Capítulo 12: Entrelazados
Publicación Original diciembre 2014
"Cuando dos personas están bajo la influencia de la más violenta, la más insana, la más ilusoria y la más fugaz de las pasiones, se les pide que juren que seguirán continuamente en esa condición excitada, anormal y agotadora hasta que la muerte los separe"
George Bernard Shaw, Getting Married. (1856 - 1950)
La oficina estaba inquietantemente silenciosa, excepto por el sonido de un lápiz sobre el papel. Las ventanas estaban cerradas con el objetivo de desconectarse del sonido de la brisa primaveral y el ruido del mundo exterior.
El cielo estaba temporalmente pintado de un color gris y el sol se había ocultado desde hace un tiempo, indicando la próxima y fugaz lluvia que se aproximaba. Aunque se suponía que era el comienzo de la primavera, el frío del invierno todavía se sentía ocasionalmente una vez que la llovizna bajaba.
Su mano se movía rápidamente sobre el documento firmando los papeles aun cuando no tenía prisa y las puntas de sus dedos estaban heladas a pesar de la manta en su regazo. Munakata siempre tuvo un problema para ajustar la temperatura de su cuerpo con el aire frío, pero no podía permitir que una razón tan trivial interrumpiera su impulso de trabajo.
Seri se enderezó, mirándolo cautelosamente en busca de algún atisbo de fatiga sin querer insultarlo al tratarlo como alguien frágil al estar constantemente cuidándolo. Munakata sintió la mirada, pero no dijo nada y fingió no darse cuenta. Después de firmar el último documento, dejó escapar un suspiro y le sonrió con aprecio.
—Gracias por traer estos documentos, Awashima-kun.
—Es mi trabajo —respondió ella secamente, aunque continuó con cautela. —Capitán, con respeto, si no me equivoco, usted acaba de tener su sesión de rehabilitación esta mañana. Debería descansar un poco.
—Me gustaría terminar el trabajo pospuesto después de un año de retraso tan pronto como sea posible. También descanso un poco de vez en cuando, así que por favor no te preocupes por mí —él cruzó sus manos sobre su escritorio, todavía sonriendo. —¿Hay algo más que requiera mi atención inmediata?
—No señor —Seri rápidamente se inclinó frente a él antes de salir de su oficina.
Munakata la vio retirarse antes de mirar la vibrante vista a través de la ventana. En el jardín del cuartel del Scepter 4, varios árboles habían comenzado a mostrar sus hojas verdes. Inhaló profundamente, tratando de deshacerse de la fatiga acumulada y las oleadas de agotamiento que siempre había sufrido después de la terapia de rehabilitación. Se movió de su escritorio al alféizar de la ventana empujando su silla de ruedas con sus manos, mirando el cielo turbio.
Había pasado un mes desde que fue dado de alta del hospital. Recordó que cierto Rey Rojo nunca dejaba de visitarlo a diario desde que se despertó con recuerdos confusos hasta que salió del hospital. En un mes, tuvo un intenso programa de rehabilitación para que fuera completamente funcional lo antes posible, pero fue hace apenas una semana desde que comenzó a recordar la mayoría de las cosas importantes de su pasado.
La semana pasada había logrado recordar casi todo, incluso el futuro alternativo antes de que Akizuki se acercara a él. Había leído la carta que le había dejado el strain, diciendo que lamentaba haberlo llevado al infierno para alterar el futuro ya escrito. Se disculpó por irse y le deseó un futuro mejor, independientemente del resultado. Munakata se quedó sin palabras; nunca se arrepintió de su decisión, aunque esta lo haya llevado a su estado actual.
Cuánto deseaba decirle al chico que no había necesidad de que sintiera lástima por él o incluso que se arrepintiera de involucrarlo en este retorcido juego del destino. Si el tiempo lo hubiera permitido, le gustaría tener la oportunidad de expresar su gratitud al chico. Ese fue el único arrepentimiento que tuvo por él.
Si tuviera que medir el beneficio desde el punto de vista del mundo, con gusto pagaría el mismo precio una vez más, aunque el resto de los reyes dirían que era un tonto. Sin embargo, no iba a discutirlo. No tenía autodesprecio ni una intención heroica. Simplemente midió todo en una balanza y todos los sacrificios que se habían hecho para llegar a esta conclusión, incluido el suyo definitivamente lo valen. El Rey Rojo estaba vivo, y también el Rey Plateado. El malvado Rey Incoloro se había ido, gracias a los tres primeros reyes, y él aún respiraba, a pesar de la discapacidad y el dolor constante con el que tenía que convivir durante un tiempo.
Él y Akizuki fueron los principales pecadores por engañar al destino, por lo que era natural si tenían que sacrificar más que el resto. Incluso Totsuka estaba vivo para mantener la serenidad del fuego de Mikoto y la ciudad de Shizume logró quedar en armonía. Con el Rey Plateado y Dorado a su alrededor, los otros clanes parecieron calmarse, y permanecieron bajo tierra, acechando en la sombra con sus ojos fijos en el Dresden Slate escondida en la residencia de Daikaku. El precio era ciertamente apropiado para la paz de la ciudad.
Todo parecía volver a la normalidad, excepto por una cosa. Desde que se despertó, Mikoto parecía distinto del que siempre había recordado. Todavía hablaba menos, actuaba espontáneamente y se comportaba imprudentemente. Pero lo que le preocupaba eran los gestos afectuosos que difícilmente escapaban a su atención; cada mirada directa y significativa, cada pequeño roce de piel, cada pequeño beso impulsivo en su cabeza o en sus manos.
Mikoto tampoco parecía molestarle su constante cambio de comportamiento y personalidad cada vez que recordaba un poco y, culpaba a la amnesia por esto. Se dio cuenta de que Mikoto aceptaba fácilmente sus circunstancias, pero el Rey Azul no podía entender cómo tratar al pelirrojo. El Rey Rojo que él recordaba era desconsiderado y si tenía que explicarlo, en una palabra, nunca usaría la palabra amable o atento.
Pero eso fue exactamente lo que hizo que su relación fuera tan fácil de seguir, y definitivamente se sintió cómodo de esa manera. Sin expectativas, sin promesas o el corazón roto y definitivamente sin ninguna esperanza. Era mejor para ellos no tener apego, teniendo en cuenta su papel como reyes. Él sólo persiguió a Mikoto esta vez, con la única intención de detenerlo y salvarlo, pero sin pasar la línea de amante conveniente.
Antes habían ocultado su relación, fingiendo ignorancia para poder continuar sus encuentros anónimos, aunque en el fondo, ambos reconocían perfectamente la atracción entre ellos. Ninguno de los dos hablaba de eso, como si fuera un tabú. Una vez que naciera la oportunidad de hablarlo, sólo el cielo sabía quién rompería primero el acuerdo. Por lo tanto, estaba desconcertado por el vínculo que Mikoto le había pedido. No era como si nunca hubiera pensado en algo así, pero siempre lo descartaba antes de que la idea pudiera desarrollarse en más de un segundo. Un rey no necesitaba otra carga para llevar aparte del mundo y no planeaba cambiar el cómo había vivido. Siempre había pensado que Suoh compartía el mismo sentimiento.
Podría ser egoísta, pero no podía tener más espacio para cultivar afecto que no fuera por sus compañeros y el mundo entero. Incluso asumir el peso del mundo ya era demasiado y casi perdió su vida entera por torcer el destino de Mikoto. Munakata no estaba seguro de poder salir ileso, o peor aún, con vida si continuaba entrometiéndose en una existencia llamada Suoh Mikoto, pero ese hombre nunca dejo de confundirlo, ya que lo había abandonado en el camino solitario de los reyes mientras se ahogaba en la miseria y la furia obligándolo a acabar con su vida con su propia espada, aquel mismo hombre ahora le pedía que se quedara con él. Munakata encontraba todo esto irónico y absurdo.
Él no dudaría en mantener los recuerdos de la gloriosa muerte del Rey Rojo y el peso de su amargura como el verdugo, pero en cambio, no podía aceptar el afecto de Mikoto. Si había algo que Munakata había aprendido en el tiempo paralelo era que ese sentimiento llamado amor, una palabra que le causaba gracia, estaba definitivamente mezclado con la locura.
Por esa razón, se mantuvo alejado de Mikoto durante toda una semana. No contestó sus llamadas ni leyó sus mensajes. Se mantuvo alejado de los lugares donde pudiera ser acorralado por Mikoto, e incluso, fue a sus sesiones de rehabilitación en horarios aleatorios, para que el pelirrojo no supiera cuando iría. Los únicos lugares que visitaba además del hospital, era su departamento y el cuartel del Scepter 4, que era donde pasaba la mayor cantidad de tiempo. No era como si pudiera ir a otro lado ahora que no podía caminar libremente. Incluso alguien tan terco como Mikoto se daría cuenta de que Munakata lo eludía deliberadamente y rechazaba sus sentimientos y, aunque ellos no tenían ninguna relación, sería incómodo si llamara a este último para romper lo que tenían actualmente; más que amistad, menos que amantes. Por lo tanto, concluyó que el silencio era la mejor respuesta.
Esta vez no repetiría el mismo error. El Rey Azul ya no se relacionaría en un nivel íntimo con el Rey Rojo, y una vez que se separaran, seguramente olvidaría esos ojos dorados y brillantes. Su corazón ya no se tambalearía y el equilibrio se restablecería una vez más en su vida.
Pero Mikoto no estaba de acuerdo con él y tampoco era un hombre que se quedara quieto sin tomar represalias. Al tercer día de su comportamiento silencioso, HOMRA entró deliberadamente en conflicto con un grupo reconocido de yakuzas que se atrevió a tener negocios ilegales en el territorio rojo. Mikoto personalmente hizo su aparición e incluso convocó su Espada de Damocles como una amenaza implícita y una invitación directa para Munakata.
Sin embargo, él nunca acudió, a pesar de que esto le costó un monumental informe de daños a la propiedad pública de la que tenía que responsabilizarse. Afortunadamente, el Rey Dorado estaba siendo indulgente con él, teniendo en cuenta su limitada capacidad de movilidad y, por lo tanto, lo excusó con una breve conferencia de responsabilidad. Sin embargo, sabía que no escaparía fácilmente de su obligación la próxima vez. Afortunadamente, después de ese día Mikoto lo dejó en paz, y él sólo esperaba que esto no fuera una paz transitoria antes de la tormenta.
Munakata se echó hacia atrás, acomodándose en su silla de ruedas. Era casi la hora de que él y sus hombres salieran de la oficina. Había estado encerrado en la sede durante tanto tiempo que ahora deseaba salir y sentir en su piel el suave toque de la brisa primaveral y el calor del sol poniente sobre él. Después de todo, sus doctores le habían indicado que siguiera activo tanto como pudiera para mantener su salud.
Empujó su silla de ruedas con las manos sin problema, habilidad conseguida como resultado de su intensa rehabilitación. Munakata empujó la puerta de caoba para salir de su oficina, sólo para encontrarse con Akiyama que casi chocó con él mientras caminaba por el pasillo frente a su oficina. Este último se sobresaltó sorprendido, pero rápidamente se apartó del camino de su rey con una sonrisa.
—Buenas noches, capitán. ¿Ya se va? ¿Necesita que lo escolte?
—Gracias por tu buen trabajo, Akiyama-kun —Munakata dijo con su sonrisa habitual. —Y no, está bien. Sólo me retiro al dormitorio y no necesito que me acompañen. Deberías ir a casa.
—No hay problema, sería un placer acompañarle —contestó Akiyama riéndose mientras agitaba su mano despreocupadamente.
—Cuidarme no está en la descripción de tu trabajo, Akiyama-kun. Pero aprecio el gesto.
—En ese caso, tenga cuidado en su camino de regreso, capitán —el oficial de pelo negro azabache se inclinó levemente en señal de despedida.
—Ten una buena tarde —Munakata hizo girar su silla con una pequeña sonrisa a través del luminoso pasillo.
Cuando regresó a su oficina por primera vez, se sintió cohibido e incómodo al pensar que sus hombres lo mirarían con lástima ya que pasaba la mayor parte del tiempo en una silla de ruedas. El médico le dijo que su reposo en cama por un año había causado que sus músculos enfermaran y, a pesar de la rehabilitación que le habían aplicado, sus músculos aún estaban debilitados debido a la falta de uso prolongado, especialmente las piernas, y le ordenaron que continuara su agotadora rehabilitación al menos durante medio año antes de poder volver a evaluarlo.
Al principio se sintió exasperado, ya que tal impedimento entorpecía su trabajo. Pero luego, sólo suspiró y asumió su destino ya que después de todo, él había sido el causante de su situación. Tenía esperanza de que pronto sería completamente independiente de aquella silla y, además, estaba agradecido de que el resto del Scepter 4 parecían estar contentos con su regreso y que ninguno de ellos intentó colmarlo con lástima.
Estaban siendo extremadamente cuidadoso con él, sí, pero su preocupación era aún tolerable para Munakata y, aunque Domyoji de vez en cuando se ofrecía a empujar su silla cuando lo veía fuera de su oficina. El chico era persistente al respecto cuando Munakata se negaba cortésmente, dejándolo sin otra opción que permitirle a su subordinado de cabeza dura que hiciera lo que quisiera. Pero ni una sola vez Domyoji lo miró como una persona desafortunada y, él realmente se sintió contento por esto. Justo como en este momento cuando cruzó el corredor, los miembros del clan que pasaban le ofrecerían un breve saludo y una genuina sonrisa mientras se alejaban para mantener su camino despejado ante él. Munakata devolvió los saludos y siguió avanzando.
Después de un largo camino con educadas inclinaciones y sonrisas, finalmente se encontró solo en el corredor que unía el jardín y con el pasillo que conducía a su dormitorio. Se detuvo por un momento, mirando la luz del sol reflejada en el agua que fluía de la fuente en el medio del jardín. El agua brillaba con luz dorada, con una refracción del arcoíris a su lado. Los árboles crujían suavemente cuando el viento soplaba suavemente y balanceaba sus hojas. El olor a tierra y hierba estaba en el aire, prediciendo la lluvia inminente. Era la misma imagen de tranquilidad que siempre deseó desde la anterior muerte del Rey Rojo. Por fin podía respirar sin el constante dolor sordo en su pecho.
Se estaba tomando su tiempo para regresar al dormitorio, paseando por el jardín hasta que el crepúsculo llegó. No había nada esperándolo en su habitación por lo que no era necesario que se apresurara. Sin embargo, cuando Munakata levantó su tarjeta de acceso para entrar a su dormitorio, lo primero que notó fue el olor a quemado y el dispositivo roto y frito. Incluso antes de que abriera la puerta, podía sentir la presencia inoportuna dentro del lugar. Frunció el ceño, mientras estaba completamente alerta. Sólo una persona era capaz de una manipulación tan atroz.
Munakata rápidamente hizo girar la silla, completamente molesto y estuvo a punto de regresar a su oficina cuando la puerta se abrió repentinamente y la última persona que deseaba ver estaba parada en la entrada.
—Finalmente has vuelto.
Mikoto lo observo con una oscura y amenazante mirada, inmediatamente dejando en claro que el Rey Rojo estaba de pésimo humor. El instinto de Munakata entró en conflicto, diciéndole que rechazara como de costumbre a Mikoto pidiéndole que se largara o que fuera él quien se retirara antes de que el Rey Rojo pudiera atacarlo, porque a pesar de que el pelirrojo contenía su aura, eso no significaba que era menos violento. No podía negar que estaba en desventaja ya que no podía usar su sable, pero todavía tenía su aura azul para enfrentarse con el Rey Rojo si éste no usaba su aura. Munakata le dedicó una mirada molesta a su intruso, quedándose quieto por un momento mientras su instinto de hostilidad vencía a su mente.
—Han sido más de cien veces que te he dicho que no vuelvas aquí, ¿verdad? ¿Tu cerebro es sólo un accesorio?
Mikoto ni siquiera se molestó en ofenderse. Al ver que el propietario no tenía la intención de entrar a la habitación estando él ahí, el Rey Rojo se acercó a la silla de Munakata, y antes de que éste pudiera expresar su protesta, Mikoto lo empujó apresuradamente al dormitorio y cerró la puerta con un fuerte golpe.
—¡Suoh! —Munakata espetó mientras sus ojos violetas brillaban ferozmente, siguiendo la presencia de Mikoto.
Sin embargo, Mikoto lo ignoró y agarró la cabeza de Munakata para que éste lo mirara. El Rey Azul lo fulminó con la mirada, y el Rey Rojo frunció el ceño impasible. Munakata hizo lo mismo tratando de contener su irritación.
—Vete de aquí.
—No —gruñó Mikoto con fría furia.
—Te obligaré si no lo haces —amenazó con un gruñido bajo, como una bestia siendo territorial en su guarida.
Mikoto suspiró y se inclinó para quedar al nivel de los ojos de Munakata colocando sus manos en las mejillas del Rey Azul, presionando contra ellas con fuerza.
—Deja de huir, Munakata.
—No me insultes. ¿Por qué debería?
—No acudiste a la ciudad incluso cuando te "llamé". Te encierras en este lugar todo el tiempo. Durante toda una maldita semana —Mikoto respondió, enfatizando cada una de sus palabras con un pequeño apretón en el rostro de Munakata. —Ahora mírame y dime que no estás huyendo.
Munakata le devolvió la mirada con un frío desafío para responder severamente a la burla de Mikoto.
—No estoy huyendo, tú me enfermas, y tengo derecho a elegir no verte la cara.
—¿Ahora te enfermo? Porque en el hospital parecías disfrutar de mi compañía —Mikoto sonrió arrogantemente, saboreando su victoria cuando Munakata se puso rígido con una mirada avergonzada.
El Rey Azul aparentemente se enfureció consigo mismo al recordar los embarazosos momentos en que inconscientemente dependió de Mikoto durante su confinamiento en la cama del hospital con vagos recuerdos. Cuando Munakata estaba a la defensiva, era más hostil, pero Mikoto aprovecharía este resentimiento y lo provocaría intencionalmente para que le diera una respuesta y así acabar con esta guerra fría. Porque el tratamiento silencioso era la virtud del Rey Azul, pero Mikoto estaba decidido a despertar el calor de Munakata, aunque no fuera una tarea fácil.
—No quiero hablar de eso —exclamó acaloradamente Munakata. —¿No te dio vergüenza aprovecharte de un paciente amnésico?
—¿Eso significa que ya recuerdas todo? —Mikoto preguntó con una extraña preocupación, lo que desconcertó a Munakata. De alguna manera, el agarre de Mikoto se aflojó ligeramente, aunque todavía estaban en su lugar para mantenerlo quieto.
—Sí, ahora… ¿podrías ser tan amable y liberar…?
—Entonces ¿Es verdad que regresaste en el tiempo con la ayuda de ese strain? —Mikoto intervino antes de que el Rey Azul pudiera terminar su oración, quien se olvidó de cómo respirar mientras se congelaba.
—¿Qué?
—Una strain me busco después de tu "accidente". Él me contó tu del trato con él y todo lo demás.
Munakata se estremeció instintivamente ante la idea de que Mikoto descubriera la razón por la que él había aceptado esta apuesta tan temeraria. Estaba furioso con Akizuki por revelar su secreto y ponerlo en esta situación, pero era inútil condenar a una persona muerta. No había necesidad de que Mikoto se enterara de su afecto por él. ¡Arruinaría el equilibrio que tanto había intentado mantener!
Mikoto quedo bastante sorprendido cuando Munakata golpeó abruptamente sus manos de su rostro con violencia y esos ojos violetas se entrecerraron con una furia indescriptible, como un animal herido. Aparentemente subestimó el estado actual del Rey Azul. Las marcas rojas en sus manos dolían mucho.
—Lo que sea que haya hecho con él no tiene nada que ver contigo. Vete ahora.
Mikoto frunció el ceño cuando la rabia comenzó a gritar dentro de él. Quería que Munakata le respondiera, incluso si tenía que ser verbalmente violento, y no le gustó cuando lo echó, dejándolo varado en la nada. Antes de que Mikoto pudiera pensar en lo que hacía, sus brazos ya se habían extendido hacia Munakata, agarrándolo por la cintura y sacándolo de su silla de ruedas, para luego cargarlo sobre su hombro, ignorando el ataque verbal y los continuos y dolorosos golpes y arañazos en su espalda.
—¡Suoh! ¡Deja este comportamiento en este instante! —Munakata gritó adolorido cuando el Rey Rojo lo arrojó a la cama sin consideración. Él gimió y automáticamente frotó la dolorida parte posterior de su cabeza mientras trataba de salir de la cama. —Eres un bár-...
Él parpadeó sorprendido cuando Mikoto lo empujó hacia abajo otra vez con fuerza colocando sus manos a ambos lados de la cabeza de Munakata y se posicionó sobre él con una mirada de odio. Pero Munakata no era de los que se sentían intimidado, y sintió su orgullo herido cuando Mikoto tomó ventaja sobre la debilidad de sus extremidades inferiores, enfureciéndose por ello.
—Suoh, apártate de mí.
Reisi lo amenazó seriamente, tomando con brusquedad en su puño parte de la camisa de Mikoto, tratando de alejarlo. Pero el pelirrojo agarró su mano por la muñeca y la retiró firmemente, ambos luchando con todas sus fuerzas. Munakata estaba seguro de que tendría una marca morada en su muñeca para mañana.
—Estás indefenso sin tu silla de ruedas, ¿verdad? —Mikoto se burló insensiblemente, dándole su habitual sonrisa traviesa. —Te quedarás aquí hasta que haya terminado contigo.
—Suoh, no te perdonaré por insultarme así —los ojos color amatistas de Reisi se abrieron con sorpresa, llenos de dolor y con su orgullo ofendido.
—¿Qué te hace pensar que me importa?
Con eso, Mikoto se acercó y mordió la garganta de Munakata, usando su peso para inmovilizar al hombre debajo de él mientras que una de sus manos agarraba la corbata de Munakata para arrancarla. El Rey Azul comenzó a resistirse, con sentimientos de miedo e ira alternándose en su corazón.
—¡Suoh! ¡Maldito sea! ¡detén esto!
Sus manos se aferraron con fuerza a los hombros de Mikoto, lastimando la piel con sus uñas hasta dejar furiosas marcas mientras empujaba al hombre sobre él. Sin embargo, su esfuerzo fue inútil ya que Mikoto aprovechó la fuerza de gravedad y su posición para encarcelarlo. Una sensación de vulnerabilidad llenó a Munakata y una lágrima de humillación amenazó con caer desde el borde de sus ojos. Con su cuello al descubierto, Mikoto no se contuvo de morder y chupar la piel, dejando marcas con la intención de que Munakata no pudiera cubrirlos después. Reisi perdió toda su compostura cuando la mano de Mikoto viajó hasta su estómago y continuó hasta el frente de sus pantalones.
—¡SUOH! —un fuerte golpe resonó en medio de la habitación.
La palma de Munakata dolía como si hubiera sido quemada. Mikoto permaneció quieto, con su mejilla palpitando dolorosamente, evitando ver la mirada acusadora y molesta hacia él, porque había comenzado a sentir una inmensa culpabilidad por humillar a Munakata sin pensarlo.
El hombre que había lastimado ahora cruzaba sus brazos de forma defensiva para cubrir sus ojos, como si la visión de Mikoto fuera insoportable. El pelirrojo estaba a punto de abrir la boca para disculparse cuando una solitaria lagrima cayó avanzó por la mejilla de Munakata.
—... Despreciable —murmuró Munakata con desprecio y odio. —Bastardo.
Mikoto hizo una mueca ante el vil comentario. Se retiró un poco para después acomodarse sobre el estómago de Munakata y para después tirar suavemente de las muñecas de Reisi, tratando de abrir el escudo para poder ver los ojos violetas.
—Munakata.
—No me toques.
—Munakata —Mikoto repitió con voz más dura, pero no lo suficiente para significar una reprimenda. —…Lo siento.
Una abertura entre los brazos de Munakata le dio el indicio que necesitaba. Trató de volver a separar las manos de Reisi y esta vez no hubo resistencia, aunque este último todavía se negaba a verlo a los ojos y desviaba su mirada hacia la pared con ira. Pero la lágrima había desaparecido. Lo único que quedaba en aquellos tempestuosos ojos morados era desprecio.
—Quítate —Munakata susurró furioso.
Mikoto obedeció en silencio y se sentó en el borde de la cama, sin dejar de mirar el rostro del dueño de la habitación.
—Munakata —intentó llamarlo con cuidado y con vacilación extendió su mano para tocar el rostro de Reisi.
Sin embargo, antes de que pudiera acercarse, el Rey Azul le dio una palmada en la mano sin piedad.
—¡Sí! no puedo moverme sin esa maldita silla de ruedas. Pero eso no significa que no pueda matarte aquí mismo.
—No puedes.
— … ¿Disculpa?
Mikoto lanzó un suspiro,
—Lo que te sucedió fue porque no pudiste dejarme morir —Mikoto lanzó un suspiro. —Entendí eso.
—No pienses tan bien de ti mismo. Tal vez mi intención sólo fue salvar al Rey Plateado ¿No lo pensaste? —Munakata dijo en medio de la irritación.
—No, si eso fuera cierto, no te molestarías en salvar a Tatara.
El Rey Azul estuvo en silencio por un momento con el ceño fruncido. Si no estuvieran discutiendo en este momento, Mikoto se hubiera reído porque parecía casi hacer pucheros.
—Tal vez simplemente intenté rescatarlo por un capricho aprovechando que volví al pasado.
—No, demasiado riesgo por un capricho, y tú ciertamente no lo pondrías en peligro.
—Tal vez es sólo…
Mikoto decidió que Munakata nunca se callaría si se lo permitía, entonces se inclinó hacia adelante y capturó esos labios para dejarlo sin aliento. Munakata no cerró los ojos, pero su mirada se suavizó y devolvió el beso lentamente. Esta vez permitió que la mano del pelirrojo lo tomara de la nuca y lo acercara para profundizar el beso. Mikoto tomó la falta de resistencia como un gesto voluntario y rápidamente recostó a Munakata hasta que ambos quedaron tumbados en la cama sin romper el beso, pero cuando la necesidad de aire se hizo insoportable, se separaron ligeramente, dejando que sus respiraciones calientes se mezclaran entre sí. Mikoto sonrió, esta vez genuinamente, para sorpresa de Munakata.
—Gracias, y lo siento.
Munakata sintió que su pecho se apretaba con un dolor sordo y punzante, hasta que finalmente logró preguntar:
—¿Por qué?
—Te agradezco por salvar a Tatara, por salvarme a mí y por mantenerte vivo. Y lo siento por dejar que hicieras el trabajo duro.
—Fallé en matar al Rey Incoloro, y al final tú hiciste lo mismo, junto con el Rey Plateado y Dorado, lo escuché —Munakata sintió como si tuviera un nudo en la garganta.
Mikoto negó con la cabeza con una sonrisa amarga.
—Estoy hablando del otro futuro. El strain me dijo que probablemente fuiste tú quien acabó con mi vida antes de que mi Espada de Damocles cayera.
El Rey Rojo no necesitó una respuesta para confirmar su presentimiento. Munakata se estremeció e instintivamente se abrazó, como si tratara de borrar los terribles recuerdos y protegerse de la autocomplacencia. Mikoto sintió una punzada de dolor cuando escuchó a Munakata preguntar en voz baja, estrangulado con un débil sollozo.
—¿Ya has terminado? Sabes dónde está la salida.
—Munakata, mírame.
Cuando el Rey Azul ignoró la súplica, Mikoto colocó su mano en la barbilla de Munakata y levantó su rostro hasta que sus ojos se encontraron.
—Lo siento. Probablemente no pude pensar en nadie más que tú para matarme cuando el momento llegó.
—¿Y se supone que debo decir que acepto tu disculpa y que estamos a mano? —dijo Munakata, furioso. —No Suoh, nunca te perdonaré, porque si lo hago nunca me perdonaría. Es por eso por lo que mantengo la distancia, tonto insensible. Ya terminé de involucrarme contigo.
—¿Adivina qué Munakata? No puedo aceptar eso. Me salvaste la vida, así que tienes que responsabilizarte por ello.
—¿Desde cuándo es tu vida mi responsabilidad? Siempre has pertenecido a HOMRA, por eso te negaste a abandonar tu condición de rey y me obligaste a matarte. No me des la responsabilidad cuando sea conveniente para ti —Munakata lo miro con el ceño fruncido. —De lo único que soy responsable es del precio que pague por no dejarte ir.
—Sí, y ya que me encadenaste a esta vida, es natural que seas responsable del tiempo adicional que me has dado.
Munakata contuvo la respiración y un torbellino de renovada ira se libró en esos ojos violetas.
—No puedo creerlo. ¿Me estás culpando por mantenerte con vida? —el Rey Azul gritó alzando la voz. —¡Entonces ve a morir! Como si me importara.
Mikoto sintió como una vena comenzó a pulsar en su frente. Munakata siempre fue incrédulo con cualquier cosa relacionada con él y eso lo molestaba. Sólo quería decirle al Rey Azul que siguiera vivo ya que él era la nueva razón de Mikoto para vivir, y aparentemente Munakata lo había mal interpretado. El Rey Rojo exhaló un suspiro de ira exasperado antes de volver a empujar a Munakata sobre las sábanas cuando éste trató de liberarse de su cautiverio.
—¿Por qué eres tan…? —Mikoto gimió de frustración y maldijo. —¡Todo lo que quiero decir es que quiero estar contigo y quiero que nos des una oportunidad, tonto! ¿Por qué estás enojado?
—Deberías decir eso en primer lugar ¡simple y directo! ¿Cómo puedes esperar que entienda tu charla irracional? —Munakata gritó a la defensiva, luchando contra el agarre de Mikoto sobre su hombro sin éxito.
—¡Bien! ¡Quiero estar contigo porque me gustas! Entonces ¿Cuál es tu respuesta?
Su acalorada pelea termino rápidamente en un largo silencio, como si alguien hubiera rociado un balde de hielo sobre ellos. Munakata parecía estar ocupado jugando con su cerebro, tratando de dar una respuesta lógica y Mikoto quedó esperando una respuesta que nunca llegó.
—¿Realmente esperas que yo crea eso? —Munakata susurró, pero sus ojos reprochadores miraban directamente a los dorados. —¿No te diste cuenta cuando me obligaste a matarte? ¿No había algo entre nosotros? Las pesadillas eran mi tormento constante, gracias a tu supuesto amor.
Reisi se deleitó cuando la expresión de Mikoto se contorsionó en dolor. Justo como había pensado, Mikoto no lo pensó dos veces en aquel entonces, y probablemente no tuvo la oportunidad de pensarlo demasiado porque Munakata lo salvó de ese problema.
Probablemente él no pensó que Munakata había pasado noches sin dormir por las pesadillas. El horrible sueño siempre cambiaba entre los momentos en que apuñaló a Suoh con su espada y ensució sus manos con su sangre escarlata y los sueños donde se encontraba en un aislamiento infinito encerrado en una jaula de hielo mientras se congelaba hasta la muerte lentamente y el hielo se arrastraba para cubrir la Ciudad de Shizume antes que un rayo lo golpeara. Incluso él todavía podía ver esa imagen detrás de sus ojos cerrados.
—No hables de amor con esa boca. Lo arruinas.
Mikoto se sorprendió con la evidente expresión de dolor en el rostro de Munakata, ya que él comprendía el temor a esas pesadillas, porque había noches enteras en las que soñaba con un infierno furioso que quemaba todo hasta convertirlo en cenizas. Por lo tanto, debería haber entendido la carga de Munakata, pero de alguna manera el dolor de Reisi parecía ser diferente. Sintió que tenía que decir algo, o de lo contrario perdería a su Rey Azul para siempre.
—No sé cómo el yo del pasado te lastimo. Sólo puedo decir que el yo actual te necesita y que siempre lo he hecho.
Munakata suspiró con resignación, decidiendo sacar su carta de triunfo.
—¿Estás seguro de que no estás confundiendo ese sentimiento para con otra persona? —pero para la irritación del peliazul, Mikoto sólo levantó una ceja inquisitivamente y tomó una profunda inhalación antes de decir. —Cuando Totsuka murió en el otro futuro, no dudaste en hacerme a un lado. No veo una razón por la que actuarías de manera diferente esta vez si eso sucede.
—No trates de confundirme. ¿Qué estás tratando de decir? —Mikoto gruñó, ya sintiendo el terror que se hundía en la boca del estómago.
—¿Realmente tengo que explicártelo todo a ti? Siempre lo has amado, probablemente incluso cuando compartíamos la misma cama.
Munakata pensó que se sentiría aliviado de poder exponer su sospecha, pero, por el contrario, sólo se sentía miserable por dentro. Pensar en eso no había dolido tanto como decirlo en voz alta. Sin embargo, Mikoto todavía estaba tranquilo, como si no lo hubiera escuchado y para la sorpresa de Munakata, y sólo después de un momento de silencio incomodo hablo.
—Tengo tres puntos que decirte. Uno; yo no me meto con ese niño, dos; no he besado a ese niño y tres: a ti te hice ambas cosas. Y antes de volver a decir estupideces, cuando te vi a ti medio muerto, me creas o no, iba a hacer lo mismo.
—Pero eso no tiene sentido ... —Munakata no pudo seguir, porque Mikoto lo interrumpió abruptamente en el tren de su pensamiento, discutiéndole acaloradamente.
—Tu imaginación es la que no tiene sentido. Él es parte de mi familia. Estás insultando el vínculo de HOMRA.
Munakata se quedó boquiabierto, casi como un pez dorado, queriendo decir algo, pero no podía encontrar nada y, Mikoto en realidad encontró esto adorable, pero no dijo nada porque no deseaba ganar otra larga serie de quejas de Munakata. Por lo tanto, solo pregunto:
—¿Entonces?
El Rey Azul se mordió el labio inferior, sin darse cuenta de que estaba haciendo un mohín. Mikoto tuvo que resistirse a no manosearlo.
—Sigo pensando que es una mala idea involucrarme contigo, y después de todo… no puedo perdonarte.
—¿Pero? —Mikoto se cruzó de brazos, tratando de mantener su paciencia bajo control.
—¿Qué te hace pensar que hay un "pero"?
—Instinto.
—No, no lo hay —después de una breve pausa y una mirada expectante por parte de Mikoto, continuó. —¡Lo digo en serio!
—Si lo hay.
—¡No! Mira, Suoh, no puedes hablar en serio sobre esto. Lo entiendes, ¿verdad? Esta chispa entre los reyes nos hará pelear entre nosotros. Es por eso por lo que nunca has tenido una relación conmigo, porque podríamos perder el equilibrio y destruir lo que estamos tratando de proteger.
Munakata extendió sus manos para sostener cuidadosamente el rostro de Mikoto. El Rey Rojo se inclinó al tacto como un gato con los ojos todavía fijos en los violetas.
—Sí, pero creo que es algo estúpido. Cuando estábamos separados, la chispa había desaparecido, pero existía este anhelo.
—… ¿Qué quieres decir?
—Que creo que tú puedes atenuar la chispa… si te quedas conmigo.
Permanecieron en silencio durante un minuto antes de que Munakata decidiera romper la quietud entre ellos.
—¿Estás diciendo que al exponerte a esa chispa constantemente, estarías calmado?
Mikoto se encogió de hombros despreocupadamente, diciendo calmadamente mientras permanecía sobre Munakata.
—No sé. Nunca lo hemos intentado y sucede que te necesito. Definitivamente vale la pena intentarlo.
—No quiero apostar otra vez.
—Si funciona, eso significa menos trabajo para ti e incluso puedes vigilarme fácilmente —Mikoto lo intentó de nuevo, sonriendo maliciosamente esta vez. —¿Estás seguro de que no quieres probar esto?
Sabía que era más fácil ganar al actual Rey Azul usando su sentido del deber, en lugar de dulces conversaciones, y como esperaba, Munakata reconsideró la propuesta. El rey de pelo azul lo miró con una resolución y una advertencia, aunque todavía tenía un ceño fruncido.
—Si "esto" no funciona o la chispa se va de las manos, suspenderé todo.
—Sí —Mikoto respiró mientras asentía con la cabeza, sonriendo genuinamente. —Estoy bien con eso.
Sus piernas se hundieron más profundamente en la cama y se movió más cerca de Munakata para plantar otro beso en los labios, y esta vez, el Rey Azul no se resistió. Después de varios segundos, Munakata decidió terminar con eso y entrelazó sus brazos alrededor del cuello de Mikoto, tirando de él hacia abajo y devolviéndole el beso.
Juró que sintió una sonrisa en los labios ajenos antes de abrir la boca para permitir que Mikoto profundizara el beso. El Rey Rojo sabía tal como lo recordaba; tabaco, brasas y luz solar, pero los recuerdos parecían bastante distantes por ahora.
Mikoto tomó la oferta con gusto y se zambulló para recorrer cada espacio en la boca de Munakata con su lengua. Gimieron suavemente con pequeños suspiros, sin preocuparse por los sonidos que estaban haciendo. Mikoto ocasionalmente retrocedía un poco para dejarlos respirar, pero no lo suficiente como para recuperarse de la falta de aliento.
Finalmente se separaron, y Mikoto agachó la cabeza para mordisquear y lamer debajo de la barbilla de Munakata, lo que le provocó un grito ahogado de éste. El Rey Azul acarició el suave cabello de Mikoto, haciendo que el pelirrojo se estremeciera ligeramente con un gemido complacido contra su garganta.
—Quítate la camisa —ordenó Munakata con el ceño fruncido mientras el calor se concentraba en su estómago.
Mikoto se detuvo abruptamente en su tarea de dejar marcas en la clavícula de Munakata y sonrió ante la orden.
—Como desees —rápidamente se quitó la camisa y la arrojó al suelo. —Juguemos con las mismas reglas, ¿de acuerdo?
Los ojos violetas estaban vidriosos de deseo mientras que Mikoto hacía un rápido trabajo en su uniforme, y en un minuto, con destreza había conseguido dejar a su pareja con la piel desnuda. Munakata gritó de sorpresa cuando Mikoto levantó su pierna, arrastrándolo hacia abajo para dejar besos de mariposa en la pantorrilla, susurrando débilmente contra su piel, pero Reisi no podía oírlo claramente así que preguntó:
—¿Qué?
—Lo siento —esta vez Mikoto dijo con voz más fuerte, pero sin dejar de besar su pierna.
Cuando Munakata escucho lo que el pelirrojo había dicho guardo silencio, y su mirada se suavizo mientras trataba de hablar;
—Basta con eso, bájate de tu pedestal y deja de pensar que todo es tu culpa, porque no es así. Acabo de tener un accidente; es tan sencillo como eso. Además, dicen que la rehabilitación está yendo bien.
Mikoto tarareó ligeramente en aprobación, antes de seguir repartiendo besos en la parte interna del muslo, sacando un débil grito de asombro del Rey Azul. Mikoto hizo una nota mental para interrogar a Munakata sobre el incidente de la azotea, pero su curiosidad podría esperar hasta la mañana siguiente. Después de todo, tenía asuntos más urgentes que atender.
—Iré la próxima vez que vayas al hospital —anunció con una sonrisa mientras su mano comenzó a dibujar círculos en la parte interna del muslo de Munakata para molestarlo, quien lo miró con desconfianza cuando Mikoto rozó intencionalmente su mano sobre el pene de Reisi.
—Tú ... —Munakata trataba de contener sus gemidos presionando el dorso de su mano contra su boca, terminando su frase con voz estrangulada. —... vas a estar interrumpiendo la sesión. No puedo permitir eso.
—No lo haré ¿Te parece bien? —preguntó con fingida inocencia y para consternación de Reisi, Mikoto comenzó a acariciar su miembro.
Estaba a punto de objetar la idea en la cara de Mikoto cuando un pulgar frotó la hendidura de su glande y al instante su mente se puso en blanco.
—¿Q-qué? —Munakata intentó preguntar entre sus gemidos reprimidos.
Con la última caricia, Reisi olvido cual había sido la pregunta. Sabía que Mikoto estaba jugando sucio, pero no tendría más remedio que aceptar al final lo que sea porque la bendita mano de cierto Rey Rojo ya había enloquecido su mente.
Mikoto se inclinó de nuevo y besó la mano que Munakata mantenía sobre sus labios, solicitando permiso para entrar, y Reisi al ser voluntariamente obligado, permitió que este último engullera sus gemidos en su boca. Mikoto tomó el ritmo acariciando el duro eje y alternativamente frotando la punta con una sonrisa diabólica.
—¿Qué piensas? ¿Puedo ir?
—Sí —Munakata exhaló. Sin embargo, después de varios segundos, pensó con mucha dificultad en medio de la bruma del placer, dándose cuenta de que probablemente lo estaban engañando. —E-espera, ¿cuál fue la pregunta?
—Nada —Mikoto sonrió victoriosamente antes de reclamar otra vez un beso.
Munakata hizo un ruido de protesta, pero pronto olvido que había sido engañado gracias a la mano de Mikoto que aumentaba la velocidad en su pene con movimientos de arriba a abajo. Ya estaba perdiendo la lucha en su intento de suprimir sus gemidos cuando el pelirrojo se detuvo, sorprendiéndolo. Mikoto se hizo a un lado para alcanzar el cajón superior de la mesita de luz, y Munakata sólo pudo mirarlo aturdido, mientras el pelirrojo quitaba la tapa del lubricante y vertía el contenido en su mano.
Mikoto se giró para mirar a Reisi y robó otro beso antes de mirar y pedirle permiso. Reisi no respondió, pero agarró los brazos de Mikoto y tiró de él hacia abajo para darle otro beso. El rey pelirrojo se rió entre dientes antes de bajar la cabeza para recompensar a Munakata con suaves mordiscos en uno de sus pezones cuando sus dedos ya tocaban su entrada.
Definitivamente sintió una gran presión cuando deslizo los dedos en el interior del peliazul. Mikoto siguió masturbando a Munakata, mientras sus dedos seguían frotándose contra su próstata, con la intención de molestarlo. Hizo una mueca de dolor cuando Munakata, quien trataba de contener sus gemidos, tiró con fuerza de su cabello escarlata mientras arqueaba la espalda por el placer, y el tirón se hizo más fuerte cuando el pelirrojo insertó un tercer dedo.
Cuando Mikoto terminó de preparar a Munakata, este último jadeaba con la mirada vidriosa por las lágrimas acumuladas en sus ojos y un hermoso tono bermellón había subido hasta sus mejillas. Mikoto estaba positivamente satisfecho con la placentera vista frente a él y con gusto haría un desastre más grande con aquel cuerpo.
El siguiente paso de Mikoto fue levantar las delgadas piernas de Munakata sobre sus hombros para darle un poco de espacio para trabajar. Reisi apretó los puños sobre la sábana blanca cuando Mikoto lentamente entró en él y la extraña sensación que no se atrevía a nombrar regresó como un déjà vu. Había pasado un tiempo y la sensación lo hizo apretar sus músculos, apresando el pene de Mikoto y soltando un suave gemido, en cambio el pelirrojo gimió con voz áspera, tratando de reenfocar su atención para entrar más profundo en Munakata mientras secaba las lágrimas que se habían acumulado en la esquina de los ojos violetas.
—Oye, relájate. Sigue respirando.
Munakata forzó una sonrisa sarcástica, pero se relajó hasta que Mikoto estuvo completamente enterrado hasta la base. Estaba a punto de exhalar de alivio cuando Mikoto repentinamente se movió y se estrelló contra él, sacando un grito de sorpresa del peliazul. El Rey Rojo no le permitió ni un segundo para protestar por moverse tan abruptamente y comenzó a acelerar el ritmo. Sonrió con las cejas fruncidas mientras Munakata movía sus caderas con continuos jadeos y gemidos, mezclándose ambas voces en un coro que apenas escuchaban.
Munakata ya estaba en el límite y no transcurrió mucho tiempo antes de que llegara al clímax con un grito reprimiendo el nombre de Mikoto y, no mucho después de que se desplomara en la cama, completamente agotado, pudo sentir el calor de Mikoto llenarlo y escuchar el largo gruñido de su compañero que casi había sonado como su nombre.
En medio de su aturdimiento, pudo distinguir el ceño fruncido en la cara de Mikoto cuando se corrió, así como los juguetones y confiados ojos que lo miraban de cerca. Esos feroces ojos ambarinos brillaban con tantas emociones, incluida la culpa, pero en su mayoría reflejaban confianza y afecto irrefutables.
Sin aliento, Mikoto se rió mientras jadeaba sobre él, lo que hizo que Reisi le devolviera la mirada con curiosidad.
—¿Qué?
El rey pelirrojo sólo negó con la cabeza y se inclinó para dejar besos fugaces y juguetones mientras decía en voz baja, medio melancólico.
—No, es sólo que estoy contento de que únicamente tuve que esperar un año para esto.
Munakata permaneció en silencio, dándole una vaga sonrisa amarga, para el desconcierto de Mikoto. Extendió sus brazos y tiró del pelirrojo hacia abajo en un abrazo.
El Rey Rojo se recostó junto a Munakata, no queriendo colocar todo su peso en el peliazul, y sólo posó su cabeza sobre el hombre de Reisi, besando ligeramente la unión de su cuello y hombro. Como respuesta, sintió que Munakata besaba su cabello y respiraba cálidamente cerca de su oreja. Mikoto se dio cuenta de que probablemente deberían limpiarse, pero se sintió bastante cómodo como para alejarse de aquella posición. No le importaría quedarse así toda la noche, siempre y cuando Munakata no se opusiera.
Mikoto ya se sumía en un sueño profundo cuando Reisi comenzó a hablar tímidamente con una voz muy suave, apenas audible, mientras miraba hacia el techo.
—Todos esos momentos en el pasado, cuando tu Espada de Damocles se derrumbó, ni siquiera pude comprenderte, sólo pude culparte por no renunciar a tu deseo de venganza o renunciar a tu estatus. Vengar a Totsuka es probablemente algo humano para ti y HOMRA, pero mi deber me exige no justificar tu acción.
—Muna….
—Lo siento —Munakata lo interrumpió abruptamente, acentuando su voz, aunque todavía se negaba a mirar a los ojos dorados. —Creo que todos los reyes temen a la muerte. Pero lo que tememos no es la muerte misma, sino las consecuencias que siguen. Después de que te maté, no pude evitar pensar quién sería quien me daría el golpe final. ¿Qué pasa si mis candidatos no pueden llegar a tiempo para terminar con mi vida cuando cayera mi Espada de Damocles, causando otro Cráter Kagutsu? Sólo entonces me di cuenta de que probablemente no deseabas ser salvado, porque temías que no estuviera allí cuando llegara el momento y terminaste borrándolo todo.
Mikoto se levantó, usando sus brazos como apoyo mientras erguía su cuerpo de la cama, y su cabeza se cernió sobre Munakata para llamar su atención con un rostro sombrío.
—No tienes por qué pedir perdón —Mikoto cogió la mano de Reisi y se la llevó a los labios. —Yo soy el que debería disculparse por romper tu Espada de Damocles.
Munakata asintió débilmente y sonrió delicadamente.
—Pero quiero que confíes en mí. Tienes mi palabra, terminaré con tu vida personalmente cuando llegue el momento, sin falta, así que prométeme que valoraras tu vida hasta el último segundo mientras yo viva.
—¿Dejarías de usar tu vida para salvarme? —Mikoto gruñó amenazadoramente, para sorpresa de Munakata. —Mira, ¿podemos simplemente no hablar de eso?
—Tarde o temprano, tendremos que enfrentar este problema, Suoh. No puedes evitarlo para siempre.
Mikoto entrecerró sus ojos en el Rey Azul, pero no dijo nada. Se enderezó, mientras levantaba a Reisi. Cuando Munakata ya estaba sentado en el borde de la cama con mirada desconcertada, Mikoto lo levantó en brazos de una manera que no era gentil, se bajó de la cama y se dirigió al baño. Reisi automáticamente enlazó sus brazos alrededor del cuello de Mikoto para mantener el equilibrio. El pelirrojo pateó la puerta del baño despreocupadamente y dijo con tono molesto.
—Lo enfrentaremos cuando tengamos que hacerlo, pero ahora no.
—Eres como un niño inmaduro —el rey de cabello azul suspiró resignado.
Mikoto resopló ante esa frase y se burló desdeñosamente.
—Y estás actuando como un anciano. Ahora cállate.
El vestíbulo del hospital estaba casi lleno de pacientes y familias que esperaban. En la esquina, un ascensor privado acababa de llegar al primer piso con un pequeño sonido de "ding".
—No puedo creer la hayas traído aquí —Munakata rodó sus ojos mientras empujaba su silla de ruedas fuera del elevador, dejando al rey pelirrojo detrás de él sin mirarlo. —Te prohibí que vinieras y, ahora incluso la has traído a ella. Los niños sanos no están permitidos aquí, Suoh.
Anna trotaba detrás de Mikoto, tirando del borde de su chaqueta con mirada culpable. Sin embargo, Mikoto le dio unas suaves palmaditas en la cabeza con una suave sonrisa antes de seguir al frustrado Rey Azul.
—Me dijiste que podía venir y ella quería acompañarme.
Munakata se detuvo de inmediato y se giró en su silla con el ceño fruncido y una mirada asesina.
—No lo hice. En realidad, tú me engañaste.
—Lo siento si te estoy molestando... —Anna inclinó su cabeza para mirar sus zapatos.
Munakata lanzó una larga mirada a Mikoto, que a cambio lo miró acusadoramente. Dio media vuelta hasta que estuvo frente a la pequeña albina. Su expresión se suavizó de inmediato cuando dejó escapar un suspiro. Cuando estaba sentado en la silla y Anna parada frente a él, sus ojos estaban al mismo nivel. Sólo esperaba que eso la hiciera sentir menos intimidada o asustada de él.
—No estoy enojado contigo. Sólo tengo que reprender a este adulto irresponsable —hizo una pausa, mirando con clara irritación al Rey Rojo. —por traer a una niña sana a este lugar, lleno de personas enfermas y ponerla en riesgo de enfermarse.
—Le pedí a Mikoto que me dejara venir porque siempre he querido agradecerte por salvar a Tatara —Anna colocó sus centelleantes ojos de rubí en él y sólo pudo ser hipnotizado por la pureza reflejada en ellos. Ella se inclinó ligeramente ante él con una pequeña sonrisa. —Tatara también me pidió que te diera su agradecimiento. Él quiere decírtelo personalmente, pero Izumo le ha pedido que cuide el bar. Siempre quisimos decírtelo antes, pero decidimos esperar hasta que recuperaras tus recuerdos.
Sus ojos violetas se ensancharon de asombro. Ni una sola vez esperaba que HOMRA le mostrara gratitud, ya que todo lo que había hecho estaba dentro de los límites de su deber y todo fue para su propio beneficio. Además, el clan rojo siempre había estado en conflicto con el Scepter 4, ya que a menudo tenía que imponerles la ley y el orden, causando una mala relación entre ambos clanes. Incluso si él estaba actualmente en una relación con Mikoto, eso no cambió en nada el comportamiento entre sus hombres, ya que mantuvieron separadas la vida profesional de la personal y nunca lo anunciaron abiertamente. Por lo tanto, las palabras de gratitud del clan rojo se sintieron muy agradables para su sorpresa.
No obstante, ellos eran Tatara y Anna, los miembros más amables de HOMRA, así que probablemente no era algo tan excepcional. Se acomodó las gafas con una sonrisa tensa.
—No tienes que hacerlo. Es deber del Scepter 4 garantizar la seguridad de los ciudadanos.
—Pero… —ella se detuvo, pero Mikoto intervino.
—Él está avergonzado.
—¡No lo estoy! Sólo digo que...
—Sólo cállate.
Mikoto se burló antes de ponerse detrás de la silla de ruedas de Munakata y comenzar a empujarla fuera del hospital, ignorando la indignación del peliazul. Anna quedó atónita por un momento antes de sonreír suavemente y seguir a su amado rey. Con sus hermosos ojos, pudo ver que el día de hoy el rojo de Mikoto era brillantemente deslumbrante y hermoso, más cálido que de costumbre.
La campanilla de la puerta sonó levemente y una ráfaga de cálida brisa entró. Izumo levantó los ojos sólo para sonreír alegremente a la invitada especial que había estado esperando durante toda una semana.
—Bienvenida, Seri. Una semana bastante ocupada, ¿no?
La esquina de los labios de la mujer se arqueó levemente mientras caminaba con gracia hacia el taburete en la barra. Una vez que se sentó en su asiento habitual, apoyó la barbilla en la mano y suspiró.
—Sería una semana mejor si Yatagarasu deja de venir a ver a Fushimi en cada misión de campo.
—Bueno, él es joven. No puedo decirle exactamente que no vaya, ¿verdad? —el camarero rubio se rió disculpándose, colocando un vaso de cristal en la mesa. —¿Qué te gustaría tener hoy?
—Puedes decir eso con facilidad porque tú no eres el que tiene que detenerlos cuando empiezan a pelear —ella dejó escapar un pequeño suspiro. —Pediré lo usual.
Izumo estaba tan acostumbrado a su pedido que no había rastro de aversión en su expresión mientras trabajaba en su orden mecánicamente. Después de tantas veces de tenerla cerca, una bebida alcohólica combinada con pasta de frijol rojo no parecía tan nauseabunda, siempre y cuando no fuera él quien tuviera que probarla.
—Entonces tienes que ayudar a Yata; dile a Fushimi que lo escuche. Sabes que ha estado esforzándose mucho por arreglar su relación, ¿verdad? —Izumo se alejó, no lejos de la mesa de la barra para recoger su nevera portátil especial, específica para guardar los ingredientes de las órdenes peculiares de Seri.
—Lo sé. Pero ese obstinado comienza a culpar al capitán por permitir que un civil se entrometa con nuestras misiones. El capitán no se defiende y le dice que solucione su problema, por lo que el temperamento de Fushimi solamente empeora. Si no fuera el capitán el que se retirara, la lista de destrozos sería más que una silla rota, estoy segura —sus ojos azules y escrutadores seguían cada pequeño movimiento de su cantinero favorito.
—Bueno, definitivamente tienes una semana difícil —las manos de Izumo se estremeció al sentir la mirada de la mujer.
El barman esta vez abrió la caja con mayor firmeza, sacando un paquete de pasta de judías rojas y regresó frente a Seri. Sacó la pasta y la mezcló con la bebida espumosa en el vaso hasta que se convirtió en el color espeluznante de la lavanda y empujó el trago hasta dejarlo delante de la rubia.
—Pensé que tu capitán se mantendría alejado de los problemas como siempre y dejaría que esos niños resolvieran sus propias diferencias.
—Yo también pensé lo mismo —Seri utilizó su mano con bellas uñas pintadas para llevarse su bebida a los labios mientras miraba a Izumo con desgana. —Pero tengo mi sospecha de que tu rey lo alienta a ayudar a Yatagarasu.
—Pero si les ayuda a reconciliarse, sería genial. Dijiste que Fushimi sólo escucha a tu capitán, aunque lo haga rara vez. De todos modos, ¿cómo está el Rey Azul? —Izumo se rió débilmente y se encogió de hombros.
Ella tomó un sorbo de su bebida y exhaló con un suspiro agradable.
—Está bien. Ayer, finalmente dejo de usar la silla de ruedas y comenzó a usar muletas. Él está bastante de buen humor hoy. Creo que está bastante emocionado.
Izumo colocó su barbilla en su mano y le sonrió encantadoramente mientras se apoyaba en la mesa de la barra. Si la corta distancia entre sus rostros molestaba a la chica, ella no lo mostraba.
—Espero que eso signifique que tendrás más tiempo libre. Te esperé el fin de semana pasado, pero no viniste; me entristeció —dijo con una mueca de dolor fingido, poniendo su mano sobre su pecho para un efecto dramático.
Ella parpadeo completamente imperturbable, aunque sonrió traviesamente.
—Cuando estaba demasiada ocupada para venir con el capitán hospitalizado, no parecías extrañarme tanto.
—Simplemente soy un caballero comprensivo, mi bella dama, pero eso no significa que no eche de menos tu compañía —Izumo sonrió victoriosamente al ver un ligero rubor en las mejillas de Seri mientras tomaba su mano.
Ella sabía que él era un maestro de la adulación y extraordinariamente experto con las palabras, pero también sabía que no debería creer todo lo que él decía, pero definitivamente no odiaba la atención. Esta dulce broma venenosa era su pequeño juego, su pequeño placer culpable.
—No te preocupes, Kusanagi. Hasta ahora, eres mi barman favorito, teniendo en cuenta que sólo tú puedes preparar mi bebida favorita, eso es todo.
—Eres mi cliente más preciada después de todo. Pero todavía creo que el frijol rojo no debe ir con el alcohol —Izumo se puso rígido de inmediato ante ese comentario, aunque su sonrisa no titubeó.
El ambiente de la sala se sentía pesado, a pesar del espacio entre ellos. Adolf K. Weismann, ahora conocido como Isana Yashiro, estaba sentado en el almohadón en el piso con una taza de té verde frente a él. Después de un año, la residencia del Rey Dorado había sido completamente restaurada a su forma original y majestuosa. Había estado esperando que su amigo al menos intentara cambiar el diseño porque se sentía demasiado formal y sofocante, y a pesar de que se lo preguntó, el teniente sólo lo miró como si le hubiera crecido otra cabeza.
La habitación era hermosa, ya que la pared estaba pintada de color dorado con pintura de grullas y pinos en el solitario invierno, pero el color no ayudaba a crear un ambiente tranquilo. Incluso los pilares eran como los anteriores, esculpidos con dragones que clavaban sus uñas en los pilares y miraban fijamente a los ocupantes dentro de la cámara. Se sentía inquietante en su opinión.
Daikaku estaba sentado frente a él con los ojos cerrados, con sus brazos ocultos dentro de las mangas de su kimono, perdido en sus pensamientos. Weismann comenzó a inquietarse cuando sus piernas dobladas comenzaron a sentirse entumecidas por su peso, y se preguntó si el silencio era realmente la forma en que su amigo lo castigaba. Sin embargo, para su alegría, el segundo rey finalmente lo miró a los ojos y preguntó con calma.
—Acabas de regresar, Weismann. ¿A dónde vas esta vez?
—Teniente, le hice una promesa al Rey Rojo; encontrar una manera de reparar la Espada de Damocles. Creo que podría encontrar algo si regreso a ese lugar. Además, sé que después del último incidente con el Rey Incoloro, tu Espada de Damocles también sufre. No puedo quedarme quieto sabiendo eso —Shiro inclinó la cabeza y sonrió con calma
—El origen del Dresden Slate. Ese lugar tiene demasiados recuerdos amargos para ti. ¿Crees que puedas manejarlo?
Los ojos de Daikaku se movieron hacia la superficie del agua de su taza de té, recordando la hermosa sonrisa de cierta dama que se veía sorprendentemente similar al hombre frente a él, con su brillante cabello plateado como un diamante bajo la luz del sol; la única hermana de Weismann, a quien habían extrañado sinceramente.
—Han pasado los años, teniente. Aunque sigue siendo doloroso recordarla. Pero esta vez creo que podré visitarla después de tanto tiempo —el adolescente de cabello plateado bajó la mirada con una sonrisa triste.
—¿Estás planeando partir solo otra vez?
—No. Iré con mis miembros del clan, mi familia —los ojos ambarinos de Weismann se suavizaron en una inocente felicidad mientras respondía.
—El Perro Negro, eh ... Bien, no te veré partir esta vez amigo mío, pero te deseo suerte y un buen viaje —Daikaku dejó escapar un suspiro con una pequeña sonrisa.
—Adiós, teniente. Por favor, cuide su salud hasta que regrese.
Shiro se inclinó levemente y se fue sin mirar a su amigo, después de todo, no tenía la intención de hacer que esta reunión fuera la última vez que viera a Daikaku. Empujó la puerta corrediza, sólo para encontrar a Neko durmiendo la siesta en el hombro de Kuroh sin preocuparse por nada de lo que ocurría en el mundo. El vasallo de pelo negro estaba quieto con la espalda contra la pared como si meditara, mientras sostenía su espada en sus brazos, permitiéndole a la chica usar su hombro como almohada personal como si fuera un caballero apropiado y responsable. Sin embargo, tan pronto como Shiro salió de la habitación, Kuroh levantó la vista de inmediato, golpeó la frente de Neko y colocó su la vista fija en su actual maestro.
—¿Has terminado tu visita?
—Sí. ¿Estás seguro de que quieres venir conmigo? Te iras de este país, donde tu maestro anterior está descansando —el Rey de Plata sonrió mientras cerraba la puerta detrás de él.
—Por supuesto que iré. Juré que te protegería, ¿verdad?
El vasallo de cabello negro le devolvió la sonrisa y se levantó lentamente del suelo, dando un corto tiempo para que la strain a su lado despertara completamente de su fugaz siesta. Neko sofocó un bostezo y se estiró con un sonido de maullido complacido y ronroneos mientras se movía.
—¡Iré adonde Shiro quiera! —exclamó Neko alegremente, acercándose al brazo del peliblanco posesivamente, quien sólo se rió de su comportamiento malcriado y le dio unas suaves palmadas en la cabeza.
—Gracias a ambos. ¿Nos vamos?
Fue al final del verano cuando el pensamiento lo golpeó.
Todos los miembros de HOMRA estaban planeando su cumpleaños a su antojo como cada año, ignorando deliberadamente sus pedidos para tomar el día como cualquier otro. Aunque siempre le prestaba atención a las personas que se preocupaban por él, no le gustaba ser el centro de atención.
Pero él siempre complacería a sus amigos, dejándolos celebrarlo tanto como quisieran todos los años, aunque pensó que era completamente innecesario. Habría varios regalos, algunos extraños, algunos útiles, pero entre ellos, siempre habría un presente; una botella de vino y un paquete de cigarrillos, cuidadosamente envueltos en papel y cinta azul, sin un nombre de la tarjeta, enviados a HOMRA.
No había que ser un genio para descubrir al culpable ya que el regalo sólo comenzó a aparecer después de que conoció a cierto cuarto rey de lengua afilada. Mikoto le había agradecido torpemente solamente una vez, pero se detuvo después de eso. Aprendió de la manera difícil que el corresponsal no debía ser conocido, y si lo mencionaba, Munakata lo negaría y lo ignoraría por semanas con frialdad. No entendía la lógica, pero con Munakata, nunca entendió lo que estaba pasando en esa cabeza altamente intelectual y no se molestó en intentarlo. Mikoto simplemente iría con la corriente.
Sin embargo, este año era diferente. El invierno pasado se había dado cuenta de que albergaba un sentimiento bastante molesto hacia un destinatario muy problemático. Probablemente era un tonto al complicarse la vida, cuando su existencia ya era difícil, pero Mikoto no era de los que se frieran la cabeza pensando. Hoy era su cumpleaños y tenía la intención de disfrutar de él.
La noche había caído y la fiesta que se celebró desde la tarde ahora estaba casi por terminar, al juzgar por la mirada somnolienta de los miembros más jóvenes de HOMRA. Mikoto se levantó de su asiento silenciosamente, caminando con cuidado mientras salía por la entrada del bar sin mirar atrás. Si se hubiera dado vuelta, notaría la sonrisa de complicidad en los labios de Tatara, la mirada comprensiva en los ojos de Izumo y la mirada alentadora en los ojos adormilados de Anna mientras observaban su espalda. Algunos de los miembros sobrios pensarían que había salido a fumar afuera como de costumbre, pero sus amigos más cercanos lo sabían mejor.
La noche de verano era calurosa y húmeda; un clima que él sabía que Munakata despreciaba por completo. Mikoto, francamente, no tenía ninguna inclinación por ninguna temporada, pero el verano no era su temporada favorita los últimos años porque no le iba bien a Munakata. El calor hacía que el Rey Azul se volviera bastante irritable y más impredecible de lo que ya era, y rechazaría a Mikoto en las noches con más frecuencia que en cualquier otra temporada.
Anna le dijo una vez que él era cálido por dentro, que su temperatura corporal era probablemente más alta que la mayoría de las personas, aunque a ella le gustaba eso porque era un ángel, aceptando sus faltas sin ninguna vacilación. Pero Munakata no era alguien con un corazón divino, obviamente. Buscaba a Mikoto insistentemente sólo cuando el clima era especialmente frío, para ser su calentador personal. Él era un demonio, de hecho.
Sin embargo, a él le gustaba, así que allí estaba, parado frente al apartamento de Munakata en la ciudad, que literalmente se convirtió en el apartamento compartido de él y Munakata desde que comenzaron a vivir juntos la primavera pasada después de una coacción extenuante y consumidora de tiempo.
Entró en el departamento después de abrir la puerta y se quitó los zapatos en silencio. Tan pronto como accedió a la sala de estar, sus ojos se precipitaron rápidamente hacia el hombre con yukata de color azul oscuro, de pelo cobalto, sentado en el sofá con las piezas de un rompecabezas sobre la mesa de café frente a él. Munakata notó intuitivamente su presencia y pareció completamente perplejo.
—¿Creí que ibas a dormir en HOMRA? —preguntó Munakata mientras arrugaba las cejas, exhalando un suspiro falso y decepcionado. —Y yo aquí pensando que podría tener un día tranquilo para mí, sin cierto hombre molestándome.
—¿Y dejarte tener el lujo de una cama entera para ti? Tú me conoces mejor que eso, Munakata.
Mikoto le devolvió la sonrisa mientras se dirigía a su compañero. Munakata rápidamente se deslizó en el sofá, para darle algo de espacio al pelirrojo, pero éste no tomó asiento. Simplemente se paró frente a Munakata, metiéndose en el medio entre él y su rompecabezas, obteniendo una mirada inquisitiva del otro.
—... ¿Qué? —preguntó Munakata en voz baja.
Mikoto no dijo nada, sino que se inclinó para quitarle los lentes y dejar besos de mariposas en las pestañas de Munakata antes de desviarse para besar el puente de su nariz y sus mejillas. Este último no retrocedió ni se quejó; esos ojos violetas simplemente se agitaron cariñosamente, aceptando por completo el gesto y la espera.
—Todavía es mi cumpleaños —Mikoto susurró con una pequeña sonrisa.
Munakata inclinó la cabeza, preguntándose a dónde iría Mikoto con la declaración. Echó un vistazo al reloj en la pared y respondió.
—Sí, aproximadamente por otras 2 horas y 24 minutos. ¿Entonces…?
Mikoto caminó alrededor del sofá hasta que estuvo detrás de Munakata mientras su mano rebuscaba en su bolsillo. Esos ojos amatista intentaron seguir sus movimientos, estudiando la intención de Mikoto, pero cuando se giró sobre su cintura, Mikoto tomó su mano izquierda y se la llevó a los labios.
—¿Suoh? —trató de no sonar sorprendido, pero sintió cosquillas cuando el aliento de Mikoto rozó su piel.
El pelirrojo se movió un poco y cuando soltó la mano de Munakata, éste se dio cuenta de que había un anillo dorado en su dedo anular. Sus ojos se oscurecieron inmediatamente ante la vista.
—¿Cuál es el significado de esto?
Mikoto apoyó sus brazos en el respaldo junto a la cabeza de Munakata y se apoyó en él mientras eliminaba la distancia entre sus rostros.
—¿Te casarías conmigo?
—¿No se supone que soy yo quien te tiene que dar un regalo el día de hoy?
Munakata frunció el ceño al ver el anillo, para el desconcierto de Mikoto.
—Bueno, sólo pensé que tal vez aceptaras ser mi regalo —respondió vacilante el pelirrojo.
Munakata suspiró resignado, no dijo nada mientras se levantaba cuidadosamente y se alejaba sin mirarlo hasta que su figura desapareció en la oscuridad del dormitorio. Mikoto sólo miraba fijamente la espalda que se retiraba, sin captar el significado del gesto. Reisi no había devuelto el anillo ni le había dado una negativa, pero pudo ver que por la oscuridad de su mirada tampoco estaba de acuerdo con la propuesta y Mikoto no sabía qué hacer con eso.
La confusión se convirtió en una frustración en un par de segundos fugaces. Frunció el ceño mientras se dirigió al dormitorio a regañadientes, siguiendo el rastro de Munakata y gruñendo todo el camino. Sin embargo, cuando entró en la habitación, Munakata ya se dirigía hacia la sala de estar para encontrar a Mikoto, por lo que casi chocaron en la puerta. El Rey Azul no estaba preparado para el repentino impacto y se tambaleó ligeramente cuando perdió el equilibrio por sólo un segundo, pero Mikoto rápidamente se acercó y lo agarró por la cintura, manteniéndolo quieto y firme contra su pecho.
—¿Dónde está tu bastón? Has dejado de usar muletas hace poco. Debes seguir los consejos de los médicos para terminar tu recuperación.
Munakata chasqueó la lengua y presionó su mano contra el hombro de Mikoto para alejarlo.
—Deja de cuidarme; es molesto. Estaba sorprendido; eso es todo.
Se hizo un silencio incómodo y cayeron en un punto muerto, sin saber cómo volver a la conversación. Munakata se encogió de hombros antes de girarse y entrar a la habitación, avanzando hasta sentarse en el borde de la cama. Mikoto lo siguió rápidamente cuando le hizo un gesto para que se sentara a su lado. En el momento en que se sentó en la cama, esta se hundió con el peso de Mikoto sobre ella y Munakata le entregó una pequeña caja a Mikoto, quien levantó una ceja inquisitivamente, pero la aceptó de todos modos.
—Sólo ábrelo —pidió en voz baja.
Mikoto obedeció sin pensarlo dos veces, y después de que arrancó la cinta de envoltura y abrió la tapa de la caja, había un par de anillos dorados con un pequeño rubí y zafiro en las bandas. Brillaban tenuemente bajo la luz de la luna de marfil que entraba por la rendija de las cortinas de la ventana. Los ojos ambarinos de Mikoto se abrieron incrédulos antes de mirar hacia arriba para encontrarse con el rostro de Munakata.
—Planeé dártelo mañana temprano cuando regresaras de HOMRA, pero ahora lo has arruinado por completo.
Mikoto estaba sin palabras. Nunca pasó por su mente que Munakata pensaría lo mismo que él. El compromiso era un gran paso para ellos, y ni siquiera podía imaginar al capitán del Scepter 4 considerando llevar su relación al siguiente nivel.
Pensó que tendría que persuadir a este último durante toda una noche, convenciéndolo lentamente con una taza de té y leche en la mesa y comprometiéndose con promesas y reglas. La agradable sorpresa lo bloqueó; estaba seguro de que estaba encantado, pero por el momento estaba aturdido y no podía pensar en ninguna respuesta única e inteligente.
Pero Munakata lo sacó de su trance mientras le declaraba con frialdad
—Aceptaré la propuesta sólo si usas este anillo. No quiero devolverlo después de pasar por tantos problemas innecesarios para comprarlos.
Mikoto se rió un poco antes de tender la mano a Munakata y sacar el anillo que le había dado e intercambiarlo por el anillo con rubíes que Reisi le había regalado. Después, tomó el que tenía zafiros y se lo llevó a su dedo anular. Cuando terminó, mostró su mano izquierda con una sonrisa pomposa.
—¿Feliz ahora?
—Sí —susurró ásperamente mientras se inclinaba más cerca de Mikoto hasta que sus labios quedaron a sólo un centímetro de distancia. —Te mataré si me dejas.
—Qué tranquilizador. Pero es una lástima, nunca tendrás ese placer.
—Será mejor que no —amenazó Munakata en voz baja, pero le obsequió una sonrisa feliz, igual que la que había en el rostro de Mikoto.
FIN
(Fecha de publicación y termino; diciembre 2013 – diciembre 2014)
Notas Finales de Yumechou:
Si, es en serio. No pretendo prolongar más este capítulo con su boda porque, duh, he agotado todas mis ideas para su vida matrimonial en el fic "Happily Ever After – Not" jajajaja.
¡El primer fic multichapter que he terminado desde que me uní al mundo de los fanfickers! * tira confeti * ¡Todo es gracias a las amables y alentadoras críticas de todos! O bien, terminaría como otro fic descontinuado, creo...
Me gustaría agradecerles a todos los lectores que se han quedado conmigo hasta el final, animándome, recordándome que siga escribiendo y dedicando su tiempo a leer esta historia.
Realmente espero que ustedes lo hayan disfrutado leyendo tanto como yo escribiéndolo, incluso con todos esos horribles errores gramaticales y de vocabulario. Sin darme cuenta, ha pasado más de año y medio, lol. ¡Gracias por toda su paciencia durante todo este tiempo! * glomps * Espero verlos en el próximo fanfic Mikorei. ^ _ ^ Será un AU, que por lo general no es del agrado de todos, así que probablemente no vea algunos de los lectores allí. ¡Permíteme decirte que si es así los extrañaré! Gracias por quedarse y leer este fic hasta el final. De verdad, gracias a todos ustedes por sus favoritos y reviews, así como cada segundo que ocuparon para leer este Fanfic. ¡Todos, tengan un buen día!
Notas Finales de Lacrimosa Azul:
¡Y termine! Bueno, lo había terminado de traducir todo el fanfic casi a mediados de febrero, pero me he tomado mi tiempo para corregirlo y ver que todo quedará claro. Pero si por alguna casualidad o descuido, se me ha pasado algo, realmente lo siento. Estoy feliz con el resultado, y también estoy muy agradecida con la autora por darme la oportunidad de traducir el fic. ¡Yumechou eres grande! Me divertí traduciendo, además de que me ha entusiasmado para continuar escribiendo mis historias (ya lo estoy haciendo), y espero poder publicarlas pronto * se arrodilla humildemente pidiendo perdón *
Y sólo me quedan dos cosas que decir; primero, este Fanfic me encanta, pero hay algo que me faltó. Una escena SaruMiSaru para satisfacer mi amor por una de mis ships favoritas xD Pero igual está bien, lo dejaré para mi imaginación, y lo segundo, a mí me gustaría haber visto la boda, pero será algo que también tendré que realizar en mi mente :D ¡besos y gracias por leer!
