What If you should decide that you don't want me there by your side?

...that you don't want me there in your life?

What If I got it wrong and no poem or song could put right what I got wrong or make you feel I belong?


No sé cómo pude pensar que serías igual que tu hermano Itachi.

Para ser honestos, a Sasuke aquellas palabras le seguían calando el alma. Quizás ya menos y poco que antes, pero el sentimiento seguía siendo amargo.

Su padre se las venía repitiendo desde su primer logro, cuando a muy duras penas tenía conciencia de sus actos.

Debía admitir que él se lo había buscado. Jamás había tenido que lidiar con aquel tipo de maltrato directo gracias a la impecable protección de su hermano mayor, pero las cosas naturalmente habían dejado de ser así desde el día en que le gritó al mundo entero que ya no quería saber nada de él y que se las apañaría solo. El mundo entero rió ante aquello después de haberse expresado.

Ni siquiera Itachi, siendo aún un mocoso con dientes de leche, habría estropeado tan absurdamente un contrato... ¡Qué pena me das, Sasuke!

Tenía la boca seca y la saliva le comenzaba a saber demasiado agria cada vez que escuchaba una palabra más de su padre. Llevaba contados treinta y ocho minutos de sermoneo, y la cuenta parecía seguir sin fin.

Pero como veo que todo te está entrando por un oído y te está saliendo por otro... —dijo Fugaku con tono cansado —, tendré que tomar cartas en el asunto.

Entonces la cosa iba en serio.

¡Padre, puedo explicarlo! —protestó su hijo bastante alterado.

Su padre era de pocas palabras, y él ya lo había hecho hablar bastante. Era también de armas tomar, y cuando decía que entraría en acción, la mismísima Troya volvía a arder. Razón de sobra para brincar de su asiento casi en automático.

Reubicaré tu puesto, a uno más apto. —Enfatizó con desprecio Fugaku.

Padre, no me hagas esto. —Caminó lejos de su silla cuando vio a aquel hombre tomar el teléfono.

Retírate, te haré saber tu nuevo lugar de trabajo, niño.

Se retiró ese día y ya no había tenido el buen humor de ver a su padre para soportar de nuevo sus palabras. Era absolutamente agotador. Sasuke Uchiha, hasta esas alturas de su vida, se conoció afortunado de no haber pasado mucho tiempo con su padre mientras crecía.

Claro que en ese entonces, aquel niño abandonado que era, aguardó e hizo crecer un sentimiento tóxico en él, similar al rencor, que no le permitía ser feliz. Se sentía desdichado por el hecho de ser un hijo ignorado, comparado y despreciado por el hombre que le había dado la vida.

Se esmeraba, claro que lo hacía. Había empeñado, cada día de su infancia y todas sus energías para ser alguien mejor. Pero no llegó ni a ser igual.

¡Pero yo no tengo la culpa de que Itachi haya nacido siendo perfecto y yo no!

Recordaba esas palabras, el día en que las había dicho y, sobre todo, recordaba la razón. Se las había gritado a su madre cuando recibió una reprimenda de su padre después de haber sido simplemente el mejor de su clase. Su clase, no una o dos adelantadas, como su hermano.

Bueno, pero no perfecto.

Claro que él no se había atrevido a gritarle a su padre lo ofendido que estaba en ese entonces, pero su madre siempre era quién lo escuchaba, en las buenas o en las malas... Al menos en ese entonces.

—Al menos eso ha cambiado...

Suspiró frente al volante. Sasuke ya la estaba llevando bien. No era como si estuviera feliz o irradiando alegría (eso jamás), pero al menos estar encerrado dentro del coche todo el santo ya no le causaba ataques de histeria deseosos de estrangular cualquier cosa viva que se le atravesara.

No. Sasuke ya se consideraba una persona relativamente pacífica. Tenía unas 48 horas sin haber agarrado a golpes incluso a lo más insignificante. Él ya había superado la violencia.

Y ya se había acostumbrado al volante y a sentir los pedales en las plantas de los pies todo el día. Al oloroso aromatizante de vainilla, al tráfico, a los baches de las calles, las horas pico, a las personas que entraban y salían de su vehículo sin dirigirle una mirada, al rechinar del cuero cuando frotaba su espalda tensa en el asiento, a comer dos veces al día ahí mismo. En sí, ya se había acostumbrado a las órdenes de su padre.

Serás mi chófer, por mientras.

Habían sido esas palabras las que convencerían a Sasuke de que no se podía caer más bajo. Se vio obligado a leer uno de los cientos de libros de superación personal que Naruto alguna vez le regaló.

Obviamente Sasuke se manifestó. Inconforme, colérico e irreverente, le gritó al mismísimo Fugaku cuánto desprecio le aguardaba y lo infeliz que había crecido siendo su hijo.

Pero fueron seis días los suficientes para darse cuenta de que el costoso estilo se vida, del cual estaba crecientemente acostumbrado, no se pagaba solo, y que las tarjetas de crédito podían vaciarse con una sola palabra del patriarca.

¿Por qué seguía aferrado a estar ahí?, ¿por qué no simplemente renunciaba y reconstruía su vida? ¿Por qué no hacer lo mismo su hermano?

Oh, sí, porque dicho hermano le había pedido que se mantuviera firme ante aquella lucha. Todo aquello era suyo y debía estar al frente, según su propio hermano.

Pero sin saber nada de su madre por días, ni de su primo y mucho menos de su hermano, Sasuke volvía a caer en la depresiva soledad de la cual, creía, ya de estaba librando de a poco.

No lo fue. La casa sola por días se lo dijo. Ni siquiera cuando Itachi se encontraba fuera del país era así su situación, pero... ¿Por qué?, pues porque su hermano siempre estuvo ahí, sin estar físicamente, pero sin esconderse, manifestándose al menos unas cinco veces al día mediante mensajes de texto, llamadas o vídeos.

Y como todo lo que se va regresa, él iría antes de esto y se adelantaría al regreso de aquello que nuevamente le había abandonado.

Su familia. Aquella disfuncional y rota, pero la única que tenía.

Estacionó el auto y salió de él después de varias horas de "trabajo". Se adentró al interior de aquel que fue su destino desde que se dispuso a ya querer saber la verdad.

—¿Niño Sasuke?

—Señora Seiko.

Ella debía tener todas las respuestas.


Shisui era el integrante de la familia que siempre fue en contra de cualquier concepto establecido implícitamente como estándar.

Era sin duda su naturaleza. Desde lo naturalmente ondulado de su cabello, hasta su espíritu ligado a su ideología donde el bien común y la equidad eran sus pilares. Donde él veía por otros y amaba su nación.

A simple vista, y comúnmente, se le identificaba por un desvergonzado. No lo dudaba, él mismo hacía el esfuerzo por aquello. Pero era superior en inteligencia, ya que esta era ejercida adjunta a su impecable búsqueda de la protección hacia los suyos.

Pues resultaba que, fuera de lo ortodoxo en aquella familia, Shisui era un eterno inmaterialista que sólo pensaba en el bienestar del prójimo.

Y aunque su estilo de vida, muy aparentemente ante los comunes ojos de cualquiera, se basaba en la desmesurada búsqueda de la huída de sus responsabilidades, se retorcía en un humor pesado, rodeado de mujeres, coqueteando con cualquiera, presentable en exceso y coleccionando cochecitos de juguetes, sólo dos personas en sus años de vida habían conocido su verdadero espíritu noble.

La primera, su madre. Pero esta yacía muerta desde años atrás. Y la segunda era Itachi, su fiel y eterno amigo.

Su amigo, primo, compañero de vida en las buenas y en las malas, el que sería padrino de sus hijos, la primer persona que le inspiró protección, su hermano.

Tranquilo, Tachi, yo siempre te cuidaré.

No tenía la cuenta creciente de las veces que había dicho aquello en su vida. Sólo habían recuerdos latentes que se rehusaban a irse. Lo consideraba normal. No es que su filosofía le permitiera retener pensamientos negativos, pero aquello eran las pruebas del por qué las cosas habían terminado de aquella manera con los que se había esforzado tanto en proteger. No lo había logrado, pero Shisui estaba bien, no caía ni se derrumbaba por su evidente fracaso.

Proteger a aquellos dos era como salir de la atmósfera del planeta con la pura convicción.

Porque sí, Shisui les cuidaba, a Itachi y -aunque pareciera lo contrario- a Sasuke. Pero el monstruo que los había herido por tanto tiempo era inmenso e indestructible.

Al principio no parecía que habría tanto problema con el menor como lo hubo con Itachi. Todo pintaba a ser el hijo sobrepotegido y mimado de Mikoto, y al que dejaría vivir tranquilo Fugaku. Pero el daño fue mayor en él cuando la matriarca comenzó a dejarlos y Fugaku, en el desespero del abandono, tomó una actitud ambiciosa donde, temeroso de que sus hijos también se fueran de sus vidas, los hostigó y les privó de sus propias tomas de decisiones.

Pero él no era el único idealista soñador.

¿Qué fue lo que hiciste, comadreja idiota?

Le preguntó alterado, pero en un susurro, al jovencito que había entrado como intruso por su ventana a media noche. Llevaba golpes, tierra en las ropas, los zapatos raspados y los tirantes del pantalón colgando. Le vio alterado, seguramente por haber corrido entre tanta adrenalina, con el cejo fruncido y las pupilas de un lado a otro.

—Tranquilo, ven... —le guió hasta la cama— Dime qué pasó.

—Me interpuse entre una riña de Padre a Sasuke.

Sin sorprenderse, Shisui caminó al cuarto de baño y sacó su botiquín.

—¿Y ahora qué hizo el desgraciadito?

—Tiró la leche entre unos documentos... No importa, padre piensa que fui yo. Aún así... —calló cansado.

—No fue lo único que pasó. —Adivinó el mayor.

Los ojos de Itachi le dieron la razón.

—Tiene sólo seis años... No permitiré que Fugaku le destruya la vida como lo hizo conmigo. —Confesó con dolencia.

—¿A qué te refieres?

—Acordé con él ser su mayor herramienta, la pieza de juego que tanto necesita... Comienzo a laborar con él, en la empresa, mañana mismo.

—Itachi...

—No, Shisui, protegeré a mi hermano. Él tiene que llevar una vida diferente, sé que no arreglo todo, pero al menos Padre le dará el derecho de crecer libremente. Él lo prometió.

Shisui lo observó en silencio. No recriminándolo o tratando de convencerlo. La mente de Shisui, poco presumida como prodigiosa, iba más allá de tener a su pequeño primo delante suyo, a punto de quebrarse como tantas veces ya lo había hecho.

—Habrá que jugárnosla. —Le dijo con una sonrisa resignada.

Y con esa misma sonrisa, observaba ahora al bulto que había llegado unas horas atrás a su departamento.

La persona en cuestión de toda aquella guerra descansaba en el sofá de su sala. Sorprendentemente, y en contra de sus hábitos, Sasuke llegó sobrio, vestido de traje y corbata, y en santa paz. Callado y con mirada humildad, pasó por el umbral de la puerta cuando, consternado, Shisui le permitió la entrada. Pisó incómodo aquel terreno y, perdido en un retrato de Shisui con Itachi que había en la sala, habló bajito:

—Sólo me quedaré un rato.

El mayor dio su visto bueno con un par de refrescos y botanas. Pero el menor dejó en claro que él no estaba ahí ni por mero instinto de convivencia, ni para exigir algo. Era obvio, Sasuke había llegado ahí porque no quería estar solo. Ante la imagen, sólo se permitió a pensar en una sola cosa.

—¿Cómo es que fallamos tanto, Tachi?


¡Hermano mayor!

—Aquí estoy, Sasuke.

—Hermano, mira...apareció tan rápido como la luz a su lado ¡A que no adivinas qué es esto!

Itachi sonrió ante los ojos emocionados de Sasuke. La sonrisa tan grande y el cuerpo inquieto de su pequeño hermano le hicieron que el corazón le diera un retumbe de alegría. Observó lo que sus manitas con tanto esmero movían en un esfuerzo por ser vistas desde su diminuta altura, en ellas, una cajita mal envuelta con un lazo mal pegado se exhibía.

—¿Un regalito?

—¡Sí, y es para ti!

Enternecido, Itachi se cuestionó si algún día su hermano entendería que el único regalo era verlo crecer así de sonriente cada día. Era el mejor regalo cuando pasaba todo el condenado día en la oficina de su padre y llegaba a casa temprano para ver al chiquillo de cabellos rebeldes que tanto protegía.

—¿Para mí? —preguntó en falso asombro.

—Sí, hermano, ¡ábrelo!, ¡¿qué esperas?! gritó eufórico.

Itachi se sentó en el piso del porche (donde Sasuke lo interceptó a su llegada), y con su hermano dando brinquitos emocionados al rededor suyo, con suma delicadeza empezó a quitar el envoltorio. De papel periódico, dicho sea de paso.

—¡¿Por qué tardas tanto?!, ¡rómpelo rápido!

—Tranquilo, Sasuke. —Rió Itachi.Y le permitió (como si Sasuke le hubiera pedido algún permiso) que rompiera el empaque hecho a mano por él mismo. Alcanzó a observar que era una cajita de dangos lo que ocultaba el ya inexistente empaque, cuando bruscamente Sasuke se dejó ir sobre él en uno de sus impulsivos abrazos rodeándole por el cuello.

—¡Feliz San Valentín, Itachi!

E Itachi, lleno de dicha, atinó a cerrar sus ojos y disfrutar de su hermano. Le abrazó devuelta, fuerte y firme, y se levantó con él en brazos, asegurando y tonificando su sagrado abrazo. Pudo sentir el corazón de su hermano pegado a su pecho, su sonrisa pegada a su mejilla y la risita de emoción al oído.

—Gracias, Sasuke.

Le debía tanto.

—¡De nada!, fue el mejor regalo de tu San Valentín de este año, a que sí, hermano.

Realmente había sido el único.

A diferencia de su hermano, él no tuvo la dicha de pasar esa fecha al rededor de sus amigos en la escuela. Porque, bueno, Itachi no tenía una gran cantidad de amigos que pudiera presumir. Y para decir verdad, si nadie se esmeraba en darle ni siquiera un 'buenos días', entonces resultaba algo tonto esperar algún presente.

—Fue el mejor regalo.

—¡Lo sabía!

—¿Y a ti qué te han regalado el día de hoy?, de seguro tienes muchas admiradoras.

—Sí... Pero me han regalado sólo dulces. —bufó molesto.

—¿Y tú regalaste algo a alguien más?

—¡Sí!, al tonto de Naruto le regalé un sapo que me pidió hace mucho, pero fue difícil capturar el segundo.

Itachi rió ante el relato.

—¿Naruto te pidió dos sapos?

—No, el otro fue para alguien más... Bueno, hay una niña nueva en mi salón... creí que sería bueno darle un obsequio. Y Naruto me dijo que eso le encantaría, yo pienso que sí le gustó.

—¿Y por qué piensas que le gustó? —preguntó divertido.

—Porque sus ojos son tan verdes como ese sapo y porque le puse un listón rosa, a ella le gusta el rosa. —Respondió el chiquillo como si aquello fuera lo más lógico del mundo. Itachi no aguantó mucho más la risa.

—¿Te gusta esa niña?, ¿cómo se llama?

—¡No, no, qué asco!, es una molestia, hermano, ella siempre está llorando y leyendo libros, o con su amiga canturrona, la Yamanaka... Y no recuerdo cuál es su nombre.

—Ya veo...

—¿Y a ti, hermano?, ¿te gusta alguien?

—Bueno, no es com...

—¡Izumi! —interrumpió Sasuke —, te gusta Izumi de seguro. Siempre la veo contigo y es la única chica que he visto caminar a tu lado.

Izumi podría ser el único grano de arena que marcaría la diferencia en su desértica lista de amores en la infancia. Lástima que no fue correspondido, por él. Le había rechazado cortésmente y ella entendió.

—Tonto hermano pequeño, Izumi es una amiga.

—¿Y te regaló algo?, ¿o tú a ella?, porque hoy es el día de la amistad también.

Hizo gala del amplio conocimiento del tema que había adquirido en el colegio. Emocionado por la fecha, Sasuke se moría por compartir su día con Itachi.

—Pues no... Quizás la vea la semana próxima.

—¡Hermano, ya no será San Valentín! —gritó desconcertado Sasuke.

—Es que hoy lo quiero pasar contigo.

Los ojos de Sasuke se abrieron fuertemente y una natural sonrisa salió de él.

—¿No regresarás hoy a la oficina entonces?

—No, me quedaré contigo a jugar y quizás vayamos al cine, o al parque, a donde quieras.

—¡Yes! —gritó sobrecargando demasiado el último sonido de la palabra.

Le bajó de sus brazos y le revolvió el cabello.

—Ve a quitarte el uniforme en lo que preparo algo de comer.

—Sí, hermano... Por cierto, le debes los dangos a mi tía en la dulcería. —corrió pero se detuvo en el inicio de la escalera. —Ah, y sólo recuerdo que la niña nueva tiene el nombre de un árbol rosa...

¿Árbol rosa?

¿Sakura?

Sí, Sakura.

Sakura Haruno. La muchachita de la misma dulcería tradicional del veinticuatro de diciembre.

¡Sakura, hermano!

Aterrado, observó que el pequeño encanto había desaparecido, cambiando a ser uno con más años, malhumorado, borracho y con una botella quebrada en una mano y una más a medias en la otra. Amenazante y a paso firme caminando hacia él. Tal cual la última imagen que tenía de Sasuke de pocos días pasados.

¡Era ella y me la quitaste!

¿En qué momento aquel recuerdo (porque sueño no era, aquello completamente había ya pasado) se convertiría en la materia que sus miedos aguardaban?

¿Hermano? — volteó a la voz que le llamaba, aquella de unos cinco años que hace momento tenía en sus brazos. El pequeño Sasuke se encontraba al otro extremo de la habitación.

¡Vayamos a capturar gatos! —Decía el pequeño mientras corría de un lado a otro.

¡¿Por qué tenías tú que traicionarme de esta manera?!

— Eres el mejor hermano.

—¡Eres igual a todos, a madre, a padre y a cualquier idiota egoísta en este asqueroso mundo!

—Basta. —pidió retrocediendo.

¿Por qué nunca tienes tiempo de jugar conmigo?

—¡Ya estás muerto para mí!

—¡Siempre tengo que hacer mi tarea solo!

—¡Te odio, maldito!

—Basta...

¡Por tu culpa padre nunca ve mis esfuerzos!

—¡Me quitaste al amor de mi vida!, ¿que no ves que era ella?

—¡De ojos verdes, hermano mayor!

¡Sakura! —gritó el muchacho dando un largo trago al alcohol.

¡Sakura, hermano!, era ella desde un principio. —dijo el niño, a un lado de su figura adulta. Claro, si a eso se le podría denominar 'adulto'.

¡Sakura Haruno!

—¡Basta!

De pronto, el frío calante del lugar pareció menguar. Su corazón comenzó a buscar la estabilidad del ritmo y su estómago liberaba el tenso nudo que el miedo había formado. Vio a su niño adorado correr en círculos gritando y creando ecos perturbantes por toda la habitación.

—¡Es hora de despertar, hermano!, ¡es hora de despertar!

Curiosamente, vestía sus pijamas y llevaba su dinosaurio de peluche en el brazo. Su Sasuke "mayor" ya no se encontraba en el perímetro, pero una tercera voz llegó a inquietarlo aún más.

Es hora de despertar.

—¿Sakura?

¡Sí, era Sakura! —se escuchó a su lado.

El Sasuke mayor había reaparecido muy cerca de él, con un revólver y las ropas manchadas de sangre. Apuntó a su propia sien y presionó el gatillo con las lágrimas empapando su rostro.

Los pedazos y sangre de la cabeza de su hermano menor sobre él fue lo último que vio antes de despertar.

Aterrado y en el ombligo de la bestia del pánico, Uchiha Itachi despertó del largo sueño esa noche.


Cuando escuchó el primer quejido pensó que era obra de su imaginación. No habían sido fáciles aquellos días, y el pensar que perdía de a poco la cordura no sonaba tan descabellado. Ya habían pasado casi tres días en los que todo parecía degradarse a su alrededor, no se extrañó tampoco si ella también caía junto con todo.

Al fin y acabo, sus esperanzas y anhelos dependían de un monitor que marcaba los latidos errantes de la persona más importante en su vida.

Porque sí, tuvo tiempo de sobra para reflexionar sobre sus sentimientos y el ritmo que su vida había tomado gracias a él, aquel muchacho que tenía en frente, dormido y luchando contra tantas cosas.

¿Le amaba?

No sabría responder aquello. Pero ya no era la chiquilla con uniforme escolar que confundía las emociones y negaba un sentimiento nuevo por vergüenza o pánico escénico. No, ya no se encontraba en el patio de la escuela con obsequios del que supuestamente sería el amor de su vida. No, ya no estaba para amores infantiles de tres días, ni relaciones tóxicas como la última que tuvo con Sasuke.

Sakura había soñado toda su vida con un amor completo, con quien cambiaría los colores de su vida, con quien encontrara una espiritual conexión y no una simple atracción de tiempo limitado.

Y tras tantas horas contemplando el rostro dormido de Itachi, supo que era él. Él se lo había dicho sin palabras. Tonta ella que había pasado tanto tiempo sin descubrirlo. Llevaban casi dos meses ya viviendo juntos y parecía ya ser una vida entera.

El problema era que Itachi había pasado demasiado tiempo siendo ausencia en su realidad. Y ella en la de él.

—Sé que estás cansado ahora...—le tomó la maltrecha mano y la pegó a su mejilla, sintiéndola, fría y maltratada por el catéter.— Pero ya es hora de despertar.

Por poco se le salía un grito cuando los dedos de Itachi se movieron ante sus ojos. Pero sólo eso, un movimiento efímero, un reflejo dormido. Salió de la habitación ignorando un segundo quejido.


Cuando iba de regreso a la habitación, se topó con ella en el pasillo. Le vio ahí de nuevo, seguramente otra vez no se había ido a dormir a su casa. Era aquella mujer, la tenía en frente y aún no se creía que era ella aquella de la cual pensó, sería todo, menos el personaje con aura inalcanzable y superior que le rodeaba.

—Buen día, señora Mikoto.

Ofendida por la palabra dirigida, la Uchiha clavó su mirada indiferente en ella, por puro afán de incomodar.

Estaba furiosa, molesta y aquel lugar con aquellos empleados, no hacían más que desprestigiarla como madre de un paciente. Sakura lo sabía, le comprendía, no era fácil... Y tampoco era como si la aprobación de aquella mujer le quitara el sueño. Dispuesta a no ser más agredida, continuó su paso, justo como desde el primer día, digno y firme.

—Espera, ¿cómo está mi hijo?

Sakura, con su amplia experiencia como médico, podía jactarse de conocer el dolor puro de una madre cuando su hijo se debatía (severamente o no) en un hospital. Era lo más desesperante enfrentar a los ojos de quien espera por noticias de un familiar allá fuera. Pero Mikoto había pisado ese lugar para marcar una diferencia. Aún cuando el apellido le exigía no rayar en lo común, ni bajar a tal grado de humildad, cuando la Uchiha hablaba de su hijo, no era capaz de ocultar su abatido dolor.

—Itachi está estable, señora.

No fue capaz de reprimir el malestar que le causaba presenciar la confianza con la que aquella muchachita pronunciaba el nombre de su hijo.

—¿Y cuándo despertará?

—No sabría decirle...

—¡Qué novedad! —alzó sarcásticamente la voz—, si en este hospital nadie sabe decir nada, ¡no hay alguien capaz de informarme el padecimiento de mi propio hijo!

'Vaya, ya se estaba tardando esta mujer.'

El resto del equipo de trabajo que se encontraba en esa sala voltearon a verla ya no tan sorprendidos. Al menos unos cinco escándalos al día se habían manifestado de aquella mujer en los últimos días. Ya ni caso se veía decirle que se encontraba parada en un hospital. La última vez que esto pasó, ella amenazó -ridículamente- con clausurarles el chistecito de servicio que tenía.

Hasta que, un mal día, se encontró con la presencia de la dueña de este.

Tsunade llegó el mismo día en que Itachi volvió a ingresar. Gravemente decaído, según los informes. Se encontró con el espectáculo del pero de los mercados urbanos en su prestigioso hospital. ¿La razón?, una influyente y poderosa licenciada en derecho, la cual su apellido pesaba desmesuradamente entre el ámbito de acciones y negocios, había llegado con su hijo inconsciente tras un inexplicable (para ella) desmayo. Aterrada, miró cómo su hijo era atendido y ella ignorada. Cuando por fin alguien pareció escucharla, las palabras que escuchó fueron las que le llenarían de cólera el organismo.

Lo sentimos, señora, no podemos informarle el estado del paciente.

¿Por qué?, era su madre, ¿qué clase de lugar era aquel?

Somos un hospital privado de alto estándar, por lo cual, debo informarle que en Cumbres de Konoha tenemos la obligación de ver por nuestros pacientes y asegurar su bienestar, tal como satisfacer sus necesidades y cumplir con sus peticiones, el paciente en cuestión, Uchiha Itachi, claramente nos proporcionó, estando bajo sus óptimas condiciones mentales, la orden de mantener su caso completamente confidencial, él sólo nos dio una lista de personas autorizadas... Y su nombre no está en esa lista.

Y no es como si Mikoto no pudiera tener ni un poco de empatía hacia los empleados inocentes de las políticas de aquella institución, o de los deseos de su hijo, pues ella más que nadie comprendía la importancia del cumplimiento laboral, pero nadie le dijo que sería fácil ser descalificada para su principal labor como madre.

¡Pero nadie le privaba de nada que ella no haya decidido no hacer antes!

Porque sabía que aquella situación podía haber sido completamente prevenida, pero no, ella no cumplió con los estándares necesarios como madre para que aquel hijo (y el otro) no depositaran su confianza en ella. Ni siquiera en una situación de vida o muerte, claro estaba.

Uchiha. Llamó firme la más importante médico del país.

La mencionada volteó y la reconoció, tal como Tsunade a ella. Pero se apresuró en esconder el asombro. Siempre le pareció molesto el elogio de la gente hacia la existencia de esa mujer... Ella no le daría tal placer.

Groseramente, Tsunade no le dejó terminar con sus amenazas y habló ella primero.

Es este, por si no te has dado cuenta, un hospital. Compórtate como tal.

Entonces exijo lo mismo, como hospital, deberían informarme sobre el estado de mi hijo.

Esa información está restringida por el mismo paciente y nosotros tenemos la obligación de...Intervino la misma trabajadora que minutos antes le repetía lo mismo.

¡Que soy su madre! gritó en un desespero mientras giraba hacia aquella secretaria o sabrá dios qué clase de puesto ejercía además de repetir el mismo argumento memorizado una y otra vez.

¡Basta!, si quieres saber de tu hijo, ven a mi despacho.

Tsunade no le informó nada. Había sido en vano aquella humillación pública.

Entonces, ¿con qué cara le exigían ahora respeto por el lugar?, ni Sakura ni ningún otro empleado de aquel cuerpo institucional tenían la culpa, era cierto, pero le parecía inhumano el estado en el que le tenían.

—Lo siento, señora Uchiha, será hasta que Itachi despierte para que usted pueda hablar con él. —Dijo con pena la Haruno.

Emprendió su retiro, pero las palabras de Mikoto a su espalda le hicieron girarse.

—¿Qué relación tienes con Itachi?

Se quedó en silencio un rato ya los ojos le respondió: —Es mi paciente.

Mikoto soltó un bufido burlesco y, molesta, volteó el rostro.

—¿Me crees tonta, niña? —enfatizó Mikoto— Sé muchas cosas, tengo otro hijo, tu ex pareja, por cierto.

—Sí, ahora que tengo la oportunidad de conocerla, no cabe duda de que Sasuke es hijo suyo.—Soltó con desprecio.

Dejando a una Mikoto consternada, molesta y en cólera, se retiró no mejor que ella.


Entró ahogada en bilis a la habitación. Se dirigió a la mesita de noche y observó los documentos de la medicación siguiente, con el único objetivo de despejar su mente y distraerla en algo más que no fuera el reciente encuentro con la Uchiha. Los papeles no lo lograron, pero el quejido prolongado del que yacía en la camilla sí.

Y justo cuando Sakura volteó, el pecho de Itachi subía y bajaba salvajemente en un intento de respirar por cuenta propia. Tiraba movimientos torpes con los brazos, sin moverlos mucho realmente y el cejo se fruncía en clara muestra de dolor.

—¡Itachi!—Corrió Sakura a su lado.

Los ojos del Uchiha ya estaban abiertos y la mano hacía esfuerzos por retirar a cuenta propia el tubo que su garganta tenía incrustado. Con pánico, enfocó sus ojos en Sakura.

Quizás aún no despertaba del todo, o el sueño había sido demasiado real, pero Itachi rehuía de su tacto como si este quemara.

—¡Tranquilo, Itachi, te lastimarás!

¿Tranquilo?, claro, cómo no se le había ocurrido tranquilizarse.

Y sí, efectivamente, cuando el tubo le fue removido, un ácido líquido salió en la primer arcada que le ocasionó. Alcanzó a voltearse un poco y no tirarse el vómito en la cara. Miró que Sakura tomaba el teléfono de la pared y le informaba a Tsunade de su despertar, después, perdió un poco las fuerzas. Sintió la presencia de la Haruno demasiado cerca cuando miró sus manos sosteniéndolo por el pecho, entonces realmente despertó.

Le tenía, ya se había acabado la pesadilla.

Alcanzó poner su mano sobre las de ella antes de caer en un sueño tranquilo y momentáneo.


Pisó corriendo el hospital. Llegó en menos de quince minutos, cuando su departamento se encontraba al otro lado de esa ciudad que pintaba en su manto un cielo gris que, después de haber recibido la llamada de la médico de su primo, este, pese a su color, tomó tintes alegres; su primo había despertado.

Pero su campante andar se vio afectado cuando la presencia de su tía Mikoto estuvo en el mismo pasillo que él.

Había sido tan buena la noticia que olvidó el pequeño detalle de las raíces que su tía había plantado en aquel hospital en calidad de manifiesto. Había logrado estar al pendiente sin estar en el hospital y que su tía le descubriera.

—No me sorprende verte aquí, Shisui.

Demasiado tarde por si a caso la idea de esconderse había cruzado la cabeza del muchacho.

—Tía...

—Sabía que eras tú uno de los que tienen el privilegio de conocer el estado del protegido Uchiha Itachi. —Dijo en un dolido sarcasmo Mikoto.

Shisui quedó en silencio, observando a un lado. Él nunca estuvo de acuerdo con las decisiones de su primo, ni la manera en que hacía las cosas, pero, muy en el fondo, lo entendía.

Bastaba con ver el dolor puro en los negros ojos de su madre para comprenderlo.

—Al menos... Al menos tú dime cómo está él... ¡¿Qué tiene mi hijo, Shisui?!—se quebró en un desgarrador llanto.

Por poco estuvo en que sus rodillas tocaran el piso, cuando los brazos de su sobrino le sostuvieron.

—Tranquila, tía... Usted lo sabrá, la comadreja bastarda ha despertado.


—¿Qué es lo último que recuerdas?

Si un muy oculto abatimiento ocasionaba aquella pregunta en Itachi, el tacto de la mano de Sakura en la suya le hacía tranquilizarse.

—Yo... Recuerdo a mi madre en el departamento, después me sangró la nariz, después ella me tocaba la cara con miedo... Creo que también sangré por la boca... Y no recuerdo más.

La Haruno le acarició la cara, retirándole los largos mechones de la frente. La caricia nata que lograba sacarlo de su más profundo dolor.

—Ella está afuera. No se ha ido desde aquel día.

No lo pudo ocultar, ambas noticias le sorprendieron y alteraron un poco.

Ya se encontraban solos y la tranquilidad que abundaba en la habitación, esa que se debía a verle despierto y relativamente bien, le hicieron darse cuenta de que el estrés cobraba factura. Afortunadamente, y con el acomodo correcto, ambos descansaban en la misma camilla.

La habían librado.

Ambos. Porque Sakura insistía en inmiscuirse en sus desgracias. Así como ahora en su cama.

—¿Ella...?

—No, se ha respetado tu petición, pero ella insiste en hablar contigo.

—Entiendo...

—Sabes lo que pienso al respecto. —Le dijo suavemente, mientras se levantaba y caminaba hacia la ventana.

—Hablaré con ella.


NOTAS DE AUTOR:

¿Qué tal mis estimados leyentes?, me disculpo si tardé un poco, he tenido una temporada ocupada.

Si no nos leemos pronto, ¡que tengan un lindo mes del día del amor y la amistad!

Sí, sí, lo sé, así de cursi debería ser con la historia, ¡Jaja!

Un abrazo y nos leemos pronto.

-Alexis.