So... so you think you can tell heaven from hell?
Blue skies from pain?

Can you tell a green field from a cold steel rail?
A smile from a veil?

Do you think you can tell?


Un sentimiento nuevo había nacido ese día, uno funesto, trágico y triste.

Respiraba y se llevaba con él todo el aire, dejando a Sakura en un entorno asfixiante donde sentía que no dudaría mucho viva. Había nacido, había llegado a la vida de la Haruno fuerte y demandante, como la desgraciada tormenta que arrancaba uno que otro árbol en un pueblo inocente, como las turbinas de los aviones que fallaban en medio de un vuelo, como el hambre del que morían personas, como el mismo ser humano que destruía su propia naturaleza o como la mismísima guerra. Brutal, atroz, despiadado, así era ese sentimiento.

Ya siendo noche, abrió la puerta de su departamento y aquel sentimiento ya le esperaba con los brazos abiertos y la cena servida. Había vuelto sola.

Sin Itachi, sin esperanza.

Sin amor.

La comadreja se había ido, no estaría esa noche en casa. Y algo le decía que ya no lo estaría más. Era el maldito sentimiento ese el que le metía esas ideas en la cabeza porque, claro, había nacido con un vocablo integrado.

Tenía un caos en su vida y todo estaba mal. No estaba Itachi al abrir los ojos con esa afable sonrisa bondadosa que le ordenaba todo el desastre como arte de magia.

"Itachi es magia. Es amor", le decía su sentimiento opuesto, el esperanzador, el que estaba casi extinto y olvidado por ese día.

Pero él se había ido, y ella no sabía a dónde.

Dejó caer las cosas al piso, luchando contra la idea de dejarse caer también, derrumbarse y que la vida se la llevara hasta que alguien viniera a salvarla. Pero ella sabía que nadie lo haría. Nadie más que ella. Así que limpió sus ya secas lágrimas y preparó la tina con agua caliente, bajó antes a comprar la cena, malvaviscos, dulces y una botella de vino tinto. Cenó en la mismísima tina y rió de ella misma ante la escena, hasta que llegó su esperada visita de todas las noches y le abrió la ventana, permitiéndole el pase y acariciando sus orejitas heladas le habló:

—Bandido, ¿tú también le extrañas?

El gato flaco le miró con los ojos bien grandes y negros, con ronroneos se acercó por la orilla y repegó se cuerpo en la mano de Sakura que descansaba al exterior. Ella rió y se sirvió otra copa.

—Es un imbécil. Como su hermano, pero de distinta forma.

La luna se ocultaba desde su ventana tras unas espesas nubes, hacía un aire demasiado fresco, y había un inusual tráfico activo en la calle de abajo, el ruido le relajaba, hacía que el silencio de la casa no le taladrara tanto el alma y una última lágrima rebelde salió de ella al cerrar los ojos.

Los recuerdos se hicieron presentes después de tantos previos avisos. Recordaba claramente como el meridiano quedaba lejos cuando llegó a su habitación y le vio esperándola, le recibió con una sonrisa y ella le dijo lo feliz que estaba de verlo despierto, ahí, bien y con ella, se lo dijo con un abrazo que él correspondió con las fuerzas que a penas tenía después de su largo sueño. Estuvieron charlando, abrazados, hasta que él quedó dormido en los brazos de ella. Durmieron por un rato, ella sintiendo la respiración de él en el cuello y él sintiendo las células regenerarse en el refugio que había en un pequeño hueco entre sus hombros y su cuello, hecho para él, justo a su medida y sus necesidades.

—Estaba cansado... de todo. —Murmuró bajo— ¿Crees que estoy siendo injusta con él?

Quizás sí, quizás no, pero al despertar él le informó que ya había llegado el momento. Le confesó que no quería, pero ya no podía seguir ocultándole más la verdad a su familia, que no podía tener a su madre toda la vida esperándole ansiosa por la verdad. Le dejó solo cuando él se lo pidió y ella le dijo era la persona más fuerte que había conocido y le dio un último abrazo, entonces sucedió lo ansiado.

Él le besó. Capturó sus labios con los de ella y tembló cuando los tuvo tan cerca. Ella le correspondió y ambos rieron frente al otro.

Eran felices, a pesar de todo, en medio de la tormenta hacían calma.

—Salí, fui por un café, desayuné, después de una hora volví y...

Y ya no estaba. Las sábanas estaban abandonadas y la camilla vacía, las enfermeras de un lado a otro y Tsunade a punto de explotar.

Escapó.

Fue lo único que salió de la boca de Tsunade antes de retirarse de aquella habitación y tirar maldiciones a diestra y siniestra. Lo dijo claro antes de tirar con furia los papeles que cargaba en una mano y sin ver a nadie mientras salía, pero Sakura sabía que esas palabras eran dirigidas a ella bajo un significado cómplice no tan oculto.

—Ni siquiera se despidió de mí, Bandido.

Se ahogó en un llanto reprimido cuando pasó el día entero buscándolo y no lo encontró. Sólo de algo estaba segura:

Yo no sé dónde está, Sakura.

Mikoto Uchiha mentía. Oh, sí que lo hacía. Y ni siquiera se dignaba en ocultarlo un poco mejor. Porque, casualmente, Itachi desapareció cuando se dispuso a hablar con ella, después de eso, la señora salió con la misma elegancia y el mismo aire altanero pero tranquilo de siempre.

¿Dónde había quedado la prepotencia?, ¿en dónde había dejado aquella desesperación?

—¿No te parece extraño, Bandido?

Ansiosa por escuchar el maullido en respuesta, se vio interrumpida por el sonar de su teléfono móvil. Reconoció el número de aquel quien le había informado temprano que su Itachi estaba bien, que no se preocupara tanto, aquel cómplice de la comadreja, pero también de ella.

—Shisui.

¿Has sabido algo de él? —se escuchó del otro lado.

—Deberías preguntarle a tu tía. —Dijo con reproche.

Sakura, no me dirá nada... Yo no le dije nada, ella no lo hará.

Era lógico. El rencor era de lo que se alimentaba la mayoría de los integrantes de esa familia.

Si sabes algo más de él, dímelo, por favor, ¿sí?

—Lo haré, igual tú.

Dio por terminada la llamada cuando el pendiente volvió a ella. La efímera esperanza que llegó junto a la llamada del Uchiha se esfumó cuando se dio por enterada del motivo; salir de dudas igual que ella.

—Es un maldito, Bandido. Mira que tenernos de este modo.

¡Qué desconsiderado!

[...]

'Que tus sueños sean siempre más grandes que tus miedos.'

Caminando por los pasillos amplios y luminosos del hospital leyó aquello esa mañana mientras salía desapercibido de él.

Sueños, miedos...Miedos. Uchiha Itachi tenía poco de haber aceptado sus miedos. Sí, los tenía, varios y definidos, y eso no lo haría menos hombre.

Eso lo hacía más humano.

Lo comprendió, se lo había dicho Sakura una noche de tantas en las que las horas se le iban con ella en una plática cerrada y larga.

Aceptarlos es el primer paso para vencerlos, Itachi.

Y los había aceptado, los estaba venciendo. Pero nadie le advirtió lo duro y difícil que era aquello.

Porque de niño tenía miedos que no debían ser de un niño y se aferraba a la idea de que algún día crecería y todo estaría en orden, sus miedos y preocupaciones lo estarían, que su vida lo estaría. Que llegaría a la edad en la que sus miedos se verían justificados y no desubicados por unos cortos años, sin embargo, nada de eso fue así.

Porque aún cuando se pudo reconocer como adulto, seguía sintiéndose como el niño desprotegido que siempre fue.

Y entendió que la sensación de miedo era inevitable a cualquier edad.

Aún eres un niño.

Escuchar aquello en ese preciso instante le hizo sentir la piel de gallina. Como si sus pensamientos se hubieran salido de su mente, como tal cuales intrusos eran, y alguien más los hubiera encontrado.

Era su primo, quién le conocía los pensamientos aún cuando simulaba estar durmiendo.

Abrió los ojos y le encontró sentado a los pies del sofá donde él trataba de descansar. Desde su posición, Itachi sólo podía ver su ondulada cabellera, la pantalla del móvil que reflejaba la carrera de un videojuego de carros y sus piernas flexionadas.

¿No irás a la junta que organizó el Consejo?

Extrañado, Shisui respondió con otra pregunta.

¿Tú cómo sabes de eso?

—Me siguen llegando los avisos al correo.

—Oh...—guardó silencio con el ceño fruncido— No, no iré. Ya sé de qué se trata, y no quiero estar presente mientras le dan empoderamiento al idiota de Tobi... Tu padre está desesperado para hacer algo como eso.

Shisui sonaba particularmente molesto, y eso era raro en él, pues Itachi sabía que los temas con la empresa eran delicados, pero no influían de tal manera en su persona ni afectaban el característico carácter alegre de su primo. Era algo externo (y nuevo, al parecer) lo que tenía a Shisui así.

También supe que Sasuke fue a buscar a la señora Seiko.

Shisui pausó el juego, sin embargo, su mirada no volteó a él. Con el ceño fruncido y la mirada fija en la pared de frente, preguntó:

¿Y eso cómo lo supiste?

—La señora Seiko fue a verme después.

—Ya veo.

Volvió a su juego en silencio e Itachi entendió; estaba molesto con él. Era fácil, Shisui se la había puesto fácil, ni siquiera había querido verle a la cara. Pero antes de pronunciar cualquier palabra, Shisui habló.

Sasuke sigue tan engañado como siempre, puedes estar tranquilo.

Se removió incómodo tras escuchar esto mientras que el sonido del motor ficticio que simulaba el aparatejo de Shisui era lo único que se escuchaba en el departamento.

¿Desde cuándo hay mentiras entre nosotros?

—¿De qué hablas?

—¿Por qué me tratas de ocultar todo esto?, ¿desde cuándo?

Y por fin, la pantalla del teléfono mostró fin de la partida y él volteó en dirección a la comadreja.

Desde que estás muriendo y te empeñas en rechazar todo lo bueno que podrías tener.

Dijo Shisui directo y crudo, a los ojos y con la mandíbula apretada.

Yo no...

—¡Ah!, ¿no lo haces? —interrumpió sarcástico—, porque entonces dime, ¿qué haces aquí?

¿Te molesta que esté aquí? —preguntó ofendido y tras el silencio de Shisui, se levantó —Era más fácil pedir que me fuera.

¿En serio crees que no quiero que estés aquí, en mi departamento?

—Eso parece.

—Pues no, simplemente me molesta que sigas aferrado al sufrimiento y niegues la oportunidad que tienes por ser un poco feliz.

—Tú lo has dicho, sólo un poco... ¿Por cuánto?, ¿tres meses?, ¿seis a lo mucho?

—¡¿Y qué?! —gritó Shisui al momento de ponerse de pie— Así sean dos días, te estás negando a ti mismo el sentido de la vida.

Shisui, ya basta, mira yo...

—No, Itachi, estás llegando al límite y lo único que haces es huir, ¿le dijiste a tu madre que estás muriendo? ¿a tu hermano?, ¿sabe Sakura que estás aquí?, ¡No!, no porque el joven genio Uchiha huyó esta mañana del hospital y vino a refugiarse aquí.

—¡¿Y qué quieres que te diga?!, ¡si ni siquiera yo sé qué es lo que quiero escuchar!

—No puedes quirarle el derecho a tu familia de saber que te mueres, ni a Sakura de quitarle al hombre que quiere.

—No es momento para eso, mi madre está en disputa con Uchiha Royalties, mi hermano no quiere saber más de mí y Sakura sólo está confundida.

—¡Tu madre te llevó al hospital cuando te desangraste y desmayaste en sus narices, tu hermano te necesita y te busca y Sakura te quiere!, ¡al diablo los demás momentos!, es momento de que pongas de tu parte, imbécil egoísta.

Le gritó tan fuerte y tan cerca del rostro que Itachi no pudo evitar cerrar los ojos.

Shisui estaba tan enojado como nunca lo había estado con alguien y, en el fondo, le sorprendía saber que era su primo con quien llegaría a ese límite.

Eres un egoísta de mierda que lo único que busca es no salir de su área de confort...—comenzó a decir ya sin gritos, disfrutando de la liberación de ira, con las venas del cuello y sienes saltadas, demasiado cerca del oído de su primo, hasta que este le interrumpió.

Cállate, no sabes de lo que hablas.

Claro que sí, te acostumbraste tanto a sufrir en silencio que te cuesta trabajo ahora hacer algo para arreglar todo... O quizás tengas miedo de ser el centro de atención de los que te quieren.

Itachi tensó la mandíbula y apretó los puños.

—Es eso...—sonrió de lado mientras lo miraba con los ojos entornados— Claro que es eso, di en el clavo, tienes miedo.

Los hombros del menor se tensaron ante la mirada atenta de Shisui. Su rostro estático y el pecho arrítmico le dijeron a Shisui que ya había sido suficiente.

¿De qué tienes miedo?, ¿de intentarlo?

—Tengo miedo de fallar. —Le habló frío y molesto cuando se atrevió a mirarle a la cara.

Dicho esto, apartó de un brusco empujón a Shisui de su camino, tomó su chaqueta y azotó la puerta.

El aparatejo que había quedado en el olvido sonó y mostró el Game Over cuando el silencio llegó junto al azote de la puerta. Volteó a él y supo que se había pasado de la línea, se había equivocado y que, sea lo que sea que fuera a pasar, no sería nada bueno.

Y no lo fue. Itachi cumplió, se fue, compró un boleto de autobús y se fue al primer lugar disponible en ese mundo para poder despejar la mente turbia que venía cargando desde siempre.

[...]

—Fue mi culpa.

—No, hijo, él tenía que hacer esto.

—¡Él no puede hacer esto!

—Él estará bien, y si no, solo volverá. —Le decía la vieja con tono dulce.

—¡Pero ni siquiera sé dónde está, abuela!

Seiko se levantó y fue a prepararse más té. El jazmín impregnaba el lugar junto al estrés de Shisui y ella no podía hacer otra cosa más que conmoverse de la inparable nobleza de su nieto.

—Debes estar tranquilo, Itachi siempre ha sabido ser fuerte.

Le ofreció la taza de té y se sentó a un lado suyo, abrazándole con un brazo.

Así había sido Shisui siempre, tan parecido a su madre, tan preocupón como ella. Su hija había muerto hace mucho, pero le dejó el mejor regalo de todos; Shisui.

El muchachito tenía un gran ángel, un corazón inmedible y el espíritu de quien crea una barrera de protección con una sola mirada.

—Es mi culpa, abuela... ¡Él fue a buscarme cuando más me necesitaba!, pero yo estaba tan enojado y le dije tantas cosas.

—Tranquilo, tranquilo.

Instintivamente, el cerebro de Shisui comenzó a ser certero y a funcionar de la eficiente manera de siempre. Si Seiko se encontraba tan tranquila y segura, en una situación donde la tranquilidad y seguridad quedaban automáticamente descartadas, era por algo. Dejó la taza de té y llevó sus ojos dudosos a la vieja.

—Tú sabes de él, sabes dónde está, ¿cierto?

Seiko sólo rió y le acarició una mejilla. Shisui, irritado, esperó que terminara el largo trago que le daba al té para afrontarla. El silencio otorgaba, y la sonrisa burlesca de la vieja le delataba.

—Vino a buscarme, sí. Estaba desesperado.

—¿Y a dónde fue?— preguntó de inmediato.

—Me hizo prometer que no le diría a nadie.

Shisui miró indescifrable a aquella vieja. ¿Les estaba jugando una broma?

—No estoy de humor, Seiko.

No, no lo estaba. Llevaba todo el maldito día buscándolo como loco y toda una vida alado de la comadreja desgraciada aquella, toda una vida creciendo junto a él, e incluso Shisui admiraba la determinación y control de la situación que Itachi mantenía siempre. Era ahora donde comenzaba a dar problemas.

Al final de su vida...

Pues no resultaba tan injusto viéndolo desde ese punto.

¡Pero no!, había esperanza aún, muy muy debajo y muy muy bajas, pero las había. Porque Shisui se había hecho a grandes logros, se conocía por ser uno de los Uchiha más exitosos, pero nadie sabía que aferrarse a lo diminuto e imposible había sido la clave de cualquier éxito.

Era un idealista. Le gustaba inventar métodos para lo perdido, ir fuera de lo común y, sobre todo, jamás perder las esperanzas. Jamás. Perderlas, jamás.

¿Pero qué más se podía esperar de Itachi?, si el individuo sacrificaba hasta sus horas de sueño por cumplir con cualquiera, menos con él mismo.

¿Se le podía pedir algo a alguien que ya lo había dado todo?

—Itachi es un genio —dijo de repente tras haber sido ignorado por Seiko—, pero desafortunadamente no sabe hacer algo por él mismo.

Eso pareció funcionar, Seiko volteó atenta a él; ella pensaba lo mismo.

—Pues ya es hora de que aprenda, ¿no crees?

Escuchar aquello era inaudito, era, para Shisui, de difícil entendimiento.

—No lo hará, créeme. Y si quisiera, es poco el tiempo que tiene... ¡No puede estar solo!, ¡¿Por qué es tan difícil de entender eso?

A Seiko se le partió el corazón al escuchar la voz quebrantada de Shisui mientras apretaba sus puños en los ojos. Estresado, deshecho.

—Tranquilo...

—¡No!, ¡¿Cómo es que todo mundo está tranquilo?!, ¡¿Cómo es posible que Mikoto esté peleando ahora por propiedades y dinero y no por la vida de su propio hijo?!

Comenzaron las lágrimas a hacer acto de presencia, el rostro de Shisui fue la sede de esto.

—¡Fugaku empoderándose y Sasuke vagando por la vida!, tú aquí bebiendo té e Itachi echando a la borda su vida en cualquier lugar...

Lo vio doblarse ante ese llanto frustrado que había reprimido tanto. De manera tóxica se había acumulado en él y hasta ese momento supo lo mucho que necesitaba liberarlo. Seiko quedó en silencio luchando internamente, mientras que el mayor soldado de su vida caía frente a ella.

—Shisui...

—¿En qué carajos se ha convertido este retorcido mundo?, todo mundo está tranquilo mientras él muere.

Le dijo con ojos suplicantes. Como aquel niño que una vez fue y le pedía que cumpliera sus inocentes caprichos.

—¿Y no es eso precisamente lo que él quiere?

Y como si fueran papel, aquellas palabras detuvieron las lágrimas de Shisui. Sintió algo dentro de él removerse hirviendo, molestándolo y supo que era coraje, furia, asco ante las decisiones de su primo. Pues era claro, Seiko tenía razón.

—¡Me niego a dejarlo morir!

Y se levantó colérico de ahí, con rabia e impotencia. Era inútil seguir suplicando respuestas, Seiko no hablaría.

Ella lo dejó irse, viéndolo con una mezcla de compasión y orgullo.

Allá iba su más fuerte muchacho.

[...]

"Hola, mami.

Bueno, Padre me dijo hace días que sólo las niñitas llaman "mami" a sus madres, pero Tobi aún lo hace con su mamá, ¡y él es mucho mayor que yo!, además, pensé que te sentirías triste si te dejaba de llamar así tan de repente y yo no quiero que estés triste.

Sé que ya te quieres venir, que este viaje ha sido muy, muy lejos y que si no te has regresado es porque todos los aviones vienen llenos de pasajeros ya... Mami, no te preocupes, yo ya no estoy tan triste porque ahora soy más mayor, en dos semanas cumpliré siete años y sé que vas a estar aquí porque así lo prometiste.

Han pasado muchas cosas por aquí desde que te fuiste esta vez. El internado donde nos dejó padre ya no es tan malo como al principio, y serán sólo unos meses, sólo en vacaciones, en lo que tú regresas. Aquí nadie está con su familia, ¡pero yo estoy con mi hermano!, y aunque casi no nos vemos porque estamos en clases diferentes, siempre desayunamos y pasamos el rato libre juntos. Itachi cuida de mí y yo cuido de él, como pediste que fuera. Tengo tres amiguitos nuevos, uno con cabello raro y dientes afilados, otro enorme pero amable y una niña pelirroja con una voz escandalosa... Al final me está pareciendo genial estar todo el día rodeado de gente, en casa siempre estoy solo.

¿Y sabes?, aquí también soy el primero en todas mis clases, ¡hasta sociales ahora se me hace fácil!, en esa clase Naruto algunas veces me gana, pero aquí yo soy mejor que todos. Aunque extraño mucho a Naruto, este cole es más entretenido. También tenemos clases de esgrima y, obvio, soy el mejor.

Por cierto, quiero dos (o muchas más) espadas en mi cumpleaños. ¡Le prestaré una a mi hermano y por fin le ganaré en algo!, con esto seguro Padre se pone orgulloso de mí.

Bueno, mami, espero te haya gustado leerme, Orochimaru, el director amigo de Padre, me ayudó a corregir esta carta para que sea perfecta cuando la leas. Dejo también en el sobre una fotografía mía con el uniforme de aquí, verás lo malote que me miro con el cuello de la playera volteado, pero Kabuto no me deja andar así aunque las niñas piensen que soy genial. Mami, también dejo un dibujo de mí e Itachi juntos. ¡Vaya, sí que te escribí mucho esta vez!

Ya quiero que sea fin de semana para que me llames y que me cuentes cómo es donde estás ahora.

Nos vemos pronto y te mando un abrazo muy, muy fuerte, porque he comido muchas verduras y me estoy poniendo tan fuerte como padre. Te extraño mucho.

-Sasuke."

Dobló cuidadosamente el deteriorado papel entre sus manos y sólo se permitió pensar en una sola cosa mientras sus lágrimas caían inevitablemente:

¿Había valido la pena perder todo eso?

El amor de sus hijos, su ternura, su necesidad de ella, esos detalles, esas cartas, abrazos, besos...

Todo eso jamás volvería ya, ella lo sabía. Mikoto sabía que por más que se aferrara al deseo cada noche de despertar al siguiente día y encontrar algún perdón, una disculpa, una segunda oportunidad, algo, era nada lo que recibiría. Mikoto ya lo había perdido, nadie se lo quitó, pero ella lo perdió.

Ella decidió perderlo.

Porque, cuando esas cartas recibidas de sus pequeños hijos le decían entre líneas lo desesperados que estaban por atención, ella decidió ignorar todo y seguir con sus planes. Porque también decidía ignorar la vocecita desquebrantada del pequeño Sasuke al final de las dichosas llamadas semanales. Ignoraba también los indicios de una profunda amargura en su niño que fácilmente pudo haber sido evitada. Porque había sido provocada por ella y Fugaku, porque ella no estaba dispuesta a doblegarse ante el orgullo opresor de su, en ese entonces, marido.

Ahora volvía y su casa, aquel que en tiempos remotos pudo haberse llamado "hogar", le decía a gritos que no, nada había valido la pena.

—¿Sasuke?

Sasuke no estaba, la casa estaba vacía, sola, silenciosa y cruelmente le hacía sentir pequeña e indefensa.

¿Cuántas veces sus hijos no se habían perdido entre ese gran terreno lujoso mientras la buscaban?, ¿cuántas veces el pequeño Sasuke no lloraría entre los pasillos en un día de tormenta en busca de compañía y protección?, ¿de cuántos golpes y maltratos por parte de Fugaku a Itachi mientras protegía a su hermanito no fueron testigos esas paredes?

Las habitaciones se separaban por grandes balcones y pasillos, era tan vacía que se sentía un calante frío siempre.

Por eso Itachi siempre estaba enfermo...

Quizás por eso esté muriendo ahora. Pensó, adjuntándole una culpa más a su conciencia.

No cualquier culpa, no, una grande y pesada que la oprimía a tal punto de arrebatarle el aire de sus pulmones.

Se detuvo al final del pasillo, donde una larga mesa de caoba exponía diversos retratos de sus hijos. Tomó el de Itachi cuando recibió uno de sus tantos reconocimientos académicos. Era joven, y a la vez no.

Se le veía cansado, con menos de dos decenas de vida y su sonrisa se veía forzada a ser la de alguien que tenía todo bien en su vida. Sus ojos, cansados y maltratados, desprendían aún así una paz inexistente en su entorno.

Mikoto no contuvo sus lágrimas y las limpió cuando estas cayeron en el rostro impreso del retrato, acarició después su mejilla y lo pegó a su pecho.

—Me hubiera gustado estar ahí, hijo.

Sollozó y la casa por fin tuvo un sonido dentro. La residencia la escuchó sin prejuicio, cómplice de la causa del llanto.

Esa mañana, Mikoto había recibido de su hijo la peor noticia; se moría.

Ya era entrada la noche y aún no dijería la noticia, y quizás nunca lo haría.

Porque, ¿en qué retorcido mundo eso se comprendía y aceptaba como Itachi le sugería?, ella no era capaz.

No era su hijo el que estaba en la mañana lleno de cables y mangueras en una camilla de hospital. No era su pronóstico, no era su condición. No era su realidad.

No es verdad. —Le había dicho entre lágrimas aún atoradas.

Lo es, madre.

El golpe había sido duro, pero más lo era ahora. Mikoto no estaba preparada para recibir esas palabras, no estaba lista para perder a su hijo, no estaba apta para la realidad que se imponía frente a ella.

Promete que no le dirás a Sasuke nada.

—¡Él te quiere, Itachi!

—Prome...

—¡No puedes hacernos esto! —le había gritado ahogada en llanto.

¡Yo lo conozco más que tú!, es demasiado inestable, esto lo tumbaría completamente.

Más aún de lo que ya le ha tumbado...

Y él tenía razón, él nunca se equivocaba.

Porque Itachi siempre había sido así. Ella no se dio cuenta de cuándo exactamente había comenzado a serlo, pero con su hermano no había habido principios, Itachi siempre lo cuidó antes que todo. Antes que él mismo.

Porque de pequeño lo era sin que alguien viniera y se lo pidiera. Recordaba la tristeza que le indundaba después del arrebato de furia que le daba cuando descubría un golpe de Fugaku en el cuerpo del pequeño Itachi.

Recordaba cada uno de ellos, pero había uno que especialmente recordaba.

Cuando al llegar de las compras encontró a una muchacha del servicio tratando de detener una escandalosa hemorragia en la nariz de Itachi. Le pidió a la joven que se retirara y ella le atendió.

Al terminar, siendo un recipiente lleno de diferentes emociones, comenzó a llorar por distintas razones. La manita de Itachi le regresó a la realidad mientras le limpiaba las lágrimas y le sonreía.

Recordaba ese rostro diminuto, maltratado y pacífico, esos ojitos cansados que se reducían de tamaño al sonreír y esa boca perfecta, pero manchada de su propia sangre, que se curvaba sin problemas.

Todo esto es por Sasuke.

Su Itachi le dijo tiernamiente esas palabras para siempre repetírselas.

—Todo ha sido por Sasuke... —gritaba ahora entre espasmos ocasionados por el llanto— Itachi, hijo, ahora va por ti.

Se escuchó fuerte por la vacía casa. Abrazada del miedo de luchar contra el poco, pero poderoso, tiempo que tenía.

Tenían.

Porque en cualquier movimiento para salvar a su hijo, ella ya estaría incluida.

Así que, decidida, hizo maletas, tomó las llaves de su camioneta, mucha convicción y salió de ahí.

[...]

Había perdido la cuenta de las llamadas entrantes a su teléfono desde horas atrás, incluso había olvidado dónde lo había dejado.

No había llegado hasta ahí para estar al pendiente de él. De hecho no sabía ni siquiera por qué había llegado ahí, pero sabía que no estaba listo para regresar y enfrentar el desastre que había dejado.

Sabía que estaba mal lo que estaba haciendo, pero de igual manera, también sabía que lo que había estado haciendo no estaba bien. Nadie soportaba tanto, y nadie había marcado la diferencia entre el bien y el mal ante una situación así.

anera, escapando del hospital y dejando todo muchos kilómetros atrás. Había sido un estúpido.

E imaginó la carita enojada de Sakura mientras pensaba lo mismo de él. Suspiró y su pecho dolió. La extrañaba y a esas alturas del día su cuerpo comenzaba a fallar y doler. Exigiéndole la única medicina capaz de mantenerlo en ese mundo; una vivaz, una estrella prendida frente a él, plateada con destellos rosas. De ojos verdes y piernas delgadas. Haruno Sakura decía la etiqueta de dicha medicación.

Pero él mismo se la negaba, la rechazaba, la despreciaba de esa manera. Se reconoció un ingrato cuando tomó las llaves de la casa en la playa que su familia jamás usaba y se largó sin informarle a ella ni a Shisui.

Pasa por las llaves a mi despacho más tarde.

Le había dicho su madre finalmente después de una larga discusión, después del llanto, después de la negación. A Mikoto no le había quedado de otra, era acceder a la suicida idea de él o sumarse a la lista de los que no sabrían de su paradero.

No era fácil cargar con todo. No había sido fácil, menos ahora. Estaba cansado, necesitaba un lugar para descansar, para pensar y no abrumarse por el mundo colapsándose afuera.

—Nunca he sanado... No estaba listo para recibir otro golpe.

No sabía ni llorar, expresar, sentir... Vivir. ¿Cómo se espera tanto de alguien así?

Porque todos sabían que Itachi venía de un mundo raro, y cualquiera que conociera la historia del Uchiha, sabría lo que era el dolor.

La mayor mentira en la vida de Itachi sería decir si sí quería vivir o no. Pero la misma duda otorgaba el deseo de gritarle al mundo que dejara de presionarlo.

Vivir adjuntaba una serie de etapas, procesos, sacrificios y duelos. Batallas contra él mismo y su deteriorado organismo, contra sus limitadas aspiraciones y sus nulas de seguir en aquel desgraciado mundo. Pero de igual manera le ofrecía bastantes cosas positivas.

Estar con Sakura toda la vida englobaba todas ellas.

Así que, ¿por qué no luchar?

¿Qué hacía ahí cuando la mujer que amaba estaba varias carreteras atrás?

Quizás fue la urgencia de olvidarse de esa soledad en la que estaba, o quizás que su visita ya estaba tardando bastante, podía ser también el intenso malestar que se centró en su pecho, sus ganas de vomitar o su garganta cerrándose creando una presión demandante en la cabeza o... Quizás una desesperante necesidad de Sakura que le hizo levaltarse a duras penas del sofá y buscar su móvil.

Pensó varias veces si era lo correcto hablarle a esas horas de la noche cuando el timbre de la puerta sonó.

—¿Por qué tardaste tanto? —Decía mientras abría la puerta, quedando en completo asombro cuando lo hizo.

—Itachi.

Sin duda, no era quien esperaba.


CONTINUARÁ...


NOTAS DE AUTOR:

¿Qué onda, gente?, ¿tardé en volver?, parece que no me extrañaron ¡jaja!