Notas de Lacrimosa Azul:

Ya me quedan sólo dos capítulos por corregir, y el último es el maaaas largo, y al que le tengo más ganas xD Si alguien encuentra algún error o incoherencia ¡lo siento!


Notas de Yumechou:

¡Lamento haberme demorado tanto tiempo para actualizar! Debo admitir que ... Experimenté el bloqueo del escritor. Antes de comenzar este fic hice un borrador, pero no con detalles específicos. Y cuando llegué al momento de escribirlo, no tuve ni idea de cómo hacer las cosas sin resultar forzado. LOL. Como si no fuera suficiente, incluso me he enfermado repetidamente. * se acurruca en un rincón * Lo siento... estoy segura de que una disculpa no vale mucho, pero espero que ustedes lo entiendan.


Capítulo 10: El final del Sueño

Publicación Original septiembre 2014

"Siempre va a haber cosas malas por ahí. Pero aquí está lo increíble: la luz triunfa sobre la oscuridad, siempre. Colocas una vela en la oscuridad, pero no puedes meter la oscuridad en la luz"

Jodi Picoult (1966 - Presente)


El tramo de la escalera era espeluznante cuando la luz se atenuó en el pasillo. Cada lado de la pared parecía acercarse a él mientras seguía subiendo cada una de las escaleras con sádico regocijo. El poder de la ilusión para distorsionar su percepción sensorial se había desvanecido sin dejar rastro y asumió que era debido a que el último piso estaba restringido para el Rey Dorado y sus miembros del clan harían una excepción a su cámara para estar libre de ilusiones.

Como un elegido del Dresden Slate, podía percibir débilmente la presencia del aura dorada y roja mucho mejor que antes. Incluso desde lejos, el pequeño resplandor de esos poderes lo incitó a hacerlos suyos. El latido de su corazón se aceleró cuando su expectativa alcanzó su punto máximo, que casi no se le ocurrió otra cosa que no fuera el maravilloso momento en el que lograra robar el máximo poder de la pizarra. No podía evitar sentirse orgulloso de lo que había logrado.

Aquella noche, cuando su plan inicial había fallado debido a su error de cálculo al no tomar en cuenta la posibilidad de que el Rey Azul frustrara sus intenciones, sintió una furia inconmensurable al no poder infligir un daño directo a ese entrometido rey.

Tenía la intención de ser el único y absoluto rey de este mundo y, sin embargo, su derrota había pisoteado su orgullo. Pero ahora estaba satisfecho. Su brillante estrategia no sólo le ganó un poco del aura azul, sino que incluso tenía la oportunidad de tomar lo que había anhelado por mucho tiempo; la ardiente y furiosa aura roja.

Ciertamente, ese poder ofensivo sería más que feliz estando en sus manos, siéndole absolutamente útil en su magnífico plan para dominar el mundo. No podía soportar la idea de que el actual Rey Rojo contuviera todo ese don. Despreciaba la cobardía de Mikoto en usar el aura roja a su máxima capacidad, para él era una clara muestra de su debilidad.

Con esa enorme cantidad de poder y su propia habilidad pensó que sería un juego de niños superar al Rey Dorado y derrocarlo de su trono como el gobernante en la sombra de todo el país. Sólo tenía que esperar el momento justo cuando el Rey Dorado debilitara al Rey Rojo y así poder lanzarse a la profundidad de la conciencia de Suoh Mikoto para devorar su aura.

Él quería desesperadamente ridiculizar a los demás reyes, ya que no podía entender la forma de pensar que ellos tenían. Todos poseían un poder tan grande que podían con facilidad tener al mundo a sus pies para su propio beneficio, tal como arrebatarle un dulce a un bebé.

Sin embargo, ninguno de ellos hacía alarde de su poder o infundían miedo en las almas de las personas. Incluso algunos se quedaron detrás del escenario, vigilando el país y sus clanes como una oruga dormida. Los reyes estaban por sobre todos los hombres; seres especiales al contrario de las personas aburridas y ordinarias. Se suponía que ellos debían ser temidos y respetados, pero incluso, ninguno de ellos mostraba su existencia innecesariamente al mundo. No podía soportar la idea de ser un rey poderoso que era puesto en el mismo pedestal que esos débiles, y ser tratado como su igual.

Por esa razón, él causaría la caída del resto de los reyes y una vez que se presentara como el rey supremo, corregirá el mundo y sería adorado, como si se tratara de la existencia de un ser divino.

—Ahora, ¿quién debería ser el aperitivo? —con deleite frenético, extendió los brazos como alas libres.


Una gota de sudor goteó hasta la alfombra combinada con varias gotas de sangre, que combinaban bastante bien con la tormenta de fuego de Mikoto.

El pelirrojo jadeaba con dificultad, aunque una sonrisa enfurecida aún estaba en sus labios. A pesar de estar librando una batalla perdida contra el segundo rey, la emoción de la pelea y la adrenalina aún hacía que su sangre hirviera como un volcán, esperando el momento de estallar y liberar toda la furia reprimida en su interior hasta reducir todo a cenizas logrando traer el final a sus vidas.

Mientras luchaba únicamente con su instinto, como siempre lo hacía en la cima del éxtasis de la batalla, la voz de su mente ya no era audible. Sólo pequeñas partes de él todavía lo encadenaban a la conciencia, tratando de razonar y retenerlo para que no se perdiera en la furia. Sin embargo, tenía que reconocer que apenas estaba controlándose y suprimiendo su aura roja para no destruirse así mismo. Mikoto comenzó a debilitarse no sólo por luchar contra el Rey Dorado, sino también contra su propio poder para evitar que este lo consumiera.

Daikaku se mantuvo erguido ante el Rey Rojo, entendiendo el motivo de su breve descanso en medio de la pelea. No quería admitir que a pesar de toda la experiencia de batalla que había acumulado durante años, pelear contra otro rey, sin importar cuán joven fuera su oponente, era algo complicado. El sudor bajaba por su frente y su respiración se había vuelto un poco irregular con los constantes ataques entre ellos.

«¿Cuánto tiempo deberíamos continuar esta falsa batalla?»

Daikaku estaba preocupado ya que la misma situación se repetía dentro de su cabeza. El Rey Rojo estaba a punto de colapsar, podía sentirlo, porque había visto muchos reyes caer. Puede que no haya compartido ningún recuerdo con el tercer rey, sólo un breve encuentro, incluso después de que Mikoto fuera escogido. Pero siempre sentía la carga de los demás reyes y no podía evitar sentirse ansioso cuando una de las espadas mostraba alguna grieta.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que trataban de atraer al Rey Incoloro, pero Daikaku consideraba que era suficiente para que Weismann terminara la evacuación. Sin embargo, su inquietud crecía con cada segundo que pasaba sin que el séptimo rey diera alguna señal. Prolongar esta falsa batalla tampoco era una opción, ya que era demasiado arriesgado, especialmente si Suoh Mikoto seguía presionándose hasta su límite. Si la desgracia ocurría, Daikaku no sólo perdería su hogar, también arriesgaba su Damocles si trataba de evitar la calamidad y, él sabía que su estúpido amigo ciertamente se culparía por no poder salvarlos. Daikaku ya tenía suficiente de verlo sufrir.

—Rey Rojo, detente en este instante. Estás en tu limite.

El anciano bajó la vista con un débil indicio de preocupación en su voz. Sin embargo, su declaración sólo alimentó la fortaleza de Mikoto, quien se enderezó de nuevo en una posición de batalla.

—No, acabaré con esto hoy.

Mikoto miró a la profundidad de los ojos de Daikaku y el anciano sólo pudo suspirar resignado. No fue prudente descubrir la razón detrás de la fuerza de voluntad de Mikoto, que casi parecía un desesperado intento suicida. Había ignorado los ocasionales momentos íntimos del Rey Rojo con el inconsciente Rey Azul durante las visitas en su residencia. Pero eso no significaba que censurara su relación. Podía sentir la desesperación de Mikoto por terminar este caos rápidamente para garantizar la seguridad de su gente y de su posible amante, y Daikaku decidió que no iba a ser él quien menospreciara esa determinación que surgía de la voluntad de proteger.

—Entonces prepárate, Suoh Mikoto, y muéstrame el peso de tu resolución.

Mikoto se concentró hasta que pudo sentir el impulso de su llama bailando locamente dentro de su alma, mientras esperaba el momento de desatar el infierno. Cuando el aura roja respondió a su llamada, en un abrir y cerrar de ojos el fuego comenzó a girar sobre él y avanzó hacia el anciano. Entendía que usar fuerza bruta no lo llevaría a ninguna parte, y mucho menos a la victoria, pero Mikoto todavía estaba en desventaja en la lucha y el Rey Dorado siempre levantaba su muro de defensa cada vez que intentaba acercarse. Aparentemente, pelear a la distancia terminó siendo a favor de Daikaku más que de él.

Antes de que su tormenta carmesí pudiera acercarse al mayor, los planetas celestiales volvieron a construir un escudo. Después del choque de ambos poderes, se pudo sentir el olor a quemado y una voluta de humo negro, pero no paso mucho tiempo cuando el ataque de Mikoto comenzó a fallar y fue empujado hacia atrás. El pelirrojo gimió mientras resistía la colisión de poderes, intentando no escuchar el débil sonido de las grietas en su Espada de Damocles desde lo alto.

Daikoku incrementó abruptamente al máximo su poder para atravesar la defensa de Mikoto por la fuerza. El Rey Rojo no pudo anticipar esto y sólo pudo envolver su cuerpo con su aura para amortiguar el golpe. El ataque dorado lo arrojó con fuerza, tirándolo hasta la puerta de entrada de la habitación privada de Daikaku. La puerta se desmoronó bajo su peso, dejando la entrada abierta de par en par.

Aunque de alguna manera había logrado reducir el daño con la activación de su aura, el golpe en su espalda fue doloroso. Mikoto tosió y jadeó levemente por el dolor punzante en el pecho mientras trataba de respirar o moverse. Podía escuchar un ruido que le abrumaba y la sensación era tan molesta que afectaba su equilibrio. Se sentía mareado por el potente golpe que se había dado en la cabeza contra la puerta, y no pudo evitar vomitar sangre en el suelo.

Mikoto se tambaleó y apoyó su espalda en la pared cercana y colapsó contra ella. Daikaku observó impasible cómo el oponente frente a él se arrastraba totalmente pálido mientras llamaba a las estrellas celestiales que flotaban a su alrededor. El Rey Dorado avanzó cuidadosamente hacia el rey caído mientras escondía sus brazos dentro de las mangas de su kimono.

—¿Te rendirás?

Suoh apenas entendió sus palabras y no respondió al hombre frente a él cuando de repente su instinto percibió la amenaza inmediata viniendo de otra dirección y, como estaba esperando, el guardia con mascara de conejos se abalanzó hacia él sin previo aviso desde el pasillo oscuro, gritando como un loco con un cuchillo sobre su mano.

—¡Eres mío!

El rey de ojos dorados estaba desconcertado cuando se las arregló para girar la cabeza hacia un lado y ser testigo del ataque que se aproximaba; se vio atrapado en un momento vulnerable, que apenas logró levantar su mano sin desmayarse con el repentino ataque de mareo. Mikoto no sería capaz de defenderse apropiadamente contra la posesión si el Rey Incoloro decidiera invadir su mente en este momento, y mucho menos del objeto afilado en la mano del guardia.

Sin embargo, no estaba en su plan ser comido por el Rey Incoloro. Si tuviera que entregar su vida, obviamente no descansaría en paz si moría a manos de su archienemigo. Había elegido a su heraldo de la muerte desde hace mucho tiempo y no tenía la intención de romper esa promesa. El Rey Rojo estaba a punto de ponerse de pie lentamente, apretando los dientes mientras resistía con el dolor insoportable, las oleadas de vértigo y el sonido ensordecedor en sus oídos. Pero no sabía si lograría protegerse a tiempo del rápido ataque del rey más joven.

—¡Sólo ríndete! ¡A cambio, me vengare de tu derrota!

El Rey Incoloro se rió estridentemente empeorando el dolor de cabeza de Mikoto. Su visión era borrosa y el pelirrojo se balanceó débilmente contra la pared, incapaz de enfocar su vista para anticipar el ataque a tiempo.

Pudo ver que el destello del cuchillo se dirigía hacia él apuntando a su pecho. Pero sus reflejos estaban débiles debido al daño que había recibido del Rey Dorado. Mikoto se preparó para más dolor, ya que suponía que el Rey Incoloro probablemente no sería tan tonto como para asestar un golpe letal y perder la oportunidad de tomar su aura. Sin embargo, antes de que pudiera siquiera cerrar los ojos, esperando que pasara lo peor, varios bellos colores de esferas doradas celestiales se habían detenido frente a él, protegiéndolo justo a tiempo contra el Rey Incoloro.

El guardia poseído se giró para enfrentar al segundo rey con un gruñido furioso mientras golpeaba la barrera de la luz dorada que lo separaba del debilitado Mikoto.

—¡No me molestes viejo!

Daikaku continuó caminando sin hacer ruido hacia los jóvenes reyes. Su rostro era sombrío y sus ojos brillaban sin piedad, tan fríos como en el campo de batalla. Su mirada siempre había causaba miedo a muchos de sus enemigos.

—Debería ser mi línea. ¿Quién eres tú para traspasar mi propiedad?

Mikoto exhaló bastante fuerte con los ojos cerrados, tratando de recuperarse en el poco tiempo que tenía, mientras se acostumbraba al dolor infligido por el viejo rey. No tenía intención de desempeñar el papel de damisela en apuros que necesitaba ser rescatada. De hecho, la presencia del Rey Incoloro en aquel lugar significaba que su plan había avanzado a la siguiente fase. Cuando el dolor cesó y el sonido en sus oídos sólo dejó un rastro de su presencia. Mikoto comenzó a empujarse contra la pared y se mantuvo firme mientras ordenaba en voz alta:

—Levanta esta barrera.

—No seas tonto. ¿Qué puedes hacer en tu condición?

—Él es mío.

El Rey Incoloro dio un paso atrás, evaluando la situación en su mente. Rápidamente entendió que había sido atraído y engañado y, que probablemente era demasiado tarde para huir. Nunca pensó que el Rey Rojo y el Rey Dorado trabajarían en el mismo equipo, y que su lucha fuera una farsa con el único objetivo de atraerlo a esta trampa. Su desquiciada sonrisa vaciló un poco, y un sudor frío comenzó a rodar por su frente. Una vez más estaba en una situación impredecible y esta vez no tendría tiempo para lamentarse y sólo quedaba esperar otro milagro.

El guardia poseído chasqueó la lengua con molestia y bruscamente giró en dirección contraria desde la habitación del Rey Dorado para huir. La situación no estaba a su favor y no podía permitirse quedar atrapado entre dos reyes. No tuvo otra opción más que aplazar su intento de consumir las otras auras. Sin embargo, su movimiento se detuvo de inmediato una vez que sus ojos se posaron en cierto estudiante de pelo blanco brillando en luz plateada a varios metros de distancia, parado con las manos entrelazadas tras la espalda.

—¿Podrías parar? —su voz fuerte pero clara como el sonido de la brisa de primavera ahogó el silencio.

Isana sobresaltó al resto de los reyes observándolos con sus ojos color ámbar que reflejaban la claridad significativa de su alma ingenua, pero el Rey Incoloro inmediatamente se rió, sonando más como el ladrido de un perro rabioso que una risa.

—¡Veo que eres bastante estúpido! ¡Perdiste cuando nos enfrentamos, y aun así te atreves a mostrar tu cara frente a mí?

Isana miró impasible al joven rey frente a él, siendo cauteloso ante tal naturaleza engañosa. Este tipo de niños estaban más allá de la salvación ya que él ya era un adicto al caos.

—No puedo permitir más travesuras, especialmente si abusas del poder del Slate — Isana apretó su puño.

—No me des órdenes. ¿Por qué no te apartas y te callas como el anciano que eres? —el Rey Incoloro apretó los dientes con evidente irritación.

—El poder que el Slate te otorgó no es para tu uso personal, es para el bien de los demás.

—¡Cállate! —el joven rey estalló, perdiendo la compostura. —¿Por qué todos ustedes son así? actuando como cobardes, con miedo de tomar el trono como una existencia todopoderosa, ¡la pizarra me escogió a mí para arreglar este error! ¡Sólo yo debería ser glorificado por ser el elegido!

—Te equivocas.

Isana desvió su mirada hacia un lado, agarrando con fuerza su dolorido pecho. ¿Cómo podría un rey con una mente distorsionada ser elegido por la pizarra? Pensó que el Dresden Slate existía únicamente para hacer un mejor futuro, pero aparentemente estaba equivocado.

La pizarra en sí no tenía ningún pensamiento de paz mundial por sí misma. Era como un dispositivo mágico, otorgaba indiscriminadamente una capacidad especial a los usuarios compatibles, sin siquiera evaluar la buena voluntad del propietario. Sin embargo, él era responsable de desenterrarla y permitir que toda la situación tuviera lugar. Ya no apartaría más su mirada del mal que se vio facilitado por su negligencia.

—Si abusas de tu aura, sólo traerás tu perdición.

—¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cállate! —el Rey Incoloro gritaba con su mente confusa. —Primero me haré cargo de tu cuerpo.

Con eso, el espíritu de zorro expandió su campo monocromático e Isana instintivamente se alejó de él, pero sin cerrar sus ojos ambarinos; como si esperara que viniera lo inevitable. Dentro del mundo espacial en blanco y negro, pudo ver al zorro sonriendo ampliamente mientras gritaba:

—¡Mío!

Pero cuando el zorro estaba sumergiendo su alma en el Rey Plateado, se dio cuenta de que era demasiado tarde cuando vio que Isana sonreía débilmente y susurraba mientras ponía sus manos apretadas sobre su pecho palpitante.

—Ahora ya no puedes huir.

—¿Qué? ¡Maldito seas, Weismann!

Adolf atrapó al espíritu de zorro en su interior, sintiendo ya la nauseabunda sensación de tener una existencia extraña en su cuerpo. Su corazón se volvió salvaje; su mente estaba abrumada por la perversa y venenosa subsistencia mientras los recuerdos del Rey Incoloro continuaban salpicándolo como constantes olas del mar mientras intentaba contener al alma retorciéndose para encarcelarlo.

Weismann apretó los dientes y cuando el agotamiento mental se hizo demasiado fuerte, sus piernas se doblaron y cayó al suelo de madera. Desde la periferia de su visión, pudo ver que su mejor amigo corría hacia él apresuradamente y Mikoto se había arrodillado junto a él con un rastro oculto de ansiedad detrás de esos ojos dorados.

—¡Weismann! —Daikaku levantó inconscientemente la voz, casi gritando con preocupación en su rostro arrugado. —Esto es muy descuidado. ¿Puedes manejar esto?

El Rey Plateado sintió la necesidad de responder a su amigo con una sonrisa consoladora para borrar esa ansiedad, pero incluso para hacerlo, tuvo que reunir toda la energía de su ser.

—Estoy bien. Es sólo... aparentemente lo he subestimado. Incluso si es joven, todavía es un rey.

Con la última palabra, se obligó a exhalar, ya que incluso la respiración comenzó a ser una tarea difícil para él. Tocó ligeramente su pecho, como si tratara de detener el lastimoso grito de cierto fantasma dentro de él. Cómo deseaba desaparecer a la otra existencia para tener algo de paz incluso aunque fuera por un minuto fugaz.

Mikoto se quedó quieto, instintivamente mirando en silencio. Aunque el Rey Plateado le dijo que su aura nunca permitiría que algún factor externo lo perjudicara y, por lo tanto, el único rey que el Rey Incoloro no podría tocar sería a él, nadie conocía la extensión del aura incolora, y de lo que este era capaz.

No podía bajar la guardia hasta que se cumpliera su objetivo. En el momento en que Weismann pareciera ya no contener al desquiciado rey, no dudaría en matar al hombre, incluso si eso significaba su propia destrucción. Ya había declarado su intención antes, y el Rey Dorado pareció a medias aceptar sus términos. Si ocurriera lo peor, sólo podrían esperar que el aura plateada también le otorgue la inmortalidad contra el poder de otro rey, al igual que cómo expulsó la habilidad del Incoloro anteriormente.

—¿Ahora qué hacemos?

Isana tosió levemente, tratando de formar una sonrisa en su rostro mientras levantaba la cabeza para mirar a los otros reyes.

—¿Deberíamos tratar de moverlo a mi cuerpo muerto? Realmente espero que no tengamos que cometer un asesinato y acabar con uno de los tuyos, teniente.

El Rey Dorado ocultó sus ojos para que no vieran su conflicto.

—A veces, se debe hacer un pequeño sacrificio por el bien de muchos —dijo el segundo rey en voz baja, ya se sentía miserable ante la idea de enviar a uno de sus fieles guardias al olvido.

Pero su resolución no flaqueó, y quería creer que tampoco lo harían sus compañeros. Si tuviera que ensuciar sus manos con sangre una vez más por la paz de su amado país, no dudaría. Él se acercó para extender su mano a su viejo amigo.

—Vamos, Weismann. La situación no nos hará ningún bien si retrasamos más nuestro plan.

El Rey Plateado hizo una mueca cuando extendió su mano para tomar la de su amigo, mientras el dolor seguía pinchando dentro de su pecho. El espíritu del zorro todavía estaba alborotado y sus almas estaban chocando y luchando en el dominio aislado dentro de aquel recipiente mortal.

El joven rey lo mordía, desgarrándolo por dentro mientras intentaba liberarse o intentaba devorar el aura plateada que lo rechazaba constantemente. Isana se preguntó si el Rey Incoloro simplemente estaba desesperado o si el zorro estaba librando una guerra perdida en contra de él. Sin embargo, habían avanzado tanto, y no estaba solo en esta lucha, así que apretó los dientes y soportó el peso de su pecado, incluso si tenía que arrastrar los pies o gatear mientras sus planes tuvieran éxito.

Mientras que su mejor amigo lideraba el camino casi corriendo frente a él, Mikoto lo miraba intensamente desde atrás como un perro guardián, completamente desconfiado de él mientras contenía el retorcido espíritu de zorro.

La situación era demasiado seria y, sin embargo, no pudo evitar dejar escapar una risa suave que surgió como un bufido sardónico. Nunca imaginó que su vida se volviera así, y la última vez que le dio la espalda al teniente, Isana pensó que vivir en soledad le evitaría sentir dolor en su corazón. Pero por desgracia, el destino le decía lo contrario. Vivir con Kuroh por un breve momento le trajo esperanza. Había un futuro que le gustaría ver. Él voluntariamente derramaría la última gota de su sangre para obtener esos preciosos momentos otra vez.

—Si él se hace cargo de tu cuerpo, inmediatamente te destruiré.

Isana giró la cabeza lentamente con su sonrisa cansada, esperando un gruñido intimidante del Rey Rojo, pero Mikoto lo sorprendió. Hubo un fantasma de comprensión dentro de esos brillantes orbes dorados, que ofrecían consuelo a pesar de la advertencia e Isana decidió que no podía pedir una mayor seguridad que este rey pelirrojo. Así que finalmente pudo hablar, después de un minuto luchando por el aire y la energía para formular sus palabras;

—Sí, estoy en tus manos.

Mikoto se tambaleó un poco mientras cargaba en su espalda al guardia inconsciente, mientras soportaba el dolor que causaba cada musculo mientras seguía a los primeros reyes. Pudo haberse roto una o dos costillas durante su batalla con el Rey Dorado, pero el dolor lo mantuvo alerta y todavía era tolerable, por lo que intentó no prestar atención a la sensación.

—Estamos aquí.

Daikaku miró a sus compañeros frunciendo el ceño antes de empujar la puerta corrediza frente a él. La habitación contigua era vasta y estaba envuelta en la oscuridad, ya que sólo había un rayo de luz en el medio de la habitación, iluminando un solitario ataúd frío.

El rey más viejo se hizo a un lado, permitiendo que su amigo diera el primer paso dentro. Maravillado, Isana olvidó su sufrimiento por un breve momento, sin darse cuenta de cómo sus pies lo habían llevado hasta ahí. Cuando llegó al ataúd, sostuvo su peso con las manos sobre la tapa de cristal. La figura que descansaba en su interior todavía estaba en su hermosa juventud, con hebras plateadas y párpados cerrados. Se sentía raro ver su propio cuerpo desde el punto de vista de un tercero. En cierto sentido, le hizo preguntarse si así sería como se sentía cuando el alma abandonaba el cuerpo.

En un instante, la otra alma dentro de él golpeó tan fuerte en su pecho que Isana tosió de dolor mientras trataba de contener al resistente Rey Incoloro. Daikaku se apresuró a ponerse a su lado cuando cayó sobre el ataúd con la respiración entrecortada y el pecho contraído.

Su corazón se sentía pesado y había gritos ensordecedores en su mente, como si hubiera una multitud en su cabeza. Cada uno de ellos no era más que un chismorreo sin personalidad distintiva y la voz del Rey Incoloro dentro de él era más como una radio rota. En ese momento, comprendió que estas voces eran todas las existencias que el zorro había absorbido y que ahora estaban reducidas a fantasmas del pasado. El actual Rey Incoloro era sólo una pila de almas aleatorias, dejando únicamente la maldad en su núcleo.

Después de que pasara un minuto, el rey de cabellos blancos finalmente pudo respirar aliviado cuando la punzada se apagó lentamente; posiblemente porque el Rey Incoloro se había agotado tratando de liberarse de su atadura. Sólo entonces, finalmente se dio cuenta de que Daikaku había estado llamándolo por su nombre y de repente se sintió como antes del final de la guerra. Y a pesar de las circunstancias, tal pensamiento le trajo una sonrisa a los labios y se rió suavemente.

—... ¿Por qué te ríes en este momento? —Daikaku levantó una ceja y miró con escepticismo a su amigo, que gradualmente estaba recuperando su control.

—Es sólo que... su expresión no tiene precio, teniente. No importa cómo hayas envejecido, realmente no cambias, ¿verdad?

—Compórtate, Weismann —Daikaku utilizó su abanico para golpear suavemente la cabeza del peliblanco, reprendiéndolo.

—Usted es demasiado serio, teniente —el Rey Plateado hizo un puchero mientras frotaba el lugar donde había sido golpeado.

—Oigan.

La repentina interrupción sacó a los dos primeros reyes de sus pequeñas bromas y dirigió su atención al Rey Rojo. Aunque se sentía débil y sus músculos protestaban cada vez que se movía, Isana inclinó la cabeza y sonrió compulsivamente.

—Ah, perdóname, Rey Rojo. Veo que has atado al pobre guardia adecuadamente —Mikoto lanzó una mirada al inconsciente guardia sin su máscara, completamente atado y con los ojos cubiertos, abandonado al lado de sus pies. —Si es posible, hay que retirar todas sus armas, y teniente, me entristece decir esto, pero creo que será mejor si también revocas temporalmente su aura. En el peor de los casos, el Rey Incoloro puede aprovecharse de ese poder.

El Rey Dorado dudó por un minuto bajo la mirada exigente de Isana y Mikoto.

—…Bien.

Daikaku se arrodilló junto a su guardia, retiró las armas y le tocó la frente en silencio. Lo siguiente que supieron fue que toda la habitación se vio envuelta por una luz dorada cegadora que Mikoto instintivamente protegió sus ojos con sus brazos.

La luz se apagó tan rápido como llegó, pero Suoh tuvo que parpadear varias veces para ajustar su visión a la cámara. Isana también se vio afectado y entrecerró los ojos, esperando que ese intento pudiera ayudarlo con su vista.

—Teniente, la próxima vez una advertencia podría ayudar. ¿Por qué tu poder es tan llamativo? —Isana gruñó a medias.

Daikaku resopló ante el comentario sarcástico, sin decir nada mientras retrocedía y cruzaba las manos dentro de las mangas de su kimono.

Isana exhaló cuando sintió el palpitar en su mente. Mikoto rápidamente captó la indirecta y deslizó sus manos dentro de los bolsillos de sus jeans.

—Deberías liberarlo ahora.

—Bueno, sólo trataba de contenerlo por más tiempo para castigarlo —el Rey Plateado respondió con una sonrisa desafiante.

—Deja de jugar. Estoy cansado de esperar para aniquilarlo —Mikoto chasqueó su lengua y frunció el ceño.

—Suoh Mikoto, abstente. Juraste no romper tu Espada de Damocles en mi residencia. Y aclaro que, de hecho, te enviaré la factura por la destrucción que has causado.

—Prometí intentarlo —Mikoto corrigió con una mirada penetrante contra los ojos de avellana, mientras ignoraba su responsabilidad con respecto al daño que había hecho anteriormente.

—Ahora... voy a liberarlo, ¿está bien? ¿Podemos concentrarnos en esto ahora? —el sudor se formó en la frente de Isana y su rostro comenzó a retorcerse de dolor.

Mikoto a regañadientes asintió. Se dio cuenta de que había similitud en el ambiente que rodeaba a Isana y Totsuka, y que se encontró aceptando a Isana con bastante facilidad. Ambos eran voluntariosos y benévolos, pero terriblemente perceptivos.

No hubo palabras para expresar su alivio mientras liberaba el espíritu dentro de él. Una vez que la reacción de rechazo ya no estaba dentro de su cuerpo, se sintió ligero, aunque el agotamiento permaneció. Sus piernas se doblaron e Isana abruptamente cayó en la parte superior del ataúd, tratando de recuperar su resistencia. El espíritu del zorro corrió hacia el cuerpo del guardia inconsciente, para desilusión del Rey Dorado, pero Mikoto no perdió el tiempo y mantuvo al hombre poseído bajo su pie.

El miembro del clan dorado permaneció quieto, y Mikoto contuvo la respiración.

—Como lo temíamos, regresó al cuerpo del guardia, en lugar de mi anterior cuerpo —Isana jadeó, balanceándose ligeramente mientras se levantaba del ataúd de vidrio. —Sólo queda una cosa por hacer.

El borde de los labios de Mikoto se movió hacia arriba, mientras sus ojos dorados brillaban con vigor hacia el guardia inconsciente. La lengua de fuego comenzó a arremolinarse a su alrededor, deseosa de quemar. Pero Isana agarró rápidamente el brazo de Mikoto, como para sacarlo de su ensoñación. La llama cesó inmediatamente desde donde Isana lo había tocado y el chico no obtuvo ninguna herida de quemaduras en la piel.

—Me gustaría evitar la muerte innecesaria tanto como sea posible.

—Estoy de acuerdo con el Rey Rojo, Weismann. Esto es inútil. Él no tiene la capacidad de poseer un cadáver —Daikaku bajó la cabeza mientras la oscuridad caía sobre sus ojos. —En el momento en que tu alma se fue a este joven cuerpo, tu antiguo recipiente ya no es inmortal. Incluso los mejores empleados médicos han confirmado la muerte. Me gustaría evitar la baja de mi hombre, pero a veces es necesario un sacrificio.

De repente, el guardia se tensó bajo el pie de Mikoto y comenzó a luchar para liberarse como un animal salvaje con gruñidos y gritos furiosos.

—¡Los mataré a todos!

Pero Mikoto sin piedad pisó la espalda del hombre con más fuerza de la necesaria con un destello de ira en sus orbes dorados. El guardia poseído tosió y jadeaba lastimosamente, pero Daikaku se preparó para no sentir simpatía por su desafortunado subordinado.

—Si le tienes lástima, creo que tenemos que acabar con él rápido para que ni siquiera sienta dolor. ¿Sería capaz de dar el golpe final a su propia gente, teniente?

Daikaku levantó su mirada y vio directamente a su amigo, buscando condenar su juicio. Pero dentro de los ojos ambarinos, no había ninguna clase de compasión y le rompió más el corazón. Deseó que alguien lo castigara por su decisión de corazón frío, pero ninguno de los reyes lo obligó. Exhaló mientras susurraba su respuesta.

—Sí.

Tanto Isana como Mikoto se quedaron en silencio, dando un breve momento de despedida para el rey anciano.


En el momento siguiente, hubo una luz cegadora en colores dorados, plateados y bermellón. Una explosión desde la parte superior del palacio del Rey Dorado hizo que los fragmentos de vidrio llovieran desde arriba y una de las Espadas de Damocles se convirtió en polvo.

Anna miró el brillante cielo del mediodía, que iba oscurecido su color favorito y cambiándolo a uno ceniciento y nublado. Dentro de su bolsillo, su mano temblaba mientras tocaba sus canicas rojas ligeramente agrietadas. Una ráfaga de viento invernal sopló, moviendo suavemente sus hebras de plata y su falda. El aire frío se sintió como hielo en su piel. La tormenta de nieve parecía empeorar y, sin embargo, la tempestad en su corazón se había calmado. Podía percibir que su amado rey estaba casi en su punto crítico, pero la tragedia había pasado.

La joven strain finalmente suspiró aliviada antes de que sus ojos carmesíes buscaran a cierto rubio. Cuando vio a Totsuka, corrió hacia él y le abrazó por la cintura desde atrás.

—¿Qué pasa, Anna?

Totsuka pareció sorprenderse por el repentino abrazo, pero sonrió suavemente al ver la cabeza de la pequeña princesa de HOMRA. Sin embargo, se sintió completamente mortificado cuando Anna levantó su rostro, después de responderle con una pequeña sacudida de su pequeña cabeza. Ella sonreía como un puro querubín divino; la sonrisa más maravillosa y deseó tener su cámara con él para capturar esa expresión y hacerla eterna.

—Finalmente ha terminado —ella susurró en voz baja mientras enterraba su rostro en su espalda.

Como si pudiera leer su mente, Totsuka le sonrió radiante, apoyando su mano sobre la coronilla de su cabeza y dejando que el cómodo silencio se interpusiera entre ellos por un momento mientras compartían el calor. Después de un tiempo, el resto de los miembros comenzaron a caminar hacia su hogar. Él le dio unas suaves palmaditas en la cabeza, como si la alertara de que era hora de irse a casa.

—Vamos, Anna. El aire se ha vuelto frío.

Ella respondió con un pequeño asentimiento, tomó su mano y caminaron lado a lado en silencio. Tan pronto como comenzaron a caminar, la primera nevada cayó sobre su cabeza, como diciéndole que el invierno acababa de llegar. Cuando Anna levantó la cabeza, el cielo que se cernía sobre ella se cubrió con un velo de color gris y pequeños copos blancos cayeron sin prisa, amontonándose y cubriendo el suelo con un color blanco y puro.


Sus ojos azules miraban inexpresivamente más allá de la ventana de vidrio, mirando la primera nevada del año. Finalmente se dio cuenta de la razón por la cual el aire se había vuelto frío, aunque esto realmente no le molestó. Se pasó los dedos por el cabello oscuro y exhaló exhausto mientras giraba la cabeza hacia cierto rey de pelo azul en la cama junto a su silla.

El monitor conectado a Munakata emitía un pitido con un sonido molesto. Fushimi se había levantado lentamente y lo había desconectado. Después volvió a centrar su atención entre su papeleo, así como en el suave y tenue sonido de la respiración que venía del cuerpo junto a él. En algún momento, la tranquilidad que había en la habitación blanca con un abrumador olor a antiséptico fue insoportable.

Durante semanas, el Scepter 4 no pudo visitar Munakata, bajo la orden del Rey Dorado. No es que intencionalmente él hubiera ido de todos modos, pero sus compañeros de trabajo probablemente lo arrastrarían hasta su rey si se les concedieran tal privilegio. Durante ese período, todo lo que podía recordar era al exasperante y relajado capitán que lo atrapaba con una sonrisa traviesa cada vez que se dirigía a su oficina para informarle. Recordó la gracia de su capitán cuando tomaba elegantemente la taza de té y se la llevaba a los labios, ignorando deliberadamente un plato con un montón de pasta de judías rojas frente a él.

Mientras que el recuerdo debería molestarlo, porque siempre le ponía de los nervios cada vez que veía que su superior que se tomaba las cosas con calma después de entregarle a él todos los trabajos administrativos., Pero es este momento sólo se sentía cansado. Culparía del ambiente tenue al clima invernal. Sin embargo, ahora que se había quedado solo vigilando a su rey en la habitación médica aislada, Fushimi se maldijo a sí mismo por extrañar la presencia de ese molesto capitán en lugar de a este cuerpo moribundo.

—Ha llegado el invierno y todavía estás durmiendo. Creo que hay un tiempo razonable para que tomes un descanso —Fushimi comenzó a hablar sin dejar de mirar al paciente de piel pálida y cenicienta, sabiendo que no había nadie para responder a su comentario. —Si no tuvieras a tontos incompetentes que no puedan escribir sus propios informes correctamente, yo no estaría tan ocupado. ¿No crees que deberías responsabilizarte por eso?

La única respuesta que recibió fue el ensordecedor ruido del silencio. Chasqueó la lengua irritado, y continuó mirando fijamente los copos que caían mientras se apilaban junto al alféizar de la ventana.


—Pensé que iba a morir.

Una tos se escuchó abruptamente.

—Weismann, estás exagerando.

El Rey Plateado estaba recostado de espaldas sobre el suelo medio quemado, mientras que el polvo se había acumulado en su cabello blanco volviéndolo gris.

—Pero lo digo en serio. Incluso me pregunto si alguno de ustedes realmente intentó contener su poder. Apenas logré estabilizarlos.

Sin siquiera mirar, Mikoto, que estaba recostado a su lado, pudo escucharlo haciendo pucheros, pero de alguna manera la imagen no le cuadraba como el primer e inmortal rey. Ante la idea sonrió en silencio y observó el techo que amenazaba con derrumbarse sobre ellos.

El aire invernal se deslizó a través del agujero y los copos de nieve cayeron sobre ellos. La paz se hizo presente y le costaba creer que todo ya había terminado. La descarga de adrenalina se había calmado, dejándolo adormecido. Habían pasado tantas cosas durante todo el día y, de hecho, no vio venir esto cuando llegó por primera vez a este edificio.

A pesar de la calma que experimentaban, el remordimiento del Rey Dorado era obvio. Mikoto no podía culparlo, y sólo podía permanecer en silencio. Uno de sus miembros del clan había muerto valientemente a pesar de que no se ofreció como voluntario y el palacio del que se había enorgullecido el Rey Dorado se estaba reduciendo a escombros. Como si compartiera el mismo sentimiento, la tristeza cayó sobre la cara de Isana y su media sonrisa vacilaba en una culpable.

—Teniente, lo siento...

—No lo hagas, Weismann —el anciano rápidamente lo interrumpió. —Es mi responsabilidad.

Mikoto se levantó del suelo y se sentó, enfrentando a los primeros reyes con mirada ardiente.

—No, es nuestra.

Isana contempló al solemne Rey Rojo durante un momento con asombro, antes de que una pequeña sonrisa volviera a sus labios mientras cerraba los ojos, ahogándose con el escalofrío del primer invierno.

—Sí estoy de acuerdo.

Daikaku no respondió, y sólo arrugó su frente en un ceño fruncido. Simplemente miró hacia el lejano horizonte nebuloso a través de la ventana destrozada con relucientes ojos color avellana. Durante un tiempo, ninguno de ellos se retiró del lugar, como si llevaran a cabo un ritual de duelo.


El mundo estaba bañado en un resplandor incoloro.

Tenía ganas de pararse en medio de la tormenta de nieve, incapaz de descifrar lo que yacía en el horizonte oscureciendo la niebla blanca y pura. Ni siquiera estaba seguro de si tenía un objetivo en mente, ya que sus pensamientos estaban tan vacíos como una hoja de papel en blanco. El tiempo pareció detenerse, pero apenas lo notó, ya que sentía una sensación profunda de vacío. Los alrededores estaban pintados únicamente en blancos; sin ninguna mancha de otro color.

Entonces, de repente, el sonido de una campana de verano sonó débilmente, susurrando el nombre que no podía recordar. Volvió la cabeza lentamente, mirando aturdido, sin propósito y, cuando inconscientemente intentó dar un paso al frente y extendió su mano para alcanzar el sonido invisible, comenzó a notar las barras de acero que estaban frente a él, que le impedían con frialdad aventurarse más hacia el campo blanco. Fue en ese momento cuando miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba en una jaula de pájaros gigante sin puerta de salida y de alguna manera estaba aprisionado dentro de ella.

Él tocó la frialdad de los barrotes con la punta de los dedos y se estremeció ligeramente cuando el frío se filtró a través de su piel.

Munakata.

Esa palabra lo sacó de su trance, ya que el murmullo de ese nombre se sintió muy cerca. La voz era tan familiar que le dolía. Antes de que su mente pudiera recordar al dueño de esa voz, sus labios habían pronunciado el nombre que de alguna manera se sentía ajeno a sus recuerdos, y aún íntimo a sus labios.

—Suoh...

Su cabeza estaba nublada; ni siquiera podía recordar quién era él, y mucho menos quien era la persona que acababa de decir su nombre. Pero el anhelo era evidente. Justo cuando los ecos se hicieron más fuertes y más cercanos, la desesperación comenzó a extenderse dentro de él y trató de extender su brazo lo más que pudo hacia la dimensión infinita, deseando ver el otro lado más allá de la jaula, pero ni siquiera podía deslizarse a través del espacio entre las barras.

—Tengo que ir…

Munakata repitió como encantado, sintiéndose aplastado cuando se incrementó la ansiedad. La cadena, con el otro extremo conectado a la mesa de mármol en el centro de la jaula, tintineó alrededor de sus tobillos mientras persistentemente tiraba de ella, tratando de escapar hasta donde podía. Pero aún no podía huir fuera del santuario. Su mente gritó mientras él continuaba con su inútil esfuerzo.

Sin embargo, para su sorpresa, el grillete se rompió quedando reducida a una pila de polvo y la jaula de pájaros se desvaneció lentamente. Cuando miró a su alrededor con asombro, el pequeño reloj de arena que era lo único que estaba sobre la mesa cerca de él había detenido por completo su flujo de arena. Se quedó inmóvil. De alguna manera entendió que el tiempo se había acabado, aunque no podía recordar para qué era el momento. Giró y comenzó a correr hacia el horizonte desconocido.


Cuando sus ojos se abrieron y el color negro llenó su visión, se preguntó si todavía estaría a la deriva en ese mundo aislado. Sin embargo, había tantas sensaciones en su interior las cuales nunca había sentido dentro de ese espacio vacío; alivio, agotamiento y sobre todo confusión.

Además, el aire que permanecía en su habitación se sentía terriblemente punzante y frío contra su piel, a pesar de que podía sentir el peso de una manta envolviéndolo. No le ofrecía mucha calidez y por una razón, recordaba vagamente el llamativo color rojo que venía junto con un agradable calor, pero no podía recordar cuál era precisamente la fuente de su comodidad. Todo lo que sintió fue el anhelo de ese calor cuando se estremeció instintivamente con la fría temperatura que esta habitación le había ofrecido.

La luz dentro de la habitación estaba apagada y no había luz de luna que entrara a la habitación. Una vez que sus ojos se adaptaron a la oscuridad, Munakata giró su cabeza hacia la ventana, aunque incluso ese pequeño gesto lo agotó. Su cuerpo se sentía desagradablemente pesado y sus músculos gritaban incluso ante la más mínima tensión. Exhaló exhausto una vez que logró echar un vistazo al exterior a través de la ventana de cristal, cubierto por cortinas transparentes.

El mundo exterior estaba en un variado contraste de gris, pero seguía siendo hermoso, con el blanco pálido que flotaba silenciosamente desde el cielo. La hermosa vista del silencio y la lejanía lo hipnotizó. Pasó el tiempo mirando y admirando el clima. Los árboles afuera de su ventana se habían marchitado, muriendo bajo la nieve acumulada, hibernando a la espera de que llegara la primavera. Sin embargo, mientras miraba los copos de nieve que caían pausados, el momento pareció eterno y el invierno nunca parecía irse.

No recordaba cuánto tiempo habían pasado; podría ser un minuto, o podría ser más de una hora, había perdido la cuenta sin tener un reloj que lo indicara. Trató de encontrar algún signo de vida que no fuera él, pero sólo había quietud. Ni siquiera se oía un leve susurro o aullido del viento desde el exterior. Así llegó el amanecer, con una tenue luz del sol en la periferia de su alféizar. Munakata intentó averiguar cuál sería el nuevo color que se uniría a la nueva paleta de colores a la magnífica vista ante sus ojos, dándole una señal de que ya no estaba tan solitario.

Se sorprendió cuando un rayo de luz entró en la habitación desde la puerta, que crujió al abrirse. Dentro de su cuarto oscuro, la luz repentina era cegadora y le lastimaba los ojos, tanto que impulsivamente los entrecerró mientras giraba la cabeza hacia la puerta. Sin embargo, antes de que pudiera descubrir al intruso, el sonido ensordecedor de la bandeja al caer y los vidrios rotos, junto a un pequeño grito de sorpresa lo sobresaltaron, y se maravilló de cómo el prolongado silencio podía sensibilizar su sentido auditivo a pequeños sonidos.

Cuando su visión finalmente se pudo ajustar con la luz que entraba por la puerta, ya no había una persona allí parada. Munakata inclinó ligeramente la cabeza, cuestionando lo que había visto antes. Sin embargo, desde la distancia, pudo escuchar el ruido de varios pasos apresurados que resonaban en el pasillo. Si su garganta no estuviera tan seca y no se sintiera tan cansado, los habría reprendido para mantenerlos en silencio, molesto por la conmoción abrupta.

Apenas tuvo tiempo de registrar lo que había sucedido cuando un grupo de personas que vestían uniformes blancos irrumpieron en su habitación, hablando con él. El ruido lo irritó, pero el torrente de agotamiento comenzó a inundarlo nuevamente y sus párpados se sintieron pesados, por lo que decidió desconectarse y una vez más se lanzó al mundo blanco y el sonido silencioso.


Notas Finales de Yumechou:

Así que yeaaahh, aquí está el último clímax. El próximo capítulo será el último y podría haber un epílogo, no lo he decidido. ¡Finalmente el final! Sé que la mayoría de ustedes diría eso también. LOL, ¡no teman! El último no tardará en actualizarse ya que no tengo que luchar contra el bloqueo del escritor. Creo... (^_^) v


Notas Finales de Lacrimosa Azul:

Recuerdo que cuando leí este capítulo me dio algo de pena, por el pobre guardia que tuvo que morir para que el incoloro dejara de fastidiar. Y bueno, al fin despertó Munakata, y la escena donde Fushimi está con él me encanta. ¡Bye!