Notas de Lacrimosa Azul:
Este capítulo fue complicado de traducir porque había muchas cosas que no logré entender u.u hice mi mejor esfuerzo para que quedará bien. Si ha quedado algo raro o difícil de comprender, lo siento. También pido disculpas si hay algún error. Gracias de ante mano.
Advertencias: Puede que haya Ooc de parte de Mikoto, bueno, a mi juicio. Alerta de Misaki tsundere.
Notas de Yumechou:
Disclaimer: K no es mío. Continuemos.
Perdón por demorarme en actualizar... He estado demasiada ocupada jugando con la Intuos 5, jejeje ... cuando me di cuenta ya había pasado un mes. ¡Realmente lo siento! Pero este es el capítulo más largo de todos, así que, ¿por favor, perdónenme? Les advierto que cambiare mucho de POV en este capítulo, ¡ya que hay demasiados grupos! Y un montón de SaruMi y MikoRei, así que espero que algunos de ustedes estén contentos. XD
Capítulo 8: Tiempo Congelado
Publicación Original junio 2014
"Lo contrario del amor no es odio, es la indiferencia. Lo contrario de la belleza no es la fealdad, es la indiferencia. Lo contrario de la fe no es herejía, es la indiferencia. Y lo contrario de la vida no es la muerte, sino la indiferencia"
Elie Wiesel (1928 - 2016)
Daikaku escondió sus manos en las mangas de su kimono mientras se sentaba en la pequeña almohada frente a un juego completo para realizar la ceremonia del té sin tocar, mientras cerraba los ojos como si estuviera meditando.
No obstante, un ceño fruncido se hizo presente con finas arrugas entre sus cejas. Como uno de los reyes de la primera generación, había reunido toda su sabiduría y dignidad para traer la paz al país, ya que aún no abandonaría su deber como rey, al contrario de su amigo al que hace mucho deseaba volver a ver. El peso del mundo sobre sus hombros era grande, pero se enorgullecía de su compromiso.
Y, sin embargo, no tenía la paciencia suficiente para tratar con la joven generación. Eran imprudentes y se apresuraban para tomar decisiones. Eran egoístas de corazón. Había visto varios ejemplos de reyes inmaduros, abusando de sus poderes e ignorando sus responsabilidades como si tuvieran un nuevo juguete para divertirse y utilizándolo para temas demasiados triviales. Sus mentes eran demasiado estrechas en comparación con la visión que él tenía. El poder de un rey era tan grande que era un hecho que tenían que asumir su deber con la humanidad en lugar de sus propios deseos.
Había puesto su esperanza en el joven Rey Azul con su mente brillante y confiabilidad, sin embargo, Munakata Reisi también cayó de su gracia al final. Utilizó su poder para salvar a HOMRA, y terminó encontrando su propia desgracia.
Sus sentimientos tomaron lo mejor de él, y en lugar de preferir el orden público, el Rey Azul decidió salvar a un miembro del Clan Rojo, y posiblemente al Rey Rojo a cambio de su bienestar. Era una desgracia perder el poder del tercer rey debido a su tremenda aura ofensiva, pero era mejor perder un peón importante que perder todo el juego. Si tenía que decir lo que pensaba, estaba un poco decepcionado por el juicio de Munakata Reisi. La juventud y la inexperiencia fueron siempre las razones de la caída de los reyes Jóvenes.
Sin embargo, él seguía manteniendo una buena opinión del Scepter 4 por cómo habían tratado con HOMRA durante todos estos años sin objeciones; o para ser más precisos, la voluntad del Rey Azul para comprometerse con el actual Rey Rojo.
Suoh Mikoto era como un león salvaje. Una vez que su guarida era perturbada lo destrozaría todo, y no prestaría atención a nada más hasta que quedara sin energía. Tratar de controlar una bomba sin morir en el proceso era una tarea bastante difícil, además de ser un gran esfuerzo para lograrlo.
Interiormente, elogiaba al joven capitán del Scepter 4 por ser capaz de restringir al Rey Rojo con mínimas bajas. Podría ser que la relación de afecto natural entre ellos mejorara la estabilidad del Rey Rojo, por eso él cerraría los ojos y fingiría no darse cuenta de lo obvio si ningún problema ocurría con ese vínculo.
Comprendía que entre todas las auras, la roja era la más devastadora y difícil de controlar. Siempre gritando por la destrucción. Daikaku siempre compadecía a la persona que era elegida para ser el Rey Rojo, ya que a menudo se marchaban de este mundo demasiado pronto, después de pasar un tormento evitando que ese poder consumiera su alma al tratar de reprimirse por demasiado tiempo.
Si. Se compadecía de Suoh Mikoto. Podía ver lo mucho que el hombre luchaba contra su propia aura, tratando de mantenerla bajo control tanto como podía, probablemente por el bien de sus amigos. Entre todos los que habían ocupado el puesto del tercer rey, él era considerablemente el más calmado. Por lo tanto, Daikaku a menudo pasaba por alto los informes de los incidentes triviales que surgían en la ciudad ocasionados por el Rey Rojo.
Pero aparentemente, ahora Suoh Mikoto había perdido los estribos y simplemente decidió interrumpir la paz. Hace apenas un momento había ocurrido una explosión en el vestíbulo del edificio y, aunque el temblor no le preocupaba, Daikaku no podía perdonar un acto que destruyera su hogar, a pesar de todas las razones posibles y justificables.
Podía sentir el rastro del aura roja en el sitio de la explosión. Sus puños se apretaron con furia, abrumado por la falta de respeto del Rey Rojo a pesar de haberle permitido ver a Munakata, y ya que éste estaba imposibilitado, no tenía más opción que manejar este asunto él mismo. Su deber como adulto era castigar las travesuras de un niño, y decidió que este era el momento apropiado para imponer respeto, incluso por la fuerza bruta.
Se levantó y comenzó a caminar hacia la puerta corrediza que fue abierta por un par de sus hombres mientras se arrodillaban sobre el suelo de madera. Daikaku caminó majestuosamente hacia el pasillo sin mirar a sus subordinados.
—Vengan. Alerten al equipo de seguridad para que detenga al clan rojo y ordenen al equipo de manipulación de la percepción para que activen sus habilidades. Nos dará algo de tiempo para confundirlos —sus ojos dorados se endurecieron. —Yo enfrentaré al Rey Rojo.
Los dos guardias se inclinaron ante él y desaparecieron en el aire.
—Suoh Mikoto, ¿acaso finalmente te has convertido en un enemigo? —Daikaku gruñó mientras se dirigía a su ascensor privado con los brazos cruzados frente a su pecho.
Kusanagi respiró la nicotina de su cigarrillo antes de arrojarlo al basurero más cercano, que milagrosamente era lo único que se había salvado de la explosión anterior en el vestíbulo. Miró alrededor con consternación.
—Whoa, se ve peor de lo que pensé —observó a su rey y soltó una breve y débil sonrisa. —No creo que el Rey Dorado te perdone por esto Mikoto, incluso si nos disculpamos.
La puerta de entrada del vestíbulo se había desvanecido quedando sólo algunas ventanas y decoraciones en la habitación. La pared frente a ellos, que originalmente había estado pintada con dragones dorados y brillantes ahora estaba totalmente carbonizada.
Varios pilares estaban derrumbados en el piso y del techo que aún estaba derrumbándose caía un manto de polvo gris. Pero para el asombro de Kusanagi, el edificio estaba bien construido. Incluso con la importante pérdida de los pilares de soporte, ni siquiera se balanceaba o mostraba signos de mayor deterioro. Parecía que el edificio había sido construido para sobrevivir a una guerra nuclear.
Por su parte, Mikoto sólo le devolvió la mirada, ignorando el comentario de su mejor amigo y avanzó despreocupadamente hacia el interior sin tener cuidado en donde pisaba.
Anna hizo una carrera corta para alcanzar a Mikoto y agarró su mano para caminar junto a él. El cantinero se dio una palmada en la frente y se encogió de hombros mientras seguía a su rey. Sólo Totsuka tuvo la amabilidad de compadecerlo y le sonrió casi disculpándose. Al contrario de su reacción, Yata y los demás parecían asombrados al ver el resultado del poder de Mikoto.
—¡Wow! ¡Mira este lugar! ¡Como se esperaba de Mikoto-san!
Kusanagi suspiró con resignación. En cambio, Totsuka se giró y comenzó a darles una breve conferencia a los jóvenes.
—Esto no está bien. Puede que nos viéramos forzados a usar la fuerza, pero si podemos evitarlo, ¡sería lo mejor! ¡Miren estas piezas de arte! Considerando que pertenecen al Rey Dorado deben ser todas originales. ¿Tienen una idea de cuánto le cobrará a Kusanagi por el costo del daño?
—¿Yo? ¡No puedo pagar por todo esto! —gritó el barman mientras se giraba para mirarlos totalmente perplejo.
—¿Piensas que el Rey Dorado no nos cobrara por los daños como compensación de esto? —agregó Totsuka haciendo que Kusanagi pusiera una expresión angustiada.
Izumo casi había perdido su espíritu de lucha, así que Yata sólo suspiró y subió las escaleras hacia el vestíbulo mientras murmuraba a sus amigos:
—Ya escucharon. No destruiremos el lugar si podemos evitarlo.
El resto de HOMRA casi se sintió decepcionado al instante por no poder usar todo su poder al tener que contenerse.
—Totsuka, eres un asesino del estado de ánimo.
Todos se enfurruñaron y comenzaron a caminar hacia el interior. Tatara sólo se rió sin una pizca de remordimiento cuando los miembros del clan rojo pasaron a su lado.
—Bueno, soy el único que es débil y sólo puedo usar la cabeza. King está demasiado ocupado con sus asuntos y no quiero que nadie se lastime. Ten cuidado, Yata.
La vanguardia roja miró hacia atrás y asintió con la patineta en su brazo izquierdo.
—Déjamelo a mí —respondió con calma.
Los demás le sonrieron y enérgicamente se precipitaron hacia el edificio.
—¡No te preocupes, Totsuka-san! ¡Capturaremos a ese sujeto para que no se atreva a lastimarte otra vez!
El rubio colocó sus brazos en su cintura y suspiró con una sonrisa de alivio. Estaba tan orgulloso de su familia. Podrían ser imprudentes, con excesivo vigor y poder, pero su unidad era absolutamente irrompible. Kusanagi esperó con él y se rió entre dientes porque el joven lo había logrado.
—Es difícil controlar a estos niños, ¿eh?
—Bueno, King es un padre demasiado cariñoso, no será estricto con ellos a menos que las cosas sean lo suficientemente malas.
Totsuka se encogió de hombros despreocupadamente y giró su cabeza hacia él cuando escuchó que el cantinero volvía a reír suavemente.
—¿Qué?
—Suenas como si fueras su madre.
Kusanagi escondió su sonrisa detrás de su mano, pero la diversión era transparente en su rostro. El rubio más bajo se unió a él riéndose.
—No, gracias, no puedo ser responsable de tantos niños, y hablando de eso, ¿qué hay del Rey Azul? Él también tiene muchos niños, y muy educados —Totsuka le dio una mirada significativa y reservada, pero sus ojos brillaron con malicia.
El barman lo miró con ultraje y se estremeció involuntariamente.
—Me asustas. Él es más como una madrastra o una suegra.
—Decir eso es malo, Izumo. Mejor vámonos, ¿de acuerdo? —el rubio comenzó a caminar y se rió alegremente.
Por su parte, Kusanagi sacó otro cigarrillo de su bolsillo, lo encendió con su encendedor y siguió al más joven.
—¡Tenemos confirmación de los movimientos de HOMRA!
Hidaka corría apresuradamente y estuvo a punto de derribar unos muebles cercanos para alcanzar a Seri y recibir sus instrucciones. La rubia teniente miró hacia atrás, deteniendo el informe verbal de Fushimi y así darle tiempo al hombre para que recuperara el aliento, jadeando pesadamente frente a ella antes de contestarle con una sonrisa.
—Sí, lo he escuchado hace un rato, directamente de Fushimi. Dirigiré el escuadrón de emergencia. Partiremos en este instante.
Hidaka echó un vistazo por el hombro de Seri y se encontró con su gruñón, competente y joven superior, con su usual actitud de fastidio, con su PDA en la mano y organizando al equipo a la velocidad de la luz.
—Whoa, Fushimi, ¿cómo lo has descubierto tan rápido?
Este último sólo le respondió con una breve mirada y un pequeño saludo antes de alejarse todo lo cortés de lo que era posible de ellos para hacer una llamada.
Seri tocó el hombre del oficial de ojos almendrados e hizo un gesto para que la siguiera en otra dirección.
—Vamos, Hidaka. No tenemos tiempo que perder.
Hidaka lanzó una última mirada al comandante de cabello negro mientras hablaba por teléfono antes de girar sobre sus talones y seguir a Seri obedientemente. A pesar de ser una mujer, el avance de Seri era demasiado rápido y Hidaka se encontró medio corriendo para ir tras ella.
—Prepárense para la batalla. Necesito equipos de vigilancia y médicos dentro del área en los próximos quince minutos. Fushimi ha pedido ayuda al departamento de policía para asegurar el perímetro dentro de diez km y para que comiencen la evacuación de los ciudadanos en el área —Seri sostuvo los papeles que llevaba su mano hacia su pecho. —He firmado todo el documento necesario siguiendo nuestros procedimientos normales, procederemos y saldremos en cinco minutos.
Hidaka ordenó los papeles que casi caen de sus brazos mientras trataba de mantener el ritmo de Seri.
—¿Hacia dónde vamos, teniente?
Seri se detuvo de inmediato, y si no fuera por sus reflejos, Hidaka se habría golpeado la nariz con la espalda de ella. La mujer inclinó la cabeza un poco, pero no lo suficiente para ocultarle su expresión mientras le respondía.
—Seguiremos a HOMRA hasta la residencia de su excelencia, Kokujōji Daikaku —una espeluznante pausa quedo en el pasillo. Al no obtener respuesta, Seri siguió su camino y se dirigió a su oficina para recuperar su amada espada mientras susurraba en voz baja. —Cuatro reyes en un mismo lugar... Esta es la primera vez en la historia.
Finalmente, Hidaka salió de su sorpresa cuando la puerta de caoba de la oficina de Seri se cerró ante él y gritó aterrorizado en el vacío pasillo.
—¿Ehh?
—Wow… este lugar es un total desastre.
Isana divagaba alegremente en voz baja, mirando alrededor del lugar con asombro mientras que con sus compañeros se escabullía para entrar a la residencia del Rey Dorado, todo gracias a la habilidad de Neko para ocultar su presencia a través del enjambre de policías y, en especial de un grupo que funcionaba como primera línea de defensa del clan rojo.
Aparentemente, HOMRA se estaba preparando para una emboscada porque estaban demasiado concentrados en proteger el frente sin perder detalle de la zona de entrada.
—Me pregunto si esto fue causado por el Rey Rojo.
Neko se movió más cerca de él y cuidadosamente observó sus pies desconfiando de los fragmentos de vidrio y astillas de madera que había por todo el lugar hasta que se escondieron detrás de una pared que usaron para avanzar hacia un túnel oscuro.
Kuroh los empujó rápidamente hacia el pasadizo negro después de haber confirmado que el grupo de hombres que vigilaban el lugar, cargando con bates metálicos sobre sus hombros, no los habían descubierto. Una vez que desaparecieron, Kuroh suspiró pesadamente e hizo un gesto para que avanzaran.
—Creo que sí. El daño es demasiado severo para un bombardeo normal a menos que usen toneladas de explosivos simultáneamente. He evaluado los escombros en el suelo y no puedo oler nada químico que cause una detonación normal.
—Hmm ... esta área es increíblemente grande. ¿Dónde terminará este túnel? —cuestionó Isana, mientras seguía avanzando con Neko aferrada a su chaqueta, mirando ansiosamente hacia adelante y hacia atrás.
Kuroh echó una mirada furtiva al estudiante de cabello blanco.
—Todavía no entiendo por qué el culpable ha traído al clan rojo hasta aquí. Me cuesta creer que haya estado ocultándose en el hogar del Rey Dorado durante todo este tiempo. Lo más seguro es que debe haberse infiltrado hace poco.
—Puede que por alguna razón el Rey Incoloro quiera crear caos en este lugar. Bueno, mejor sigamos moviéndonos —habló Isana mientras colocaba su dedo debajo de su barbilla, pensando seriamente.
Kuroh asintió, a pesar de que ninguno de ellos podía verlo con la falta de luz dentro del túnel.
—Sólo tengan cuidado y no se golpeen la cabeza ni tropiecen con los pies —Kuroh enfatizó esto dando una pequeña palmada en la cabeza de Neko.
La chica le dedicó un lindo puchero, y Shiro respondió con una risa suave y se dio la vuelta para responder burlonamente a Kuroh dentro del pequeño túnel.
—¡Si mamá!
Como de costumbre el comportamiento del albino era insultante, pero de alguna manera, la inocente sonrisa de Isana hacía que Kuroh sintiera unas molestas mariposas aleteando en su estómago. Rápidamente se recuperó tratando de ocultar el leve sonrojo que apareció en sus orejas y fingir estar enojado con él.
—¡Deja de ser absurdo!
—Finalmente entramos a la sala de vigilancia —Kusanagi suspiró mientras se dejaba caer en una silla vacía frente al monitor. Miró a los inconscientes miembros del clan dorado en el suelo, disculpándose. —Lo siento, pero tenemos que encontrar a ese tipo pronto.
Cuando Anna se acomodó en un asiento al lado de Totsuka, Mikoto se acercó a Kusanagi y le tocó el hombro. El cantinero lo miró desde el reflejo del monitor y preguntó al mismo tiempo que Tatara.
—¿Mikoto?
El Rey Rojo sólo respondió con un asentimiento silencioso y se dio la vuelta mientras anunciaba su partida en silencio. La joven Anna pareció tentada de tirar del borde de la chaqueta de Mikoto, pero se detuvo, dejando que su rey estuviera solo. Totsuka le dio unas suaves palmaditas en la cabeza con una sonrisa.
—King estará bien. Él es bastante poderoso, ¿verdad?
La joven strain asintió con la cabeza baja, pero su melancolía se había desvanecido de su pequeña cara.
Kusanagi abrió su teléfono y marcó el número de uno de sus contactos.
—¿Yata? Sí, sigue atento, los azules ciertamente vendrán pronto y no podemos hacer que arruinen la fiesta. Ya tenemos suficiente multitud aquí —hubo una pausa. —Bueno, no creo que retrocedan pacíficamente, así que mantenlos ocupados tanto como puedas. Ten cuidado.
Las pantallas del monitor parpadearon mientras cambiaban a varios puntos de vista en la mayoría de las esquinas de la residencia del Rey Dorado. Kusanagi hizo sonar sus dedos rígidos mientras se recostaba en la silla.
—Bueno, es hora de trabajar. Encontremos al ratón, ¿de acuerdo?
—Teniente, se han infiltrado en la sala de monitores y han tomado el control total del sistema de seguridad —informó tranquilamente Fushimi mientras el resto de los equipos de vigilancia escribían con furia en el teclado de la computadora.
Al otro lado de la carretera donde habían aparcado su furgoneta, Seri permanecía de pie en silencio, observando algunas partes del edificio frente a ella que habían quedado carbonizados. En un vistazo, ella podría nombrar a los culpables de este caos, los cuales nunca dejaron de sorprenderla con su violencia.
—¿Crees que puedas recuperar el control del sistema de seguridad, Fushimi?
Seri cruzó sus brazos bajo sus pechos, vigilando desde la puerta derrumbada y alzó su cabeza para mirar la alta torre. Sin embargo, desde donde estaba no podía distinguir la parte superior. Ella sólo había acompañado a su rey hasta la entrada, por lo que nunca se interesó por la cantidad de pisos que tenía el edificio.
Con la habilidad de hackeo de Fushimi sería cuestión de tiempo antes de que pudieran obtener los planos del edificio, al menos en general, porque según los rumores, este edificio fue construido con varias cámaras secretas y senderos. Para empeorar, había varios strains en el clan dorado que poseían el poder de la manipulación sensorial igual que la chica que acompañaba al sospechoso de ser el Rey Incoloro. Especialmente hábiles para confundir a cualquier intruso dentro del laberinto gigante.
Giró sobre sus talones y observó el entorno. Habían trabajado rápido y en quince minutos los ciudadanos cercanos habían sido evacuados y toda el área había sido asegurada con barricadas. El distrito estaba casi completamente desierto, y solamente el Scepter 4 permanecía dentro del perímetro, pero fuera del territorio del Rey Dorado.
Sin embargo, teniendo en cuenta que el lugar podría convertirse en el campo de batalla de tres reyes que estaban preparados para el combate, ella había solicitado un bloqueo más amplio de la zona, pero para el departamento de seguridad llevaría más tiempo lograrlo.
Seri sólo podía rezar para que no ocurriera algo que causara otro cráter Kagutsu, especialmente en medio de una ciudad tan bulliciosa con varias estructuras de rascacielos que rodeaban la vivienda del Rey Dorado. Sería una pérdida terrible considerando que un distrito importante desaparecería y que era vital desde el punto de vista político. El daño costaría una buena fortuna para todo el país.
Se estremeció un poco cuando una repentina ráfaga de viento acarició su cuerpo. Su falda corta apenas cubría sus largas piernas y durante la época de cambio de estación ella deseaba haber usado sus medias antes de ir a la sede por la mañana.
El cielo era anormalmente gris, pero sin señal de tormenta, y unos pequeños rayos de sol aún eran visibles detrás de las nubes. La temporada había cambiado y el invierno casi estaba sobre ellos. Ahora sólo tenían que esperar a que cayera el primer copo de nieve en lugar de hojas de otoño para decirles que el frío invierno acababa de llegar.
Cuando todavía estaba aturdida, Fushimi se bajó de la camioneta y caminó hasta llegar a su lado.
—Teniente, tenemos los planos y aunque estoy seguro de mi capacidad para piratear el sistema de seguridad, no seré capaz de acompañarla junto con el equipo de avanzada.
Seri asintió brevemente y le entrego su PDA.
—Está bien, Fushimi. Necesitamos personas más capaces para asegurar el perímetro contra HOMRA, tú iras. Envía a mi PDA los planos, yo me encargaré.
Pasaron unos momentos en silencio hasta que Fushimi transmitió los datos al PDA de Seri mientras el resto del equipo se reunía en un lugar no lejos de ellos. Cuando sonó una nota de notificación, la mujer rápidamente abrió el archivo y echó un vistazo al mapa mientras el joven se retiraba para reunirse con su grupo, colocando la espada en su cinturón.
Después de estudiar rápidamente el plano, Seri hizo lo mismo y se dirigió hacia su equipo a la distancia, quienes le saludaron al unísono. Ella copió el gesto y anunció rápidamente;
—Como habrán notado, estamos en la propiedad del Rey Dorado, su excelencia Kokujōji Daikaku. Tenemos que mostrar nuestro respeto hacia él proporcionando asistencia a nuestra máxima capacidad para no avergonzar el nombre del Scepter 4. Nuestro principal objetivo será detener a HOMRA y a cada individuo relacionado con el clan incoloro en caso de que se resistan. El siguiente objetivo será determinar la seguridad del capitán y los miembros del clan dorado.
Sus hombres se miraron disimuladamente entre ellos, pero ninguno expresó su objeción. Después de todo, no era necesario. En el fondo, todos entendieron que, aunque la teniente exponía las prioridades en ese orden, la verdad era al revés.
La verdadera razón para que el clan azul estuviera ahí era para encontrar a su capitán y evacuarlo lo más lejos posible del peligro. Cualquier otra cosa podría esperar. Lo que ellos habían estado pensando era quien se ganaría una reprimenda de su rey si éste lo supiera. Pero valdría la pena si eso significaba mantener a salvo a su estimado capitán quien nunca había expresado su furia enfrente de ellos, por lo que no se molestarían en preocuparse por eso en este momento.
Seri se dio cuenta de lo que habían estado pensando desde sus miradas compartidas, pero decidió no comentar nada sobre eso. Respiró hondo antes de dar la vuelta y mostrarles su espalda a sus subordinados y extender su brazo derecho directamente en el aire.
—¡Avancen!
Detrás de ella, Fushimi sonrió burlonamente mientras se rascaba el símbolo ardiente en su pecho, luciendo divertido. Podía sentir claramente que Yata estaba esperándolo justo dentro del edificio.
A varios metros de distancia, más allá del tramo de escaleras que conducía al vestíbulo, la vanguardia roja impulsivamente giró la cabeza hacia atrás y permaneció en silencio mientras miraba la vacía entrada destruida.
Kamamoto notó el cambio repentino en el estado de Yata, lo que despertó su interés.
—¿Qué pasa, Yata-san?
Misaki se mantuvo enfocado en el mismo lugar y susurró casi inaudible.
—Él está aquí. Los azules están aquí.
Kamamoto se tensó al instante y se acomodó el cabello rubio.
—¿Deberíamos ir a la entrada del ascensor? Kusanagi-san nos ha dicho que los mantengamos alejados por un tiempo hasta que Mikoto-san encuentre al culpable.
La vanguardia roja miró hacia el polvoriento suelo de mármol roto, mirando vacilante por un momento antes de girar su gorra hacia atrás con una mirada aguda.
—Estoy seguro de que están aquí por su rey. Vamos a mantenerlos ocupados por un momento en este lugar hasta que Mikoto-san haya encontrado a ese bastardo.
Confirmando su intuición, Yata pudo oír el sonido de numerosos pasos subiendo el tramo de escaleras casi al unísono.
Sin duda, era un grupo entrenado en el ejército. Yata agarró con más fuerza su patineta e hizo un gesto para que todos sus compañeros se reunieran cerca de él y bloquearan el camino a los ascensores delanteros.
Para acceder a los pisos superiores del edificio, los azules sólo tenían la opción de usar los ascensores o escaleras de emergencia. Sin embargo, teniendo en cuenta la cantidad de pisos, el Scepter 4 no tendría otra alternativa más que forzar su camino a los ascensores.
Tal como esperaba, en poco tiempo pudo distinguir el cabello dorado que atrapaba la luz del sol ordenado en un moño. Sus ojos azules y severos observaban el vestíbulo. A medida que la mujer avanzaba, varios hombres conocidos con el mismo uniforme azul tomaron posición al lado de ella, formando una línea perfecta con las manos juntas a la espalda. Ambos grupos estaban separados por sólo unos metros de distancia, y ya a se miraban el uno al otro, tratando de no provocar al contrario.
Yata sintió un súbito pinchazo en el pecho cuando finalmente sus ojos se posaron en el miembro más memorable del clan azul. Sabía que este momento llegaría, especialmente desde que habló con él.
Todavía tenía sentimientos encontrados hacia el Scepter 4, pero Yata estaba seguro de que su odio hacía los azules era únicamente para una persona. Si Fushimi nunca se hubiera unido a ellos, los sentimientos que tendría por los azules sólo serían de molestia.
Si tuviera que dar un nombre a su aborrecimiento anormal hacia el Scepter 4 serían los celos. De hecho, tenía mucho resentimiento hacia Munakata Reisi por haberle robado a Fushimi. Si el Rey Azul no estuviera para encantar a Saruhiko, tal vez éste no estaría tan dispuesto a dejarlo de lado.
Sin embargo, las grietas en su vínculo surgieron. Tarde o temprano comenzarían a separarse y Yata había sido demasiado ingenuo en aquel momento para pensar que nada podría interponerse entre ellos. Había comenzado a tomar la presencia de Fushimi como algo que nunca desaparecería.
La vanguardia roja se había dado cuenta de esto al hablar con Tatara. Justo después de que el rubio tuviera su accidente, Yata se ofreció para cuidarlo hasta que Kusanagi llegará con un cambio de ropa para el hospitalizado. Hablaban tranquilamente, pero de repente el tema se desvió a los azules y a Saruhiko. El rubio le sonrió y puso su mano sana sobre la de Yata mientras preguntaba sonriente.
—La próxima vez que te encuentres con él, piensa un poco. ¿Preferirías nunca volver a verlo o verlo muerto... o preferirías verlo a pesar de todo lo que ha ocurrido entre ustedes?
Su breve temperamento respondió antes de siquiera pensar. Su respuesta fue automática como una máquina, como muchas veces había dicho.
—Sería mejor que estuviera muerto.
Sin embargo, los ojos ambarinos de Tatara miraban tranquilamente a los suyos, atravesando su alma. Su sonrisa compasiva nunca abandonó sus labios. Cada vez que Tatara estaba cerca, era difícil permanecer enojado con su personalidad tranquila. Después de un minuto sofocante, finalmente dejó de estar enojado por todo. Bajó los ojos al suelo y por una vez imaginó el día en que ya no podría ver a Fushimi.
Él siempre fue una persona de acción. Yata nunca podía quedarse quieto, o terminaría pensando en cosas que quería olvidar. El dolor de la traición siempre brotaba cada vez que se encontraba con Fushimi; tanto que deseaba poder matarlo.
Pero de vez en cuando, durante los tiempos de paz recordaba los triviales momentos felices que compartió con Fushimi cuando veía pasar a los estudiantes de preparatoria charlando alegremente sobre los juegos o los exámenes finales que se aproximaban. O cuando pasó por su cafetería favorita antes de unirse a HOMRA, donde Fushimi siempre pedía una taza de café negro sin leche, pero con un terrón de azúcar, y él pedía algo similar, pero con mucha leche, tratando de copiar Fushimi y actuar como un adulto prematuramente.
Una vez que recordaba, siempre se preguntaba cuándo su camino había comenzado a divergir y por qué ya no podían ser felices juntos. No hay odio en él, sino simplemente anhelo. Durante esos momentos, su resolución de romper el vínculo por completo con sus propias manos se tambaleaba.
Casi con una sonrisa cómplice, Tatara inclinó su cabeza y colocó su dedo sobre sus labios.
—Ya sabes, Yata. Es como el dilema del erizo.
—¿Huh? —el pelirrojo ladeó la cabeza confundido.
Tatara resopló lentamente y explicó.
—Es una analogía, Yata. Sabes que el erizo tiene espinas, ¿verdad? Entonces, cuando llega el invierno ellos desean agruparse para mantenerse calientes, pero cuando se acercan demasiado terminan lastimándose —Tatara se detuvo pensando momentáneamente en su rey y su afiliación secreta con cierto hombre de cabellos azules. —Pero no pueden estar separados, no quieren hacerlo porque no soportarían el frío, pero no me refiero al frío del invierno, si no al de sus corazones.
Yata todavía parecía confundido, pero Tatara esperó pacientemente.
—Como tú y Fushimi. Tal vez los dos no han encontrado la distancia perfecta entre ustedes. A veces, cuanto más cerca estén, más daño sufrirán y quizás no se den cuenta de cómo inconscientemente se lastiman. Los humanos somos complejos, y no tenemos pensamientos similares ya que todos tenemos diferentes experiencias en la vida. Lo que te duele, puede que no sea lo mismo que lastime a Fushimi, y viceversa. El que no puedas verlo no significa que dejaras de quererlo. Simplemente significa que necesitas mantener una mayor distancia entre ustedes.
¿Lo que lo lastimaba? Yata comprendió que eso era que él ya no era la única existencia que tenía Fushimi para vivir. Sin embargo, ya no podía culpar a este último, en el fondo de su corazón. Después de todo, Yata también había encontrado otra existencia para llenar su vida; HOMRA.
Esta brecha entre ellos le hizo pensar que si Fushimi le hubiera pedido a Yata unirse al Scepter 4, probablemente se hubiera negado rotundamente. Podrían haber llevado una vida feliz anteriormente, pero él siempre había sabido que no compartían el mismo sentimiento acerca de los principios de la vida.
Usualmente era él quien se ajustaba a Fushimi para evitar conflictos. Pero si se trataba de HOMRA, no podía renunciar tan fácilmente, especialmente si Fushimi no mostraba algún esfuerzo por cambiar. Si tenía que usar el término que Tatara acababa de explicarle, Yata se había encontrado con otro puercoespín para calentarse, pero él no quería dejar atrás a su compañero. Ajustar la distancia con uno ya era difícil. Al final, terminó lastimando a Fushimi y el pelinegro lo atacó de la manera más dolorosa en venganza, buscando a otro erizo al que también podría pertenecer.
Yata estaba serio, asimilando aquellos pensamientos, y cuando el rubio dio su último consejo, supo que no podría dormir esa noche.
—Cuando estés seguro de que puedes ser totalmente indiferente hacia él, ese es el momento en que ya no lo querrás como tu compañero puercoespín.
Yata finalmente echó un vistazo a Fushimi, se dio cuenta de que poco le importaba si tenía que verlo en el campo de batalla si con eso podía verlo. Por la reacción de Fushimi y su retorcida personalidad, probablemente este último tampoco podía separarse completamente de él ya que el pelinegro amaba provocarlo para tener una batalla privada entre ellos.
Eso significaba que querían o seguían juntos en algún sentido, pero estaban demasiado separados y Yata no podía evitar tener esa sensación escalofriante en su interior. HOMRA lo mantuvo caliente, pero después de todo, Saruhiko le daba un tipo diferente de calidez.
En ese caso, sólo tenía que acercarse, incluso si se lastimaban y sangraban hasta que Yata pudiera sentir a Fushimi otra vez. Y a veces, para lograr eso, ellos sólo conocían una forma de comunicarse; violencia.
Dejó caer su patineta al piso y sonrió a su enemigo, mirando a Fushimi con mucha atención, quien también le devolvió la mirada como un depredador.
—Lo siento, pero el camino está cerrado momentáneamente.
Seri chasqueó la lengua y anunció en voz alta.
—Somos el Scepter 4. De acuerdo con la ley del traspaso ilegal de propiedad, ¡todo HOMRA será detenido, pero mantendrán sus privilegios de protección como ciudadanos si se rinden en paz! Le sugerimos que cooperen de buena gana.
—Nah, gracias. Estamos aquí para traer nuestra propia justicia. Si van a cooperar, ofreceremos nuestra protección a su rey, y así pagaremos nuestra. Preferimos no deberles nada, azules.
—Eso es completamente decepcionante. No nos dejas otra opción, Yatagarasu —Seri contestó solemnemente, aunque ella sabía que estos encuentros siempre conducirían a esto. Buscó la empuñadura de su espada y desenvaino.
—Awashima, lista.
Ella colocó su espada en posición vertical frente a su cara. Después de su movimiento, el resto de los miembros del Scepter 4 desenvainaron sus espadas en orden hasta que por fin Fushimi sacó su espada, sonriendo de manera espeluznante a Yata.
Para responder al desafío, Yata alzó la cabeza con orgullo cuando les gritó a sus amigos:
—Ya han escuchado. ¡Nadie puede pasar por aquí!
Un coro de feroces gritos resonó en el desmoronado vestíbulo cuando todas las partes involucradas se precipitaron hacia delante y se enfrentaron en combate.
Mikoto metió sus manos en los bolsillos de su chaqueta mientras caminaba por el desconocido pasillo sin rumbo fijo, probando su suerte para encontrar la ubicación del Rey Incoloro. Podía sentir el poder de la manipulación sensorial de los miembros del clan dorado a lo largo de todo el edificio, pero lo eliminaba fácilmente con cada paso que daba.
Mikoto sólo deseaba no tener que encontrarse con el Rey Dorado demasiado pronto, ya que odiaría ser sermoneado y tenía que reservar todo su poder para matar al Rey Incoloro, sin poner más carga y deteriorar su Espada de Damocles. Todavía estaba molesto por la buena voluntad de Munakata, pero Mikoto no iba a desperdiciar su esfuerzo si podía evitarlo.
Siguió caminando hasta llegar las escaleras donde encontró una intersección entre dos pasajes. Confiando en su instinto, Mikoto tomó el sinuoso camino que conducía a un pequeño jardín japonés dentro del edificio, y cuando estaba a punto de irse, desde la periferia de sus ojos alcanzó a ver sombras que lo atacaron desde atrás.
Sus enemigos fueron rápidos, pero no tanto como para golpear a Mikoto. Invocó su aura para defenderse del objeto filoso en la mano de sus atacantes. El sonido de los cuchillos al caer resonó en la alfombra y un leve gemido de dolor resonó en la habitación.
En un instante, giró para apartar de una patada a uno de sus atacantes y simultáneamente la víctima chocó con su compañero, estrellándose ambos contra los pilares cercanos. Cuando Mikoto miró hacia abajo para descubrir la identidad de aquellos hombres, encontró a dos guardias con máscaras de conejo y abrigos negros desplomados en el piso inconscientes. Suspiró decepcionado, esperaba cazar pronto a su presa, pero aparentemente el Rey Incoloro no era fácil de atrapar.
Mikoto frunció el ceño con frustración; no le gustaba admitirlo, pero el hogar del Rey Dorado era ridículamente gigantesco, como un laberinto serpenteante, y no tenía suficiente paciencia ni tiempo para memorizar los planos del edificio. Se rascó la parte posterior de su cuello y soltó un suspiro cuando un aroma débil, casi imperceptible, lo golpeó y antes de darse cuenta sus pies lo habían llevado rápidamente al lugar de donde provenía el familiar olor.
El aroma antiséptico se hizo más fuerte a cada segundo y Mikoto sin pensarlo avanzó más rápido, haciendo caso omiso de su entorno hasta que estuvo frente a la puerta corrediza de cristal, jadeando ligeramente.
En la entrada había un dispositivo con código de seguridad roto en la pared. Mikoto silenciosamente se paró frente a la puerta antes de que esta se abriera mecánicamente como si se diera cuenta de su presencia y le diera acceso.
La habitación blanca seguía siendo tal como la recordaba, pero ya no se escuchaba el pitido que rompía el silencio, el que ahora era tan familiar a sus oídos. En su lugar, lo que podía escuchar era el zumbido constante de algo que podía ser una máquina rota.
El Rey Rojo avanzó con cuidado hacia la habitación más profunda, donde encontraría a Munakata en su cama. Como esperaba cuando entró en la sala de aislamiento, el Rey Azul todavía estaba sumido en su profundo y pacifico sueño, pero ahora su piel era más pálida en comparación con la última vez que lo vio.
Pasaron unos segundos en que se dedicó a examinar la habitación y suspiro de alivio cuando no pudo sentir ninguna otra presencia dentro de la cámara. Mikoto estuvo a punto de acercarse al único paciente cuando observó un leve movimiento en el dedo de Munakata. Esperó pacientemente, tratando de calmar su euforia mientras un par de ojos violetas se abrían lentamente y miraban el techo vacío aun adormecido.
El rey pelirrojo se sobresaltó cuando Munakata tosió un poco y corrió bruscamente hacia el lado de él, poniendo una de las frías manos de Reisi entre las suyas, susurrando en voz baja casi por temor a que estuviera alucinando.
—Munakata.
El aludido no respondió, como si no lo hubiera escuchado. Mikoto permaneció en silencio para permitirle al hombre recién recuperado el tiempo para adaptarse a su repentino despertar antes de llamarlo nuevamente con más fuerza, apretando su agarre.
Munakata parpadeó dos veces para ahuyentar la niebla de sus ojos aturdidos antes de girar lentamente la cabeza para ver a la otra presencia a su lado. Sus orbes de amatista miraban perplejos al rey pelirrojo totalmente confundido antes de que una luz de reconocimiento apareciera en sus ojos. El Rey Azul débilmente movió la esquina de su boca en una pequeña sonrisa mientras hablo con voz ronca, un efecto secundario de no haber usado sus cuerdas vocales durante un tiempo prolongado.
—Suoh Mikoto...
Las manos de Mikoto se movieron nerviosamente sobre las fría de Munakata, antes de agarrarlas con más fuerza, como si tratara de compartir el calor de su cuerpo a través del ligero contacto con la piel.
—No creí que despertarías tan pronto.
Reisi soltó una risa suave y ronca, buscando apoyo en su brazo izquierdo mientras miraba el rostro de Mikoto, tratando de sostener su peso corporal y sentarse.
El Rey Rojo rápidamente puso su mano detrás de la espalda de Munakata y le dio un brusco empujón para ayudarlo a sentarse derecho. El de cabello azul se quejó mientras se sentaba y se miró los brazos delgados casi devastado.
Mikoto acercó una silla para que él pudiera mirar a Munakata a la altura de sus ojos. Mantuvo una mirada atenta en él, observando cada uno de sus lentos movimientos, anticipando por completo si el hombre de pelo azul necesitaba ayuda con algo. En poco tiempo, Munakata miró a Mikoto y le sonrió mientras se acercaba y apoyaba su mano en los puños apretados del pelirrojo en su regazo.
—¿Qué ha sucedido? ¿Por qué estás aquí? ¿Dónde estamos?
—Acabo de encontrarte.
El Rey Rojo se tensó, apenas respondiendo a las preguntas. Él no estaba acostumbrado a interactuar con el lado agradable de Munakata ya que su peculiar relación a menudo estaba acompañada de sonrisas sardónicas y abuso verbal.
Mikoto asumió que el Rey Azul aún no estaba totalmente despierto, y esperó el momento en que Munakata se diera cuenta de su error y desatara su ira al sentirse humillado hacia él.
Pero el momento nunca llegó, incluso después de una larga espera. El Rey Azul sólo afirmo con su cabeza en respuesta y juntó sus dedos en los de Mikoto sin mostrar incomodidad. El pelirrojo casi quería reírse de la ironía; a pesar de que los delgados dedos de Munakata se habían vuelto más delicados y con menos masa muscular, todavía encajaban perfectamente en los suyos.
Sin embargo, a pesar de que sus cuerpos parecían adaptarse el uno al otro, Munakata siempre mantuvo su distancia antes del incidente; siempre evitaba tocar a Mikoto y mucho menos enlazar sus manos.
Incluso cuando sus manos se encontraban juntas durante la pasión y sus mentes estaban completamente ocupadas, Munakata siempre soltaba repentinamente sus manos antes de que el torrente de placer los abandonara, como si Mikoto acabara de quemar su piel en su contacto fugaz. Para su disgusto, Reisi sólo le complacía con estos gestos cuando estaba completamente borracho.
Mikoto se sobresaltó de inmediato cuando Munakata desenredó su mano e hizo un movimiento repentino, extendiendo su mano hacia la pequeña mesa ubicada al lado de su cama. Su expresión alarmada, al mismo tiempo también alertó a Munakata, quien detuvo su mano extendida colgando en el aire para mirar a su único visitante.
—¿Qué?
Un par de ojos dorados se enfocaron en los objetos en la mesa, sintiéndose tonto por su miedo infundado al ver sólo un vaso vacío con una botella de agua al lado. También había un frasco de medicina, un paquete de gasa estéril, yeso adhesivo y una tijera de metal que hizo que Mikoto lo mirara con recelo.
Rápidamente se inclinó para agarrar el agua antes de que Munakata pudiera estirarse y herirse involuntariamente en el proceso. Mikoto vertió el agua dentro del vaso hasta que estuvo casi desbordada antes de entregársela al paciente frente a él sin palabras. El hombre de cabello azul tomó torpemente el vaso mientras accidentalmente rozaba los dedos de Mikoto.
—Gracias.
Si Munakata se sentía incómodo bajo su mirada atenta no lo expresó. El Rey Azul simplemente bebió del vaso hasta que estuvo vacío y se lamió los labios agrietados. Mikoto se armó de valor para no mirar por lo que hizo un gesto de ofrecimiento de más agua, pero Reisi sacudió la cabeza en silencio y le devolvió el vaso de plástico. Tan pronto como Mikoto devolvió los objetos sobre la mesa, sintió un tirón débil en la manga de su chaqueta y un ansioso Munakata agarrándose por sus brazos.
—Por favor, ayúdame a salir de este lugar Mikoto.
Mikoto lo miró con incredulidad y estrechó sus ojos ominosamente.
—No vas a ir a ningún lado así.
Pero la mano de marfil en su manga se mantuvo firme.
—Mikoto ... por favor.
El pelirrojo rey alejó con dureza su mano dándole de inmediato una mirada penetrante. Si Munakata estaba enfermo o no, Mikoto sintió que algo raro sucedía con el azul, y si no fuera por aquel bello rostro, pensaría que no se trataba de Munakata. Su comportamiento no era el de siempre, todo sobre él estaba mal, y Mikoto no podía ver a su amante en el hombre frente a él.
Accidentalmente derribó su silla, la cual hizo un sonido estridente cuando cayó al suelo. Mikoto desvió la mirada por un momento para mirar el objeto en el piso y sus ojos se agrandaron cuando vio otra cosa por el rabillo de sus ojos.
Cerca de uno de los lados de la cama, pudo ver un par de piernas que apenas sobresalían, mayormente ocultas por la cama de gran tamaño que lo hacía pasar desapercibido.
La cara de Mikoto se puso rígida y la angustia era aparente en su expresión antes de fruncir el ceño y decir solemnemente en voz baja.
—Te encontré.
En un abrir y cerrar de ojos, Mikoto saltó sobre el hombre en la cama y colocó sus manos en la garganta de Munakata, estrangulándolo con ojos fríos y despiadados.
El Rey Azul estaba desconcertado y parecía atormentado por el sufrimiento y la sorpresa, jadeando cuando sus pulmones comenzaron a exigir oxígeno.
—¿Mikoto? ¿Por qué?
Mikoto respondió con una sonrisa irónica, pero su agarre todavía estaba firme en el cuello de Munakata, lastimando la piel con marcas rojas formadas por sus manos.
—Él nunca me llama por mi nombre.
Los pensamientos de Mikoto eran amargos. Munakata siempre usaba su apellido; ni siquiera cuando pasaban la noche juntos hasta el amanecer, ni siquiera cuando Mikoto le sugirió que lo hiciera.
El Rey Azul gimió, se mordió los labios y derramó una lágrima que rodó hasta su barbilla mientras trataba de alejar las manos de Mikoto y evitar que siguieran apretando su garganta. El Rey Rojo instintivamente aflojó su agarre un poco ante la expresión dolorida de Munakata, quien aprovechó la oportunidad para morder la mano de Mikoto y liberarse de su agarre asesino.
Reisi se alejó gateando mientras tosía hasta que su espalda tocó la cabecera de la cama. Mikoto observó tranquilamente su mano herida mientras el ambiente silencioso colgaba peligrosamente entre ellos. Casi se estremeció cuando escuchó una risa áspera escapar de los labios de Munakata.
—Vaya, Rey Rojo, eso es realmente cruel. Supongo que el tiempo para jugar ha terminado.
En un abrir y cerrar de ojos, Munakata comenzó a burlarse de él con una maliciosa sonrisa, y rápidamente tomó la tijera en la pequeña mesa que estaba más cerca de él que de Mikoto antes de que el Rey Rojo pudiera detenerlo.
El hombre de cabello azul le mostró el costado de su cuello mientras que con una de sus manos movía la tijera de metal demasiado cerca de la vena palpitante que se encontraba en aquel lugar.
—Eres una molestia. Acabo de empezar a devorar el aura azul, ¿sabes? —el poseído Munakata lo observaba con una mirada burlona. —Qué tal si…. —movió las tijeras, deslizando el lado afilado de la cuchilla contra la piel, lastimando levemente hasta que una línea roja apareció en el blanco cuello. —¿Puedes esperar allí hasta que termine de comer? El aura azul me está complicando demasiado las cosas. Está protegiendo a su rey y necesito más tiempo de lo que pensé.
—¿Y dejarte escapar? No puedo dejar pasar la oportunidad de matarte —Mikoto sonrió como respuesta, sin pestañear siquiera por un segundo.
El Rey Incoloro se inclinó hacia atrás y se carcajeó con fuerza, sin embargo, Mikoto notó un ligero temblor en sus hombros.
—Tienes que matar al Rey Azul si quieres matarme, ya sabes. ¡Pero no hay manera de que puedas matar a este hombre! Antes demostrabas afecto hacía él y lamentablemente para ti pude verlo. Qué divertidos son. El Rey Azul y el Rey Rojo, que se supone son enemigos… quién adivinaría que son... —el Rey Incoloro colocó su dedo sobre sus labios con un destello de malicia. —... ¿amigos? No, permíteme reformular eso. ¿Amantes?
Mikoto miró impasible al Rey Incoloro, contemplando sus movimientos. La condición actual del cuerpo de Munakata probablemente no le permitiera huir a ese zorro del lugar sin poseer otro cuerpo. Sin embargo, al mismo tiempo, cada segundo que desperdiciaba significaba que el aura azul de Munakata era robada. Tenía que tomar medidas pronto, con toda la intención de herir o incluso matar.
En el momento en que el Rey Incoloro le quitara todo a Munakata, el Rey Azul no sería más que un cascarón vacío y no podría permitirse verlo así. Mikoto sabía que no podría torturar al otro hombre para ahuyentar al Rey Incoloro, ya que Munakata sería el que recibiría el daño al final. Pero también sabía que en esta situación tan desesperada tenía que ahuyentar al Rey Incoloro del cuerpo de Munakata.
Si esto no funcionaba, debería dar un sólo golpe y así acabar con el sufrimiento de Reisi. El Rey Azul ciertamente le diría que lo hiciera, si eso significaba evitar que el malvado Rey obtuviera un poder tremendo. Todo lo que Mikoto necesitaba era su resolución ante la posibilidad de infligir un daño mortal, pero incluso su aura vacilaba ante sus dudas.
—¿Qué tal si me dejas comer la tuya cuando termine con la azul? ¡Te prometo que no dañaré su cuerpo y estarás feliz de estar junto a él dentro de mí!
El Rey Incoloro extendió sus brazos en un loco júbilo y fue en esa apertura que Mikoto se lanzó hacia Munakata inmovilizando al último sobre la cama y agarrando las delgadas manos del hombre con una sola de las suyas mientras que con la otra invocó su aura, la que se volvía más grande mientras la furia de Mikoto aumentaba.
El hombre poseído debajo de él se agitó en pánico, pero su intento de liberarse fue en vano con los músculos debilitados de Munakata. Mikoto indistintamente murmuró un susurro con los ojos cerrados mientras convocaba su Espada de Damocles.
—Lo siento.
—¡Detente! ¡por favor! —suplicó el Rey Incoloro y su súplica con la voz de Munakata sonó extraña para Mikoto ya que este nunca suplicó patéticamente.
—Te mataré si no dejas su cuerpo —gruñó con furia Mikoto. —él es mío.
—¿Qué clase de hombre eres para matar a tu amante? —el Rey Incoloro gritó en pánico, pero Mikoto no titubeó.
Suoh estaba a punto de asestar un golpe mortal a Munakata cuando escuchó un ruido justo afuera de la habitación y no transcurrió mucho tiempo antes de que un intruso entrara a la sala.
Sus ojos se abrieron sorprendidos cuando vio que el estudiante de pelo blanco se paró frente a él, quien estaba igualmente sorprendido por la violenta vista frente a él y también algo avergonzado por su propio descuido cuando tropezó hace un rato con un gabinete. Incluso el Perro Negro los miraba boquiabierto, completamente confundido por el intento de Mikoto de asesinar a Munakata.
—¿Qué sucede aquí...? —preguntó Shiro débilmente, pero no logró terminar su frase.
Mikoto pudo ver un destello negro por la esquina de sus ojos pasando a su lado, y pensó enseguida en el cuerpo que el Rey Incoloro había pedido prestado para llegar a la sala médica. Cuando giró para seguir el rastro de la sombra, vio al Rey Incoloro usando el cuerpo de uno de los conejos, corriendo y chocando con Yashiro luciendo una sonrisa salvaje. Había apuñalado al chico en la parte superior del estómago con la tijera. El par de ojos ambarinos se abrieron en estado de shock mientras un grito femenino resonaba dentro de la habitación.
—¡Shiro!
El repentino giro del evento fue tan rápido que Mikoto no se movió de su posición sobre el cuerpo de un inconsciente Munakata. Estaba completamente atónito.
Yatogami golpeó abruptamente al conejo y lo desarmó golpeándole la mano. La tijera de metal voló por la habitación y el vasallo de pelo negro arrinconó al malvado rey, deteniéndolo en el piso con su muñeca sujeta a su espalda. En lugar de luchar con miedo, el guardia se rió como un animal loco.
—Tengo que reconocerlo, ¡no pensé que sobrevivirías! Pero… ¡No te dejaré escapar esta vez!
Mikoto se estremeció cuando sintió que repentinamente el espacio que envolvía la cámara médica se retorcía. Podía sentir el extraño poder y reconocerlo como la habilidad del Rey Incoloro.
Dentro del mundo monocromático podían ver claramente la forma del espíritu de zorro que había causado el caos y las sospechas entre los clanes. El Rey Rojo se estremeció ante la anticipación de la posibilidad de poder tomar el alma podrida del Rey Incoloro y terminar con su vida ahora que no estaba dentro del Rey Azul, incluso si tenía que iniciar una guerra destinada al fracaso contra el Rey Dorado por asesinar a un miembro de su clan.
Sería mejor si el zorro decidiera meterse dentro de Yashiro para evitar más problemas, aunque había llegado a la conclusión de que al final ese estudiante no era más que otra víctima, otro caparazón para ser tomado prestado. El Perro Negro no le haría las cosas fáciles, pero con su poder, fácilmente podría enfrentarse al pelinegro y a la strain que tomaba forma de gata.
Por ahora, sólo podía observar cómo se desarrollarían las cosas dentro de la esfera negra y blanca, protegiendo a toda costa el cuerpo durmiente debajo de él.
Isana se sorprendió, pero su mente no pudo procesar lo suficientemente rápido para cerrar reflexivamente los ojos o evitar que el espíritu de zorro traspasara la profundidad de su alma.
A medida que el espíritu se adentrara más profundo en su conciencia, Isana también comenzó a tener destellos de distintos recuerdos de varias personas que habían sido poseídas por el Rey Incoloro, comenzando desde el más reciente, el guardia enmascarado hasta el punto de partida.
Se quedó sin aliento cuando vio su propio rostro y su propio cuerpo como el primero en ser controlado en este círculo de locura. Sin embargo, de alguna manera en el fondo de su mente, una voz le dijo que este recipiente no le pertenecía. Se sentía extraño y comenzó a dudar.
Se abrazó así mismo, tratando de deshacerse del frío que se arrastraba hasta la parte posterior de su nuca. El aire a su alrededor estaba estancado, asfixiándolo con presión, era el rechazo del alma por parte del anfitrión del cuerpo.
El espacio infinito y borroso de la oscuridad también lo consumió, hasta que no pudo ver y se sintió aterrorizado. Cuando finalmente sintió que ya no estaba solo, una voz burlona resonó dentro de su mente. Las palabras del rey malvado lo dejaron con un dolor punzante, aunque su mente no podía procesar lo que este último había intentado decirle.
Sentía que su alma estaba desnuda, mientras el espíritu del zorro se arremolinaba a su alrededor, diciéndole que era un tonto ignorante por vivir una vida con recuerdos fabricados y que había abandonado su responsabilidad.
«¿Qué responsabilidad?»
Isana quería gritar, pero su voz estaba atrapada en su garganta.
—Perdiste una vez, y huiste para encontrar una vida pacífica.
Pudo escuchar un escalofriante chillido, así como pudo sentir la presencia del Rey Incoloro cerca de él, y luego, apareció frente a él la fugaz imagen de un rostro femenino, con una encantadora sonrisa, largo cabello plateado y con hermosos ojos con un brillo reluciente.
Isana se arrodilló en el suelo, jadeando con el repentino dolor de cabeza que lo golpeó. Sabía que no debería olvidar esa figura, como si ella fuera tan preciosa y querida que él preferiría estar muerto antes que separarse de ella, pero ni siquiera podía recordar su nombre o su voz. Sin embargo, desde la distancia de su alma podía oír una voz suave llamándolo por un nombre que había aprendido que pertenecía al primer rey.
«Weismann»
—¿Es esto lo que querías? En el fondo, querías una vida como la que estás viviendo ahora —el Rey Incoloro susurró a sus oídos con malicia.
El dolor punzante empeoró cuando comenzó a preguntarse qué tipo de vida se suponía que debía tener para comenzar. Al final… ¿Todo en sus recuerdos no era más que una farsa? ¿Vivía él como un joven normal, con una familia normal y feliz sin que nada extraordinario en ella sucediera en realidad? ¿O eso era sólo en su imaginación?
—¡Está bien! No hay nada de malo en eso —un ruido fuerte llenó su cabeza hasta dejarla en blanco, hipnotizándolo —duerme ... sin recordar nada.
El fuerte dolor de cabeza instantáneamente lo golpeó con más fuerza. No importaba que tapara sus oídos con sus manos, el dolor sólo se duplicó.
—Deja que tu cuerpo esté en silencio y en paz —como si lo maldijera, el Rey Incoloro siguió cantando sus venenosas palabras.
—¡Desaparece! —gritó Isana con desesperación.
El paisaje cambió repentinamente y era bastante claro y familiar, estaba seguro de que era su propio recuerdo. Había un soldado que se había parado frente a él, tratando de convencerlo de que no se fuera con su voz de barítono enojado.
—¿Estás huyendo?
Antes de que pudiera pronunciar el nombre de ese joven soldado, una voz femenina gritó con fuerza su nombre y lo sacó de su trance. Cuando miró a su alrededor, aún aturdido, Kuroh había acorrido hasta quedar a su lado, y rápidamente agarró con fuerza sus hombros, como para apoyarlo y sacarlo de su ensoñación.
—Oye, ¿estás bien?
El color negro llenó instantáneamente su visión cuando Kuroh lo abrazó con preocupación.
Un enorme agotamiento y angustia lo golpearon de inmediato, e Isana se dejó caer en el abrazo de Kuroh. Neko rápidamente se acercó a él para ayudarlo a quedarse quieto, con el temor de que su herida empeorara.
En ese instante, aprovechando la ausencia de Kuroh, el guardia corrió hacia la salida de escape, sonriendo locamente. Kuroh se dio la vuelta automáticamente y rápidamente invocó su mano extendida para capturar al Rey Incoloro, dejando que Neko atendiera a Isana.
—¡Tú!¡Espera!
—¡Me ocuparé de ti más tarde! —el guardia miró hacia atrás y se rió de ellos.
Cuando la mano transparente de Kuroh casi lo agarró por su hombro, el Rey Incoloro giró y lo bloqueó con una barrera de color azul traslúcido mientras levantaba su mano antes de que se rompiese en polvo azul por la colisión.
Los ojos de Mikoto que aún protegía el débil cuerpo de Reisi se ensancharon ante la habilidad defensiva que acababa de mostrar el Rey Incoloro. Al mismo tiempo, Kuroh jadeó sorprendido y tomó una posición de batalla, preparándose para desenvainar su espada. Por el contrario, el Rey Incoloro chasqueó la lengua y frunció el ceño.
—Mierda... ¿sólo esto? Maldita aura azul.
El espíritu del zorro comenzó a arrastrarse fuera del ojo del guardia, tratando de hacer contacto con los ojos de Kuroh, pero el espadachín apartó rápidamente sus ojos mientras colocaba su mano frente a su cara para impedir que el Rey Incoloro entrara en su cuerpo. Pero en el momento en que entrecerró los ojos, el Rey Incoloro había huido de la cámara blanca desde la única salida.
Mikoto exhaló de frustración; el Rey Incoloro se había escabullido de nuevo. Sin embargo, él quería enfrentar al rey malvado en un lugar donde no pudiera tocar a Munakata ni poseer a otras personas, o peor aún a sus amigos volviendo la situación aún más complicada.
Si quería acorralar al hombre, no tenía más remedio que presionar a este último hasta el final. El Rey Rojo miró impasible al inconsciente Rey Azul y las marcas carmesíes alrededor de su garganta.
Él paso sus dedos lentamente por la herida, casi como un gesto de disculpa antes de colocar con rapidez la cabeza de Munakata sobre la almohada para después taparlo con una manta blanca. Con cuidado apartó el cabello de la cara de Reisi y una vez que estuvo satisfecho con su trabajo, Mikoto se alejó sin darle otra mirada y caminó hacia donde estaba recostado Isana.
—¡Shiro, no te mueras! — Neko todavía gritaba su nombre en pánico con voz temblorosa.
Kuroh había corrido hasta tirarse de rodillas al piso al lado del joven. Luego colocó una de sus manos en el hombro de la chica, confortándola sin dejar de mirar al chico de cabello blanco.
—¡No lo muevas! ¡Le daré primeros auxilios!
Sin embargo, Isana ya no podía escuchar sus voces. Sólo la corriente de sus recuerdos arremolinándose en su mente, recordándole su pasado culpable, su fracaso y sus pecados llenaban su mente.
Detrás de sus ojos almendrados, ya no veía la luz cegadora y el techo blanco de la sala médica, sino el refugio subterráneo en Dresden, su hermana sonriente, su viejo amigo torpe pero estricto, y finalmente la enorme placa de piedra grabada con patrones y escrituras antiguas en una ruina.
Podía recordar el calor del mar de llamas que lo rodeaban, el sonido ensordecedor de las bombas que caían, los gritos humanos, el olor a quemado, los cuerpos carbonizados de inocentes y el color carmesí como flores mortales en la noche.
En esa fatídica noche, cómo deseaba que la pizarra de Dresden no le otorgara el primer trono como Rey Plateado y lo dejara unirse a su hermana en la otra vida. Dotado de un cuerpo inmortal, fue condenado a ver que la vida de su hermana se extinguía antes que la de él, sintiéndose inútil al no poder proteger a su familia. Recordó el frío cuerpo cuando abrazó a su querida hermana. Incluso en su muerte, todavía se veía magníficamente bella como el rocío de la mañana en un gran prado de lirios blancos.
Recordó el dolor aplastante que sintió en ese momento, cuando todo le fue arrebatado, dejándolo con nada más que una vida hueca y sin sentido. Ya no sentía pasión por nada más. Lo único que quería era pasar su vida inmortal en soledad durante milenios.
Weismann ya no podía soportar la tristeza de perder a alguien más, especialmente con su larga vida, digna de cualquier eterno vampiro de esas típicas novelas de terror. Ya no contaba ni le importaban los días cuando su vida pasaba agonizantemente lúgubre en el Himmelreich, esperando el día en que otro rey estuviera dispuesto a aliviar su miseria.
Como si recuperar sus recuerdos sirviera como la llave para salvar su alma, la pizarra de Dresden de pronto se sincronizó con él y una oleada de cegadora luz plateada recorrió su cuerpo. Podía sentir un débil y cálido resplandor creciendo dentro de él como el capullo de una flor de principios de primavera.
La luz se hizo más fuerte, más estable y con vida palpitante. Cuando su corazón aceptó todo, incluso su pecado y su debilidad, Isana se irguió para luego sentarse en el suelo. La cara preocupada de Kuroh lo hizo sentir calidez.
—¡Hey! Quédate en el...
Isana silenciosamente reunió su aura y se puso de pie, dejando a sus amigos totalmente asombrados. Mikoto se detuvo justo detrás del Perro Negro, completamente sorprendido cuando de repente sintió una energía familiar que corría hasta su cuerpo desde Isana.
En el instante en que la luz plateada brilló, un pilar plateado atravesó el cielo y una Espada de Damocles tomó una forma clara sobre el edificio, Mikoto se dio cuenta de que no había manera de que pudiera luchar contra ese hombre.
Sin embargo, para la gente normal que no poseía la suficiente sensibilidad para reconocer el poder de un rey, Kuroh dio un paso atrás mientras vigilaba de cerca a Isana.
—¿Qué sucede? No importa, ¿Qué hay de tu herida?
Neko también lo interrogo, preocupada por su lesión, en cambio, Mikoto metió las manos en el bolsillo y miró a Isana sospechosamente.
—Cálmate, gata. Él no morirá.
Como para responderles, Isana abrió sus almendrados ojos y sonrió gentilmente a las tres personas frente a él. Cuando su tranquila voz sonó dentro de la habitación, ninguno de ellos pudo descifrar su lenguaje.
Si Mikoto tuviera que adivinar, haría una apuesta de que era alemán. Para darles pruebas de que estaba bien, Isana levantó el uniforme de su chaqueta y mostró la herida ahora inexistente. Ni siquiera se derramó una gota de sangre sobre la camisa blanca.
—Entonces… ¿Realmente eres el Rey Incoloro? —Kuroh bajó un poco la cabeza mientras preguntaba vacilantemente.
Mikoto sintió un tremendo impulso de golpear la cabeza del chico de pelo negro. ¿Cómo podría él todavía no reconocer al hombre frente a él con todas estas pistas? Sin embargo, permaneció silencioso detrás del escenario con un suspiro audible. Con una mirada perceptiva, Isana miró los ojos dorados de Mikoto y rió un poco por su impaciencia. Sacudió la cabeza lentamente y colocó su mano sobre su pecho. Isana volvió a hablar en japonés una vez más.
—Mi nombre es Adolph K. Weismann. El primero y el Rey Plateado.
Notas Finales de Yumechou:
De acuerdo... este es el final del capítulo. Dios mío, ha terminado siendo muy largo. De todos modos, umm... como siempre, intentaré actualizar lo antes posible... probablemente. Gracias por seguir recordándome que actualice esto, jajaja XD
Sé que hago que Tatara sea demasiado santo con su paciencia divina, pero no puedo pensar en nadie más que tenga sentido común en esas cabezas duras. Después de todo, creo que él siempre es como un consejero. Ahora que lo actualicé, volveré a trabajar en los capítulos de mi Fanfic "Happily Ever After". Están 80% completos. :P
Notas Finales de Lacrimosa Azul:
Reconozco que cuando leí este capítulo en inglés, la autora me engaño al hacerme pensar que Reisi estaba consiente. Pero sólo al inicio xD
