¡Una de vacaciones y vienen aquí a quitarle la computadora! Menuda mierda….

En fin…

Ya tengo a mi bebé en casa y he escrito esto a velocidades de la luz... ¡si hasta se me retuercen los dedos!

A la próxima, cuando su primo (ese que esta bien bueno y tiene carita de bebé) les pida la computadora, ¡Le dicen que no! ¡Porque es una trampa! ¡UNA VIL TRAMPA CREADA PARA ENGAÑARTE!...

Me siento más pelotuda que de costumbre...

¡A leer!


Dos.

La holgada falda del vestido se arremolinaba en torno a sus piernas.

Sus pies, rápidos y danzarines, apenas tocaban el suelo.

El crepitar del fuego, la música suave, la noche cerniéndose sobre ambos. Un poco de vino calentando la sangre.

Xanandra, con ojos cerrados y la dicha grabada en su sonrisa, giró en los brazos de su compañero hasta que la música se hubo extinguido de su pecho

/

Po se asomó al cuarto con la cautela propia de quien tiene su vida en juego.

Los alaridos de Tigresa se oían desde el exterior de la casa y cada uno lograba ponerle los pelos de punta. Nunca, en todos los años que la conocía, había escuchado a la fuerte maestra de kung fu proferir tales gritos de dolor.

Quería pasar.

Quería correr junto a Tigresa y que le viera, que supiera que estaba para ella. Quería que sujetara su mano y se aferrara a él, que compartiera el dolor de traer a su hijo al mundo. Quería estar a su lado, lo necesitaba… pero era cobarde. No se atrevía. Sabía de antemano que Tigresa no lo quería en aquel cuarto. Por eso, con Tao y Yao en sus brazos, tomó asiento en un banquillo de la sala y esperó.

Tao no parecía enterarse de nada, estaba más interesado en el muñeco en forma de panda entre sus manos que en la cantidad de gente amontonada en el lugar. Yao, sin embargo, era otro cantar y se sobresaltaba al mínimo ruido. Llamaba a su mamá y el no encontrarla solo parecía ponerlo más nervioso.

Po no tenía noción de la hora y tampoco deseaba tenerla. Le bastaba con saber que llevaba mucho tiempo allí.

De vez en cuando, Mei-Mei salía del cuarto, corría a buscar toallas, agua o lo que precisara, y con las mismas prisas volvía a encerrarse en él. Adentro, además de la mencionada, también se encontraba la panda abuela de Lei-Lei. Al parecer, la señora solía asistir la mayoría de los partos de la aldea.

—¡Cambia esa cara, hijo! —exclamó Li-Shan, cuyos ojos parecían brillar extasiados—. Tu mujer está dando a luz a tu hijo, deberías de estar feliz.

Po, como pudo, compuso una sonrisa.

—Lo estoy, papá —aseguró—, pero me gustaría poder entrar. No parece que…

Un nuevo alarido le interrumpió y Yao finalmente rompió a llorar. Por una fracción de segundo, a Li-Shan se le descompuso el gesto, pero rápidamente volvió a esbozar la radiante sonrisa. Su único hijo, el hijo que había recuperado luego de años sin saber nada de él, le iba a dar su primer nieto. ¡Estaba pletórico!

Contra eso no había nada qué hacer.

Po torció el gesto, más no continuó la frase. Se levantó del banquillo y sin preguntar, colocó a Tao en brazos de Li-Shan. El gesto en sus labios al cargar al niño dejó en claro que aquello no era de su agrado, pero Po optó por obviarlo y se alejó con Yao en sus brazos.

A él tampoco le resultaba tranquilizador dejar alguno de los lobeznos con su padre —conocía de primera mano la opinión de este y su modo de pensar al respecto—, pero por el momento no le quedaba de otra.

Yao se sacudía en sus brazos. Lloraba y entre hipidos, llamaba a su mamá con todo el aire de sus pulmones. Po, por un momento, deseó correr a todo el mundo de la casa. Su padre incluido. Optó por salir de la casa con el lobezno en sus brazos. Paseó por el pequeño jardín, le meció e intentó llamar su atención. Imposible.

El niño estaba histérico y Po ya no sabía qué hacer. Él nunca lidiaba con los lobeznos —no solo—, no sabía cómo calmar sus llantos, ni qué era lo que le pedía, ni qué significaban sus balbuceos. No tenía idea. Tigresa si, se recordó, con cierto reproche. Tigresa no tardaría ni dos segundos en calmar a Yao y él, contento, se aferraría al cuello de ella. El niño la amaba. Ella era su mamá y él, de momento, se sentía un completo inútil como padre.

Se sentó en el suelo, con el cachorro aún nervioso en su regazo, y sonrió al encontrarse con los enormes y lobunos ojitos esmeraldas de este observándole.

Sonrió.

—No soy el mejor padre de todos, ¿eh? —murmuró, con cierto cansancio en su voz. El niño ladeó el rostro, atento—. Lo sé… Lo sé, pero debes saber que tú y tu hermano valen mucho para mí.

Una sonrisita de pocos dientes curvó los labios de Yao y Po, tomándole por debajo de los brazos, lo atrajo hacia sí y plantó un sonoro beso en su sonrosada mejilla.

—Cambiará —prometió, a media voz—. Seremos una familia, haré lo que sea para ello.

Fue en ese momento, que el estridente sonido de un llanto llamó su atención. Alto y potente, agudo… De repente, la puerta se abrió y por esta asomó el aniñado y entusiasta rostro de Lei-Lei.

—¡Una niña! —Exclamó ella, a voz de grito—. ¡Ha tenido una niña!

Por una fracción de segundo, Po fue incapaz siquiera de pensar.

Tanta información, vertida a chorro y sin anestesia.

Lei-Lei emitió una de sus risillas traviesas y compadeciéndose del estado del oso, decidió acudir en su ayuda. Tomó a Yao en sus brazos y jaló de Po, instándole a ponerse de pie. El pobre parecía de piedra. ¡Apenas si respiraba!

—¡No te quedes ahí, Po! —le animó, risueña—. Vamos, vamos, que tienes que conocer a tu hija…. ¡Daaaale, que tu padre se ha puesto insoportable!

—Una niña…

—¡Serás tonto! ¡Arriba!

La sonrisa tiró lentamente de las comisuras de los labios. Ancha y bobalicona. ¡Una niña!

Se levantó con cierta torpeza, resbalando un par de veces y enredándose en sus propios pies. Lei-Lei reía y daba saltitos, meciendo a Yao en sus brazos, y a Po poco le faltaba para imitarle. ¡Tenía una hija!

Atravesó la sala sin mirar por dónde. Recibió algunos abrazos, palmadas en la espalda y felicitaciones, pero Po estaba más concentrado en llegar al cuarto que en ver de quien y de cuantos. Asintió, embobado, y se los sacó de encima de la forma más amable que su poca paciencia le permitió.

Mei-Mei abrió la puerta justo cuando llegaba a ella.

—¡Oye!... no puedes….

—¡Mei-Mei! —protestó.

La panda, con un resoplido, se hizo a un lado y Po finalmente pudo pasar.

Sin embargo, apenas puso un pie en el interior, ya no pudo avanzar.

De repente, su cuerpo se sentía pesado, de piedra, y el latir de su desbocado corazón aporreaba con fuerza su pecho. El estómago se le revolvió.

—Guerrero Dragón —la panda, abuela de Lei-Lei, se acercó a él y le dedicó un leve asentimiento de cabeza—. Pase. Tiene que conocer a su hija.

La sonrisa le volvió al rostro y esta vez, sin dudarlo, avanzó.

Tigresa se encontraba en un futon a parte del que utilizaban para dormir. Recostada y cubierta hasta la cintura por una manta bastante gruesa, con la yukata floja sobre su pecho. Lucía cansada. El sudor brillaba en su pelaje y cuando alzó la vista hacia él, profundas ojeras enmarcaban sus ojos.

Pero Po nunca había visto el carmín de su mirada tan radiante y fue eso, exactamente ese pequeño detalle, el que le devolvió la sonrisa bobalicona. Se acercó a paso lento, precavido. Solo estaban ellos en el cuarto.

Sin decir nada, se arrodilló a su lado y Tigresa volvió su atención al pequeño bultito de mantas que con tanta delicadeza acunaba en su rostro.

—Es una niña —murmuró, con la voz ronca y pastosa.

Po asintió.

Tigresa, sin verle, acomodó a la cachorra en sus brazos y corrió la manta para enseñársela. Fue así como Po supo que no le permitiría cargarla, pero por el momento, decidió que lo respetaría. Se conformó con conocer a su hija.

El corazón se le aceleró. Ante él, una pequeña y regordeta niña de pelaje blanco como la nieve, con las orejas negras y redondeadas. Panda, se dijo, con el orgullo reflejado en su rostro. Su hija era como él, se parecía a su especie. Quiso reír. Con un ligero temblor en su mano, se estiro y acarició la sonrosada mejilla de la bebé.

—Es preciosa…

—Tu padre no quiso verla —la voz de Tigresa sonó fría e impersonal.

Po torció el gesto.

Su padre le había hablado una y mil veces sobre la importancia de un primogénito. Un varón, que al crecer te dará nietos y conservará la familia. A Po realmente nunca le importó si era una niña o un niño. No entendía la manía de Li-Shan por un nieto y tampoco la iba a consentir. Tenía una hija. Una hija hermosa, que sería igual de amada y valorada como lo hubiera sido de haber resultado varón.

No respondió. Tigresa estaba cansada y no quería que tuviera que preocuparse por aquello. Se quedó sentado allí, observándolas, en silencio. A ninguno le apetecía hablar y a Po mucho menos irse. No quería dejarlas.

Tigresa se veía cada vez más cansada y el esfuerzo que hacía para mantenerse despierta era notorio. De vez en cuando cabeceaba y Po debía de esforzarse por no echar a reír cuando la notaba sobresaltarse. Fue cuestión de minutos para que cayera dormida y Po se aseguró de que realmente lo estaba, antes de acomodarle la frazada y tomar a la cachorra en sus brazos.

Era mucho más pequeña de lo que habían sido los lobeznos.

Estaba dormida.

Po se apartó del futon y acomodó a su hija en brazos, mientras paseaba por el cuarto. No podía creerlo. Aquella cachorra, tan pequeña y hermosa, era su hija.

Alzó una mano hacia el borde de la manta y la descubrió, observando con atención cada pequeño detalle. Sus zarpas, pequeñas y felinas, los delgados anillos negros alrededor de sus ojitos y las rayas en su frente aún tenues con el mismo patrón que Tigresa. En ese momento, con su hija recién nacida en brazos, supo que haría lo que fuera por cumplir la promesa que había hecho a Yao. Por los gemelos, por Tigresa y por la niña que acababa de darle.

III

Po nunca escuchaba a los gemelos llorar por la noche, sin embargo, sí sentía a Tigresa levantarse de la cama y salir del cuarto. La presencia de ella se sentía cálida a su lado, incluso aunque no la tocase, y tras su marcha, la cama quedaba vacía. Tal vez fue eso lo que le despertó esa noche. Aún medio adormilado, le tomó menos de cinco segundos tantear el lado vacío de la cama y percatarse de que Tigresa no estaba allí. Dos segundos más, y se encontró solo en el cuarto.

Despierto y ya sin sueño, hizo a un lado la sábana y salió del futon descalzo. No hacía frío. Se asomó a la cuna de la cachorra, ubicada contra una de las paredes vacías, solo pare encontrarla vacía. Supuso que fue el llanto de la niña lo que despertó a Tigresa y a sabiendas de sus rutinas, salió del cuarto rumbo al de los gemelos.

Tal como espera, allí estaba.

Tigresa se encontraba sentada en la mecedora, ataviada solo con una delgada yukata hasta los tobillos. Entre sus brazos, reposaba un pequeño e inquieto bultito de mantas, que gimoteaba junto a bajos maullidos y pateaba constantemente. Una sonrisa le curvó los labios a Po.

—Lía lleva toda la noche sin dormir —escuchó murmurar a Tigresa.

A pesar de que no le veía, Po asintió.

Era la primera vez en toda aquella semana que escuchaba a Tigresa mencionar el nombre de la niña. O al menos, mencionárselo a él. Lía. Le gustaba. Era bonito, como ellas.

—No deberías levantarte —respondió, con la sonrisa filtrándose en su voz—. Tienes que hacer reposos, al menos hasta que pasen los dolo…

—Tiene tus ojos. —Tigresa le ignoró—. Ven, mírala. Tiene tus ojos.

Po dudó, pero se acercó. En silencio. Era la primera vez en toda esa semana que Tigresa le pedía que se acercase. Era la primera vez, desde el día del parto, en que podía ver a su hija sin tener que estar cuidando que Tigresa no se la aleje.

Con paso lento, casi con recelo, se acercó a la mecedora y se hincó frente a esta. Tigresa no lo apartó, ni cubrió a la niña, y Po pudo haber jurado que los ojos se le empañaron en lágrimas. La pequeña Lía era una cría felina, con ligeros rasgos que recordaban la cruza de raza en ella. Era regordeta y sus mofletes tenían un suave color rosado. En medio de dos anillos de pelaje negro, sus ojos felinos tenían exactamente el mismo color verde que los de él.

Podía sentir la mirada de Tigresa fija en él.

Expectante, penetrante. No la miró, pero supo que estaba llorando.

Con delicadeza, acarició la mullida y suave mejilla de la cachorra y un ronroneo le hizo reír. ¡Y quien lo diga! Su niña ronroneaba. Repitió la caricia otra vez y poco a poco, los ojitos de la cachorra comenzaron a cerrarse. Tigresa la meció, manteniéndola al alcance de él, y fue cuestiono de minutos para que pudieran decir que estaba dormida.

—Lleva toda la noche despierta —comentó Tigresa.

—Tal vez ya estaba cansada…

—O te buscaba a ti.

Po alzó la mirada, solo para encontrarse con el rostro cansado y ojeroso de su esposa.

Sin decir nada, se levantó y salió del cuarto. Caminó hasta la cocina —no sin llevarse un par de cosas por delante—, tomó un banquillo y volvió a la habitación de los niños.

—¿Qué haces? —inquirió Tigresa al verle.

Pero él solo sonrió y se sentó frente a ella.

—Como sé que no te convenceré de que te vayas a la cama, te acompaño —contestó y una sonrisa le curvó los labios a Tigresa.

Pequeña y discreta, escondida entre sus labios tensos, pero radiante en sus ojos. Tigresa era de quienes sonreían con la mirada y aunque hubo un tiempo en que Po lo hubo olvidado, en ese momento podía jurar que no había nada más sincero y lindo que esas sonrisas.

Tigresa bajó la mirada hacia Lía, ya dormida, y la acomodó en sus brazos. Era tan pequeña, tan frágil, que la sostenía como si de un momento a otro pudiera caérsele.

—Li-Shan no quiere verla.

No había gran pesar en su voz. Realmente no parecía importarle.

—Lo sé —se limitó a responder Po.

Era cierto. A solo un día de nacer la niña, Li-Shan había dejado en claro su opinión y aunque Po creía que aquella postura se la pasaría con el tiempo, que solo era algo momentáneo, también había dejado en claro su propia opinión; su hija por encima de cualquiera, incluso de su propio padre.

—Ayer he enviado unas cartas —Tigresa continuó, dejando a Li-Shan de lado—. A tu padre, al Palacio de Jade, a Víbora y a Grulla. Para contarles.

—Que bien.

—Tu padre seguro se viene hasta aquí volando —bromea y una sonrisa le curva los labios—. Nietos. Era lo que más deseaba en el mundo.

—Tiene tres.

Y Po se arrepiente de inmediato de haber dicho eso. Tan bien que estaban.

—Sí, Po. Tienen tres. —Tigresa asiente. Su voz impersonal, carente de emoción—. Tres nietos hermosos. Tres hijos de su hijo.

—Ya, Tigresa.

—No me pidas que me calle.

—No… —Po desistió antes de insistir. Era inútil—. No quiero discutir, Tigresa. Por favor.

Tigresa no respondió.

Po pudo haber agregado algo más, pero entonces un hipido le llamó la atención. A los hipidos de Yao, se le sumó el escandaloso llanto de Tao. Antes de que Tigresa hiciera amague por levantar de la mecedora, Po ya se encontraba de pie frente a la cuna de Tao. Lo tomó en brazos y acomodándolo en su cadera, se dirigió a por Yao.

Sujetó a uno en cada brazo —cada uno con su manta y también el peluche de Tao— y volvió al banquillo frente a Tigresa. Ella le observaba, atenta, mientras él intentaba darse mañana para acomodar a ambos niños inquietos en sus brazos.

—Pon a Yao contra tu pecho y sienta a Tao en tu pierna.

—Ehh… esto… ¿Así?

La risa de Tigresa fue todo un espectáculo.

—No, tonto —se mofó—. Mira como sostengo a Lía… así pon a Yao… ahora… Si, así… ¡Pero no dejes que Tao empuje a…! ¡Tao, eso no se hace!

Po quiso reír, pero de pena.

¡Por los dioses! Oogway seguramente se le estaría partiendo de risa en ese momento.

Finalmente, con algo de esfuerzo y un par de reproches de Tigresa, logró acomodar a ambos lobeznos en sus brazos. Tao en su pierna izquierda y Yao en su brazo, con la cabeza recostada en su hombro. Cuando alzó la mirada nuevamente hacia Tigresa, ella le observaba con ojos chispeantes y burlones. Era claro que la escena le causaba gracia.

—Tranquilo, ya te darás maña.

Po no respondió.

Tigresa mecía a Lía, para que no despertara, y daba leves palmadas en su costado. Lo hacía con naturalidad. Estaba habituada ya a atender a los gemelos y tenía práctica. Po se sintió culpable por ello. Tigresa había lidiado con ambos lobeznos ella sola, estando embarazada, y era toda culpa suya.

—Perdón.

No lo pensó. Solo lo dijo.

De un momento a otro, la sonrisa desapareció de los ojos de Tigresa. En ellos solo quedó el recelo y resentimiento que venían cargando todo ese tiempo.

—¿Y eso por qué?

—Por todo.

Por todo. Ambos sabían que aquel par de palabras abarcaba mucho más que solo el hecho de haberle dejado a ella sola la tarea de cuidar de los gemelos. Mucho, tanto que Tigresa no respondió, tan solo asintió y volvió su atención a Lía.

Po dudaba que algún día pudiera responderle.