¡YAHOI! Vengo a dejar por aquí el segundo capítulo. ¡Espero que os guste!

Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los uso para pasar el rato.


Acostumbrándose


Despertó de nuevo cuando ya había anochecido, en la misma cama de unas horas atrás. Automáticamente, su mente le trajo el último recuerdo del que era consciente:

Porque, Hinata, tú y yo estamos casados

Fue inevitable que su cara se tornara del color de los tomates maduros. Cerró los ojos, intentando calmar el acelerado latido de su corazón, al tiempo que retorcía el borde de la sábana entre sus dedos una y otra vez.

No podía ser, se dijo, era imposible que Naruto y ella… el rojo de su piel se intensificó, un montón de preguntas inundando su mente. ¿Cómo había pasado? ¿Cuándo? ¿Por qué? Necesitaba tantas respuestas para una simple pregunta…

Unos suaves golpes en la puerta del cuarto la sobresaltaron, y su corazón volvió a latir con violencia ante la ronca voz que habló al otro lado de la madera.

—¿Hinata?

—S-sí. —Apartó las mantas de la cama de una patada y se levantó como un rayo para ir a abrir. Agarró el pomo y, respirando hondo, abrió la puerta unos centímetros. La sonrisa radiante que siempre hacía que sus piernas se volvieran gelatina la recibió. Se aferró a la puerta como si fuera un salvavidas—. No te desmayes, no te desmayes, no te desmayes. —Se repitió una y otra vez, controlando sus nervios.

—Solo venía a decirte que te he dejado algo de comer en la mesa del comedor, antes parecías tener mucha hambre. —No pudo evitar sonrojarse ante el bochornoso recuerdo—. También te he dejado algo de ropa limpia en el baño y algunas toallas, por si te apetece bañarte, oh, el baño es esa puerta de ahí. —El chico se apartó un poco de la entrada de la habitación, señalando la puerta de enfrente. Hinata no pudo sentirse más que conmovida ante todas las atenciones que el rubio le estaba proporcionando.

—Gra-gracias, Naruto-kun. —Él volvió a sonreírle, haciendo un gesto de negación con la mano.

—No tienes por qué darlas. —Pareció que iba a decir algo más, pero por alguna razón se mordió la lengua a tiempo. Durante unos segundos, la peliazul vio como una sombra de tristeza cubría su bronceado rostro. Pero desapareció tan rápido que pensó si no se lo habría imaginado—. Bueno, eso era todo. Si necesitas algo, dormiré en el estudio. Tú puedes quedarte en el cuarto. —Hinata parpadeó, pero no le dio tiempo a procesar la información porque el Uzumaki puso expresión seria y la miró directamente a los ojos—. Hinata… yo… quiero que sepas que voy a cuidar de ti ¿de acuerdo?—Los ojos de la chica se abrieron ante tal declaración, y solo atinó a asentir rápidamente. La sonrisa volvió a extenderse por el rostro masculino—. Bien. Pues buenas noches. —Hinata vio como el cuerpo masculino se giraba y echaba a andar hacia una de las habitaciones del fondo del pasillo, cerrando la puerta tras de sí.

Solo entonces permitió que su cuerpo resbalara hasta desplomarse en el suelo. Se tapó la cara con las manos y no pudo reprimir las emociones que la embargaron en ese momento, comenzando a rodar por el suelo, soltando risitas ahogadas. En un momento dado, chocó contra la pared, haciéndose daño. El dolor la hizo detenerse y mirar a su alrededor entre los huecos de sus dedos.

—No es un sueño… —Una lenta sonrisa se formó en su rostro, al tiempo que las mariposas montaban una fiesta en su estómago. Su más grande anhelo parecía haberse hecho realidad. Claro que aún le quedaban muchas y muy importantes preguntas, pero, por el momento, disfrutaría. Una también tenía derecho.

Se levantó del suelo y se dirigió alegre hacia el baño. Este era amplio, todo de azulejos blancos, con un lavabo, un bidé, un inodoro y una bañera. Cuidadosamente dobladas sobre el váter vio unas ropas que supuso serían para ella. También se fijó en el par de toallas que colgaban del toallero. No perdió tiempo y abrió los grifos, calibrando a ver cuál era el agua fría y la caliente. Cuando ya tuvo la bañera llena procedió a desnudarse, quitándose las ropas que Sakura le había dado en el hospital tras examinarla. Pensó en lavarlas y devolverlas al día siguiente. Una vez dentro, soltó un suspiro de placer al sentir el calor contra su piel. No tardó mucho en lavarse el pelo y enjabonarse, puesto que su estómago ya acusaba la falta de alimento. Salió y se envolvió en la toalla grande, atando la más pequeña en su cabello. Se secó el cuerpo y se inclinó para coger las ropas que Naruto había dejado dispuestas para ella.

El sonrojo volvió a apoderarse de su cara al ver, allí, encima de la pila de prendas, una braga y un sujetador. Empezó a transpirar. ¿Acaso… acaso él… había cogido eso y se lo había dejado allí? ¿Por qué haría…

Porque, Hinata, tú y yo estamos casados

Aquella frase, que había olvidado momentáneamente, volvió a ella con fuerza. Cerró los ojos y se puso la ropa interior con algo de brusquedad, intentando por todos los medios no pensar en todo lo que aquella simple oración implicaba. Agarró lo que parecía un pantalón de pijama y una camiseta, que hacían juego. Se los puso; le encajaban a la perfección, bueno, la camiseta quizás le quedaba un poco justa, marcando sus… se sonrojó de nuevo ante este hecho, maldiciéndose por ello, y pensando que si ella fuera Ino o Sakura, lo más probable es que le importara una mierda ir presumiendo de delantera.

Sacudió la cabeza, colocándose un par de calcetines en los pies. Se acercó al lavabo, deshaciéndose de la toalla que le envolvía el cabello, dejándola hecha bola junto a la otra, en el suelo. Vio un peine y un cepillo en la repisa del baño, junto a un vaso que contenía dos cepillos de dientes y un tubo de pasta. Tratando de no pensar demasiado en todo lo que estaba viendo y en lo que significaba, se cepilló y secó la melena azul noche lo mejor que pudo, debido a que sus dedos parecían haberse vuelto de mantequilla, impidiéndole sujetar el peine con firmeza.

Tomó las dos toallas del suelo y salió del baño, apagando la luz antes de salir al pasillo. No pudo evitar mirar fijamente la puerta tras la que Naruto había desaparecido hacía ya un rato. Suspiró y fue hacia las escaleras, bajándolas hasta la planta baja. Buscó con la mirada hasta dar con lo que parecía el cesto de la ropa sucia, en un rincón, al lado de la lavadora. Al abrirlo vio que allí había más prendas, tanto masculinas como femeninas, mezcladas entre sí. Mierda.

—Calma, Hinata, calma—se dijo. Estaban siendo demasiadas emociones fuertes para un solo día. Para distraerse, se acercó a la mesa del comedor, viendo que Naruto había dejado un plato con arroz y algo de pescado seco, junto a un vaso y una jarra con agua. No pudo evitar sentirse enternecida. El chico estaba siendo extremadamente atento con ella.

Comió con ansia, como hacía tiempo no lo hacía. En la casa Hyūga siempre tenía que mantener las formas, pero allí no había nadie de su clan que la mirara con reprobación ni le llamara la atención por los modales. Terminó enseguida y pensó que lo menos que podía hacer era lavar los cacharros. Cuando acabó, se quedó unos instantes de pie, en mitad de la cocina, recorriendo con la mirada cada rincón de aquella estancia. Pero pronto un bostezo la asaltó. Tantas cosas la habían dejado agotada.

Subió de nuevo al piso de arriba y entró en la habitación en la que se había despertado horas antes. Al prender la luz vio que era un cuarto bastante espacioso, con una ventana grande, un armario empotrado, una cómoda y dos mesillas…

Dos mesillas.

Dos… mesillas.

Solo entonces se percató de que la cama era grande, demasiado para una persona sola. Había dos almohadas. Es decir, dos almohadas, para dos personas. Es decir, que allí dormían dos personas.

Deja de dar vueltas, sabes lo que eso significa. —Fue demasiado para ella. Apagó la luz y corrió hasta la cama, tirándose sobre la misma y metiéndose entre las sábanas, tapándose hasta la cabeza y cerrando los ojos con fuerza.

Ahora mismo, no era capaz de procesar toda la información que bullía en su cabeza. Por lo que decidió acurrucarse y tratar de dormir, con el corazón latiéndole como loco en los oídos.

Mañana sería otro día.


La luz del día se coló en el estudio, iluminando el cuarto poco a poco, a medida que el sol se posaba en el cielo. Un par de ojos azules ni siquiera se inmutaron ante la súbita claridad que iba haciéndose con la oscuridad que hasta hacía nada reinaba en aquel cuarto.

Naruto estaba tumbado en el sofá del estudio de su hogar, con los ojos fijos en el techo. No se había movido un ápice en toda la noche, desvelado a causa de las preocupaciones que le ocasionaba su situación matrimonial actual.

Se había mostrado tranquilo y sereno, incluso alegre, delante de Hinata, pero una vez se encontró a solas, sin moros en la costa, dejó que el dolor y la soledad lo embargaran. Había sido la primera noche en años que dormía solo, sin poder abrazar el cálido cuerpo de su esposa contra sí. Sin ser su rostro plácidamente dormido lo primero que veía al despertarse por las mañanas.

Había sido toda una tortura tener que volver a pasar la noche solo.

¿Has dejado ya de autocompadecerte?

―Déjame en paz―contestó el muchacho de malos modos. Tras unos segundos más de silencio, decidió que no le quedaba más remedio que levantarse. Hinata se preocuparía si no lo veía salir de esa habitación. Y eso era lo último que el Uzumaki quería en esos precisos momentos.

Hizo a un lado la manta con la que se había tapado en la noche y salió en dirección al baño. No fue sino cuando salió del mismo, tras haberse lavado la cara, intentando así despejarse un poco, que notó un delicioso aroma procedente del piso inferior. Su estómago rugió y una felicidad desbordante lo inundó. ¡Hinata estaba cocinando! Se apresuró como un loco por las escaleras y una enorme sonrisa se apoderó de sus labios al descubrir a su esposa en la cocina, tarareando algo al tiempo que preparaba lo que parecía ser un sustancioso desayuno.

Aquella escena le pareció tan familiar que tuvo el impulso de acercarse y abrazarla por la espalda, para luego besarla. Pero logró contenerse a tiempo, clavándose las uñas en la palma de la mano. El dolor volvió a embargarlo por unos minutos al ser consciente de que no podía hacer nada de eso, por más que lo deseara.

Besarla, abrazarla, mimarla, acariciarla, hacerle el amor como un loco… todo quedaba descartado.

Niño…

No digas nada, Kurama. Lo sé. ―Respirando hondo esbozó su mejor sonrisa y dio dos pasos, adentrándose en la cocina.

―¡Buenos días, Hinata!―La chica dio un respingo, llevándose una mano al pecho y girándose a mirarlo. Se relajó al verle allí, sonriendo como siempre. No pudo evitar que el sonrojo se apoderara de sus pálidas mejillas.

―Bu-buenos días, Naruto-kun. ―Devolvió su atención a la tortilla que estaba haciéndose en la sartén. Le había costado un poco cogerle el tranquillo a aquellos electrodomésticos que parecían tan modernos, pero pronto había sido capaz de descifrar su funcionamiento.

Había querido retribuirle al rubio de alguna manera los cuidados que él le había dispensado el día anterior, y se le había ocurrido que la mejor manera era preparándole un buen desayuno casero. Había visto, también, en el interior de la nevera, una serie de cajas de plástico bien cerradas con lo que parecía comida preparada y muy bien etiquetada, con notas pegadas sobre la duración de las mismas.

Si lo que Naruto le había dicho el día anterior era cierto, que estaban casados actualmente (algo que una parte de ella no terminaba de creerse pero que la otra le gritaba que tenía que ser verdad), esa comida debía de ser obra suya, puesto que le resultaba harto difícil imaginarse al Uzumaki cocinando. Cuando eran niños siempre lo veía alimentándose a base de ramen instantáneo, así que la cocina no debía de ser lo suyo.

Un suspiro soñador salió de sus labios mientras apagaba los fogones y terminaba de acomodar todo en los platos. Fue hacia la mesa del comedor, deteniéndose a medio camino al ver al chico ya sentado a la mesa, esperando pacientemente con una sonrisa en la cara. Se sonrojó, de nuevo, maldiciéndose por ello, pero hizo de tripas de corazón y siguió avanzando, hasta dejar todo ante él. Tomó asiento rápidamente frente al rubio y desvió la vista al suelo, azorada. Naruto no pudo evitar ampliar su sonrisa. Aquel gesto le recordaba tanto a sus primeros días de noviazgo, cuando ambos apenas podían hablar sin tartamudeos, sonrojándose cada dos por tres y sin poder mirarse directamente a los ojos.

―¡Todo tiene una pinta deliciosa'dattebayo!―El rostro de Hinata se puso aún más rojo si cabe―. Echaba de menos las comidas caseras de Hinata… ―Las manos de la peliazul comenzaron a temblar violentamente, pero esta vez de emoción. Levantó la vista lo justo para ver la mirada cariñosa que los ojos azules de su acompañante le dedicaban a ella. Agarró los palillos con evidente nerviosismo.

―¡T-te serviré! ¿Qué te apetece?―Naruto sintió ganas de reír. Sí, aquella definitivamente era su Hinata. Levantó los brazos y se inclinó un poco hacia delante, agarrándole las manos y envolviéndolas entre las suyas con extremo cuidado. Hinata se paralizó en cuanto sintió el cálido contacto. Su corazón empezó a latir desenfrenado, la chica estaba convencida que de un momento a otro se le saldría del pecho.

―Gracias, Hinata. ―La ojiperla notó un agradable escalofrío subirle por la espina dorsal. Deshizo la unión de sus manos despacio, volviéndose a sentar en su silla y arrastrándola para acercarse a la mesa.

―D-de nada. Que-quería agradecerte el que cuidaras d-de mí ayer. ―Naruto negó con la cabeza, tomando su cuenco de arroz y sus palillos para empezar a degustar los deliciosos manjares que ante él se exponían.

―Ya te dije que no tienes por qué darlas. Es mi deber cuidar de ti. ―Hinata tragó saliva y asintió, llevándose una porción de comida a la boca. Estaba segura de que si ahora muriera moriría con una sonrisa en los labios, feliz.

Desayunaron en silencio. Cuando terminaron, ambos dieron gracias por la comida. Hinata se dispuso a recoger los platos para fregarlos pero Naruto se lo impidió, diciéndole que por favor le dejara a él y fuera a descansar. Ella le insistió, no estaba cansada y no quería causarle más molestias, pero el chico no dio su brazo a torcer. Así que ahora Hinata se encontraba sentada en el sofá de la sala, sin saber muy bien qué hacer para matar el tiempo.

―¿Naruto-kun?―El aludido se giró, con las manos metidas en el fregadero―. No sé… es decir… ¿Q-qué suelo hacer yo… ―Naruto parpadeó para luego sonreír.

―¿Qué te gustaría hacer? No tienes por qué pedirme permiso ni nada, Hinata. Estás en tu casa. ―Y dicho esto el rubio volvió a los cacharros sucios, dejando a Hinata igual de perdida que antes.

Tras pensarlo mucho decidió primero subir y cambiarse de ropa. Supuso que aquella la encontraría en el armario del cuarto en el que había pasado la noche, el mismo que parecía compartir con… bueno… con… con…

Con Naruto-kun. ―El rostro se le encendió de nuevo, pensando en cómo iba a lidiar con dicha situación tan surrealista. Que supiera, el Naruto Uzumaki que ella conocía y recordaba estaba perdidamente enamorado desde siempre de Sakura, su compañera de equipo y mejor amiga. Se había planteado incluso el renunciar y tratar de olvidar su amor por Naruto, porque sabía (o al menos creía firmemente) que él nunca se fijaría en ella: una chica rara, oscura y tímida. Pero nunca había encontrado el valor para hacerlo. Sentía que olvidarse de Naruto sería como olvidar una parte importante de sí misma, esa parte que la había instado a no rendirse y a seguir adelante, a esforzarse para poder ser mejor shinobi y que su padre al fin la reconociera.

Suspiró y entró en la habitación. Vio la cama deshecha del lado en el que ella había dormido. Se dirigió hacia ella para hacerla, era lo mínimo, además, era una persona bastante ordenada y no le gustaba ver nada fuera de su sitio. Cuando terminó sonrió satisfecha, observando las sábanas bien estiradas y los cojines en su sitio. Entonces de dirigió al armario para abrirlo y así poder cambiarse. No sabía en qué lado estarían sus cosas, pero tampoco creía correcto husmear entre las pertenencias de Naruto. Sin darle muchas vueltas, abrió la puerta de más a la izquierda, topándose con un montón de ropa masculina. Se sonrojó y cerró de golpe. Abrió entonces la del centro, pero allí solo había zapatos, sandalias y una serie de cajones. Supuso entonces que la ropa de su yo futura debía de estar en la última puerta que le quedaba por abrir. La deslizó y, efectivamente, se encontró con ropa de mujer, perfectamente colgada y doblada en las estanterías.

La examinó con curiosidad. Todas las prendas eran a base de colores suaves y poco llamativos, al contrario de la de Naruto, en la que predominaba el naranja y el negro, según se había fijado. También le sorprendió encontrar más pantalones cortos y camisetas que abrigos, sudaderas o faldas largas. Sí que las había, pero en menor cantidad de las que ella recordaba tener en su habitación de la mansión Hyūga. También vio que había algún que otro vestido, y jerseys y chaquetas perfectamente doblados, seguramente para los días más fríos.

Centró su atención entonces en los cajones, descubriendo en ellos ropa menuda: calcetines, medias, algún que otro cinturón, gorros, bufandas y guantes y, por supuesto, bragas y sujetadores. ¿Así que de aquí había sacado Naruto el día anterior… Dios, era demasiado difícil de asimilar.

Rebuscó hasta dar con unos pantalones pirata azul marino y una camiseta de manga larga gris. Cogió también una chaqueta con cremallera y capucha blanca, así como ropa interior limpia. Se lo probó todo, comprobando que los pantalones le quedaban anchos de cadera. ¿Qué tanto crecería en el futuro? A juzgar por aquel pantalón, debía de tener unas más que generosas caderas. Suspiró resignada, abriendo uno de los cajones que había inspeccionado anteriormente para coger un cinturón negro delgado. Se lo puso, abrochándolo al frente. Mucho mejor, se dijo. La camiseta y la chaqueta le quedaban también algo amplias, pero aquello no le molestó en lo más mínimo. Siempre le había avergonzado mostrar su cuerpo, especialmente desde que la pubertad la había alcanzado. Ya cuando cumplió los doce años se había dado cuenta de que sus pechos eran más grandes que los del resto de sus compañeras de clase. Maldita genética.

―Me pregunto si a Naruto-kun le gustan.

―¿Si me gusta el qué?―La voz masculina la sobresaltó; al volverse se encontró al objeto de sus pensamientos cómodamente apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y observándola con una sonrisa. Siempre le había encantado observar a Hinata cuando esta estaba distraída y no se daba cuenta de su presencia. La adorable expresión sonrojada que teñía su rostro cuando al fin se percataba de que él había estado todo el rato mirando para ella no tenía precio. Le fascinaba el que alguien como él pudiera causar semejantes reacciones en alguien como Hinata.

―¡So-solo pensaba e-en voz alta!―Rio suavemente al verla desviar la vista, entre molesta y avergonzada por haber sido pillada―. ¿Que-querías algo?―intentó cambiar de tema la chica.

―Decirte que si quieres podemos salir a comer algo después. Me sabe mal que vuelvas a cocinar tú. Aunque aún hay comida en la nevera que dejaste…

―Po-podemos calentarla, si lo prefieres. Aunque a mí no me molesta cocinar. ―Naruto sonrió. Hinata siempre tan amable.

―Por la tarde te tengo que llevar al hospital. Sakura-chan quiere volver a hacerte análisis, por si ha habido algún cambio, también me sugirió que sería bueno que te hicieras controles diarios, solo por si acaso. ―Hinata asintió, pensando que aquello era muy amable por parte de la pelirrosa―. También recibí ayer una nota de tu padre. Quiere que vayamos a visitarlo. Hanabi y él están muy preocupados. ―Hinata no pudo evitar abrir los ojos con sorpresa e incredulidad ante tal noticia. ¿Su padre quería verla porque estaba preocupado por ella? Le costaba imaginarse a su progenitor mostrando tanto interés en ella.

Naruto suspiró, aún parado en el marco de la puerta. Podía prácticamente oír los pensamientos de la peliazul como si esta los estuviera gritando en voz alta. Todavía se preguntaba cómo era posible que él no se hubiera percatado de los fuertes sentimientos que la muchacha había guardado por él toda la vida, si Hinata era igual de transparente que un cristal. Si pudiera tener delante a su yo más joven le gritaría y lo golpearía por ser un despistado sin remedio―. Hinata… ―Lo que iba a decir quedó interrumpido por unos fuertes golpes procedentes del piso de abajo. Naruto frunció el ceño, preguntándose quién podría ser―. Iré a abrir. ―Salió de la habitación dejando a la chica sola.

Hinata quedó a solas en el cuarto, con un revoltijo de emociones bailándole en el pecho. Cada vez le iban surgiendo más y más preguntas, dudas cruciales, que dudaba mucho pudiera resolver de la noche a la mañana, pero que era esencial que pudiera hacerlo para comprender la que era su nueva vida. En especial todo aquello en lo relativo a su relación con Naruto. ¿Y si le preguntaba esa tarde a Sakura en el hospital? Tal vez su amiga no pudiera ser en exceso explícita, debido a su peculiar situación, pero quizás sí pudiera contestar a algunas de sus preguntas. Sí, eso haría, decidió, lo haría cuando estuvieran a solas, para así tener más libertad para hablar.

Más tranquila, ordenó todo lo que había estado manoseando y cerró el armario. Salió de la habitación y, a medida que se acercaba a las escaleras, le sorprendió distinguir varias voces en la planta baja. Intrigada, comenzó a bajar los escalones, dándose cuenta de que las voces sonaban cada vez más airadas, y que los interlocutores parecían subir el volumen conforme pasaba el tiempo, como si estuvieran discutiendo por algo. No quería ser curiosa, pero le llamó la atención cierto timbre grave que sus oídos captaron.

Sorteó con agilidad los peldaños que le quedaban y se acercó a la entrada. El alto cuerpo de Naruto le bloqueaba la vista de los misteriosos visitantes. Pero al ver un par de patas de perro cubiertas de pelaje blanco por la rendija de la puerta que Naruto mantenía abierta supo enseguida de quién se trataba.

―¿Kiba-kun? ¿Akamaru?―Los dos chicos pararon de golpe de discutir, y ambos se giraron a verla. Naruto con el ceño fruncido y la mandíbula apretada, claramente enfadado por algo que ella no sabía; Kiba con emoción y alivio contenido. También pudo vislumbrar la figura de Shino, algo apartada detrás del castaño―. ¿Shino-kun?

―¡HINATA!―Apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando su compañero de equipo se le echó encima, asfixiándola en medio de un abrazo demasiado entusiasta para el gusto del Uzumaki. La ojiperla se vio liberada enseguida del peso del cuerpo del Inuzuka; parpadeó y fijó la vista de nuevo en los tres chicos y el perro de nuevo: ahora no solo Naruto parecía enfadado a niveles astronómicos, sino que Kiba tampoco parecía quedarse atrás. Por las arrugas que ahora veía en el cuello de la camisa de su amigo supuso que el rubio lo había agarrado por allí para separarlo de ella por la fuerza, mandándolo de nuevo a la entrada de la casa y poniéndose él en medio, impidiendo esta vez cualquier intento por parte de alguno de sus dos compañeros de entrar en la casa―. ¡¿Qué te crees que haces, imbécil?!

―¡Eso debería decírtelo yo, perro! ¡¿Qué crees que haces abrazando a mi mujer?!―Sus mejillas se pusieron rojas, pero no dejó de prestar atención a lo que ocurría.

―Naruto, solo queríamos ver a Hinata, comprobar que está bien―habló esta vez Shino, en su tono tranquilo de siempre. Akamaru respaldó dicha frase con un ladrido.

―Ya habéis visto que está bien ¿algo más?

―¡Oye, zorro, no eres quién para-

―¡Vosotros sí que no sois quién para venir a mi casa pretendiendo que no ha pasado nada!―Aquel reproche hizo que Kiba se desinflara y que Shino metiera las manos en los bolsillos de su gabardina. Ambos parecían terriblemente culpables y avergonzados por algo.

―Te juro que lo sentimos…―empezó Kiba, pero la voz se le cortó. A Hinata se le encogió el corazón al ver a su amigo tan abatido. No sabía lo que había pasado para que Naruto estuviera tan enfadado con sus compañeros de equipo, quienes además eran sus amigos, pero debía de ser algo muy gordo para haber puesto a Kiba y a Shino en aquel estado de desazón. Abrió la boca para decir algo, pero Naruto se le adelantó.

―Sentirlo no sirve de nada. ―Y no pudo menos que quedarse con la boca abierta al ver cómo el rubio les cerraba la puerta en las narices con un sonoro portazo. Pero lo que más le dolió fue ver al chico dejar caer la frente contra la madera y golpear la misma con el puño―. ¡Mierda, joder!―Iba a golpear la pared de nuevo, para sacarse la frustración, pero unas manos pequeñas y suaves se posaron en su brazo, impidiéndoselo―. Hinata… ―Enseguida se avergonzó por su comportamiento. ¿Qué pensaría la chica ahora de él? La Hinata adulta probablemente lo regañaría y luego lo consolaría.

―Naruto-kun… n-no sé l-lo que ha p-pasado para que estés tan enfadado c-con Kiba-kun y Shino-kun p-pero… ―se mordió el labio inferior, nerviosa―… pero sé que s-si han hecho algo para molestarte n-no ha sido a propósito. Y-y creo que tú también lo sabes. ―Naruto se apartó de la pared, respirando hondo varias veces, para acto seguido sonreírle. La boca de Hinata también se curvó en una dulce sonrisa, aliviada porque se le hubiera bajado algo el enojo.

―Puede que tengas razón, Hinata, pero… en estos momentos me resulta difícil perdonarlos. ―Un silencio los envolvió. Hinata aprovechó para soltar el brazo del rubio, todavía luchando contra el nerviosismo de haberse atrevido a hacer tal cosa―. Lo siento. ―Hinata pestañeó, sin entender―. Siento que hayas visto mi peor lado. ―Subió los ojos para verlo frotarse la nuca, cabizbajo y claramente avergonzado. Se apresuró a negar con la cabeza.

―M-me alegra haber visto u-un lado de ti que no conocía. ―Se dio una palmadita mental por decirlo, esperando que no sonara demasiado atrevido. La risa masculina le hizo ver que el chico, lejos de molestarse, le había parecido divertido. Aquello disolvió la tensión del ambiente, volviendo a la agradable atmósfera que la envolvía desde ayer.

―Bueno, aún queda algo de tiempo para el almuerzo. ¿Qué te apetece hacer?―Hinata dio un paso atrás, pasando la vista por el salón. Tomando lo que le quedaba de valor, hizo una sugerencia.

―¿Y si ju-jugamos a algo? T-tú y yo. ―Naruto sonrió de nuevo.

―Claro. Siéntate y espera un momento. Vuelvo enseguida. ―La peliazul obedeció. Al cabo de unos minutos el rubio regresó cargando con una baraja de cartas y varios juegos de mesa. Escogieron uno que Hinata no conocía, al menos no la Hinata adolescente, y tras el jinchūruki explicarle las reglas, empezaron la que sería la primera partida de muchas.

Pronto ambos se vieron enfrascados en los juegos y en las cartas. Hinata reía cada vez que el Uzumaki hacía uno de sus pucheros cuando perdía, haciéndolo ver como un niño pequeño. Pero él parecía divertirse cuando ella hacía lo mismo, riendo abiertamente y pinchándola cada vez que él ganaba y ella perdía.

Así, entre risas y juegos, llegó la hora de comer. Esta vez el rubio se encargó de calentar la comida mientras Hinata ponía la mesa. Comieron en un silencio agradable y para nada incómodo. Después fregaron juntos, algo que a Hinata le encantó, para luego sentarse en el sofá y ver la televisión. La muchacha se maravilló ante semejante invento, que ella recordara, solo en los cines era posible ver películas, pero resulta que ahora cualquiera podía en su casa gracias a aquel aparato.

Cuando el reloj que había al lado de la tele marcó las cinco, Naruto se levantó y le dijo que se iría a arreglar para llevarla al hospital, Sakura los esperaba en media hora. Hinata miró su atuendo y se preguntó si no debería ella también cambiarse, pero Naruto le aseguró que no hacía falta, que tan solo iban a salir por un rato. Ella asintió, y supo que debería haberse puesto otra ropa en cuanto lo vio aparecer de nuevo, vestido con unos pantalones naranja y una camiseta azul, con el símbolo de los Uzumaki en la espalda. No se había puesto la bandana, por lo que a pesar de llevar el pelo corto, algunos mechones del flequillo le caían sobre la frente, dándole ese toque rebelde que a ella siempre la había encandilado.

―¿Vamos?―le dijo con una sonrisa. Hinata asintió―. Ten. ―El chico le tendió unas sandalias ninja sencillas de color negro. Ella se lo agradeció en un balbuceo y se sentó en el escalón de la entrada para ponérselas. A su lado, el chico hizo lo propio.

Salieron y Naruto cerró con llave; lo mismo hizo con la puerta del jardín y entonces se pusieron en marcha. Él iba con las manos metidas en los bolsillos, ella cabizbaja y extremadamente nerviosa. Era la primera vez, según ella, que caminaba al lado del chico, ambos tan cerca y en una atmósfera tan íntima.

Al llegar a la calle principal, se fijó en que muchas personas los saludaban al pasar, algunas incluso se inclinaban en señal de respeto, algo que provocaba tremendos sonrojos de vergüenza en la peliazul. Dentro de los terrenos Hyūga era perfectamente normal que todo el mundo tuviera esa clase de comportamiento respetuoso hacia ella, puesto que era la primogénita del líder del clan, la heredera y miembro del Souke, la familia principal. Pero nunca le había pasado más allá de los muros de la mansión. Por el contrario, Naruto parecía más que acostumbrado, y correspondía con igual nivel de entusiasmo y respeto, aunque notó cierto rojo tiñendo las bronceadas mejillas.

Llegaron al fin al hospital. Naruto le cedió el paso y entró. Varias miradas se dirigieron hacia ellos, pero pronto el ajetreo volvió a sumergir a enfermeras, médicos y pacientes en sus quehaceres. Naruto levantó la mano saludando a alguien, y cuando Hinta miró en dicha dirección se encontró conque Sakura ya los estaba esperando.

―¡Hola, Hinata! ¿Qué tal? ¿Te trata bien este cabeza hueca?

―Sakura-chan―gruñó el aludido, con algo de molestia. Ambas rieron suavemente. Siguieron a Sakura por un largo pasillo hasta su consultorio. Una vez dentro la ninja médico cerró tras de sí y se dirigió a su escritorio. Le indicó a Hinata que tomara asiento en la camilla y a Naruto que se quedara en un rincón y no estorbara. Naruto frunció el ceño pero obedeció, conocedor del genio que se gastaba su compañera si le llevaban contraria. Solo el teme de Sasuke era capaz de lidiar con ella en esas situaciones.

―Bueno, dime ¿algún síntoma extraño? ¿Algo fuera de lo normal?―Hinata negó.

―To-todo está bien, creo. No me siento rara ni más fatigada de lo normal. ―Sakura anotó algo en un papel y luego se aproximó a la camilla.

―Voy a comprobar tus constantes vitales y necesito que te quites la parte de arriba ¿de acuerdo?―Hinata asintió, mirando de reojo para el chico, parado al lado de la puerta. Sakura siguió su mirada y suspiró.

―Naruto, espera fuera.

―¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! ¡No he hecho nada! ¡Me he estado quieto!

―No me discutas.

―¡Pero- ―Cerró la boca de golpe al ver la terrorífica mirada que le lanzó la pelirrosa. Mascullando maldiciones, decidió obedecer―. Esperaré fuera. ―Cuando el rubio se fue, Hinata pudo respirar más tranquila. No es que no le gustara que Naruto cuidara de ella, muy al contrario, pero quería estar a solas con Sakura y, además, la idea de desnudarse delante de él le provocaba una tremenda ansiedad y vergüenza, por muy casados que estuvieran en el futuro.

Se deshizo de la chaqueta y de la camiseta, y Sakura la ayudó a desabrocharse el sujetador, aunque no hizo amago de quitárselo, cosa que Hinata agradeció internamente. Notó las manos de Sakura en su espalda a la vez que un agradable hormigueo la recorría.

―Respira hondo. ―La peliazul obedeció, repitiéndolo un par de veces más―. Ahora tose. ―Sakura alejó las manos y anotó de nuevo algo en los papeles que tenía a su lado―. Mírame, Hinata. Sigue mi dedo… muy bien. Ponte recta, por favor. ―Hinata irguió la espalda y se ruborizó al ver las manos blancas de su amiga sobre su pecho, bajo el sujetador. Se tranquilizó, diciéndose que tan solo estaba comprobando el corazón y, seguramente, también los pulmones―. Ahora voy a comprobar tus reflejos. ―Se levantó, cogió un pequeño martillo y la golpeó en las rodillas, que saltaron con el toque. Sakura terminó de escribir y le sonrió―. Bueno, parece que en general todo va bien, pero voy a sacarte sangre y me gustaría que esperaras hasta que Shizune-san o Tsunade-sama vinieran a verte.

―¿Las dos?―Sakura asintió, agarrando una banqueta y sentándose frente a ella, preparando los materiales para la extracción de sangre.

―Todos estamos muy preocupados por ti, Hinata, y sé que te resulta extraño porque tú no sientes que te haya pasado algo malo pero… así fue, y estamos trabajando en ello ¿de acuerdo? Para que vuelvas a ser la de siempre. ―Hinata asintió, confundida por las palabras de la pelirrosa. Pero le había dado el pie que necesitaba para iniciar la conversación que tenía pensada. Armándose de valor, respiró hondo y habló.

―Sakura-san…

―¿Mm?―La aludida estaba concentrada en buscarle una buena vena en el brazo. Cuando al fin la encontró, cogió la jeringuilla y la introdujo suavemente en la piel. Hinata hizo una mueca ante el pinchazo, pero no se quejó.

―Quería… y-yo quería… ha-hablar contigo. ―Los nervios le empezaban a jugar una mala pasada y luchó por controlarlos. Sakura terminó en su brazo y sacó la aguja, puso los dos tubitos llenos de líquido rojo en un recipiente, ya con su nombre escrito en él. Tiró la jeringuilla en un contenedor especial para materiales médicos y miró para Hinata, esperando a que prosiguiera, intuyendo ya de lo que querría hablar la peliazul―. E-estoy algo confusa con respecto a algunas cosas y m-me gustaría que me ayudaras a aclararlas. ―Sakura asintió con expresión seria.

―Seguro que te has dado cuenta de que no puedo decirte mucho. No sabemos qué tipo de reacción puedas tener ante información nueva, ya que los nervios y el estrés juegan un papel crucial en todo el cuerpo humano, a veces desencadenando crisis o incluso provocando la aparición de diversos síntomas o enfermedades. ―Hinata asintió, comprendiendo a la perfección lo que Sakura le decía.

―Lo sé, p-pero aun así quisiera que me respondieras a lo que puedas. ―Sakura esbozó una amplia sonrisa.

―Haré lo que pueda, Hinata. Para algo somos amigas. ―Aquella frase y la tranquilidad que la ojiverde emanaba la hizo relajarse y sentirse más segura de sí misma.

―¿E-es cierto que Na-Naruto-kun y yo… ―Sakura quiso reír ante el rostro tremendamente rojo de la chica frente a ella.

―¿Si Naruto y tú estáis casados?―El rojo en Hinata se intensificó―. Sí, Hinata, es cierto. Después de tantos esfuerzos por tu parte el muy idiota al fin se dio cuenta de la gran joya que eres. ―Hinata sintió como si un peso se le hubiera quitado de encima. No creía que Naruto le hubiese mentido, pero el chico tendía a ser a veces demasiado considerado y amable, y la duda de si se lo había dicho por compasión no la había abandonado desde el día anterior.

―Y-yo siempre pensé… que tú y él… ―Sakura alzó las cejas para luego estallar en sonoras carcajadas.

―Hinata, lo que Naruto siente por mí no es más que un cariño fraternal, un cariño fuerte y especial, sí, dado que tanto él como yo hemos pasado varias cosas juntos, pero solo eso. El aprecio que siente por mí también lo siente por Sai y Shikamaru, y también siente algo muy fuerte hacia Iruka-sensei, pero eso no significa que los quiera en el sentido que tú crees ¿verdad que no?―Hinata asintió, no muy convencida. Sakura se acercó más a ella y le tomó las manos entre las suyas, apretándoselas―. Hinata, créeme cuando te digo que Naruto te ama, te adora, sería capaz de cualquier cosa con tal de hacerte y de verte feliz. Ahora no te acuerdas, pero cuando empezasteis a salir tú te enfadaste con él en una ocasión porque nunca te dejaba consentirlo ni mimarlo. En vuestras citas siempre hacíais lo que tú querías, porque Naruto no quería arriesgarse a estropearlo siendo egoísta ni exigiéndote cosas. Incluso se tragaba los celos que sentía ante otros chicos cuando tú estabas delante, aunque, claro, no quieras saber lo que les pasaba en cuanto se despedía de ti y te dejaba en casa. ―Sakura rio de solo recordarlo. Varios de aquellos sujetos seguramente habrían quedado lo suficientemente traumatizados como para no querer acercarse a ninguna otra chica en toda su vida.

―¿D-de verdad?―preguntó la peliazul, sorprendida ante la declaración de la ninja médico. Sakura asintió.

―Está enamorado hasta las trancas de ti. Nunca jamás había mirado a nadie como te mira a ti. Nunca dudes de sus sentimientos, Hinata, creo que es lo único que podría llegar a herirlo de verdad. Enloquecería si te perdiera. ―El amor que sentía hacia su rubio pareció crecer ante las palabras de Sakura.

―Sa-Sakura-san, gracias. ―Sakura sonrió una vez más, apretándole cariñosamente las manos, para acto seguido soltarla y darle permiso para vestirse. Le indicó que informaría a Naruto de los resultados y le pidió que esperara con el chico a que vinieran Tsunade y Shizune a hablar con ambos.

Cuando volvió a verlo y sus miradas se cruzaron, azul contra perla, Hinata pudo ver claramente en aquellas lagunas del color del cielo todo lo que su amiga le había dicho.

El amor que Naruto sentía hacia ella era genuino, cien por cien real. El cómo y el por qué él se había enamorado de ella ya no le parecía ahora tan importante. Lo único que importaba era que ella era la única para él.

Uzumaki Hinata. No sonaba para nada mal.

Fin Acostumbrándose


¡Bien! Parece que Hinata poquito a poquito, pasito a pasito, como las tortugas, va haciéndose a la idea. ¿Qué os ha parecido? ¡Contándomelo en un precioso review! Porque ya sabéis:

Un review equivale a una sonrisa.

¡Muchísimas gracias por sus reviews a Frank (alias Yo1 sr sn cuenta) y a Guest, por sus maravillosos comentarios! Al resto, como tenéis cuenta en ff ya os responderé por MP, como siempre xD.

*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.

Lectores sí. Acosadores no.

Gracias.

Nada más por ahora. Ya sabéis, en 3-4 días subiré el siguiente xD.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.