el mundo al que quiso entrar de un solo golpe.

Porque nadie le obligó.

¡Quiero una oficina y mi puesto en esta empresa de verdad, y lo quiero ya!, ¡ya estoy harto!, ¿quién te crees tú para ponerme a hacer esto?

Le había gritado furioso aquella mañana de martes. Sasuke, como acostumbraba, entró casi tumbando a golpes la puerta de su oficina, furioso, colérico y un poco crudo.

Shisui, con toda la calma y educación pretensiosa que pudo fingir para hacer molestar a Sasuke, le explicó que si quería aquello que deseaba, tenía que empezar desde un principio, desde abajo y aprendería poco a poco.

¿Y qué mejor que ser el encargado de sacar copias?

Un sacacopias. 'Un mugroso sacacopias.'

Al quinto documento copiado de aquella mañana, Sasuke explotó.

Mi padre sabrá de esto, imbécil.

Y Fugaku supo. A Shisui le daba lo mismo qué palabras usó Sasuke en aquella oficina, pero su padre terminó concediéndole el capricho.

¿Ya fuiste a llorar a los pies de tu papi, mariquita?

Había soltado venenosamente Shisui al final de aquella batalla. Renunció al cargo de educar al muchacho aquella tarde de ese mismo día. A pesar de haber sido por petición de Itachi, Shisui supo que él no podía hacer nada con un necio que le odiaba.

—¿Qué pasó ahora? —preguntó al llegar a las instalaciones vacías.

—Nos llegó la negación a la compra de la franquicia que estuvimos trabajando por tres meses —dijo una encargada de comercio mientras hacía entrega del documento que lo probaba —, dice aquí el comprador, de manera bastante franca, cómo fue que se convenció de no comprarla... Dijo algo sobre la arrogancia de los Uchihas. —Explicó tímidamente.

Shisui soltó una carcajada.

—¿Y cómo no se convencería si fue Sasuke el Uchiha que conoció?

—¿Qué propone que hagamos, señor?

—Infórmenle a Fugaku y después consiga una cita con el señor Tsuya.

—Entendido.

La mujer salió de la oficina dejándolo solo.

—Ahora sí, Sasuke, que comience tu disciplina.

Sonrió divertido y con brillo de malicia Shisui al imaginarse la cara de su tío, aquel látigo que tanto adoraba y las nalgas marcadas de Sasuke.

[...]

La tarde parecía ser la más fría de lo que parecía el invierno más largo de aquella ciudad.

Mikoto ya no encontraba qué hacer con tanta ropa cálida que compraba. Aquella tarde se vistió con lo necesario; una fina bufanda, un abrigo grueso y muchísima suerte.

—¿Seguro que es aquí, Suike?

—Sí, señora, tal como me pidió, seguí hasta aquí al joven Itachi. Estoy seguro de que aquí vive con una chica.

Suike era fiel a la idea de que si no se quería hacer algo, simplemente no se hacía o saldrían las cosas mal. No se lo diría a su patrona, pero vaya que pensó en aquello cada vez que se cruzó con sus preocupados ojos.

No era un secreto para los empleados de la mansión los problemas que tenía la familia. De todos ellos, el hijo mayor de la señora Mikoto, era el favorito de Suike y sentía una gran pena por él.

—Gracias... Puede darse una vuelta mientras, yo le llamo cuando me desocupe.

—Como ordene, señora.

La dejó en la entrada a aquella casa, tomada de la mano únicamente de mucho arrepentimiento y se fue. Suike ya no aguantaba el estrés que Mikoto emanaba desde que se subió al auto.

Subió los pisos necesarios de aquel edificio y llegó a la puerta. Incapaz de tocar el timbre, Mikoto comenzaba a hacerse preguntas de cómo o en qué momento las cosas habían terminado así.

'Debí traerle dangos.'

Tocó a la puerta sin esperar que esta se abriera. O quizás un portazo en la fina nariz era de esperarse.

'No, por dios... Es Itachi.'

—¿Madre?

Sí, era Itachi aquel quien abrió la puerta. Con los ojos bien abiertos y sobre ella, ahí estaba su hijo.

—Itachi, hijo.

Muy sin poder moverse, Itachi sintió un hueco en su pecho al escuchar su voz; producto de la nostalgia. La había extrañado demasiado. Ahí estaba su madre, hermosa y elegante, vistiendo seda como siempre.

Y ella no estaba mejor. Sin poder controlarse y tirando a la borda cualquier plan que se le haya ocurrido idear, se tiró a él y lo abrazó con irreconocibles fuerzas.

Él pareció reaccionar y quitó una mano de la perilla de la puerta y la abrazó con un brazo.

—Madre... Pasa, por favor.

Le soltó y se hizo a un lado para permitirle el paso. En cuánto se supo dentro, Itachi se apresuró en ir a la habitación.

—Iré por un abrigo, por favor, toma asiento, madre...

—Sí, aquí te espero, cariño.

Se descuidó, olvidó por completo las cicatrices y hematomas que sus brazos tenían ya. Pero por algo era un genio y maestro en el engaño. Salió con una playera sencilla de mangas largar, oscura y en cuello v. Llevaba ropa cómoda que Mikoto calificó como sencilla, como hacía tanto que no veía a su hijo vestido.

Regresó y tomó asiento frente a su madre. Aún no salía de la sorpresa y el miedo de tenerla ahí, cuando aquellos profundos ojos quisquillosos de ella le retumbaban la conciencia. Quedaron un buen momento en silencio, él huyendo de esa mirada y su madre queriendo controlar aquella energía al no entender todos los sentimientos que se encontraban dentro de ella.

—¿Por qué me fue tan difícil esta vez volverte a ver? —habló ella después de un rato.

—Yo...

—Desde que fuiste un niño —le interrumpió —, desde que tengo memoria, eras tú quien siempre estuvo ahí para decirme que yo no estaría sola. —Mikoto calló, presa del nudo en su garganta, miró al techo tratando de controlar las lágrimas —Ni siquiera medio mundo de por medio fue capaz de detenerte, nunca hubieron excusas... Dime ahora, ¿cuál fue el motivo?, ¿por qué esta vez fuiste tú quien me abandonó?

—Madre...

—Debió ser algo muy importante.

Permaneció callado tratando de encontrar las palabras adecuadas para aquella madre desquebrantada que tenía en frente. Le tomó las manos y fue lo único que atinó a hacer. Su madre le levantó el rostro, buscando sus ojos y le besó la mejilla, lo abrazó fuerte y, sólo entonces, se permitió soltar aquel torrente de emociones que como madre soportaba. Sollozó en el hombro de su hijo y se calmó con sus caricias, como siempre había sido.

—Itachi, ¿qué pasó con tu cabello largo?, con aquella coleta que juraste de niño que siempre tendrías. —sonrió ligeramente mientras pasaba los dedos por su cabello.

—Necesitaba un cambio —dijo él ocultando y matando por dentro todo nerviosismo —, ¿te gusta?

—Te ves muy guapo.

Sin saber por qué, sintió un ligero alivio al escuchar aquello. Muy, pero muy lejos de presentar y demandar atención sobre su físico, aquellas palabras afirmaban que su madre no lo había descubierto. Que sí, que había vuelto a engañar de manera efectiva como siempre.

Pero así como aquel invierno que parecía eterno algún día concluiría, las mentiras habían de terminar también.

—Itachi... —dijo Mikoto con tono bajo y los ojos bien abiertos —, te está sangrando la nariz.

Sí, aquel invierno estaba dando su final.

[...]

Continuará...

[...]

Notas de autor:

Hola, muy pero muy estimados lectores y colegas. Como siempre feliz de estar aquí con este que es el capítulo más largo hasta el momento (6k).

Quiero agradecer cada una de sus lecturas y, por supuesto, sus comentarios, me encantan y me hacen feliz.

Personalmente agradezco a Val y Laura, que son seguidoras anónimas que suelen dejar sus cálidas palabras aquí, mil gracias, chicas. Por cierto, Val, alcancé a agradecerte en las notas de autor del capítulo pasado, un honor como siempre.

Sin más, me despido y nos leemos pronto.

-Alexis.