¡Buenas nuevas, señores y señoras!...

Creí que de anoche no pasaba.

¡Pero he resurgido!...Me he consumido en las llamas de la resaca y he resurgido de mis propias cenizas, más viva que nunca… Oh, no. Realmente acabo de beber mi peso en café para lograr esto… ¡Pero lo he hecho y eso es lo que cuenta!

Ahora, sí… Considero oficialmente inaugurado esta pequeña ocurrencia de mis noches de insomnio.

Mi moralidad está en juego, así como mi reputación.

Así que, por favor, leed y comentad a sus anchas, mientras esta mujer se va a su cama a dormir otro día y medio…

Ah, y recuerden… ¡VACACIONES, LPM, VACACIONES!


Uno.

La daga bailaba entre sus dedos, ligera como la brisa, y el brillo de la luna arrancaba tenues destellos al filoso metal de la hoja.

La muerte se reflejaba en su mirada y su aliento era frío como el invierno.

La roída capa caía pesada sobre su espalda y la capucha cubría su rostro, dejando ver solo una ligera mueca de labios delgados que simulaban ser sonrisa.

Xanandra había vuelto.

/

Tigresa se enderezó bruscamente en la cama, con la mirada nublada y desorientada, aún con los rastros del sueño frescos en su mente. De inmediato supo que algo la había despertado… un llanto. Fuerte y agudo, podía oírlo amortiguado por las paredes. Uno de los gemelos lloraba.

Bostezó, haciendo a un lado las sábanas y sacando los pies del futon. Esperar que Po despertara era lo mismo que acostarse e ignorar que el niño lloraba: él jamás les escuchaba, tenía el sueño demasiado pesado. Ella, sin embargo, se despertaba a cualquier murmullo.

Tampoco es que durmiera demasiado. Con el embarazo tan avanzado, la espalda le dolía horrores y conseguir la comodidad suficiente para dormir era algo simplemente imposible.

Hacía ya un par de meses que se pasaba las noches en un estado de duermevela, sobresaltándose al más sutil crujido, despertando cuatro o hasta cinco veces por noche.

Se colocó una yukata por encima de la ropa de dormir, cerrándola con cierta dificultad, y salió del cuarto. La casa no era muy grande y la habitación de los niños se encontraba justo a unos pocos metros de la que ella compartía con Po. Antes de entrar, supo que quien había despertado era Tao.

Siempre era Tao.

Si no necesitaba un cambio de pañal, tenía hambre. Si no tenía hambre, se le había corrido la manta. Si no era la manta, entonces el muñeco que abrazaba para dormir.

Tao —un lobezno, con el pelaje blanco y espeso, y mullidas orejas negras— estaba sentado en la cuna y se restregaba los ojitos llorosos con las manitos cerradas en puños. Su hermano, por el contrario, yacía pacíficamente dormido en su propia cuna.

Al parecer, su sueño era tan pesado como el del panda que se encontraba en la habitación contigua.

Tigresa se dirigió hacia Tao y con cierta dificultad, teniendo cuidado de no golpearse el vientre, le tomó en brazos. Lo acomodó en su pecho, apoyando la cabecita del lobezno en su hombro, y el niño calló de inmediato. El llanto se apaciguó hasta no ser más que un bajo y ocasional hipido.

—Sshh… Mamá está aquí, pequeño. Todo está bien.

Colocó una mano sobre la cabecita del cachorro y se la recostó en su hombro, pegando los labios a la mejilla sonrosada del niño. Las pequeñas zarpas se aferraban con fuerza a su pelaje, como si así pretendiera asegurarse de que no lo dejaría.

Tigresa se paseó por todo el cuarto, meciendo suavemente al niño en sus brazos. Aunque Tao permanecía en silencio, sabía que no estaba dormido. Aún sentía el agarre de sus manitas demasiado fuertes como para que lo estuviera. Suspiró. La falta de sueño más el levantarse a atender a los pequeños en la noche no eran una buena combinación. La cansaba demasiado.

Cuando sintió sus brazos cansados, cambió de postura a Tao, recostándolo en estos. Los ojitos del cachorro —grandes, verdes y brillantes— la observaban con inocente atención, mas despiertos que ella misma.

Sonrió y acarició la sonrosada mejilla con sus dedos.

El pelaje era blanco como la nieve y suave como el de un peluche, tan fino aún que podía notar el tierno sonroso de bebé en sus mejillas.

En vistas de que Tao no parecía ni ligeramente adormilado, tomó asiento en la mecedora junto a la cuna de su hermano y lo acomodó en su regazo… o en lo que su prominente abdomen dejaba libre de este. El niño le regaló una ancha sonrisa, junto a algunos balbuceos que ya querían imitar un "mamá". Ambos lobeznos ya comenzaban a balbuceas sus primeras palabras… y a Tigresa debería de enorgullecerle que ella fuera una de esas primeras palabras. Debería.

—¿Por qué no duermes, pequeño? —susurró. —Mira a tu hermano… ¡Si hasta ronca!

¡Y era verdad!

Despatarrado en la cuna, tal como cierto panda en su futon, Yao hasta parecía roncar.

Mientras que Tao suponía toda una travesía para hacerle dormir en las noches, Yao era todo un caso a la hora de despertar.

Mientras que Tao era más hiperactivo y chillaba ante cualquier cosita, Yao pocas veces lloraba y prefería los brazos de su madre, en los cuales se refugiaba cada vez que oía los llantos de su hermano.

Eran idénticos… y muy distintos.

Tigresa recargó la cabeza contra el respaldo de la mecedora y cerró los ojos, mientras su pierna derecha subía y bajaba rápidamente, meciendo al pequeño. Sueño. Tenía mucho sueño y necesitaba que el cachorro se durmiera cuanto antes.

No supo que estaba a punto de quedarse dormida hasta que el chillido emocionado de Tao le hizo pegar un respingo en la silla. Rápidamente se enderezó y lo acomodó en sus brazos, mandándole a callar con un bajo "sshhh". No quería que también despertase a Yao. No tenía energía suficiente para atender a ambos.

Sin embargo, el lobezno parecía empeñado en seguir riendo y chillando. Fue entonces que se percató de las manitas de Tao sobre el costado de su vientre, justo donde, en ese momento, el bebé pateaba inquietamente. A Tigresa se le cayeron las orejas. ¿Acaso…?

Por primera vez en mucho tiempo, sonrió.

—¿Lo sientes? —susurró

Y como si le entendiera, Tao alzó sus ojitos hacia ella, llenos de inocente emoción. Una ancha sonrisa de pocos dientes curvando su tierna boquita de bebé.

—¿Tigresa?

Po apareció en la puerta, aún algo adormilado y restregándose los ojos.

Tigresa no levantó la mirada, ni siquiera le prestó atención, demasiado ocupada en las suaves patadas que su bebé daba. Una boba sonrisa le curvaba los labios. Se llevó su propia mano al vientre, colocándola justo por encima de la de Tao.

—Es tu hermanito —susurró, bajito. Tao sonrió. —Tú serás su hermano mayor…

—¿Patea?

Tigresa asintió sin mirarle.

Po se hincó delante de ella y colocó las manos a los lados de su vientre, buscando sentir él también a su hijo, pero este se había detenido.

—Vaya… supongo que la próxima.

—Sí, supongo —murmuró Tigresa, no muy interesada.

Un suave gorjeo les llamó la atención, pero Tigresa hizo de cuenta que no lo escuchó. Continuó con la mirada puesta en Tao, jugueteando con las manitas de este entre sus dedos, hasta que fue Po quien se dirigió hacia la cuna del gemelo.

Tigresa ni siquiera volteó a ver. Volvió a recostar la cabeza en el respaldo de la mecedora, mientras que Tao se entretenía jugueteando con sus dedos.

Escuchó a Yao exclamar, entre risas y chillidos, algo que sonó como "Ta" y una risa involuntaria le curvó los labios. Realmente quería a aquellos niños. ¿Cómo no querer a unos bebés? Pero nunca se había sentido tan agotada, tanto física como emocionalmente. Ver aquellos cachorros a los ojos dolía y mucho. Demasiado. Más dolía ver a Po con ellos en brazos.

—¿Te encuentras bien?

La voz de su esposo le llamó la atención.

—Solo estoy cansada —mintió, sin verle—. No he dormido en toda la noche. No pude.

—¿Por qué no vas a dormir ahora? Yo…

—No.

Tigresa se enderezó en la silla, acomodando a Tao en sus brazos. Po estaba parado frente a ella, con Yao en brazos, aun envueltos en las mantas de la cuna. No le pasó por alto que la atención del niño estaba puesta en su vientre. Ambos lobeznos parecían muy apegados al embarazo.

—Intento ayudarte —Po intentó convencerla, con cierta súplica en su voz—. No puedes seguir así. Estás a poco de tener y podrías enfermar. Le haces mal a nues…

—A mi hijo —Tigresa terminó por él—. Lo sé.

Algo pareció encogerse en los ojos de Po. Asintió, como si acabara de caer en la cuenta de algo.

—Tu hijo —repitió, en un susurro—. Sabes que lo siento, ¿Verdad?

Pero Tigresa no respondió.

Se levantó de la mecedora, sujetando a Tao contra sus caderas, y se dirigió al pequeño armario donde guardaba la ropa de ambos cachorros. Sacó lo primero que pilló; el pañal, un pantalón y una trajecito de mangas largas. Sabía que a Tao, inquieto como era, no le gustaría demasiado, pero el otoño estaba fresco ese año y no quería que se resfriase.

Cambiar a Tao costaba. Era inquieto y ruidoso. Mientras le acomodaba una manga, él ya se había encargado de quitarse la otra. Mientras le colocaba el pantalón, él ya volvía a desvestirse los brazos. Tigresa tenía paciencia… al menos la mayoría de las veces, cuando podía dormir mínimo unas cinco horas de corrido.

Sonrió, un tanto tensa, y con una mano sujetó las del cachorro. Tao chilló, molesto, pero Tigresa se apresuró en acomodarle el pantalón con la mano libre.

—¿Quieres que lo haga yo? —Po preguntó a sus espaldas.

—No. Encárgate de Yao.

III

Salió aquella mañana con un lobezno en cada brazo, ayudándose de sus caderas para sostenerlos, y un bolso colgando de su hombro derecho. Allí, además de la ropa sucia, había guardado algunos juguetes y uno que otro biberón; lo necesario para mantener a ambos niños tranquilos el tiempo suficiente para que le permitiesen lavar la tanda del día.

Yao dormitaba en su hombro, mientras que Tao mordisqueaba los restos de una galleta, cuando Tigresa se alejó de la aldea en dirección al arrollo. Durante el día, el lugar se llenaba de pandas de todas las edades, algunas jóvenes y otras ya mayores, que iban a lavar la ropa. Sin embargo, a esas horas se encontraba vacío y era eso exactamente lo que Tigresa buscaba.

Soledad.

Un momento en el que no tuviera a todas esas mujeres alrededor, hablándole sobre lo maravilloso de la maternidad y lo afortunada que era de tener el marido que tenía. Un momento sin Mei-Mei, haciendo caras tontas a los lobeznos, ni las abuelas que le aseguraban que la forma de su vientre indicaba un varón.

Llegó a las orillas del arroyo y se arrodilló en el suelo, a una distancia prudente, para dejar en él a los lobeznos. Yao se quedaba siempre en el lugar donde le dejaba, siempre y cuando tuviera algo entre sus manos que pudiera curiosear, pero a Tao no podía quitarle el ojo de encima. Gateaba para todos lados y parecía tener cierta fascinación por todo aquello a lo que no podía acceder o que supondría un peligro para su integridad física.

—Tao, mamá necesita que te quedes aquí —murmuró, mientras tendía una manta en el suelo.

El niño ladeó el rostro, curioso, y Tigresa no se resistió a estampar un sonoro beso en su mejilla.

Acomodó a ambos gemelos en la manta y les entregó un par de chiches. Una vez se hubo asegurado de que se quedarían allí, tomó el bolso con la ropa sucia y se acercó al arrollo.

Se arremangó las mangas del hanfu y tomó las primeras prendas. No eran demasiadas, solo unas cuantas suyas y de los niños, por lo cual no le tomaría demasiado tiempo.

Una lástima. Realmente deseaba quedarse el resto del día allí.

Tigresa a veces extrañaba el Palacio de Jade.

La aldea de los pandas no era un lugar desagradable para vivir. Todos eran amables y el mayor problema que uno podría encontrarse era la abundancia de niños corriendo de un lado para el otro. Pero no era su hogar. Era el de Po, el de los pandas, no el suyo. Allí no estaban sus amigos para alivianar el día, ni tenía el Salón de Entrenamientos para descargar tensión.

Cuando se casaron, ya hacía varios años, estaba tan emocionada que ni siquiera reconsideró la propuesta de Po de mudarse a aquella aldea. Al principio no tuvo problemas: solían ir cada tanto tiempo a visitar el valle, al Sr. Ping y a Shifu. La situación era llevadera.

Po se ve feliz, solía decirse, cada vez que se planteaba la idea de volver al Valle de la Paz.

Una sonora y aguda carcajada le llamó la atención. Volteó, con un pequeño chaleco entre sus manos, solo para encontrarse a una joven panda sentada en el césped junto a los gemelos.

—Lo siento, Tesa.

—¡Lei-Lei! —Reclamó, sin verdadero enfado—. ¿Qué haces aquí? Tu abuela se preocupará si no…

—Esta vez he pedido permiso. —La niña dibujó una cruz en su pecho—. Lo juro.

Tigresa dudó.

La joven Lei-Lei, ya de trece años, solía ser una niña por demás traviesa. Incontables eran las veces que Tigresa recibió alguna reprimenda de la abuela de la joven por haberla sacado de casa "sin permiso", cuando ella ni siquiera tenía idea de a donde andaba la niña.

—Más vale no me estés mintiendo, niña —masculló, volviendo al quehacer—. No quiero a tu abuela sermoneándome solo porque no tiene idea donde andas.

Lei-Lei rio a sus espaldas.

—Vamos, que no fue para tanto —intentó animarla—. Solo salí a dar un paseo.

—A deshoras de la madrugada.

—Necesitaba aire fresco.

Tigresa negó con la cabeza, sin responder. No aprobaba el comportamiento de Lei-Lei, pero tampoco negaba que aquella niña le sacaba alguna que otra sonrisa. No era mala, ni tampoco del todo desobediente, tan solo un poco rebelde.

Con Lei-Lei jugando con los gemelos, Tigresa se sintió más tranquila de poder lavar la ropa sin tener que estar espiando por encima de su hombro cada tantos segundos.

Aun así, se mantenía alerta.

Tao se carcajeaba con cualquier monería que Lei-Lei hiciera, mientras que Yao permanecía más tranquilo. Tigresa sabía que este último prefería prestarle atención a los juguetes en sus manos que a la voz chillona y tonta que la niña ponía para ellos.

—Son adorables —escuchó a Lei-Lei decir—. Nunca me contaste como fue.

Tigresa arrugó el entrecejo, mientras restregaba una pequeña mancha de una de las camisetas de bebé.

—Como fue ¿Qué cosa?

—No sé… esto… como fue que decidiste que querías adoptar o como… —Lei-Lei pareció enredarse en sus propias ideas—. Bueno, tú me entiendes.

La fricción en la tela se hizo más suave, hasta perder fuerza, y Tigresa hundió la pequeña prenda en el agua. Sus ojos fijos en el reflejo que la calmada superficie le ofrecía.

—No… no te conté —murmuró.

—¿Me contarías?

Cuando Lei-Lei era pequeña, solía contarle miles de historias. Así, como si un cuento fuera, le contó cómo fue que llegó al Palacio de Jade y parte de su vida.

—No.

—Pero…

—Terminé —mintió.

Exprimió el exceso de agua de las prendas lavadas y las devolvió al bolso. Ya en la casa las tendería a secar. Con una mano sujetó el bolso y se lo llevó al hombro, mientras que la otra permanecía debajo de su vientre. Colocarse nuevamente de pie le costó lo suyo.

—Deja, yo lo hago —la detuvo Lei-Lei, cuando quiso sujetar a los cachorros—. No creo que cargar dos niños sea bueno para ti… ¿O sí?

Tigresa sonrió ante la preocupación de la niña.

Sin replicar, dejó que le ayudase a recoger las cosas de los gemelos y devolverlas al bolso. Tao no tuvo problemas en que fuera Lei-Lei quien le llevara en brazos, pero Yao no se dejó levantar hasta que no fue su madre quien lo hizo.

Cuando salió de la aldea, no le tomó mucho llegar hasta el arrolló y ni siquiera necesitó detenerse a descansar en el camino. No era nada, no costaba nada. Sin embargo, Tigresa apenas si dio cinco pasos cuando un molesto dolor en la zona baja del abdomen le obligó a detenerse. Yao balbuceo un poco entendible "mama", a la vez que Tigresa se inclinaba ligeramente hacia delante.

—¿Te encuentras bien? —inquirió Lei-Lei.

—Si… Si, no es nada —Tigresa intentó minimizar, pero su rostro comenzaba a enrojecer, caliente—. No es nada —repitió—, solo una patada.

Lei-Lei asintió, no muy convencida, y sin preguntar tomó el bolso del hombro de Tigresa.

—Yo lo llevo —aseguró.

Tigresa aceptó en silencio.

Dio un paso… dos… tres… cuando volvió a sentir aquel calambre en el vientre. Fuerte y agudo, lo suficiente para quitarle el aire y hacerle temblar las piernas.

—¡No!... No, defintivamente no estás bien.

—Lei-Lei, no es…

Un nuevo calambre le quitó el aliento.

No, no eran calambres.

—¿Tesa?

Negó rápidamente con la cabeza, sin atreverse a levantar la mirada. No eran calambres. No eran solo dolores. Aún no… Rogó al cielo, a los dioses o a cualquiera entidad que la escuchara y pudiera apiadarse de su situación. Lágrimas le empañaron la vista y como una respuesta a sus súplicas, una nueva contracción le arrancó un jadeo.

Lei-Lei le sujetó del brazo, paciente, esperando a que le dijera qué hacer. Sabía que la niña no la dejaría, mucho menos con los gemelos allí, ni siquiera para buscar a alguien. Hizo el intento de avanzar y aunque muy apenas, lo logró.

Sí, si podía.

—Sigamos. No es nada —aseguró.

Pero mientras avanzaba, con Lei-Lei sujetando su brazo en todo momento, la preocupación crecía en su mente.

No estaba lista.

No aún.

No podía.

No debía.

No…

Yao comenzó a inquietarse en sus brazos, balbuceando a cada segundo, mientras que Tao —¿Quién lo diría?— nunca había estado más quieto y callado. Tigresa avanzaba con pasos pequeños. Inhalaba tanto como sus pulmones se lo permitían y exhalaba lentamente, de a poco, ahogando cualquier quejido para no preocupar a ninguno de los niños.

Sabía que faltaba tiempo. Aún no había roto bolsa. Víbora le había hablado mucho de ese momento y no en vano había compartido tiempo con varias madres de la aldea. Los dolores comienzan mucho antes del parto, le habían dicho todas.

—¿Qué hago? —urgió Lei-Lei, en cuanto llegaron a la casa, aún con Tao en brazos.

Pero Tigresa negó.

—Dame a Tao —pidió, en un murmullo—. Tú ve a la aldea y dile a tu abuela que voy a parir.

—Eh, sí, yo le digo que… —Los ojos de la niña se abrieron como platos, llenos de comprensión—. ¡¿Qué?!... Pero… pero… Oh, por los dioses, tú… ¿Te encuentras bien? ¿Necesitas algo? ¿Te duele?... ¡Oh, pero que digo! Claro que duele… esto…

—Lei…

—Ay, mi dios, ay… ¡No puedo dejarte sola! No…

—¡Lei-Lei! —chilló Tigresa, interrumpiéndola—. Estoy bien —aseguró—, ve por tu abuela. Ella sabrá qué hacer… ¿Si?

El rostro de Lei-Lei estaba tan rojo como un tomate. Sin más réplica de por medio, le entregó a Tao —extrañamente tranquilo— y salió corriendo de la casa. Tigresa podría haber reído por la expresión de ella, pero antes de siquiera considerarlo, una nueva contracción la hizo encogerse en su lugar. Pero estaba bien. Podía soportarlo. Claro que podía.

Se quedó sola, con los gemelos acunados en sus brazos, y un solo pensamiento en su mente: la certeza de que aquel hijo era solo suyo. Iba a parir a su hijo.