Han pasado 84 años *inserte meme de la vieja del titanic* y yo debo de estar más sola por aquí que mi ex, el que se creía Brad Pitt estando más feo que la verruga de mi tía, la bruja...
Dicen que lo que hacemos, el karma nos lo devuelve por tres.
Y como yo no quiero que dejen de actualizar mis tres fics favoritos...
¡voilà! Un capítulo calentito, recién salidito del horno y zazonado con un poco de bardo del lindo (si, de ese en el que no entiendes ni madres, pero igual te gusta)... o al menos, para mí es lindo.
¡A leer!
Tres.
Lo halló una noche en el bosque, mal herido y suplicando por una vida que lo abandonaba en cada suspiro.
Estaba condenado a morir y ella, ingenua como una chiquilla, vertió de su propia vida sobre los resecos labios de él. Lo acunó en su lecho y lo calentó con su cuerpo.
Él le agradeció matándola.
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—Yo creo que nunca me casaré —escuchó a Lei-Lei parlotear—. No quiero hijos… es decir, adoro los tuyos… pero yo no quiero hijos… Ni marido… ni…
Tigresa rio por las ocurrencias de la niña y continuó tallando el jabón en el pelaje de Yao, sin intenciones de hacerla cambiar de parecer. Tomo uno de los pequeños cuencos del suelo y lo llenó de agua, vertiéndolo sobre el cachorro para enjuagarle el pelaje.
—Aún eres joven para pensar en eso —contestó—. Yo tampoco quería casarme.
—¿Y por qué lo hiciste?
Se encogió de hombros. Ella también se preguntaba lo mismo a veces.
¿Por qué te casaste, Tigresa?
Porque fui tonta. —Me enamoré —fue su respuesta, que de hecho tampoco era una mentira. Sí, se había enamorado—. ¿Me pasas…? Gracias.
Sostuvo con un brazo a Yao para sacarlo del agua y lo envolvió en la toalla que Lei-Lei le tendió. El niño chilló, pataleó y balbuceó algunos monosílabos que fueron respondidos con igual entusiasmo por su hermano. A Tigresa a veces le gustaba pensar que entre ellos tenían alguna especie de lenguaje secreto y que podían comunicarse, pues siempre que uno balbuceaba, el otro le respondía. Podia estar horas entretenida solo con verlos interactuar de aquella forma.
Lei-Lei la imitó y sacó a Tao del agua.
Lía dormía, Po se encontraba en el pueblo… y Tigresa había decidido aprovechar la visita de la niña para bañar en detalle a los gemelos. No es que no pudiera sola, es que no le apetecía acabar más empapada que los propios niños y además, sabía que a Lei-Lei no le molestaba ayudar. De hecho, parecía encantada con la tarea. Mei-Mei solía pasarse de vez en cuando para ayudar en tales detalles y Tigresa lo agradecía, pero no terminaba de confiar en las torpes manos de ella.
—¿Lo llevo a su cuarto?
—No, al mío. Lía está en la cuna.
Lei-Lei se adelantó con Tao en brazos, mientras Tigresa acomodaba los cuencos utilizados. Como cada vez que lo bañaban, Yao comenzó a adormilarse en sus brazos, con el rostro oculto en el cuello de ella.
Lo arropó aún más en la toalla, sujetándolo contra sus caderas mientras secaba el agua esparcida en el suelo. No era mucha, pero si lo dejaba para más tarde sabía que le daría pereza hacerlo. Apenas si le lleva un par de minutos dejar todo listo y una vez conforme con el resulta, se dirigió hacia el cuarto. Lei-Lei ya había terminado de secar a Tao, que chillaba y pataleaba deesnudo en el futon mientras la niña intentaba colocarle el pañal.
Un rápido vistazo hacia la cuna le bastó para percatarse de que Lía seguía dormida. Incontables veces había recibido comentarios acerca de lo afortunada que era de tener un bebé tan tranquilo, que durmiera de esa forma y se levantara solamente cuando tocaba comer… Tigresa solo podía pensar en que Lía tenía mañas parecidas a las de Yao, que dormía de igual manera contra su pecho. Él también solía dormir a horario y levantarse únicamente a comer cuando era más chiquito.
—¡Tigresa! Tu hijo es un sin vergüenza.
No había enfado en la voz de Lei-Lei, solo un mal intento por esconder la risa.
—¿Y que hizo ahora este pillo?
—¡Acabo de ponerle el pañal!... y ya lo tiene que ensuciar, ¡Exijo que me paguen!
Tigresa rio.
Tao se tomaba los piecitos y se los llevaba al rostro, risueño, meciéndose sobre si mismo. Y como prueba de la palabra de Lei-Lei, el pañal sucio estaba doblado a un lado.
—Vaya canalla… ha de haber salido a su madre.
—¿Tú la conocías?
De repente, la atención de Lei-Lei se posó en ella.
Solo había sido una broma, de hecho, a Tigresa ni siquiera se le ocurrió el trasfondo que podía tener una frase tan inofensiva. No pensó que Lei-Lei lo tomara en cuenta.
—No —contestó, mientras dejaba a Yao ya dormido en el futon—. No la conocía… Ven, toma a Yao. Ya me encargo yo de Tao.
—¡Oh, muchas gracias!
El tema no avanzó y Tigresa ocultó el mal trago tras una sonrisa un tanto tensa. Eso había sido imprudente. No debería de soltar cosas así como así, tal vez Po tenía razón y debería dejar de pensar tanto en todo. Tal vez debería dejarlo de lado una vez. Pero era tan difícil… No podía. Era imposible si todas las noches debían mecer en brazos los recuerdos de todo lo sucedido.
Bien sabían sus ancestros que lo que más quería era olvidar, poder ser feliz, sonreírle a su esposo y amar a sus niños sin ningún remordimiento. Quería una familia. Pasó toda una vida deseando una familia y ahora que la tenía… solo quería disfrutar de esta.
Quería ser como todas las esposas y hacer de tripas el corazón.
Pero no lo era y de repente, las palabras de Shifu el día que le anunció el compromiso cobraban mucho más significado del que le dio en aquel entonces. Si tan solo lo hubiera escuchado…
III
Para cuando el sol comenzó a ponerse, Lía ya había despertado y Lei-Lei seguramente ya se encontraba en su casa —o eso quería suponer, teniendo en cuenta que llevaba tiempo de haberse marchado—, por lo que Tigresa tuvo que ingeniárselas para entretener a los gemelos y poder amamantar a la cachorra. Tampoco era del todo una proeza. Atender dos lobeznos demasiado glotones y berrinchudos le había enseñado un par de trucos a la hora de darse maña. En ocasiones era capaz de arreglárselas mejor sola que con ayuda de alguien. Y que no se mal interprete. Agradecía incluso a Mei-Mei por su interés en brindarle apoyo, pero no era algo a lo que estuviera habituada.
Hizo lo mismo que cuando iba a lavar ropa: colocó una manta en el suelo y sobre esta unos cuantos juguetes con los cuales los Yao y Tao se entretendrían, mientras ella los vigilaba desde la mecedora para que no se arrancaran las orejas entre ellos. Y no exageraba. Era un temor con antecedentes. Quien dijera que los gemelos, por ser gemelos, peleaban menos que otros hermanos estaba en un grave error.
—¿Y tú qué me dices? —Murmuró, en dirección a Lía, tal vez con un tono demasiado empalagoso—. ¿Te quedarás así de tranquila y lucharás como tus hermanos?
Los ojitos de la cachorra la observaban con ingenua curiosidad, grandes y cristalinos.
Eran tan idénticos a los de su padre…
Deslizó la yema de un dedo por la blanca mejilla de la cachorra. El pelaje era suave como terciopelo, demasiado fino aún, y las rayas que se dibujaban en él demasiado claras y tenues. Tigresa supuso que se le oscurecerían con la edad. Sí, a medida que fuera creciendo, serían rayas negras de tigre. Al menos tendría algo suyo, porque por lo que restaba, todo parecía calcado a su padre.
—¡Ma'!... ¡Ma'!
Yao se dejó caer sobre sus pies, jalando la falda del quipao, y Tigresa extendió una mano para tomarle del brazo y ayudarle a mantenerse de pie. Aún era muy pequeño para hacerlo por su cuenta y su cuerpito se iba hacia delante por su porpio peso.
—¡Ma'!
—Mamá no puede alzarte ahora, cielo. Si esperas…
—¡No!... ¡Ma', ma', ma'!
—Yao, basta —mandó, sin sonar demasiado agresiva—. Mira a tu hermano, él se porta bien… A ver, ¿Puedes decir "hermano"? Herr… ma… no…
Yao ladeó la cabecita, como si realmente intentara comprender lo que le decían.
—e… e…
—Hermano…
—¡Ano!
Tigresa por poco se ahogó con su propia risa.
Bien, reírse de eso era algo impropio en ella, pero… ¡Pero es que Yao era adorable! Rio, negando con la cabeza, y ayudó a Yao a volver a sentarse en el suelo antes de acariciarle la cabeza a modo de premio. Al menos había dicho una palabra. Eso era algo.
—¡Nano! —balbuceó Tao desde la manta, batiendo las palmitas—. ¡Nano, nano, nano!
Bueno, al menos Tao sonaba más decente. Yao echó las manitas al suelo y gateó hacia su hermano, que no dejaba de repetir "nano" entre palmaditas y carcajadas.
A Tigresa se le ocurrió que se veían muy tiernos. Tao con su "nano" y Yao… Tuvo que morderse el labio para no volver a reír. Se dijo a si misma que aún eran bebés y sin tomarse demasiado en serio el pequeño error, continuó intentando que Yao pronunciara "nano" tal como su hermano. Intentó enseñarles a balbucear algunos otros monosílabos, como "no" y "Lei", con lo cual no consiguió demasiado por parte de ellos.
No le importó demasiado.
Se conformaba con ver sus sonrisitas.
Le había tocado oír que se arrepentiría de cuidar a los gemelos, a los hijos de otro vientre, que renegaría de ellos al tener sus propias crías. Pero hasta el momento, el solo pensarlo le resultaba un absurdo sin pies ni cabeza. ¿Cómo era posible? Con ellos, las heridas dolían un poco menos. Curaban los recuerdos y la ayudaban a enfocarse en lo que tenía, no en lo que había perdido. Todo eso con solo una sonrisa.
Entre las risas de los gemelos y ella intentando enseñarles algunas palabras, el tiempo se le fue de las manos y no se percató de ello hasta que no escuchó la puerta principal abrirse.
Con algo de prisas, le quitó el pecho a Lía —que llevaba rato dormida— y se acomodó la ropa en su lugar, al tiempo que Po la llamaba desde la entrada, anunciándole que era él con su usual "ya llegué", como si no fuera a notarlo solo con el escándalo que hacía al pisar en la madera. Tigresa no respondió. En lugar de eso, desvió la mirada hacia la pequeña ventana que daba al patio: era entrada la noche. Tarde. Demasiado, de hecho.
Po no solía llegar tan de noche a la casa.
—¿Tigresa? —Se detuvo en el resquicio de la puerta, con el entrecejo arrugado y una rara mueca en los labios—. ¿Sucede algo? —Inquirió— Te estaba hablando, ¿por qué no contestas?
—Llegas tarde.
A juzgar por la forma en que cambió la mirada del panda, no se esperaba eso. A Tigresa no le importó.
—Oh, bueno… se me ha ido la hora —se excusó—. Estaba con Mei-Mei, ya sabes cómo se pone de pesada.
—Con… Mei-Mei —y no le molestó la mofa en su propia voz—. Ya, me doy por enterada.
Los ojos de Po se mantuvieron en su rostro, como si buscaran algo, y Tigresa optó por bajar la mirada hacia su hija en brazos. Le acomodó la ropita y acarició su mejilla, todo con tal de entretenerse.
—Según recuerdo, solo anoche me dijiste que necesitabas espacio con los niños.
—Y tú buscas a Mei-Mei. Muy considerado de tu parte.
—Tigresa, por favor…
Tigresa impulsó la mecedora con sus pies, interrumpiendo a Po con el rechinido de esta sobre la madera. No le interesaba oírlo. De repente, se sentía furiosa y ni siquiera tenía interés alguno en arreglarlo o preguntar a Po por qué había pasado la tarde con Mei-Mei en vez de volver con su hija o sus hijos. Ella quería espacio, los niños no entendían sobre "espacio" entre ellos y su padre.
Quería correr.
¿Hacía cuanto que no salía a correr?
Por primera vez en años, añoraba el Salón de Entrenamientos del Palacio de Jade. Lo extrañaba como si hubiera dejado gran parte de ella en él… y en teoría, así era. Allí estaba la verdadera Tigresa. Esta no era más que un pedacito muy pequeño y poco representativo de ella. No era más que los restos de lo que alguna vez fue.
—Tigresa, acabo de llegar, solo quiero estar bien un momento. —Po se llevó las manos al rostro, restregándolo casi con cansancio—. ¿Puede ser?
—Me da igual.
Se levantó de la silla y avanzó hacia la salida, con intenciones de marcharse. Sin embargo, la mano del panda se cernió en torno a uno de sus brazos. Gruñó. Intentó soltarse jalando del brazo, tanto como la cachorra se lo permitía, pero Po no aflojó ni un poco el amarre.
No la empujó, pero si aplicó la suficiente fuerza para obligarla a retroceder. Tigresa no sintió miedo. De hecho, jamás ninguna discusión le infundió miedo hacia el panda, sabía que no le haría ningún daño, pero eso no quitó que sintiera su orgullo pisoteado.
Esta vez, enseñó los dientes al gruñir.
—Suéltame.
—No he visto a Lía en todo el día —reclamó Po—. Solo déjame estar con ella un momento.
—No.
—Tigresa, también es mi hija. Yo también la extraño. —Había tanta súplica en su voz… parecía derrotado, como si llevara mucho tiempo rogando por lo mismo—. Por favor, ¿Hasta cuándo piensas castigarme?
Fue aquella pregunta, lo que dejó a Tigresa tiesa en su lugar.
¿Castigarle?
Nunca pasó por su mente castigarle, por más daño que le hubiera hecho a ella.
—Tú ya tienes dos hijos —escupió, sin pensarlo, con todo eso que no había dicho impregnado en la voz—. Yo solo tengo a Lía. Y es mía, Po.
Los ojos de Po revolotearon sobre el rostro de ella, como si buscara algo, y aunque por un momento pareció que iba a responder, alguien llamó a la puerta antes de que lo hiciera.
